martes, 23 de enero de 2007

VOCES. Eduardo Haro Ibars (1948-1988): no hay pelucas en la eternidad.

Breve noticia para los más jóvenes, los extranjeros a ese pedazo del mundo que habitó y, en general, para los no informados.

Haro Ibars era hijo de una familia de intelectuales de izquierdas. Gente que había encontrado en las letras un refugio miserable en una España podrida. AUN MÁS podrida, quiero decir. Madrileño de nacimiento y apasionado tangerino. Él dijo de sí mismo que era “homosexual, drogadicto y delincuente”. Además era poeta. Acaso el primer poeta español del rockanrol. Buen conocedor y mejor revivificador de las vanguardias literarias –sobre todo francesas y estadounidenses- en suelo patrio. Le gustaban Rimbaud, Lovecraft –a quien tradujo-, Crowley, los surrealistas, Burroughs y algunos otros. Su padre, Eduardo Haro Tecglén, creía que era el resultado de lecturas peligrosas mal digeridas. Fue amigo de Leopoldo María Panero, el otro. Era rojo y maricón, como Miguel de Molina. Militante queer en un tiempo en el que ni siquiera se había inventado el término. Polisexual y multitoxicómano, víctima del genocidio de la heroína en los años 80: “la perfecta vacuna contra la rebeldía”, que cantaban Hechos contra el Decoro. Extremo en todos los sentidos, incluso, felizmente, en lo político. Basta.



Mejor callarse y que nos cuente él desde el otro lado.







* * *




Epílogo, epitafio y autobiografía.

[…] Hay muchos poemas que he vuelto a escribir, otros que decididamente he suprimido, y alguno –muy pocos- que ha quedado tal cual. Lo único que no he cambiado han sido las dedicatorias, tengo pocos amigos, y no puedo permitirme el lujo de cambiarlos o de olvidarlos. Los supercerdos somos así: extremadamente respetuosos con unos pocos, pero con nadie más.

Se supone que yo debería dar aquí unos pocos datos biográficos, para que se supiese quien soy. Lo haré: nací en Madrid, en la frontera entre Chamberí y Argüelles, el día 30 de abril –Walpurgisnacht- de 1948. Me crié de modo un poco transhumante, entre Madrid, París y Tánger. Publiqué mi primer libro –“Gay Rock”, se llamaba, y hablaba de música, en el 74 o 75, en Ediciones Júcar. Me dieron el premio de poesía de “Puente Cultural” -25.000 calillas que me gasté en borracheras- en el 76, por un libro hoy inencontrable, “Pérdidas blancas”. Y luego saqué otro, “De qué van las drogas”, que me parece bastante sensato y periodístico. Lo público “Ediciones de la Piqueta”. Al mismo tiempo, he estado colaborando en prensa: “Triunfo”, “El Viejo Topo”, “Informaciones”, “Pueblo”… han sido depositarios de mis desvaríos periodísticos.









Mi libro, tal como ha quedado con el tiempo, me parece muy bonito. Habla de vampirismo, de amor –que es lo mismo- y de centauros. Adoro a los seres híbridos, a los humanimales que se evocan en la penumbra de los cuartos oscuros o bajo la luz anaranjada de las farolas tristes, y como ellos y de ellos he querido hablar en estas páginas. Todas las influencias que se quieran ver en mi trabajo existen. Y también algunas más, soterradas. Escribo con música, generalmente con la radio puesta. Y siento mucho no tener una metralleta para escribir mis verdaderos cantos de amor a la humanidad; sería más práctico, más hermoso, y –si tales poemas se escriben en el interior de un banco- mucho más lucrativo. Además, las ametralladoras son hermosas: guardan con la pistola la misma relación que la máquina de escribir con el bolígrafo.

Por eso, aunque me sigue haciendo gracia, pienso que mi libro no vale ni mucho menos lo que un buen asesinato, o el asalto al tren de Glasgow. Por eso aconsejo a todos los jóvenes poetas que dejen la escritura idiota y se echen a la calle a hacer algo divertido. La violencia es lo único que puede salvarnos del aburrimiento y de la muerte del arte.

“EL ACTO SURREALISTA POR EXCELENCIA MÁS SENCILLO CONSISTE EN SALIR A LA CALLE CON UN RÉVOLVER Y DISPARAR AL AZAR SOBRE LOS TRANSEÚNTES” André Breton.

[De Empalador (1980)]









El muchacho eléctrico


Para Eugenio, Jaime y Fernando, en
un albor de inventos sonoros.

ciertas formas de bar caliente diorama
siempre avanzamos en círculos polifonía estrecha
Madrid se estremece como un animalito
es agua Asesinado el Muchacho Eléctrico en cualquier parte
sólo queda lo gris lo submarino
infinitos gaseosos en torno al Bar Humano
bola contra bola de metal asesino
las glándulas generan
recuerdos como aquellos labios muertos Lotte Lenya
sonríe desde su viejo cliché
una estatua otra estatua y mil estatuas
o sombras o recuerdos luces y pulsaciones
de un astro en la ventana
y hay cuerpos muy calientes lo recuerdas
sin matriz así la mano blanda
se retuercen los pocos que están ahí copulan
mueren los ciegos en sus garitas transparentes
entrañas arrancadas y olor a niebla matinal sin sangre
bocas abiertas a las puertas de un solo
que no calienta más que mármoles
sus piernas milagro de leche y un libro abierto recuerda
él ya murió se lo dijimos es la cámara de torturas un lugar sombrío
junto al monte de Venus -verdad del rinoceronte
junglas de terciopelo- no no recuerdas nada
pero existe una línea directa tendrás pecho y vientre
crepúsculos de muchacho eléctrico una bandada de ojos oh qué lejos
nubes vendidas al mejor postor en los escaparates ciudadanos
es todo igual
y siempre habrá cerveza en tus cabellos

[De Pérdidas Blancas (1978)]


[Foto: Alberto García-Alix]




Sex Fiction


Ballenas perfumadas paseamos cruzando el hilo de la muerte
Los heridos parecen haber roto sus ataduras
y salimos tranquilos viejos planetas rotos
por paredes de noche hacia el barco que espera

Niños muertos cadáveres de sencillas sonrisa
Llueven plomo musitan palabras que son máscaras
Ponen gafas de niebla y de té
para ocultar el deseo que informa nuestras tardes y todas nuestras noches
Hierve el agua en sus teteras intentamos el sexo más nuevo
y dormimos en camas de siempre espacio yerto

Cocodrilo del aire mi viejo amigo el saurio
se oculta en todas las esquinas y sólo exhibe
su sonrisa en los pliegues

Por las calles vigilan enemigos de un tiempo que antes estaba vivo
y los templos dormidos se estremecen en brillos

Ametrallada la noche
se descubre sin horas
y engarza en los cuerpos


[De Sex Fiction (1981)]




[Ilustración: Allen Koszowski]





Del heroísmo y de los héroes.


¿Quién o qué es un héroe? Hay defininiciones para todos los gustos, desde la de Carlyle -una tontería que ni mi interesa ni quiero citar hasta la de Fernando Savater, otra tontería que cito de memoria: según él, el héroe es el que hace lo mejor en el mejor momento, o algo así. Para mí, nada de eso: el héroe es, ante todo, el que no tiene miedo de nada y, sobre todo, no teme en absoluto a su propia muerte. Por eso he elegido, para ilustrar a mis héroes el momento de su muerte: el momento en que se enfrentan con el final inevitable, y cómo saben llevarlo. Por ello, quizá sorprende un poco la elección de mis personajes, no considerados, por lo general, heróicos: Luis II de Baviera, "El rey Loco" (¿Loco?, bueno...), Nerón, Drácula, Lawrence de Arabia y otros por el estilo. Un bien o mal intencionado amigo -con los amigos, nunca se sabe- me aconsejó titular este libro "Grandes gamberros de la historia". Pero, no; aunque estos semidioses de que hablo sean a veces destructivos, e incluso autodestructivos, no son gamberros: porque han sabido edificar, a lo largo de su vida -turbulenta o en apariencia sencilla- el gran castillo de su muerte, y han paseado por él, por sus salones fríos y llenos de espejos, siempre.


Otra de las características de la heroicidad, es que es una virtud bélica; para el presocrático, la guerra es el padre-madre de todo; y, si entendemos por guerra, ese estado de tensión constante en que vivimos todos, o casi todos, o, por lo menos, quienes nos tomamos el duro trabajo de pensar en las cosas, la frase resulta muy certera. El héroe es un guerrero, en el sentido que a esa palabra da Carlos Castaneda -o Don Juan, ¿qué importa?-: un hombre siempre alerta, que sabe que hay que defenderse, que todo es acechante y, muchas veces, dañino, maligno, espantoso. Y hay que estar preparado para esa muerte que acecha, como tan bien supo ver Jean Cocteau, tras todos los espejos, o cinco pasos detrás de nuestro hombro izquierdo, citanto de nuevo a Castaneda. Así que, por favor, basta ya de heroísmo al revés, de heroísmo pacifista mal entendido; porque puede ser bueno, sabio y hasta heróico, oponerse a determinadas guerras, pero no a La Guerra, a la guerra que está en todos nosotros y que vivimos día a día; "polemos" no es sólo guerra, en el sentido de pueblo contra pueblo -o, más bien, como ha sido hasta ahora, de gobierno contra gobierno- sino disensión, lucha, enfrentamiento a fuerzas superiores o distintas, e incluso revolución.


[Prefacio a El libro de los héroes (1985)]










El culo del mundo.



“Estamos en el Culo del Mundo” dice Eugenio Frigo: “Podemos salir a dar una vuelta.”

“El Culo del Mundo. Sí, Madrid es el culo del mundo. O del Cosmos; puedo escribir una canción sobre eso”, reflexiona Lulú, ese gitano verde que dice “cicodelia”, y finge un acento vandalusí, cuando es más madrileño que mis cojones. Piensa en su novia Rhalina, pero se le superponen imágenes de Myriam de la Selva, incitante y desnuda en su traje de luces. No sabe haberla visto, no recuerda las escenas en el laboratorio de Ingenios Silvestres; pero siente en torno a su pene una cálida caricia de deseos mortales. Y Madrid (Parque de Atracciones) es el Culo del Mundo, la parte carnosa y deseable de las nalgas, pero también el ano, “Los Ojos dejan Huellas”, por el que se expulsan a las tinieblas exteriores todo lo que en las tinieblas interiores se ha ido gestando laboriosamente: imágenes de un tiempo más rico en prohibiciones, de un país sumido en la desesperación, de un mundo que cabalgaba, sin saber domeñarlo, un dragón chino de la suerte…

“¿Vuelta a la montaña rusa?” sugiere Yaki.

El fantasma de Keith Agrippa se hace visible: es humo condensado de churrerías, gato de callejón cuya voz hace estremecerse a matronas y pederastas: voz de hijo golfo, de chulo bandido que todos quisieran tener cerca un rato, y luego desentenderse de él y de todos los problemas que presagia esa voz ronca, adolescente, canalla y con deje de clase despectiva a la vez. Y dice:

“¡Venga ya, tíos! Tenemos aquí el ‘Enterprise’, que es mucho mejor, aunque todos seamos Anti-OTAN.”

[De Intersecciones (1991)]




[Naufragio - Héctor Carrión]



¿Adios a la vida?

Para José Luis Téllez

Cuando el amable antaño desayuno
(comparto reina corazones rojos
y picas negras y tréboles negros
luego diamantes rojos otra vez y Blanca)
el suave Nescafé por la mañana
deja un regusto de podrido y falso
y el chocolate mismo de la noche
(alta madrugada Se vislumbran
ya rosas contra el aire rascacielos
y llaman las sirenas a gritos como siempre como todos los días
al cotidiano fatigar de muchos)
no borra los temblores ni el desastre
de la noche sin sueños pesadilla
despierta sin efectos especiales
Cuando el sexo no tiene la tranquila
Suavidad del humo tan libre y escogido
y la soledad misma está poblada
de insectos vertebrados horrendos y poseedores
de vocecillas malas que ni siquiera insultan
sino repiten nadas y nonadas
Y el corazón funciona con horas de adelanto
y los peces se ahogan en sus estanques
pues que sal en el agua o minerales
Cuando –en fin- me descubro
a escondidas fusilo mis ideas
pues se agotó mi pluma y no hay recambio
es una triste gracia este pijama
Y es un lugar común este poema
¿Es hora ya de ser Cavaradossi?


[De En rojo (1985)]



Quienes estén interesados en saber algo más sobre las andanzas de Haro Ibars habrán de recurrir a la extensa biografía que le dedicó J. Benito Fernández hace ahora un par de años: Eduardo Haro Ibars: los pasos del caído.

Su Obra Poética completa fue publicada -en un solo volumen- por Huerga & Fierro Editores en 2001.

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