Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta literatura. Mostrar todas las entradas

miércoles, 14 de enero de 2026

Howl: un chute rabioso



America is having a nervous breakdown. San Francisco is one of many places where a few individuals, poets, have had the luck and courage and fate to glimpse something new through the crack in mass consciousness”

Allen Ginsberg (1959)

 

Sobre un tembloroso fondo de color granate destacaba el número 6, seguido de la palabra “poetas”. 6 poetas 6, el viernes 7 de octubre a las 8 de la tarde, en la 6 Gallery de la calle Fillmore, San Francisco. Entrada gratuita. Lamantia, McClure, Ginsberg, Snyder, Whalen. Kenneth Rexroth, veterano militante anarquista y eje principal sobre el que pivotaba el llamado Renacimiento Poético de la ciudad, oficiaría de maestro de ceremonias. Del cartel diseñado por el joven escultor Peter Forakis se había caído en el último momento el nombre de Jack Kerouac, que pretextó ser demasiado tímido para leer en público. 

La Six Gallery era un antiguo taller de reparaciones transformado en galería de arte situado a unos diez minutos a pie de la librería City Lights y a otros diez del puente Golden Gate. El local estaba atestado de gente aquella noche de principios de octubre de 1955. Unas ciento cincuenta personas, poetas, artistas, bohemios de todo pelaje y catadura, llenaban el escaso espacio que mediaba entre la entrada y el escenario dispuesto para la ocasión. Kerouac revoloteaba a duras penas por entre los asistentes, pasando la gorra como hacían los lazarillos de otros tiempos. Terminada la colecta, salió de la galería y al rato regresó con tres orondas damajuanas llenas de borgoña californiano, que hizo circular entre el público y entre el elenco de recitadores.

El recital había ido tomando forma al azar de los encuentros, un poco a la manera de los cuentos infantiles. Cierto día, un mes antes, Allen Ginsberg se tropezó en la calle con Michael McClure, que le contó que le habían pedido que organizara un recital de poesía en la Six Gallery, pero temía que no le daría tiempo. Ginsberg, que por su parte estaba contemplando la posibilidad de montar una lectura con sus amigos Jack Kerouac y Neal Cassady, de inmediato se ofreció como voluntario. Después fue corriendo a pedir consejo al viejo Rexroth, y Rexroth le recomendó que se pusiera en contacto con un joven poeta de Berkeley, un tal Gary Snyder.

Ginsberg se encontró a Snyder reparando su bicicleta bajo el almendro y junto al jardincillo zen que tenía en el patio de su casita en Berkeley, le dijo que lo enviaba el rey Rexroth y le explicó lo del recital de poesía. Gary le contó a Allen que era oriundo de Oregón, que había estudiado en el Reed College y que un antiguo compañero de estudios, también poeta, llegaba al día siguiente a la ciudad procedente de las montañas. Su amigo se llamaba Philip Whalen, le dijo, y ambos, como Ginsberg, habían recibido el impacto de la poesía de William Carlos Williams siendo aún muy jóvenes, cuando todavía vivían en Portland. Por lo demás, estaba seguro de que Whalen estaría encantado de leer alguno de sus poemas en el recital, y sugirió que estaría bien que fuera Rexroth quien se ocupara de presentar el evento.   

El sexto de los personajes del cuento se llamaba Philip Lamantia, al que Ginsberg había conocido algunos años antes en el Greenwich Village neoyorquino gracias a la mediación de Carl Solomon. En 1943, con solo dieciséis años, Lamantia había publicado sus primeros poemas en la revista surrealista The View, donde había recibido el reconocimiento del mismísimo André Breton, y poco después se había convertido en uno de los pupilos de Rexroth. Una vez completado el sexteto, Ginsberg diseñó una postal para anunciar lo que se avecinaba: “Excepcional colección de ángeles todos reunidos en el mismo lugar al mismo tiempo -decía-. Vino, música, bailarinas, poesía seria, satori libre. Pequeña colecta para vino y postales. Encantador acontecimiento”.    

Lamantia fue precisamente el encargado de inaugurar la velada poética tras una breve presentación de Rexroth. En lugar de leer obra propia, prefirió recitar algunos poemas de su amigo John Hoffman, fallecido tres años atrás en Guadalajara (México), según la leyenda a causa de una sobredosis de peyote. Le siguió en el escenario Michael McClure, con veintitrés años el más joven del grupo, que al igual que Ginsberg nunca antes había leído sus poemas en público. McClure se lanzó con su poema “Point Lobos: Animism”It is possible my friend / If I have had a fat belly…”, y remató con “For the Death of 100 Whales”, dos textos con una clara impronta ecologista. Después le tocó el turno a Whalen, que recitó un poema muy al estilo de Carlos Williams, “Plus ça change…”, una composición que se cerraba con un verso que parecía hecho a propósito para que Ginsberg tomara la alternativa: “Just what shall we tell the children?” (¿Y qué deberíamos decirles a los niños?).

A Ginsberg le correspondió actuar después del descanso de las diez y media. Para entonces el borgoña ya había circulado profusamente entre el público y los poetas. Kerouac, sentado con su propia botella en el borde del escenario, aguardaba la salida de su amigo. Al principio Allen se mostró algo envarado (se veía que estaba un poco nervioso y achispado por el vino), pero pronto se dejó arrastrar por el caudal emotivo de su poema. “I saw the best minds of my generation…”, empezó: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, famélicos histéricos desnudos”. A sus pies, Kerouac empezó a dar palmas y a jalearle después de cada versículo, como solía hacer con el fraseo de Charlie Parker o de Lester Young en las actuaciones de los clubes de jazz de Nueva York: “Go, man, go!”, y enseguida todo el público se unió a él. Ginsberg, en efecto, se había transformado en un be-bopper (“un grito de saxofón que hizo estremecerse a las ciudades”, declamó en cierto momento), en un hazzan oficiando un ritual improvisado, en el profeta de un tiempo nuevo (“rodeado de cajas de naranja llenas de teología”). “Go, man, go!”. Cuando Allen concluyó su lectura, el público estaba exhausto, en éxtasis, y Kenneth Rexroth no podía contener las lágrimas. “Tío, este poema te hará famoso en San Francisco”, pronosticó Kerouac. “No –rectificó Rexroth-, este poema te hará famoso de puente a puente”, refiriéndose a los del Golden Gate y Brooklin.

Gary Snyder puso el broche a la velada con su “A Berry Feast”, un poema de inspiración budista sobre las ofrendas frutales de los indios de Oregón por el que desfilaban osos, lagartos y un coyote parlanchín con el pelo del color del fango. Aunque leyó bien y consiguió mantener la atención del público, todo el mundo tenía claro que el acontecimiento ya había tenido lugar antes.

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 407 DE


domingo, 14 de diciembre de 2025

Hawthorne en Brook Farm

 


Mark Twain dijo en una ocasión que nunca había vivido un invierno tan frío como cierto verano en San Francisco. Nathaniel Hawthorne podría haber dicho otro tanto de la primavera en Brook Farm, Nueva Inglaterra. “¡Ya estoy aquí, en mi paraíso polar!”, exclama en una carta fechada el 13 de abril de 1841 a su llegada a la granja. “No sé si será un buen o un mal augurio”, añade. Después de todo, los peregrinos del Plymouth llegaron en medio de la tormenta “y, sin embargo, prosperaron y se convirtieron en un gran pueblo”. Pero “el hombre no regenerado” temblaba en su interior.


A comienzos de ese mismo año el ex pastor George Ripley y su esposa Sophia habían creado una sociedad anónima junto con otros diez inversores, entre los que se contaba Hawthorne, con el objetivo de fundar una comunidad basada en los principios del trascendentalismo, una tendencia radical surgida en el seno de la iglesia unitaria que se inspiraba en el romanticismo inglés y en el idealismo poskantiano alemán. En cierto modo, los fundadores de la comunidad eran como los doce apóstoles de una nueva fe, con Ralph Waldo Emerson como ausente e involuntario profeta.


“Nuestros objetivos, como usted sabe -le había escrito Ripley a Emerson poco antes-, son asegurar una unión más natural entre el trabajo intelectual y el manual que la que existe actualmente; combinar al pensador y al trabajador […] garantizar la más alta libertad mental, proporcionando a todos un trabajo adaptado a sus gustos y talentos […] eliminar la necesidad de servicios menores, abriendo los beneficios de la educación y las ganancias del trabajo para todos; y así preparar una sociedad de personas liberales, inteligentes y cultas, cuyas relaciones entre sí permitan una vida más sencilla y saludable que la que se puede llevar en medio de la presión de nuestra institución competitiva”.


El lugar elegido para instalar la granja fue un terreno de unas setenta hectáreas de extensión en West Roxbury, a pocos kilómetros de la ciudad de Boston. Cada acción de la sociedad se vendió por quinientos dólares, lo que daba derecho a cada inversor a un 5% de las ganancias obtenidas. El trabajo, al que trascendentalismo otorgaba un poder regenerador, debía realizarse de forma cooperativa y conforme al principio de “a cada cual según sus intereses y sus querencias”. La idea era que una organización así no solo sería más enriquecedora para los individuos, sino también más eficiente, liberando de tal suerte un tiempo que los miembros podrían dedicar a actividades creativas y recreativas de su elección. Hawthorne, que ya se acercaba a los cuarenta años y que acababa de comprometerse con la pintora Sophia Peabody, aburrido de su trabajo en la aduana de Boston, vio aquí una oportunidad para fundar su nuevo hogar y consagrarse a lo que de verdad deseaba: la literatura.


Desde el principio, todas las anotaciones de Hawthorne en Brook Farm están preñadas de ironía, como si nunca hubiera acabado de creérselo del todo, y en todas resalta los efectos adversos de un clima poco benigno y el carácter embrutecedor del trabajo extenuante en la granja. “Todavía no he tomado mi primera lección en agricultura -confiesa al poco de llegar-, si exceptuamos que fui a ver cómo comían las vacas”. Para el granjero bisoño, una horca es, por lo demás, un extraño instrumento dentado que se convierte, como por arte del mago Frestón, en una lanza con la que acometer el asalto contra un montón de estiércol. “Me he purificado”, sentencia al concluir la faena. “Seré un excelente marido… Siento al Adán originario reviviendo dentro de mí”. El 16 de abril grita por fin lleno de entusiasmo: “¡He ordeñado una vaca!”, a lo que añade: “El señor Ripley ha comprado cuatro cerdos negros”. “La vida rural no es una vida de tranquilidad y serenidad”, se ve obligado a reconocer, sin embargo, algo más tarde, cuando descubre que Brook Farm se ha asentado literalmente sobre un nido de avispas y que los insectos empiezan a reclamar sus derechos adquiridos como pobladores originarios en cuanto empieza a suavizarse la temperatura.


Sin duda Hawthorne albergaba la esperanza de que alejarse del ajetreo de la ciudad favorecería ese aislamiento imprescindible para que pueda prosperar la labor del escritor. “No leo los periódicos y apenas recuerdo quién es el presidente -escribe el 22 de abril- y, como si habitara en otro planeta, siento que no me preocupa en absoluto lo que a otra gente perturba”. Pero enseguida descubre que también en esto ha marrado. “Tras una dura jornada de trabajo en la mina, mi alma se niega obstinadamente a derramarse sobre el papel”, anota el 11 de mayo. Y el tono se vuelve aún más sombrío conforme se acerca el final de su estancia en la granja: “[Aquí] no tengo la sensación de perfecto aislamiento que siempre ha sido esencial para mi capacidad de producir alguna cosa -escribe el 22 de septiembre-. […] Mi mente no consigue abstraerse”. La intromisión de una necesidad exterior en las labores de la imaginación y el intelecto es para él muy dolorosa, añade un par de días después.


El trabajo parecía estar muy lejos, pues, de ser esa fuerza regeneradora que predicaban los trascendentalistas. Al principio, Hawthorne afronta la cuestión con sorna: “Para mí es una sorpresa sin fin cuánto trabajo hay que hacer en el mundo -dice-; pero, gracias a Dios, soy capaz de hacer la parte que me corresponde, y mi capacidad crece cada día. ¡En qué personaje robusto, de anchos hombros, elefantiásico voy a convertirme a este paso!”. Pero también en esto el tono va agriándose con el paso del tiempo. “¡Oh, el trabajo es la maldición del mundo y nadie puede involucrarse en él sin verse proporcionalmente embrutecido! -escribe el 12 de agosto- ¿Es digno de elogio que me haya pasado cinco dorados meses alimentando vacas y caballos? Yo diría que no”. “¡Ay, qué diferencia entre el ideal y lo real!”, se lamentaba ya un par de semanas antes.


El experimento de Brook Farm duró poco más de seis años y, tras la partida de Hawthorne, fue derivando hacia el fourierismo. Hawthorne, por su parte, se inspiraría en sus vivencias en la granja para escribir The Blithdale Romance (1852).


ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 406 DE



miércoles, 12 de noviembre de 2025

FICCIONES. Ascensor

 


Life’s an elevator

It goes up and down

Life’s an elevator

Can’t you dig the sound?

Marc Bolan (1976)


6


¿Cómo se titulaba aquella película en la que el asesino se queda atrapado en un ascensor? El tipo, un veterano de no sé qué guerra, está seguro de que ha ejecutado el crimen perfecto, pero al poco tiempo de abandonar la escena del asesinato se da cuenta de que ha tenido un descuido. Regresa para enmendar su error, toma el ascensor y de repente el ascensor se detiene y se queda a oscuras. El ascensor es el ascensor del edificio de oficinas en el que trabaja y la víctima, su jefe. Un magnate del petróleo o de la construcción. Algo así. Un bicho asqueroso. Cuando el edificio cesa su actividad, el bedel de la empresa corta el suministro eléctrico y eso es lo que explica que el ascensor se detenga entre dos pisos y que el asesino no pueda salir de la trampa en la que él mismo se ha encerrado. El veterano de guerra, por cierto, está liado con la mujer del magnate, mucho más viejo que ella.

    Desde que adaptamos el ascensor de la comunidad a la nueva normativa, el aparato ya ha sufrido tres o cuatro averías. Es como si el cambio no le hubiera sentado bien y le hubiera alterado el carácter. Cuando está enfurruñado, se niega sencillamente a moverse. Pero si le da la ventolera, te embarca en un viaje con parada en cada una de las siete plantas del edificio. Arriba y abajo, arriba y abajo, una y otra vez. Hasta que al final se cansa y le da por pararse en un piso que no es al que tú ibas en un principio. La nueva normativa, nos dijeron, debía significar una mejora en la seguridad y el bienestar de los usuarios del ascensor.

    En fin, son cosas que uno oye en conversaciones entre vecinos escuchadas a medias en el portal, porque lo cierto es que yo todavía no he sufrido ningún percance con el ascensor.

    Pero sí me he dado cuenta de algo. Antes el ascensor hacía sus viajes sin escalas. Salías del punto A y llegabas sin interrupciones al punto B. Si había algún vecino aguardando en el rellano, tenía que esperar a que hubieras llegado al final de tu trayecto para que el ascensor le obedeciera al pulsar el botón de llamada. Mientras no hubieras llegado a destino, el otro no podía subir a bordo. Ahora el ascensor obedece automáticamente a cualquiera que pulse el botón desde fuera, de modo que, queriendo subir, puede que alguien te haga bajar, o que, de camino al garaje, te lleven hasta el último piso del edificio y acabes dándote de bruces con el perrazo del vecino del séptimo, que por supuesto no esperaba encontrarse a nadie allí dentro. La nueva normativa ha introducido un elemento de azar en nuestras vidas que a mí no me gusta nada.

    Ayer oí, por ejemplo, que hace un par de días el hijo adolescente de una familia del quinto, ese chico tan amanerado, se había quedado atrapado durante varias horas dentro del ascensor. Cuando lo sacaron, su nivel de dióxido de carbono en sangre estaba por los suelos y presentaba todos los síntomas de la hiperventilación. Taquicardia, vértigo, sensación de ahogo. Al parecer, el ataque de pánico no fue a más porque el chico estuvo todo el tiempo en comunicación con su madre, que lo calmaba a través del teléfono móvil. Supongo que los móviles resultan útiles en situaciones así. Yo, sin embargo, sigo considerándolos una de las peores aberraciones de la tecnología moderna.

    “¿Qué te llevarías a una isla desierta?” es la pregunta típica. Pero creo que deberíamos cambiarla. Al fin y al cabo, no creo que quede ya ninguna isla desierta sobre la faz de la tierra. Lo que sí hay son ciudades cada vez más grandes. Y en las ciudades, edificios cada vez más altos. Y en todos los edificios, un ascensor o varios. Así que ahora la pregunta quizá debería ser “¿Qué te gustaría tener contigo si te quedaras atrapado en un ascensor?”. Imagina que, como el protagonista de aquella película, te pasaras encerrado toda una noche en la estrecha cabina de un ascensor. A solas. Sin teléfono móvil. ¿Qué harías? ¿Cómo llenarías el tiempo?

    No sé por qué, pero creo que en una situación así lo primero que yo haría sería quitarme los zapatos y los calcetines, meter los calcetines dentro de los zapatos, acomodarlos en un rincón y finalmente sentarme en el suelo. Después haría inventario del contenido de mis bolsillos. Y luego tal vez me dedicaría a poner orden en la cartera. Algo que nunca he hecho. Ya está vieja y raída, y con los años he ido engordándola con mil tarjetas y papelillos absurdos que guardaba con vistas a un uso futuro que jamás llegó. La verdad es que nunca los he sacado del lugar que les asigné en aquel primer momento y que nunca me han servido para nada. Ahora tal vez podrían servir como estímulo para el recuerdo. Como una especie de diario de viajes en miniatura. Estoy seguro de que tendría entretenimiento para muchas horas.


CONTINUAR LEYENDO EN



viernes, 12 de septiembre de 2025

COSSERY, CARACO: dos figuras del exilio

 



“La vida es formidable. Hay que tener un cierto carácter, ser inteligente para escapar de toda esa impostura y observarla alegremente. Es decir, tomársela siempre a broma…”

Albert Cossery

 

Podría darle la vuelta al introito proustiano y decir: “Mucho tiempo he estado despertándome temprano”. Muy temprano, incluso. Y es en esa duermevela de las cuatro de la madrugada cuando se activa un extraño mecanismo. Yo lo imagino como una cajita negra que se nutre de un material misterioso y excreta imágenes, ideas, textos, a cada cual más delirante. A veces es alguna canción, y no de las buenas, la que ocupa mi mente, y así me paso canturreándola para mis adentros hasta que la del alba llega. Otras, es alguna palabra suelta, sin sentido ni motivo aparente, la que me revolotea por el interior y se pasa horas golpeándose contra las paredes del cráneo como una mosca extraviada.

 

Esta noche mi magín parece empeñado en enredar con el encuentro fortuito entre dos nombres, entre dos personajes. Ambos nacieron con el siglo XX. El uno es un viejo conocido; el otro, un descubrimiento tardío (¡pero qué descubrimiento!). Árabe de El Cairo, el primero; sefardita nacido en Constantinopla, el segundo. El egipcio amaba la vida; el judío la odiaba con un furor fanático. Los dos pasaron la mayor parte de sus días en la ciudad de París, lejos de sus países de origen, y ambos eran escritores. Pero mientras el primero solo escribía alguna frase por aquí y por allá cuando pensaba que tenía algo verdaderamente original que decir, el segundo se entregaba a la escritura con un rigor monacal durante seis horas al día, y al parecer todos los días del año. El primero llegó casi a centenario; el segundo apenas superó la cincuentena y le puso fin a la vida por su propia mano, como había prometido en tantas ocasiones. Compartían iniciales (A. C.), y puede que poco más, y me pregunto si no será esta coincidencia anodina la que ha hecho que vengan a juntarse a hora tan intempestiva en mi cabeza, siendo sin embargo tan contrarios. Lo que sigue es, pues, un intento de darle razón a mi sinrazón.

 

(Primera hipótesis: Caraco y Cossery, dos variantes del exilio).

 

Figura monstruosa por donde se la contemple. Sionista sin patria, gnóstico sin fe, ultrarreaccionario, “racista y colonialista”, como él mismo reconocía abiertamente. Casandra exacerbada que anunciaba la hecatombe venidera, porque la deseaba, y el exterminio de lo que él llamaba la “masa de perdición”, a la que aborrecía. El ser hijo de una estirpe de nómadas, de gentes sin patria, hogar ni tumba, que erraban por el mundo por ver si los hallaban, ignorantes -o fingiendo serlo- de su condición de indeseables allá donde fueran, situó a Caraco en una posición privilegiada para observar -como él mismo escribe- “la faz sombría de las naciones en el seno de las cuales vivía” y considerarla “más verdadera que su faz luminosa”. 

 

Los Caraco pasaron por Praga, Berlín, Viena y París siguiendo su particular diáspora. La expansión del nacionalsocialismo los empujó a abandonar Europa y establecerse en América Latina. Allí el joven Albert adoptó la nacionalidad uruguaya, que le asqueaba tanto como cualquier otra. Cuando acabó la guerra, la familia regresó a París y se instaló en el número 34 de la calle Jean Giraudoux, donde la muerte les fue visitando por turnos: primero la madre, después el padre y finalmente el hijo, que se mató a las pocas horas de que hubiera fallecido el segundo. A un exilio, Caraco añadió otro, interior, más profundo, y decidió retirarse del mundo. “Mi vida de muerto viviente transcurre en el corazón de esta ciudad, envuelto por la más escandalosa ignorancia y por la ceguera más sistemática –escribe en Ma confession-. […] Deseo, para descanso de mi conciencia, que las tinieblas que me rodean no se disipen nunca, espero que, habiendo subsistido en el desconocimiento, moriré ignorado por aquellos a los que desprecio”.  Encerrado en su cuarto, Caraco decidió llevar la vida –es un decir- de un monje, pero de un monje guerrero que le ha declarado la guerra a la humanidad, al universo, a la existencia misma. “Un hombre que no está en su lugar y cuyo valor no ha hallado el empleo que merece socava el orden de este mundo, y el Espíritu necesita de tales socavadores. […] Nací descontento y vivo descontento; mi obra es mi venganza y estoy persuadido de que socavará el orden […] Todas las mañanas vuelvo al frente y me bato sin descanso hasta el anochecer: mis libros son mi guerra permanente”, declara en la misma obra.

 

La furia contra todo que inflama cada página de Ma confession, a veces adquiere sin embargo una tonalidad patética. Caraco sabe que la suya es una gloria literaria póstuma. Los libros que lo mantienen vivo solo serán descubiertos una vez haya muerto. En el fondo, está librando una guerra que solo podrá vencer tras haber caído en el campo de batalla. “Soy el aborto de un hombre que podía actuar y no tuvo los medios para hacerlo –dice-, me extingo en mi cuarto, cuando había nacido para despertar a los otros, y si me destruyo, es porque me asfixio”. E impulsado por una lucidez –llamémosla- nietzscheana con respecto a sí mismo, confiesa: “No ignoro que en mi ascetismo [interprétese como retirada o exilio del mundo] intervienen varios motivos con los que la espiritualidad no tiene mucho que ver, de esos que uno no confiesa de buena gana y que siempre resultarán determinantes. Un primer motivo fue mi falta de precocidad […] El segundo obedecía a mi dependencia […] El tercero derivaba de mi situación, pues al ser extranjero, y esto en cualquier país que me hallara, no mantenía relaciones continuadas en el tiempo […] La privación que uno mismo se impone es una fuente de riquezas invisibles, permite […] despreciar serenamente a quienes se dejan vivir, y más todavía si en ello se pierden. Es un verdadero lujo poder -y de buena fe- desdeñar a nuestro prójimo […] Preferiría ser Satanás en su Infierno [en lugar de un padre de familia], allí mantendría un estilo”.      

 

martes, 11 de febrero de 2025

Ursula K. Le Guin, realista de otra realidad


 

Hoy, 22 de enero de 2025, fecha en la que escribo esto, se cumplen exactamente siete años de la ocultación –por decirlo a la manera de los patafísicos- de la escritora estadounidense Ursula K. Le Guin. Tres años antes, cuando ya se encontraba en el último tramo de su vida, Le Guin había sido galardonada con la Medalla de la Fundación Nacional del Libro por su Destacada Contribución a las Letras Norteamericanas. El 19 de noviembre de 2014 pronunció el discurso de aceptación del premio, que apenas duró unos cinco minutos pero que, según reconoció más adelante, le había costado un par de meses redactar, y todo con el solo fin de hacerlo tan conciso como fuera posible. El resultado es una pequeña obra maestra, un alegato terso e incisivo a favor del poder transformador de la escritura.

                Le Guin comenzaba reivindicando el lugar de sus colegas escritores de fantasía y ciencia ficción. “Escritores de la imaginación –dice- que durante cincuenta años han visto como estos bellos premios iban a parar a manos de los llamados realistas”. Después alertaba sobre los tiempos duros que se avecinaban y lanzaba un órdago a las nuevas generaciones de literatos: necesitamos escritores –añadía- dotados de imaginación y memoria, cuyas voces sean capaces de encontrar alternativas a cómo vivimos hoy y al mismo tiempo puedan recordar lo que es, lo que era, la libertad. “Poetas, visionarios, realistas de una realidad más vasta”, los llama.


SEGUIR LEYENDO EN



viernes, 8 de noviembre de 2024

Johnsons & Shits (Burroughs político)

 



La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de… los johnson contra los mierdas. La ontología política, o tal vez sería mejor decir la mitología política, del escritor estadounidense William S. Burroughs (1914-1997) podría reducirse a estos dos elementos en conflicto: la familia Johnson y los mierdas o shits.

    Burroughs solía referir una anécdota aparentemente anodina. Cierto día estaba sentado en la terraza de un pequeño café tangerino con sus amigos Brion Gysin e Ian Sommerville cuando vieron pasar a un español de unos cuarenta o cincuenta años de porte desastrado. Los tres dejaron escapar casi al unísono un “¡Dios mío, ahí va una persona de aspecto inofensivo!”. Su paso fue como el de un cometa, añade Burroughs, que les recordó lo raro que es encontrarse a gentes de tal condición, individuos que se ocupan de sus propios asuntos y tratan de apañárselas lo mejor posible en un mundo poblado por seres a los que solo mantiene vivos la esperanza de fastidiar a los demás. De inmediato se supieron en presencia de un miembro de la familia Johnson.


SEGUIR LEYENDO EN



lunes, 14 de octubre de 2024

AGORAFOBIA / TE AMARRAN. Un homenaje a José Óscar López


El cut-up es una técnica de composición literaria descubierta por Brion Gysin en 1958 y aplicada sistemáticamente por su amigo William S. Burroughs sobre todo en las tres obras que constituyen la llamada Trilogía Nova. La técnica es sencilla: consiste en recortar un texto o varios, propio o de otros, y recombinar de forma aleatoria los fragmentos así obtenidos. Por motivos que el público lector conocerá pronto, este último año ha sido para mí un año singularmente burroughsiano.
        Cuando Juan de Dios García me invitó a participar en este homenaje a José Óscar López, lo hizo apelando a la «admiración mutua» que José Óscar y yo nos profesábamos. Soy, sin duda, un rendido admirador de la obra de José Óscar y me consta, porque así me lo hizo saber y no tengo motivos para sospechar de su sinceridad, que a él también le gustaban algunas cosillas de las que yo había escrito. Colaboré con José Óscar en un par de libros de autoría colectiva: Extraño Oeste (Libros del Innombrable, 2015) y 8 x 11 Sueños. Un homenaje a Cirlot (Fantasma, 2023). En ellos nuestros relatos aparecían juntos pero no revueltos entre las tapas de un mismo volumen. En esta ocasión, sin embargo, me he permitido trenzar, utilizando la técnica del cut-up, ‘Agorafobia’, un texto suyo incluido en Fragmentos de un mundo acelerado, uno de mis libros preferidos de José Óscar, y el final de mi cuento ‘Cuffs or Coffins (o te amarran o te matan)’, que forma parte de Extraño Oeste y que José Óscar apreciaba particularmente. Conociendo su generosidad, pienso que se habría prestado de buen grado al experimento y creo que el resultado habría sido de su gusto.
*
          Plazas y jardines sobre los que pesa un cielo real, demasiado real por gigantesco. Millones de explosiones levantan un maremoto de arena que te pasa por encima, con la que concibiera los espacios inevitables. Primero es el conde Drácula rodeado por una bandada de bulliciosos, me recuerda cada día la amenaza constante que supone vivir aquí. ¡Qué intención pícara! Entonces echas a andar, o a correr, o a volar, y surcas los cielos. Energía modesta que me anima. Y caigo al suelo presa de convulsiones y espumarajos. Piel perdiéndose allá a lo lejos, atrás, muy atrás. Y sobrevuelas Taos. Ellos, los que se encierran detrás de la puerta que guarda el miedo. Una vaca arlequín sigue sosteniendo dos revólveres y apuntándote con ellos. Colma con mis latidos y mi aliento mi calor: es un lugar vivo, igual que un cuerpo de mil ochocientos cuarenta y siete. Indios Pueblo y mejicanos aplastados bajo la ira donde el miedo puede volver a adaptarse al tamaño del hombre que lo siente. Tal vez en Carlinville, Illinois. Al final se transforma en John Hart, el actor que puedo imaginar es una vida. Una vida que yo puedo vivir. Vuelas también sobre la sierra de la Sangre de Cristo cuyos picachos ya están cubiertos de ciudades. Y temo desaparecer lejos de casa, desvanecerme en medio de esta tarea. Ojos, porque ese blanco es tan intenso que te quema las pupilas, pero no sirve de nada. Una Tierra dispuesta a digerirme, debatiendo con mis clientes, cerrando mis negocios. Metamorfosis sucesivas que a ti se te antojan sin embargo de lo más normal, e incluso subterráneas. Cubiertos, sí, pero inmensos, tan inmensos como el vientre borracho.
LEER COMPLETO EN

miércoles, 23 de agosto de 2023

8 x 11 Sueños. Una entrevista con Esther Peñas

 


«En la plaza mayor de un pueblo están celebrando algo así como una corrida de toros. Pero consiste en lo siguiente: una muchacha martiriza al toro, que se muestra incapaz de defenderse, y le corta la piel a largas tiras, le arranca la lengua y le hiere en los ojos». Este es uno de los pasajes que encontramos en 88 sueños, el libro que publicó el poeta Juan Eduardo Cirlot en 1988. Treinta y cinco años después, un ramillete de escritores homenajea al catalán con la edición de 8 x II Sueños (Ediciones Fantasmas). Junto al prólogo de Julio Monteverde, Raúl Herrero, Rodrigo Martín, Ana Gorría, José Óscar López, Ángel Zapata, Iván Humanes, Fernando López y el coordinador onírico, Diego Luis Sanromán, con quien conversamos, nos comparten algunas de sus vivencias por dentro de los párpados.

¿Cómo surge la idea de hacer un homenaje a los 88 sueños de Cirlot?

De forma azarosa, por pura casualidad, como suele ocurrir con los proyectos más locos y más estimulantes. Hace más o menos un año, releyendo el librito de Cirlot, caí en la cuenta de que se acercaban un par de efemérides: la de la publicación de los sueños en su edición definitiva y la de la muerte del propio Cirlot. Acaba de cumplirse el cincuentenario de ambos acontecimientos, con unos seis meses de diferencia: 88 sueños se publicó en 1972, y su autor murió en mayo del año siguiente. Se me ocurrió que podría ser una buena excusa para volver a juntar a un puñado de escritores que ya participamos, allá por 2015, en otro proyecto colectivo: Extraño Oeste, un libro de relatos western completamente delirante y lisérgico. Me lo pasé tan bien entonces que quería repetir, y sabía que el amor por la obra de Cirlot también era algo que compartíamos quienes participamos en aquel otro libro.

*LEER ENTREVISTA COMPLETA EN SOLIDARIDAD DIGITAL.

miércoles, 22 de junio de 2022

"¡Oh, hijos enfermos del mundo!". Philip K. Dick y los androides que sueñan (Tercera parte)

 


En 1975 Dick recibió una invitación para dar una conferencia en el Instituto de Arte Contemporáneo de Londres. No pudo viajar por motivos de salud, pero sí enviar un texto al que daría el título de Man, Android and Machine y en el que desarrollaba temas que ya había tratado en otra ponencia en Vancouver tres años antes. Al comienzo de su disertación, Dick nos advierte de que en el universo existen cosas frías y feroces [fierce cold things] cuyo comportamiento hiela la sangre, “especialmente si imitan la conducta humana tan bien que tenemos la incómoda sensación de que tales cosas están intentado hacerse pasar por humanas, pero no lo son”. Es a esas cosas a las que Dick da el nombre de “máquinas” o, aun mejor, de “androides”. Porque el “androide” no es una máquina cualquiera. Es –continúa Dick- “una cosa generada para engañarnos de forma cruel, para inducirnos a pensar que es uno de nosotros”, del mismo modo –podríamos añadir- que la muñeca Olimpia lograba engañar al estudiante Nathanael en El hombre de arena de E.T.A. Hoffmann, un relato que –como es bien conocido- Freud convertiría en expresión privilegiada de su concepto de lo Unheimliche. Como Olimpia, el androide despierta en nosotros esa inquietante extrañeza que en ocasiones nos inspiran ciertos seres dotados de una aparente familiaridad. Cuando nos estrechan la mano, podemos presentir el tacto metálico de lo muerto, y su sonrisa –completa Dick- “tiene la frialdad de la tumba”. 

SEGUIR LEYENDO EN:




sábado, 5 de febrero de 2022

A Stanislav Lem (1921-2021), conquistador del vacío cósmico

I’ve seen the future, brother:
It is murder

(Leonard Cohen)




A Stanisław Lem le gustaban los aparatos mecánicos, montarlos, desmontarlos y volverlos a montar, sacarles las entrañas y hurgar en ellas en busca de su misterio. En El castillo alto (1966), una obra en la que levanta acta de sus recuerdos infantiles, cita a su admirado Norbert Wiener, uno de los padres fundadores de la cibernética: “Yo fui un niño prodigio”, dice Wiener. “Yo fui un monstruo”, replica Lem: un asesino de artefactos. El castillo alto es como Les choses de Perec, pero a la manera de Lem. En el libro no se habla exactamente de las relaciones con otros sujetos, sino más bien de los lazos establecidos con ciertos objetos singulares: de su fragilidad, de su magia, de su “aura”. Por eso, de Los viajes de Gulliver a Lem no le interesan tanto sus quiméricas aventuras como el inventario de cosas que los liliputienses encuentran en los bolsillos del descomunal cirujano (y más tarde capitán de diversos barcos). Incluso las relaciones familiares del pequeño Lem están mediadas por los objetos: el padre, por ejemplo, está simbolizado por la biblioteca paterna, una biblioteca marcada además por el interdicto y gracias a la cual el niño entra por primera vez en contacto con la medicina y el erotismo, y también con las heridas y secuelas de la Grande Guerre.


LEER COMPLETO EN 



sábado, 27 de noviembre de 2021

"¡Oh, hijos enfermos del mundo!". Philip K. Dick y los androides que sueñan (Primera parte)

 


And it is his dreams which will transform him

from a mere machine into an authentic human.

Philip K. Dick

Gurú involuntario de la psicodelia, referente a su pesar de la contracultura californiana de los años sesenta, esquizofrénico y/o místico, filósofo gnóstico, loco y lisérgico, Philip K. Dick (1928-1982) fue uno de los autores más descollantes de la Nueva Ola de la ciencia ficción de la segunda mitad del siglo pasado. Su obra, sin embargo, ha trascendido al fin los estrechos límites del subgénero literario al que dedicó casi toda su existencia, algo por lo que siempre luchó pero nunca consiguió mientras estuvo vivo.  

En 1968 Dick entregaba a la imprenta una novela a la que, después de barajar varias otras opciones, daría el dilatado y desconcertante título de ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Para entonces Dick ya había publicado decenas y decenas de relatos y de novelas y era un autor consagrado, al menos hasta el punto en el que podía considerarse consagrado un escritor de ciencia ficción en los Estados Unidos de la época [1]. El libro se adelantaba en algunos años a lo que después se conocería como ciberpunk y, como todos los suyos, constituía el soporte literario de las preocupaciones teológicas y existenciales que lo inquietaban en aquellas fechas. En este caso, se trataba de una trágica indagación sobre la esencia de lo humano. ¿Qué significa ser humano?, tal era la cuestión que se planteaba Dick en la novela. ¿No seremos acaso sino androides que sueñan?

El mundo del cine se interesó pronto por el texto, pero su plasmación en forma de película no llegaría hasta 1982, el año precisamente en el que el escritor moría de un ataque cardíaco sin haber aún cumplido los cincuenta y cuatro. Cuando Blade Runner se estrenó en salas, Dick ya no estaba allí para verlo. Ni tampoco para asistir a todo lo que vendría después: una veintena de películas, entre cortos, largometrajes y series de televisión, más o menos inspiradas, basadas en obras de su autoría, y el reconocimiento unánime de la película de Ridley Scott como una de las grandes obras maestras del cine de ciencia ficción de todos los tiempos. La aparición, en suma, de un mundo cada vez más philipdicksiano

SEGUIR LEYENDO EN:




jueves, 14 de octubre de 2021

(Tal vez) Georges Brassens. Un anarquismo congénito





Para celebrar el centenario del cantautor francés Georges Brassens la editorial Pepitas de Calabaza publica este octubre una compilación de artículos que he tenido la fortuna y el placer de traducir y prologar. Los artículos en cuestión son textos breves –“crónicas”, según el propio Brassens- que Georges publicó entre 1946 y 1947 en el periódico Le Libertaire, a la sazón el órgano de la Federación Anarquista. Era práctica habitual en la prensa libertaria de la época que los artículos de los colaboradores apareciesen bajo seudónimo, por eso no es posible encontrar entre ellos ningún texto que lleve explícitamente la firma de Brassens. En nuestra selección para Pepitas hemos seguido escrupulosamente el criterio establecido por los editores franceses de sus obras completas, y ello nos ha obligado a excluir algunas crónicas que, sin embargo, por su tono, timbre y temática, barruntamos también son obra el autor de La mala hierba. Los cuatro artículos que el lector puede degustar a continuación forman parte de esos descartes.




martes, 12 de mayo de 2020

EL MIEDO: Postales para un álbum

Portada-El-miedo-XLIII.png


“O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
 que chega a fingir que é dor
 a dor que deveras sente”

RDF me invita a escribir algo para el  monográfico de Excodra dedicado al miedo y ya de entrada la propuesta me produce pánico. Me pasa siempre. Por un lado, es temor a la infertilidad, al “silencio eterno del espacio infinito” de la página en blanco y a que las voces que continuamente me rondan la cabeza callen justo en el momento en que comparezco ante el teclado. Luego está el pavor anticipatorio ante las indudables deformidades que aquejarán al texto en gestación,  la certeza de que una vez lo haya parido me producirá tanto asco como al protagonista de Eraserhead le producía el fruto de su propia semilla. Escribir es sin duda un juego insensato y, aunque no lo parezca, el tiempo es poco propicio para juegos y para insensateces.  

Mi primera intención, no obstante, es ceder a una inclinación natural en mí. Si la cosa va de miedo, lo suyo sería escribir un cuento de miedo, está claro. Lo he hecho otras veces. Quizá sea uno de los pocos palos literarios en los que pueda demostrar cierta soltura. Un relato de miedo que no lo parezca, oscuro, absurdo, atravesado por un humor cruel y delirante. Al fin y al cabo es lo mío, cuando lo intento y me sale. La situación está preñada de posibilidades, ¿no te das cuenta? –me digo-. El poeta es un fingidor, así que ¡finge, cabrón, finge! ¿No era Lobo Antunes, otro portugués, el que decía que para un escritor toda experiencia es material literario, y fundamental y casi exclusivamente eso? Tal vez, pero ahora se me antoja que la experiencia del miedo, si es algo, es paralizante y castradora, y que difícilmente puede convertirse en catalizadora inmediata del proceso de escritura. No invita a la locuacidad, el miedo.

El encierro, por cierto, me pilla en plena lectura de la biografía de Roland Barthes escrita por Tiphaine Samoyault[1]. Las últimas páginas del libro recogen, como es obvio, los últimos años de la vida de Barthes y hacen referencia a su proyecto, nunca llevado a cabo, de escribir una novela. Conforme al proyecto original, la novela debía ser una obra monumental al menos en un doble sentido: primero, porque Barthes entendía por novela una obra al estilo de En busca del tiempo perdido o de Guerra y paz, “a la vez cosmogonía, obra iniciática y suma de sabiduría”; y en segundo lugar, porque él la imaginaba ligada como por un cordón umbilical invisible a la figura de su madre, fallecida poco antes, y en cuya memoria deseaba construir una especie de monumento fúnebre literario. 

LEER COMPLETO EN
 Excodra Editorial (excodra) en Pinterest


[1] Recuerdo que compré el libro en el verano de 2015 en La Machine à Lire de Burdeos, una de mis librerías más queridas. En 2015 se cumplía el centenario de quien había decretado “la muerte del autor”, como otros antes habían levantado acta de la muerte de Dios o de la muerte del hombre. Ahora temo no poder volver a Burdeos o que La Machine à Lire desaparezca, o ambas cosas.