“What creates
literature, Mr. Kirk?”
J. W. Ehrlich (1957)
En abril de 1957, justo cuando el fiscal federal daba la orden de liberar los ejemplares de Aullido incautados por el aduanero MacPhee, el Tribunal Supremo debatía el caso de Samuel Roth contra los Estados Unidos. Roth, además de poeta y librero, era editor y distribuidor. En 1955 se le imputaron veintiséis cargos por utilizar el servicio postal con fines obscenos y el caso acabó en el Supremo. El alto tribunal ratificó la resolución condenatoria contra Roth y se mantuvo en la línea jurisprudencial anterior, que establecía que la obscenidad no estaba protegida por la primera enmienda, pero la sentencia resultó radicalmente innovadora en lo que atañía a la propia definición jurídica de lo obsceno. Según el texto redactado por el juez William J. Brennan Jr., a partir de ese momento se consideraría obscena cualquier obra cuyo tema dominante, tomado en su conjunto, atendiera a un interés lascivo desde el punto de vista de “una persona normal [average], empleando los estándares contemporáneos de la comunidad”. Algo que rompía con el viejo Test de Hicklin, vigente hasta entonces, que se refería no al “hombre medio”, sino a “aquellos cuyas mentes están abiertas a tales influencias inmorales”.
El proceso contra Murao, acusado de vender material obsceno, y Ferlinghetti, acusado de publicarlo, debía celebrarse a principios de agosto en el Tribunal Municipal de San Francisco. Tras un receso, se descartó el juicio con jurado y el caso pasó a manos del juez Clayton W. Horn, un letrado que enseñaba la Biblia en la escuela dominical y que había saltado a las noticias por condenar a unas ladronas a escribir un ensayo sobre las enseñanzas morales de Los diez mandamientos de Cecil B. DeMille. El juez pronto desestimó los cargos contra Murao, pues la acusación no pudo demostrar que el librero hubiera leído el poemario de Ginsberg o que lo hubiera vendido “con fines lascivos”. Pero el juicio contra Ferlinghetti siguió adelante y terminó por convertirse en una suerte de debate sobre estética literaria. La jurisprudencia establecía que cualquier texto en el que cupiera reconocer algún mérito literario quedaba excluido de la acusación de obscenidad, y el juez Horn determinó desde el comienzo que en el proceso solo se tendrían en consideración testimonios de personas que, de un modo u otro, hubieran convertido la literatura en su medio de vida y en su profesión.
Encabezando el equipo de la defensa se encontraba J. W. Ehrlich, conocido como “Jake the Master”, el más famoso criminalista de la ciudad. La ACLU se había puesto en contacto con él para que defendiera a Ferlinghetti y Ehrlich aceptó hacerlo pro bono. Al otro lado del estrado se hallaba Ralph McIntosh, que había trabajado como ayudante del fiscal del distrito durante buen parte de su carrera y que en los últimos años parecía empeñado en proteger la salud moral de sus conciudadanos de la ponzoña de la pornografía. Ya una década antes se había granjeado cierta notoriedad por su tentativa de prohibir que Jane Russell mostrara al mundo sus encantos en El forajido (1943) de Howard Hughes. Al respecto, el juez Horn dejó claro el precepto que debía guiar todo el proceso: “la libertad de imprenta debería ser tan rigurosamente protegida que ningún segmento del país pudiera censurar en perjuicio del resto aquello que deben leer, ver, escuchar, etcétera. Por eso este caso es tan importante”.
El 5 de septiembre la defensa llamó a declarar a nueve testigos que debían avalar el mérito literario de la obra de Ginsberg. Entre ellos se encontraban Mark Schorer; el escritor de novelas del oeste Walter Van Tilburg Clark; Leo Lowenthal, un miembro “menor” de la Escuela de Frankfurt -si por tal entendemos menos ilustre que la terna Adorno-Horkheimer-Marcuse-; o el poeta Kenneth Rexroth, que había ejercido de maestro de ceremonias en el recital de la Six Gallery. El profesor Schorer comenzó señalando que Aullido, como cualquier obra literaria, pretendía “hacer un comentario significativo o una interpretación de la experiencia humana tal como el autor la conoce. Y con tal fin, [habría] elaborado lo que podríamos llamar una estructura estética”. Ginsberg quería ofrecer la impresión de un mundo de pesadilla, y lo lograba mediante una serie de imágenes surrealistas expresadas en los términos y a través de los ritmos del lenguaje de la calle. Van Tilburg Clark siguió la senda abierta por Schorer y declaró que Ginsberg era un “poeta absolutamente sincero” y dotado de una “elevada destreza técnica”. Una valoración que vendría a refrendar más tarde Rexroth: Aullido “es probablemente -aseveró- el poema más extraordinario publicado por una persona joven desde la Segunda Guerra Mundial”.
Ni la acusación ni los testigos de la acusación
estuvieron a la altura de la defensa y sus testigos. A lo largo del proceso,
Ehrlich dio muestras de una sólida cultura literaria, mientras que McIntosh
reconoció en varias ocasiones que en realidad no había entendido ni una palabra
del libro de Ginsberg. McIntosh convocó a David Kirk, un profesor de literatura
de la Universidad de San Francisco, y a Gail Potter, que presentó como mayor
logro de su carrera haber reescrito Fausto a partir de las cuarenta
versiones existentes de la obra. Kirk parecía empeñado en presentar Aullido como
un poema neodadaísta, lo que lo privaría de todo valor artístico. “Forma, tema
y oportunidad” eran los criterios para determinar dicho valor, defendía Kirk.
En cuanto a la forma, Aullido no era sino una “débil imitación” del
verso largo a la manera de Whitman, carente por otro lado de toda relevancia
histórica, puesto que el tiempo de Dadá ya había pasado. El poco valor que
pudiera encerrar su temática era puramente negativo, concluía. Potter, por su
parte, resaltó la crudeza de su estilo: “una se siente como si estuviera atravesando
una cloaca cuando tiene que leerlo”. McIntosh concluyó señalando que las
aportaciones de los testigos de uno y otro lado solo servían para revelar la
disparidad de criterios entre los supuestos expertos. Por otro lado, la
doctrina Roth se refería al “hombre medio”, y ningún “hombre medio” había
subido al estrado para testificar. “¿Qué interés lascivo estaba generando
Ginsberg con su grito de dolor?”, fue la respuesta en forma de pregunta de
Ehrlich.
El 3 de octubre de 1957, el juez Horn dictó sentencia: el libro de Ginsberg no era obsceno y, en consecuencia, Ferlinghetti quedaba absuelto. Exactamente una semana después, Ginsberg escribía a Ferlinghetti desde Ámsterdam: ahora podemos “caer sobre América como una gran ola de belleza”. Y décadas más tarde, en una entrevista con Josef Jařab, recordaría: “Con los juicios de Aullido y El almuerzo desnudo y los esfuerzos de Grove Press para legalizar El amante de Lady Chatterley y [los libros de] Henry Miller fuimos parte de la Liberación de la Palabra. […] El último gran juicio sobre la censura fue el de El almuerzo desnudo en 1966. Después de aquello, las compuertas quedaron abiertas”. Luego vendrían los movimientos de liberación de las mujeres, de los homosexuales o de los negros.
ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 408 DE










