Miguel
Amorós (Alcoy, 1949) es autor de una extensa obra como teórico e historiador del
anarquismo. En la década de los setenta formó parte de distintos grupos ácratas
de existencia efímera como Los Incontrolados o los Trabajadores por la
autonomía proletaria y la revolución social y, entre 1984 y 1992, de la
redacción de La Encyclopédie des Nuisances, impulsada entre otros por su
amigo Jaime Semprun, una publicación que continuaba de forma crítica la línea
abierta por la Internacional Situacionista y en la que llegaría a participar el
propio Guy Debord. Hace unos meses, la editorial vallecana La Rosa Negra
publicaba su último libro, un breve volumen titulado sencillamente ¿Qué es
el anarquismo? De él, aunque no exclusivamente, hablamos en la siguiente
entrevista.
DLS-
¿Qué es el anarquismo? Anarquismo individualista, colectivista, comunista, anarcosindicalismo,
posanarquismo e incluso anarquismo de derechas, anarco-capitalismo o
nacional-anarquismo… ¿No es un empeño imposible definir lo que parece,
por definición, indefinible: un conjunto de tendencias dispares y, en algunos
casos, abiertamente contradictorias, que parecen no tener en común entre sí más
que aquello que niegan?
MA- Actualmente, en plena crisis del estado de cosas
característico de la globalización capitalista e inmersos en un proceso de
distorsión ideológica, todavía podemos considerar anarquismo el conjunto de
enseñanzas y tareas que persiguen la implantación de la anarquía, un sistema
sociopolítico que prescinde del Estado y de toda clase de autoridad. Sin
embargo, con la palabra anarquismo ocurre como con todos los “ismos”: que su
significado real depende de quién la pronuncie. Esta particular polisemia sirve
al orden establecido, cuyas consignas y mensajes se divulgan mediante una
provechosa colonización del lenguaje. El empleo unilateral de las palabras por
parte de los dirigentes, o sea, su recuperación por el poder, tiene por
objetivo la incomunicación, la base fundamental del dominio. Corresponde a los
enemigos del statu quo clasista usarlas en su contra, dotarlas de nuevo
contenido subversivo, reinventarlas, redefinirlas. Trabajo a la vez positivo y
negativo, es decir, dialéctico. El situacionista Khayati dijo en la revista “I.S.”
que “una definición es algo siempre abierto, jamás definitivo; las nuestras son
válidas históricamente, durante un periodo dado ligado a una praxis histórica.”
Cualquier determinación contemporánea del anarquismo ha de contar con eso.
DLS-
“El anarquismo ya no es gran cosa” –dices-. “El panorama no es halagüeño”.
¿Crees, no obstante, que hay algún lugar en el que aún pueda reconocerse
siquiera un chispazo de ese impulso emancipador que encendió las revueltas del
pasado?
MA-
Digamos que hoy en día, en la mayoría de países, el anarquismo es un movimiento
social insignificante, sin influencia sensible entre los asalariados, incapaz
de alterar mínimamente el sistema y de incidir en la mentalidad de quienes lo
padecen. No obstante, en algunos “pueblos sin historia”, es decir, en
sociedades que se han mantenido más o menos al margen del capitalismo, han
persistido lazos comunitarios y modos auto-organizativos lo suficientemente
sólidos como para resistir al Estado y administrarse por su cuenta. Tal podía
ser el caso de pueblos campesinos indígenas de países como Chile, Ecuador,
Bolivia o México, o el de los habitantes de las tierras altas del sudeste
asiático como los karen, hmong y lahu. Estamos ante sociedades que se revuelven
contra el desolador presente con rasgos inequívocamente anarquistas, a las que
añadiríamos la más moderna sociedad kurda municipalista. En el mundo occidental
apenas saltan chispazos libertarios en las luchas anti-desarrollistas, en la
defensa del territorio y en movilizaciones espontáneas como la de los chalecos
amarillos, pero sin conexión espiritual con las revueltas ejemplares del
pasado.
DLS-
En el libro señalas que el único modo de superar la confusión de los
anarquismos posmodernos, o de las lecturas del anarquismo como una tendencia
transhistórica y connatural al ser humano, es la reactivación de la conciencia
histórica. Es ella, por ejemplo, la que nos permite discernir el papel decisivo
que el movimiento obrero desempeñó en la génesis de las ideas anarquistas.
Destacas, creo, dos hitos: la fundación de la AIT y la función de Bakunin como
teórico del anarquismo revolucionario, por un lado, y la Revolución Española de
1936, por otro. En ambos casos, se diría que la derrota trajo consigo el
declive y la fragmentación del movimiento, así como la sustitución de la teoría
revolucionaria por una ideología casi completamente separada de la práctica.
¿No sé si nos podrías contar algo más al respecto?
MA- Destacaría unos cuantos hitos más ricos en enseñanzas:
el movimiento magonista mexicano, la insurrección makhnovista en Ucrania y la
revolución asturiana de 1934. En verdad las derrotas comportan retrocesos que
resultan desastrosos para la conciencia, puesto que al perderse la capacidad de
respuesta a la dominación, desaparece el pensamiento crítico y su lugar queda
ocupado por la ideología, el producto doctrinal propio de la conciencia
alienada, la cristalización de una visión falsa y maniquea de la realidad. La
verdad de este mundo queda sumergida en una nebulosa de ideas abstractas con
las que los vencidos tratan de justificar su papel post festum y sus renuncias.
En un contexto de decadencia del movimiento obrero, desmemoria, evaporación de
las perspectivas revolucionarias y aburguesamiento, la ideología desciende un
peldaño más en la degradación y tiende a seguir las indicaciones de las modas
juveniles. Así contemplamos en el campo autodenominado anarquista el desfile
sucesivo de fórmulas milagreras mesocráticas como la renta básica, el
decrecimiento, el especifismo, lo woke, el procès o la payasada nacionalista de
“revoltes de la terra”.
DLS-
En el segundo texto incluido en el libro, realizas un análisis de la
situación actual, marcada por la parálisis –o la desaparición sin más- del
movimiento obrero, la desintegración de las grandes ideas de la modernidad y el
ascenso de las clases medias asalariadas. Comienzas afirmando: “la palabra
«revolución» ha desaparecido del vocabulario de los oprimidos y explotados”, y
más adelante señalas: “[sin democracia directa] no hay revolución”. ¿Podrías
desarrollar un poco más esta última idea?
MA-
Los cambios sociales desde abajo son muy difíciles, pues unas masas atomizadas,
endeudadas y enclaustradas en el consumo no se sienten inclinadas a
favorecerlos. Solamente en los momentos en los que pende sobre ellas la
precariedad, la amenaza de exclusión, el embargo o el desahucio, en los
momentos en que no tienen nada que perder, se ven obligadas a moverse y
cuestionar su proletarización. La creciente capacidad represora del sistema
dejará entonces de verse como un obstáculo insalvable. Cuanto más prolongado
sea el conflicto, más probable será que abandonen el espíritu de clase media y
adopten una visión más realista de la superación de sus condiciones de vida, es
decir, antiestatal y anticapitalista. La democracia directa es el sistema que
mejor responde al funcionamiento autónomo de la población rebelde y el que
mejor puede desarrollar sus potencialidades revolucionarias. Las estructuras
asamblearias cumplen con la dinámica de auto-organización de los movimientos de
masas. El peligro reside en la pérdida de autonomía por la acción de los
partidos políticos que persiguen una deriva institucional burocrática, ante lo
cual no caben otras medidas que la expulsión de los representantes que actúen
por su cuenta o la auto-disolución.

DLS-
El tercer texto incluido en el libro está dedicado al análisis de las causas
probables del auge de la extrema derecha, “el fenómeno más llamativo de nuestra
época reciente”, como afirmas al comienzo. Leyéndote me acordaba de algo que
decía el Comité Invisible en las primeras líneas de su panfleto Ahora: “Todas
las razones para hacer la revolución están ahí. Pero no son las razones las que
hacen las revoluciones; son los cuerpos. Y los cuerpos están delante de las
pantallas”. Tú también apuntas a las redes sociales como el “factor definitivo”
en el auge de la extrema derecha. “Las redes –te cito- han desempeñado el mismo
papel que jugó antaño la radio en el advenimiento del partido nazi”. Durante
algún tiempo, y hasta hace no mucho, algunos albergaron la ilusión de que la
WWW podía hacer realidad la democracia directa en las sociedades complejas y
densamente pobladas. ¿Qué queda de esto, si algo queda? Cuestiones de orden
ecológico al margen, ¿te parece que Internet es necesariamente una herramienta
de control?
MA-
Cualquier coincidencia mía con el Comité Invisible, forma vanguardista
posmoderna del radicalismo infantil, es obra del azar. Aquí tenemos un producto
ideológico de escuela primaria hecho con materiales diversos, desde el
situacionismo al foucaultismo, hábilmente presentado. Hace ya un tiempo,
Jacques Ellul respondía al tópico de “la máquina es neutra, el uso que le demos
depende de nosotros”, con el argumento de que no se trataba de un objeto
aislado sino de un completo sistema mecánico que no habíamos elegido y no
podíamos dominar; bien al contrario, nuestra conducta y nuestra vida quedaba
determinada por él. Teníamos libertad para aceptarlo, pero no para rechazarlo.
Cuando apareció Internet, lo primero que me preocupó no fue la supresión de
puestos de trabajo típica del avance capitalista, sino la virtualización de las
relaciones sociales. El desplazamiento de la comunicación y el debate a un
espacio imaginario, o sea, fuera del mundo real, banalizante y fácilmente
controlable, donde cualquiera podía ejercer de extremista sin moverse de la
silla. No faltaron informáticos progresistas que ponderaran las posibilidades
ecológicas, democráticas y liberadoras de tal encarnación de la megamáquina de
la que hablaba Mumford. A medida que avanzaba, la informatización del mundo
terminó revelándose como una fuente inagotable de problemas. Con el
advenimiento de las redes sociales, el debate se convertía en pelea de gallos,
donde todo estaba permitido y las únicas reglas eran las fijadas por los
algoritmos de las plataformas. La viralidad primaba sobre la verdad y la
realidad terminaba por esfumarse en medio de una avalancha industrial de fake
news, deyecciones y presentismo. El salto cualitativo en la incomunicación y
desinformación de las redes dejaba atrás el carácter frívolo y baladí del
comienzo y conformaba una temible arma para la dominación, la primera de
alcance global. Las redes, refugio de una juventud super-alienada, fomentaban
el caos, el medio idóneo de los depredadores político-mediáticos. Y precisamente,
junto con el miedo, el caos es hoy, en la fase última del capitalismo, el
elemento imprescindible del nuevo estilo de gobierno.
DLS-
Nos conocimos personalmente en el contexto de las movilizaciones del 15-M -
¡hace ya quince años! -. De tus respuestas se pueden derivar claves para el
diagnóstico, pero me gustaría saber qué piensas al respecto y preguntarte
directamente: ¿Qué falló entonces? Creo que fuimos muchos los que, en ciertos
momentos, pensamos que el desbordamiento del orden era posible, y sin embargo
no se produjo…
MA-
Aquello no fue una movida importante, aunque sí sintomática, coetánea y digna
de twitter y facebook. Tras la crisis económica de 2008 se produjo en los
retoños de las clases medias, privados de futuro, un aparente despertar que por
un instante pudo ilusionar a quienes quisieron ver en aquellas acampadas
consentidas la realización de sus fantasías contestatarias. Sin embargo, a tal
“indignación” pronto se le vio el plumero. Por activa y por pasiva la juventud
indignada dejó claro que no permanecía en las plazas para cambiar el orden
político, sino para mejorarlo y ¡ay de quienes quisieran subvertirlo! Con la
excusa del pacifismo se despertaban vocaciones de policía; bajo una atmósfera
lúdico-festiva y un animoso agitar de manos se alentaba el espíritu delator.
Los tópicos ciudadanistas nutrían un lenguaje con el que se expresaba la
voluntad de colaborar con el sistema parlamentario por poco que este se
reformarse: “Democracia real ¡ya!”. Los indignados se sentían estafados por
políticos que no les representaban, ya que no procuraban su bienestar, el del
99 %, y sí el de los banqueros, el 1 % restante. No falló nada; en realidad, el
15-M triunfó, aunque la crisis política no se solucionase con rapidez. La
pérdida de credibilidad de los partidos habituales tuvo que conjurarse con la
creación de nuevos partidos –Podemos, Ciudadanos, Comunes...- que, a pesar de
sus iniciales proclamas regeneracionistas en sintonía con la indignación,
supieron apoltronarse a velocidad de vértigo, permitiendo una estabilización
tranquila del espectáculo social amparado por el Estado.
DLS-
Cinco años antes ya habíamos colaborado en la edición de los textos de la
sección italiana de la Internacional Situacionista, tú poniendo el prólogo y yo
poniendo la traducción. Y volvimos a encontrarnos en 2018 en De la miseria
en el medio estudiantil, con el mismo reparto de papeles. Para terminar, me
gustaría preguntarte: ¿Qué queda del legado situacionista? ¿Sus análisis, sus
propuestas estratégicas, siguen todavía vigentes en nuestros días?
MA-
La crítica situacionista fue la que mejor supo explicar su tiempo y la que más
coherentemente indicó la manera de superarlo. ¿Cuál es la parte no vencida de
su legado? No ciertamente la corrección hegeliana del marxismo, la fórmula
consejista o la fe ineluctable en el proletariado revolucionario. Sí, en
cambio, el método dialéctico, la teoría del espectáculo, la crítica del
urbanismo, la superación del arte, la práctica del escándalo y la apuesta por
la vida. El capitalismo ha colonizado la vida cotidiana de la gente, su abrazo
financiero abarca ya a todo el planeta, y en el momento actual se está
militarizando a marchas forzadas. Las masas asalariadas van a la deriva y el
deterioro mental de la población empieza a ser alarmante. Nunca antes una
sociedad alcanzó tal grado de psicosis, indignidad y predación. Hoy, cuando la
civilización se desmorona y no se vislumbra una revolución inminente por
ninguna parte, ni los análisis de las crisis, ni las estrategias
anticapitalistas pueden ser las mismas. Los puntos de ruptura son otros y los
actores son distintos. La repetición de las viejas tesis no nos llevaría muy
lejos, pero una revisitación transgresora de las teorías situacionistas nos
proporcionará elementos críticos que creativamente empleados nos ayudarán a
impulsar proyectos sediciosos.
6 de marzo de 2026.
ENTREVISTA PUBLICADA EN EL Nº 410 DE