jueves, 4 de junio de 2026

¿Hölderlin, el libertario?

                                           


 

“¡Tenemos, pues, que ir también más allá del Estado! Porque todo Estado tiene que tratar a hombres libres como a engranajes mecánicos, y puesto que no debe hacerlo debe dejar de existir”.

            Hegel-Hölderlin-Schelling

 

En julio de 1793, Hölderlin le escribe a su amigo Christian Ludwig Neuffer: “[…] mi obrita, mi Hiperión, en la que yo vivo y respiro realmente […]”. Los vientos revolucionarios que soplan en Francia son en el viejo ducado de Suabia apenas una brisa que enardece los corazones de unos pocos jóvenes airados, como los de ese grupo de afinidad que Hölderlin forma con Hegel, Schelling y algunos otros en el seminario de Tubinga. En Francia, sin embargo, ese año el tiempo parece acelerarse: tras la ejecución de Luis XVI en enero, la Revolución empieza a devorar a sus primogénitos. Hölderlin vivirá, respirará en su “obrita” aún seis años más, hasta que el segundo volumen aparezca en 1799, pero el espíritu libertario que lo alienta no lo abandonará jamás, ni siquiera cuando sea la razón la que lo abandone.

Hiperión, ficción epistolar, es tal vez la obra más explícitamente política de Hölderlin y puede ser leída no solo como una exposición de su ideario político, sino también como un relato de los entusiasmos, dudas y decepciones que el proceso revolucionario suscitaron en el poeta. Hölderlin se sintió horrorizado por el Terror del año 93 y la represión de la Gironda le hizo recelar del jacobinismo, pero nunca dejó de considerarse un revolucionario. Analistas como Prignitz o Ferrer han señalado que estos hechos lo convertirían en un “liberal”, una categoría que incluiría a todos aquellos que defendieron la Revolución y la República, pero rechazaron el Terror como una degeneración de las ideas revolucionarias originales.

A mi parecer, esta conclusión se basa en un falso dilema: o se es jacobino o se es liberal y, si no se es lo primero, entonces se es necesariamente lo segundo. Sin embargo, creo que en Hiperión hay elementos suficientes para rebatir un juicio como este. En primer lugar, la repulsión que en Hölderlin despierta el aparato estatal va mucho más allá de la prédica liberal en favor del Estado mínimo. Para Hölderlin, cuya norma, a la manera de Rousseau, será siempre la Naturaleza, el Estado es un sistema maquínico que se opone violentamente al orden armónico natural. Y aunque en ocasiones el poeta reconozca la dificultad o incluso la imposibilidad de sustituir tal orden en términos históricos y, en consecuencia, de liberarse completamente de la maquinaria estatal, jamás cambiará su negativa valoración del Estado.

En segundo lugar, Hölderlin es un crítico radical de los nuevos modos de alienación generados por la recién nacida sociedad burguesa. Como William Blake, otro outsider. Y, en este aspecto, puede ser considerado un precursor de la crítica socialista en sentido amplio. El modelo para enjuiciar dicha sociedad no es otro que la Atenas de la época clásica: una comunidad de hombres libres fuertemente vinculados por lazos sagrados de socialidad. Y este constituye un tercer aspecto que aleja a Hölderlin de las posiciones liberales al uso. Pues no debe descuidarse que el helenismo de Hölderlin es un horizonte utópico y, como tal, apunta hacia el futuro y no hacia el pasado, y por ello es también una herramienta para enjuiciar de forma radical el presente. En cierto modo, Atenas es el opuesto absoluto de la sociedad mercantil que contempla a los hombres como individuos, como átomos perfectamente intercambiables. Anti-estatismo, anti-burguesismo y republicanismo o democratismo radical son, a mi entender, rasgos esenciales del pensamiento político de Hölderlin. Todos ellos hacen de él no un liberal, sino un libertario, aunque aún no se hubiera acuñado el término.

Para el Hiperión de Hölderlin, Atenas es el equilibrio, el bello término medio entre los extremos, que se opone, por un lado, al modelo egipcio, identificado con el despotismo, y por otro, al Norte, que equivale al frío dominio de la ley, a “la justicia con forma legal”, la encarnación de la cultura europea moderna y del sistema kantiano en cuanto dominio del mero entendimiento y de la mera razón. El concepto hölderliniano de renacimiento (Wiedergeburt) anuncia una revolución en su sentido original: la reapertura en un plano superior de un proceso estructuralmente análogo. La República de la Nueva Atenas no es en el fondo más que esa “polis griega sin esclavos” que deseara Horkheimer.

Y esa polis libre poblada por seres humanos libres es necesariamente una comunidad de iguales en la que el Estado ha sido por fin abolido. A este respecto merece la pena comparar la figura de Alabanda (trasunto del jacobino Isaak von Sinclair, amigo de Hölderlin) con la de Hiperión. Alabanda es un hombre de acción y un firme creyente en la simple revolución política; Hiperión, por el contrario, cree que las transformaciones han de ser más profundas e ir más allá del ámbito puramente político y, por otro lado, descree del potencial transformador de una acción que no opere sobre un suelo ya abonado por una nueva educación en el respeto a la sacralidad de la Naturaleza. Utilizando un lenguaje más actual, Alabanda estaría a favor de una revolución desde arriba, empleando los aparatos del Estado en la destrucción de los enemigos del cambio revolucionario. A Hiperión-Hölderlin le horroriza una perspectiva semejante, y se expresa como libertario cuando afirma: “Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno”.   

De Hölderlin, el más profundo de los poetas, se ha dicho que era un burgués enfermo de nostalgia por la “fase heroica” de la Revolución, incapaz de avenirse, como habría hecho después su amigo Hegel, a la grisura de los tiempos en los que la burguesía se transforma por fin en clase social hegemónica (Lukács), o bien que era simplemente un proletario (D’Hondt). Pero tal vez sería más acertado afirmar que fue lo uno y lo otro a la vez o que no fue ni lo uno ni lo otro, sino un “notable” desclasado y proletarizado por mor de la poesía. Hölderlin se propuso vivir para la poesía, y no de la poesía, y vivir para la poesía era un acto político, pues para él se trataba en el fondo de volver a poetizar el mundo, de realizar históricamente las promesas de la poesía y de la filosofía modernas. 

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 411 DE


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