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jueves, 4 de junio de 2026

¿Hiperión, el libertario?

 


“¡Tenemos, pues, que ir también más allá del Estado! Porque todo Estado tiene que tratar a hombres libres como a engranajes mecánicos, y puesto que no debe hacerlo debe dejar de existir”.

                      Hegel-Hölderlin-Schelling

 

En julio de 1793, Hölderlin le escribe a su amigo Christian Ludwig Neuffer: “[…] mi obrita, mi Hiperión, en la que yo vivo y respiro realmente […]”. Los vientos revolucionarios que soplan en Francia son en el viejo ducado de Suabia apenas una brisa que enardece los corazones de unos pocos jóvenes airados, como los de ese grupo de afinidad que Hölderlin forma con Hegel, Schelling y algunos otros en el seminario de Tubinga. En Francia, ese año el tiempo parece acelerarse: tras la ejecución de Luis XVI en enero, la Revolución empieza a devorar a sus primogénitos. Hölderlin vivirá, respirará en su “obrita” aún seis años más, hasta que el segundo volumen aparezca en 1799, pero el espíritu libertario que lo alienta no lo abandonará jamás, ni siquiera cuando sea la razón la que lo abandone.

Hiperión, ficción epistolar, es tal vez la obra más explícitamente política de Hölderlin y puede ser leída no solo como una exposición de su ideario político, sino también como un relato de los entusiasmos, dudas y decepciones que el proceso revolucionario suscitaron en el poeta. Hölderlin se sintió horrorizado por el Terror del año 93 y la represión de la Gironda le hizo recelar del jacobinismo, pero nunca dejó de considerarse un revolucionario. Analistas como Prignitz o Ferrer han señalado que estos hechos lo convertirían en un “liberal”, una categoría que incluiría a todos aquellos que defendieron la Revolución y la República, pero rechazaron el Terror como una degeneración de las ideas revolucionarias originales.

A mi parecer, esta conclusión se basa en un falso dilema del tipo: o se es jacobino o se es liberal y, si no se es lo primero, entonces se es necesariamente lo segundo. Sin embargo, creo que en Hiperión hay elementos suficientes para rebatir un juicio como este. En primer lugar, la repulsión que en Hölderlin despierta el aparato estatal va mucho más allá de la prédica liberal en favor del Estado mínimo. Para Hölderlin, cuya norma, a la manera de Rousseau, será siempre la Naturaleza, el Estado es un sistema maquínico que se opone violentamente al orden armónico natural. Y aunque en ocasiones el poeta reconozca la dificultad o incluso la imposibilidad de restituir tal orden en términos históricos y, en consecuencia, de liberarse completamente de la maquinaria estatal, jamás cambiará su negativa valoración del Estado.

En segundo lugar, Hölderlin es un crítico radical de los nuevos modos de alienación generados por la recién nacida sociedad burguesa. Como William Blake, otro outsider. Y, desde esta perspectiva, puede ser considerado un precursor de la crítica socialista en sentido amplio. El modelo para enjuiciar dicha sociedad no es otro que la Atenas de la época clásica: una comunidad de hombres libres fuertemente vinculados por lazos sagrados de socialidad. No es la libertad de los modernos, que podemos identificar con la simple eliminación de todo aquello que pueda suponer una traba al flujo franco de las mercancías, la que Hölderlin propugna, sino la de los antiguos. Y esto constituye un tercer aspecto que lo aleja de las posiciones liberales al uso. El helenismo de Hölderlin es un horizonte utópico y, como tal, apunta hacia el futuro y no hacia el pasado; eso lo convierte en una herramienta potentísima para enjuiciar de forma radical el presente. En cierto modo, Atenas es el opuesto absoluto de la sociedad mercantil que contempla a los hombres como individuos, es decir, como átomos perfectamente intercambiables. Antiestatismo, antiburguesismo y republicanismo o democratismo radical son, a mi entender, rasgos esenciales del pensamiento político de Hölderlin. Todos ellos hacen de él no un liberal, sino un libertario, aunque en su tiempo aún no se hubiera acuñado el término.

Y esa polis libre poblada por seres humanos libres es necesariamente una comunidad de iguales en la que el Estado ha sido por fin abolido. A este respecto merece la pena comparar la figura de Alabanda (trasunto del jacobino Isaak von Sinclair, amigo de Hölderlin) con la de Hiperión. Alabanda es un hombre de acción y un firme creyente en la simple revolución política; Hiperión, por el contrario, cree que las transformaciones han de ser más profundas e ir más allá del ámbito puramente político, y por otro lado descree del potencial transformador de una acción que no opere sobre un suelo ya abonado por una nueva educación en el respeto a la sacralidad de la Naturaleza.

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¿Hölderlin, el libertario?

                                           


 

“¡Tenemos, pues, que ir también más allá del Estado! Porque todo Estado tiene que tratar a hombres libres como a engranajes mecánicos, y puesto que no debe hacerlo debe dejar de existir”.

            Hegel-Hölderlin-Schelling

 

En julio de 1793, Hölderlin le escribe a su amigo Christian Ludwig Neuffer: “[…] mi obrita, mi Hiperión, en la que yo vivo y respiro realmente […]”. Los vientos revolucionarios que soplan en Francia son en el viejo ducado de Suabia apenas una brisa que enardece los corazones de unos pocos jóvenes airados, como los de ese grupo de afinidad que Hölderlin forma con Hegel, Schelling y algunos otros en el seminario de Tubinga. En Francia, sin embargo, ese año el tiempo parece acelerarse: tras la ejecución de Luis XVI en enero, la Revolución empieza a devorar a sus primogénitos. Hölderlin vivirá, respirará en su “obrita” aún seis años más, hasta que el segundo volumen aparezca en 1799, pero el espíritu libertario que lo alienta no lo abandonará jamás, ni siquiera cuando sea la razón la que lo abandone.

Hiperión, ficción epistolar, es tal vez la obra más explícitamente política de Hölderlin y puede ser leída no solo como una exposición de su ideario político, sino también como un relato de los entusiasmos, dudas y decepciones que el proceso revolucionario suscitaron en el poeta. Hölderlin se sintió horrorizado por el Terror del año 93 y la represión de la Gironda le hizo recelar del jacobinismo, pero nunca dejó de considerarse un revolucionario. Analistas como Prignitz o Ferrer han señalado que estos hechos lo convertirían en un “liberal”, una categoría que incluiría a todos aquellos que defendieron la Revolución y la República, pero rechazaron el Terror como una degeneración de las ideas revolucionarias originales.

A mi parecer, esta conclusión se basa en un falso dilema: o se es jacobino o se es liberal y, si no se es lo primero, entonces se es necesariamente lo segundo. Sin embargo, creo que en Hiperión hay elementos suficientes para rebatir un juicio como este. En primer lugar, la repulsión que en Hölderlin despierta el aparato estatal va mucho más allá de la prédica liberal en favor del Estado mínimo. Para Hölderlin, cuya norma, a la manera de Rousseau, será siempre la Naturaleza, el Estado es un sistema maquínico que se opone violentamente al orden armónico natural. Y aunque en ocasiones el poeta reconozca la dificultad o incluso la imposibilidad de sustituir tal orden en términos históricos y, en consecuencia, de liberarse completamente de la maquinaria estatal, jamás cambiará su negativa valoración del Estado.

En segundo lugar, Hölderlin es un crítico radical de los nuevos modos de alienación generados por la recién nacida sociedad burguesa. Como William Blake, otro outsider. Y, en este aspecto, puede ser considerado un precursor de la crítica socialista en sentido amplio. El modelo para enjuiciar dicha sociedad no es otro que la Atenas de la época clásica: una comunidad de hombres libres fuertemente vinculados por lazos sagrados de socialidad. Y este constituye un tercer aspecto que aleja a Hölderlin de las posiciones liberales al uso. Pues no debe descuidarse que el helenismo de Hölderlin es un horizonte utópico y, como tal, apunta hacia el futuro y no hacia el pasado, y por ello es también una herramienta para enjuiciar de forma radical el presente. En cierto modo, Atenas es el opuesto absoluto de la sociedad mercantil que contempla a los hombres como individuos, como átomos perfectamente intercambiables. Anti-estatismo, anti-burguesismo y republicanismo o democratismo radical son, a mi entender, rasgos esenciales del pensamiento político de Hölderlin. Todos ellos hacen de él no un liberal, sino un libertario, aunque aún no se hubiera acuñado el término.

Para el Hiperión de Hölderlin, Atenas es el equilibrio, el bello término medio entre los extremos, que se opone, por un lado, al modelo egipcio, identificado con el despotismo, y por otro, al Norte, que equivale al frío dominio de la ley, a “la justicia con forma legal”, la encarnación de la cultura europea moderna y del sistema kantiano en cuanto dominio del mero entendimiento y de la mera razón. El concepto hölderliniano de renacimiento (Wiedergeburt) anuncia una revolución en su sentido original: la reapertura en un plano superior de un proceso estructuralmente análogo. La República de la Nueva Atenas no es en el fondo más que esa “polis griega sin esclavos” que deseara Horkheimer.

Y esa polis libre poblada por seres humanos libres es necesariamente una comunidad de iguales en la que el Estado ha sido por fin abolido. A este respecto merece la pena comparar la figura de Alabanda (trasunto del jacobino Isaak von Sinclair, amigo de Hölderlin) con la de Hiperión. Alabanda es un hombre de acción y un firme creyente en la simple revolución política; Hiperión, por el contrario, cree que las transformaciones han de ser más profundas e ir más allá del ámbito puramente político y, por otro lado, descree del potencial transformador de una acción que no opere sobre un suelo ya abonado por una nueva educación en el respeto a la sacralidad de la Naturaleza. Utilizando un lenguaje más actual, Alabanda estaría a favor de una revolución desde arriba, empleando los aparatos del Estado en la destrucción de los enemigos del cambio revolucionario. A Hiperión-Hölderlin le horroriza una perspectiva semejante, y se expresa como libertario cuando afirma: “Siempre que el hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno”.   

De Hölderlin, el más profundo de los poetas, se ha dicho que era un burgués enfermo de nostalgia por la “fase heroica” de la Revolución, incapaz de avenirse, como habría hecho después su amigo Hegel, a la grisura de los tiempos en los que la burguesía se transforma por fin en clase social hegemónica (Lukács), o bien que era simplemente un proletario (D’Hondt). Pero tal vez sería más acertado afirmar que fue lo uno y lo otro a la vez o que no fue ni lo uno ni lo otro, sino un “notable” desclasado y proletarizado por mor de la poesía. Hölderlin se propuso vivir para la poesía, y no de la poesía, y vivir para la poesía era un acto político, pues para él se trataba en el fondo de volver a poetizar el mundo, de realizar históricamente las promesas de la poesía y de la filosofía modernas. 

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 411 DE


domingo, 15 de marzo de 2026

Aullido en el banquillo (y II)


“What creates literature, Mr. Kirk?”

J. W. Ehrlich (1957)

En abril de 1957, justo cuando el fiscal federal daba la orden de liberar los ejemplares de Aullido incautados por el aduanero MacPhee, el Tribunal Supremo debatía el caso de Samuel Roth contra los Estados Unidos. Roth, además de poeta y librero, era editor y distribuidor. En 1955 se le imputaron veintiséis cargos por utilizar el servicio postal con fines obscenos y el caso acabó en el Supremo. El alto tribunal ratificó la resolución condenatoria contra Roth y se mantuvo en la línea jurisprudencial anterior, que establecía que la obscenidad no estaba protegida por la primera enmienda, pero la sentencia resultó radicalmente innovadora en lo que atañía a la propia definición jurídica de lo obsceno. Según el texto redactado por el juez William J. Brennan Jr., a partir de ese momento se consideraría obscena cualquier obra cuyo tema dominante, tomado en su conjunto, atendiera a un interés lascivo desde el punto de vista de “una persona normal [average], empleando los estándares contemporáneos de la comunidad”. Algo que rompía con el viejo Test de Hicklin, vigente hasta entonces, que se refería no al “hombre medio”, sino a “aquellos cuyas mentes están abiertas a tales influencias inmorales”.

 

El proceso contra Murao, acusado de vender material obsceno, y Ferlinghetti, acusado de publicarlo, debía celebrarse a principios de agosto en el Tribunal Municipal de San Francisco. Tras un receso, se descartó el juicio con jurado y el caso pasó a manos del juez Clayton W. Horn, un letrado que enseñaba la Biblia en la escuela dominical y que había saltado a las noticias por condenar a unas ladronas a escribir un ensayo sobre las enseñanzas morales de Los diez mandamientos de Cecil B. DeMille. El juez pronto desestimó los cargos contra Murao, pues la acusación no pudo demostrar que el librero hubiera leído el poemario de Ginsberg o que lo hubiera vendido “con fines lascivos”. Pero el juicio contra Ferlinghetti siguió adelante y terminó por convertirse en una suerte de debate sobre estética literaria. La jurisprudencia establecía que cualquier texto en el que cupiera reconocer algún mérito literario quedaba excluido de la acusación de obscenidad, y el juez Horn determinó desde el comienzo que en el proceso solo se tendrían en consideración testimonios de personas que, de un modo u otro, hubieran convertido la literatura en su medio de vida y en su profesión.

 

Encabezando el equipo de la defensa se encontraba J. W. Ehrlich, conocido como “Jake the Master”, el más famoso criminalista de la ciudad. La ACLU se había puesto en contacto con él para que defendiera a Ferlinghetti y Ehrlich aceptó hacerlo pro bono. Al otro lado del estrado se hallaba Ralph McIntosh, que había trabajado como ayudante del fiscal del distrito durante buen parte de su carrera y que en los últimos años parecía empeñado en proteger la salud moral de sus conciudadanos de la ponzoña de la pornografía. Ya una década antes se había granjeado cierta notoriedad por su tentativa de prohibir que Jane Russell mostrara al mundo sus encantos en El forajido (1943) de Howard Hughes. Al respecto, el juez Horn dejó claro el precepto que debía guiar todo el proceso: “la libertad de imprenta debería ser tan rigurosamente protegida que ningún segmento del país pudiera censurar en perjuicio del resto aquello que deben leer, ver, escuchar, etcétera. Por eso este caso es tan importante”.

 

El 5 de septiembre la defensa llamó a declarar a nueve testigos que debían avalar el mérito literario de la obra de Ginsberg. Entre ellos se encontraban Mark Schorer; el escritor de novelas del oeste Walter Van Tilburg Clark; Leo Lowenthal, un miembro “menor” de la Escuela de Frankfurt -si por tal entendemos menos ilustre que la terna Adorno-Horkheimer-Marcuse-; o el poeta Kenneth Rexroth, que había ejercido de maestro de ceremonias en el recital de la Six Gallery. El profesor Schorer comenzó señalando que Aullido, como cualquier obra literaria, pretendía “hacer un comentario significativo o una interpretación de la experiencia humana tal como el autor la conoce. Y con tal fin, [habría] elaborado lo que podríamos llamar una estructura estética”. Ginsberg quería ofrecer la impresión de un mundo de pesadilla, y lo lograba mediante una serie de imágenes surrealistas expresadas en los términos y a través de los ritmos del lenguaje de la calle. Van Tilburg Clark siguió la senda abierta por Schorer y declaró que Ginsberg era un “poeta absolutamente sincero” y dotado de una “elevada destreza técnica”. Una valoración que vendría a refrendar más tarde Rexroth: Aullido “es probablemente -aseveró- el poema más extraordinario publicado por una persona joven desde la Segunda Guerra Mundial”.      

 

Ni la acusación ni los testigos de la acusación estuvieron a la altura de la defensa y sus testigos. A lo largo del proceso, Ehrlich dio muestras de una sólida cultura literaria, mientras que McIntosh reconoció en varias ocasiones que en realidad no había entendido ni una palabra del libro de Ginsberg. McIntosh convocó a David Kirk, un profesor de literatura de la Universidad de San Francisco, y a Gail Potter, que presentó como mayor logro de su carrera haber reescrito Fausto a partir de las cuarenta versiones existentes de la obra. Kirk parecía empeñado en presentar Aullido como un poema neodadaísta, lo que lo privaría de todo valor artístico. “Forma, tema y oportunidad” eran los criterios para determinar dicho valor, defendía Kirk. En cuanto a la forma, Aullido no era sino una “débil imitación” del verso largo a la manera de Whitman, carente por otro lado de toda relevancia histórica, puesto que el tiempo de Dadá ya había pasado. El poco valor que pudiera encerrar su temática era puramente negativo, concluía. Potter, por su parte, resaltó la crudeza de su estilo: “una se siente como si estuviera atravesando una cloaca cuando tiene que leerlo”. McIntosh concluyó señalando que las aportaciones de los testigos de uno y otro lado solo servían para revelar la disparidad de criterios entre los supuestos expertos. Por otro lado, la doctrina Roth se refería al “hombre medio”, y ningún “hombre medio” había subido al estrado para testificar. “¿Qué interés lascivo estaba generando Ginsberg con su grito de dolor?”, fue la respuesta en forma de pregunta de Ehrlich.


El 3 de octubre de 1957, el juez Horn dictó sentencia: el libro de Ginsberg no era obsceno y, en consecuencia, Ferlinghetti quedaba absuelto. Exactamente una semana después, Ginsberg escribía a Ferlinghetti desde Ámsterdam: ahora podemos “caer sobre América como una gran ola de belleza”. Y décadas más tarde, en una entrevista con Josef Jařab, recordaría: “Con los juicios de Aullido y El almuerzo desnudo y los esfuerzos de Grove Press para legalizar El amante de Lady Chatterley y [los libros de] Henry Miller fuimos parte de la Liberación de la Palabra. […] El último gran juicio sobre la censura fue el de El almuerzo desnudo en 1966. Después de aquello, las compuertas quedaron abiertas”. Luego vendrían los movimientos de liberación de las mujeres, de los homosexuales o de los negros.


ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 409 DE



sábado, 14 de febrero de 2026

Aullido en el banquillo (I)




 “The wonder is that literature does have such power”

Allen Ginsberg (1956)

 

El 21 de julio de 1855 Ralph Waldo Emerson le escribe a Walt Whitman: “Le saludo al comienzo de una gran carrera”. A principios de ese mismo mes Whitman había autoeditado Hojas de hierba, “la más extraordinaria muestra de ingenio y sabiduría que haya aportado jamás América”, dice Emerson. Y añade: “Posee los mayores méritos, a saber, fortificar y alentar”. Exactamente cien años después, Lawrence Ferlinghetti, poeta él mismo, librero y editor de City Lights, le envía un telegrama a Allen Ginsberg que encabeza con las mismas palabras que había utilizado Emerson: “I greet you at the beginning of a great career”, y le pregunta: “¿Cuándo tendremos el manuscrito?”. Ferlinghetti había asistido la noche anterior al recital de la Six Gallery y la pregunta tenía un cariz perentorio: más que una pregunta era una conminación.

Décadas más tarde, un Ferlinghetti casi nonagenario recordaría que cierto día Ginsberg se había plantado en la librería para mostrarle un primer manuscrito de Howl. City Lights solo llevaba tres años abierta y la editorial solo había publicado tres pequeños volúmenes en su colección City Lights Pocket Poets, pero el San Francisco Chronicle ya había empezado a considerarla el “centro intelectual” de la ciudad. Allen, al parecer, no las tenía todas consigo, ni tampoco muy claro si Ferlinghetti podría sacar algo del material que le presentaba. La lectura en la Six Gallery fue una suerte de epifanía. Entonces, explica Ferlinghetti, “supe que el mundo había estado esperando aquel poema, que aquel mensaje apocalíptico fuera pronunciado”. Flotaba en el aire, solo necesitaba que alguien lo expresara con palabras.

En marzo de 1956, Ferlinghetti se puso en contacto con la American Civil Liberties Union (ACLU) de San Francisco para asegurarse de que contaría con su apoyo en caso de que el contenido sexual –y lo que es peor, abiertamente homosexual- del poemario pudiera acarrearle problemas con la justicia, y lo obtuvo. Después de todo, el propio Whitman había visto en 1881 cómo Hojas de hierba era prohibido en Boston por el lenguaje explícitamente sexual empleado en algunos de sus versos. Ese mismo mes, William Carlos Williams le hizo llegar unos pocos párrafos que debían servir como texto introductorio a Aullido. Más que con Whitman, el poeta veterano parecía relacionar implícitamente la obra del más joven con la estancia en los infiernos del adolescente Rimbaud. “Según toda evidencia -escribía-, [Ginsberg] ha estado, literalmente, en el infierno. […] Es el poeta el que ha pasado con su propio cuerpo a través de las horribles experiencias que describen la vida en estas páginas […], algo que no puede describirse más que con las palabras con las que él lo ha hecho”. Y concluía con una advertencia a la manera del Dante: “Remangaos las faldas, señoras mías, vamos a atravesar el infierno”.

A partir de ahí el proceso de edición fue más o menos rápido. En mayo, Ginsberg mimeografió veinticinco copias del libro para repartir entre sus amigos. En junio, Ferlinghetti, que había decidido imprimir el poemario al otro lado del Atlántico para abaratar costes, recibió las primeras pruebas de Howl and Other Poems de Viliers, su impresor británico. Y el día 1 de noviembre, Aullido salía a la calle con una tirada inicial de mil ejemplares. La obra estaba dedicada a Jack Kerouac, William Seward Burroughs y Neal Cassady y se abría con un llamamiento a modo de epígrafe: “Unscrew the locks from the doors!”. Pero a finales de marzo del año siguiente, la distribución del libro se topa con un primer escollo: el recaudador de aduanas Chester MacPhee incauta quinientas veinte copias de la segunda impresión del poemario debido a lo que él considera contenidos obscenos. MacPhee no ve la huella de Whitman o Rimbaud en los versos de Ginsberg, sino más bien la zarpa del Maligno. “A usted no le gustaría que su hijo diera con algo así”, declara.

Para sortear los controles aduaneros, Ferlinghetti manda imprimir dos mil quinientas copias en territorio estadounidense, aunque el celo censor del aduanero MacPhee finalmente queda en nada. Un mes después, el fiscal federal desestima la acusación y hace que se liberen los ejemplares incautados. El editor no se había equivocado, sin embargo, al buscar el amparo de la ACLU, pues la tarde del 5 de junio dos agentes del departamento de menores de la ciudad se personaban de incógnito en la librería City Lights para adquirir el último número de la revista The Miscellanous Man y algunos ejemplares de Aullido. Al poco tiempo regresaban para detener al encargado de la tienda, Shig Murao, que les había vendido los libros, y para presentar una orden de arresto contra el editor por publicar y distribuir material obsceno. Ferlinghetti, que no se encontraba en ese momento en la librería, enseguida se entregó voluntariamente, pero al poco tiempo fue puesto en libertad en espera de juicio.

En esas fechas, Ginsberg no está en Estados Unidos, sino en Tánger, ayudando a Burroughs a poner en orden la “word hoard” de la que luego saldrá El almuerzo desnudo. El 10 de junio le escribe a Ferlinghetti que sospecha que el aduanero resentido pueda estar detrás del asunto y añade: “Siento mucho no estar ahí para tomar parte en los últimos acontecimientos. Nunca pensé que quisiera volver a leer Aullido, pero sería un placer en las actuales circunstancias. Lo dotaría de realidad como “protesta social”, algo que siempre temí que le faltara sin la presencia de las bandas armadas de una Gestapo enfurecida. […] En fin, si al final te mandan a la cárcel, me apresuraré a regresar a San Francisco y librar la guerra en persona, me encontraré contigo en la celda vecina”. 


ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 408 DE



miércoles, 14 de enero de 2026

Howl: un chute rabioso



America is having a nervous breakdown. San Francisco is one of many places where a few individuals, poets, have had the luck and courage and fate to glimpse something new through the crack in mass consciousness”

Allen Ginsberg (1959)

 

Sobre un tembloroso fondo de color granate destacaba el número 6, seguido de la palabra “poetas”. 6 poetas 6, el viernes 7 de octubre a las 8 de la tarde, en la 6 Gallery de la calle Fillmore, San Francisco. Entrada gratuita. Lamantia, McClure, Ginsberg, Snyder, Whalen. Kenneth Rexroth, veterano militante anarquista y eje principal sobre el que pivotaba el llamado Renacimiento Poético de la ciudad, oficiaría de maestro de ceremonias. Del cartel diseñado por el joven escultor Peter Forakis se había caído en el último momento el nombre de Jack Kerouac, que pretextó ser demasiado tímido para leer en público. 

La Six Gallery era un antiguo taller de reparaciones transformado en galería de arte situado a unos diez minutos a pie de la librería City Lights y a otros diez del puente Golden Gate. El local estaba atestado de gente aquella noche de principios de octubre de 1955. Unas ciento cincuenta personas, poetas, artistas, bohemios de todo pelaje y catadura, llenaban el escaso espacio que mediaba entre la entrada y el escenario dispuesto para la ocasión. Kerouac revoloteaba a duras penas por entre los asistentes, pasando la gorra como hacían los lazarillos de otros tiempos. Terminada la colecta, salió de la galería y al rato regresó con tres orondas damajuanas llenas de borgoña californiano, que hizo circular entre el público y entre el elenco de recitadores.

El recital había ido tomando forma al azar de los encuentros, un poco a la manera de los cuentos infantiles. Cierto día, un mes antes, Allen Ginsberg se tropezó en la calle con Michael McClure, que le contó que le habían pedido que organizara un recital de poesía en la Six Gallery, pero temía que no le daría tiempo. Ginsberg, que por su parte estaba contemplando la posibilidad de montar una lectura con sus amigos Jack Kerouac y Neal Cassady, de inmediato se ofreció como voluntario. Después fue corriendo a pedir consejo al viejo Rexroth, y Rexroth le recomendó que se pusiera en contacto con un joven poeta de Berkeley, un tal Gary Snyder.

Ginsberg se encontró a Snyder reparando su bicicleta bajo el almendro y junto al jardincillo zen que tenía en el patio de su casita en Berkeley, le dijo que lo enviaba el rey Rexroth y le explicó lo del recital de poesía. Gary le contó a Allen que era oriundo de Oregón, que había estudiado en el Reed College y que un antiguo compañero de estudios, también poeta, llegaba al día siguiente a la ciudad procedente de las montañas. Su amigo se llamaba Philip Whalen, le dijo, y ambos, como Ginsberg, habían recibido el impacto de la poesía de William Carlos Williams siendo aún muy jóvenes, cuando todavía vivían en Portland. Por lo demás, estaba seguro de que Whalen estaría encantado de leer alguno de sus poemas en el recital, y sugirió que estaría bien que fuera Rexroth quien se ocupara de presentar el evento.   

El sexto de los personajes del cuento se llamaba Philip Lamantia, al que Ginsberg había conocido algunos años antes en el Greenwich Village neoyorquino gracias a la mediación de Carl Solomon. En 1943, con solo dieciséis años, Lamantia había publicado sus primeros poemas en la revista surrealista The View, donde había recibido el reconocimiento del mismísimo André Breton, y poco después se había convertido en uno de los pupilos de Rexroth. Una vez completado el sexteto, Ginsberg diseñó una postal para anunciar lo que se avecinaba: “Excepcional colección de ángeles todos reunidos en el mismo lugar al mismo tiempo -decía-. Vino, música, bailarinas, poesía seria, satori libre. Pequeña colecta para vino y postales. Encantador acontecimiento”.    

Lamantia fue precisamente el encargado de inaugurar la velada poética tras una breve presentación de Rexroth. En lugar de leer obra propia, prefirió recitar algunos poemas de su amigo John Hoffman, fallecido tres años atrás en Guadalajara (México), según la leyenda a causa de una sobredosis de peyote. Le siguió en el escenario Michael McClure, con veintitrés años el más joven del grupo, que al igual que Ginsberg nunca antes había leído sus poemas en público. McClure se lanzó con su poema “Point Lobos: Animism”It is possible my friend / If I have had a fat belly…”, y remató con “For the Death of 100 Whales”, dos textos con una clara impronta ecologista. Después le tocó el turno a Whalen, que recitó un poema muy al estilo de Carlos Williams, “Plus ça change…”, una composición que se cerraba con un verso que parecía hecho a propósito para que Ginsberg tomara la alternativa: “Just what shall we tell the children?” (¿Y qué deberíamos decirles a los niños?).

A Ginsberg le correspondió actuar después del descanso de las diez y media. Para entonces el borgoña ya había circulado profusamente entre el público y los poetas. Kerouac, sentado con su propia botella en el borde del escenario, aguardaba la salida de su amigo. Al principio Allen se mostró algo envarado (se veía que estaba un poco nervioso y achispado por el vino), pero pronto se dejó arrastrar por el caudal emotivo de su poema. “I saw the best minds of my generation…”, empezó: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, famélicos histéricos desnudos”. A sus pies, Kerouac empezó a dar palmas y a jalearle después de cada versículo, como solía hacer con el fraseo de Charlie Parker o de Lester Young en las actuaciones de los clubes de jazz de Nueva York: “Go, man, go!”, y enseguida todo el público se unió a él. Ginsberg, en efecto, se había transformado en un be-bopper (“un grito de saxofón que hizo estremecerse a las ciudades”, declamó en cierto momento), en un hazzan oficiando un ritual improvisado, en el profeta de un tiempo nuevo (“rodeado de cajas de naranja llenas de teología”). “Go, man, go!”. Cuando Allen concluyó su lectura, el público estaba exhausto, en éxtasis, y Kenneth Rexroth no podía contener las lágrimas. “Tío, este poema te hará famoso en San Francisco”, pronosticó Kerouac. “No –rectificó Rexroth-, este poema te hará famoso de puente a puente”, refiriéndose a los del Golden Gate y Brooklin.

Gary Snyder puso el broche a la velada con su “A Berry Feast”, un poema de inspiración budista sobre las ofrendas frutales de los indios de Oregón por el que desfilaban osos, lagartos y un coyote parlanchín con el pelo del color del fango. Aunque leyó bien y consiguió mantener la atención del público, todo el mundo tenía claro que el acontecimiento ya había tenido lugar antes.

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 407 DE


martes, 13 de diciembre de 2011

ESPECIAL 5º ANIVERSARIO. La Verdad - Marqués de Sade (1787)



¿Cuál es esa quimera impotente y estéril,
esa divinidad que predica al imbécil
un odioso tropel de curas embusteros?
¿Ellos quieren que sea uno de sus sectarios?
Ah, nunca, yo lo juro. Sostendré mi palabra:
jamás a ese ídolo ofreceré latría.
Este hijo del delirio y la irrisión
nunca podrá causarme la menor impresión.
Contento y glorioso en mi epicureísmo
pretenderé expirar en el dulce ateísmo
y que al infame Dios que pretenden crear
tan sólo lo conozca para blasfemar. [...]



sábado, 20 de agosto de 2011

PETER BERG IN MEMORIAM (1937-2011)



Peter Berg, una figura clave en la contracultura del Área de la Bahía de San Francisco, pionero del pensamiento y el activismo medioambiental, murió el 28 de julio en el UCSF Medical Center. Tenía 73 años.

Actor y dramaturgo de la San Francisco Mime Troupe y cofundador de los Diggers en la década de los 60, Berg había fundado además la Planet Drum Foundation, una organización ecológica y educativa sin ánimo de lucro, y había sido internacionalmente reconocido como un destacado defensor de lo que dio en llamarse biorregionalismo.

El biorregionalismo, cuyo desarrollo se atribuye a Berg, depende de sistemas naturales como las cuencas hidrográficas, en cuanto bases a partir de las cuales poder desarrollar sociedades sostenibles.

Aunque nacido en el barrio de Jamaica, en Queens (Nueva York), Berg se crió en Florida, ciudad a la que su madre se había mudado cuando él tenía 6 años. Estudió en la Universidad de Florida, en Gainsville, y estuvo enrolado en el ejército. Tras pasar algún tiempo en Nueva York y participar en actividades en defensa de los derechos civiles, atravesó el país haciendo autostop y se estableció en San Francisco en el año 1964.

Se unió a la Mime Troupe, para la que escribió, interpretó y dirigió media docena de obras. Fue también aquí donde conoció a Judy Goldhaft, que se convertiría en la compañera del resto de sus días.

Más o menos en la misma época, Berg contribuyó a fundar el Artists Liberation Front y los Diggers, que diariamente se ocupaban de programas de comida gratuita, de una tienda igualmente gratuita y de otros proyectos en el barrio de Haight Ashbury.

Fue el principal de los autores digger, escribiendo ensayos lacónicos y mordazmente anticapitalistas y exhortando a la ciudad para que se preparase ante la llegada masiva de jóvenes hippies durante lo que se conocería como el Verano del Amor. Lector voraz y autodidacta, a menudo se le cita por su habilidad para sintetizar nuevos conceptos.

El interés de Berg por las cuestiones ambientales comenzó en su niñez. Todo empezó, según Goldhaft, cuando “su madre y él atravesaban en coche un pantano en medio de una espesa niebla. Entonces, la niebla despejó y había un nativo americano pescando en una barca de fondo plano. Pero antes de que pudiera decir ‘Eh, mira’, la niebla había bajado de nuevo. Para él fue una revelación”.

Berg desarrolló el concepto de biorregionalismo y fundó Planet Drum tras asistir a la Conferencia de la ONU sobre Medio Ambiente en Estocolmo en el año 1972.

Además de sus muchas publicaciones, algunos de los proyectos más importantes de Planet Drum han incluido programas educativos y programas de la Green City como los jardines de plantas nativas. En 1999, Berg puso en marcha un proyecto con el ayuntamiento de la ciudad costera de Bahía de Caráquez, en Ecuador, que había sido devastada por las inundaciones y los terremotos.

Aunque Berg había estado luchando contra un cáncer de pulmón, seguía activo dirigiendo talleres de ecología en el Heron’s Head Park, en Bayview-Hunters y, este último año, en el barrio de Tenderloin, y participando en el proyecto de sostenibilidad urbana en Ecuador. Murió de neumonía, según declaró Goldhaft.

Berg deja además una hija, Ocean; un hijastro, Aaron Rosenberg; una hermana, Elizabeth Arnold y dos nietas.

Está prevista una ceremonia en su memoria para el próximo 1 de octubre, día de su 74 cumpleaños. Pueden enviarse aportaciones en su nombre a Planet Drum Foundation, P. O. Box 31251, San Francisco, CA 94131.

- FUENTE

* * *

El siguiente texto es la aportación de Peter Berg al homenaje en recuerdo del poeta Gregory Corso, que se celebró el 24 de enero de 2001 en el New College de San Francisco. En aquel momento Berg se encontraba en Ecuador, así que fue su compañera, Judy Goldhaft, la encargada de leer el panegírico.


QUEDARSE EN LA ESQUINA DE UNA CALLE SIN HACER NADA ES PODER

Gregory Corso fue el protagonista de una prodigiosa leyenda de libertad personal. Lo que sigue no es más que un puñado de remembranzas que caerán como polvo sobre su impresionante túmulo funerario.

Su último viaje pudo haberse producido en cualquier momento después de que me encontrara con él, cuando vivía con Belle Carpenter en el antiguo piso de Lenore Kandel y Bill Fritsch, en North Beach. Gregory formaba parte de la oleada de neoyorquinos, entre los que se encontraba Diane di Prima, que se habían unido a nuestra rebelión cultural en el San Francisco de finales de los sesenta. Vivía lo que pensaba como si estuviese preparado para ser asesinado por ello.

Fue fácil sentir un afecto fraternal por Gregory. Conocía su poemario Gasolina y algunos otros poemas, y me impresionó especialmente una obra suya, en un solo acto, titulada Standing on a Street Corner [De pie, en la esquina de una calle]. De ella emanaba el espíritu de un payaso sabio, que se resumía en la frase: “Quedarse en la esquina de una calle sin hacer nada es poder”. Utilicé su libreto en un cursillo teatral para compañeros de la San Francisco Mime Troupe, que tuvo lugar durante una semana en mi apartamento de Haight-Ashbury. En parte me inspiró el concepto de ‘teatro guerrilla’, que por entonces se estaba incubando, para piezas que más adelante se representarían en la Sproul Plaza, durante ciertas huelgas de enseñanza, en una estación de autobuses y, de hecho, en las esquinas de algunas calles.

Si alguna vez le conté esto a Gregory, él no lo reconoció jamás. Al menos, que yo recuerde. Habitualmente, no le hacía mucha gracia el reconocimiento que le llegaba de la generación de los sesenta a la que en parte inspiró. Pero seguía lamentando la muerte de sus propios héroes. Una vez me describió cómo se había metido en la tumba de Kerouac durante su funeral, y lloró cuando se inauguró el callejón junto a la librería City Lights que lleva su nombre. Despotricaba con fiereza contra la injusticia que suponía la muerte de Giordano Bruno en la hoguera, como si acabara de pasar.

La reacción más típica de Gregory ante los elogios era ignorar los detalles y enseguida pedir algo. Una vuelta en coche, un sitio en el que quedarse, una papelina. No supone una exageración ni una falta de respeto afirmar lo que cualquiera que le conocía pudo ver. No es que fuese tan prosaico como uno de esos boxeadores machacados que le gorronean tragos a sus admiradores en un bar. Gregory podía lanzar un golpe verbal que el boxeador ya no estaba en condiciones de devolver físicamente. Era un yonki impenitente; llevaba la ropa arrugada y manchada; se estaba quedando sin dientes; un periodista dijo de él que era “un hombre desinstitucionalizado”. Sin embargo, su espíritu brillaba y se elevaba. Gregory podía invocar las tumbas de Egipto, a viejas griegas vestidas de negro, modelos matemáticos para probar la existencia de la divinidad o el amor, el talento de los imbéciles, la debilidad de los guerreros. No era mezquino en sus descripciones ni superficial en sus comparaciones. No se sentía mal; estaba atrapado en su barro corporal. No se sentía bien; era una nube sobre la cumbre de una montaña. He visto a gente abandonar una conversación con él abrumada por el tamaño y la singularidad de su mente.

Uno de los que se quedó impresionado fue Frank Oppenheimer, en la época en que estaba planeando lo que se convertiría en el Exploratorium Science Museum de San Francisco. Invité a Frank a un acontecimiento digger titulado “El fin de la guerra”, en el que algunos miembros de la audiencia, de forma espontánea, agitaban tres miembros o trepaban por redes de escalada mientras la Steve Miller’s Band tocaba para un grupo de bailarines desnudos y proyecciones en bucle mostraban continuamente semillas que eclosionaban, volcanes que entraban en erupción y soldados a los que disparaban. Al principio, a Frank le disgustó la aparente falta de dirección de todo aquello, pero más tarde incorporaría esta forma de actuación participativa a su museo, y también la sugerencia de que lo convirtiese en “una exploración”. Frank me pidió que le presentara a una persona del mundo literario con intereses filosóficos, así que llevé a Gregory a una fiestecita en su apartamento. El hermano del creador de la bomba atómica y el poeta más espabilado de la Beat Generation entablaron conversación de inmediato, cambiando de marcha mental a la misma velocidad de vértigo y pinchándose el uno al otro para ser más claro o más imaginativo. Sé que Gregory era un individualista hedonista, pero de algún modo mantenía su inocencia hasta el punto de que cualquier cosa que hiciera atraía la atención del arte. Simultáneamente cortejado por querubines y despellejado por mil demonios, de su boca brotaba a borbotones una opera de bibliotecas.

Jueces petulantes, ricos imbéciles, políticos locos de poder, críticos inmisericordes, académicos sin imaginación, policías sádicos, ruinosos generales: no alarguéis mucho vuestras celebraciones. Gregory Corso nos enseñó el auténtico poder.

- FUENTE

** Si quieres leer más textos de Berg (en inglés), haz CLIC AQUÍ. Si quieres saber más sobre los Diggers, LEE ESTO.

viernes, 19 de agosto de 2011

DI-VERSOS: AGC. Fragmento de un Poema Perdido y (casi) Olvidado



Es saber que no sabe que se sabe
El que guarda el buen pueblo en sus entrañas
Es saber que no cabe entre marañas
De negros esqueletos numerados

Que no es suya su lengua ni de nadie
Sino común razón y sentir razonable
[...]

(Sigo buscando en cajones descuidados y entre los recovecos de una memoria desgastada)

DLS


- ANTES EN DI-VERSOS.

jueves, 22 de julio de 2010

DI-VERSOS. CROWLEY



Árboles suicidas a 15 kilómetros de G.
Tierras tristes
Molinos de viento muriéndose de frío

Somos ya tan viejos

Sobre el remolque de un camión
La palabra CROWLEY
A ratos atraviesan serpientes

El gris de las escamas fundiéndose en el
Gris oscuro
De la carretera

Después la mar
Y vapores de calma amniótica
Bajo el más severo de los soles

El cielo es insensatamente azul
Esta mañana
En la lejanía flamean las olas y aúllan las aves

Me dejo acariciar por la sal
Con el descuido inconsciente de un cadáver al pairo
Con la mansedumbre de los ahogados

Hay en esta geometría de tierra
Mar y cielo
Una tranquila violencia que desgarra

Desde la orilla alguien llama



miércoles, 30 de junio de 2010

DI-VERSOS. Peter Orlovsky R.I.P.




FRIST POEM

A rainbow comes pouring into my window, I am electrified.
Songs burst from my breast, all my crying stops, mistory fills
the air.
I look for my shues under my bed.
A fat colored woman becomes my mother.
I have no false teeth yet. Suddenly ten children sit on my lap.
I grow a beard in one day.
I drink a hole bottle of wine with my eyes shut.
I draw on paper and I feel I am two again. I want everybody to
talk to me.
I empty the garbage on the tabol.
I invite thousands of bottles into my room, June bugs I call them.
I use the typewritter as my pillow.
A spoon becomes a fork before my eyes.
Bums give all their money to me.
All I need is a mirror for the rest of my life.
My frist five years I lived in chicken coups with not enough
bacon.
My mother showed her witch face in the night and told stories of
blue beards.
My dreams lifted me right out of my bed.
I dreamt I jumped into the nozzle of a gun to fight it out with a
bullet.
I met Kafka and he jumped over a building to get away from me.
My body turned into sugar, poured into tea I found the meaning
of life
All I needed was ink to be a black boy.
I walk on the street looking for eyes that will caress my face.
I sang in the elevators believing I was going to heaven.
I got off at the 86th floor, walked down the corridor looking for
fresh butts.
My comes turns into a silver dollar on the bed.
I look out the window and see nobody, I go down to the street,
look up at my window and see nobody.
So I talk to the fire hydrant, asking "Do you have bigger tears
then I do?"
Nobody around, I piss anywhere.
My Gabriel horns, my Gabriel horns: unfold the cheerfulies,
my gay jubilation.

Nov. 24th, 1957, Paris


* * *

N. B.- Aquí había incluido una versión castellana del poema de Orlovsky perpetrada por una tal Griselda García, que, según creo, también es escritora. Pero la traducción me parece tan desastrosa -'mistory fills the air' queda transformado en 'mi historia llena el aire'; 'Gabriel horns', en 'cuernos de Gabriel'; 'my gay jubilation', en 'mi júbilo gay'; & so on- que he preferido sustituirla por esta nota y dejar el texto original a la intemperie: siempre se está mejor solo que mal acompañado. No obstante, si alguien quisiera echarle un vistazo al poema en español, puede encontrarlo en este BLOG.


-ANTES EN DI-VERSOS.

jueves, 4 de febrero de 2010

TENGO UNA CITA. Federico García Lorca



"La bicicleta de Buster Keaton no tiene el sillón de caramelo, ni los pedales de azúcar, como quisieran los hombres malos. Es una bicicleta como todas, pero la única empapada de inocencia".


El Paseo de Buster Keaton (1928), Editorial Media Vaca. Ilustraciones de Manuel Flores.


martes, 9 de junio de 2009

VOCES. 1909-2009: El Futurismo ya es historia. Rusia

En 1912, el grupo Hylaea de San Petersburgo, compuesto por un puñado de jóvenes airados (Velimir Jlébnikov, Alekséi Kruchenij, David Burliuk y Vladímir Mayakovski), lanzaba el manifiesto Bofetada al gusto del público; era el acto inaugural del futurismo ruso.



Bofetada al gusto del público

A quienes lean nuestra Nueva Primera Inesperada. Solamente nosotros somos la imagen de nuestro Tiempo. El corno del tiempo resuena en nuestro arte verbal.
El pasado es estrecho. La Academia y Pushkin menos comprensibles que jeroglíficos.
Puskin, Dostoievski, Tolstoi, etcétera, etcétera, deben ser tirados por la borda del vapor del Tiempo Presente.
Quien no olvida su primer amor no vivirá el último.
¿Quién será tan crédulo para entregarle su último amor a la perfumada lujuria de Balmont? ¿Acaso encontrará allí un reflejo del valeroso ánimo del día de hoy?
¿Quién será tan cobarde que no se atreverá a arrancar la coraza de papel del negro frac del guerrero Briùsov? ¿Encontrará allí acaso la aurora de una belleza desconocida?
Lavaos la mano que ha tocado la porquería de los libros escritos por intocables Leónidas Andreyevs.
Todos esos Máximos Gorkis, Kuprins, Blocks, Sologubs, Remizov, Averchenckos, Chornys, Kuzmins, Bunins, etcétera, etcétera; sólo necesitan quintas a la orilla de un río. Así recompensa el destino a los sastres.
¡Desde la altura de los rascacielos miramos su pequeñez!


La nube en pantalones (Prólogo) - Vladímir Mayakovski (1915)


Con mi corazón sangrante desgarrado en harapos
excitaré
vuestra mente
que sueña en cerebros reblandecidos
cual cebado lacayo en mugriento sofá;
hasta hartarme me burlaré, atrevido y mordaz.

Ni una sola cana mi alma tiene,
ni en mis años hay ternura senil.
La fuerza de mi voz atruena el mundo
y con veintidós años
camino enhiesto, hermoso.

¡Vosotros los delicados!
que sobre tiernos violines recostáis el amor
o, si rudos sois, sobre timbales.
Nunca podréis hacer como yo,
volverse del revés y ser todo labios.
Venid y aprended.

Damas pulidas envueltas en sedas y batistas
que humedeciendo los labios hojean los libros
como cocineras un libro culinario:
¡dejad esa decencia de ligas angelicales!
Si quieren
amaré la carne hasta la locura
y, tornasolado como el cielo,
si quieren
seré intachablemente delicado:
no seré un hombre,
sino una nube en pantalones.

En el mundo no existe una Niza florida.
Hoy glorifico de nuevo
a hombres cansados como un hospital,
y a mujeres sobadas como un refrán.







Yo no sé si la tierra gira o no,
Depende, si la palabra cabe en el renglón.
No sé si mis antepasados fueron o no simios,
Así como no sé si se me antoja lo dulce o lo ácido.
Pero yo sé que quiero arder y quiero que el sol
Se una en un estremecimiento con la mano.
Y quiero que el rayo de una estrella bese mis ojos,
Como se besan los hermosos ojos de los venados.
Quiero que cuando yo palpite un temblor total invada el universo.
Y quiero creer que hay algo que permanecerá
Cuando el tiempo cambie, por ejemplo, la trenza de la mujer que amo.
Yo quiero sacar el paréntesis del factor común, que me da unidad,
El sol, el cielo, el polvo perlado.

Velimir Jlébnikov (1909). Versión de Jorge Bustamante.




Mayakovsky - Michael Craig (2007)

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jueves, 29 de enero de 2009

VOCES. 2009, AÑO FANTE. Textos (y III)

El poema que puede leerse más abajo es un texto tardío de Bukowski. Fue incluido en un volumen póstumo de poemas y relatos que lleva por título Betting on the Muse (1996). La traducción es cosa mía.




FANTE

de vez en cuando me viene a la memoria,
ahí en la cama, ciego,
siendo lentamente descuartizado,
el pequeño bulldog,
pasaban enfermeras, levantando
cortinas, persianas, sábanas.
comprobando que aún estaba vivo.
el Chico de Colorado.
el azote del American
Mercury.
el mal niño católico de Mencken.
caído en Hollywood.
y arrojado a la orilla.
siendo descuartizado.
chop, chop, chop.
hasta que no quedó nada.

nunca supo que sería
famoso.
me pregunto si le habría importado
un carajo.
yo creo que sí.

John, ahora eres de los grandes.
has entrado en los Libros de
Para Siempre
ahí, al lado de Dostoievsky,
Tolstoy y tu chico
Sherwood Anderson.

te lo dije.

y tu dijiste “no te cachonderías
de un ciego,
¿verdad?”

hey, nada de eso,
bulldog.

- VOLVER AL ESPECIAL JOHN FANTE.

jueves, 4 de diciembre de 2008

DI-VERSOS. Three Marxist Essays - Jack Spicer (1962)

[Imagen: Derek Fenner]



Homosexuality and Marxism

There should be no rules for this but it should be
simultaneous if at all.

Homosexuality is essentially being alone. Which is
a fight against the capitalist bosses who do not want
us to be alone. Alone we are dangerous.

Our dissatisfaction could ruin America. Our love
could ruin the universe if we let it.

If we let our love flower into the true revolution
we will be swamped with offers for beds.

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The Jets and Marxism

The jets hate politics. They grew up in fat cat society
that didn't even have a depression or a war in it. They are
against capital punishment.

They really couldn't care less. They wear switch-blade
knives tied with ribbons. They know that which runs
this country is an IBM machine connected to an IBM
machine. They never think of using their knives against
its aluminum casing.

A League Against Youth and Fascism should be formed
immediately by our Party. They are our guests. They are
ignorant.

----------------------------------------------------------

The Jets and Homosexuality
Once in the golden dawn of homosexuality there was
a philosopher who gave the formula for a new society -
"from each, according to his ability, to each accordingto his need."

This formula appears in the New Testament - the
parable of the fig tree - and elsewhere.

To continue the argument is fruitless.



martes, 28 de octubre de 2008

DI-VERSOS / TENGO UNA CITA. Splash - Charles Bukowski




the illusion is that you are simply
reading this poem.
the reality is that this is
more than a
poem.
this is a beggar's knife.
this is a tulip.
this is a soldier marching
through Madrid.
this is you on your
death bed.
this is Li Po laughing
underground.
this is not a god-damned
poem.
this is a horse asleep.
a butterfly in
your brain.
this is the devil's
circus.
you are not reading this
on a page.
the page is reading
you.
feel it?
it's like a cobra.
it's a hungry eagle
circling the room.

this is not a poem.
poems are dull,
they make you
sleep.

these words force you
to a new
madness.

you have been blessed,
you have been pushed
into a
blinding area of
light.

the elephant dreams
with you
now.
the curve of space
bends and
laughs.

you can die now.
you can die now as
people were meant to
die:
great,
victorious,
hearing the music,
being the music,
roaring,
roaring,
roaring.



domingo, 24 de febrero de 2008

DI-VERSOS. Memoria de Aquitania


Atravesaba los bosques en la vieja bicicleta
De mi tía
Heroica emigrante vallisoletana de primera generación
Las Landas quedaban al sur
Al frente el mar
Los chirridos de las ruedas
Ahuyentaban a los pájaros de la amanecida
Era una bici veterana y vivida
La que mi tía usara antaño
Para ir y venir de Burdeos
Cuando limpiaba el polvo francés
En las casas de los mesiés y las madamas
Y planchaba supongo rígidos cuellos de camisas
Blancas
Cincuenta kilómetros de ida
Y otros tantos de vuelta
Se dice pronto
Ah ma tante!
Me gustaba ver la menuda figura
De la estación abandonada
Desplazarse a lo lejos
Arropada por los árboles
Como una casita de cuento de hadas
Soñar con viajeros y viajes
Fantasmales
De esos de los que no se regresa
Después aceleraba
Le daba fuerte a los pedales
Aceleraba
Hasta que los chirridos de las ruedas
Se transformaban en un aullido agudo
Y continuo
Y el viento salitroso me arrancaba
Lágrimas eufóricas de los ojos
Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuu gritaba
Auuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuu
Enseguida alcanzaba aquel tronco
Pelado y puntiagudo
De cuyas ramas colgaban boca abajo
Negros murciélagos como negros frutos monstruosos
Y aceleraba
Aceleraba hasta que la bicicleta temblaba
Amenazando con desmontarse
La heroica bicicleta de mi tía
Tan sólida y fiable sin embargo
Cada día iba un poco más allá
Trazaba metas imaginarias en el paisaje
Y entonces daba la vuelta
Porque el bosque no se acababa nunca
Las dunas y el mar siempre
Los tenía enfrente
Sabía además que
Al regreso me esperaba el encuentro
Con los copains y las copines
La humeante marmita rebosante
De rosados mejillones de Arcachón
El vino blanco fresco y compartido
Y pensaba

Comme c’est jolie la vie à la campagne
De un pequeñoburgués blanco
Autoexiliado

- ANTES EN DI-VERSOS.

jueves, 22 de noviembre de 2007

DI-VERSOS. ÚLTIMAS NOTICIAS.


Rimbaud vestía una corbata de vocales de colores y cuando Verlaine quiso reventarlo a tiros no se le ocurrió otra cosa que poner los calcetines a secar. Soplaba un viento gélido aquella tarde y los ojos de las transeúntes se decoraban con lágrimas involuntarias. Lo que quiero decir es algo que cualquier bachiller moderadamente diestro en el arte del silogismo SORITES ya habrá sabido derivar de estas dos simples premisas: es mejor pasearse con los pies húmedos sobre la alfombra que permitir que los idiotas declaren así de alegremente la muerte de la poesía. La poesía está muerta, es cierto, pero por la simple razón de que nunca estuvo viva. Robert Walser escribía con la tercera pata del lado izquierdo de una hormiga obrera en cuartillas cuidadosamente recortadas. 15 X 15 cm. ¿Y qué? Resignémonos: tampoco eso cambia nada. Hace unos momentos, el gato de escayola que reposaba tan felino sobre el escritorio –llamémoslo así puesto que escribo sobre él- se ha acercado hasta el teclado y se ha meado en la letra x minúscula. “Disculpa –ha dicho-, cosa de la cerveza, ya sabes…” Después ha vuelto a su posición inicial y a mí me ha recordado a un alfil disfrazado de reina, pues, como todo el mundo sabe, los alfiles están genéticamente predestinados a sufrir prostatitis alcanzada una cierta edad. En cualquier caso, ¿qué creerán ustedes que he contestado yo? NADA. Absolutamente nada, señores míos. Porque sé bien que los gatos de escayola con incontinencia aborrecen la dialéctica y se andan con bigotes de plomo cuando se trata de anegar de orina la letra x minúscula. Ahí tienen, pues, su pequeña lección del día: si los notarios deciden matar al Papa, pies para qué os quiero –que dicen que dijo Stephen Hawkins. En lo que respecta a la macroeconomía, parece que las cosas no van mucho mejor. A pesar de que los responsables de nuestra Administración decidieron al fin pavimentar las vías pecuarias con oro, el mercado de solteros de ojos tristes sigue a la baja. Según los expertos, todo se debe a la subida de precios de las pompas de jabón, siempre tan volátiles. Lo cual nos lleva sin remedio a la sección de deportes, y aquí nos quedamos, tan panchos. En la Liga de Cojos el tuerto es el Rey, al menos hasta nueva orden de su Majestad (aplausos); caso de que su Majestad pierda el último ojo que le queda, el Ciego será el Rey y así sucesivamente. Seguiremos informando tan pronto como nos despertemos de la siesta.

Despedimos, en fin, nuestra emisión con los últimos ripios del segundo finalista de los X Juegos Florales de Madagascar –Medalla de Mérito al Trabajo en el año 1875-:

No es mejor árbol el que se arrima
Ni mejor madre –creo- la que mima
Hay gustos que merecen palos
Y enfermos que no están sanos.

miércoles, 31 de octubre de 2007

VOCES. MALCOLM LOWRY - SELECCIÓN DE TEXTOS


" Sangra, muerto, sangra, devuélvele la calma al pobre cirujano, para que no tenga que emborracharse y hacer eses, dar de tumbos a ciegas, pasar por el horror de las ratas, el giro de los molinos y los cócteles de ron con naranja; sangra, para que él no termine reflexionando en el verano que hasta la propia Naturaleza está poseída de la temblorina, la ardilla neurótica y los gorriones que mordisquean la mierda donde los mulatos, los criollos y los cuarterones han pasado galopando entre la negra polvareda; sangra, para que él no tenga que ponerse a pensar en cuánto más hermosas son las mujeres cuando uno se está muriendo y se van deslizando por las calles bajo los tenues árboles, con los pechos meciéndoseles cual retoños bajo cálidas rachas de viento; sangra, para que él no tenga que escuchar el piojo de la conciencia ni el gruñido de hombres imaginarios, ni ver sobre las persianas toda la noche a los malvados espectros. "
(De Piedra Infernal. Fuente: http://www.epdlp.com/escritor.php?id=1957)

SELECCIÓN DE POEMAS

Dios da bebida a esos borrachos que se despiertan al amanecer
Farfullando sobre las rodillas de Belcebú, totalmente destrozados,
Cuando una vez más espían a través de las ventanas
Acechando, el terrible puente cortado del día.
(Oración para borrachos)

Cómo empezó todo esto y por qué estoy aquí
en esta barra arqueada con la pintura marrón descascarillada,
papegaai, mescal, hennessy, cerveza,
dos viscosas escupideras, sin compañía excepto el miedo:
miedo de la luz, de la primavera, del lamento
de aves y autobuses volando a sitios lejanos,
y de los estudiantes yendo a las carreras,
de chicas brincando con el aire en sus rostros,pero sin compañía excepto el miedo,
miedo de la fuente volando: y todas las flores
que conocen el sol son mis enemigos,
¿estas, muertas, horas?
(Sin compañía excepto el miedo)

El ruido de la muerte aquí en este bar desolado,
Donde la tranquilidad se sienta encorvada sobre su oración
Y la música sirve de concha al sueño del amante,
Pero cuando ninguna moneda introduce esta dura desesperación
Hasta aquí, el más solitario de los hogares
Y de todos los destinos el más solitario además,
Cuando ninguna música eléctrica rompe el batir
De corazones doblemente rotos pero ahora reunidos
Por el cirujano de paz en la astilla del desastre,
Penetra más profundamente que lo hicieran las trompetas
El movimiento de la mente dentro de ese entramado
Donde los desórdenes son simples como la tumba
Y la araña de la vida se asienta, duerme.
(Los Borrachos)

Deja que los demás discutan acerca de mi dolor
enfurecidos como lobos ante un trozo de carne
mi dolor es ahora de dominio público
hace tiempo muerto de hambre come de limosna
muchos de los que se indigestaron de felicidad lo necesitan
la oscuridad del atardecer con una sensación de culpa
como truenos de una tormenta oscureciendo el promontorio
mancillando el recordado doblar de un cabo de la vida
los turistas esperan con fatuas sonrisas de triunfo
con brazos enlutados sobre la costa chismorreando
haber conocido al cadáver por un momento les hace grandes
(Pensamientos mientras te ahogas)

El éxito es como un terrible desastre
Peor que tu casa ardiendo, los ruidos del derribo
Cuando las vigas caen cada vez más deprisa
Mientras tú sigues allí, testigo desesperado de tu condenación.
La fama como un borracho consume la casa del alma
Revelando que sólo has trabajado para eso-
¡Ah!, si yo no hubiese sufrido su traidor beso
Y hubiese permanecido en la oscuridad para siempre, hundido y fracasado.
(Tras la publicación de ‘Bajo el Volcán’)


La traducción de los poemas es obra de Mariano Antolín Rato. Pueden encontrarse más AQUÍ y AQUÍ.