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domingo, 15 de marzo de 2026

Aullido en el banquillo (y II)


“What creates literature, Mr. Kirk?”

J. W. Ehrlich (1957)

En abril de 1957, justo cuando el fiscal federal daba la orden de liberar los ejemplares de Aullido incautados por el aduanero MacPhee, el Tribunal Supremo debatía el caso de Samuel Roth contra los Estados Unidos. Roth, además de poeta y librero, era editor y distribuidor. En 1955 se le imputaron veintiséis cargos por utilizar el servicio postal con fines obscenos y el caso acabó en el Supremo. El alto tribunal ratificó la resolución condenatoria contra Roth y se mantuvo en la línea jurisprudencial anterior, que establecía que la obscenidad no estaba protegida por la primera enmienda, pero la sentencia resultó radicalmente innovadora en lo que atañía a la propia definición jurídica de lo obsceno. Según el texto redactado por el juez William J. Brennan Jr., a partir de ese momento se consideraría obscena cualquier obra cuyo tema dominante, tomado en su conjunto, atendiera a un interés lascivo desde el punto de vista de “una persona normal [average], empleando los estándares contemporáneos de la comunidad”. Algo que rompía con el viejo Test de Hicklin, vigente hasta entonces, que se refería no al “hombre medio”, sino a “aquellos cuyas mentes están abiertas a tales influencias inmorales”.

 

El proceso contra Murao, acusado de vender material obsceno, y Ferlinghetti, acusado de publicarlo, debía celebrarse a principios de agosto en el Tribunal Municipal de San Francisco. Tras un receso, se descartó el juicio con jurado y el caso pasó a manos del juez Clayton W. Horn, un letrado que enseñaba la Biblia en la escuela dominical y que había saltado a las noticias por condenar a unas ladronas a escribir un ensayo sobre las enseñanzas morales de Los diez mandamientos de Cecil B. DeMille. El juez pronto desestimó los cargos contra Murao, pues la acusación no pudo demostrar que el librero hubiera leído el poemario de Ginsberg o que lo hubiera vendido “con fines lascivos”. Pero el juicio contra Ferlinghetti siguió adelante y terminó por convertirse en una suerte de debate sobre estética literaria. La jurisprudencia establecía que cualquier texto en el que cupiera reconocer algún mérito literario quedaba excluido de la acusación de obscenidad, y el juez Horn determinó desde el comienzo que en el proceso solo se tendrían en consideración testimonios de personas que, de un modo u otro, hubieran convertido la literatura en su medio de vida y en su profesión.

 

Encabezando el equipo de la defensa se encontraba J. W. Ehrlich, conocido como “Jake the Master”, el más famoso criminalista de la ciudad. La ACLU se había puesto en contacto con él para que defendiera a Ferlinghetti y Ehrlich aceptó hacerlo pro bono. Al otro lado del estrado se hallaba Ralph McIntosh, que había trabajado como ayudante del fiscal del distrito durante buen parte de su carrera y que en los últimos años parecía empeñado en proteger la salud moral de sus conciudadanos de la ponzoña de la pornografía. Ya una década antes se había granjeado cierta notoriedad por su tentativa de prohibir que Jane Russell mostrara al mundo sus encantos en El forajido (1943) de Howard Hughes. Al respecto, el juez Horn dejó claro el precepto que debía guiar todo el proceso: “la libertad de imprenta debería ser tan rigurosamente protegida que ningún segmento del país pudiera censurar en perjuicio del resto aquello que deben leer, ver, escuchar, etcétera. Por eso este caso es tan importante”.

 

El 5 de septiembre la defensa llamó a declarar a nueve testigos que debían avalar el mérito literario de la obra de Ginsberg. Entre ellos se encontraban Mark Schorer; el escritor de novelas del oeste Walter Van Tilburg Clark; Leo Lowenthal, un miembro “menor” de la Escuela de Frankfurt -si por tal entendemos menos ilustre que la terna Adorno-Horkheimer-Marcuse-; o el poeta Kenneth Rexroth, que había ejercido de maestro de ceremonias en el recital de la Six Gallery. El profesor Schorer comenzó señalando que Aullido, como cualquier obra literaria, pretendía “hacer un comentario significativo o una interpretación de la experiencia humana tal como el autor la conoce. Y con tal fin, [habría] elaborado lo que podríamos llamar una estructura estética”. Ginsberg quería ofrecer la impresión de un mundo de pesadilla, y lo lograba mediante una serie de imágenes surrealistas expresadas en los términos y a través de los ritmos del lenguaje de la calle. Van Tilburg Clark siguió la senda abierta por Schorer y declaró que Ginsberg era un “poeta absolutamente sincero” y dotado de una “elevada destreza técnica”. Una valoración que vendría a refrendar más tarde Rexroth: Aullido “es probablemente -aseveró- el poema más extraordinario publicado por una persona joven desde la Segunda Guerra Mundial”.      

 

Ni la acusación ni los testigos de la acusación estuvieron a la altura de la defensa y sus testigos. A lo largo del proceso, Ehrlich dio muestras de una sólida cultura literaria, mientras que McIntosh reconoció en varias ocasiones que en realidad no había entendido ni una palabra del libro de Ginsberg. McIntosh convocó a David Kirk, un profesor de literatura de la Universidad de San Francisco, y a Gail Potter, que presentó como mayor logro de su carrera haber reescrito Fausto a partir de las cuarenta versiones existentes de la obra. Kirk parecía empeñado en presentar Aullido como un poema neodadaísta, lo que lo privaría de todo valor artístico. “Forma, tema y oportunidad” eran los criterios para determinar dicho valor, defendía Kirk. En cuanto a la forma, Aullido no era sino una “débil imitación” del verso largo a la manera de Whitman, carente por otro lado de toda relevancia histórica, puesto que el tiempo de Dadá ya había pasado. El poco valor que pudiera encerrar su temática era puramente negativo, concluía. Potter, por su parte, resaltó la crudeza de su estilo: “una se siente como si estuviera atravesando una cloaca cuando tiene que leerlo”. McIntosh concluyó señalando que las aportaciones de los testigos de uno y otro lado solo servían para revelar la disparidad de criterios entre los supuestos expertos. Por otro lado, la doctrina Roth se refería al “hombre medio”, y ningún “hombre medio” había subido al estrado para testificar. “¿Qué interés lascivo estaba generando Ginsberg con su grito de dolor?”, fue la respuesta en forma de pregunta de Ehrlich.


El 3 de octubre de 1957, el juez Horn dictó sentencia: el libro de Ginsberg no era obsceno y, en consecuencia, Ferlinghetti quedaba absuelto. Exactamente una semana después, Ginsberg escribía a Ferlinghetti desde Ámsterdam: ahora podemos “caer sobre América como una gran ola de belleza”. Y décadas más tarde, en una entrevista con Josef Jařab, recordaría: “Con los juicios de Aullido y El almuerzo desnudo y los esfuerzos de Grove Press para legalizar El amante de Lady Chatterley y [los libros de] Henry Miller fuimos parte de la Liberación de la Palabra. […] El último gran juicio sobre la censura fue el de El almuerzo desnudo en 1966. Después de aquello, las compuertas quedaron abiertas”. Luego vendrían los movimientos de liberación de las mujeres, de los homosexuales o de los negros.


ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 409 DE



sábado, 14 de febrero de 2026

Aullido en el banquillo (I)




 “The wonder is that literature does have such power”

Allen Ginsberg (1956)

 

El 21 de julio de 1855 Ralph Waldo Emerson le escribe a Walt Whitman: “Le saludo al comienzo de una gran carrera”. A principios de ese mismo mes Whitman había autoeditado Hojas de hierba, “la más extraordinaria muestra de ingenio y sabiduría que haya aportado jamás América”, dice Emerson. Y añade: “Posee los mayores méritos, a saber, fortificar y alentar”. Exactamente cien años después, Lawrence Ferlinghetti, poeta él mismo, librero y editor de City Lights, le envía un telegrama a Allen Ginsberg que encabeza con las mismas palabras que había utilizado Emerson: “I greet you at the beginning of a great career”, y le pregunta: “¿Cuándo tendremos el manuscrito?”. Ferlinghetti había asistido la noche anterior al recital de la Six Gallery y la pregunta tenía un cariz perentorio: más que una pregunta era una conminación.

Décadas más tarde, un Ferlinghetti casi nonagenario recordaría que cierto día Ginsberg se había plantado en la librería para mostrarle un primer manuscrito de Howl. City Lights solo llevaba tres años abierta y la editorial solo había publicado tres pequeños volúmenes en su colección City Lights Pocket Poets, pero el San Francisco Chronicle ya había empezado a considerarla el “centro intelectual” de la ciudad. Allen, al parecer, no las tenía todas consigo, ni tampoco muy claro si Ferlinghetti podría sacar algo del material que le presentaba. La lectura en la Six Gallery fue una suerte de epifanía. Entonces, explica Ferlinghetti, “supe que el mundo había estado esperando aquel poema, que aquel mensaje apocalíptico fuera pronunciado”. Flotaba en el aire, solo necesitaba que alguien lo expresara con palabras.

En marzo de 1956, Ferlinghetti se puso en contacto con la American Civil Liberties Union (ACLU) de San Francisco para asegurarse de que contaría con su apoyo en caso de que el contenido sexual –y lo que es peor, abiertamente homosexual- del poemario pudiera acarrearle problemas con la justicia, y lo obtuvo. Después de todo, el propio Whitman había visto en 1881 cómo Hojas de hierba era prohibido en Boston por el lenguaje explícitamente sexual empleado en algunos de sus versos. Ese mismo mes, William Carlos Williams le hizo llegar unos pocos párrafos que debían servir como texto introductorio a Aullido. Más que con Whitman, el poeta veterano parecía relacionar implícitamente la obra del más joven con la estancia en los infiernos del adolescente Rimbaud. “Según toda evidencia -escribía-, [Ginsberg] ha estado, literalmente, en el infierno. […] Es el poeta el que ha pasado con su propio cuerpo a través de las horribles experiencias que describen la vida en estas páginas […], algo que no puede describirse más que con las palabras con las que él lo ha hecho”. Y concluía con una advertencia a la manera del Dante: “Remangaos las faldas, señoras mías, vamos a atravesar el infierno”.

A partir de ahí el proceso de edición fue más o menos rápido. En mayo, Ginsberg mimeografió veinticinco copias del libro para repartir entre sus amigos. En junio, Ferlinghetti, que había decidido imprimir el poemario al otro lado del Atlántico para abaratar costes, recibió las primeras pruebas de Howl and Other Poems de Viliers, su impresor británico. Y el día 1 de noviembre, Aullido salía a la calle con una tirada inicial de mil ejemplares. La obra estaba dedicada a Jack Kerouac, William Seward Burroughs y Neal Cassady y se abría con un llamamiento a modo de epígrafe: “Unscrew the locks from the doors!”. Pero a finales de marzo del año siguiente, la distribución del libro se topa con un primer escollo: el recaudador de aduanas Chester MacPhee incauta quinientas veinte copias de la segunda impresión del poemario debido a lo que él considera contenidos obscenos. MacPhee no ve la huella de Whitman o Rimbaud en los versos de Ginsberg, sino más bien la zarpa del Maligno. “A usted no le gustaría que su hijo diera con algo así”, declara.

Para sortear los controles aduaneros, Ferlinghetti manda imprimir dos mil quinientas copias en territorio estadounidense, aunque el celo censor del aduanero MacPhee finalmente queda en nada. Un mes después, el fiscal federal desestima la acusación y hace que se liberen los ejemplares incautados. El editor no se había equivocado, sin embargo, al buscar el amparo de la ACLU, pues la tarde del 5 de junio dos agentes del departamento de menores de la ciudad se personaban de incógnito en la librería City Lights para adquirir el último número de la revista The Miscellanous Man y algunos ejemplares de Aullido. Al poco tiempo regresaban para detener al encargado de la tienda, Shig Murao, que les había vendido los libros, y para presentar una orden de arresto contra el editor por publicar y distribuir material obsceno. Ferlinghetti, que no se encontraba en ese momento en la librería, enseguida se entregó voluntariamente, pero al poco tiempo fue puesto en libertad en espera de juicio.

En esas fechas, Ginsberg no está en Estados Unidos, sino en Tánger, ayudando a Burroughs a poner en orden la “word hoard” de la que luego saldrá El almuerzo desnudo. El 10 de junio le escribe a Ferlinghetti que sospecha que el aduanero resentido pueda estar detrás del asunto y añade: “Siento mucho no estar ahí para tomar parte en los últimos acontecimientos. Nunca pensé que quisiera volver a leer Aullido, pero sería un placer en las actuales circunstancias. Lo dotaría de realidad como “protesta social”, algo que siempre temí que le faltara sin la presencia de las bandas armadas de una Gestapo enfurecida. […] En fin, si al final te mandan a la cárcel, me apresuraré a regresar a San Francisco y librar la guerra en persona, me encontraré contigo en la celda vecina”. 


ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 408 DE