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sábado, 16 de agosto de 2008

OBSCENIDADES TURÍSTICAS. La Traversée de Paris

"Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande".

César Vallejo

1. Têtpoissoncyclette

2. Les Japonnaises au Maxim's

3. La Dormante des Abesses





4, 5 y 6. Les Pieds du Flâneur.

7. Les Morts, les Guerres...

8. Le Touriste, c'est les Autres.

9. Avec le Temps...

jueves, 1 de mayo de 2008

ESPECIAL 1º DE MAYO I. ¡Fiesta de la Alienación!



París, 1 de mayo de 1977. 16h 05.

Una idea paraliza durante 25 minutos a 500 burócratas y 100000 capullos.

Una vez más la policía sindical queda puesta en evidencia por la verdad. En el momento en que el siniestro convoy se encaminaba como cada año, desde hace 40, hacia su gris destino y los cappo maffiosi se encontraban a la altura del Hotel Sully, en la calle Saint Antoine, un estandarte de 15 metros se desplegaba, gracias a un ingenioso mecanismo, instantánea y majestuosamente a 12 metros sobre las cabezas de los chantajistas sindicales y de su clientela. El estandarte restalla fieramente al viento y deja tiesos de estupor a los cachas curdelas del servicio del orden. Establece con sencillez, en letras de un metro de alto, perfectamente visibles para las 100000 personas reunidas entre la plaza Saint Paul y la de la Bastilla, la verdad de esta concentración infrahumana: ¡FIESTA DE LA ALIENACIÓN!

Allá donde el enemigo se creía sin duda invencible, encontramos su punto irrisoriamente débil; los cachas cegetistas se revelaban totalmente impotentes ante el tremendo poderío de la idea. Una idea triunfa impunemente con sobriedad y elegancia (por 800 francos, bebidas incluidas). Durante 25 minutos (1) inmoviliza al ridículo cortejo y engendra una fantástica indecisión en el enemigo, que no es más que un aperitivo de su cercana derrota. Tras el berreo irrisorio de los programas comunes en los que se vocean los eslóganes habituales, un asombroso silencio de 1000 metros de largo se abate sobre la grotesca cohorte. Las majorettes se inmovilizan pierna en alto, desamparadas. Pero además es que, gracias a este sabio mecanismo (2) de puesta en escena, que no exigía la intervención más que de una persona, pudimos saborear, mezclados con el público y con la mismísima bazofia sindical, la ruina estupefacta, pálida y rabiosa de nuestras víctimas. Algunos de nosotros llevaron el celo por el anonimato hasta enarbolar infamantes insignias de la C.G.T.

Pudimos, por otro lado, constatar y apreciar un franco movimiento de simpatía, de aprobación y de alegre comadreo entre el público situado en las aceras y que los cerdos sindicales no pudieron ahogar. Una buena cincuentena de fotógrafos aficionados, provistos de espléndidos aparatos japoneses, ametrallaba durante todo ese tiempo la infamia que sobrevolaba el desorden.

Decir que nos reímos con ganas es decir poco. Sólo nosotros sabíamos por qué estábamos allí. No sufrimos baja alguna, ni siquiera un rasguño, y todas las fotos salieron bien. Gracias. Burócratas, os la hemos clavado y os la volveremos a clavar.


SOWETO. LISBOA. DAKAR. ROMA. PARÍS…
¡Hasta la próxima!
*
(1) Conseguimos inmovilizar, pues, a la mierda sindical un tiempo 25 veces superior al que la primera compuerta de socorro de la plataforma Ecofisk consiguió inmovilizar la mierda negra.
(2) Sin embargo, no se trataba todavía del saber absoluto. Si, además de la cadena en la que terminaba el cable y que ha dado mucha tela que cortar al acróbata sindicado, hubiésemos untado con jabón negro la farola, el estandarte habría aguantado 30 minutos más y, además de las tropas regulares de la burocracia, habrían pasado bajo nuestor yugo toda la chusma izquierdista y de los pequeños sindicatos de la vida cotidiana.

martes, 21 de noviembre de 2006

RAROS. El Barón Nicolas de Gunzburg (I)

Casi podría decirse que su genotipo lo predisponía a ser un bicho raro. De padre ruso y de madre polaco-brasileña, Nicolas Louis Alexandre de Gunzburg había nacido en París a finales de 1904. En origen, su apellido había sostenido un germánico umlaut en la primera de las ues que acaso hiciese desaparecer el propio Nicolas y distinguido a una larga saga de financieros judíos que se había elevado a la condición aristocrática allá por el año 1870. Según parece, el bisabuelo de nuestro personaje, Joseph Günzburg –el primer miembro de la familia en ostentar el título de barón- había sido una persona cercana al zar, aficionado a las acciones filantrópicas y cuyos capitales sirvieron en forma notable al desarrollo de los ferrocarriles en Rusia. Su hijo, el barón Horacio Günzburg, seguirá en la misma línea y añadirá además a sus preocupaciones la lucha por la igualdad jurídica de la población de origen judío y el interés por promocionar la cultura hebrea. El padre de Nicolas, en fin, se decantará por los estudios orientales, disciplina en la que conseguirá un alto grado de reconocimiento.


La cercanía al mundo académico y de las artes había sido, pues, una constante familiar al menos desde mediados del siglo XIX. En una entrevista concedida a la revista Film Culture en el año 1964, Nicolas reconocía que, cuando era niño, era habitual que lo llevasen al Ballet Ruso, en lugar de al guiñol o a otros espectáculos más apropiados para ojos infantiles. “Un primo de mi padre – añade- había sido socio comanditario de Diaghilev. […] Con el paso de los años, yo mismo llegué a trabajar con los Ballets Rusos de Montecarlo y cree un guión para ellos después de un viaje en coche por Nevada. El resultado fue Ghost Town, coreografiado por Mark Platoff sobre una música de Richard Rodgers. No lo financié yo mismo, pero encontré el dinero para que se produjera”. L@s interesad@s pueden echar un vistazo al retrato que de él compusiera el actor británico Alan Badel en la muy mediocre Nijinsky (1980) de Herbert Ross.




Los vínculos con la madre patria rusa se rompen definitivamente con la llegada de los bolcheviques al poder en 1917. Con todo, tales vínculos no debían de ser demasiado robustos en el caso de Nicolás, que se educará entre Londres y París, y que tendrá como lenguas maternas, no el ruso, sino el francés y el inglés. Es precisamente en el París de los felices 20 donde el joven Barón comienza a hacerse conocido como un vividor aficionado a las fiestas suntuosas. “En esa época –confiesa en la entrevista citada más arriba- yo nadaba en la abundancia: tenía un Rolls-Royce, un perrito blanco y un chófer que era un ex coronel ruso”. El Gunzburg de entonces parece un personaje escapado de una novela de Scott Fitzgerald: es joven, rico, elegante y de porte atlético y sus fiestas –preferiblemente de disfraces- son frecuentadas no sólo por la buena sociedad parisina, sino también por lo más granado del mundo de las artes y del espectáculo.


Sin embargo, si nos quedamos con lo narrado hasta ahora, Nicolas de Gunzburg no pasa de ser un señorito exquisito, tarambana y snob, una figura típica de la alta burguesía y la aristocracia europeas de entreguerras, y nada ofrece que justifique su inclusión en esta galería de monstruos nuestra. ¿Qué tiene este Gunzburg que lo marca como un ser peculiar? “Una noche –nos dice él mismo- el conde Étienne de Beaumont dio un baile de disfraces cuyo tema era la ópera. Valentine Hugo y yo acudimos vestidos de hugonotes. Carl Dreyer estaba allí…”. Y el encuentro será el origen de una de las más breves, extrañas y brillantes carreras profesionales que haya conocido la historia del arte cinematográfica.