París, martes 6 de febrero de
1934. La Croix de Feu de La Rocque, la Acción Francesa, las ligas de
excombatientes y otras organizaciones de extrema derecha llaman a manifestarse
contra la investidura de Daladier. Poco a poco los manifestantes convergen en
la plaza de la Concordia, frente a la sede de la Asamblea Nacional francesa. La
concentración degenera en revuelta, y la revuelta en matanza. La batalla se
prolonga hasta la madrugada y se salda con 17 muertos y más de 1500 heridos. Al
día siguiente el periódico socialista Le Populaire titula en su primera:
“El golpe fascista ha fracasado” y L’Huma: “El París obrero ha
respondido”, si bien se sabe que algunos grupos comunistas también han
participado en la algarada. Aunque inestable y tambaleante, la III República
aún se mantendrá viva seis años más. El régimen de Weimar, al otro lado del
Rin, no ha tenido tanta suerte: el año anterior, y en apenas unos meses, Hitler
y los suyos se han hecho con todos los poderes del Estado. Ya hace más de una
década de la marcha sobre Roma, y pronto caerá también España.
Los
paralelismos entre nuestro tiempo y la década de los treinta del siglo XX se
están convirtiendo en un lugar común. Quizá la historia no se repita y, si lo
hace, sea variando su forma dramatúrgica (ya se sabe: primero como tragedia y
luego como farsa[1]), pero tal
vez siga siendo pertinente plantearse hoy una cuestión que Georges Bataille ya
afrontó hace casi un siglo: ¿De dónde deriva su fascinación el fascismo? ¿Cómo
desviar, si es posible, la energía libidinal que inviste ciertos significantes
(patria, familia, trabajo; o patria, padre, patrón) en un sentido
emancipatorio, no jerárquico, universalista, anticapitalista y antibelicista?
Bataille parte de una constatación: los únicos movimientos “revolucionarios”
que han conseguido triunfar en el contexto de las democracias liberales han
sido los fascistas. Las revoluciones anteriores, liberales o socialistas, fueron
el resultado de una insurrección contra regímenes autocráticos, y los
movimientos de masas que las impulsaron, por lo general interclasistas, derivaban
su precaria unidad del carácter único del tirano o el monarca al que trataban
de destronar.
En
noviembre de 1933, cuando ya hacía meses que el Reichstag había sido pasto de
las llamas en Berlín, Bataille publicaba en La
Critique Sociale de Boris Souvarine un extenso artículo titulado “La
estructura psicológica del fascismo”. Su objetivo era ofrecer una tentativa de
análisis general de un ámbito que hasta entonces había sido descuidado por el
marxismo más ortodoxo, el de la superestructura social y las leyes que rigen
sus transformaciones, inspirándose en las aportaciones del psicoanálisis
freudiano, la sociología francesa y la filosofía hegeliana. El punto de
partida, y el eje que articula todo el texto, es la oposición entre los
elementos homogéneos de la sociedad y
los elementos heterogéneos, o entre homogeneidad y heterogeneidad. La parte homogénea –dice Bataille- se basa en la
conmensurabilidad de los elementos que la componen. Es el ámbito de la
producción, de la “razón instrumental”, por utilizar los términos de Max Weber,
el reino de lo útil, sometido al dinero como unidad de medida común o
equivalente universal de valor. En él, “cada hombre vale según lo que produce”,
no es pues “para sí”, dicho al modo hegeliano.
La
heterogeneidad es, por el contrario, el ámbito de lo irreductible e
inasimilable. El saber se encuentra aquí con un escollo insalvable porque la
ciencia –la psicología social, en este caso- “no puede conocer elementos
heterogéneos en sí mismos”, ya que “tiene como objeto fundar la homogeneidad de
los fenómenos”. De ellos solo cabe hacer una “sociología negativa”, del mismo
modo que se habla de “teología negativa” para referirse a un conocimiento que
apunta a lo que por definición es indefinible. Un conocimiento de la
“diferencia no explicable”, dice Bataille, que más adelante acuñará el concepto
de heterología para delimitar esa
forma paradójica de saber. Lo heterogéneo es aquello que la sociedad homogénea
expulsa hacia sus márgenes, por arriba o por abajo, bien como desecho
bien como valor superior trascendente. Está relacionado con aquello que
Durkheim había llamado “lo sagrado”: el mundo de la sinrazón, del mal y la
soberanía, que se opone al mundo bien asentado de lo razonable, y lleva la
marca de la violencia, la desmesura, el delirio, la locura. El inconsciente es
uno de sus aspectos. Si la realidad homogénea es la de los objetos (abstractos,
neutros), la realidad heterogénea es la de la fuerza o el choque. Sus elementos
provocan reacciones afectivas de intensidad variable, de atracción o repulsión,
que además son reversibles.
La
sociedad burguesa se funda en el rechazo o la negación de lo heterogéneo.
Aspira inútilmente a evacuar todo elemento que no pueda ser integrado en un
proceso productivo en el que toda la energía debe ponerse al servicio de un
crecimiento perpetuo, sin pérdidas ni gastos superfluos. La sociedad
burguesa es una sociedad descabezada, sin Dios ni rey, esas instancias
trascendentes de soberanía que en otros tiempos dotaban de unidad y de sentido
a la comunidad, y está sometida a los principios utilitarios de la razón
contable y de la mercantilización generalizada. Pero los líderes fascistas,
sostiene Bataille, pertenecen sin discusión a la existencia heterogénea. La
fuerza que los sitúa por encima “es
la fuerza que rompe el curso regular de las cosas, la homogeneidad
apacible pero fastidiosa e impotente para mantenerse a sí misma”. Una fuerza
análoga a la que se ejerce en la hipnosis.
El
Estado no es rey ni jefe, instancias soberanas, solo “toma en préstamo su
carácter obligatorio”, y está siempre al servicio de la homogeneidad amenazada.
Su función es regular o aniquilar, recurriendo a elementos imperativos, a las
“fuerzas desordenadas”, es decir, todos aquellos elementos que no se benefician
del régimen homogéneo, o lo hacen de manera insuficiente a su parecer, o bien
sencillamente no pueden soportar los frenos que la homogeneidad opone a la
agitación. Contra las fuerzas inasimilables, añade Bataille, solo cabe el
ejercicio de una “autoridad estricta”. El Estado fascista, por su parte, es “una
reunión consumada de los elementos heterogéneos con los elementos homogéneos,
de la soberanía propiamente dicha con el Estado”. Aparece, antes que nada, como
concentración y como condensación de poder, y ese poder tiene un fundamento al
mismo tiempo religioso y militar, aunque el aspecto predominante sea este
último. El fascismo no es más que una reactivación aguda de la instancia
soberana latente, un retorno bestial de ciertos elementos reprimidos por la
sociedad burguesa (la violencia, las pulsiones tanáticas, el deseo de
sacrificio y transgresión), que no solo no cuestiona, sino que refuerza los
mecanismos de la misma sociedad que lo ha engendrado.
El
líder fascista, añade Bataille, es una especie de “jefe-dios”, que impone una
sumisión sin reservas bajo pena de desatar una violencia desenfrenada. Él es el
único soberano y solo él sabe cómo obtener la abdicación de toda “soberanía
personal” de aquellos que conforman la comunidad popular. Su pensamiento y su
voluntad son el pensamiento y la voluntad de esa comunidad, su Volksgeist,
que Bataille interpreta como una suerte de “cuerpo místico”: cada uno de los
individuos que la conforman no es más que un miembro del cuerpo divino
patriótico, dirigido por la testa teofánica del “jefe-dios”, Duce o Führer.
Algunos
años después, con un recién estrenado gobierno del Frente Popular, Bataille
escribiría en uno de los últimos boletines de Contre-Attaque: “En el
mundo actual, tal vez el opio del pueblo no sea la religión, sino el
aburrimiento aceptado. Un mundo así, hay que decirlo, está a merced de aquellos
que ofrecen al menos una apariencia de salida del aburrimiento. La vida humana
aspira a las pasiones y se encuentra con sus exigencias”. Los militantes de la Croix
de Feu no son más que gente que se aburre, y la exaltación barata de la que
hacen gala no es más que un débil destello de vida en unos cerebros por lo
demás vacíos. La voluntad de aventura que parece animar el discurso fascista,
su invitación a “vivir peligrosamente”, pueden resonar así como un llamamiento
a recuperar el aspecto pasional en el “mundo sin corazón ni alma” de la
sociedad burguesa. Una sociedad en la que, como dirá Raoul Vaneigem treinta
años después, la garantía de no morir de hambre se paga al precio de morir de
aburrimiento. Y en este aspecto las fuerzas antifascistas parecen estar en
desventaja, porque las izquierdas en general, y la oposición comunista en particular,
ven en el tedio la marca misma de la seriedad revolucionaria.
[1]
Y en tercer lugar, “como porno”, como decía la protagonista de The
Good Fight, Diane
Lockheart.

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