domingo, 19 de julio de 2026

Allí donde está el peligro… Georges Bataille contra el fascismo

 


París, martes 6 de febrero de 1934. La Croix de Feu de La Rocque, la Acción Francesa, las ligas de excombatientes y otras organizaciones de extrema derecha llaman a manifestarse contra la investidura de Daladier. Poco a poco los manifestantes convergen en la plaza de la Concordia, frente a la sede de la Asamblea Nacional francesa. La concentración degenera en revuelta, y la revuelta en matanza. La batalla se prolonga hasta la madrugada y se salda con 17 muertos y más de 1500 heridos. Al día siguiente el periódico socialista Le Populaire titula en su primera: “El golpe fascista ha fracasado” y L’Huma: “El París obrero ha respondido”, si bien se sabe que algunos grupos comunistas también han participado en la algarada. Aunque inestable y tambaleante, la III República aún se mantendrá viva seis años más. El régimen de Weimar, al otro lado del Rin, no ha tenido tanta suerte: el año anterior, y en apenas unos meses, Hitler y los suyos se han hecho con todos los poderes del Estado. Ya hace más de una década de la marcha sobre Roma, y pronto caerá también España. 

 

Los paralelismos entre nuestro tiempo y la década de los treinta del siglo XX se están convirtiendo en un lugar común. Quizá la historia no se repita y, si lo hace, sea variando su forma dramatúrgica (ya se sabe: primero como tragedia y luego como farsa[1]), pero tal vez siga siendo pertinente plantearse hoy una cuestión que Georges Bataille ya afrontó hace casi un siglo: ¿De dónde deriva su fascinación el fascismo? ¿Cómo desviar, si es posible, la energía libidinal que inviste ciertos significantes (patria, familia, trabajo; o patria, padre, patrón) en un sentido emancipatorio, no jerárquico, universalista, anticapitalista y antibelicista? Bataille parte de una constatación: los únicos movimientos “revolucionarios” que han conseguido triunfar en el contexto de las democracias liberales han sido los fascistas. Las revoluciones anteriores, liberales o socialistas, fueron el resultado de una insurrección contra regímenes autocráticos, y los movimientos de masas que las impulsaron, por lo general interclasistas, derivaban su precaria unidad del carácter único del tirano o el monarca al que trataban de destronar.

 

En noviembre de 1933, cuando ya hacía meses que el Reichstag había sido pasto de las llamas en Berlín, Bataille publicaba en La Critique Sociale de Boris Souvarine un extenso artículo titulado “La estructura psicológica del fascismo”. Su objetivo era ofrecer una tentativa de análisis general de un ámbito que hasta entonces había sido descuidado por el marxismo más ortodoxo, el de la superestructura social y las leyes que rigen sus transformaciones, inspirándose en las aportaciones del psicoanálisis freudiano, la sociología francesa y la filosofía hegeliana. El punto de partida, y el eje que articula todo el texto, es la oposición entre los elementos homogéneos de la sociedad y los elementos heterogéneos, o entre homogeneidad y heterogeneidad. La parte homogénea –dice Bataille- se basa en la conmensurabilidad de los elementos que la componen. Es el ámbito de la producción, de la “razón instrumental”, por utilizar los términos de Max Weber, el reino de lo útil, sometido al dinero como unidad de medida común o equivalente universal de valor. En él, “cada hombre vale según lo que produce”, no es pues “para sí”, dicho al modo hegeliano.    

 

La heterogeneidad es, por el contrario, el ámbito de lo irreductible e inasimilable. El saber se encuentra aquí con un escollo insalvable porque la ciencia –la psicología social, en este caso- “no puede conocer elementos heterogéneos en sí mismos”, ya que “tiene como objeto fundar la homogeneidad de los fenómenos”. De ellos solo cabe hacer una “sociología negativa”, del mismo modo que se habla de “teología negativa” para referirse a un conocimiento que apunta a lo que por definición es indefinible. Un conocimiento de la “diferencia no explicable”, dice Bataille, que más adelante acuñará el concepto de heterología para delimitar esa forma paradójica de saber. Lo heterogéneo es aquello que la sociedad homogénea expulsa hacia sus márgenes, por arriba o por abajo, bien como desecho bien como valor superior trascendente. Está relacionado con aquello que Durkheim había llamado “lo sagrado”: el mundo de la sinrazón, del mal y la soberanía, que se opone al mundo bien asentado de lo razonable, y lleva la marca de la violencia, la desmesura, el delirio, la locura. El inconsciente es uno de sus aspectos. Si la realidad homogénea es la de los objetos (abstractos, neutros), la realidad heterogénea es la de la fuerza o el choque. Sus elementos provocan reacciones afectivas de intensidad variable, de atracción o repulsión, que además son reversibles.

 

La sociedad burguesa se funda en el rechazo o la negación de lo heterogéneo. Aspira inútilmente a evacuar todo elemento que no pueda ser integrado en un proceso productivo en el que toda la energía debe ponerse al servicio de un crecimiento perpetuo, sin pérdidas ni gastos superfluos. La sociedad burguesa es una sociedad descabezada, sin Dios ni rey, esas instancias trascendentes de soberanía que en otros tiempos dotaban de unidad y de sentido a la comunidad, y está sometida a los principios utilitarios de la razón contable y de la mercantilización generalizada. Pero los líderes fascistas, sostiene Bataille, pertenecen sin discusión a la existencia heterogénea. La fuerza que los sitúa por encima “es la fuerza que rompe el curso regular de las cosas, la homogeneidad apacible pero fastidiosa e impotente para mantenerse a sí misma”. Una fuerza análoga a la que se ejerce en la hipnosis.

 

El Estado no es rey ni jefe, instancias soberanas, solo “toma en préstamo su carácter obligatorio”, y está siempre al servicio de la homogeneidad amenazada. Su función es regular o aniquilar, recurriendo a elementos imperativos, a las “fuerzas desordenadas”, es decir, todos aquellos elementos que no se benefician del régimen homogéneo, o lo hacen de manera insuficiente a su parecer, o bien sencillamente no pueden soportar los frenos que la homogeneidad opone a la agitación. Contra las fuerzas inasimilables, añade Bataille, solo cabe el ejercicio de una “autoridad estricta”. El Estado fascista, por su parte, es “una reunión consumada de los elementos heterogéneos con los elementos homogéneos, de la soberanía propiamente dicha con el Estado”. Aparece, antes que nada, como concentración y como condensación de poder, y ese poder tiene un fundamento al mismo tiempo religioso y militar, aunque el aspecto predominante sea este último. El fascismo no es más que una reactivación aguda de la instancia soberana latente, un retorno bestial de ciertos elementos reprimidos por la sociedad burguesa (la violencia, las pulsiones tanáticas, el deseo de sacrificio y transgresión), que no solo no cuestiona, sino que refuerza los mecanismos de la misma sociedad que lo ha engendrado.  

 

El líder fascista, añade Bataille, es una especie de “jefe-dios”, que impone una sumisión sin reservas bajo pena de desatar una violencia desenfrenada. Él es el único soberano y solo él sabe cómo obtener la abdicación de toda “soberanía personal” de aquellos que conforman la comunidad popular. Su pensamiento y su voluntad son el pensamiento y la voluntad de esa comunidad, su Volksgeist, que Bataille interpreta como una suerte de “cuerpo místico”: cada uno de los individuos que la conforman no es más que un miembro del cuerpo divino patriótico, dirigido por la testa teofánica del “jefe-dios”, Duce o Führer.

 

Algunos años después, con un recién estrenado gobierno del Frente Popular, Bataille escribiría en uno de los últimos boletines de Contre-Attaque: “En el mundo actual, tal vez el opio del pueblo no sea la religión, sino el aburrimiento aceptado. Un mundo así, hay que decirlo, está a merced de aquellos que ofrecen al menos una apariencia de salida del aburrimiento. La vida humana aspira a las pasiones y se encuentra con sus exigencias”. Los militantes de la Croix de Feu no son más que gente que se aburre, y la exaltación barata de la que hacen gala no es más que un débil destello de vida en unos cerebros por lo demás vacíos. La voluntad de aventura que parece animar el discurso fascista, su invitación a “vivir peligrosamente”, pueden resonar así como un llamamiento a recuperar el aspecto pasional en el “mundo sin corazón ni alma” de la sociedad burguesa. Una sociedad en la que, como dirá Raoul Vaneigem treinta años después, la garantía de no morir de hambre se paga al precio de morir de aburrimiento. Y en este aspecto las fuerzas antifascistas parecen estar en desventaja, porque las izquierdas en general, y la oposición comunista en particular, ven en el tedio la marca misma de la seriedad revolucionaria.       

 

El fascismo sería una solución ilusoria y criminal al proceso de “desencantamiento del mundo” provocado por la modernidad, objetivamente al servicio del mantenimiento del modo de producción capitalista. Combatirlo eficazmente, concluye Bataille, exige “desarrollar un sistema de conocimientos que permita prever las reacciones afectivas sociales que recorren la superestructura –y quizás incluso, hasta cierto punto, disponer de ellas-”, es decir, que permita apropiarse de las armas del adversario para volverlas contra él y eliminarlo. “Un sistema de conocimientos que aborde los movimientos sociales de atracción y repulsión se presenta de la manera más despojada como un arma. Y eso ocurre en el momento en que una amplia convulsión opone no exactamente fascismo a comunismo, sino formas imperativas radicales a la profunda subversión que continúa buscando la emancipación de las vidas humanas”. O dicho en otros términos, que opone la hipertrofia del poder estatal, sea nazifascista o estalinista, a la negación y la superación del Estado.

ARTÍCULO PUBLICADO EN LOS Nº 412 Y 413 DE





[1] Y en tercer lugar, “como porno”, como decía la protagonista de The Good Fight, Diane Lockheart.

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