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domingo, 19 de julio de 2026

Allí donde está el peligro… Georges Bataille contra el fascismo

 


París, martes 6 de febrero de 1934. La Croix de Feu de La Rocque, la Acción Francesa, las ligas de excombatientes y otras organizaciones de extrema derecha llaman a manifestarse contra la investidura de Daladier. Poco a poco los manifestantes convergen en la plaza de la Concordia, frente a la sede de la Asamblea Nacional francesa. La concentración degenera en revuelta, y la revuelta en matanza. La batalla se prolonga hasta la madrugada y se salda con 17 muertos y más de 1500 heridos. Al día siguiente el periódico socialista Le Populaire titula en su primera: “El golpe fascista ha fracasado” y L’Huma: “El París obrero ha respondido”, si bien se sabe que algunos grupos comunistas también han participado en la algarada. Aunque inestable y tambaleante, la III República aún se mantendrá viva seis años más. El régimen de Weimar, al otro lado del Rin, no ha tenido tanta suerte: el año anterior, y en apenas unos meses, Hitler y los suyos se han hecho con todos los poderes del Estado. Ya hace más de una década de la marcha sobre Roma, y pronto caerá también España. 

 

Los paralelismos entre nuestro tiempo y la década de los treinta del siglo XX se están convirtiendo en un lugar común. Quizá la historia no se repita y, si lo hace, sea variando su forma dramatúrgica (ya se sabe: primero como tragedia y luego como farsa[1]), pero tal vez siga siendo pertinente plantearse hoy una cuestión que Georges Bataille ya afrontó hace casi un siglo: ¿De dónde deriva su fascinación el fascismo? ¿Cómo desviar, si es posible, la energía libidinal que inviste ciertos significantes (patria, familia, trabajo; o patria, padre, patrón) en un sentido emancipatorio, no jerárquico, universalista, anticapitalista y antibelicista? Bataille parte de una constatación: los únicos movimientos “revolucionarios” que han conseguido triunfar en el contexto de las democracias liberales han sido los fascistas. Las revoluciones anteriores, liberales o socialistas, fueron el resultado de una insurrección contra regímenes autocráticos, y los movimientos de masas que las impulsaron, por lo general interclasistas, derivaban su precaria unidad del carácter único del tirano o el monarca al que trataban de destronar.

 

En noviembre de 1933, cuando ya hacía meses que el Reichstag había sido pasto de las llamas en Berlín, Bataille publicaba en La Critique Sociale de Boris Souvarine un extenso artículo titulado “La estructura psicológica del fascismo”. Su objetivo era ofrecer una tentativa de análisis general de un ámbito que hasta entonces había sido descuidado por el marxismo más ortodoxo, el de la superestructura social y las leyes que rigen sus transformaciones, inspirándose en las aportaciones del psicoanálisis freudiano, la sociología francesa y la filosofía hegeliana. El punto de partida, y el eje que articula todo el texto, es la oposición entre los elementos homogéneos de la sociedad y los elementos heterogéneos, o entre homogeneidad y heterogeneidad. La parte homogénea –dice Bataille- se basa en la conmensurabilidad de los elementos que la componen. Es el ámbito de la producción, de la “razón instrumental”, por utilizar los términos de Max Weber, el reino de lo útil, sometido al dinero como unidad de medida común o equivalente universal de valor. En él, “cada hombre vale según lo que produce”, no es pues “para sí”, dicho al modo hegeliano.    

 

La heterogeneidad es, por el contrario, el ámbito de lo irreductible e inasimilable. El saber se encuentra aquí con un escollo insalvable porque la ciencia –la psicología social, en este caso- “no puede conocer elementos heterogéneos en sí mismos”, ya que “tiene como objeto fundar la homogeneidad de los fenómenos”. De ellos solo cabe hacer una “sociología negativa”, del mismo modo que se habla de “teología negativa” para referirse a un conocimiento que apunta a lo que por definición es indefinible. Un conocimiento de la “diferencia no explicable”, dice Bataille, que más adelante acuñará el concepto de heterología para delimitar esa forma paradójica de saber. Lo heterogéneo es aquello que la sociedad homogénea expulsa hacia sus márgenes, por arriba o por abajo, bien como desecho bien como valor superior trascendente. Está relacionado con aquello que Durkheim había llamado “lo sagrado”: el mundo de la sinrazón, del mal y la soberanía, que se opone al mundo bien asentado de lo razonable, y lleva la marca de la violencia, la desmesura, el delirio, la locura. El inconsciente es uno de sus aspectos. Si la realidad homogénea es la de los objetos (abstractos, neutros), la realidad heterogénea es la de la fuerza o el choque. Sus elementos provocan reacciones afectivas de intensidad variable, de atracción o repulsión, que además son reversibles.

 

La sociedad burguesa se funda en el rechazo o la negación de lo heterogéneo. Aspira inútilmente a evacuar todo elemento que no pueda ser integrado en un proceso productivo en el que toda la energía debe ponerse al servicio de un crecimiento perpetuo, sin pérdidas ni gastos superfluos. La sociedad burguesa es una sociedad descabezada, sin Dios ni rey, esas instancias trascendentes de soberanía que en otros tiempos dotaban de unidad y de sentido a la comunidad, y está sometida a los principios utilitarios de la razón contable y de la mercantilización generalizada. Pero los líderes fascistas, sostiene Bataille, pertenecen sin discusión a la existencia heterogénea. La fuerza que los sitúa por encima “es la fuerza que rompe el curso regular de las cosas, la homogeneidad apacible pero fastidiosa e impotente para mantenerse a sí misma”. Una fuerza análoga a la que se ejerce en la hipnosis.

 

El Estado no es rey ni jefe, instancias soberanas, solo “toma en préstamo su carácter obligatorio”, y está siempre al servicio de la homogeneidad amenazada. Su función es regular o aniquilar, recurriendo a elementos imperativos, a las “fuerzas desordenadas”, es decir, todos aquellos elementos que no se benefician del régimen homogéneo, o lo hacen de manera insuficiente a su parecer, o bien sencillamente no pueden soportar los frenos que la homogeneidad opone a la agitación. Contra las fuerzas inasimilables, añade Bataille, solo cabe el ejercicio de una “autoridad estricta”. El Estado fascista, por su parte, es “una reunión consumada de los elementos heterogéneos con los elementos homogéneos, de la soberanía propiamente dicha con el Estado”. Aparece, antes que nada, como concentración y como condensación de poder, y ese poder tiene un fundamento al mismo tiempo religioso y militar, aunque el aspecto predominante sea este último. El fascismo no es más que una reactivación aguda de la instancia soberana latente, un retorno bestial de ciertos elementos reprimidos por la sociedad burguesa (la violencia, las pulsiones tanáticas, el deseo de sacrificio y transgresión), que no solo no cuestiona, sino que refuerza los mecanismos de la misma sociedad que lo ha engendrado.  

 

El líder fascista, añade Bataille, es una especie de “jefe-dios”, que impone una sumisión sin reservas bajo pena de desatar una violencia desenfrenada. Él es el único soberano y solo él sabe cómo obtener la abdicación de toda “soberanía personal” de aquellos que conforman la comunidad popular. Su pensamiento y su voluntad son el pensamiento y la voluntad de esa comunidad, su Volksgeist, que Bataille interpreta como una suerte de “cuerpo místico”: cada uno de los individuos que la conforman no es más que un miembro del cuerpo divino patriótico, dirigido por la testa teofánica del “jefe-dios”, Duce o Führer.

 

Algunos años después, con un recién estrenado gobierno del Frente Popular, Bataille escribiría en uno de los últimos boletines de Contre-Attaque: “En el mundo actual, tal vez el opio del pueblo no sea la religión, sino el aburrimiento aceptado. Un mundo así, hay que decirlo, está a merced de aquellos que ofrecen al menos una apariencia de salida del aburrimiento. La vida humana aspira a las pasiones y se encuentra con sus exigencias”. Los militantes de la Croix de Feu no son más que gente que se aburre, y la exaltación barata de la que hacen gala no es más que un débil destello de vida en unos cerebros por lo demás vacíos. La voluntad de aventura que parece animar el discurso fascista, su invitación a “vivir peligrosamente”, pueden resonar así como un llamamiento a recuperar el aspecto pasional en el “mundo sin corazón ni alma” de la sociedad burguesa. Una sociedad en la que, como dirá Raoul Vaneigem treinta años después, la garantía de no morir de hambre se paga al precio de morir de aburrimiento. Y en este aspecto las fuerzas antifascistas parecen estar en desventaja, porque las izquierdas en general, y la oposición comunista en particular, ven en el tedio la marca misma de la seriedad revolucionaria.       

 

El fascismo sería una solución ilusoria y criminal al proceso de “desencantamiento del mundo” provocado por la modernidad, objetivamente al servicio del mantenimiento del modo de producción capitalista. Combatirlo eficazmente, concluye Bataille, exige “desarrollar un sistema de conocimientos que permita prever las reacciones afectivas sociales que recorren la superestructura –y quizás incluso, hasta cierto punto, disponer de ellas-”, es decir, que permita apropiarse de las armas del adversario para volverlas contra él y eliminarlo. “Un sistema de conocimientos que aborde los movimientos sociales de atracción y repulsión se presenta de la manera más despojada como un arma. Y eso ocurre en el momento en que una amplia convulsión opone no exactamente fascismo a comunismo, sino formas imperativas radicales a la profunda subversión que continúa buscando la emancipación de las vidas humanas”. O dicho en otros términos, que opone la hipertrofia del poder estatal, sea nazifascista o estalinista, a la negación y la superación del Estado.

ARTÍCULO PUBLICADO EN LOS Nº 412 Y 413 DE





[1] Y en tercer lugar, “como porno”, como decía la protagonista de The Good Fight, Diane Lockheart.

sábado, 21 de junio de 2025

Vincennes 1974 Pasolini en el país de los mao-spontex (artículo completo)

 


Una “masa oceánica” llena el estadio. Un coro de niñas vestidas de un blanco virginal entona el conocido himno fascista de Beniamino Gigli: “Giovinezza, giovinezza, primavera di bellezza…”. Un grupo de Balillas y de Hijos de la Loba brinca delante de la cámara. Reina un ambiente festivo, pero dentro de un rígido orden militar. Desfiles, demostraciones atléticas, ¡saludo al Duce! La voz del escritor Giorgio Bassani, en off, le pone el contrapunto didáctico a las imágenes: “Esta es una película muy dramática. […] Está destinada a las nuevas generaciones que han nacido en la libertad. […] La Italia de hoy está preparada para contemplar su pasado, un mal que se llama «fascismo». Este mal se cura conociéndolo, estudiándolo en el rostro, en los gestos, en las palabras, del hombre que lo inventó. Tras esa fachada propagandística, el espectador no ve hoy la realidad de entonces. La realidad fue la destrucción física de muchos ciudadanos italianos y la crisis casi mortal de nuestra cultura”.

            Universidad de Vincennes, París, 6 de diciembre de 1974. Ha pasado medio siglo desde la Marcha sobre Roma, una guerra mundial, los campos de exterminio. Ha pasado Mayo del 68. Vincennes es de hecho resultado de la ola de reformas que siguieron a la pleamar de las revueltas de ese año, el efecto de un proceso de “modernización” de la institución universitaria. Sus aulas y sus cátedras acogen desde octubre del 68 a corrientes y disciplinas que hasta entonces habían sido marginadas por la Academia, del psicoanálisis de corte lacaniano, por ejemplo, a las distintas variantes del estructuralismo. Michel Foucault, Helène Cixous, Gilles Deleuze, Jean-François Lyotard o Michel Serres se cuentan o se han contado entre sus docentes. Vincennes es además un punto de encuentro entre intelectuales radicales y jóvenes militantes de extrema izquierda, el lugar en el que el posestructuralismo y el maoísmo a la francesa se dan la mano. “Un laboratorio lúdico –según la expresión de Christophe Bourseiller- en el que se reúnen todos los matices de la protesta”.   

            Maria Antonietta Macciocchi tiene entonces cincuenta y dos años y una larga historia como militante comunista que se remonta a los tiempos de la resistencia contra el fascismo. En 1971, tras retornar de un viaje a China, Macciocchi había publicado un panegírico de más de quinientas páginas en honor a la Revolución Cultural que le hizo caer en desgracia dentro del PCI, pero suscitó el interés de los maoístas franceses. La revista Tel Quel de Sollers y Kristeva enseguida la acoge en su equipo de redacción, y al año siguiente es Vincennes la que la contrata como profesora de sociología política. Durante el curso 1974-1975 Macciocchi pone en marcha un seminario al que da el título de “Análisis del fascismo, de los orígenes a la actualidad”. El programa es ambicioso, además de las conferencias de expertos en el tema, además de los debates, Macciocchi tiene previsto todo un programa de proyecciones que incluye títulos como El judío Süß, Metrópolis o Fascista, dirigida por Nico Naldini y producida por su primo Pier Paolo Pasolini, que es la que abre el ciclo. Macciocchi los ha invitado a ambos para que presenten el filme y debatan con el público asistente. A Pasolini lo conoce desde finales de los cincuenta, cuando propuso al poeta participar en Vie Nuove, una revista también vinculada al PCI.

            Terminado el pase de la película, la anfitriona le cede la palabra a Naldini. El anfiteatro de la universidad, con un aforo para unas dos mil personas, rebosa de gente. Hace un par de días que los chicos del Grupo Foudre (Rayo) de Intervención Cultural, fundado ese mismo año, vienen caldeando el ambiente. Altavoz en mano, no han dejado de llamar al sabotaje de “la película fascista de Naldini”. Foudre está vinculado a la UCF(ml) de Alain Badiou, también profesor en la universidad, y tiene como objetivo autoproclamado “desestabilizar el nuevo uso de la historia del fascismo”. Esa tarde de diciembre quieren hacerse oír. Naldini toma el micrófono, trata de explicarse. La película está hecha a partir del material documental rescatado del Instituto Luce y su objetivo es eminentemente pedagógico. Se trataría, dice, de estudiar el “comportamiento dictatorial” a partir del estudio “del hombre que reinventó el estilo de la dictadura moderna”. La película muestra los efectos de la retórica fascista sobre las masas italianas utilizando el material producido por los fascistas mismos. En cierto modo, “es un autorretrato de Mussolini”. Desde una perspectiva psicoanalítica, continúa, también saca a la luz la “libido hipernarcisista” del dictador. Y es entonces cuando empiezan las risas, los abucheos, los aplausos irónicos. “¡Pasemos al debate!”, se grita desde el público.

            Jean-Pierre Faye interrumpe para leer un comunicado del Comité de Apoyo a los Presos Españoles implicados en el proceso por el atentado contra Carrero Blanco. Otra voz inicia después el debate, señalando que Fascista de Naldini es, en efecto, una película de propaganda fascista. Enhebrar una serie de documentos producidos por el aparato propagandístico mussoliniano no tiene nada de neutral. Nunca se alude al contexto externo del régimen, añade, y el comentario crítico brilla por su ausencia a lo largo de todo el metraje. Otras críticas irán en el mismo sentido. Es una ingenuidad, apunta alguien, pensar que “la película puede criticarse por sí misma”. Por lo demás, en el filme subyace una concepción idealista, cuando no psicologista, de la historia. Nikos Polulantzas, también presente, señala que un problema fundamental es que la película no se plantea como un autorretrato de los fascistas, sino como un “filme sobre el fascismo”. Queda clara la implantación del fascismo entre las masas, pero habría que preguntarse “de qué masas estamos hablando”.

            Cuando le llega el turno a Pasolini, el griterío arrecia. Sobre los consabidos “¡Fascista, fascista!” se impone un coro que vocifera un inexplicable “¡Pasolini, assassini!”. Es probable que algunos no hayan olvidado su poema “Il PCI ai giovani!!”, publicado en pleno 68, donde Pasolini afirmaba “simpatizar con los policías” y no con los rebeldes (“hijos de papá”) del movimiento estudiantil. A duras penas, consigue finalmente hablar. La intervención, no obstante, será breve. El tema de la película, explica, es la relación de un jefe con su masa. Solo quien ha vivido desde dentro la singularidad de la evolución histórica de la Italia contemporánea, parece sugerir Pasolini, puede comprender cabalmente la película de Naldini. En su opinión, todo el alboroto que se está montando obedece a un malentendido, a una especie de ceguera que aqueja a un público compuesto mayoritariamente por jóvenes franceses o procedentes del llamado “Tercer Mundo”. Ello explica “su falta de interés por los individuos”, por esos rostros venidos del pasado que –dice Pasolini- “no tienen nada que ver con los italianos de hoy”. En ellos se dio una “adhesión espectacular” al fascismo, no real. Cuando esos campesinos y trabajadores que aparecen en la película se quitaron la camisa negra volvieron a ser los mismos que eran antes de la dictadura mussoliniana. El peor fascismo vino después, concluye Pasolini. Los treinta años de Democracia Cristiana han conseguido algo que el fascismo histórico no consiguió: transformar en lo más profundo de su ser a los italianos.

sábado, 14 de junio de 2025

Vincennes 1974. Pasolini en el país de los mao-spontex (2ª parte)

 


Pasolini ya se había expresado en términos similares en una entrevista con Costanzo Costantini, publicada por Il Messagero pocas semanas antes del escándalo de Vincennes. Su primera impresión tras ver la película, apunta entonces, es de carácter antropológico: en la película uno asiste a la representación de “un tipo antropológico italiano que ha sido así durante siglos y siglos, y solo ha cambiado en estos últimos diez años”. La segunda es de orden estilístico: no hay “nada de retórica antifascista, nada de fácil «ridiculización» del fascismo, [sino] representación del fascismo a través del material elaborado por el propio fascismo, es decir, a través de su idea falsa y verdadera de sí mismo". La película, como dirá también en Vincennes, trata sobre “la relación entre un Jefe y su Pueblo”. Pero ni un pueblo ni un jefe así existen ya. Ni podrían existir. Mussolini era un grotesco fantoche que sería incapaz de aguantar la prueba de los actuales medios de comunicación, sentencia Pasolini. Por desgracia, o por fortuna, Pasolini no vivió lo suficiente para contemplar como fantoches aún más grotescos que el Duce accedían al poder sirviéndose precisamente de esos medios. Y adelantándose a lo que ocurriría en la universidad parisina, advierte: Fascista es una película bellísima, pero también peligrosa "porque son solo los destinatarios de buena fe los que aceptan el juego".

            En otra entrevista, publicada veinte días después del desencuentro con los maos, Pasolini conseguirá elaborar la respuesta que no le permitieron desarrollar allí. Existe, dice ahora, lo que puede llamarse un antifascismo “arqueológico" y perfectamente confortable. “Buena parte del antifascismo hoy, o al menos de eso que se llama antifascismo, o es ingenuo y estúpido o es engañoso y malintencionado: porque combate, o finge combatir, a un fenómeno muerto y enterrado, exactamente arqueológico, que ya no puede asustar a nadie”. El auténtico fascismo, según Pasolini, es eso que los sociólogos han llamado, de forma demasiado amable, la “sociedad de consumo”. Ahí se encuentra, pues, el verdadero enemigo de un antifascismo consecuente. “Los democristianos –repite- han resultado ser, aunque sin darse cuenta, los verdaderos y auténticos fascistas de hoy”. Pero añade: los jóvenes fascistas sí constituyen un peligro real porque son abiertamente neonazis. “Hoy son unos pocos millares, pero mañana podrían ser un ejército”. Hay que estar muy alerta porque Italia está viviendo una crisis histórica (tal como Gramsci la entendía) similar a la que había vivido Alemania antes del ascenso del nazismo. “Homologación y abandono de los antiguos valores campesinos, tradicionales, particularistas, regionales, [ese es] el humus en el que creció la Alemania nazi. […] Es el pueblo el que se está convirtiendo en pequeña burguesía, pero no lo es todavía ni es ya tampoco pueblo”.


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sábado, 10 de mayo de 2025

Vincennes 1974. Pasolini en el país de los mao-spontex (1ª parte)

 


Una “masa oceánica” llena el estadio. Un coro de niñas vestidas de un blanco virginal entona el conocido himno fascista de Beniamino Gigli: “Giovinezza, giovinezza, primavera di bellezza…”. Un grupo de Balillas y de Hijos de la Loba brinca delante de la cámara. Reina un ambiente festivo, pero dentro de un rígido orden militar. Desfiles, demostraciones atléticas, ¡saludo al Duce! La voz del escritor Giorgio Bassani, en off, le pone el contrapunto didáctico a las imágenes: “Esta es una película muy dramática. […] Está destinada a las nuevas generaciones que han nacido en la libertad. […] La Italia de hoy está preparada para contemplar su pasado, un mal que se llama «fascismo». Este mal se cura conociéndolo, estudiándolo en el rostro, en los gestos, en las palabras, del hombre que lo inventó. Tras esa fachada propagandística, el espectador no ve hoy la realidad de entonces. La realidad fue la destrucción física de muchos ciudadanos italianos y la crisis casi mortal de nuestra cultura”.

            Universidad de Vincennes, París, 6 de diciembre de 1974. Ha pasado medio siglo desde la Marcha sobre Roma, una guerra mundial, los campos de exterminio. Ha pasado Mayo del 68. Vincennes es de hecho resultado de la ola de reformas que siguieron a la pleamar de las revueltas de ese año, el efecto de un proceso de “modernización” de la institución universitaria. Sus aulas y sus cátedras acogen desde octubre del 68 a corrientes y disciplinas que hasta entonces habían sido marginadas por la Academia, del psicoanálisis de corte lacaniano, por ejemplo, a las distintas variantes del estructuralismo. Michel Foucault, Helène Cixous, Gilles Deleuze, Jean-François Lyotard o Michel Serres se cuentan o se han contado entre sus docentes. Vincennes es además un punto de encuentro entre intelectuales radicales y jóvenes militantes de extrema izquierda, el lugar en el que el posestructuralismo y el maoísmo a la francesa se dan la mano. “Un laboratorio lúdico –según la expresión de Christophe Bourseiller- en el que se reúnen todos los matices de la protesta”.   

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martes, 20 de noviembre de 2007

AGITPROV. DE CÓMO NOS CUENTAN LOS QUE NOS CUENTAN


[Malintencionado análisis textual de un artículo publicado en El País el 18 de noviembre de 2007]


Queréis atraparnos pero no podéis
Tampoco tenemos precio
Vosotros veréis que hacéis
Nosotros... ya veremos

Decía o escribía alguien -creo recordar que se lo leí al Albiac de antes de la conversión, pero no estoy seguro- que la justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música sin más. La analogía permite, desde luego, variaciones múltiples. Por ejemplo: la música militar es a la música lo que la razón policial es a la razón, o a la inversa: simple, estridente, monocorde, pobre en melodía y de ritmo mecánico, y así sucesivamente. Cuando el discurso periodístico se contamina de razón policial -cosa que ocurre más a menudo de lo que sería deseable, pues son parientes próximos-, adquiere esas mismas características y tonalidades.

"La amalgama de personas que engloba al denominado movimiento antisistema hace muy difícil su control por parte de la policía". El discurso periodístico indica así el corazón mismo de la razón policial, el tema central que organiza la pobreza de sus composiciones. Se trata, en efecto, de control, un ritornello que se repetirá con una perseverancia paranoica. Si se quiere controlar a los otros es necesario reducirlos a una identidad manejable y operativa. Las 'amalgamas', los conjuntos difusos, las agrupaciones lábiles ponen en crisis a la razón policial. En tales situaciones y para evitar el cortocircuito será necesario generar categorías puramente negativas (sin-papeles, ultraizquierda, antisistema, etc.) con las que pueda designarse el vacío de la no-identidad.

"A los neonazis se les tiene controlados. Suelen ser siempre los mismos. Con los radicales antitodo no ocurre", afirman los periodistas que afirma un mando de la policía. En la topografía del orden que la razón policial establece, la tierra es plana y está rodeada por abismos insondables a través de los cuales evolucionan especies monstruosas: los radicales. Los radicales son seres extraños y bifrontes -como Jano-, pardos por una cara y rojos por la otra, pero en cualquier caso, unos y los mismos en cualesquiera situaciones. En su faceta colorada -se nos dice-, los radicales visten la máscara del 'antitodo', esa bestia paradójica que sólo cabe definir por su irracional furia destructiva. La razón policial, siempre tan despierta, también produce monstruos.

""El problema es que se mueven en colectivos y asociaciones; cada uno de su padre y de su madre", aseguran las mismas fuentes policiales". El problema es que se mueven. Los radicales antitodo, los antisistema se mueven, y lo que es peor no se mueven cómo ni por los canales que Dios y el orden mandan, sino "en colectivos y asociaciones cada uno de su padre y de su madre", aunque mejor sería decir "sin padre ni madre" o, cuando menos, sin padre ni madre reconocidos. Fea situación ésta, sin duda, que no permite ni siquiera fijar una filiación clara. Pues, ¿cómo asignar una ficha identificativa -es decir, policial- a esos bastardos que se agitan entre los matojos pero carecen de árbol genealógico? "Tampoco es fácil -se dice algo más adelante- reconocerlos por la estética", aunque -se añade en una leve contradicción- es "gente que no destaca por su elegante forma de vestir".

El peligro mayor radica en que el radical antitodo es capaz de infiltrarse por los intersticios y las grietas del sistema que las fuerzas del Orden no consiguen bloquear o restañar a tiempo. Disponen, como los Primordiales, de vías que comunican las galerías del Inframundo con la superficie de la Realidad. Y por eso, "se les puede encontrar en actos en los que coinciden con personas que no son para nada violentas: manifestaciones contra la guerra de Irak, por una vivienda digna...". La razón policial reconoce, a pesar de todo, la legitimidad de ciertas reivindicaciones e incluso la existencia de espacios para su igualmente legítima expresión. Sabe, en fin, que también hay gente buena y que lo de la democracia tampoco está tan mal, pero alerta a los rebeldes de bien de la posibilidad siempre acechante de que a través de sus cantos y lemas pueda colarse la voz de la Bestia. El ondear de las banderas rojas posee incluso cierto encanto si la tarde de la manifestación sale soleada y sopla una suave brisa primaveral.

Además a los radicales antitodo les pierde la boca, y por la boca muere el pez. En Madrid, el número de los "verdaderamente violentos" ronda los 500. "El resto, dicen, tienen [sic] una verborrea violenta, pero por suerte no pasan de ahí". De ahí es, desde luego, de donde no debe pasarse y, aun así, ya es ir muy lejos, como demuestra -"si me apuras"- el caso de Carlos Javier P. Fue -sentencia la autoridad policial- "su inmadurez la que lo mató". Han leído ustedes bien. No la destreza homicida de un soldadito de luces tan cortas como sus cabellos, no: la inmadurez de una víctima algo bocazas y no otra fue la causante del desgraciado acontecimiento. Desde Vidocq se conoce la continuidad entre el mundo policial y el mundo del hampa -anverso y reverso de la misma cosa, si se quiere-, no extrañará, pues, tampoco la cercanía de la razón policial con respecto a la simple justificación del asesino. ¡Joder, si es que los visten como ácratas!

La razón policial es una razón esencialmente reduccionista. Reduce lo múltiple y diverso a identidades manejables, reduce la razón política a un problema de orden público, reduce la complejidad a primitivas oposiciones binarias y, finalmente, reduce a golpes a los que, a pesar de los pesares, son incapaces de entrar en razón. Lo cual resulta, a todas luces, muy práctico. "Esta gente va contra el sistema establecido, está en contra de todo, y, por tanto, no creen en partidos políticos". Los radicales antitodo están en contra y no creen: son negatividad pura, un fluido corrosivo difícil de encauzar. Con ellos no hay quien pueda. Por no creer, no creen ni en los partidos políticos, que -como cualquier demócrata de toda la vida sabe- son el mejor invento desde el Agua de Seltz para elevar la voluntad popular al rango de poder político verdaderamente eficaz.

Acaso la razón policial no sea lo bastante potente -como venimos diciendo- para hacerse cargo de lo diverso, pero con la geografía urbana se apaña más o menos. Los radicales antitodo "tienen -al parecer- zonas muy asignadas. En Madrid se mueven muy bien por los distritos con menor renta per cápita". Reduccionista, tal vez, pero no se le puede echar en cara a la razón policial y sus encarnaciones terrenas la falta de perspicacia. ¡Sopresa sorprendente! Los radicales antitodo proceden de viejos barrios obreros como "Vallecas, Villaverde y Usera. En la periferia de la capital también tienen numerosos adeptos". Corren tiempos raros, así que no les extrañe si, después de todo y por mor de una curiosa inversión dialéctica, la razón policial termina por ser la única capaz de reconocer la lucha de clases allí donde se de.

lunes, 12 de noviembre de 2007

AMPUTACIONES HACE SUYO EL COMUNICADO DE NODO50


Desde la Asamblea de Nodo50 queremos hacer llegar todo nuestro apoyo a la Coordinadora Antifascista de Madrid, a los compañeros, amigos y familiares de Carlos, el último asesinado por bandas fascistas en el Estado Español. Recordamos y recordaremos a Carlos como un luchador ejemplar, como lo fueron también otros compañeros asesinados por el fascismo: abogados de Atocha, Arturo Ruiz, Yolanda González, Josu Muguruza, Guillem Aguyó o Roger Albert Giné, luchadores ejemplares a los que no vamos a dejar caer en el olvido.


Queremos denunciar públicamente la impunidad con que se mueve la ultraderecha y las bandas fascistas en la ciudad de Madrid, arropadas institucionalmente por buena parte de la estructura organizativa del PP y, en este caso, de la Delegación del Gobierno del PSOE; por no hablar de la cobertura mediática que la Iglesia y la COPE dan a toda corriente de pensamiento xenófoba, reaccionaria y ultraderechista. Este ambiente de complacencia, apoyo y soporte que encuentra la derecha neocon y ultraconservadora es el caldo de cultivo para la emergencia de organizaciones fascistas que como Democracia Nacional pretenden hacerse con el control de la calle, mientra la COPE pretende lo mismo en el plano mediático y el PP en el político institucional. Todo esto ante la pasividad, cobardía y a veces complacencia de un PSOE pusilánime y colaborador.


Exigimos al poder político la disolución inmediata de todas las organizaciones fascistas, racistas y xenófobas así como la ilegalización de sus manifestaciones y actividades públicas.


Por último hacemos un llamamiento a la movilización, la autoorganización y autodefensa de las redes y movimientos sociales, en una línea de trabajo unitaria, popular, anticapitalista y revolucionaria.


Madrid, 12 de Noviembre 2007


Asamblea de Nodo50