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viernes, 9 de marzo de 2007

AGITPROV. Informe Verídico sobre las Últimas Oportunidades de Salvar el Capitalismo en Italia (VIII) - G. Sanguinetti (1975)

[Si quieres leer el Informe desde el comienzo,
dale al Dante]




VII. Exhortación a liberar al capitalismo de sus irracionalidades, y a salvarlo.

“¿Me consideran duro?
Bien lo sé:
Les obligo a pensar”
ALFIERI, Epigramas.


QUIEN CONSIDERE el mundo conforme a la razón, será considerado por él conforme a la razón. Hay que obrar de acuerdo con los tiempos, y los tiempos han cambiado. Querer ir contra su curso es una empresa cuyo éxito es tan imposible como bien seguro su fracaso. La proximidad de la época fatal, si es que finalmente es sentida como tal por todos nosotros, podrá paradójicamente ser nuestra última oportunidad de salvación, y acaso un día podamos decir, a nuestra vez, las mismas palabras que el Príncipe de Condé durante las guerras de religión: “Nous périssions, si nous n’eussions été si près de périr”. No todo mal es perjudicial, a condición de saber explotar en nuestro exclusivo beneficio todas las ocasiones que aún puedan presentársenos y a pesar de la innegable precariedad de nuestra situación actual: “en el momento presente, era necesario para conocer la virtud de un espíritu italiano que Italia se viera reducida a la condición en que se encuentra ahora: […] sin un guía, sin orden, derrotada, despojada, despedazada, batida en todas direcciones por los invasores, y víctima de toda clase de desolación”, por emplear las palabras de la Exortatio ad capessendam Italiam [Maquiavelo].

A quien nos acusase de hablar demasiado –o demasiado rápido- de nuestra ruina y de su nada hipotética cercanía, le replicaríamos que tal es la primera tarea de quien quiera verdaderamente evitarla, pues no se encuentra uno siempre en situación de impedir semejantes desastres. Y, por otro lado, ¿de qué otra cosa es ya posible hablar a día de hoy?

El conservador inteligente puede concentrar el principio de su acción en una sola frase: todo lo que no merece ser destruido merece ser salvado. Y esto de forma inmediata y en todos los lugares del mundo. Pero todo aquello que no merezca ser salvado, es decir que se encuentre en contradicción con nuestra propia salvación o que, más simplemente, sea a tal respecto una traba, debe abandonarse y ser destruido sin ambages ni escrúpulos superfluos. Desembarazarse del peso muerto del pasado es un acto necesario para hacer menos pesada la tarea de sanear el presente.

La irracionalidad principal del capitalismo hoy es que, siendo peligrosamente atacado, no hace todo lo que sería necesario para defenderse. Admitimos, sin embargo, que existen otras. Tendremos que corregirlas también, si es que podemos. Nuestra gestión debe modificarse allá donde haya sido irreflexiva; pues nuestro poder está íntimamente ligado, desde el origen de la burguesía, a la gestión racional y no puede perdurar sin ella. No decimos nada nuevo si afirmamos que conviene poner en marcha profundas reformas. Las hemos gestado en todas las épocas. Ésa es nuestra fuerza: somos la primera sociedad de la historia que sabe corregirse siempre. Llamamos irreflexivo a todo aquello que, no siendo una necesidad efectiva de nuestra posesión de la sociedad, produce resultados objetivamente en contradicción con dicha necesidad, resultados mensurables por nosotros mismos y, por otro lado, percibidos por todos. Más adelante evocaremos tales reformas.

Aquí quisiéramos más bien repetir que, en el peligro, se debe, como dicen los franceses, faire flèche de tout bois, pero, antes que nada, de la más accesible y de la más maleable. Debemos, pues, emplear a nuestros propios comunistas en vez de vender todo el país a los capitales árabes, tal como algunos de nuestros políticos de repente enloquecidos comienzan a proponer seriamente, con el sólo fin de poner a prueba la experiencia de un gobierno con los comunistas. Pues dicha experiencia no nos cuesta nada, mientras que la lógica de la otra conduce fatalmente a nuestra desposesión integral. ¿Cómo puede ser entonces posible poner en paralelo, ni siquiera un instante, dos soluciones tan manifiestamente desiguales? Lo que no resulta concebible en el ámbito de la lógica propiamente dicha obedece en este caso a una lógica particular, oculta pero fácilmente detectable. Las tres cuartas partes de nuestro personal político debería ser licenciado en esta eventualidad salvadora. En la situación contraria, ese mismo personal se mantendría todo él en su puesto para dilapidar o malversar algunos años más una importante porción de dichos capitales, que finalmente nos expropiarían, sin ni siquiera asegurar a medio plazo el poder de los nuevos propietarios. Pero ¿no se ve que, como consecuencia de esta perspectiva grotesca, en efecto, al suponer que pronto las fuerzas productivas y los bienes inmobiliarios de Europa pertenezcan mayoritariamente a ciertos potentados árabes, que pueden controlar el defectuoso sistema monetario internacional porque controlan provisionalmente la principal fuente de energía de la que dependen los países industriales, no se ve –decimos- que los trabajadores, que ya nos cuesta tanto retener, expropiarían con una facilidad aún mayor a estos nuevos amos extranjeros y arcaicos, por otro lado perfectamente incompetentes? Transportar a la clase propietaria de nuestros países hacía el exotismo y el atraso significa para empezar vender nuestro derecho de mayorazgo por un plato de lentejas. Además, ¿pueden semejantes parvenus esperar controlar nuestros países? ¿Con sus propias tropas o con ayuda de las nuestras? ¿Con nuestra destreza política o con la suya? Nuestras tropas no son seguras y las suyas no valen nada. Nuestra destreza está agotada; en cuanto a la suya, plantear la cuestión es responderla.






No sorprenderá, pues, que los responsables de tal estrategia no tengan ya, particularmente en Italia, otra política que la liquidación de todo nuestro patrimonio nacional y su exportación clandestina a sus cajas de seguridad helvéticas. Mientras los altos funcionarios de nuestros ministerios u organismos económicos se hacen pagar muy caro –aunque, ay, en mala moneda- para abandonar una carrera que les abandona, vemos al hospital de Padua anunciar que va a vender en subasta un Mantegna de su propiedad. No hay nadie, entre los responsables de la gestión de la sociedad italiana, todos viéndola encaminarse precipitadamente hacia el desastre, que no piense en vender lo que posee. Y lo que todos ellos poseen es, a fin de cuentas, Italia misma, con sus monumentos y su suelo; así que en el presente, con tales trabajadores y tales gestores, más nos valdría no calcular el valor de nuestras fuerzas productivas en el mercado. En pocas palabras, debemos oponernos a quienes proyectan lanzar una “Oferta Pública de Adquisición” sobre la sociedad italiana.


Queremos volver un momento a una de nuestras afirmaciones precedentes, conforme a la cual debemos deshacernos sin escrúpulos de todos los impedimenta para superar la crisis de nuestro Estado. El Presidente Leone, por ejemplo, que no es del todo insensible a estos argumentos, hizo alusión hace un año, aunque tal vez con demasiada circunspección –y, en consecuencia, sin éxito-, a la necesidad de una reforma constitucional, urgente a estas alturas incluso según algunos comunistas. Ahora es preciso proponer una que sea al mismo tiempo radical y propicia a la reestructuración de la República, en función de las necesidades prioritarias de la supervivencia de nuestro mundo y, desde luego, que en nada perjudique al mantenimiento de la democracia, como hemos dicho en el primer capítulo de este Informe.


Con el compromiso del Partido Comunista, tanto en la elaboración como en la aplicación de una nueva Constitución, estamos persuadidos de que existe una posibilidad real de superar esta gran crisis. La nueva Magna Charta deberá mantener la democracia, sí, pero de manera desengañada, al contrario de lo que ha ocurrido en los treinta años de infancia de nuestra República. Mantener la democracia significa mantener la regla del voto, que es la base de todas las repúblicas libres modernas. Sabemos que esta regla es la inversa de la que presidía la democracia primitiva: para los antiguos griegos, la regla era contar los votos de quienes estaban dispuestos a batirse abiertamente por uno u otro bando, y Platón demostró, al igual que la historia, cómo de dicha democracia primitiva se pasaba al desorden y al despotismo. En su sentido moderno, la democracia debe ser entendida muy al contrario como una forma de hacer votar al pueblo sobre todas las cuestiones por las que no está dispuesto a batirse. Habrá de acentuarse esta característica, y será necesario, como en el pasado, convocar a los ciudadanos a votar, pero acerca de una mayor variedad de asuntos no perjudiciales para el buen funcionamiento de la sociedad; y lo ciudadanos deberán continuar eligiendo entre diversos candidatos. Mas esos mismos candidatos, provengan de donde provengan, habrán debido a su vez ser previamente seleccionados, con un rigor cualitativo sin común medida con lo que se hace en nuestros días, por una auténtica élite del poder, de la economía y de la cultura.


Y esa misma economía, esa tecnología moderna de la que disponemos y cuyo poder carece virtualmente de límites, exigen a partir de ahora de nosotros que se haga un mejor y más inteligente uso: es decir, que no debemos dejarnos dominar ya por ese poder, que por sí mismo tiende incesantemente a autonomizarse al escapar de nuestras manos; manos que en un pasado reciente maniobraron ante todo conforme a las ficciones democráticas y demagógicas sobre las cuales edificamos el gigante con pies de barro de la época de “la abundancia del bienestar” y de la abundancia mercantil. Pero, puesto que esa época ha concluido, deberemos cesar de hacer consumir al pueblo imágenes demasiado hermosas y demasiado alocadas y podremos concedernos el lujo de hacer consumir a la gente realidades menos duras (menos polución; menos automóviles; pan, carne y alojamientos mejores, y así sucesivamente). En suma, la reforma a fondo de nuestra economía y su reconstrucción sobre bases más sólidas deberá fundar una nueva economía, capaz de ser al mismo tiempo auténticamente liberal y severamente controlada por el Estado; aunque no ciertamente por este Estado, pues él mismo deberá estar rigurosamente dirigido por una élite al fin digna de este nombre. Nos reservamos la ocasión de volver más adelante sobre este asunto.


Ahora nos interesa considerar que no tenemos solamente que mantener una clase dominante, sino la mejor de las clases dominantes posible: nuestros ministros deberán hacerse valer por el mérito y el talento, pues sabemos que aquel cuyas pretensiones iniciales se conforman con el segundo puesto, no sólo no logrará ser el segundo, sino que no conseguirá nada en absoluto. Si esta exigencia mínima parece hoy utópica o demasiado ambiciosa es simplemente con respecto al desolador panorama de nuestros últimos hombres de gobierno; pero una exigencia semejante, que la presente situación obliga a avanzar, no resulta de hecho desproporcionada con la realidad que debemos finalmente afrontar ni con las tareas de largo aliento que la buena administración de una sociedad impone realizar.


Quod principem deceat ut egregius habeatur? [¿Qué debe hacer un príncipe para distinguirse?: título del capítulo XXI de El Príncipe]. ¿Quiénes son los hombres aptos para salvar nuestra sociedad? He aquí lo primero que debemos preguntarnos en el momento de elegir a nuestros ministros; he aquí sobre todo lo que se descuida al privilegiar cien “títulos de mérito” irrisorios, como el hecho de que el honorable Moro sea más o menos enemigo de Cefis, o que la mujer de tal otro sea la amiga íntima del general Miceli, que resultaba estar en prisión. “Extranjero –dijo Platón- ha llegado el momento de ponerse serio”, y es bien conocido el interés que este filósofo sentía por los problemas políticos de nuestra península.




Pues bien, diremos entonces –y nos ofrecemos a probarlo- que hoy existen en Italia los hombres que necesitamos y que es preciso servirse de ellos cuanto antes, haciéndolos salir de esos limbos en los que un rebaño de notables democristianos disfrazados de lobo se jacta de haberlos encerrado a perpetuidad con el fin de tener tiempo para satisfacer con plena libertad su propia voracidad de ministerios y clientelas. Por otro lado, pocos trazos bastarían, si no se tuviera el mérito en tan poca consideración en nuestra República, para definir a tales hombres; y unos pocos ministros bien elegidos serían suficientes para hacer funcionar como es debido un Estado, y eso que en la Francia de Luis XIII bastaba con uno solo. Pero resulta asimismo evidente que, si se quiere continuar aliñando a la italiana las pastas variadas de nuestros gobiernos, asignando un ministerio a un hombre del talento de Bruno Visentini y otro a un Gioia, sobre el cual “il tacere è bello” [Dante], se comprometerá de raíz la posibilidad misma de una acción de estos hombres de valor y se dará una vez más razón a la fórmula justificativa de Mussolini según la cual “gobernar Italia no es una empresa difícil; es una empresa inútil”. Afortunadamente, el porvenir del capitalismo no está más asociado al porvenir de la Democracia Cristina de lo que lo estuvo al del fascismo; pero recordemos que medio siglo de estupidez en el poder constituye un record mundial poco envidiable y, sobre todo, que no nos ha sido disputado por nadie. Pues hoy en día no son numerosos los hombres de talento que asumen el riesgo de comprometerse en medio de la corrupción administrativa de un Estado que parece ser, como diría Dante, “el triste saco que convierte en mierda todo lo que engulle”.


Para salvarnos de la amenaza de subversión, que probablemente persistirá en los próximos años, incluso si los comunistas en el gobierno son capaces de dominarla mejor que nosotros en este momento, nuestra primera operación no debe ser la defensa, tan obstinada como obtusa, de la Italia actual y de sus incapaces dirigentes; nuestra primera operación, bien al contrario, se asemejará a una política de tierra quemada que nos permitirá desembarazarnos de tales hombres y de esos faralaes con que vestimos a nuestra pobre República. Simultáneamente con este trabajo de limpieza radical, deberemos reconstruir a nuestro alrededor una sociedad provista de todas esas cualidades que la hacen digna de ser defendida y salvada a ojos de mucha gente. Y, ¿quién sabe si en ese mismo momento hasta los obreros cesarán de atacarnos tan violentamente, aunque en el fondo de su corazón sigan siempre siendo irreductiblemente hostiles a la propiedad? Pero, sin aventurarnos en utópicas teorías filosóficas sobre el futuro del mundo, en un tiempo en el que, personalmente, ya no nos encontraremos en él, conviene más bien tener en consideración, mientras sigamos aquí, todo lo que sea necesario hacer para no sobrevivir a este mundo que es el nuestro. ¿Quiénes son, a fin de cuentas, nuestros enemigos?

Señalaremos que hoy en día debemos afrontan varias realidades hostiles, entre las cuales la única que es históricamente inmanente a nuestro modo de dominación y de producción es el proletariado, el cual tiene una tendencia natural a la rebelión; cosa que, en su tiempo, los romanos resumían en el adagio quo servit, tot hostes [tantos esclavos, tantos enemigos]. Una vez levantada acta de este dato, de hecho incontestable y constante, es preciso observar si las demás realidades que también nos son hostiles poseen la misma inmutabilidad y la misma constancia que el proletariado; e incluso, más precisamente, quisiéramos preguntar si esas otras realidades son tan necesarias y útiles como el proletariado. Pues no olvidamos ni un instante que por lo menos los obreros, cuando trabajan y no se sublevan, constituyen la más útil de las realidades de este mundo y merecen nuestro respeto; porque son ellos los que, en cierto modo, bajo nuestra prudente dirección, producen nuestra riqueza, id est nuestro poder. Pues bien, rechazamos la idea de que las otras realidades que en el presente comprometen nuestro poder sean necesarias e inevitables. Y nos proponemos examinar al menos dos de ellas: las malas costumbres y la incompetencia de la que nuestra clase política ha dado amplias muestras, de una parte, y la anarquía económica, de otra. Estos dos fenómenos son deletéreos, pero tanto el uno como el otro son oportunamente eliminables, ya que dependen de nuestra voluntad.

Por lo que respecta a eso que definimos como la insuficiencia –es un eufemismo- de nuestro sector gobernante considerado en su conjunto, y puestas al margen un par de excepciones, afirmamos que ya no debemos tener ningún escrúpulo en dejar que se vaya a pique en el mare mágnum de sus errores y sus escándalos, pues ya hemos dado pruebas de un mayor reconocimiento hacia él del que debíamos por unos servicios que admitimos ha sabido prestar, pero en un pasado ya lejano; y durante demasiado tiempo le hemos otorgado una paciencia a fondo perdido, de la que –éste es el momento de decirlo- en realidad no nos sentíamos capaces. Pues la paciencia, de entre todas las virtudes humanas, es a nuestro ver la única que deja de serlo cuando se la practica en exceso. Dejemos al Papa, que está menos agobiado que nosotros por las necesidades contingentes de la vida mundana del siglo, la ocasión de cumplir un acto de caridad socorriendo y blanqueando las conciencias de estos huérfanos del poder. Aparte, en efecto, de la satisfacción que será finalmente necesario dar a la opinión pública, que está legítimamente fatigada de ver primar la incompetencia en el poder, podremos de esta suerte ahorrarnos nosotros mismos la faena de tener que defender en el futuro a hombres que, en lugar de llevar a cabo una política de conservadurismo inteligente, como se les había pedido, han preferido una política de obtusa reacción, dilapidando durante todo este tiempo todo aquello que les pasaba por las manos. Hombres que, en primer lugar, se han apoyado en nuestros capitales, los cuales declaraban querer defender, con el fin de burlarse de los electores; y que ahora se apoyan en los electores para burlarse de nosotros. Hombres tales que, en fin, para expresarnos una vez más a través de Maquiavelo, “mientras haces uso de ellos, pierdes la facultad de usarlos”.

Por otro lado, incluso en la Democracia Cristiana existen hombres inteligentes, y aquí no sólo hacemos alusión a un Andreotti o a un Donat-Cattin; pero, en conciencia, ¿cómo podría la inteligencia de estos hombres políticos dar sus frutos cuando Fanfani les pide servirse de ella con el solo fin de defender lo indefendible e inútil, en tanto se descuida sistemáticamente salvar lo esencial? La supervivencia de un mundo político así constituido es ya, en sí misma, una de esas realidades hostiles que se supone debemos mantener. Debemos, sin embargo, deshacernos de él, “[…] et fia el combatter corto” ["y el combate será corto", Petrarca].






En cuanto a eso que hemos llamado “anarquía económica”, afirmamos que en lo sucesivo se deberá limitar autoritariamente la tendencia a la acumulación de sobreganancias en ciertos sectores básicos, en los cuales el desarrollo alcanzado por las técnicas modernas –y, en especial, las químicas- permite todo, pero cuyos resultados amenazan a la población hasta en su simple existencia cotidiana y tienden cada vez más a privarla de ese poco que es absolutamente necesario dejarle. Desaprobamos completamente, por ejemplo, a esos industriales que asumen el riesgo de provocar a las gentes sin interrupción, gentes a las cuales hacen consumir vinos o aceites químicos, o alimentos –conviene decirlo- incomestibles, con el solo objetivo de aumentar sus beneficios sectoriales, descuidando descaradamente los intereses más generales y superiores de nuestra clase.

Porque –repitámoslo- nada provoca más al ciudadano democrático que esa impresión de que se le toma el pelo impune y sistemáticamente; y aunque dicho ciudadano se desinterese en ocasiones por la política, no resulta insensible a la calidad de lo que come o del aire que respira. Es preciso, por el contrario, que nos preocupemos por mantener para la clase dominante, y secundariamente para las clases dominadas, el mejor nivel de vida cualitativo posible. Por otro lado, ya lo decía a la altura de 1969 un industrial como Henry Ford, y nosotros queremos recordar aquí sus propias palabras: “[…] los términos del contrato entre la industria y la sociedad están cambiando […]: se nos exige contribuir a la calidad de vida, más que a la cantidad de bienes”. Jugar a los hipócritas no reporta ningún beneficio, o al menos no debería reportárselo ya a nadie. Nos sentimos muy poco inclinados a consignar, con la satisfacción reservada a esos miserables ahorradores que forman su pequeño accionariado, los activos del balance de Montedison de los que se jacta Cefis –activos, por otro lado, más o menos adquiridos con los medios que Scalfari ha revelado al público recientemente en su buen libro Razza Padrona-, en tanto tales beneficios representen una formidable incitación a la revuelta social.

Y, puesto que hemos citado a Eugenio Scalfari, un hombre cuyo valor estimamos tanto como su inteligencia, aprovechemos la ocasión para expresar nuestra opinión sobre eso que el define excelentemente como “burguesía de Estado”. Justamente, una de las razones que nos ha conducido a elegir para este Informe esa antigua forma de exposición que es el panfleto, en lugar de un escrito más sistemático, es que, de esta suerte, no renunciamos al encanto de hablar sin orden ni concierto, al encanto de conversar –por así decir-, lo cual permite tratar de todo sin tener jamás la pretensión de ser exhaustivos y, al mismo tiempo, evitar encenagarse en los pantanos de esas “demostraciones” sofisticadas a las que son tan aficionados nuestros políticos para pasar de matute sus elásticas “verdades” (para decir la verdad pocas palabras bastan: verum index sui et falsi [Spinoza]. Y además porque esta forma de escribir nos parece útil, por rápida, en un momento en el que otros compromisos que no podemos rechazar nos imponen no perder el tiempo.

Pues bien, esa “burguesía de Estado”, que reúne en sí misma los defectos de la burguesía decadente parasitaria y los de la clase burocrática que detenta el poder en los países socialistas, es uno de esos productos de la gestión “a la italiana” del poder y un residuo altamente nocivo de la “parcelación” de este último. El Presidente de Montedison, Cefis, es el modelo en el que se inspira la descripción de Scalfari. Pero la “burguesía de Estado” desborda en realidad dicho modelo; anida un poco por todos lados en las industrias estatalizadas o con participación estatal y en la selva de los sesenta mil “organismos” públicos, y ha creado de este modo un poder propio, autónomo en relación con la gran burguesía tradicional, y fundado sobre tal poder lo que Alberto Ronchey ha llamado, de manera pertinente, el “capitalismo de Estado demo-cristiano”. Los miembros de semejante “raza dirigente” son en realidad individuos sin ningún patrimonio personal originario y privados de cultura, y no queremos siquiera decir de una cultura que sea digna de una clase dirigente, sino que sea tan sólo comparable, aunque de lejos, a la del austero pequeño-burgués, enseñante o de cualquier otro tipo, de tiempos pasados. Desde luego, sólo un número relativamente restringido de estos individuos detenta hoy en día un poder real, y los más numerosos no pueden resultar perjudiciales más que por sus limitados talentos. Pero esto no significa que dicho fenómeno no se encuentre en expansión y que no merezca, en consecuencia, nuestra vigilancia.

A lo largo de su historia, el capitalismo ha modificado continuamente la composición de las clases a medida que transformaba la sociedad que hasta el presente ha dirigido. Ha debilitado o recompuesto, suprimido e incluso creado clases que desempeñan una función subalterna pero necesaria para la producción, la distribución y el consumo de mercancías. Sólo la burguesía y el proletariado siguen siendo las clases históricas que continúan, en un conflicto que esencialmente es el mismo que en el siglo pasado, jugándose entre ellas el destino del mundo. Pero las circunstancias, el argumento, los comparsas e incluso el espíritu de los principales protagonistas han cambiado con el tiempo.

No es, pues, un fenómeno peculiar de la sociedad italiana. La expansión de estos últimos treinta años, sin precedentes en la historia de la economía mundial, ha acarreado la necesidad de crear en todas partes una clase de managers, es decir, de técnicos aptos para dirigir la producción industrial y la circulación de mercancías; estos managers, a los que se llama, tras su vulgarización moderna, ejecutivos [cadres], han sido necesariamente reclutados fuera de nuestra clase, que por sí misma no podía asumir ya la totalidad de las tareas de dirección. A pesar de la leyenda dorada, en la que ellos son los únicos en creer, tales ejecutivos no son otra cosa que la metamorfosis de la pequeña burguesía urbana, constituida antaño en gran parte por productores independientes a la manera de los artesanos, que en el presente se han transformado en asalariados, ni más ni menos que como los obreros, y esto a pesar de que a menudo los ejecutivos esperan asemejarse a los miembros de las profesiones liberales. A causa de esta “semejanza”, obtenida a bajo precio, se han convertido en cierta manera en el objeto de las ensoñaciones promocionales de numerosas capas de empleados pobres; pero en realidad no tienen nada que permita definirlos como ricos: simplemente se les paga lo bastante para que puedan consumir un poco más que los otros, pero siempre la misma mercancía en serie.







Contrariamente al burgués, al obrero, al siervo, al feudal, el ejecutivo no se siente jamás en su lugar: siempre inseguro y siempre decepcionado, aspira continuamente a ser más de lo que es, y más de lo que nunca podrá llegar a ser; aspira y, al mismo tiempo, duda. Es el hombre del malestar, tan poco seguro de sí como de su destino –y no sin razón, en efecto-, que debe de continuo disimular la realidad de su existencia. Es dependiente de una manera absoluta, y bastante más que el obrero, pues debe seguir todo género de modas, incluidas las modas ideológicas; es para ellos para quienes nuestros escritores e intelectuales “de vanguardia” confeccionan repugnantes best-sellers que transforman las librerías en supermercados, en los cuales, personalmente, rehusamos poner los pies (felizmente existen todavía, para nuestra consolación, algunas buenas librerías consagradas a lo antiguo). Es para estos ejecutivos para los que hoy se cambia la fisonomía y las funciones urbanas de nuestras ciudades, que antes eran las más hermosas y antiguas del mundo; y para ellos se programa, en restaurantes antaño excelentes, esa cocina repugnante y falsificada que los ejecutivos ponderan siempre en voz alta, con el fin de que sus vecinos se den cuenta de que han aprendido a imitar el tono de pronunciación de los altavoces de los aeropuertos. “Oh sovra tutte mal creata plebe…” [Dante].

Políticamente, esta nueva clase oscila perpetuamente porque quiere lograr sucesivamente cosas siempre contradictorias; no hay, pues, un solo partido que no se la dispute a los otros y que no reciba sus votos.

Como la pequeña burguesía de otro tiempo, estos ejecutivos están muy diversificados; pero la capa de los cuadros superiores, que constituye para todas las demás el modelo de identificación y su meta ilusoria, se encuentra ya vinculada de mil maneras a la burguesía y no proviene tanto de esta última como se incorpora a ella. He aquí, en pocas palabras, el retrato de esos a los que nuestra burguesía ha confiado una porción creciente de sus propias funciones. No hay, pues, motivos para asombrarse si tales funciones son asumidas de la manera que ya sabemos.

Una parte progresivamente creciente de nuestra propia clase se ha convertido de hecho, por desánimo o ineptitud, en parasitaria; y cuando no se ha arruinado, al menos se ha empobrecido notablemente, como cabía esperar. Pues bien, nosotros afirmamos que esa parte de la burguesía no sólo no debe ser defendida, sino que ha de ser eliminada: o bien se reintegra dignamente, y con toda la inteligencia que requiere la situación presente, en una sociedad cuyo tejido debemos recomponer, o bien, en el caso contrario, los ministros comunistas tendrán todo nuestro apoyo si la golpean con una reforma fiscal draconiana, algo al fin digno del nombre de reforma. Y que estos confortables burgueses inactivos no crean ni por un instante que para llevar a cabo una reforma semejante sea necesario un ministro comunista, pues dicha medida no deriva tanto del “compromiso histórico” como de su comportamiento, desprovisto de toda combatividad. La necesidad, dice el pueblo, agudiza la inteligencia, y ha llegado el momento en el que la creatividad y el fantástico espíritu emprendedor del que la burguesía ha dado muestra en otros tiempos reúnan todas las condiciones para volver a eclosionar una vez más. Pues no pueden pensarse más que dos eventualidades: o bien la burguesía, en Italia y fuera de ella, da pruebas de esa inteligencia y voluntad de vivir, o bien perece sin dejar muchas añoranzas tras de sí, ya que habrá colaborado en demasía con sus enemigos en acelerar y hacer inevitable su fin –y ello porque habrá querido identificar su supervivencia en tanto clase hegemónica con la supervivencia de sus carencias-. Y en tal caso, la condena ya está escrita:

Per tai difetti, e non per altro rìo,
semo perduti, e sol di tanto offesi,
che sanza speme vivemo in disìo
.”
[Por tal defecto, no por otra culpa,
perdidos somos, y es nuestra condena
vivir sin esperanza en el deseo
Dante, Infierno, Canto IV]

Hicimos alusión al comienzo de este último capítulo a la posibilidad de realizar reformas. No es éste el lugar en el que se deban tratar de una manera profunda tales cuestiones, a las que ya nos hemos enfrentado en otro lugar, en un documento no destinado a la difusión confidencial e intitulado en homenaje al célebre texto del Pseudo-Jenofonte La República de los Italianos. No creemos faltar a la modestia si recordamos que dicho documento encontró la reconfortante aprobación de personalidades que ocupan los más altos puestos; pues más bien en honor de tales personas podemos evocar la pronta comprensión de su necesidad. Nos limitaremos, pues, a trazar aquí algunas bases metodológicas de este reformismo.







La dificultad, evidentemente, radica en la necesidad de definir qué es efectivamente vital para nuestro orden económico y social; es decir, distinguirlo severamente de las apariencias demasiado fácilmente admitidas de la ilusión, la facilidad y la rutina. Reconozcamos, como todo el mundo, que las prácticas actuales no pueden continuar, pero hagámoslo con una perspectiva lúcida y combativa, y no con el imbécil abatimiento que actualmente reina entre todos los autores de los errores pasados, que ni siquiera son capaces todavía de descubrir que se trataba simplemente de crasos errores, de suerte que creen haber sido desmentidos de forma repentina y completamente imprevisible. No se trata más que de corregir las irracionalidades de nuestro poder, lo que no tiene nada de novedoso para quien considere nuestra historia con ojos desengañados.

El capitalismo salvaje está condenado. Desde el momento en el que puede venderse todo, se ha convertido en incívico producir sólo y prioritariamente lo que es más rentable de manera inmediata cuando se hace en detrimento de todo porvenir concebible. Todos los excesos de la competencia deben ser eliminados por el poder de la propia producción en un momento en el que, literalmente, falta espacio para vivir con nuestra producción, que destruye su base y sus condiciones futuras. Cuando el proceso productivo se desmiente a sí mismo porque hemos creído demasiado en el valor de los automatismos, ayudados pero nunca realmente corregidos por el poder político, resulta que todas las justificaciones socialmente dadas a dicha producción dejan universalmente de ser admitidas. Ya no creemos, ni lo hace nadie, que el progreso de la producción consiga disminuir el trabajo. Ya no creemos, y hay poca gente que lo crea todavía, que dicha producción sea capaz de distribuir, en cantidad y calidad crecientes, bienes efectivos. Es preciso, pues, sacar las conclusiones. Los auténticos detentadores de la autoridad social, en la propiedad, en la cultura, en el Estado y los sindicatos, deben cuanto antes ponerse de acuerdo, primero en secreto y, muy pronto, públicamente, para promulgar una carta de racionalización de la sociedad, concebida para un largo período de tiempo. El capitalismo debe proclamar y realizar plenamente la racionalidad de la que es portador desde sus orígenes, pero que no ha realizado más que parcialmente y a pequeña escala. Si llevamos a cabo aquí –precisamente porque nuestro país podría sacar del exceso de peligro la fuerza de la salvación- una obra tan urgente y tan necesaria, el “modelo italiano” de capitalismo podría ser seguido por toda Europa y mostrarse capaz en último término de abrir una vía nueva para el mundo entero.

En la perspectiva de una sociedad cualitativa, será necesario distinguir ante todo muy consciente y claramente dos sectores en todo consumo. Un sector debe ser el de la calidad auténtica, con todas sus consecuencias reales. El otro, el del consumo corriente, deberá ser, en cuanto resulte posible, finalmente saneado. Durante mucho tiempo hemos fingido creer que la abundancia de la producción industrial elevaría poco a poco a todo el mundo hasta las condiciones de vida de la elite. Tal argumento ha perdido de forma tan completa su débil apariencia de seriedad que hoy en día se ha degradado hasta el punto de no ser ya más que la efímera base de los razonamientos e incitaciones de la publicidad. Ahora sabemos que la abundancia de objetos fabricados exige aun con más urgencia la delimitación de una elite, una elite que se mantenga justamente al abrigo de dicha abundancia y recoja lo poco que es realmente precioso. La tendencia maquinalmente igualitarista de la industria moderna, que quiere fabricar de todo para todos y que desfigura y rompe todo lo que existía previamente para difundir su más reciente mercancía, ha arruinado prácticamente todo el espacio, y una gran parte de nuestro tiempo, amontonando bienes mediocres: los coches y las “segundas residencias” están por todos lados. Si las palabras siguen siendo ricas, con las cosas pasa lo contrario, y el paisaje de todos se degrada. La ley que determina esto es que, sin duda, todo lo que se distribuye entre los pobres no puede ser otra cosa que pobreza: coches que no pueden circular porque hay demasiados, salarios en moneda inflacionista, carne de ganado engordado en pocas semanas mediante alimentación química.

¿Qué puede desear una auténtica elite? Que cada uno se interrogue al respecto con toda sinceridad. Deseamos la compañía de gentes con gusto y cultura, el arte, la calidad de los manjares y de los vinos escogidos, la calma de nuestros parques y la bella arquitectura de nuestras antiguas residencias, nuestra rica biblioteca, el manejo de los grandes asuntos humanos o su simple contemplación desde detrás de los bastidores. ¿A quién haríamos creer que podría haber de todo esto, y lanzado precisamente al mercado por nuestra actual producción industrial de pacotilla, para todo el mundo, o incluso para un 10 % de nuestra población, tan excesiva? ¿Osaríamos siquiera defender que esto pueda realmente ser disfrutado y practicado por cualquiera, aunque se trate de uno de esos fulanos a los que hemos convertido en ministros, pero que todavía huele al sudor de su infancia pobre y de sus febriles estudios de arribista?

Hace falta, pues, repensar el conjunto de la producción y del consumo, añadiéndole desde luego la instrucción, con espíritu de clase, recordando que nuestra clase posee precisamente el mérito histórico de haber descubierto las clases; que es la burguesía, y en modo alguno el marxismo, la que ha proclamado la lucha de clases y fundado sobre ella su posesión de la sociedad. Nuestra elite social no está aislada, como los “estados” en las sociedades del Ancien Régime. Se accederá a ella fácilmente en el curso de varias generaciones cuando nuestro sistema educativo sea realista y esté bien adaptado; y cuando podamos ofrecer a los individuos más aptos una participación en las ventajas efectivas que justifican los más grandes esfuerzos. Igualmente, debemos seguir en condiciones de ofrecer a las clases subordinadas (artesanado, funcionarios estatales o político-sindicales) ventajas menores, pero también satisfactorias y auténticas. De este modo, la tendencia a elevarse valerosamente en la escala social para acceder a un forma de existencia cualitativa se verá reforzada, y en la misma medida volveremos a gozar apaciblemente de dicha realidad, que hoy en día está en suspenso de mil imprevistos; pues a día de hoy hemos extendido tan sin mesura y sin reflexión el falso lujo y el falso confort que toda l población se siente, como es normal, insatisfecha.








La avaricia puede oponernos la siguiente apreciación trivial: que la delimitación de un consumo de calidad, que recree una barrera de dinero ante los productos a granel del consumo contaminante, acarree de forma nefasta la obligación de mayores gastos en la vida cotidiana de la clase dominante. Responderemos que los ricos deben pagar su lujo, bajo pena de no poder disfrutarlo más en un plazo muy breve. La burguesía debe comprender, y sobre todo en Italia, que ya no resulta posible que los ricos paguen todo menos caro, y debe igualmente decidirse a pagar los impuestos. Por otro lado, tendremos que dedicarnos también a mejorar el consumo del pueblo, corrigiendo en la medida de lo posible todo aquello que se le impone y resulta nocivo para su salud física o psíquica; y todos sabemos que es mucho, desde los transportes a los alimentos, pasando por distracciones y divertimentos embrutecedores. En el presente, el pueblo está lo bastante agotado por la abundancia de un consumo artificial y decepcionante como para admitir con alivio un consumo mesurado y tranquilizador, que satisfaga más o menos sus pocas necesidades auténticas. Nos bastará, a medida que llevemos a cabo esta corrección, con revelar toda la verdad, particularmente desde el punto de vista médico, de lo que se había hecho del pan, del vino, del aire de las calles; en pocas palabras, de todos los simples placeres del pueblo. Las gentes, retrospectivamente espantadas con justa razón, nos estarán agradecidas por haberlas detenido en este descenso funesto de la realidad actual. Ya no será preciso polucionar más que cuando la industria no pueda realmente evitarlo; y, en cualquier caso, no habrá que contaminar más que las zonas industriales planificadas y pobladas conforme a este criterio fundamental, y ya no todo el país, “a bischero sciolto” [a calzón quitado], como ocurre en este momento.

La cuestión de la enseñanza es por sí misma tan grave que casi bastaría para hacer comprender a todos que debemos reconstruir con urgencia una sociedad cualitativa, tanto en nuestro interés bien entendido como en el del pueblo entero. Cuando vemos las cantidades de diplomados de eso que llamamos, por antífrasis, nuestras universidades no sólo sin ninguna cultura real, sino además sin empleo, y que no pueden siquiera encontrar trabajo como obreros puesto que los empleadores desconfían normalmente de tales gentes, y que, en consecuencia, habrán de convertirse en descontentos y acaso puede que en rebeldes, consideramos que se trata del producto de una impericia que no siente ningún reparo en dilapidar los recursos del Estado, no diremos sin resultado alguno, sino más bien con el resultado de exponernos a muchos peligros; y de este modo se hiere no sólo el más elemental sentido de la honestidad, sino además el de la lógica. Los italianos, que fueron los primero en inventar la Universidad y la banca, que dieron forma durante el Renacimiento a la primera y mejor teoría científica sobre el dominio político, esos mismos italianos –decimos- son los primeros en sufrir, y más que el resto de pueblos, la crisis de todos aquellos terrenos en los que destacaron. Aún podemos ser los primeros si sabemos mostrar al mundo el camino que nos llevará fuera y más allá de esta crisis.

Si ofrecemos a todos un puesto relativamente satisfactorio, pero sobre todo si nos aseguramos sin tergiversarla la colaboración del conjunto de lo que podemos llamar las elites de encuadramiento, no tendremos dificultades para resistir cualquier subversión con un mínimo de represión inteligentemente selectiva; pues ciertamente no son las presuntas “Brigadas Rojas” las que van a poner en peligro nuestro poder; y si hoy los cuatro exaltados que las componen parecen una amenaza contra el Estado y se evaden con facilidad de sus prisiones, no es porque se trate de un grupo pequeño pero muy numeroso, sino sencillamente porque el Estado se ha desvanecido hasta tal punto que cualquier se ve con permiso para ponerlo en ridículo. Cuando hablamos de represión selectiva, queremos decir que es necesario que nos defendamos de una cosa muy distinta.

La censura –y confesamos que a este respecto deberemos tener cuidado de sujetar con brida corta a nuestros aliados comunistas- no se compadece con el espíritu del capitalismo. La censura no puede ser contemplada en nuestras leyes, ni empleada en la práctica, más que a título de recurso de todo punto excepcional, al menos cuando se trate de libros. Sobre esta cuestión es preciso no sobrestimar los peligros, pero tampoco dormirse en los laureles. En los últimos diez años, por ejemplo, y considerando el conjunto de los países democráticos, nos parece que una censura inteligente no habría tenido que prohibir más allá de tres o cuatro libros. Pero estos últimos hubiera sido necesario hacerlos desaparecer absolutamente, por todos los medios. Y no es que hubiésemos rehusado leerlos, sino que los habríamos tenido bajo nuestra custodia, como los textos eróticos en la biblioteca del Vaticano. Cuando los libros de crítica política no se refieren más que a un detalle de la actualidad o a una peripecia local, prescriben antes de haber tenido tiempo de encontrar muchos lectores. No debemos prestar atención más que a los muy escasos libros que son susceptibles de ganar adeptos durante un largo periodo y sacudir finalmente nuestro poder. Debemos sin duda instruirnos al respecto. Con todo, no se trata de criticar a sus autores, sino de aniquilarlos. En efecto sabemos, aunque se olvide a menudo, que las plumas de las que hablamos acaban siempre por hacer hablar a las armas, cuando no es a la inversa, o hasta que sea a la inversa; ya no nos acordamos de quien lo dijo primero, pero existe en la historia una significativa simultaneidad entre la invención de la imprenta y la invención de la pólvora para cañones. En suma, debemos tratar a los autores de ciertos libros como perturbadores de la paz pública, nefastos para nuestra civilización; que no quieren reformar, sino destruir. Debemos guardarnos escrupulosamente, en todos los puntos cruciales, de todo sentimentalismo y de toda pretensión de justificación excesiva, que amenazaría con corromper nuestra propia lucidez: no administramos el Paraíso, sino este mundo.









Por muy terrible que sea la situación en Italia en el momento en el que escribimos, que no se nos acuse sobre todo de exagerar el peligro y el dolor al punto de hacer derivar todo lo que nos amenaza en tanto clase universal de las desgracias particulares de esta:

“[…] serva Italia, di dolore ostello
nave sanza nocchiere in gran tempesta
[…]”
[“esclava Italia, albergue de dolores,
nave sin timonel en la borrasca
,”
Dante, Purgatorio, Canto VI]

Muy al contrario, si estamos inquietos hasta tal extremo por lo que lo ocurre, y por lo que todavía puede ocurrirle a Italia, es justamente porque sabemos que la crisis es mundial. Habida cuenta de lo avanzado de la unificación capitalista del planeta, corremos el riesgo de arrastrar al capitalismo mundial al abismo. Pues Italia ya no es en absoluto esa provincia atrasada y separada de las naciones modernas, como fue durante tanto tiempo para su desgracia y para su tranquilidad. El poder de clase está tan amenazado en Rusia como en América, pero Europa, debilitada desde cualquier punto de vista, se encuentra en el centro de la tempestad. Y todas las desgracias históricas de Europa no son ajenas al hecho de que en su seno haya franceses. Todo permite pensar que, sin ellos, el capitalismo habría conocido un desarrollo superior desde el punto de vista cualitativo. El Descenso de Carlos VIII quebró las repúblicas comerciantes italianas, cuyo recuerdo Bonaparte acabó de borrar tres siglos más tarde en Venecia. La Revolución de 1789 dio libre curso a los programas ilimitados de la canalla, en tanto que las revoluciones burguesas en la Inglaterra del siglo XVII parecieron fundar la ciudad política adecuada al desarrollo armonioso del capitalismo moderno. En fin, mientras la ideología de la abundancia de mercancías parecía aún recientemente capaz de calmar mediante el consumo el malestar de las clases trabajadoras –aunque a este respecto, los observadores prevenidos siempre hayan dudado de la solidez de tal equilibrio-, han sido una vez más los franceses los que, en 1968, le han asestado un golpe de muerte.

A lo que ahora nos enfrentamos es a un problema universal, y se trata de un problema muy antiguo. El año pasado Giovanni Agnelli decía que los obreros no querían trabajar porque estaban desmoralizados por las condiciones de hábitat que se les ha ofrecido. Por más que se le pueda reconocer cierta agudeza a esta original observación, debemos señalar que Agnelli, al privilegiar demasiado el examen de las circunstancias más características de nuestro periodo inmediato, no ha alcanzado esta vez el corazón de la cuestión. Los obreros no quieren trabajar cada vez que reconocen la menor posibilidad de no hacerlo, y perciben posibilidades de este género cada vez que nuestro dominio económico y político se encuentra debilitado por dificultades objetivas o por las que se derivan de nuestras torpezas. No volver a trabajar jamás era, si uno mira el fondo de las cosas, la meta tanto de los Ciompi como de los Communards. Todas las sociedades del pasado, en todas las épocas, se han enfrentado a su manera a este problema, y lo han dominado; en tanto que se diría que, en el presente, somos nosotros los que estamos siendo dominados por él.





*



Aquellos de nuestros lectores que nos hayan reconocido saben bien que en ningún tiempo de nuestra vida consentimos pactar con el fascismo, y que tampoco lo haremos con una forma de gestión burocrática totalitaria, y esto por las mismas razones: la burguesía debe querer seguir siendo la clase histórica por excelencia. El mismísimo Karl Marx, irrefutable en este punto, demostró el error que comete la burguesía cuando abdica su poder político en manos de cualquier “bonapartismo”. Miramos, pues, hacia el futuro, pero no hacia cualquier tipo de futuro.

¿Cuál sería entonces, por utilizar por una vez el lenguaje de nuestros “ejecutantes”, nuestro “modelo”? Mientras que los más cultivados de nuestros adversarios encuentran el esbozo de su modelo en la Atenas de Pericles o en la Florencia anterior a los Medici –modelo que se debería confesar asaz insuficiente pero digno, sin embargo, de su proyecto real, pues exhibe en el nivel más caricaturesco, tras el radicalismo utópico de la ultra-democracia, la violencia y el desorden incesantes que son su misma esencia-, nosotros, por el contrario, simbolizaremos nuestro modelo de sociedad cualitativa, modelo que en su tiempo fue suficiente e incluso perfecto, en la República de Venecia. He aquí la más hermosa clase dominante de la historia: nadie se le resistía ni pretendía pedirle cuentas. Durante siglos, no hubo en ella mentiras demagógicas, ninguna o casi ninguna perturbación, y muy poca sangre derramada. Se trataba de un terrorismo atemperado por la dicha, la dicha de cada uno ocupando su lugar. Y no olvidemos que la oligarquía veneciana, apoyándose en ciertos momentos de crisis en los obreros armados del Arsenal, ya descubrió esa verdad conforme a la cual una elite seleccionada entre los obreros hace de maravilla el juego a los propietarios de la sociedad.






*



Para acabar, diremos que, al releer estas páginas, no encontramos qué objeción, aunque sea poco pertinente, podría presentarnos un espíritu riguroso; y estamos persuadidos de que la verdad se impondrá generalmente.


Con excepción de la fotografía de la figurita de Patrick Bateman, el resto de imágenes que ilustran esta última entrega del Informe son obra de artistas rusos contemporáneos. En orden de aparición: LEONID LAMM, GEORGE AKHVLEDIANI, LEONID SOKOV, ALEXANDER ZHITOMIRSKY, VITALY KOMAR, GRISHA BRUSKIN, YURI ABISALOV, LEONID PINCHEVSKY y FARID BOGDALOV.

domingo, 11 de febrero de 2007

AGITPROV. Informe Verídico sobre las Últimas Oportunidades de Salvar el Capitalismo en Italia (VII) - G. Sanguinetti (1975)

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VI. Lo que son efectivamente los comunistas y lo que debe hacerse con ellos.

Los príncipes […] hallaron muchas veces más fidelidad y más provecho en los hombres que al principio de su reinado les eran sospechosos, que en aquellos en quienes al empezar ponían toda su confianza. Me limitaré, pues, a decir que si los hombres que al comienzo de un reinado se mostraron enemigos del príncipe no son capaces de mantenerse en su posición sin apoyos, aquél podrá ganarlos fácilmente, y, después, tanto más obligados se verán a servirle con fidelidad cuanto más comprendan lo necesario que les es borrar con sus acciones la siniestra opinión que el soberano se había formado de ellos. Y sacará mayor provecho de estos tales que de aquellos otros que, sirviéndoles con tranquilidad en interés de sí mismos, descuidan el del príncipe forzosamente”.
Maquiavelo, El Príncipe


LLEGADOS A ESTE PUNTO del presente escrito pseudonímico, no han de faltar gentes que, en el transcurso de su lectura, hayan reconocido, tras buena parte de las argumentaciones precedentes, nuestra mano. No quisiéramos que, leyendo lo que sigue, dichos lectores se retractasen de su opinión, pues si han adivinado de quién emana lo que se ha expuesto hasta aquí, lo que vendrá no está sino aparentemente en contradicción con nuestras posturas anteriores, y por lo demás se encontraba ya anunciado en el prefacio de este panfleto. Si bien es cierto que en los últimos años, por no decir meses, no hemos dejado de pronunciar y repetir sobre la “cuestión comunista” el celebre nondum matura est [están demasiado verdes] de la zorra de Fedro, en el presente es necesario precisar que la zorra tenía entonces sus razones para hablar de tal suerte, del mismo modo que hoy en día hay otras para hablar de forma diferente en todas los aspectos. En verdad que no se trata en modo alguno de un cambio subjetivo por nuestra parte, sino más bien de la posibilidad objetivamente sobrevenida de un cambio útil y necesario, que nosotros nos hemos encargado –en compañía de otros no menos cualificados- de preparar, y ya desde los tiempos en los que aún nos parecía conveniente señalar sus desventajas. No existe nada en el mundo que no tenga su momento decisivo, y la obra maestra de la buena conducta, singularmente en política, consiste en reconocer y apresar dicho momento.

Establecido lo anterior como premisa, no diremos ninguna novedad al tratar una cuestión que tampoco es nueva; sino lo que es necesario y lo que se ha convertido en urgente. Lo que resultará nuevo para aquellos que tuvieron la ocasión de conocernos en el pasado será solamente nuestra disposición actual con respecto a los comunistas, la cual, por otra parte, trasparecía en los capítulos precedentes. Ha llegado la hora en la que es a la vez necesario y posible rechazar una gran parte de los defectos de nuestra nación: la astucia que conviene a la situación presente consiste en pasarse sin ella, y lo prudente, en este caso, es no tener demasiada prudencia. En una situación semejante, es más importante poner atención en no fallar ese tiro que disparar excelentemente cien en otras tantas direcciones, pues “ni la estación ni el tiempo esperan por nadie” [Baltasar Gracián].

Ya se acabaron, por cierto, los tiempos de los juegos de prestidigitación verbal en los cuales nuestros trapecistas políticos se medían en “convergencia paralela” con los comunistas, ofreciéndoles lo que se llamaba “estrategia de la atención”, antecámara de una postergación indefinida del “compromiso histórico”; y que el Presidente del Consejo, el honorable Moro, definía, con las precauciones que le obligaban a andar con pies de plomo, como “una especie de encuentro a mitad de camino, una cosa nueva, que sea y al mismo tiempo no sea un relevo en los roles de la mayoría y de la oposición, el perfilamiento de una diversidad que no consista en un cambio en las fuerzas de dirección, sino en la adición modificante del componente comunista a otros componentes”. Combien de bruit pour une omelette!

Nadie, entre todos esos leaders políticos que desde hacía meses se regodeaban en el “compromiso histórico” para mejor conjurarlo, nadie ha dicho la principal y más simple verdad sobre la cuestión: que el “compromiso histórico” es un compromiso en el verdadero sentido del término únicamente para los comunistas y en absoluto para nosotros; para nosotros el acuerdo con los comunistas no tiene siquiera un carácter “histórico” –a menos que se quiera llamar histórica a toda acción táctica que se pueda considerar necesaria para hacer trabajar a quien no quiere trabajar-. Mas en este caso y a falta de acuerdo, ¿cuántas “cargas históricas” deberá realizar nuestra policía delante de las fábricas? ¿Y con qué resultados? Incluso el ex ministro de Trabajo, el socialista Bertoldo, considerado por un hombre de derechas, Domenico Bartola, como “un sutil intérprete de la dialéctica hegeliana”, lo ha dicho mejor que nadie y de una vez por todas: “Hay que decidir si uno quiere gobernar con los sindicatos o con los carabineros”.







Porque ahí se encuentra el fondo de la cuestión, que es tan política como económica, ya que, si a lo largo de los últimos años hubiésemos podido disponer de tres veces menos de carabineros, pero de tres veces más de sindicalistas, habríamos ganado mucho con el cambio. Alberto Ronchey, que es de lejos el mejor editorialista italiano, ha escrito recientemente que el más grande problema económico es a partir de ahora convencer a las gentes para que trabajen, y tiene razón. En el presente ya no es posible dejarse ir, esperando todo el tiempo que los obreros retrasarán “todavía un instante” la revuelta que están incubando, o que nuestra industria recuperará su aliento y su vigor aunque en nuestras fábricas reine la anarquía reivindicativa, y todo esto mientras Italia derriba, uno tras otro, a unos gobiernos que duran apenas unos meses; gobiernos, por otro lado, constante y únicamente comprometidos con la titánica empresa de mantenerse en el poder un poquito más de lo que creerían posible, aplazando todas las cuestiones, incluidas las menores, porque ellas bastarían para hacerlos caer.

¿Y quiénes, mejor que los comunistas, pueden imponer hoy al país un período de convalecencia durante el cual los obreros deberán cesar la lucha y retornar al trabajo? ¿Quién mejor que un ministro del Interior como Giorgio Amendola podría extirpar la delincuencia extendida a todos los niveles y hacer callar a los agitadores utilizando métodos buenos… o menos buenos? Hace falta emprender una labor gubernamental a largo plazo, y para ello necesitamos un gobierno sólido y resuelto: no aceptar hoy en día un “compromiso” como el que se discute aquí significa, en realidad, para nosotros, comprometer fatalmente incluso la existencia del día de mañana. Recordemos que la neutralidad en un asunto semejante es hija de la irresolución y que “li principi mal resoluti, per fuggire e’ presenti periculi, seguono el più delle volte questa via neutrale, et el più delle volte rovinano” [Los príncipes irresolutos que quieren evitar los peligros del momento retrasan a menudo el rompimiento de su neutralidad, pero también a menudo caminan hacia su ruina. Maquiavelo, El Príncipe]. Por no querer ver el peligro real, se finge sentir como un peligro el acuerdo con el PCI, y al final se huye de los dos.

*

Los espíritus timoratos encontrarán tal vez en nuestras palabras, incluso si se ven obligados a admitir su justeza y utilidad en todo lo demás, el ligero defecto de que, justamente, parecen no tomarse en serio el peligro que podría representar más tarde tener un partido comunista en el corazón del poder político en un estadio de la crisis en el que nuestros mandos se ven incapaces de hacer que los obreros sigan trabajando. Quis custodiat custodes ipsos? [¿Quién guarda a los guardianes?]

Responderemos que la objeción es infundada y el miedo, mal consejero. Para empezar, jamás se debe tener temor de peligros futuros e hipotéticos cuando uno se muere a causa de un peligro presente y cierto; y, por otro lado, nunca debe arriesgarse toda la fortuna sin haber puesto en juego todas las fuerzas. Puesto que la fuerza actual del Partido Comunista y de los sindicatos ya está a nuestro servicio y resulta ser nuestro principal apoyo desde el otoño de 1969, y puesto que, sin embargo, sus efectos han sido hasta ahora más que insuficientes para invertir el proceso, es indudable que nos interesa galvanizar con toda urgencia dicha fuerza, ofreciéndole el punto de apoyo central por excelencia en la sociedad; es decir, introduciéndola en el centro del poder estatal.



Por otro lado, los supuestos peligros futuros de tal participación comunista en el gobierno, dichos peligros –decimos- no existen más que en la propia esfera de esas ilusiones sobre la tendencia revolucionaria que, en nuestra sociedad, constituiría el Partido Comunista; ilusiones artificialmente extendidas en una época ya concluida, y en la que resultaban útiles a la defensa de un mundo que hoy, con los tiempos ya cambiados, debe ser defendido con el concurso de esos mismos comunistas. Sólo nuestros actuales hombres de gobierno, que aspiran, a pesar de su desgraciada bancarrota, a autonomizar su propia existencia de simples delegados de la sociedad italiana en su administración estatal, pretenden todavía tomar por un dato real del razonamiento estratégico lo que –esa supuesta tendencia revolucionaria del PCI- no ha sido nunca más que un “artículo de exportación” ideológica cuyo destinatario era el pueblo. Y por eso caen estos dirigentes agotados; lo que de hecho desean, cuando se aferran a su vieja especialización, cuando una modernización necesaria impone su “reciclaje”, no es ni siquiera prolongar, con el fin de satisfacer sus propios y limitados intereses, la existencia aparente del oficio que saben ejercer, sino más bien el de aquel que no han sabido desempeñar nunca.

No ha de temerse al Caballo de Troya más que cuando son los aqueos los que están dentro. El Partido Comunista ha tenido que vender, e incluso sigue vendiendo, una panoplia determinada para disfrazarse de enemigo de nuestra Ciudad, pero no es tal enemigo; tampoco lo dirige Ulises. El comunista italiano se asemeja más bien a aquel carpintero con máscara de león de El Sueño de una Noche de Verano, que debe dejar que se le vea “la mitad del rostro a través de la melena leonina” y que debe decir a los espectadores: “Debo suplicarles que no teman, que no tiemblen; respondo con mi vida de la vuestra. Si pensaseis que he venido como un auténtico león, resultaría nefasto para mi existencia. No, no soy nada semejante…”

Y precisamente porque osamos admitir que los obreros italianos, que han declarado su ofensiva de guerra social, son nuestros enemigos, sabemos que el Partido Comunista es nuestro apoyo. Ya no se puede seguir tranquilizando al país pretendiendo lo contrario, pues hemos llegado a la hora de la verdad, al momento en el que ya no sirven las mentiras, sólo la fuerza.

Cuando, en años pasados, teníamos ocasión de hablar de los comunistas con Raffaele Mattioli, jamás le oímos decir que les encontraba algo de inquietante, y muchas veces le escuchamos repetir la misma conclusión: “Son de lo más valiente”. Cuando Togliatti, un año antes de morir, le envió su último libro, Mattioli nos mostró, a la vez halagado y divertido, la dedicatoria en la famosa tinta azul turquesa del líder comunista, que los imbéciles temían y que nosotros apreciamos: “Al Amigo, etc., con el solo pesar de no poder llamarlo Camarada”, si mal no recordamos. ¿Quién sabe si Raffaele Mattioli, de estar aún entre nosotros, no habría a su vez enviado una dedicatoria por ejemplo de la siguiente especie: “Al camarada Amendola, con la esperanza de poder llamarlo pronto Excelencia…”?

Sea como fuere, no nos dejemos llevar al olvido de que nuestra mayoría parlamentaria se regula, desde hace mucho tiempo ya, con la oposición comunista, y que la oposición comunista se opone a las mismas cosas a las que se opone la mayoría; y que, sin embargo, toda la vida política del país se encuentra como paralizada ante la pesadilla que, para los demo-cristianos, parece ser la idea de ceder a los comunistas algunos ministerios. Hasta fechas recientes, dicha actitud democristiana encontraba su justificación semirracional en la necesidad de mantener el monopolio del poder para continuar ocultando la manera en que tal poder había sido gestionado y ciertos hechos particulares tan escandalosos que, de haber sido conocidos, habrían conducido a la disgregación inmediata del partido; pero ahora que esos hechos, poco a poco, se van haciendo conocidos por todo el país, aquella última justificación se ha vuelto caduca. Y es la disgregación de Italia lo que se trata de evitar, si ello es posible.



Por lo demás, planteamos aquí la cuestión: ¿cuál es la alternativa de la cual el “compromiso histórico” es uno de los términos? El otro término se presenta del siguiente modo: se llegará, más o menos deprisa, a una situación en la cual ni los comunistas, ni los sindicatos, ni las fuerzas del orden ni los servicios secretos podrán mantener a los obreros al borde de una insurrección general de la que es difícil prever todas las consecuencias. Si en la mejor de las hipótesis –y nosotros no vemos más que dos-, dicha insurrección no se transforma en una guerra civil pura y simple; es decir, si los comunistas logran, en un segundo tiempo, hacerse con las riendas, poniendo cara de participar en ella para luego apoderarse de su dirección, resulta evidente que será Berlinguer quien haya de poner las condiciones y que, en una situación semejante, no estará dispuesto a compartir con nosotros el gobierno; sino que, más bien, con el impulso del movimiento insurreccional, los comunistas se harán con el Estado en nombre de los trabajadores, a quienes convocarán para defenderlo. Y si, por el contrario, como nos parece más probable, la credibilidad del Partido Comunista entre los obreros se encuentra totalmente agotada cuando estalle la insurrección, lo que resulta de lo más previsible, de suerte que la acción comunista de “recuperación” en las propias filas del partido de los insurgentes se revele inútil o imposible, entonces la guerra civil ya no será evitable y el partido comunista, amputado de su base, que se unirá forzosamente a los revolucionarios, ya no nos será de ninguna utilidad. He aquí las dos variantes que forman una alternativa con el “compromiso histórico”; tertium non datur [el tercero está excluido].

¿Qué se habrá hecho, ante tales acontecimientos, de la Alianza Atlántica, ya ahora en crisis? ¿Y del Pacto de Varsovia, que ya se mostró impotente frente a la insurrección obrera de Stettin y Dantzig? Entonces, en la tragedia que vendrá después y que se representará en un teatro de guerra no menos vasto que la crisis actual, ya no nos quedará más que repetir, a guisa de inútil mea culpa, los versos del Agamenón de Esquilo:

“¿Dónde, dónde pues se oculta el Derecho? La Razón
desespera de sus poderes,
la inteligencia aletargada, cuyos prontos recursos
se han extinguido, da palos de ciego.
Nuestro reino está en peligro,
el desastre se aproxima:
¿Adónde puedo dirigirme?”

En suma, nuestra opinión actual sobre la “cuestión comunista” puede resumirse en una frase: no hagamos una cuestión de lo que ya no lo es, mientras que las verdaderas cuestiones y los problemas reales no esperan a las decisiones del senador Fanfani, ese utilium tardus provisor [velador tardío de lo útil] para agravarse irremediablemente. Giovanni Agnelli, que, entre nuestros hombres de poder, sea tal vez el único que pueda vanagloriarse de poseer la inteligencia más arraigada en la realidad de nuestra época, llega abiertamente en el presente al mismo análisis que nosotros; y sobre la mayor parte de las conclusiones, a pesar de ciertas divergencias de detalle, nuestros puntos de vista convergen. Y para no decir nada de los compromisos privados, nos contentaremos con recordar al lector una de sus declaraciones públicas: “Si nuestra enfermedad es casi mortal –decía Agnelli a comienzos de este año-, nos es lícito pensar que el Partido Comunista ha comprendido la necesidad de hacer un buen uso de ella para que nos salvemos todos juntos. Para que el odio de clase no llegue a apoderarse del mundo y dividirlo en dos partidos: los enragés en la calle y los demás en sus búnkeres con sus guardias personales...” No se podría decir mejor.


*

Concluyamos, en fin. Con la ayuda del Partido Comunista en el poder, o bien logramos salvar nuestro dominio o bien no lo conseguimos. Si lo logramos, despediremos a nuestros criados comunistas junto con una gran parte del actual personal político con la mayor facilidad. Los propios comunistas lo admiten ya manifiestamente como uno de los términos de su contrato de empleo; y nosotros sabemos desde Heráclito que “a todo lo que repta sobre la tierra se lo gobierna a palos”. Y si no lo conseguimos, ya nada importará; pues todos admitirán que sería la peor de las discusiones bizantinas, en el momento en que el Turco esté sobre la muralla, la que tratase de determinar qué trofeos se habrían adjudicado en el circo los Verdes y los Azules en un mundo que ya se habrá derrumbado.
Las imágenes que ilustran el texto son obra del artista ruso ALEXANDER KOSOLAPOV. Si quieres saber algo más sobre él, pulsa

viernes, 2 de febrero de 2007

AGITPROV. Informe Verídico sobre las Últimas Oportunidades de Salvar el Capitalismo en Italia (VI) - G. Sanguinetti (1975)

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V. Lo que es la crisis en el mundo y en qué diferentes especies se manifiesta.

“Troya, alzada aún sobre su base, se habrá derrumbado ya, y la espada el gran Héctor ya no tendrá señor […] El contrato de la autoridad no fue respetado; y mirad: todas las tiendas griegas levantadas vanamente en este llano son otras tantas vanas facciones […] Cuando todos los rangos se han disfrazado, también los más indignos ofrecen un bello aspecto en la mascarada […] cuando los planetas, en una culpable confusión, derivan hacia el desorden, ¡qué plagas y qué catástrofes! ¡Qué sediciones! ¡Qué desenfreno de los mares, temblores de tierra, agitación de los vientos, espantos, cambios, horrores que corrompen y destruyen, arrancan y desgarran la unidad y el apacible matrimonio entre las clases, fuera de su inmutable condición! ¡Ay, si la jerarquía se tambalea, ella que es la medida de los más altos designios, es que la empresa está enferma! […] Entonces toda cosa queda reducida a una cuestión de poder, y el poder a la voluntad, y la voluntad al apetito; y el apetito, ese lobo universal, secundado así doblemente por la voluntad y el poder, hace necesariamente del universo su presa y, al fin, se devora a sí mismo […] Es nuestra debilidad la que cerca Troya, y no su fuerza.”
SHAKESPEARE, Troilo y Crésida.

Cuando el presente no conducía a añorar el pasado y cuando el porvenir no parecía comprometido por la precariedad de un presente como el nuestro, los hombres vivían su tiempo en toda su riqueza: en la segunda mitad del siglo XVIII, por dar un ejemplo evocador, la sociedad veneciana podía darse el lujo de olvidar, literalmente, las obras maestras de un Vivaldi y de un Albinoni, puesto que de Viena llegaban las nuevas obras maestras de Mozart y de Lorenzo Da Ponte.

Pero en una época en la que la pobreza de un presente a la vez inquieto y estancado anuncia un porvenir turbio y trágico; en una época en la que el redescubrimiento de las obras maestras del pasado, bien pronto arrebatadas, apenas nos consuela; en una época en la que la miseria, y especialmente la miseria cultural, domina nuestras sociedades de la abundancia perdida y nos agrede, los individuos y las clases, los dirigentes y los dirigidos, y, a fin de cuentas, hasta el Estado, todas las cosas, en suma, parecen agitarse en una suerte de “inquietud absoluta por no ser lo que se es”, para decirlo con Hegel. Asistimos así a una extraña alienación generalizada y universal en virtud de la cual nadie puede ya representar el papel que lo define: los obreros ya no quieren ser obreros, los dirigentes temen aparecer como tales, los conservadores se esconden o se callan, la burguesía tiene miedo de ser burguesía; queremos decirlo una vez más: “cuando todos los rangos se han disfrazado, también los más indignos ofrecen un bello aspecto en la mascarada”, y entonces se desvanece “la unidad y el apacible matrimonio entre las clases”, pues ya no hay para nadie ninguna “inmutable condición”.

En lo que concierne a esa burguesía italiana a la que Giorgio Bocca recuerda en vano que “no ha nacido ayer”, y que es incluso la primera burguesía que ha aparecido en la historia y la que inventó la banca, la vemos hoy tomar al pie de la letra todas las profecías de sus adversarios, dar más credibilidad al marxismo de moda y a sus previsiones que a su propia historia y a su propia cultura, olvidadas o ignoradas, llenarse la boca de argucias sobre el proletariado y sobre los medios más adecuados mediante los cuales los obreros deberían conducir sus propias luchas; tanto y tan bien que resulta pertinente decir a esa parte de nuestra burguesía que, en la gran puesta de sol del capitalismo, de la que ella misma habla, todos los gatos son rojos.

Esta crisis general de identidad no es, a su vez, más que un aspecto particular de la actual crisis mundial, pero no por ello merece menos nuestra atención; y, puesto que nos detenemos en esta cuestión, queremos a contrario citar, sin comentarios y con vistas a esa burguesía, un elocuente pasaje de una carta privada que nos fue dirigida por un diplomático ruso, cuyo nombre callaremos, inmediatamente después de la invasión de Checoslovaquia en 1968:

“[...] Es la estupidez –escribía nuestro corresponsal- la que hace que exista una cuestión obrera en su país; no veo en absoluto en que quieren convertir al obrero europeo una vez se lo ha convertido en una cuestión. Si quieren ustedes esclavos, están locos al concederles aquello que los convierte en señores; han destruido ustedes en su germen los instintos que hacen a los trabajadores posibles como clase, los instintos que les harían admitir incluso esa posibilidad; ¿qué tiene de asombroso que a ese obrero su vida le parezca hoy una calamidad o, por utilizar la lengua de la moral, una injusticia?”


Foto: Margaret Bourke-White


Hemos querido traer aquí este fragmento, cuyas itálicas se encuentran en el original, no por gusto por la anécdota, sino para mostrar que, en el frío y brutal lenguaje que es propio de la burocracia soviética, puede haber más verdad, sinceridad y realismo que en las disertaciones marxistas de ciertos burgueses, más o menos intelectuales, de nuestro país. ¡Sería, de todos modos, el colmo de la ironía de la historia que nuestra política, desconsiderada con Maquiavelo, tuviese que ir a buscar lecciones de ciencia en la burocracia dominante en Moscú! Y, sin embargo, la clase que detenta el poder en Moscú parece olvidar menos que nosotros su propia identidad y es, a pesar de sus inmensas carencias, consciente de sus intereses, sabe defenderlos y sabe contra quién debe defenderlos. Los comunistas, en Rusia y en cualquier parte, saben de hecho mejor que los demás que, hoy en el mundo, ya no es posible ninguna auténtica revolución que no sea realmente proletaria, es decir que no se rebele contra toda dominación y clase dirigente y, en consecuencia, también contra la clase que ellos mismos constituyen en los países en los que detentan el poder; y no es por casualidad si sus partidos en el extranjero han dejado de hablar de una revolución que no pueden aceptar, pues en la Rusia de 1917 la conocieron de cerca; y si se sirvieron de ella para apropiarse del poder, fue únicamente haciéndola añicos como pudieron mantener las riendas del Estado y de la economía.

Pero entrando en la materia de la más vasta cuestión mundial que queremos tratar sumariamente en este capítulo, diremos que sólo después del otoño de 1973 –y tomaremos como punto de referencia la última guerra arabo-israelí, tan cargada de consecuencias- la crisis social que, en el lustro anterior, había asediado a casi todos los países europeos, y no sólo europeos, se ha convertido de golpe en una crisis mundial y total al mismo tiempo.

Esta crisis es mundial porque, extensivamente, todos los regímenes y todos los países del globo, unos de un modo y otros de otro, se ven afectados simultáneamente, incluso si las características específicas de la crisis pueden presentar inicialmente diversos rasgos predominantes según los diferentes países.

Por otro lado, esta crisis es total porque, intensivamente, es toda la profundidad de la vida, tal como ésta se despliega en el interior de cada país, la que ha sufrido el contagio.

Ya se trate de la crisis política o de la crisis económica, de la polución química del aire que respiramos o de la adulteración de los alimentos, del cáncer de las luchas sociales o de la lepra urbanística que prolifera allá donde en otro tiempo estuvieron las ciudades y el campo, del aumento de los suicidios o de las enfermedades mentales, de eso que se llama explosión demográfica o del umbral ya franqueado por la nocividad de los ruidos, del orden público perturbado por los facciosos o los bandidos, en todos los casos topamos, en fin, con una imposibilidad sobreañadida de ir más lejos en el camino de la degradación de lo que fueron las conquistas de la burguesía propiamente dicha.

Debemos admitirlo: nosotros -y no nosotros personalmente, sino en tanto herederos de esas mismas conquistas-, pues bien, nosotros no hemos sabido pensar estratégicamente, sino que –asemejándonos más al pueblo llano que a una clase propietaria- hemos pensado y vivido en el día a día, hipotecando sistemáticamente el presente a fuerza de acumular deudas impagables frente al futuro; es decir, a fuerza de renunciar cotidianamente a un porvenir digno de nuestro pasado para no renunciar a ciertas ventajas despreciables, ventajas engañosas de un presente tan fugaz. Y como dice el poeta de Vaucluse [i.e. Petrarca]:

La vita fugge e non s’arresta un’ora,
e la morte vien dietro a gran giornate,
e le cose presenti e le passate
mi danno guerra, e le future ancora.”



Foto: Jacques-Henri Lartigue


Así pues, nuestras clases dirigentes parecen haber quedado reducidas hoy en día a no discutir más que el plazo de su mandato –mandato a propósito del cual olvidamos demasiado a menudo que no lo tenemos por gracia de Dios ni del pueblo, sino únicamente de nuestras propias capacidades en el pasado-; e incluso dicha discusión se reduce más o menos a examinar tristemente cuáles serían los paliativos más apropiados para retrasar tal plazo. Y esto es así porque, en un semejante proceso de decadencia, hemos llegado a un punto de incompatibilidad total en el que el sistema social, económico y político que dirigimos parece querer asociar su suerte a la continuación incesante de un creciente e intolerable deterioro de todas las condiciones de existencia de todos y respecto de todo. Se ha dicho que la crisis causada por el embargo de petróleo y la consiguiente subida del precio del crudo decidida por los países productores árabes había provocado la más grave crisis económica en la que se debate hoy el mundo, y hay algo de cierto en ello, pero no es más que una parte de la verdad, y justamente la parte más contingente, incluso si no se la puede llamar pasajera. A propósito de la actual crisis mundial cabe decir, como Tucídides de la guerra del Peloponeso, cuando señalaba: “Thn men gar alhqestathn projasin, ajanestathn de logw”, cuál es realmente “la causa más cierta y menos exhibida”, pues la auténtica crisis de hoy, y es algo que no se dice, no es una crisis económica, como lo fue, por ejemplo, la de 1929, que fuimos capaces de superar ya se sabe cómo; nuestra crisis es ante todo una crisis de la economía, lo que equivale a decir del fenómeno económico en su conjunto, y es en el interior de esta crisis general en la que más tarde se ha insertado una crisis petrolera y económica particular.

Ésta es el efecto, de lo más inquietante, de un doble proceso convergente: de un lado, los obreros, que escapan al encuadramiento sindical, nos imponen condiciones de trabajo e incesantes reivindicaciones de salario que perturban gravemente nuestras decisiones y las previsiones de los economistas. Y por otro lado, esos mismos trabajadores, en su condición de consumidores, parecen de repente asqueados por los productos que compraban gustosamente antaño y crean dificultades –cuando no bloqueos- a la circulación de las mercancías. De suerte que nos encontramos en el siguiente impasse: no conseguimos vender las mercancías que los trabajadores rehúsan tanto producir como consumir. En la raíz de dicha crisis no hay, como piensan algunos, una actitud subjetiva de los individuos, aunque ésta sin embargo se integra en el proceso y, en consecuencia, aumenta los daños. La economía ha entrado en crisis, en primer lugar, por sí misma, y por su propio movimiento se ha extraviado en el camino que conduce a su autodestrucción. Ciertamente, no es cuantitativamente cómo la economía se revela incapaz de aumentar en todos los ámbitos la producción y de desarrollar las fuerzas productivas, sino cualitativamente.

El desarrollo de dicha economía, de cuya crisis seguimos siendo detentadores, ha sido –podemos decirlo con motivo- anárquico e irracional: hemos seguido modelos arcaicos más propios de una economía agraria que de una economía industrial evolucionada, porque, al igual que en las sociedades antiguas, siempre en lucha contra una penuria real, hemos perseguido el máximo de productividad pura y progresivamente cuantitativa, “non discernendo el troppo da quello che basta” [Guicciardini]. Esta identificación con el modo de producción agrario se ha traducido así en el modelo pseudo-cíclico de la producción sobreabundante de mercancías, en las cuales se ha “integrado conscientemente la usura” para mantener artificialmente el carácter estacionario del consumo, el cual justifica la continuación incesante del esfuerzo productivo conservando la proximidad de la penuria. Y aquí está la razón de que la realidad acumulativa de una producción semejante, indiferente a la utilidad y la nocividad, se vuelva hoy contra nosotros bajo la forma de la polución y de las luchas sociales; pues, por un lado, hemos envenenado el mundo y, por otro, hemos dado al pueblo, en cada instante de su vida cotidiana, un motivo especial para rebelarse contra nosotros y envenenar así nuestra propia vida. Nos reservamos para el último capítulo tratar algunos de los remedios que proponemos contra esta “enfermedad económica”.

Señalemos, sin embargo, aquí que nuestro poder que, en el momento de los primeros síntomas de guerra social, defendía –como ya hemos visto, no demasiado brillantemente- la abundancia atacada por la subversión, hoy en día debe defender la abundancia perdida; en una palabra, nos encontramos en el deber de dirigir las desgracias del mundo. Quisiéramos que el lector estuviese atento a la paradójica coincidencia que viene a continuación y que constatamos por primera vez en la historia universal: en el preciso instante en que todos las potencias del mundo están dispuestas a venir en su socorro mutuo –a pesar de las divergencias de detalle que ya no las oponen verdaderamente-, cada una de esas potencias está necesitada hasta tal punto de ayuda que ya no se encuentra en situación de ayudar eficazmente a las demás; el poder de cada Estado es muy limitado fuera de sus fronteras porque se encuentra gravemente comprometido en el interior de ellas.

Por otro lado, la así llamada coexistencia pacífica entre las grandes potencias no es en modo alguno el fruto de una loable elección hecha deliberadamente en la esfera de la política mundial, ni tampoco el resultado de los éxitos registrados por la diplomacia moderna, como cree el pueblo. Nosotros sabemos que la coexistencia pacífica no es una virtud, sino una necesidad, y mucho menos feliz de lo que se quisiera creer; pues si ningún conflicto mundial tiene lugar en las hipótesis, no es tanto a causa del peligro que representan las armas termonucleares como a causa del nuevo y –según nosotros- más grave conflicto social que cada nación debe esforzarse en superar por sí misma. Se puede decir en pocas palabras que ya no es posible una guerra mundial porque la paz ha abandonado este mundo; y que al más alto grado de poderío militar alcanzado jamás por un Estado corresponde también el más alto grado de impotencia.

Foto: Werner Bischof

Clausewitz decía que la guerra “es la continuación de la política por otros medios”; pero incluso esta definición, válida hasta ahora, no lo es a partir de este momento y en lo que vendrá, pues es la pretendida “paz” la que hoy en día resulta ser la continuación de la guerra de otro modo; mas se trata de la continuación de otro tipo de guerra, que los Estados no eligen ni declaran. Los propios ejércitos deberán ser pronto completamente reestructurados, siguiendo el ejemplo inglés de un ejército profesional, con el fin de ser aptos para combatir en el interior contra la subversión, mientras que los servicios secretos tendrán que ocuparse a partir de ahora, principalmente y desde el punto de vista militar, de la política interna, y no de la política exterior (¡pero, por caridad, sin seguir el ejemplo del SID italiano!). La próxima “gran guerra” se anuncia como una guerra civil generalizada; sean, pues, bienvenidos los teóricos capaces de instruir a las unidades de profesionales que deberán implicarse en este combate pro aris et focis [por nuestros altares y hogares].


Claro que todavía habrá guerras entre Estados; pero serán, como la de Oriente Próximo, guerras locales, y las grandes potencias deberán intervenir indirectamente en ellas para limitar los daños y las consecuencias a escala mundial que son susceptibles de provocar en los países industriales avanzados, puesto que éstos se encuentran en situación tan precaria. Y aquí interesa subrayar la derrota sufrida por la política de las grandes potencias, y en consecuencia por el mundo, tras la última guerra árabo-israelí de 1973. Como es sabido, la victoria israelí, aplaudida por Europa, fue obtenida con el apoyo militar y diplomático de los Estados Unidos y ha costado –y seguirá costando- a los Estados Unidos y a todos sus aliados mucho más que una derrota en un teatro de operaciones mundial. En ese momento, incluso los más reticentes a admitirla se convencieron de la vulnerabilidad de todo nuestro sistema económico y monetario en una coyuntura ya muy delicada de crisis social.


En sus tiempos, David Ricardo definió el trigo como “la única mercancía que es necesaria, tanto para su propia producción, como para la producción de cualquier otra mercancía”, pues en aquella economía el trigo aseguraba la supervivencia de las propias fuerzas laboriosas de una manera privilegiada. Los tiempos han cambiado y hoy es el petróleo el que podría ser definido como el producto necesario e indispensable para producir y consumir cualquier otro. En la época de la “Guerra del Yom Kippur”, a Europa le bastó entrever la perspectiva de pasar un frío invierno para que la Alianza Atlántica, creada para resistir contra las potencias armadas del otro lado del Telón de Acero, se fundiese como la nieve al sol; sólo Caetano se mantuvo fiel a la OTAN y hoy la OTAN ya no puede contar con él.


A continuación, hecho más grave, la crisis energética, los aumentos sucesivos en el precio del crudo y todos los desplazamientos de los equilibrios económicos y financieros produjeron, en el interior de la crisis de la economía, la actual intensificación de la crisis económica; y, al mismo tiempo, ofrecimos a los países árabes esa espada de Damocles que, para nuestra comodidad, con gusto se han encargado de mantener suspendida sobre nuestra industria. Señalemos de pasada la debilidad mental que se manifiesta en los cálculos económico-políticos de quienes dirigen nuestros asuntos desde hace una generación: si se quisiera continuar esta forma precisa de expansión, tan claramente basada en un abastecimiento de petróleo a bajo precio, deberíamos entonces mantener el viejo colonialismo, y no sacrificarlo ante las ilusiones de rentabilidad inmediata del “neocolonialismo”. Las tropas de los principales Estados burgueses controlaban, no hace ni treinta años, casi la totalidad de los países productores de nuestras materias primas y de nuestras actuales fuentes de energía. Elegimos, con el más simplista de los cálculos, abandonarlos los aparentes costes menores, ¡y esto con el fin de desarrollar a continuación nuestra tecnología como si todavía controlásemos esos países! Una decena de guerras coloniales permanentes no nos habría costado un cuarto de lo que ha supuesto el apuro en el que nos encontramos actualmente.

Este fracaso, tan poco imprevisible, llegó por añadidura en la época del declive de la potencia americana en el mundo; intensificó la crisis política interna, que poco después haría caer a Nixon en el ridículo; y llevó más allá de su punto crítico la crisis que desde hace años desgarra silenciosamente el tejido social de Estados Unidos. Los primeros efectos de todos estos errores se vieron inmediatamente, pero sólo se han comenzado a ver y aún no avistamos su fin. ¿Y qué decir de la ingenua desenvoltura con que el sucesor de Nixon, Gerald Ford, proclamó en su discurso de investidura: “Desde ahora sabemos que un Estado lo bastante fuerte para daros todo lo que queréis es también un Estado lo bastante fuerte para arrebataros lo que tenéis”? “Desde ahora sabemos…”, ¿qué sabemos? Hoy, pocos meses después de esta audaz declaración, sabemos, por ejemplo, que el déficit federal ha aumentado vertiginosamente desde entonces y que Ford espera que, en el balance para el ejercicio 1975-1976, dicho déficit no supere el 900 % de la cifra del precedente. Los miserables pensadores de un poder que se empobrece a ojos vista, cuando prevén el bien, ven mal, y cuando prevén el mal, ven bien. Henry Kissinger, por ejemplo, aunque no sea un “hombre sin cualidades”, se asemeja al personaje de Musil al menos por su defecto: que disuelve constantemente la acción en la vanidad de la acción y lo útil en lo inútil; en otros términos, carece, como la mayoría de aquellos que nos encontramos todos los días en los cuatro rincones de la Tierra, de una visión estratégica de lo que es preciso hacer o evitar hacer, más allá de las obligaciones contingentes, para salvar un mundo que se domina con una dificultad creciente; pues resulta inútil querer dominar lo que se convierte en ruinas, cuando se trataría más bien de salvar lo que se puede dominar. Y en lo que concierne a esa guerra que los israelíes han ganado frente a los árabes, nos bastará decir a todos los modernos Metternich que habrían hecho mejor en tener en cuenta un par de antiguas máximas: una, que “nunca fue una sabia decisión reducir al enemigo a la desesperación” (Maquiavelo); y la otra, que “aquellos que saben vencer son mucho más numerosos que aquellos que saben hacer un buen uso de su victoria” (Polibio).


Foto: Raymond Depardon


En cuanto a Europa, que parece haber olvidado que ha producido todas las obras maestras del pensamiento humano y que en estos últimos treinta años ha depositado más confianza en los pensadores del otro lado del Atlántico de la que se permitiría dispensarse a sí misma, resulta ahora patente que se ha disgregado incluso como simple “comunidad económica”. Y en Italia, los más grandes esfuerzos de ciertos medios del poder económico y político pueden pasarse sin comentarios si se considera que no han dado como resultado más que la irrisoria tentativa de retornar a la vieja “solución” fascista, justo en el momento en el que las últimas ruinas de ese fascismo tenían el fin que se podía prever en Portugal y en Grecia.

Los políticos podrán negarlo tanto como quieran, pero su moneda de cambio, la mentira, se encuentra en este momento aun más corroída por la inflación que la lira; ha concluido una época y otra nueva se abre. Sabemos que los hombres, tan a menudo dispuestos a interpretar el pasado con términos nuevos, son también frecuentemente llevados a interpretar lo nuevo con términos antiguos; y así no comprenden lo que debe hacerse, pues el cambio en los tiempos es expresión siempre, y ante todo, de aquello a lo que le ha llegado su hora. El concubinato de una época con la siguiente nunca corre el peligro de institucionalizarse en matrimonio, no importa lo que piense el senador Amintore Fanfani, que indudablemente sería más estimado como intérprete de los paisajes toscanos que como intérprete de la historia.

Pero queda todo dicho de la miseria intelectual que se ha instalado persistentemente en el poder de nuestro país, y que lo asola, cuando repara en las reflexiones, aparentemente inocentes, con las que se nos distrae a la espera de alguna panacea desconocida y que abundan en nuestra prensa, y no precisamente en la peor; pensamos, por ejemplo, en el candor con el cual nuestro periódico más importante ha afirmado en numerosas ocasiones “que envidiaba a los franceses por Giscard d’Estaing”. Es bien cierto que nuestra clase política, hechas un par de salvedades, daría vergüenza a una tribu de pigmeos; pero ello no es en absoluto razón suficiente para burlarse de nuestra vecina, la desgraciada Francia, pretendiendo que tenemos envidia de unos políticos con los que ninguna tribu de watusis podría contentarse. Cualquiera que tuviese menos sentido de la urbanidad que nosotros pero hubiese tenido ocasión de cenar en una o dos ocasiones con el neo-presidente francés, sacaría conclusiones sobre el personaje en términos no muy diferentes de los que el Señor Nicolás [Maquiavelo] empleó en su epigrama in mortem al Gonfaloniero:

"La notte che morì Pier Soderini,
l’anima andò de l’inferno alla bocca;
gridò Pluton : — Ch’inferno ? anima sciocca,
va su nel limbo fra gli altri bambini."

Que se nos perdone el artificio literario, pero en la actual generalización de las malas costumbres, cada estupidez hace valer el derecho de ciudadanía que le es debido y no hay imbecilidad que quede sin protector; aquí en Italia respetamos demasiadas cosas como para que sean dignas de ser respetadas. En el fondo, ni siquiera es Giscard lo que la trivialidad periodística envidia a los franceses, es algo peor: envidia la provocadora imagen del presidente-manager, tecnócrata eficiente y lleno de esperanzas, atrevido para obrar algunos cambios espectaculares en la etiqueta y para promover con juvenil fervor cien innovaciones de detalle que por un instante distraen la atención de su país de la subversión que se avecina, la cual se alimenta todavía de las cenizas del mes de mayo de hace siete años.

Ciertamente, la “cuestión italiana”, la francesa o la inglesa no podrán resolverse poniendo, por ejemplo, en lugar de un Flaminio Piccoli o de un Rumor, a algún personaje más “telegénico”, menos implicado en los fracasos del pasado o menos comprometido con la mafia que el ministro Gioia. Que sea necesario –y, en el presente, urgente- cambiar también a la mayoría de los hombres que deberían defender nuestros intereses es algo que nadie niega; pero remplazarlos por Giscards es un remedio que en modo alguno combate el mal. Se habla de ese mal que todos sufrimos, se discute, se escribe, y todos los enfermos juegan a los médicos: así sus diagnósticos son siempre enfermizos y sus recetas poco más que un síntoma suplementario de esa enfermedad común. Manzoni era de la opinión de que “nosotros, hombres, estamos hechos generalmente así: nos rebelamos con indignación y cólera contra los males mediocres y nos resignamos ante los extremos; soportamos, no sólo resignados sino embobados, el colmo de aquello que declaramos insoportable desde su primera aparición”.

Foto: Henri Cartier-Bresson


No queremos disimular ante el lector que hablarle tan fríamente es para nosotros una tarea ingrata; pero por otro lado, hablar de otro modo nos parece imposible, y vergonzoso el silencio. Y nuestra propia frialdad, al tratar de cosas que nos afectan tan de cerca, no es el producto del cinismo que ciertos espíritus malintencionados quisieran atribuirnos, sino de la necesidad de mantener la sangre fría en presencia del peligro del fin de nuestro mundo; quienquiera que no sienta lo suficiente el peligro de ese fin jamás estará en situación de ponerle fin a tal peligro.

Aquellos que en el presente, en Italia y en otros lugares, se aventuran en previsiones arriesgadas referentes a la “recuperación” económica, fingiendo creer que esta crisis se asemeja a tantas “coyunturas” desfavorables pero pasajeras del pasado, lo hacen sobre todo con una intención demagógica, estimando que no resulta inútil hacer creer al pueblo –al cual ya no pueden prometer el oro y el moro- que, sino les obreros, al menos los dirigentes, prevén algún tipo de recuperación segura para el año próximo; pero, cada trimestre que pasa, esos mismo profetas se ven infaliblemente obligados a retrasar y aplazar otro tanto ese cambio de tendencia desgraciadamente quimérica: la ilusión del cambio no implica, pues, un cambio en las ilusiones. Piero Ottone escribía recientemente, con razón, que “la espera de una desgracia es angustiosa, exasperante; cuando al fin la desgracia nos golpea, casi respiramos de alivio y, paradójicamente, sufrimos menos. Hasta ayer temíamos que el país se hundiese; el simple hecho de que aún no se haya hundido procura al que era más pesimista una curiosa sensación de victoria”.

Nosotros, que no somos ni pesimistas ni optimistas, ni siquiera nos beneficiamos de esa “curiosa sensación de victoria”; pero, como no quisiéramos dejar con demasiado mal sabor de boca al lector que ha llegado hasta el final de este poco regocijante capítulo, le citaremos un pequeño chiste, cuyo ingenio no es ajeno a nuestro tema. El chiste, que es un arte menor muy italiano, y el único que queda vivo, se encuentra en relación inversamente proporcional a los tiempos: los más logrados proceden de las épocas más desgraciadas y, en cierto modo, hacen las veces de única consolación. “¡Es una pena –nos decía el presidente de una de nuestras más famosas industrias nacionales al contárnoslo-, es una pena que los chistes no coticen en bolsa!” He aquí la historieta, situada en otro tiempo y lugar: el jefe de una tribu de sioux, después de un año en el que las cosechas habían quedado destruidas por lluvias catastróficas, reúne a su gente ante la proximidad del invierno para comunicarle la nueva; y, no sabiendo demasiado bien cómo hacerse con un auditorio inquieto que sospechaba las calamidades, encuentra un expediente oratorio que nuestros políticos le envidiarán; dice: “Hermanos, tengo dos noticias que anunciaros; una mala y otra buena. Comencemos por la mala: este año no tendréis para comer más que m…; y ahora la buena: como compensación, habrá para todo el mundo”.
[N.B. La mayoría de los fotográfos cuyos trabajos ilustran el texto han colaborado o colaboran con la Agencia Magnum; si quieres echar un vistazo a sus obras, métete AQUÍ]