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domingo, 11 de febrero de 2007

AGITPROV. Informe Verídico sobre las Últimas Oportunidades de Salvar el Capitalismo en Italia (VII) - G. Sanguinetti (1975)

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VI. Lo que son efectivamente los comunistas y lo que debe hacerse con ellos.

“Los príncipes […] hallaron muchas veces más fidelidad y más provecho en los hombres que al principio de su reinado les eran sospechosos, que en aquellos en quienes al empezar ponían toda su confianza. Me limitaré, pues, a decir que si los hombres que al comienzo de un reinado se mostraron enemigos del príncipe no son capaces de mantenerse en su posición sin apoyos, aquél podrá ganarlos fácilmente, y, después, tanto más obligados se verán a servirle con fidelidad cuanto más comprendan lo necesario que les es borrar con sus acciones la siniestra opinión que el soberano se había formado de ellos. Y sacará mayor provecho de estos tales que de aquellos otros que, sirviéndoles con tranquilidad en interés de sí mismos, descuidan el del príncipe forzosamente”.
Maquiavelo, El Príncipe


LLEGADOS A ESTE PUNTO del presente escrito pseudonímico, no han de faltar gentes que, en el transcurso de su lectura, hayan reconocido, tras buena parte de las argumentaciones precedentes, nuestra mano. No quisiéramos que, leyendo lo que sigue, dichos lectores se retractasen de su opinión, pues si han adivinado de quién emana lo que se ha expuesto hasta aquí, lo que vendrá no está sino aparentemente en contradicción con nuestras posturas anteriores, y por lo demás se encontraba ya anunciado en el prefacio de este panfleto. Si bien es cierto que en los últimos años, por no decir meses, no hemos dejado de pronunciar y repetir sobre la “cuestión comunista” el celebre nondum matura est [están demasiado verdes] de la zorra de Fedro, en el presente es necesario precisar que la zorra tenía entonces sus razones para hablar de tal suerte, del mismo modo que hoy en día hay otras para hablar de forma diferente en todas los aspectos. En verdad que no se trata en modo alguno de un cambio subjetivo por nuestra parte, sino más bien de la posibilidad objetivamente sobrevenida de un cambio útil y necesario, que nosotros nos hemos encargado –en compañía de otros no menos cualificados- de preparar, y ya desde los tiempos en los que aún nos parecía conveniente señalar sus desventajas. No existe nada en el mundo que no tenga su momento decisivo, y la obra maestra de la buena conducta, singularmente en política, consiste en reconocer y apresar dicho momento.

Establecido lo anterior como premisa, no diremos ninguna novedad al tratar una cuestión que tampoco es nueva; sino lo que es necesario y lo que se ha convertido en urgente. Lo que resultará nuevo para aquellos que tuvieron la ocasión de conocernos en el pasado será solamente nuestra disposición actual con respecto a los comunistas, la cual, por otra parte, trasparecía en los capítulos precedentes. Ha llegado la hora en la que es a la vez necesario y posible rechazar una gran parte de los defectos de nuestra nación: la astucia que conviene a la situación presente consiste en pasarse sin ella, y lo prudente, en este caso, es no tener demasiada prudencia. En una situación semejante, es más importante poner atención en no fallar ese tiro que disparar excelentemente cien en otras tantas direcciones, pues “ni la estación ni el tiempo esperan por nadie” [Baltasar Gracián].

Ya se acabaron, por cierto, los tiempos de los juegos de prestidigitación verbal en los cuales nuestros trapecistas políticos se medían en “convergencia paralela” con los comunistas, ofreciéndoles lo que se llamaba “estrategia de la atención”, antecámara de una postergación indefinida del “compromiso histórico”; y que el Presidente del Consejo, el honorable Moro, definía, con las precauciones que le obligaban a andar con pies de plomo, como “una especie de encuentro a mitad de camino, una cosa nueva, que sea y al mismo tiempo no sea un relevo en los roles de la mayoría y de la oposición, el perfilamiento de una diversidad que no consista en un cambio en las fuerzas de dirección, sino en la adición modificante del componente comunista a otros componentes”. Combien de bruit pour une omelette!

Nadie, entre todos esos leaders políticos que desde hacía meses se regodeaban en el “compromiso histórico” para mejor conjurarlo, nadie ha dicho la principal y más simple verdad sobre la cuestión: que el “compromiso histórico” es un compromiso en el verdadero sentido del término únicamente para los comunistas y en absoluto para nosotros; para nosotros el acuerdo con los comunistas no tiene siquiera un carácter “histórico” –a menos que se quiera llamar histórica a toda acción táctica que se pueda considerar necesaria para hacer trabajar a quien no quiere trabajar-. Mas en este caso y a falta de acuerdo, ¿cuántas “cargas históricas” deberá realizar nuestra policía delante de las fábricas? ¿Y con qué resultados? Incluso el ex ministro de Trabajo, el socialista Bertoldo, considerado por un hombre de derechas, Domenico Bartola, como “un sutil intérprete de la dialéctica hegeliana”, lo ha dicho mejor que nadie y de una vez por todas: “Hay que decidir si uno quiere gobernar con los sindicatos o con los carabineros”.







Porque ahí se encuentra el fondo de la cuestión, que es tan política como económica, ya que, si a lo largo de los últimos años hubiésemos podido disponer de tres veces menos de carabineros, pero de tres veces más de sindicalistas, habríamos ganado mucho con el cambio. Alberto Ronchey, que es de lejos el mejor editorialista italiano, ha escrito recientemente que el más grande problema económico es a partir de ahora convencer a las gentes para que trabajen, y tiene razón. En el presente ya no es posible dejarse ir, esperando todo el tiempo que los obreros retrasarán “todavía un instante” la revuelta que están incubando, o que nuestra industria recuperará su aliento y su vigor aunque en nuestras fábricas reine la anarquía reivindicativa, y todo esto mientras Italia derriba, uno tras otro, a unos gobiernos que duran apenas unos meses; gobiernos, por otro lado, constante y únicamente comprometidos con la titánica empresa de mantenerse en el poder un poquito más de lo que creerían posible, aplazando todas las cuestiones, incluidas las menores, porque ellas bastarían para hacerlos caer.

¿Y quiénes, mejor que los comunistas, pueden imponer hoy al país un período de convalecencia durante el cual los obreros deberán cesar la lucha y retornar al trabajo? ¿Quién mejor que un ministro del Interior como Giorgio Amendola podría extirpar la delincuencia extendida a todos los niveles y hacer callar a los agitadores utilizando métodos buenos… o menos buenos? Hace falta emprender una labor gubernamental a largo plazo, y para ello necesitamos un gobierno sólido y resuelto: no aceptar hoy en día un “compromiso” como el que se discute aquí significa, en realidad, para nosotros, comprometer fatalmente incluso la existencia del día de mañana. Recordemos que la neutralidad en un asunto semejante es hija de la irresolución y que “li principi mal resoluti, per fuggire e’ presenti periculi, seguono el più delle volte questa via neutrale, et el più delle volte rovinano” [Los príncipes irresolutos que quieren evitar los peligros del momento retrasan a menudo el rompimiento de su neutralidad, pero también a menudo caminan hacia su ruina. Maquiavelo, El Príncipe]. Por no querer ver el peligro real, se finge sentir como un peligro el acuerdo con el PCI, y al final se huye de los dos.

*

Los espíritus timoratos encontrarán tal vez en nuestras palabras, incluso si se ven obligados a admitir su justeza y utilidad en todo lo demás, el ligero defecto de que, justamente, parecen no tomarse en serio el peligro que podría representar más tarde tener un partido comunista en el corazón del poder político en un estadio de la crisis en el que nuestros mandos se ven incapaces de hacer que los obreros sigan trabajando. Quis custodiat custodes ipsos? [¿Quién guarda a los guardianes?]

Responderemos que la objeción es infundada y el miedo, mal consejero. Para empezar, jamás se debe tener temor de peligros futuros e hipotéticos cuando uno se muere a causa de un peligro presente y cierto; y, por otro lado, nunca debe arriesgarse toda la fortuna sin haber puesto en juego todas las fuerzas. Puesto que la fuerza actual del Partido Comunista y de los sindicatos ya está a nuestro servicio y resulta ser nuestro principal apoyo desde el otoño de 1969, y puesto que, sin embargo, sus efectos han sido hasta ahora más que insuficientes para invertir el proceso, es indudable que nos interesa galvanizar con toda urgencia dicha fuerza, ofreciéndole el punto de apoyo central por excelencia en la sociedad; es decir, introduciéndola en el centro del poder estatal.



Por otro lado, los supuestos peligros futuros de tal participación comunista en el gobierno, dichos peligros –decimos- no existen más que en la propia esfera de esas ilusiones sobre la tendencia revolucionaria que, en nuestra sociedad, constituiría el Partido Comunista; ilusiones artificialmente extendidas en una época ya concluida, y en la que resultaban útiles a la defensa de un mundo que hoy, con los tiempos ya cambiados, debe ser defendido con el concurso de esos mismos comunistas. Sólo nuestros actuales hombres de gobierno, que aspiran, a pesar de su desgraciada bancarrota, a autonomizar su propia existencia de simples delegados de la sociedad italiana en su administración estatal, pretenden todavía tomar por un dato real del razonamiento estratégico lo que –esa supuesta tendencia revolucionaria del PCI- no ha sido nunca más que un “artículo de exportación” ideológica cuyo destinatario era el pueblo. Y por eso caen estos dirigentes agotados; lo que de hecho desean, cuando se aferran a su vieja especialización, cuando una modernización necesaria impone su “reciclaje”, no es ni siquiera prolongar, con el fin de satisfacer sus propios y limitados intereses, la existencia aparente del oficio que saben ejercer, sino más bien el de aquel que no han sabido desempeñar nunca.

No ha de temerse al Caballo de Troya más que cuando son los aqueos los que están dentro. El Partido Comunista ha tenido que vender, e incluso sigue vendiendo, una panoplia determinada para disfrazarse de enemigo de nuestra Ciudad, pero no es tal enemigo; tampoco lo dirige Ulises. El comunista italiano se asemeja más bien a aquel carpintero con máscara de león de El Sueño de una Noche de Verano, que debe dejar que se le vea “la mitad del rostro a través de la melena leonina” y que debe decir a los espectadores: “Debo suplicarles que no teman, que no tiemblen; respondo con mi vida de la vuestra. Si pensaseis que he venido como un auténtico león, resultaría nefasto para mi existencia. No, no soy nada semejante…”

Y precisamente porque osamos admitir que los obreros italianos, que han declarado su ofensiva de guerra social, son nuestros enemigos, sabemos que el Partido Comunista es nuestro apoyo. Ya no se puede seguir tranquilizando al país pretendiendo lo contrario, pues hemos llegado a la hora de la verdad, al momento en el que ya no sirven las mentiras, sólo la fuerza.

Cuando, en años pasados, teníamos ocasión de hablar de los comunistas con Raffaele Mattioli, jamás le oímos decir que les encontraba algo de inquietante, y muchas veces le escuchamos repetir la misma conclusión: “Son de lo más valiente”. Cuando Togliatti, un año antes de morir, le envió su último libro, Mattioli nos mostró, a la vez halagado y divertido, la dedicatoria en la famosa tinta azul turquesa del líder comunista, que los imbéciles temían y que nosotros apreciamos: “Al Amigo, etc., con el solo pesar de no poder llamarlo Camarada”, si mal no recordamos. ¿Quién sabe si Raffaele Mattioli, de estar aún entre nosotros, no habría a su vez enviado una dedicatoria por ejemplo de la siguiente especie: “Al camarada Amendola, con la esperanza de poder llamarlo pronto Excelencia…”?

Sea como fuere, no nos dejemos llevar al olvido de que nuestra mayoría parlamentaria se regula, desde hace mucho tiempo ya, con la oposición comunista, y que la oposición comunista se opone a las mismas cosas a las que se opone la mayoría; y que, sin embargo, toda la vida política del país se encuentra como paralizada ante la pesadilla que, para los demo-cristianos, parece ser la idea de ceder a los comunistas algunos ministerios. Hasta fechas recientes, dicha actitud democristiana encontraba su justificación semirracional en la necesidad de mantener el monopolio del poder para continuar ocultando la manera en que tal poder había sido gestionado y ciertos hechos particulares tan escandalosos que, de haber sido conocidos, habrían conducido a la disgregación inmediata del partido; pero ahora que esos hechos, poco a poco, se van haciendo conocidos por todo el país, aquella última justificación se ha vuelto caduca. Y es la disgregación de Italia lo que se trata de evitar, si ello es posible.



Por lo demás, planteamos aquí la cuestión: ¿cuál es la alternativa de la cual el “compromiso histórico” es uno de los términos? El otro término se presenta del siguiente modo: se llegará, más o menos deprisa, a una situación en la cual ni los comunistas, ni los sindicatos, ni las fuerzas del orden ni los servicios secretos podrán mantener a los obreros al borde de una insurrección general de la que es difícil prever todas las consecuencias. Si en la mejor de las hipótesis –y nosotros no vemos más que dos-, dicha insurrección no se transforma en una guerra civil pura y simple; es decir, si los comunistas logran, en un segundo tiempo, hacerse con las riendas, poniendo cara de participar en ella para luego apoderarse de su dirección, resulta evidente que será Berlinguer quien haya de poner las condiciones y que, en una situación semejante, no estará dispuesto a compartir con nosotros el gobierno; sino que, más bien, con el impulso del movimiento insurreccional, los comunistas se harán con el Estado en nombre de los trabajadores, a quienes convocarán para defenderlo. Y si, por el contrario, como nos parece más probable, la credibilidad del Partido Comunista entre los obreros se encuentra totalmente agotada cuando estalle la insurrección, lo que resulta de lo más previsible, de suerte que la acción comunista de “recuperación” en las propias filas del partido de los insurgentes se revele inútil o imposible, entonces la guerra civil ya no será evitable y el partido comunista, amputado de su base, que se unirá forzosamente a los revolucionarios, ya no nos será de ninguna utilidad. He aquí las dos variantes que forman una alternativa con el “compromiso histórico”; tertium non datur [el tercero está excluido].

¿Qué se habrá hecho, ante tales acontecimientos, de la Alianza Atlántica, ya ahora en crisis? ¿Y del Pacto de Varsovia, que ya se mostró impotente frente a la insurrección obrera de Stettin y Dantzig? Entonces, en la tragedia que vendrá después y que se representará en un teatro de guerra no menos vasto que la crisis actual, ya no nos quedará más que repetir, a guisa de inútil mea culpa, los versos del Agamenón de Esquilo:

“¿Dónde, dónde pues se oculta el Derecho? La Razón
desespera de sus poderes,
la inteligencia aletargada, cuyos prontos recursos
se han extinguido, da palos de ciego.
Nuestro reino está en peligro,
el desastre se aproxima:
¿Adónde puedo dirigirme?”

En suma, nuestra opinión actual sobre la “cuestión comunista” puede resumirse en una frase: no hagamos una cuestión de lo que ya no lo es, mientras que las verdaderas cuestiones y los problemas reales no esperan a las decisiones del senador Fanfani, ese utilium tardus provisor [velador tardío de lo útil] para agravarse irremediablemente. Giovanni Agnelli, que, entre nuestros hombres de poder, sea tal vez el único que pueda vanagloriarse de poseer la inteligencia más arraigada en la realidad de nuestra época, llega abiertamente en el presente al mismo análisis que nosotros; y sobre la mayor parte de las conclusiones, a pesar de ciertas divergencias de detalle, nuestros puntos de vista convergen. Y para no decir nada de los compromisos privados, nos contentaremos con recordar al lector una de sus declaraciones públicas: “Si nuestra enfermedad es casi mortal –decía Agnelli a comienzos de este año-, nos es lícito pensar que el Partido Comunista ha comprendido la necesidad de hacer un buen uso de ella para que nos salvemos todos juntos. Para que el odio de clase no llegue a apoderarse del mundo y dividirlo en dos partidos: los enragés en la calle y los demás en sus búnkeres con sus guardias personales...” No se podría decir mejor.


*

Concluyamos, en fin. Con la ayuda del Partido Comunista en el poder, o bien logramos salvar nuestro dominio o bien no lo conseguimos. Si lo logramos, despediremos a nuestros criados comunistas junto con una gran parte del actual personal político con la mayor facilidad. Los propios comunistas lo admiten ya manifiestamente como uno de los términos de su contrato de empleo; y nosotros sabemos desde Heráclito que “a todo lo que repta sobre la tierra se lo gobierna a palos”. Y si no lo conseguimos, ya nada importará; pues todos admitirán que sería la peor de las discusiones bizantinas, en el momento en que el Turco esté sobre la muralla, la que tratase de determinar qué trofeos se habrían adjudicado en el circo los Verdes y los Azules en un mundo que ya se habrá derrumbado.
Las imágenes que ilustran el texto son obra del artista ruso ALEXANDER KOSOLAPOV. Si quieres saber algo más sobre él, pulsa

viernes, 2 de febrero de 2007

AGITPROV. Informe Verídico sobre las Últimas Oportunidades de Salvar el Capitalismo en Italia (VI) - G. Sanguinetti (1975)

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V. Lo que es la crisis en el mundo y en qué diferentes especies se manifiesta.

“Troya, alzada aún sobre su base, se habrá derrumbado ya, y la espada el gran Héctor ya no tendrá señor […] El contrato de la autoridad no fue respetado; y mirad: todas las tiendas griegas levantadas vanamente en este llano son otras tantas vanas facciones […] Cuando todos los rangos se han disfrazado, también los más indignos ofrecen un bello aspecto en la mascarada […] cuando los planetas, en una culpable confusión, derivan hacia el desorden, ¡qué plagas y qué catástrofes! ¡Qué sediciones! ¡Qué desenfreno de los mares, temblores de tierra, agitación de los vientos, espantos, cambios, horrores que corrompen y destruyen, arrancan y desgarran la unidad y el apacible matrimonio entre las clases, fuera de su inmutable condición! ¡Ay, si la jerarquía se tambalea, ella que es la medida de los más altos designios, es que la empresa está enferma! […] Entonces toda cosa queda reducida a una cuestión de poder, y el poder a la voluntad, y la voluntad al apetito; y el apetito, ese lobo universal, secundado así doblemente por la voluntad y el poder, hace necesariamente del universo su presa y, al fin, se devora a sí mismo […] Es nuestra debilidad la que cerca Troya, y no su fuerza.”
SHAKESPEARE, Troilo y Crésida.

Cuando el presente no conducía a añorar el pasado y cuando el porvenir no parecía comprometido por la precariedad de un presente como el nuestro, los hombres vivían su tiempo en toda su riqueza: en la segunda mitad del siglo XVIII, por dar un ejemplo evocador, la sociedad veneciana podía darse el lujo de olvidar, literalmente, las obras maestras de un Vivaldi y de un Albinoni, puesto que de Viena llegaban las nuevas obras maestras de Mozart y de Lorenzo Da Ponte.

Pero en una época en la que la pobreza de un presente a la vez inquieto y estancado anuncia un porvenir turbio y trágico; en una época en la que el redescubrimiento de las obras maestras del pasado, bien pronto arrebatadas, apenas nos consuela; en una época en la que la miseria, y especialmente la miseria cultural, domina nuestras sociedades de la abundancia perdida y nos agrede, los individuos y las clases, los dirigentes y los dirigidos, y, a fin de cuentas, hasta el Estado, todas las cosas, en suma, parecen agitarse en una suerte de “inquietud absoluta por no ser lo que se es”, para decirlo con Hegel. Asistimos así a una extraña alienación generalizada y universal en virtud de la cual nadie puede ya representar el papel que lo define: los obreros ya no quieren ser obreros, los dirigentes temen aparecer como tales, los conservadores se esconden o se callan, la burguesía tiene miedo de ser burguesía; queremos decirlo una vez más: “cuando todos los rangos se han disfrazado, también los más indignos ofrecen un bello aspecto en la mascarada”, y entonces se desvanece “la unidad y el apacible matrimonio entre las clases”, pues ya no hay para nadie ninguna “inmutable condición”.

En lo que concierne a esa burguesía italiana a la que Giorgio Bocca recuerda en vano que “no ha nacido ayer”, y que es incluso la primera burguesía que ha aparecido en la historia y la que inventó la banca, la vemos hoy tomar al pie de la letra todas las profecías de sus adversarios, dar más credibilidad al marxismo de moda y a sus previsiones que a su propia historia y a su propia cultura, olvidadas o ignoradas, llenarse la boca de argucias sobre el proletariado y sobre los medios más adecuados mediante los cuales los obreros deberían conducir sus propias luchas; tanto y tan bien que resulta pertinente decir a esa parte de nuestra burguesía que, en la gran puesta de sol del capitalismo, de la que ella misma habla, todos los gatos son rojos.

Esta crisis general de identidad no es, a su vez, más que un aspecto particular de la actual crisis mundial, pero no por ello merece menos nuestra atención; y, puesto que nos detenemos en esta cuestión, queremos a contrario citar, sin comentarios y con vistas a esa burguesía, un elocuente pasaje de una carta privada que nos fue dirigida por un diplomático ruso, cuyo nombre callaremos, inmediatamente después de la invasión de Checoslovaquia en 1968:

“[...] Es la estupidez –escribía nuestro corresponsal- la que hace que exista una cuestión obrera en su país; no veo en absoluto en que quieren convertir al obrero europeo una vez se lo ha convertido en una cuestión. Si quieren ustedes esclavos, están locos al concederles aquello que los convierte en señores; han destruido ustedes en su germen los instintos que hacen a los trabajadores posibles como clase, los instintos que les harían admitir incluso esa posibilidad; ¿qué tiene de asombroso que a ese obrero su vida le parezca hoy una calamidad o, por utilizar la lengua de la moral, una injusticia?”


Foto: Margaret Bourke-White


Hemos querido traer aquí este fragmento, cuyas itálicas se encuentran en el original, no por gusto por la anécdota, sino para mostrar que, en el frío y brutal lenguaje que es propio de la burocracia soviética, puede haber más verdad, sinceridad y realismo que en las disertaciones marxistas de ciertos burgueses, más o menos intelectuales, de nuestro país. ¡Sería, de todos modos, el colmo de la ironía de la historia que nuestra política, desconsiderada con Maquiavelo, tuviese que ir a buscar lecciones de ciencia en la burocracia dominante en Moscú! Y, sin embargo, la clase que detenta el poder en Moscú parece olvidar menos que nosotros su propia identidad y es, a pesar de sus inmensas carencias, consciente de sus intereses, sabe defenderlos y sabe contra quién debe defenderlos. Los comunistas, en Rusia y en cualquier parte, saben de hecho mejor que los demás que, hoy en el mundo, ya no es posible ninguna auténtica revolución que no sea realmente proletaria, es decir que no se rebele contra toda dominación y clase dirigente y, en consecuencia, también contra la clase que ellos mismos constituyen en los países en los que detentan el poder; y no es por casualidad si sus partidos en el extranjero han dejado de hablar de una revolución que no pueden aceptar, pues en la Rusia de 1917 la conocieron de cerca; y si se sirvieron de ella para apropiarse del poder, fue únicamente haciéndola añicos como pudieron mantener las riendas del Estado y de la economía.

Pero entrando en la materia de la más vasta cuestión mundial que queremos tratar sumariamente en este capítulo, diremos que sólo después del otoño de 1973 –y tomaremos como punto de referencia la última guerra arabo-israelí, tan cargada de consecuencias- la crisis social que, en el lustro anterior, había asediado a casi todos los países europeos, y no sólo europeos, se ha convertido de golpe en una crisis mundial y total al mismo tiempo.

Esta crisis es mundial porque, extensivamente, todos los regímenes y todos los países del globo, unos de un modo y otros de otro, se ven afectados simultáneamente, incluso si las características específicas de la crisis pueden presentar inicialmente diversos rasgos predominantes según los diferentes países.

Por otro lado, esta crisis es total porque, intensivamente, es toda la profundidad de la vida, tal como ésta se despliega en el interior de cada país, la que ha sufrido el contagio.

Ya se trate de la crisis política o de la crisis económica, de la polución química del aire que respiramos o de la adulteración de los alimentos, del cáncer de las luchas sociales o de la lepra urbanística que prolifera allá donde en otro tiempo estuvieron las ciudades y el campo, del aumento de los suicidios o de las enfermedades mentales, de eso que se llama explosión demográfica o del umbral ya franqueado por la nocividad de los ruidos, del orden público perturbado por los facciosos o los bandidos, en todos los casos topamos, en fin, con una imposibilidad sobreañadida de ir más lejos en el camino de la degradación de lo que fueron las conquistas de la burguesía propiamente dicha.

Debemos admitirlo: nosotros -y no nosotros personalmente, sino en tanto herederos de esas mismas conquistas-, pues bien, nosotros no hemos sabido pensar estratégicamente, sino que –asemejándonos más al pueblo llano que a una clase propietaria- hemos pensado y vivido en el día a día, hipotecando sistemáticamente el presente a fuerza de acumular deudas impagables frente al futuro; es decir, a fuerza de renunciar cotidianamente a un porvenir digno de nuestro pasado para no renunciar a ciertas ventajas despreciables, ventajas engañosas de un presente tan fugaz. Y como dice el poeta de Vaucluse [i.e. Petrarca]:

“La vita fugge e non s’arresta un’ora,
e la morte vien dietro a gran giornate,
e le cose presenti e le passate
mi danno guerra, e le future ancora.”



Foto: Jacques-Henri Lartigue


Así pues, nuestras clases dirigentes parecen haber quedado reducidas hoy en día a no discutir más que el plazo de su mandato –mandato a propósito del cual olvidamos demasiado a menudo que no lo tenemos por gracia de Dios ni del pueblo, sino únicamente de nuestras propias capacidades en el pasado-; e incluso dicha discusión se reduce más o menos a examinar tristemente cuáles serían los paliativos más apropiados para retrasar tal plazo. Y esto es así porque, en un semejante proceso de decadencia, hemos llegado a un punto de incompatibilidad total en el que el sistema social, económico y político que dirigimos parece querer asociar su suerte a la continuación incesante de un creciente e intolerable deterioro de todas las condiciones de existencia de todos y respecto de todo. Se ha dicho que la crisis causada por el embargo de petróleo y la consiguiente subida del precio del crudo decidida por los países productores árabes había provocado la más grave crisis económica en la que se debate hoy el mundo, y hay algo de cierto en ello, pero no es más que una parte de la verdad, y justamente la parte más contingente, incluso si no se la puede llamar pasajera. A propósito de la actual crisis mundial cabe decir, como Tucídides de la guerra del Peloponeso, cuando señalaba: “Thn men gar alhqestathn projasin, ajanestathn de logw”, cuál es realmente “la causa más cierta y menos exhibida”, pues la auténtica crisis de hoy, y es algo que no se dice, no es una crisis económica, como lo fue, por ejemplo, la de 1929, que fuimos capaces de superar ya se sabe cómo; nuestra crisis es ante todo una crisis de la economía, lo que equivale a decir del fenómeno económico en su conjunto, y es en el interior de esta crisis general en la que más tarde se ha insertado una crisis petrolera y económica particular.

Ésta es el efecto, de lo más inquietante, de un doble proceso convergente: de un lado, los obreros, que escapan al encuadramiento sindical, nos imponen condiciones de trabajo e incesantes reivindicaciones de salario que perturban gravemente nuestras decisiones y las previsiones de los economistas. Y por otro lado, esos mismos trabajadores, en su condición de consumidores, parecen de repente asqueados por los productos que compraban gustosamente antaño y crean dificultades –cuando no bloqueos- a la circulación de las mercancías. De suerte que nos encontramos en el siguiente impasse: no conseguimos vender las mercancías que los trabajadores rehúsan tanto producir como consumir. En la raíz de dicha crisis no hay, como piensan algunos, una actitud subjetiva de los individuos, aunque ésta sin embargo se integra en el proceso y, en consecuencia, aumenta los daños. La economía ha entrado en crisis, en primer lugar, por sí misma, y por su propio movimiento se ha extraviado en el camino que conduce a su autodestrucción. Ciertamente, no es cuantitativamente cómo la economía se revela incapaz de aumentar en todos los ámbitos la producción y de desarrollar las fuerzas productivas, sino cualitativamente.

El desarrollo de dicha economía, de cuya crisis seguimos siendo detentadores, ha sido –podemos decirlo con motivo- anárquico e irracional: hemos seguido modelos arcaicos más propios de una economía agraria que de una economía industrial evolucionada, porque, al igual que en las sociedades antiguas, siempre en lucha contra una penuria real, hemos perseguido el máximo de productividad pura y progresivamente cuantitativa, “non discernendo el troppo da quello che basta” [Guicciardini]. Esta identificación con el modo de producción agrario se ha traducido así en el modelo pseudo-cíclico de la producción sobreabundante de mercancías, en las cuales se ha “integrado conscientemente la usura” para mantener artificialmente el carácter estacionario del consumo, el cual justifica la continuación incesante del esfuerzo productivo conservando la proximidad de la penuria. Y aquí está la razón de que la realidad acumulativa de una producción semejante, indiferente a la utilidad y la nocividad, se vuelva hoy contra nosotros bajo la forma de la polución y de las luchas sociales; pues, por un lado, hemos envenenado el mundo y, por otro, hemos dado al pueblo, en cada instante de su vida cotidiana, un motivo especial para rebelarse contra nosotros y envenenar así nuestra propia vida. Nos reservamos para el último capítulo tratar algunos de los remedios que proponemos contra esta “enfermedad económica”.

Señalemos, sin embargo, aquí que nuestro poder que, en el momento de los primeros síntomas de guerra social, defendía –como ya hemos visto, no demasiado brillantemente- la abundancia atacada por la subversión, hoy en día debe defender la abundancia perdida; en una palabra, nos encontramos en el deber de dirigir las desgracias del mundo. Quisiéramos que el lector estuviese atento a la paradójica coincidencia que viene a continuación y que constatamos por primera vez en la historia universal: en el preciso instante en que todos las potencias del mundo están dispuestas a venir en su socorro mutuo –a pesar de las divergencias de detalle que ya no las oponen verdaderamente-, cada una de esas potencias está necesitada hasta tal punto de ayuda que ya no se encuentra en situación de ayudar eficazmente a las demás; el poder de cada Estado es muy limitado fuera de sus fronteras porque se encuentra gravemente comprometido en el interior de ellas.

Por otro lado, la así llamada coexistencia pacífica entre las grandes potencias no es en modo alguno el fruto de una loable elección hecha deliberadamente en la esfera de la política mundial, ni tampoco el resultado de los éxitos registrados por la diplomacia moderna, como cree el pueblo. Nosotros sabemos que la coexistencia pacífica no es una virtud, sino una necesidad, y mucho menos feliz de lo que se quisiera creer; pues si ningún conflicto mundial tiene lugar en las hipótesis, no es tanto a causa del peligro que representan las armas termonucleares como a causa del nuevo y –según nosotros- más grave conflicto social que cada nación debe esforzarse en superar por sí misma. Se puede decir en pocas palabras que ya no es posible una guerra mundial porque la paz ha abandonado este mundo; y que al más alto grado de poderío militar alcanzado jamás por un Estado corresponde también el más alto grado de impotencia.

Foto: Werner Bischof

Clausewitz decía que la guerra “es la continuación de la política por otros medios”; pero incluso esta definición, válida hasta ahora, no lo es a partir de este momento y en lo que vendrá, pues es la pretendida “paz” la que hoy en día resulta ser la continuación de la guerra de otro modo; mas se trata de la continuación de otro tipo de guerra, que los Estados no eligen ni declaran. Los propios ejércitos deberán ser pronto completamente reestructurados, siguiendo el ejemplo inglés de un ejército profesional, con el fin de ser aptos para combatir en el interior contra la subversión, mientras que los servicios secretos tendrán que ocuparse a partir de ahora, principalmente y desde el punto de vista militar, de la política interna, y no de la política exterior (¡pero, por caridad, sin seguir el ejemplo del SID italiano!). La próxima “gran guerra” se anuncia como una guerra civil generalizada; sean, pues, bienvenidos los teóricos capaces de instruir a las unidades de profesionales que deberán implicarse en este combate pro aris et focis [por nuestros altares y hogares].


Claro que todavía habrá guerras entre Estados; pero serán, como la de Oriente Próximo, guerras locales, y las grandes potencias deberán intervenir indirectamente en ellas para limitar los daños y las consecuencias a escala mundial que son susceptibles de provocar en los países industriales avanzados, puesto que éstos se encuentran en situación tan precaria. Y aquí interesa subrayar la derrota sufrida por la política de las grandes potencias, y en consecuencia por el mundo, tras la última guerra árabo-israelí de 1973. Como es sabido, la victoria israelí, aplaudida por Europa, fue obtenida con el apoyo militar y diplomático de los Estados Unidos y ha costado –y seguirá costando- a los Estados Unidos y a todos sus aliados mucho más que una derrota en un teatro de operaciones mundial. En ese momento, incluso los más reticentes a admitirla se convencieron de la vulnerabilidad de todo nuestro sistema económico y monetario en una coyuntura ya muy delicada de crisis social.


En sus tiempos, David Ricardo definió el trigo como “la única mercancía que es necesaria, tanto para su propia producción, como para la producción de cualquier otra mercancía”, pues en aquella economía el trigo aseguraba la supervivencia de las propias fuerzas laboriosas de una manera privilegiada. Los tiempos han cambiado y hoy es el petróleo el que podría ser definido como el producto necesario e indispensable para producir y consumir cualquier otro. En la época de la “Guerra del Yom Kippur”, a Europa le bastó entrever la perspectiva de pasar un frío invierno para que la Alianza Atlántica, creada para resistir contra las potencias armadas del otro lado del Telón de Acero, se fundiese como la nieve al sol; sólo Caetano se mantuvo fiel a la OTAN y hoy la OTAN ya no puede contar con él.


A continuación, hecho más grave, la crisis energética, los aumentos sucesivos en el precio del crudo y todos los desplazamientos de los equilibrios económicos y financieros produjeron, en el interior de la crisis de la economía, la actual intensificación de la crisis económica; y, al mismo tiempo, ofrecimos a los países árabes esa espada de Damocles que, para nuestra comodidad, con gusto se han encargado de mantener suspendida sobre nuestra industria. Señalemos de pasada la debilidad mental que se manifiesta en los cálculos económico-políticos de quienes dirigen nuestros asuntos desde hace una generación: si se quisiera continuar esta forma precisa de expansión, tan claramente basada en un abastecimiento de petróleo a bajo precio, deberíamos entonces mantener el viejo colonialismo, y no sacrificarlo ante las ilusiones de rentabilidad inmediata del “neocolonialismo”. Las tropas de los principales Estados burgueses controlaban, no hace ni treinta años, casi la totalidad de los países productores de nuestras materias primas y de nuestras actuales fuentes de energía. Elegimos, con el más simplista de los cálculos, abandonarlos los aparentes costes menores, ¡y esto con el fin de desarrollar a continuación nuestra tecnología como si todavía controlásemos esos países! Una decena de guerras coloniales permanentes no nos habría costado un cuarto de lo que ha supuesto el apuro en el que nos encontramos actualmente.

Este fracaso, tan poco imprevisible, llegó por añadidura en la época del declive de la potencia americana en el mundo; intensificó la crisis política interna, que poco después haría caer a Nixon en el ridículo; y llevó más allá de su punto crítico la crisis que desde hace años desgarra silenciosamente el tejido social de Estados Unidos. Los primeros efectos de todos estos errores se vieron inmediatamente, pero sólo se han comenzado a ver y aún no avistamos su fin. ¿Y qué decir de la ingenua desenvoltura con que el sucesor de Nixon, Gerald Ford, proclamó en su discurso de investidura: “Desde ahora sabemos que un Estado lo bastante fuerte para daros todo lo que queréis es también un Estado lo bastante fuerte para arrebataros lo que tenéis”? “Desde ahora sabemos…”, ¿qué sabemos? Hoy, pocos meses después de esta audaz declaración, sabemos, por ejemplo, que el déficit federal ha aumentado vertiginosamente desde entonces y que Ford espera que, en el balance para el ejercicio 1975-1976, dicho déficit no supere el 900 % de la cifra del precedente. Los miserables pensadores de un poder que se empobrece a ojos vista, cuando prevén el bien, ven mal, y cuando prevén el mal, ven bien. Henry Kissinger, por ejemplo, aunque no sea un “hombre sin cualidades”, se asemeja al personaje de Musil al menos por su defecto: que disuelve constantemente la acción en la vanidad de la acción y lo útil en lo inútil; en otros términos, carece, como la mayoría de aquellos que nos encontramos todos los días en los cuatro rincones de la Tierra, de una visión estratégica de lo que es preciso hacer o evitar hacer, más allá de las obligaciones contingentes, para salvar un mundo que se domina con una dificultad creciente; pues resulta inútil querer dominar lo que se convierte en ruinas, cuando se trataría más bien de salvar lo que se puede dominar. Y en lo que concierne a esa guerra que los israelíes han ganado frente a los árabes, nos bastará decir a todos los modernos Metternich que habrían hecho mejor en tener en cuenta un par de antiguas máximas: una, que “nunca fue una sabia decisión reducir al enemigo a la desesperación” (Maquiavelo); y la otra, que “aquellos que saben vencer son mucho más numerosos que aquellos que saben hacer un buen uso de su victoria” (Polibio).


Foto: Raymond Depardon


En cuanto a Europa, que parece haber olvidado que ha producido todas las obras maestras del pensamiento humano y que en estos últimos treinta años ha depositado más confianza en los pensadores del otro lado del Atlántico de la que se permitiría dispensarse a sí misma, resulta ahora patente que se ha disgregado incluso como simple “comunidad económica”. Y en Italia, los más grandes esfuerzos de ciertos medios del poder económico y político pueden pasarse sin comentarios si se considera que no han dado como resultado más que la irrisoria tentativa de retornar a la vieja “solución” fascista, justo en el momento en el que las últimas ruinas de ese fascismo tenían el fin que se podía prever en Portugal y en Grecia.

Los políticos podrán negarlo tanto como quieran, pero su moneda de cambio, la mentira, se encuentra en este momento aun más corroída por la inflación que la lira; ha concluido una época y otra nueva se abre. Sabemos que los hombres, tan a menudo dispuestos a interpretar el pasado con términos nuevos, son también frecuentemente llevados a interpretar lo nuevo con términos antiguos; y así no comprenden lo que debe hacerse, pues el cambio en los tiempos es expresión siempre, y ante todo, de aquello a lo que le ha llegado su hora. El concubinato de una época con la siguiente nunca corre el peligro de institucionalizarse en matrimonio, no importa lo que piense el senador Amintore Fanfani, que indudablemente sería más estimado como intérprete de los paisajes toscanos que como intérprete de la historia.

Pero queda todo dicho de la miseria intelectual que se ha instalado persistentemente en el poder de nuestro país, y que lo asola, cuando repara en las reflexiones, aparentemente inocentes, con las que se nos distrae a la espera de alguna panacea desconocida y que abundan en nuestra prensa, y no precisamente en la peor; pensamos, por ejemplo, en el candor con el cual nuestro periódico más importante ha afirmado en numerosas ocasiones “que envidiaba a los franceses por Giscard d’Estaing”. Es bien cierto que nuestra clase política, hechas un par de salvedades, daría vergüenza a una tribu de pigmeos; pero ello no es en absoluto razón suficiente para burlarse de nuestra vecina, la desgraciada Francia, pretendiendo que tenemos envidia de unos políticos con los que ninguna tribu de watusis podría contentarse. Cualquiera que tuviese menos sentido de la urbanidad que nosotros pero hubiese tenido ocasión de cenar en una o dos ocasiones con el neo-presidente francés, sacaría conclusiones sobre el personaje en términos no muy diferentes de los que el Señor Nicolás [Maquiavelo] empleó en su epigrama in mortem al Gonfaloniero:

"La notte che morì Pier Soderini,
l’anima andò de l’inferno alla bocca;
gridò Pluton : — Ch’inferno ? anima sciocca,
va su nel limbo fra gli altri bambini."

Que se nos perdone el artificio literario, pero en la actual generalización de las malas costumbres, cada estupidez hace valer el derecho de ciudadanía que le es debido y no hay imbecilidad que quede sin protector; aquí en Italia respetamos demasiadas cosas como para que sean dignas de ser respetadas. En el fondo, ni siquiera es Giscard lo que la trivialidad periodística envidia a los franceses, es algo peor: envidia la provocadora imagen del presidente-manager, tecnócrata eficiente y lleno de esperanzas, atrevido para obrar algunos cambios espectaculares en la etiqueta y para promover con juvenil fervor cien innovaciones de detalle que por un instante distraen la atención de su país de la subversión que se avecina, la cual se alimenta todavía de las cenizas del mes de mayo de hace siete años.

Ciertamente, la “cuestión italiana”, la francesa o la inglesa no podrán resolverse poniendo, por ejemplo, en lugar de un Flaminio Piccoli o de un Rumor, a algún personaje más “telegénico”, menos implicado en los fracasos del pasado o menos comprometido con la mafia que el ministro Gioia. Que sea necesario –y, en el presente, urgente- cambiar también a la mayoría de los hombres que deberían defender nuestros intereses es algo que nadie niega; pero remplazarlos por Giscards es un remedio que en modo alguno combate el mal. Se habla de ese mal que todos sufrimos, se discute, se escribe, y todos los enfermos juegan a los médicos: así sus diagnósticos son siempre enfermizos y sus recetas poco más que un síntoma suplementario de esa enfermedad común. Manzoni era de la opinión de que “nosotros, hombres, estamos hechos generalmente así: nos rebelamos con indignación y cólera contra los males mediocres y nos resignamos ante los extremos; soportamos, no sólo resignados sino embobados, el colmo de aquello que declaramos insoportable desde su primera aparición”.

Foto: Henri Cartier-Bresson


No queremos disimular ante el lector que hablarle tan fríamente es para nosotros una tarea ingrata; pero por otro lado, hablar de otro modo nos parece imposible, y vergonzoso el silencio. Y nuestra propia frialdad, al tratar de cosas que nos afectan tan de cerca, no es el producto del cinismo que ciertos espíritus malintencionados quisieran atribuirnos, sino de la necesidad de mantener la sangre fría en presencia del peligro del fin de nuestro mundo; quienquiera que no sienta lo suficiente el peligro de ese fin jamás estará en situación de ponerle fin a tal peligro.

Aquellos que en el presente, en Italia y en otros lugares, se aventuran en previsiones arriesgadas referentes a la “recuperación” económica, fingiendo creer que esta crisis se asemeja a tantas “coyunturas” desfavorables pero pasajeras del pasado, lo hacen sobre todo con una intención demagógica, estimando que no resulta inútil hacer creer al pueblo –al cual ya no pueden prometer el oro y el moro- que, sino les obreros, al menos los dirigentes, prevén algún tipo de recuperación segura para el año próximo; pero, cada trimestre que pasa, esos mismo profetas se ven infaliblemente obligados a retrasar y aplazar otro tanto ese cambio de tendencia desgraciadamente quimérica: la ilusión del cambio no implica, pues, un cambio en las ilusiones. Piero Ottone escribía recientemente, con razón, que “la espera de una desgracia es angustiosa, exasperante; cuando al fin la desgracia nos golpea, casi respiramos de alivio y, paradójicamente, sufrimos menos. Hasta ayer temíamos que el país se hundiese; el simple hecho de que aún no se haya hundido procura al que era más pesimista una curiosa sensación de victoria”.

Nosotros, que no somos ni pesimistas ni optimistas, ni siquiera nos beneficiamos de esa “curiosa sensación de victoria”; pero, como no quisiéramos dejar con demasiado mal sabor de boca al lector que ha llegado hasta el final de este poco regocijante capítulo, le citaremos un pequeño chiste, cuyo ingenio no es ajeno a nuestro tema. El chiste, que es un arte menor muy italiano, y el único que queda vivo, se encuentra en relación inversamente proporcional a los tiempos: los más logrados proceden de las épocas más desgraciadas y, en cierto modo, hacen las veces de única consolación. “¡Es una pena –nos decía el presidente de una de nuestras más famosas industrias nacionales al contárnoslo-, es una pena que los chistes no coticen en bolsa!” He aquí la historieta, situada en otro tiempo y lugar: el jefe de una tribu de sioux, después de un año en el que las cosechas habían quedado destruidas por lluvias catastróficas, reúne a su gente ante la proximidad del invierno para comunicarle la nueva; y, no sabiendo demasiado bien cómo hacerse con un auditorio inquieto que sospechaba las calamidades, encuentra un expediente oratorio que nuestros políticos le envidiarán; dice: “Hermanos, tengo dos noticias que anunciaros; una mala y otra buena. Comencemos por la mala: este año no tendréis para comer más que m…; y ahora la buena: como compensación, habrá para todo el mundo”.
[N.B. La mayoría de los fotográfos cuyos trabajos ilustran el texto han colaborado o colaboran con la Agencia Magnum; si quieres echar un vistazo a sus obras, métete AQUÍ]

sábado, 20 de enero de 2007

AGITPROV. Informe Verídico sobre las Últimas Oportunidades de Salvar el Capitalismo en Italia (V) - G. Sanguinetti (1975)

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IV. Que nunca es bueno defenderse solamente, porque la victoria pertenece a la ofensiva.

“[…] Esta forma de ver era, antes de las guerras de la Revolución, sin duda la dominante en la esfera de la teoría. Pero, cuando dichas guerras, de un solo golpe, abrieron un mundo enteramente nuevo de fenómenos guerreros […] se dejaron de lado los viejos modelos y se llegó a la conclusión de que todo era consecuencia de descubrimientos nuevos, de ideas grandiosas, etc., pero también de las condiciones sociales transformadas. Y se estimó de esta manera que ya no había ninguna necesidad de aquello que pertenecía a los métodos de un tiempo […]
Pero puesto que, en tales transformaciones de la opinión, siempre surgen dos partidos en oposición, incluso en estas circunstancias las concepciones antiguas encontraron sus caballeros y defensores, los cuales consideraban los recientes fenómenos como choques de la fuerza bruta, que comportaban una decadencia general del arte, y sostenían que, precisamente, el juego de la guerra de equilibrio –desprovisto de cualquier resultado, vacío- debía ser el objetivo […] Esta última forma de ver carece hasta tal punto de base lógica y filosófica que no se puede definir más que como una desoladora confusión conceptual. Pero tampoco la opinión opuesta, conforme a la cual todo lo que acontecía antaño no volverá a producirse jamás, resulta en modo alguno bien ponderada. De los nuevos fenómenos en el campo del arte de la guerra, sólo una proporción mínima debe atribuirse a nuevos descubrimientos o a nuevos conceptos; la mayor parte, por el contrario, a las nuevas circunstancias y condiciones sociales […] Comenzar con la defensa y acabar con la ofensiva se corresponde plenamente con la marcha natural de la guerra.”

KARL VON CLAUSEWITZ - De la guerra.


SE SABE QUE la verdad es tanto más dura de escuchar cuanto más tiempo ha sido silenciada. Por otro lado, tenemos experiencia más que suficiente del juego de las fuerzas reales en el seno de las sociedades humanas, presentes y pasadas, como para que se nos cuente entre aquellos que pretenden, bien por ingenuidad bien por hipocresía, que se podría gobernar un Estado sin secretos y sin engaño. Pero si rechazamos tal utopía, no dejamos de rechazar con igual resolución la pretensión de gobernar un país democrático moderno basándose únicamente en la mentira y el bluff sistemático, como ha creído poder hacerlo impunemente el ex-presidente Nixon, que al final hubo de arrepentirse de ello. Bien al contrario, siempre hemos creído con firmeza que los pueblos, cuando dicen querer la verdad, a la cual las constituciones democráticas les otorgan el derecho, no desean realmente nada más que explicaciones. ¿Por qué no dárselas, pues? ¿Por qué extraviarse en le callejón sin salida de las más torpes mentiras, como ocurrió, por ejemplo, a propósito de la bomba de la Piazza Fontana? Nuestros gobernantes, nuestra magistratura, los responsables de la fuerzas del orden olvidan con demasiada facilidad que no existe nada más nocivo en el mundo para el poder que ellos detentan que hacer nacer, en el espíritu del ciudadano democrático, la sensación de que es continuamente tomado por imbécil; pues éste es, en el fondo, el resorte que pone inevitablemente en acción ese sutil engranaje de las pasiones y los resentimientos humanos en virtud del cual incluso el más timorato de los pequeño-burgueses puede llegar a rebelarse, a admitir y alimentar ideas radicales. Es entonces cuando el ciudadano se siente en el derecho de reclamar “justicia”, y menos por amor a la justicia que por el temor de poder sufrir, en las propias carnes, un trato injusto.

Nuestra clase política está hoy a punto de apercibirse de cuánto empiezan a costarle todas las tontas y embarazosas justificaciones que han ido acumulándose, y siempre a destiempo, sobre la cuestión crucial de las bombas de 1969. Si bien es cierto que nunca ha existido una buena política que se fundase principalmente en la verdad, siempre será la peor de las políticas aquella que se funda exclusivamente en lo inverosímil; y esto porque una política semejante incita al ciudadano a dudar de todo, a elevar conjeturas, a querer penetrar en todos los secretos del Estado con una gran prodigalidad de suposiciones atrevidas y de quiméricas fantasías. A partir de entonces, cualquier impostor tiene carta blanca y puede obrar con completa libertad; y, desde el momento en que todo adquiere el aspecto del artificio descarado, el elector, que habitualmente se contenta con lo verosímil, profiere a grandes gritos su pretensión de conocer toda la verdad sobre todas las cosas, transmitiendo así al poder político un amenazante hic Rhodus, hic salta. Llegados a este punto, todos se sienten audaces y llenos de coraje frente a la cobardía que reprochan al Estado, y éste se encuentra bloqueado en un círculo vicioso, en el que debe desmentir sucesivamente todas las anteriores versiones oficiales de los hechos. Y es así como un Estado se desgasta fatalmente hasta perder la capacidad, no diremos ya de corregir sus errores, sino tan sólo de admitirlos. Es necesario, pues, para recuperar esa capacidad, exponerse al riesgo de decir al fin la verdad, pues el poder en Italia se ha puesto en una de esas situaciones, siempre peligrosas para el Estado, en las que ya no es posible decir otra cosa.

Y la verdad, cuando llega al fin, después de que todas las mentiras se han desmentido por el contacto de las unas con las otras, esa misma verdad –decimos-, por muy inverosímil que pueda parecer, es lo bastante fuerte para afrontar toda suerte de sospechas y para prevalecer contra la desconfianza general:

“Sempre a quel ver c’ha faccia di menzogna
de’ l’uom chiuder le labbra fin ch’el pote,
però che sanza colpa fa vergogna;



ma qui tacer nol posso; e per le note
di questa comedia, lettor, ti giuro…”

[“La verdad que parece una mentira / debe el hombre callarse mientras pueda, / porque sin tener culpa se avergüence: / pero callar no puedo; y por las notas, / lector, de esta Comedia, yo te juro…" Dante, La Divina Comedia.]




Goethe estaba convencido de que « escribir la historia es una forma de desembarazarnos del pasado », y nosotros añadimos que, en el presente, es preciso empezar por desembarazarse definitivamente del fantasma de la Piazza Fontana, cueste lo que cueste, porque ha llegado el momento en el que es infinitamente más costoso mantenerlo artificialmente en vida. Por lo demás, hemos querido, conforme a su título, que el presente Informe fuese verídico, y deseamos que las fuerzas sanas de Italia sepan sacar provecho de esta amarga lección que debemos infligirnos a nosotros mismos.









[Foto: Tina Modotti]



Hemos visto anteriormente cuál era la situación social en torno a finales de 1969: los obreros, sin jefes a los que obedecer, actuaban ahora libremente al margen de la legalidad democrática, y contra dicha legalidad; rechazaban el trabajo y a sus propios representantes sindicales, no querían, en una palabra, renovar ese tácito contrato social en el que se fundamenta todo Estado de derecho, y en especial nuestra República, que se declara “fundamentada en el trabajo” ya desde el primer artículo de su Constitución. Todos los días, en cualquier lugar, los obreros violaban de hecho y de cien maneras dicha Constitución. ¿Cuál era, entonces, la dramática alternativa ante la que se encontraba nuestra República? La alternativa no era ni más ni menos que la siguiente: restablecer la legalidad constitucional y el orden civil; o bien desaparecer.

¿Con quién podía contar el Estado para imponer el retorno al orden, habida cuenta de que las fuerzas de Seguridad Pública y los sindicatos eran poco menos que impotentes y de que formar un gobierno con participación comunista era una hipótesis rechazada como una blasfemia por todos los demás partidos? El Estado, tras los motines del 19 de noviembre, no podía ya contar más que con sus servicios secretos de seguridad y con el efecto que podían suscitar en la opinión pública sus medios de información y de propaganda, una vez que ésta hubiese estado suficientemente conmocionada por ese “hecho imprevisible y de naturaleza traumática” que fueron precisamente las bombas del 12 de diciembre.




El recurso a esas bombas, ¿fue un error, o bien la salvación? Fue a la vez lo uno y lo otro o, por decirlo mejor, la salvación provisional de las instituciones al mismo tiempo que una fuente perpetua de errores sucesivos. Por eso estamos persuadidos de que nunca se criticará lo bastante la operación del 12 de diciembre de 1969, pues la bomba de la Piazza Fontana, al mismo tiempo que se presentaba como la última salva de advertencia ante la amenaza de subversión proletaria, era ya de hecho el primer cañonazo de la guerra civil; y por el modo en que se disparó ese cañonazo se podía medir la incapacidad de nuestras fuerzas en una tal guerra civil. Las escenas burlescas de los sucesivos putschs fallidos de nuestra extrema derecha estaban ya contenidas en esta manifestación de incompetencia grandiosa.





No pensamos negar la utilidad, en cualquier país moderno, de semejantes iniciativas de urgencia, que la necesidad de un momento crítico particular puede imponer, así como no negamos que la bomba de la Piazza Fontana haya tenido, a su manera, un efecto salvífico evidente al desorientar completamente a los trabajadores y al país, y al permitir que el partido comunista recuperase a los trabajadores para la “vigilancia” democrática contra un peligro fascista fantasmal, mientras los sindicatos podían finalmente concluir rápido y bien las últimas y más laboriosas negociaciones contractuales. Lo que, por el contrario, negamos resueltamente es que ese efecto positivo haya sido afianzado, o al menos previsible, con un margen de seguridad conveniente; es decir, que no se haya recurrido a un remedio peor y más peligroso que la enfermedad al utilizar una acción semejante de una manera tan aproximativa. Y esto desde un doble punto de vista. Para empezar, había demasiada gente al corriente de una operación de este género incluso antes del 12 de diciembre. A este respecto, nos limitaremos a adelantar sólo una consideración: si uno solo de los representantes de la izquierda que estaban al corriente hubiese dicho públicamente, aunque sólo fuese a título personal, la verdad que hoy está en labios de todos inmediatamente después de la explosión de las bombas, e incluso después, por mucho que la televisión hubiera querido decir, la guerra civil habría estallado en ese mismo instante y nada habría podido impedirlo. Fue, podemos decirlo, un verdadero golpe de suerte que, en ese momento, la clase política se encerrase en una reserva recorrida por murmullos, pero rigurosamente observada. Por otro lado, debemos señalar que, tanto la peor de las elecciones posibles de los culpables –en ningún caso resultaba verosímil un Valpreda como autor del atentado, incluso si cien taxistas hubieran tenido que dejar, antes de morir, otros tantos testimonios para ser utilizados con posterioridad- cuanto el modo en que la policía y la magistratura se han comportado en este asunto han llevado a esta grotesca y lúgubre farsa de quiproquos, más digna de haber sido montada en una dictadura sudamericana que en una democracia europea.

¿En qué puede la operación del 12 de diciembre, a pesar de todo esto, ser considerada un logro? Las bombas consiguieron imponer el efecto deseado en la medida en que todos los medios de información pusieron por delante, en lugar de su auténtica significación, sus múltiples etiquetas –los partidarios y los activistas anarquistas o fascistas-; y, en un primer momento, se creyó a esos medios de información a pesar de las versiones contradictorias, o precisamente gracias a ellas. Por otra parte, el golpe fue igualmente un logro porque jamás se había visto, como en esta circunstancia, semejante apoyo recíproco entre todas las fuerzas institucionales, ni una solidaridad tan grande entre los partidos políticos y el gobierno, entre el gobierno y las fuerzas del orden, entre las fuerzas del orden y los sindicatos. De esto modo, lo que aparecía entonces ante la opinión pública como el parlamento “contra” el gobierno, el gobierno “contra” las bombas y las bombas “contra” la República no era, evidentemente, un conflicto entre un poder constitucional y otro, tal el que podía darse entre los poderes legislativo y ejecutivo, sino, y sin lugar a dudas, el Estado mismo que, en un peligro tan extremo, se veía obligado manipular, lo mejor que podía y contra sí mismo, ciertos elementos extremos necesarios a su propia conservación: para hacer ver a todos que todos, el Estado incluido, estaban en peligro.




Algunos años nos separan en la actualidad de aquellos acontecimientos peligrosos para todos, y tristes para algunos, que ahora criticamos incluso públicamente. No debemos, con todo, subestimar lo que hay de admirable en esta “expresión lírica de la historia en acción”, como la llamaba Don Raffaele, en la que el Estado, reducido a su papel de deus ex machina, supo poner en escena su propia negación terrorista para reafirmar su poder; pues la astucia de la razón que gobierna y hace progresar la historia universal está presente en cada uno de sus episodios contingentes y decisivos, incluso si los hombres no se aperciben de ello de manera inmediata porque están demasiado dominados por las pasiones particulares que sirven de pretexto al conflicto permanente que los enfrenta los unos a los otros. Alguien lo bastante valeroso como para no temer ser tachado de ingenuo se asombraría todavía hoy al considerar hasta qué punto el expediente de las bombas obtuvo entonces un buen efecto sobre las masas, pero ese hipotético naïf se equivocaría, porque –según dice Maquiavelo-, “la mayoría de los hombres se nutre tanto de lo que parece como de lo que es: a menudo incluso, son puestos en movimiento más por las cosas que parecen que por aquellas que son”. Pero he aquí el límite en negativo de semejantes expedientes formulado por el propio Maquiavelo: “[…] tales modos y recursos extraordinarios vuelven infeliz y poco seguro al príncipe mismo, pues cuanto más se hace uso de la crueldad, tanto más se debilita su gobierno”.





Por incomprensible y aterrador que pueda parecer a algunos, ya no es posible negar una realidad nueva: desde 1969, Italia tiene su “partido” revolucionario, informal pero, precisamente por eso, tanto más difícil de atacar. Desde luego, aquí no hacemos alusión a los grupúsculos estudiantiles extra-parlamentarios, que no asustan en realidad ni al más timorato de los empleados de provincias, sino a todos aquellos que, en las fábricas y en las calles, manifiestan individual o colectivamente un total rechazo de la organización actual del trabajo, y del trabajo mismo, lo que en el fondo es ya el rechazo de la sociedad que se fundamenta en esa organización. Desde 1969, todos los actos, todos los fracasos y todos los éxitos de nuestra política interior y de nuestra economía, no resultan siquiera comprensibles si no se ponen en relación con el conflicto, unas veces abierto y otras veces mudo, que enfrenta esa nueva realidad con todas las instituciones tradicionales.

Desprovistos de jefes tanto como de una política coherente, los trabajadores, los jóvenes, las mujeres, los homosexuales, los presos, los escolares, los enfermos mentales se han decidido de improviso a querer todo aquello que les estaba prohibido y, al mismo tiempo, a rechazar en bloque todos los fines que nuestra sociedad les permitía perseguir. Rechazan el trabajo, la familia, la escuela, la moral, el ejército, el Estado, la idea misma de una jerarquía cualquiera. Este “partido” heterogéneo y violento, inculto e inhábil, quiere imponerse en todo con brutalidad y se ha convertido, por decirlo así, en la medida de todas las cosas: de lo que acontece, puesto que nadie consigue ya impedir nada; y de lo que no acontece, puesto que nuestras instituciones ya no están en disposición de hacerse obedecer por nadie.




Decir que esta situación se ha producido por los errores en la gestión de la sociedad italiana sería aun más falso que injusto –y los comunistas lo saben bien-, pues tales situaciones se dan hoy en día en la totalidad de los países industriales, ya sean burgueses o socialistas como Polonia –y también esto lo saben bien los comunistas-. Una constatación semejante no puede, sin embargo, consolarnos. Pero es justo decir que, en nuestro caso, este virus de la rebelión ha encontrado, más que en otros lugares, un caldo de cultivo particularmente propicio para su desarrollo en ese síndrome de debilidades patológicas por el que nuestras instituciones estaban crónicamente afectadas y que ya hemos visto en el segundo capítulo de este Informe.




¿Cómo se ha reaccionado en Italia ante la nueva amenaza revolucionaria? En principio, nuestros políticos negaron simplemente su existencia, pues encontraban más cómodo contemplar los actos de los obreros en 1969 del mismo modo que los de los estudiantes en 1968: poco más que un fenómeno de costumbres, una suerte de “moda” contestaria, pasajera como todas las modas. No se tenía en consideración que un Estado, mientras puede pasarse momentáneamente sin las universidades, las cuales se puede decir que, en efecto, desde entonces han dejado de existir en cuanto universidades, no puede pasarse sin las fábricas. Más adelante, cuando la realidad cotidiana y mesurable de los daños provocados por el conflicto se ha vuelto resplandeciente, nuestra clase dirigente, arrancada de su confortable sueño, ha creído y determinado que se encontraba asediada por un enemigo que estaba en todas partes y que, por esa misma razón, era difícil de circunscribir y definir; y desde ese instante se ha atrincherado en una política de defensa absoluta.



[Animación: Rex Sutton]




Cuando, en nuestra juventud, tuvimos ocasión de seguir un curso de estrategia militar, el teniente coronel que estaba a cargo –su único defecto era, sin duda, ser demasiado experto en cuestiones militares y estar demasiado alejado de la política del régimen de aquel tiempo como para hacer carrera en el ejército italiano, y la prueba es que, desde entonces, no hemos vuelto nunca a oír hablar de él- nos obsequió con un hermoso libro que aún conservamos y que es completamente ignorado por los hombres actualmente en el poder: era el De la Guerra de Carl von Clausewitz. Ya en los años treinta, nuestro Benedetto Croce lamentaba esa negligencia muy italiana al respecto de esta obra, señalando que “es únicamente la cultura pobre y unilateral de los que estudian ordinariamente la filosofía, su celo de especialistas falto de inteligencia, el provincianismo, por decirlo así, de sus usos, el que les mantiene a distancia de libros como el de Clausewitz, al que consideran extranjero o inferior a su disciplina”. En cuanto a nosotros, que hemos juzgado, desde que este libro nos fue ofrecido, que para un hombre de poder no era menos importante que El Principe, queremos citar aquí un pasaje, con el fin de criticar la estrategia política de defensa absoluta que nuestros gobiernos han aplicado durante estos años.


« ¿Cuál es –se pregunta Clausewitz- la idea fundamental de la defensa? Detener un golpe. ¿Cuál sería su característica? Esperar el golpe que se ha de detener […] Pero una defensa absoluta estaría en completa contradicción con la idea de la guerra, puesto que llevaría a suponer que sólo uno de los adversarios realiza los actos de guerra; en consecuencia, la defensa no puede ser más que relativa […] La forma defensiva de la conducta de la guerra no se limita, pues, a detener los golpes, sino que comprende también el hábil empleo de las respuestas. ¿Cuál es el fin de la defensa? Conservar”. Y prosigue un poco más adelante diciendo que, por ese motivo, “el fin de la defensa es negativo, es la conservación; mientras que el del ataque, la conquista, es positivo; de ahí que la conquista tienda a aumentar los medios de guerra, la conservación, no […]; de lo que resulta que [la defensa] no ha de ser empleada más que cuando haya necesidad, porque se es demasiado débil, y que convenga por el contrario abandonarla en cuanto se es lo bastante fuerte para poder proponerse el fin positivo”.




Por el contrario, a quienquiera que observe con un mínimo de atención, toda la política interior italiana desde 1969 hasta el día de hoy se le presenta como una defensa absoluta, con la sola excepción, y ya hemos visto con que destreza, de la respuesta del 12 de diciembre. Queremos precisar aquí nuestro pensamiento a este respecto para alcanzar el fondo de nuestra crítica. Durante todo este año, hasta el último mes, hemos estado a la espera, y no hacíamos otra cosa que esperar ante la agravación de la crisis; sólo los dirigentes de la FIAT buscaron desde finales de junio, dando pruebas de previsión, una “solución global” en la negociación, lo que, no obstante, resultaba insuficiente porque no se puede esperar resolver una crisis así de generalizada mediante un acuerdo sectorial. ¿Qué significa, pues, esperar? Significaba, lo hemos visto rápidamente, dejar a los obreros, que habían lanzado la ofensiva, tiempo para coordinarse, para unirse, para reforzar y cerrar sus filas; significaba dejar que un aliado tan precioso como el sindicato se desgastase en los mil conflictos en los cuales era puesto a prueba cotidianamente por la clase obrera. No sabemos bien, y saberlo ahora es de poca importancia, si en la raíz de este quietismo a ultranza del gobierno hubo una elección consciente y errónea, o bien, como es más probable, un puro y simple rechazo a elegir. Sí sabemos, sin embargo, que este rechazo produjo casi todos los errores ulteriores de la conducta política, y que en su base había un grosero error de evaluación o, lo que es peor, una crasa ignorancia en materia de revoluciones. En realidad, ninguno de los hombres que estaban entonces en el gobierno, y aún están en él en estos momentos, creía posible que los trabajadores, sin jefes, sin medios y sin coordinación aparente, fuesen capaces de constituir un peligro real para la seguridad del Estado y para la propia supervivencia de nuestro orden social. Se inquietaban sencillamente por los daños económicos debidos a las huelgas, considerados enormes, mientras que todos juntos no constituían sino el menor de los daños, pues en ese momento nuestra situación económica, con relación a la de hoy en día, pintaba de color de rosa.




Nos encontrábamos, por el contrario, en una de esas circunstancias en las que el más grave error consistía precisamente en no temer a un “partido” adversario semejante por el hecho de que no tenía jefes; no se tenía en cuenta a tal partido porque era informal y el Estado disponía de las armas; y, sin embargo, nosotros hemos estado siempre persuadidos, y la historia no ha dejado de darnos buenos ejemplos, de que conviene tener muy en cuenta a las poblaciones cada vez que se toman a sí mismas por cualquier cosa, porque “le malheur est que leur force consiste dans leur imagination ; et l’on peut dire avec vérité qu’à la différence de toutes les autres sortes de puissance, ils peuvent, quand ils sont arrivés à un certain point, tout ce qu’ils croient pouvoir”, como dice el Cardenal de Retz refiriéndose a la Fronda. Por lo demás, todas las revoluciones de la historia han comenzado sin jefes y, cuando los han tenido, han terminado.




Esta defensa absoluta daba así por supuesto que sólo los trabajadores llevarían a cabo “actos de guerra”, por mantenernos en el esquema de Clausewitz; y esta actitud del gobierno les ofrecía el principal acicate. Se esperaba, casi con resignación, y no se hacía otra cosa que esperar. O, más precisamente, lo que se hacía para justificar esta actitud se reducía a esos pocos episodios irrisorios de una pseudo-ofensiva artificial e inútil que fueron los atentados desarrollados en abril y agosto. Admírese este monumento a la irracionalidad política: dichos atentados, según los cálculos o según las esperanzas, habrían debido ganar para el partido del orden al menos a una parte de la opinión pública, que en esos momentos era generalmente favorable a los huelguistas; se esperaba, de este modo, librar esta guerra con el arma de la opinión pública, olvidando alegremente esa sencilla verdad según la cual la opinión pública, cuando es hostil al poder, le perjudica, y cuando le es favorable, no cuenta nada como aliada.




Fue justamente porque, en principio, no se quiso comprender la naturaleza del conflicto y porque, a continuación, se subestimó su peligro, por lo que llegamos a los episodios insurreccionales del 19 de noviembre, de los que hemos hablado en el capítulo precedente. El gran miedo del 19 de noviembre fue, pues, necesario –y bastó- para que de golpe se produjese ese cambio de rumbo que debía llevar a la operación del 12 de diciembre, la cual por haber sido tan frenéticamente conducida, resultó aproximativa y precipitada. Se puede decir que, de hecho, todo el tiempo que transcurrió entre el 19 de noviembre y el 12 de diciembre estuvo dominado por la ansiedad que causaba al país el acercamiento de un acontecimiento inminente, que la mayoría imaginaba como un levantamiento de consecuencias mucho más graves que el de Milán. Cada día, nuevas alarmas, auténticas o artificiales, servían para hacer presión sobre éste o aquel sector del poder o de la opinión. Un amigo con escaño en Montecitorio nos informó de que el Parlamento en su conjunto estaba tan obsesionado con la idea de un conflicto social declarado, el cual parecía inevitable y para el que el Estado, según todas las apariencias, no estaba preparado, que se habría dicho que podían leerse las palabras ‘guerra civil’ escritas en las paredes de la sala. Conforme a los hábitos de las asambleas parlamentarias, lo que más turbaba el fondo de los espíritus era también aquello de lo que menos se hablaba; pero, en todo instante, se daban implícitamente pruebas de que no caía en el olvido. A esto se añadía el hecho de que la inquebrantable tranquilidad del jefe de gobierno era objeto de preocupación para aquellos que no conocían sus motivos y que la contemplaban como una especie de inconsciencia; y un objeto de preocupación aun más grande para aquellos que conocían su razón de ser. Pues es sabido que el Alto Mando de nuestro Ejército es incapaz de afrontar una guerra clásica, pero lo es más todavía ante la eventualidad de una guerra civil; y en cuanto al Ejército mismo, para servirnos de la expresión reciente y oportuna de un libro de “política-ficción” escrito por un anónimo, “aunque nadie hable nunca de ello, nuestras divisiones no están mejor organizadas que nuestros servicios postales”.

Como siempre hemos encontrado cuando menos desconcertante la personalidad del almirante Henke, nos creímos autorizados en aquella época a aconsejarle discretamente que fuese prudente y se mantuviera, en cuanto fuese posible, por encima de la trifulca que ciertos políticos gestaban desde hacía algún tiempo a su alrededor, con el fin de no comprometer sin provecho su persona y su reputación en el caos que veíamos venir; un consejo siempre bueno para un hombre tan apasionado por la acción, pero tan poco acostumbrado a actuar que siempre nos ha parecido dispuesto, antes que a proveer las cosas útiles e aun las más necesarias, a proponerse las más nocivas y peligrosas, antes incluso que no hacer nada en absoluto; ¡pero consejos cuán poco eficaces, como todos los que cogen a contrapié a la naturaleza humana! Lo que siguió después fue la confirmación.




Es precisamente porque no se supo prevenir la situación en la que la operación del 12 de diciembre se tornó necesaria y porque, a continuación, se dejó conducir en un estilo tan torpe, por lo que, más adelante, se adquirió en Italia, casi insensiblemente, la costumbre de afrontar todas las situaciones críticas de los años siguientes exhibiendo a cada instante la carta falsa del terrorismo artificial, desprovisto de verosimilitud, pero sobre todo de utilidad: puesto que el expediente de las bombas había obtenido buenos resultados la primera vez, sin plantearse más cuestiones, se hizo de esta táctica esa estrategia única que después ha sido conocida bajo el nombre de “estrategia de la tensión” o de “estrategia de los extremismos opuestos”. Nuestro Estado, que seguía perpetuamente defendiéndose de estos enemigos fantasma, tan pronto rojos como negros, según el humor del momento, enemigos mal fabricados por lo demás, no quiso nunca afrontar los problemas que habían sido planteados por el enemigo real de la sociedad que se basa en la propiedad y en el trabajo; y pierde su tiempo en combatir los fantasmas que él mismo crea, queriendo así construirse una coartada que lo absolvería de su deserción real. Y de este modo, este Estado nuestro no ha obtenido siquiera un apoyo de la población para su poco creíble lucha; por el contrario, ha cosechado el siguiente resultado: haber ridiculizado y, como suele decirse, “quemado” dichas prácticas para-estatales de urgencia y, al mismo tiempo, verse obligado, una vez que el juego estaba más que al descubierto, a meter en prisión al jefe de los servicios secretos. Nadie podía creerse que el general Miceli habría de estar en prisión más que el tiempo indispensable para hacerlo salir; la descarada hipocresía con la que se le acusó no hacía más que preludiar la hipocresía con la cual debíamos librarnos de un detenido semejante. ¡Hermoso resultado! El SID [Servizio Informazioni Difesa] se ha convertido en la piedra de escándalo de nuestra nación.



[Foto: Tina Modotti]




Lo diremos de una vez por todas y claramente: es tiempo de acabar con este empleo incontrolable de la acción paralela, que es brutal, inútil y peligroso para el mismo orden que debería, sin embargo, mostrarse capaz de salvaguardar por procedimientos más eficaces. Y, más en particular, quisiéramos preguntar ¿cuáles han sido los frutos efectivos y la utilidad práctica de cada uno de los actos de terrorismo que siguieron al del 12 de diciembre de 1969? ¿Cuál era la utilidad del atentado pre-electoral contra la persona del editor Feltrinelli, que era un inofensivo industrial de izquierdas? ¿Cuál la de la eliminación del comisario Calabresi, teniendo en cuenta que, hoy, el último de los ciudadanos sabe más de lo que él sabía con relación a los atentados de aquellos años?



La alternancia entre ineficacia e hipereficacia de que han dado muestras nuestros servicios secretos a lo largo de los años hace surgir un equívoco inquietante: quienes podrían interrumpirla, no quieren; y quienes quieren no pueden. De esta manera, tanto más conoce uno las turbias maniobras entre bastidores, tanto menos se toma el riesgo de denunciarlas, bien porque quien tiene pruebas está personalmente implicado en este círculo vicioso, bien porque teme morir como un buen número de esos testigos procesales a los que no se ha querido llamar en los últimos años. Es por lo demás notorio que todo servicio secreto moderno está en condiciones de abusar ampliamente de su carácter secreto y, en consecuencia, de su poder, pues disfruta de una arbitrariedad que va mucho más allá de lo que es necesario para la defensa de los intereses generales de una sociedad dada y constriñe al silencio, de un modo u otro, a cualquiera que anticipe una sospecha bien fundada sobre prácticas que no son, por cierto, insospechables; pero entonces, “y a-t-il quelque espérance de justice lorsque les malfaiteurs ont le pouvoir de condamner leurs censeurs ? [Cita ligeramente modificada de Saint-Just]”



La paradoja reside en el hecho de no son siquiera los medios por los cuales se ha mantenido el orden público los que se ven recubiertos por el secreto militar, sino el medio por el cual no se ha logrado mantenerlo, pues ahora todo el mundo ha visto hasta qué punto tales métodos han exacerbado generalmente el desorden, cuando no lo han creado de forma deliberada.



En todos los Estados de este mundo, el servicio secreto recibe sus órdenes del poder ejecutivo, pero, por fortuna, el poder ejecutivo no está gestionado en todos los demás Estados del mundo del mismo modo que en nuestro país; ¿no nos está permitido, en consecuencia, concluir que el servicio secreto se ha convertido en nuestro caso en ese gladium ancipitem in manu stulti [espada de doble filo en manos de un estúpido] de que hablaban los latinos? Pues a fuerza de golpes de mano y de golpes de timón, la mayoría de la población ha quedado como drogada y se ha vuelto tan acostumbrada a ellos al enterarse, al mismo tiempo que de la noticia de una nueva matanza, del recurso a Roma de la investigación sobre la precedente, o de la “recusación de oficio” de un magistrado que se aproximaba peligrosamente a la verdad, que ya no podemos esperar que las fuerzas sanas del país sean capaces de obligar al Estado a un saneamiento radical haciendo presión desde abajo.








La propia magistratura, donde sin embargo tienen su puesto hombres de gran valor, está gobernada de tal manera que, en el presente, se asemeja a una pobre compañía de cómicos ambulantes de antaño, los cuales, abucheados en un lugar, mantienen siempre la esperanza, y siempre vanamente, de tener éxito en otra ciudad; y si no osa representar en el Norte obras que el público encuentra obscenas, o que Roma considera atrevidas, se le encarga a Catanzaro constituir una Corte de Justicia para retomar la misma representación con el mismo libretto, la cual resulta infaliblemente suspendida poco después del habitual prólogo, porque la fama del precedente fracaso se había adelantado al espectáculo. Un humorista de otro siglo [Mark Twain] dijo que una de las principales diferencias entre un gato y una mentira es que el gato sólo tiene nueve vidas.




Después de una tontería, los hombres cometen ordinariamente cien otras para ocultar la primera; y nuestro Estado, dominado siempre por los mismos hombres, no se comporta como un Estado, sino como los hombres: procura limitar los estragos de un error cometiendo uno más grave, y llega finalmente a esa situación en la que ya no es posible cometer otra cosa que errores. La defensa de una mala causa –lo sabemos- ha sido siempre peor que la causa misma; pero la defensa de una causa justa –y nosotros tenemos la debilidad de creer que nuestro mundo merece ser defendido-, cuando es llevada sin dignidad y torpemente, es en todo caso un crimen que obtiene efectos de todo punto contrarios a lo que se hubiese deseado.




En cuanto a la cuestión de la “estrategia de la tensión” y de los servicios paralelos, es necesario y conviene ser de ahora en adelante bastante más radical que los propios comunistas; y nos complace resumir aquí nuestro pensamiento sobre la cuestión mediante frases que no son nuestras: “[…] Diría que hemos llegado al extremo de un gran peligro y que no hay partido que pueda tomarse entre la resolución de esclarecer al pueblo y la de prepararse para combatirlo […] Si los disturbios plebeyos son cosa que se ha de temer, no tengamos menos temor al hastío popular, y guardémonos de todos los pasos y procedimientos que puedan excitarlo. Esto último podría conducir a males mayores y no exentos de trastornos más serios y razonados.” (Así escribía, en 1792, Francesco-Maria Gianni, antiguo consejero de Estado del gran duque Pedro Leopoldo, en un opúsculo de título evocador: Los temores que siento y los desórdenes que temo de las circunstancias que actualmente conoce el país.)





Diremos, para concluir, que el golpe de timón, ese protagonista escénico de la decadencia –y de su crónica política en Italia-, ha demostrado sobradamente tanto la impotencia de los gobernantes como el deseo general de cambiar de escena, de intriga y de actores. Todos los muy graves problemas de 1969 están todavía ante nosotros y, si se habla menos de ellos, es solamente porque otros, no menos graves, han venido a añadirse entretanto, mientras que los hombres que no los resolvieron aún se encuentran en el poder y, en el mismo momento en que escribimos esto, están a punto de enredarse en largas disputas a propósito del aborto, cuando es nuestra propia República la que está a punto de abortar. Frailty, thy name is Italy! [Paráfrasis del Hamlet shakespeariano: Frailty, thy name is woman!]

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miércoles, 10 de enero de 2007

AGITPROV. Informe Verídico sobre las Últimas Oportunidades de Salvar el Capitalismo en Italia (IV) - G. Sanguinetti (1975)

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III. De qué modo recomienza la guerra social y por qué no había nada más funesto que creerla ganada (1968-1969).




“Lo que causa el adormecimiento de los Estados que sufren es la duración del mal, que se apodera de la imaginación de los hombres y les hace creer que no acabará jamás. En cuanto encuentran ocasión para escapar de él, la cual no falta nunca cuando se alcanza un cierto punto, quedan tan sorprendidos, contentos y enardecidos, que de golpe pasan al otro extremo, y bien lejos de considerar las revoluciones como imposibles, las consideran fáciles; y tal disposición es en sí misma y en algunas situaciones capaz de ponerlas en marcha.”
Cardenal de Retz – Memorias


NUESTRAS PREOCUPACIONES SOCIALES no han nacido evidentemente de un impulso romántico del corazón, sino de una reflexión de la inteligencia, porque en la miseria, relativa pero incontestable, de ciertas capas sociales, vemos menos una dolencia que haya de ser sanada –utopía demagógica sobre la cual dejamos especular a otros de buena gana- que un desorden que hay que prevenir.

En ningún otro tiempo, sin embargo, han sido enunciados tantos principios y conceptos a tal respecto como en el nuestro, ni con tantas pretensiones ni tanto universalismo. Aunque la historia parezca presentarse, en la mayoría de los casos, como un conflicto de intereses y de pasiones, nuestra historia reciente, hasta estos últimos años, y por más que las pasiones no hayan faltado, se ha presentado más bien como una lucha entre principios de justificación y, sólo parcialmente, como una lucha de pasiones subjetivas y de intereses objetivos casi siempre ocultos bajo la bandera de ciertos argumentos justificativos “superiores”.

Durante años hemos asistido impasibles al lamentable espectáculo que nos ofrecía un sector de nuestra burguesía que se justificaba ante la otra por pretender erigirse en defensora del pueblo “explotado”; y recíprocamente, la otra parte, que también se enredaba en estos enfrentamientos, era acusada de perseguir sus intereses egoístas. Era un modo como cualquier otro –aunque menos útil que algunos otros- de pasar el tiempo, en una época en que aún nos podíamos permitir perderlo. Nosotros percibíamos por nuestra parte que todo el ficticio interés que estos señores, por otro lado respetables, mostraban ante las cuestiones sociales tenía principalmente un origen psicológico; poseía en sí mismo un carácter justificativo y respondía, más o menos, a la necesidad “moral” de tranquilizar de una manera u otra la propia consciencia, en aquel periodo, para ellos eufórico, del “milagro económico”. Se discutía, con una desenvoltura académica y una ignorancia estudiantil, sobre cuestiones sociales porque la nueva clase media las creía casi resueltas y no había conocido ni comprendido la amplitud de los sobresaltos revolucionarios de 1919-1920, ni tampoco el modo en que la burguesía de entonces había disuelto aquel movimiento. En la realidad, sin embargo, tras esa fachada “sensible” se disimulaban, sólidamente unidos entre sí, una vaga inquietud y un desinterés auténtico por la sociedad civil. A la pérdida, entre las filas de la burguesía, de lo que había sido su conciencia de clase se correspondía la pérdida de su seguridad y una gran timidez: en nuestra opinión, esta última hornada de burgueses tenía miedo de tener razón e incluso miedo de tener miedo; poco después, de hecho, debían darse cuenta de que tenían razones para tener miedo.

La falta de interés de las clases dirigentes por las mutaciones acontecidas en la sociedad civil había alcanzado, en efecto, su culmen cuando un hecho imprevisto de alcance mundial vino bruscamente a despertarlas; eso sí, de una manera traumatizante.

Los acontecimientos insurreccionales que hicieron temblar a Francia en el mes de mayo de 1968 mostraban de forma indiscutible que una nueva revolución social, liberada de todas las ilusiones y desilusiones anteriores, llamaba a la puerta de las sociedades modernas. En principio no se comprendió y, más tarde, se ocultó –y no sin motivo-, pero esta insurrección fue, por su mera existencia, el fracaso más escandaloso y más terrible que la burguesía europea haya sufrido desde 1848. Como en 1848, el viento de la rebelión soplaba por toda Europa y se respiraba tanto en Francia como en Alemania, tanto en Italia como en Checoslovaquia, tanto en Yugoslavia como en Inglaterra: en todas partes, bajo diferentes formas y de distintas maneras, era contra este mundo que es el nuestro contra el que se revolvían, con una violencia más o menos pronunciada, los pensamientos y los actos de las poblaciones en rebelión abierta contra la sociedad, de esas mismas poblaciones que, desde hacía medio siglo, parecían haber olvidado, al igual que las clases dirigentes, eso que en el siglo XIX se llamaba “cuestión social”.







No es necesario insistir aquí en recordar que Francia conoció entonces la huelga general más amplia y prolongada que jamás haya paralizado la economía de un país industrial avanzado, ni que se trataba al mismo tiempo de la primer huelga general “espontánea” de la historia: todo el poder del Estado, de los partidos políticos y hasta de los sindicatos fue sencillamente borrado del mapa durante varias semanas, mientras que las fábricas y los edificios públicos se encontraban ocupados en todas las ciudades. No entra en los propósitos de este panfleto demostrar por qué los acontecimientos de mayo fueron profundamente revolucionarios y, virtualmente, más peligrosos para el mundo que la Revolución rusa, porque no queremos obligar a nadie a compartir dicha opinión; nos limitaremos, pues, a considerar que el acontecimiento se mantiene como un muy amenazante precedente y que las ideas del movimiento que comenzó entonces se han infiltrado en todas partes, pues, por todos los rincones de Europa, las clases pobres han aumentado en número y su importancia ha crecido más que su tren de vida, y sus aspiraciones más que su poder.

Desde la Revolución francesa, es decir desde que la burguesía asumió por todos lados las responsabilidades políticas de la dirección de los Estados, los pueblos han pretendido, en cualquier lugar, abandonar su condición, cambiando a su medida las instituciones políticas; pero, después de cada cambio, han constatado que su suerte no había mejorado en realidad, o bien que mejoraba con una lentitud insoportable con respecto a la precipitación de sus deseos. Resultaba, pues, inevitable que un día u otro los trabajadores acabasen por descubrir que aquello que los mantenía aprisionados en su propia situación no era la constitución de los diferentes Estados, monarquías o repúblicas, dictaduras fascistas o socialistas, democracias parlamentarias y presidenciales, sino más bien las leyes y principios mismos en los que descansan todas las sociedades modernas; y es –por así decir- natural que las clases pobres lleguen más pronto o más tarde a preguntarse si no tienen el poder, y acaso también el derecho, de cambiar tales leyes del mismo modo en que han cambiado todas las demás. Y por hablar en especial de la propiedad y del Estado, que son como el fundamento último de todo orden social, ¿no era una consecuencia inevitable que ambos fueran denunciados una vez más, pero de una manera completamente nueva, como los principales obstáculos para la reivindicación de la igualdad entre los hombres, y que la idea de abolirlos completamente, y no al modo en que, en algún momento, se dijo que se había hecho en Rusia, se presentase a los espíritus de todos aquellos que se sentían sometidos y excluidos?

Esa inquietud natural del espíritu de los pueblos, esa inevitable agitación de los deseos, ese resentimiento de las necesidades, esos instintos de la multitud forman, en cierto modo, el tejido sobre el cual los agitadores profesionales trazan figuras monstruosas o grotescas, rechazadas por todos los políticos y, para empezar, por los comunistas mismos. En mayo, en París cada cual proponía su plan de construcción de la “sociedad nueva”, los unos exigían la abolición del trabajo asalariado sin más preámbulos, los otros la de la desigualdad de los bienes, un tercero quería el fin de la sociedad mercantilista y de la más antigua de las desigualdades, la que se da entre el hombre y la mujer; todos parecían de acuerdo en excluir cualquier género de mandato, en experimentar con formas de democracia directa, en rechazar a todas las instituciones, a todos los partidos y a todos los sindicatos.

Lo que más choca al observador atento es que, al contrario de lo que se decía comúnmente en aquellos momentos, la aplastante mayoría del movimiento en cuestión no estaba compuesta por estudiantes, sino por obreros y otro tipo de asalariados. Uno puede, evidentemente, tomar tales ideas por utópicas, o simplemente ridículas, pero el terreno del que han surgido y por el que se han propagado es el objeto más serio que los políticos y hombres de Estado puedan hoy someter a examen, puesto que lo que está en cuestión es nuestro propio mundo.

¿Quiénes han reprimido con mayor eficacia, en países como Francia y Checoslovaquia, donde muy destacadamente había prendido, ese movimiento insurreccional, al que sería más justo llamar revolucionario? ¿Quiénes han favorecido o impuesto el retorno a la normalidad en las fábricas y en las calles? Pues bien, tanto en un caso como en el otro, ¡fueron los comunistas! En París, gracias a los sindicatos, y en Praga, gracias al Ejército Rojo. He aquí la primera lección que conviene extraer de los acontecimientos.



Pero enfermedades sociales como aquella cuyos síntomas presentaba Francia de la forma más visible se transforman deprisa en epidemia, e Italia no podía dejar de sufrir su contagio de la más privilegiada de las maneras. El período de incubación y de desarrollo de nuestro mal nos es tan cercano en el tiempo que no es cuestión de escribir aquí su historia, que, por otro lado, está todavía lo bastante gravada en la memoria de todos como para que resulte útil volver a narrar su crónica. Basta con recordar que la –así llamada- contestación estudiantil fue naturalmente, tanto aquí como en otros lugares, efímera y que se convirtió pronto en un simple fenómeno de depravación –tan tolerable como muchos otros-, que ocupaba, más que a un sector vital de la sociedad productiva, las páginas de las revistas y los discursos de los intelectuales. Todo el mundo sabe, sin embargo, que contemporáneamente y en paralelo al movimiento de los estudiantes, había comenzado en las fábricas un movimiento más silencioso y menos aparente, pero mucho más inquietante, que en principio carecía de vínculos y de una gran publicidad. A pesar del encuadramiento sindical tradicional de la clase obrera italiana, también en nuestro caso comenzaron a manifestarse las primeras formas de lucha “espontánea” y las huelgas extra-sindicales. Y, precisamente porque dicho fenómeno fue mal evaluado en el momento de su nacimiento, le fue fácil extenderse en los meses siguientes con un radicalismo creciente. Una suerte de frenesí parecía haberse apoderado de nuestros trabajadores que, reunidos en presuntos “comités de base”, comenzaron de manera autónoma a proponer extravagantes reivindicaciones extra-salariales, a ratos pintorescas y a ratos aberrantes, pero siempre nocivas, puesto que en todos los casos encontraban partidarios dispuestos a luchar por ellas: por no referirnos a otros, citaremos el magnífico ejemplo de los empleados de una importante empresa pública de Milán, cuyo “comité de base” organizó a finales de 1968 –y con bastante “éxito”- huelgas con las que se pretendía obtener que ¡el tiempo de transporte de los trabajadores desde su residencia a su lugar de trabajo fuese considerado a todos los efectos como tiempo de trabajo y retribuido como tal!

Se tenía la impresión de que los trabajadores competían entre sí por ver quién conseguiría provocar una mayor extensión de daños inspirados por su funesta fantasía. En realidad, el fin declarado de cada conflicto particular carecía de medida común con respecto a los estragos sociales que la generalización de las huelgas y de las manifestaciones de todo tipo causaba en todo el país; y por otro lado y bajo nuestro punto de vista, los trabajadores no deseaban aquello por lo que combatían: lo que deseaban era el combate tout court. Podían encontrar pretextos a millares, pero ése era su único fin inconfesado, y ninguna subida de salarios habría bastado para calmarlos.

Sabemos, sin embargo, que hasta 1969 Italia no conoció toda la nefasta “modernidad” de su crisis social: fueron de hecho los primeros desórdenes graves en las prisiones y en las fábricas del norte las que ilustraron, con la revuelta de Battipaglia en la primavera de ese mismo año, la extensión de la crisis de un extremo al otro de la península y lo que se podría llamar el “salto cualitativo” de su gravedad con respecto al año precedente. En tanto que las pasiones estudiantiles de 1968 no iban más allá de la política, y por más que ésta pretendiese proclamarse como “de izquierdas”, en la clase obrera las pasiones se convertirían a partir de entonces en sociales –y nuestros lectores no ignoran lo que esto fatalmente implica-: no se pedía tal o cual reforma, no se protestaba por una determinada política, por este gobierno o aquél, o por un partido, sino contra la sociedad misma y contra las bases sobre las que descansa.



Y sin embargo y a pesar de todo, podemos afirmar que, en este período, el gobierno no estaba tan alarmado por lo que ocurría en el país como podían estarlo los jefes de la oposición comunista. En toda esta primera fase del año 1969, las únicas personas real y justificadamente inquietas por el futuro próximo que hemos tenido ocasión de encontrarnos han sido algunos leaders sindicales y algunos dirigentes del Partido Comunista, pues eran ellos los únicos que observaban de cerca a la clase obrera y registraban día a día sus humores y su voluntad subversiva: el estado de agitación permanente del país había superado para entonces, no sólo las esperanzas, sino incluso los deseos de los más ardientes sindicalistas, es decir, de aquellos que creían, aunque erróneamente, encontrarse en los orígenes del fenómeno. No fue la primera ni la última de las ocasiones en la que hemos podido reconocer la lucidez del honorable Giorgio Amendola, pero sí fue quizás la ocasión en la que más nos ha asombrado y en la que más lo hemos estimado. Este hombre político, al contrario que tantos otros, posee un espíritu ágil, frío aunque cordial, eminentemente sutil, que va de forma inmediata al corazón de la cuestión, pero que no descuida los detalles, sin prejuicios y sin rencor, buen conocedor del registro de debilidades e inclinaciones humanas, sobre todo en lo que concierne a su partido, y capaz de jugar con ellas para sus propósitos cuando su interés no se opone; en suma, un hombre que uno no puede permitirse dejar de estimar ni de escuchar. Y esto tanto más en una época en la que el honorable Rumor, a la sazón Presidente del Consejo, no encontró nada mejor que decir a una persona de nuestra confianza que algo de este género: “Esté usted tranquilo, todo acabará bien, no hay gobierno libre que no deba superar pruebas de este tipo”. Nosotros, que estábamos menos inquietos por la suerte del gobierno que por otros problemas muy distintos, consideramos entonces que tal respuesta retrataba perfectamente a ese hombre resuelto pero limitado, con mucha agudeza, pero una agudeza de tal género que, aun viendo claramente y hasta el último detalle lo que se encuentra en su horizonte, no es capaz de imaginar que ese horizonte pueda cambiar de improviso. Por otro lado, debíamos tener en cuenta a los industriales, algunos de los cuales, presas de una angustia que confinaba a muchos a una estupidez pura y simple, no imaginaban nada mejor que llamar al orden a los sindicatos, como si los sindicatos, por más que no fuesen responsables de una situación semejante, estuvieran de todos modos en condiciones de oponerse oficialmente a ella sin correr el riesgo de hacerse eliminar –y, en esta ocasión, incluso formalmente- por el movimiento.

A mediados del año 1969 se llegó a preguntar explícitamente al Partido Comunista Italiano qué garantías podía ofrecer al gobierno italiano para involucrarse con él en el fin del movimiento antes del otoño y cuáles serían sus exigencias en contrapartida. Los comunistas, que conocían mejor que nadie la importancia del envite y el peligro del momento, profirieron sus deseos; mas tanto el poder político como una gran parte de los industriales, sea porque subestimaban los riesgos de los meses siguientes, sea porque sobreestimaban el “riesgo” de cualquier tipo de acuerdo con el PCI, consideraron las contrapartidas que los comunistas exigían fuera de toda proporción con las garantías que podían ofrecer. Se puede decir, con un conocimiento a posteriori, que la Democracia Cristiana ignoraba todavía la fuerza y la utilidad de un partido comunista en circunstancias semejantes y que este último, por su parte, ignoraba en parte la fuerza que alcanzaría la ola de huelgas “espontáneas” en los meses siguientes; y todo ello porque los comunistas jugaban con el tiempo y con la precipitación “natural” de los acontecimientos con una desenvoltura algo excesiva, a la espera del momento en el que de todos modos deberían ser llamados, y porque la Democracia Cristiana contaba demasiado con el hecho de que los comunistas, para no llegar a una ruptura abierta, tendrían en cualquier caso que comenzar a hacer lo que prometían, aun sin obtener una contrapartida inmediata. Los cálculos de los unos y de los otros habrían estado justificados, o habrían sido justificables, si se hubiera tratado de afrontar una crisis política; ambos se revelaron como insuficientes, por no decir inconscientes, porque todos parecían olvidar la situación de crisis social pre-insurreccional en la que se encontraba Italia. Habida cuenta de que los dirigentes comunistas se mantenían atrincherados, a la espera de evoluciones posteriores, en una posición no menos rígida que la de la Democracia Cristiana, que, sin embargo, cargaba con la responsabilidad inicial de tal rigidez, y habida cuenta de que, en esta situación, no se habría conseguido alcanzar fin alguno, era preciso actuar inmediatamente y en otra dirección.

¿Cuál era, en consecuencia, la dirección que debíamos tomar? Lo diremos con los términos de un periodista, pues, como enseñó un gran filósofo hace más de un siglo y medio, “en la opinión pública está todo lo verdadero y todo lo falso”, y porque los periodistas son especialistas en opiniones públicas y privadas: “[…] Numerosos síntomas políticos, sindicales y culturales –escribió entonces Nicola Adelfi en Epoca- permiten pensar que esta situación va a prolongarse […], no se ve el modo en que la ola de violencia podría romperse o, al menos, atenuarse. A menos que acontezca algún hecho imprevisible y de naturaleza traumática: quiero decir alguna cosa que, de improviso, sacuda profundamente a la opinión pública y le de la sensación de encontrarse a un paso de la anarquía y de su inseparable compañera, la dictadura”. No se podía expresar mejor; pero era conveniente, para que “algún hecho imprevisible y de naturaleza traumática” se produjese, tener antes que nada un gobierno homogéneo y menos frágil que el centro-izquierda de Rumor-Nenni. Sabemos que, tras la formación del primer gobierno de centro-izquierda, diferentes representantes del poder económico habían ganado para su causa, o habían colocado, a algunos hombres en posiciones eminentes dentro de los infortunados partidos socialistas, llamados en ese momento ‘unificados’. Pues bien, para hacer caer el gobierno Rumor-Nenni bastó con pedir, a principios de julio, a los social-demócratas, que nunca se han hecho rogar demasiado para emprender operaciones de este género, que provocasen una nueva escisión: la unificación establecida por diez se hundía, de esta manera, después de diez meses. Al día siguiente, caía el gobierno y, un mes después, a comienzos de agosto, Rumor podía constituir su segundo gobierno “monocolor”, en el que se encontraban representadas –si la memoria no nos falla- todas las corrientes demo-cristianas. A pesar de todas sus carencias, su gabinete nos pareció uno de los más eficientes que pueda recordar la historia de la República, aunque no fuese más que por las acciones realizadas por el Ministro de Trabajo, el honorable Donat-Cattin, y por el del Interior, el honorable Restivo, durante el otoño siguiente, que más tarde, gracias a un admirable understatement, fue bautizado como “caliente”.

Pues si es exacto, como la prensa extranjera afirmaba en la época, que las dos únicas instituciones que aún funcionaban en la Italia de entonces eran los sindicatos y la policía, se lo debemos a estos ministros de Trabajo y del Interior: Carlo Donat-Cattin, en efecto, tenía tras de sí una carrera de sindicalista, y Franco Restivo, íntimo de Vicari, el Prefecto de Policía del momento, había hecho, junto a este último, la experiencia del terrorismo político en los tiempos en los que, en la región siciliana, de la que había sido Presidente después de la guerra, castigaba duramente al bandido Giuliano. Precisamente en 1968, cierta cantidad de pequeños atentados con explosivos, que no tuvieron consecuencias graves, contribuyó a aumentar el desorden que la contestación estudiantil y obrera seguía creando en las grandes ciudades, e incluso en las pequeñas. Se trataba de actos de un alcance estrechamente limitado frente, por ejemplo, a los sabotajes de la producción en las fábricas; poco más que la rúbrica de grupúsculos fascistas o maoístas plasmada sobre los locales de los adversarios. Pero esos pequeños hechos se encontraron justamente en el origen de los grandes y, como dijo Tácito, “non sive usu fuerit introspicere illa, primo aspectu levia, ex quis magnarum saepe rerum motus oriuntur” [“Nunca resultó inútil desentrañar esas cosas, pequeñas a primera vista, de las cuales procede a menudo el encadenamiento de las grandes”]. Pues en Italia, en aquella época y también ulteriormente, los sindicatos y la policía no eran los únicos que funcionaban: desde hacía algunos meses se habían puesto sordamente en movimiento los servicios secretos. Y, puesto que en las esferas políticas se seguía tergiversando una crisis que se agravaba por momentos, se hizo preciso poner a punto antes del verano una táctica de diversión, una tensión artificial cuyo fin principal era distraer momentáneamente a la opinión pública de las tensiones reales que desgarraban el país. Veremos más adelante cuáles han sido las innegables ventajas de una táctica semejante y cuáles han sido también los daños que causó al transformarse en estrategia; del mismo modo en que, en el próximo capítulo, sacaremos a la luz las críticas que, en otro lugar y otro tiempo, dirigimos a nuestros servicios secretos, los cuales, a causa de una torpeza que no tiene precedentes en la historia, se ven hoy públicamente expuestos a las acusaciones del cualquier magistrado recién llegado y de todo el país.

Así pues, cualquiera que haya sido el background de los pequeños atentado que hemos evocado más arriba, podemos hacer coincidir el comienzo de esta táctica de diversión con lo que ocurrió en Milán el 25 de abril de 1969, y en otros lugares en el mes de agosto siguiente; las operaciones a las que hacemos alusión fueron, en cierto sentido, como un ensayo general en previsión de los acontecimientos del otoño. Dichos acontecimientos no se hicieron esperar, y desde septiembre comenzaron a producirse las primeras acciones de sabotaje de una amplitud considerable en las fábricas de la FIAT de Turín y de Pirelli, en Milán, y más tarde en otros cien lugares. Las negociaciones en la cumbre por la renovación de los contratos entre empleadores y sindicatos no era más que un pretexto entre otros; cantidad de hechos y de acontecimientos, en un período al que ciertamente no le han faltado ni los unos ni los otros, han sido eclipsados por los que les han seguido, en un crescendo cada vez más persistente, y, si podemos desinteresarnos aquí por ellos, es porque la significación profunda que esta guerra de clases se daba inconscientemente a sí misma, a través de su desarrollo intensivo y extensivo, se había convertido en algo mucho más importante que el conjunto de sus episodios particulares, que no eran más que las piedras miliares de una ruta que conducía, cada vez de forma más manifiesta, a una revolución social.



En el curso de nuestra vida, hemos frecuentado gentes instruidas que han escrito la historia sin mezclarse en los asuntos públicos; y hemos tenido que actuar junto a hombres políticos que se han ocupado constante y únicamente de producir e impedir que se produzcan determinados acontecimientos, sin pensar mucho en describirlos. Hemos observado siempre que los primeros veían causas generales por todos lados, en tanto que los segundos, que viven en medio de los hechos de cada día, aparentemente nacidos los unos de los otros, se figuraban gustosamente que todos los acontecimientos que servían a sus propósitos debían ser atribuidos a su propio mérito, como si sólo a ellos hubiese incumbido determinar la marcha del mundo, mientras que los contratiempos debían ser considerados como la consecuencia de tal o cual acontecimiento particular, absolutamente imprevisible. Hay razones para creer que tanto los unos como los otros están en el error; y si en esta época uno puede esperarse cualquier cosa, puesto que todo es posible, no nos está permitido en modo alguno dejarnos coger por sorpresa. En aquel otoño de 1969, que Raffaele Mattioli definía, con ese desprendimiento filosófico que sólo era propio de él, como “la expresión lírica de la historia en acción, en la que nadie ha tenido el valor de ser lo que era”, asistíamos, por ejemplo, al lamentable espectáculo de los industriales que depositaban más confianza en los sindicatos que en sí mismos; y los sindicatos, por su parte, depositaban su confianza en las concesiones que podían obtener del gobierno; y el gobierno, en la eficacia de sus servicios especiales. Éramos pocos en número los que sabíamos que quien preveía lo peor era, por el contrario, demasiado optimista, del mismo modo que, todavía hoy, son pocos los que saben que la Italia de entonces se ha encontrado en más de una ocasión a sólo una hora de la insurrección general, y que si, por fortuna, dicha insurrección no se ha producido, ha sido no tanto por las precauciones de éstos o de aquéllos que cuanto por el juego de factores diferentes.

Las luchas a propósito de los contratos obtuvieron un éxito notable en el terreno de los salarios, pero era una piadosa ilusión creer que los espíritus se apaciguarían una vez los contratos hubieran sido renegociados; desde el momento en que los obreros, como ya hemos dicho, no combatían en realidad por obtener sencillamente aumentos en sus salarios, estaba claro que, por muy consistentes que fuesen esos aumentos, ya no se podía esperar comprar con ellos una paz social que, cada día que pasaba, peligraba con convertirse en un feliz recuerdo de los tiempos pasados. De hecho, cuando ciertas categorías, como los trabajadores municipales y demás, obtuvieron sus nuevos contratos de trabajo, perseveraron en sus huelgas ilegales bajo el pretexto de apoyar la lucha de los trabajadores de la industria mecánica privada, con quienes la negociación se mantenía en suspenso. Los sindicatos, por su parte, no podían exponerse al peligro de escindirse de las masas trabajadoras desaprobando todas las huelgas que no habían querido poner en marcha y que no habían podido impedir; debían, por el contrario, aceptar el hecho consumado de las huelgas obreras, para no excluir de entrada la posibilidad de ser aceptados, a su vez y en un segundo momento, como portavoces autorizados de sus reivindicaciones. Para prevenir el motín abierto, las confederaciones sindicales tuvieron, pues, que hallar objetivos distintos de las reivindicaciones salariales, con el fin de canalizar hacia ellos la contestación obrera.

Uno de esos objetivos, que parecían artificiales incluso a los propios obreros, fue el que proporcionó la ocasión de esbozar una insurrección caracterizada y patente. Para el 19 de noviembre de 1969, los sindicatos habían anunciado una jornada de huelga general nacional en torno a la cuestión de los alquileres; esta huelga, que supuso la más vasta abstención al trabajo que se haya registrado en la historia de la República, degeneró en seguida en un motín en la ciudad de Milán: los leaders sindicales, que debían tomar la palabra en el Teatro Lírico, fueron boicoteados e insultados por los trabajadores, que, tras abandonar el mitin, atacaron duramente a las Fuerzas de Seguridad Pública, obligadas entonces a retirarse de todo el barrio, y levantaron barricadas en el centro de la ciudad.

Tenemos un recuerdo preciso de aquel espectáculo, pues justamente el mismo 19 de noviembre, alrededor del mediodía, debíamos atravesar la via Larga para llegar al domicilio, sito no muy lejos del lugar de los enfrentamientos, de un industrial con el que estábamos invitados a almorzar, junto con algunos hombres políticos y otras personalidades del mundo económico. Puesto que era imposible encontrar un taxi, atravesamos a pie todo un sector de la ciudad: encontramos la mayor parte de las calles tranquilas y casi desiertas, como suele acontecer en Milán los domingos por la mañana temprano, cuando los ricos aún duermen y los pobres están ociosos; por aquí y por allá, de vez en cuando, algún joven, con el aspecto más del asalariado suburbano que del estudiante, pegaba tranquilamente algún cartel sobre una fachada; se nos ofrecieron varios manifiestos, firmados por tal o cual grupo de “obreros autónomos” y de “comités de base”, y nos sorprendió el título de uno de ellos, bastante lúgubre y con tufo a siglo XIX, y que rezaba algo así como “Advertencia al proletariado sobre las ocasiones presentes para la revolución social”. Habiendo sorteado, no sin cierta dificultad, las barreras de la fuerza pública y de los manifestantes, alcanzamos en fin el apartamento de nuestro anfitrión, que se encontraba más inquieto que de costumbre. El banquete, como solía ser, era magnífico, pero la mesa estaba desierta; de la media docena de invitados, sólo otro –y no el más esperado- se presentó con retraso. Nos sentamos con aire pensativo entre aquella abundancia inútil y una sencilla reflexión por nuestra parte provocó, involuntariamente, un profundo silencio: vivíamos un tiempo extraño en el que, como decía Tocqueville en 1848, no se puede estar seguro de que no estalle una revolución entre el momento en que pasamos a la mesa y el momento en que la comida se sirve.

Las llamadas telefónicas, que marcaban el ritmo del tiempo, hacían aún más exasperante la espera de algún acontecimiento funesto; las noticias se acumulaban: un agente de la Seguridad Pública acababa de ser asesinado delante del Teatro Lírico, y ni la policía ni los sindicatos estaban ya en situación de dominar un campo de batalla que habían abandonado. El teléfono fue, a lo largo de aquella tarde, el único cordón umbilical que nos ligaba al mundo; los peores temores ahora concernían a Turín, pues de haber sabido en Milán que la situación se nos escapaba también en otros lugares, las chances de que el motín y la huelga quedasen reducidos a aquella jornada se habrían desvanecido completamente. Desde Roma se nos informó de que los sindicatos “mantenían” Turín, y de que ni en esta ciudad ni en Génova se habían producido incidentes graves. Algunas horas más tarde, la información nos era confirmada directamente por los líderes sindicales que se encontraban sobre el terreno; felizmente, no había habido muertos entre los manifestantes, pues ése era en el fondo el regalo con que los agitadores contaban. Milán, el Milán obrero, quedó desalentado al saber, aquella misma noche, que por todos lados la huelga se había desarrollado sin incidentes; en Roma, sin embargo, y no precisamente en la Roma popular, los acontecimientos de Milán fueron percibidos en toda su gravedad y provocaron más emociones de lo que podía esperarse de una capital por lo común tan hipócritamente insensible a los impulsos del resto del país. Se advirtió en fin que ya no quedaba tiempo que perder, puesto que en Milán ni los sindicatos ni la policía habían sido capaces de evitar el motín; y aunque, por fortuna, dicho motín había sido breve, se sabía mejor que bien que las condiciones de las que había derivado no habían sido superadas, y en Milán menos que en cualquier otra ciudad de Italia. Había más de una buena razón para temer que, en pocas semanas –sino antes-, un nuevo motín se transformase en insurrección general.



Pero en lugar de eso, tres semanas después, el 12 de diciembre, estallaban las bombas de la Piazza Fontana de Milán y de Roma; y asistíamos, por cierto, a ese “hecho imprevisible y de naturaleza traumática” del que hablaba el periodista citado más arriba y que tan profundamente iba a afectar a la opinión pública en Italia y en el extranjero.

Los obreros, desorientados y estremecidos de estupor ante tantas víctimas inocentes, quedaron como hipnotizados por aquel acontecimiento inesperado, y como extraviados por los rumores que le siguieron, pues en presencia de hechos de este género el espíritu se revela mudable y, como dice Tácito, “vulgus mutabile subitis, et tam pronum in misericordiam, quam immodicum saevitia fuerat” [El vulgo varía con los acontecimientos imprevistos, y se encuentra tanto más inclinado a la misericordia cuanto inmoderadamente lo había estado a la crueldad].

Como por ensalmo, un movimiento de luchas tan extensas y prolongadas se olvidaba de sí mismo y se detenía.
TODAS LAS FOTOGRAFÍAS, SALVO LA ÚLTIMA, SON OBRA DE