sábado, 27 de septiembre de 2008

FICCIONES. El tozudo enigma de las puertas cerradas


Marcela tiene las piernas largas y los ojos tristes. El doctor Huet desconoce la razón, pero para trazar un esbozo apresurado de Marcela le basta únicamente con centrarse en esos dos rasgos: piernas largas y ojos tristes. ‘El resto habrá que dejarlo a la imaginación y la capacidad inventiva de los improbables lectores de mi informe. Que cada cual componga una Marcela a la medida de sus deseos’, como propone el doctor.

Mientras escribo esto, Faón se me acerca por la espalda y me acaricia la nuca con sus guantes de seda y puedo sentir su pene erguido sobre mi hombro y cómo su vulva gotea sobre la alfombra. ‘Lee esto’ – me propone-; ‘tal vez puedas utilizarlo’. Es una hoja de papel amarillento en la que enseguida reconozco la letra menuda y apretada del doctor Huet. ‘En efecto –me confirma Faón- se trata de la primera página de su cuaderno de notas. El primer borrador del famoso informe’.

Dice así:


Marcela ha entrado en la casa a través de los grandes ventanales que dan al jardín. Traía las uñas rotas, las manos negras de fango y las rodillas verdes de hierba, lo que he interpretado como indicios inequívocos de que, una vez más, había estado escarbando entre los rosales secos que hay junto a la valla. En más de una ocasión le he recomendado que utilice el instrumental que guardamos en la casita del jardinero, pero ella rehúsa servirse de nada que no sean sus propias manos. Parece obtener un peculiar placer en el contacto desnudo con la tierra, en el choque de las uñas contra los terrones endurecidos, en el infrecuente hallazgo de alguna raíz fresca o de un gusano. Hace unos días la vi correr muy excitada hacia mí. Venía –me dijo- del pequeño pinar que hay más allá de los rosales, y me mostró un par de lombrices o culebrillas que, enredadas la una en torno a la otra, se agitaban en la palma de su mano embarrada. De inmediato las identifiqué como dos ejemplares de Blanus cinereus, y así se lo dije. No son gusanos –le advertí-, sino culebras. ‘Si quieres quedártelas, tendrás que alimentarlas con pequeños insectos, porque –aunque no lo parezca- son carnívoras’. Marcela las observó algo decepcionada durante unos instantes y, finalmente, las arrojó al suelo y las pisoteó con los pies descalzos. Después se limpió la mano contra el peto del ligero vestido estampado que había estrenado aquel mismo día y se alejó. Hubiera deseado hablarle de la intensa excitación que había provocado en mí aquella cadena de gestos aparentemente insustanciales, pero temí que semejante exceso de intimidad diera al traste con un experimento que apenas había hecho más que comenzar. Además los asombrosos acontecimientos que se produjeron la mañana siguiente vinieron a confirmar que mi confesión habría sido, en efecto, un error de consecuencias incalculables. […]


[De Ars Combinatoria]


1 comentario:

cecilia dijo...

Marcela, la de piernas largas y mirada triste es tan sólo una niña descubriendo las verdades de la sustancia.

(Habrá que ver hasta dónde llegarán sus gestos a ser una eterna cadena excitante para el Dr. Huet)