domingo, 27 de enero de 2019

VOCES. Lo peor (1960-1971) - Dennis Cooper [Nueva traducción]



Cuando tenía nueve años, pasé un mes en Texas con mi abuela durante las vacaciones de verano. Vivía junto a una iglesia y un día en la iglesia se celebró una boda. Me pasé por allí, yo solo, para asistir al festejo. Había una niña rubia más o menos de mi edad, con un vestido blanco emperifollado, encima de una pasarela bordeada de antorchas hawaianas encendidas. Pensé que era lo más hermoso que había visto nunca. La observaba maravillado cuando una de las antorchas se cayó y prendió su vestido. En menos de un segundo, todo su cuerpo estaba envuelto en llamas. Lo siguiente que recuerdo es que, 48 horas después, un oficial de policía me encontraba conmocionado bajo la casa de mi abuela. No sé si la niña sobrevivió o murió.

Cuando tenía once años, estaba jugando con mis amigos entre los arbustos que había frente a mi casa. Queríamos cavar un hoyo, pero como no pude encontrar una pala en el trastero, utilizamos un hacha. Uno de mis amigos estaba dándole hachazos al suelo cuando inesperadamente surgí de entre los arbustos justo donde él hacía el agujero. El hacha me golpeó en plena cabeza, abriéndome una gran brecha y dejándome inconsciente. Mis amigos se asustaron y me abandonaron allí. Finalmente recuperé la conciencia, me di cuenta de que sangraba a borbotones por la cabeza, alargué la mano para ver qué pasaba y toqué lo que reconocí como mi cerebro al descubierto. Corrí hacía la puerta de nuestra casa y me llevaron a toda prisa al hospital. Los médicos me salvaron la vida, pero durante meses estuve postrado en cama con fuertes dolores. El chico que me había dado el hachazo estaba tan traumatizado que no volvió a mirarme a los ojos ni a hablarme nunca más. Se suicidó cuando tenía quince años.

http://detour.es/nueve/dennis-cooper-lo-peor.html

jueves, 10 de enero de 2019

VOCES. Dennis Cooper revisited.



La vie humaine est l’enrobement des mouvements physiologiques: elle est décence. Elle est un ‘cacher’, un ‘habiller’ –qui est en même temps un ‘dénuder’, car elle est un ‘s’associer’. (Il y a une gradation emphatique entre montrer, habiller, s’associer). La mort est écart irrémédiable : les mouvements biologiques perdent toute dépendance à l’égard de la signification, de l’expression. La mort est décomposition ; elle est le sans-réponse » La mort et le temps – E. Lévinas (1975-6).

« Denn das Schöne ist nichts als des Schrecklichen Anfang, den wir noch grade ertragen, / und wir bewundern es so, wiel es gelassen verschmäht / uns zu zerstören » Duiniser Elegien – R. M. Rilke (1922).

Las dos citas que encabezan esta invitación a la lectura de la obra de Dennis Cooper están escritas a lápiz sobre la primera página del ejemplar de uno de sus libros que tengo delante. Cacheo (Frisk, 1991) debía de ser el segundo texto de Cooper que leía. El primero fue probablemente Contacto (Closer, 1989), que poco antes había descubierto un buen camarada y que resultó un hallazgo para ambos. Casi una epifanía. No recuerdo cómo pudieron ir a cruzarse referencias literarias tan dispares ni que extraño juego de asociaciones pudo llevar a su combinación, pero el caso es que ahí están, en la primera página de Cacheo. Lo curioso es que esas dos citas, en principio tan alejadas de los parámetros estéticos en los que la obra de Cooper se produce, a mi parecer iluminan de forma extraordinaria y sintética su sentido último. Lo bello como comienzo de lo terrible, a que se refiere Rilke en ese conocido pasaje de las Elegías, la muerte como límite del sentido, una idea que está en el centro de la reflexión de Lévinas, los vínculos subterráneos que conectan lo bello, la muerte y lo terrible, etc., son todas ellas preocupaciones que sirven como puntales a la obra de Cooper, una producción literaria ya abundante e imprescindible. Llama la atención también la entrada del fragmento de Lévinas, pues allí se identifica la ‘vida humana’ con la ‘decencia’: es –dice Lévinas- ‘ocultar’, ‘vestir’; es ‘envoltura (enrobement) de los movimientos fisiológicos’. Hemos domesticado la ingestión, pero la digestión y la defecación aún quedan fuera del ámbito de lo decente. También el sexo, sobre todo en sus modalidades más feraces y feroces. En consecuencia y si uno sigue el razonamiento del filósofo francolituano, es fácil calificar los libros de Cooper de brutal e impúdicamente indecentes.

http://diarios.detour.es/literaturas/2018-nuestro-ano-literario?fbclid=IwAR2_idHv8DVlavusP3tifC9-u52JtLYnbotuejvVM0V4gOEBywxrFAhBfxY

sábado, 29 de diciembre de 2018

Los libros de 2018

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Ficción

Luz de tormenta, de Ángel Zapata (Páginas de Espuma)
Besos humanos, de Francisco Ferrer Lerín (Anagrama)
Invéntate algo. Relatos que no te podrás sacar de la cabeza, de Chuck Palahniuk (Literatura Random House). Traducción de Javier Calvo.
The Marbled Swarm, de Dennis Cooper (HarperCollins)
Yo por dentro, de Sam Shepard (Anagrama). Traducción de Jaime Zulaika.

Bonus track
Rascayú, de Raúl Herrero Herrero (Limbo Errante).


No ficción

La société autophage: Capitalisme, démesure et autodestruction, de Anselm Jappe (La Découverte) [Pepitas de Calabaza publicará la versión en castellano a comienzos de 2019]
Room to dream, de David Lynch & Kristin Mckenna (Canongate Books)
Gran Hotel Abismo. Biografía de la Escuela de Frankfurt, de Stuart Jeffries (Turner). Traducción de José Adrián Vitier.
Haneke por Haneke, de Michel Cieutat y Philippe Rouyer (El Mono Libre). Traducción de Mathilde Grange.
El infiel y el profesor. David Hume y Adam Smith, la amistad que forjó el pensamiento moderno, de Dennis C. Rasmussen. Traducción de Àlex Guàrdia Berdiell.

Bonus track
Invitación al tiempo explosivo. Manual de juegos, de Julián Lacalle, Julio Monteverde (Sexto Piso).


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domingo, 7 de octubre de 2018

LEARNING FROM THE MASTER VI: Michael Haneke




Adorno [...] no tardó en convertirse en mi guía intelectual en lo que respecta al arte y a la sociedad.

Nunca he sido de los que bajan a luchar a la calle. Soy demasiado cobarde.

Si me pide que defina el alma austriaca, no encontraré más palabras que las antes mencionadas, melancolía y elegancia.

En general, si se debe cambiar algo en el último momento, es que no se tiene toda la película en la cabeza y eso facilita los errores. [...] Si se ruedan películas cuya forma se ve condicionada por el contenido, es muy difícil improvisar.

Todo lo que se inventa, todo lo que nos obsesiona, nunca sabemos de dónde viene. 

Lo más difícil es la construcción, porque ahí se decide quién representa qué. Si las decisiones son buenas en esa etapa, la escritura se hace mucho más fácil porque habla y actúa el personaje.

En cuanto se da un nombre a algo, la complejidad se desvanece. Y es lo que me molesta. Cada vez que me obligan a expresarme sobre mis películas, cualquier cosa que diga limitará su alcance.

Mostrarlo [...] es artísticamente falso por demasiado explícito.

jueves, 14 de junio de 2018

FICCIONES. El gran salto hacia delante



EXT. AFUERAS DEL PUEBLO – MEDIODÍA

Una carreterucha comarcal llena de baches serpentea hasta la entrada del pueblo. Sobre un risco, la dentadura mellada de un castillo en ruinas. El sol en su vertical, matraca de chicharras. Una ronda de buitres traza círculos sobre el fondo de un cielo sin nubes. El azul del cielo hace daño a la vista: los rayos solares inciden por un momento en el objetivo de la cámara y ciegan a los espectadores. Bajo el carrusel de buitres voladores no vemos al consabido burro destripado y en proceso de descomposición, sino a otro buitre, sólo que éste muerto, al que dos de sus congéneres lanzan picotazos desconfiados. Un comienzo de spaghetti western, pero no.
Inserto de un cartel donde se lee el nombre del pueblo: FONDA SIN FONDO. Se oye una ráfaga de viento seco.

Leer el relato completo en

https://www.edstirner.com/relato-mensual/#mayo2018 

sábado, 21 de abril de 2018

FICCIONES. Soliloquio del asesino



"Un círculo iluminado: un islote de un blanco refulgente rodeado por un mar de densa oscuridad. En el centro del círculo hay algo. Se distinguen algunas manchas de color rojizo, tal vez azulado, pero nada más. El plano es tan lejano que por ahora el espectador es incapaz de determinar qué es lo que ocupa el centro de la escena. Poco a poco, muy lentamente y en un acusado picado, la cámara va aproximándose al círculo de luz. Una voz en off acompaña el desplazamiento de la cámara; es apenas un susurro que se repite varias veces:

VOZ EN OFF: Esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia…"

Puedes leer el relato completo en el nº 11 de Triadæ Magazine, pp. 32-34:


https://issuu.com/triadamagazine/docs/triad__magazine_-_n.11_-_abril_2018
*Antes en FICCIONES.

jueves, 8 de marzo de 2018

NOVEDADES. Organismos (relatos).



“En las páginas de esta antología habitan cuerpos femeninos y masculinos en movimiento, organismos posibles que son también cuerpos inverosímiles, degradados y maravillosos, enfermos y a la vez dotados de hermosura: distintas formas de la materia buscando sobrevivir más allá de la imagen cosmética mediática y de los sistemas filosóficos, gubernamentales y disciplinarios que regulan nuestra armonía y desarmonía, así como nuestra felicidad y congoja. Este es un libro sobre el dilema del otro y las fuerzas del biopoder, y sobre la lucha de los cuerpos extraordinarios en un mundo bello y feroz”.


sábado, 24 de febrero de 2018

ROLAND TOPOR: La carcajada como arte marcial





« Celui qui ne sait pas rire, ne doit pas être pris au sérieux. »
Philippe Sollers


Topor: el azar y la necesidad


Es curioso cómo el azar –qué cabrón- acaba convirtiéndose en destino. Dejen que les cuente, las cosas –creo- fueron más o menos así. En 2014, Juan Jiménez García tuvo la ocurrencia de publicar en Détour una reseña sobre un libro de relatos que yo, por mi parte, había tenido la impertinencia no solo de escribir sino también de dejar que publicasen. El libro en cuestión se titulaba Convertiré a los niños en asesinos y a Juan le parecía que apestaba a Topor por los cuatro costados, tesis elogiosa que, por supuesto, él razonaba y justificaba muy sabiamente. A lo que parece, la semejanza radicaba sobre todo en el trato que ambos dispensábamos a nuestros personajes y en el modo que teníamos de sazonar sus desabridas existencias: auténtica gastronomía caníbal, en resumidas cuentas. ¿Roland Topor? ¡Pero qué demonios!

            Tres años y tres libros después, Juan y yo deambulamos por los alrededores del mercado de Mosén Sorell, en el corazón mismo del barrio valenciano de El Carmen. Por fin caro et sanguis, después de tanto tiempo existiendo solo como fantasmas digitales. Estamos en invierno, ya ha anochecido y por las callejas del casco antiguo circula un viento que es más escocés que levantino, otro intruso en la ciudad: se diría que hasta el edificio del mercado tiene algo de castillo gótico en miniatura. El espectro de Topor también nos acompaña, como es natural. “Oye, ¿pero de verdad habías leído a Topor o eran solo cosas mías?”, me pregunta. “Pues claro que lo había leído, ¡por quién me tomas! Lo leí por primera vez siendo adolescente. Todavía conservo mi vieja edición de Acostarse con la reina (Anagrama, 1982) para demostrarlo”. Pero también es cierto que lo tenía un tanto olvidado y que, desde luego, no lo tenía presente cuando escribí Los niños asesinos. O al menos no conscientemente presente. “Tú eres el culpable de que haya vuelto a Topor –le acuso-. O de que el fantasma de Topor haya vuelto a nosotros, no sé”. Luego le recuerdo una anécdota que sin duda él ya conocía, pero calla como si no:

http://detour.es/paisajes/diego-luis-sanroman-roland-topor.htm

jueves, 28 de diciembre de 2017

Stalingrado - Roland Topor (1989)





Poco después de la guerra mi madre recibió una carta desde Moscú de su hermana, uno de los pocos miembros de la familia que había sobrevivido al exterminio nazi: “Mi hijo Choura era piloto de caza. Murió en Stalingrado. Me he enterado de que en París hay una estación de metro que se llama Stalingrado. Te pido que, si por casualidad pasas por allí, tengas un recuerdo para Choura”.

            Mi madre nos leyó la carta. Se nos hizo un nudo en la garganta. Debo decir que mi hermana y yo pasábamos cuatro veces al día precisamente por Stalingrado. Para ir y venir del instituto. Durante los días siguientes adoptábamos un gesto grave dos estaciones antes de llegar a Stalingrado. Pero cuando el tren se detenía, era más fuerte que nosotros y el ataque de risa hacía que nos dobláramos por la mitad. Y eso que hacíamos esfuerzos desesperados por mantenernos serios. Nada que hacer. La risa acababa siempre por imponerse. Una risa formidable, inextinguible, que nos dejaba rotos, con el estómago dolorido y el rubor de la vergüenza en la cara.

-         ¡Eso no está bien, de verdad! –protestaba mi hermana- ¡El pobre Choura!
-         ¡Pero si has empezado tú!
-         ¡Ah, no! ¡Has sido tú!

Vano esfuerzo. Hasta el día de hoy, cada vez que pasamos por Stalingrado, ya sea solos o juntos, no podemos evitar reírnos. Pero ya no me da vergüenza. Mi tía se ha salido con la suya: pensamos en Choura.  





Relato de Roland Topor incluido en el libro Les Combles parisiens (Botanique/Librairie Séguier, 1989) y leído por el autor en “Topor intime”, programa emitido póstumamente en France Culture el 14 de febrero de 1998. Traducción de Diego Luis Sanromán.