domingo, 7 de octubre de 2018

LEARNING FROM THE MASTER VI: Michael Haneke




Adorno [...] no tardó en convertirse en mi guía intelectual en lo que respecta al arte y a la sociedad.

Nunca he sido de los que bajan a luchar a la calle. Soy demasiado cobarde.

Si me pide que defina el alma austriaca, no encontraré más palabras que las antes mencionadas, melancolía y elegancia.

En general, si se debe cambiar algo en el último momento, es que no se tiene toda la película en la cabeza y eso facilita los errores. [...] Si se ruedan películas cuya forma se ve condicionada por el contenido, es muy difícil improvisar.

Todo lo que se inventa, todo lo que nos obsesiona, nunca sabemos de dónde viene. 

Lo más difícil es la construcción, porque ahí se decide quién representa qué. Si las decisiones son buenas en esa etapa, la escritura se hace mucho más fácil porque habla y actúa el personaje.

En cuanto se da un nombre a algo, la complejidad se desvanece. Y es lo que me molesta. Cada vez que me obligan a expresarme sobre mis películas, cualquier cosa que diga limitará su alcance.

Mostrarlo [...] es artísticamente falso por demasiado explícito.

jueves, 14 de junio de 2018

FICCIONES. El gran salto hacia delante



EXT. AFUERAS DEL PUEBLO – MEDIODÍA

Una carreterucha comarcal llena de baches serpentea hasta la entrada del pueblo. Sobre un risco, la dentadura mellada de un castillo en ruinas. El sol en su vertical, matraca de chicharras. Una ronda de buitres traza círculos sobre el fondo de un cielo sin nubes. El azul del cielo hace daño a la vista: los rayos solares inciden por un momento en el objetivo de la cámara y ciegan a los espectadores. Bajo el carrusel de buitres voladores no vemos al consabido burro destripado y en proceso de descomposición, sino a otro buitre, sólo que éste muerto, al que dos de sus congéneres lanzan picotazos desconfiados. Un comienzo de spaghetti western, pero no.
Inserto de un cartel donde se lee el nombre del pueblo: FONDA SIN FONDO. Se oye una ráfaga de viento seco.

Leer el relato completo en

https://www.edstirner.com/relato-mensual/#mayo2018 

sábado, 21 de abril de 2018

FICCIONES. Soliloquio del asesino



"Un círculo iluminado: un islote de un blanco refulgente rodeado por un mar de densa oscuridad. En el centro del círculo hay algo. Se distinguen algunas manchas de color rojizo, tal vez azulado, pero nada más. El plano es tan lejano que por ahora el espectador es incapaz de determinar qué es lo que ocupa el centro de la escena. Poco a poco, muy lentamente y en un acusado picado, la cámara va aproximándose al círculo de luz. Una voz en off acompaña el desplazamiento de la cámara; es apenas un susurro que se repite varias veces:

VOZ EN OFF: Esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia…"

Puedes leer el relato completo en el nº 11 de Triadæ Magazine, pp. 32-34:


https://issuu.com/triadamagazine/docs/triad__magazine_-_n.11_-_abril_2018
*Antes en FICCIONES.

jueves, 8 de marzo de 2018

NOVEDADES. Organismos (relatos).



“En las páginas de esta antología habitan cuerpos femeninos y masculinos en movimiento, organismos posibles que son también cuerpos inverosímiles, degradados y maravillosos, enfermos y a la vez dotados de hermosura: distintas formas de la materia buscando sobrevivir más allá de la imagen cosmética mediática y de los sistemas filosóficos, gubernamentales y disciplinarios que regulan nuestra armonía y desarmonía, así como nuestra felicidad y congoja. Este es un libro sobre el dilema del otro y las fuerzas del biopoder, y sobre la lucha de los cuerpos extraordinarios en un mundo bello y feroz”.


sábado, 24 de febrero de 2018

ROLAND TOPOR: La carcajada como arte marcial





« Celui qui ne sait pas rire, ne doit pas être pris au sérieux. »
Philippe Sollers


Topor: el azar y la necesidad


Es curioso cómo el azar –qué cabrón- acaba convirtiéndose en destino. Dejen que les cuente, las cosas –creo- fueron más o menos así. En 2014, Juan Jiménez García tuvo la ocurrencia de publicar en Détour una reseña sobre un libro de relatos que yo, por mi parte, había tenido la impertinencia no solo de escribir sino también de dejar que publicasen. El libro en cuestión se titulaba Convertiré a los niños en asesinos y a Juan le parecía que apestaba a Topor por los cuatro costados, tesis elogiosa que, por supuesto, él razonaba y justificaba muy sabiamente. A lo que parece, la semejanza radicaba sobre todo en el trato que ambos dispensábamos a nuestros personajes y en el modo que teníamos de sazonar sus desabridas existencias: auténtica gastronomía caníbal, en resumidas cuentas. ¿Roland Topor? ¡Pero qué demonios!

            Tres años y tres libros después, Juan y yo deambulamos por los alrededores del mercado de Mosén Sorell, en el corazón mismo del barrio valenciano de El Carmen. Por fin caro et sanguis, después de tanto tiempo existiendo solo como fantasmas digitales. Estamos en invierno, ya ha anochecido y por las callejas del casco antiguo circula un viento que es más escocés que levantino, otro intruso en la ciudad: se diría que hasta el edificio del mercado tiene algo de castillo gótico en miniatura. El espectro de Topor también nos acompaña, como es natural. “Oye, ¿pero de verdad habías leído a Topor o eran solo cosas mías?”, me pregunta. “Pues claro que lo había leído, ¡por quién me tomas! Lo leí por primera vez siendo adolescente. Todavía conservo mi vieja edición de Acostarse con la reina (Anagrama, 1982) para demostrarlo”. Pero también es cierto que lo tenía un tanto olvidado y que, desde luego, no lo tenía presente cuando escribí Los niños asesinos. O al menos no conscientemente presente. “Tú eres el culpable de que haya vuelto a Topor –le acuso-. O de que el fantasma de Topor haya vuelto a nosotros, no sé”. Luego le recuerdo una anécdota que sin duda él ya conocía, pero calla como si no:

http://detour.es/paisajes/diego-luis-sanroman-roland-topor.htm

jueves, 28 de diciembre de 2017

Stalingrado - Roland Topor (1989)





Poco después de la guerra mi madre recibió una carta desde Moscú de su hermana, uno de los pocos miembros de la familia que había sobrevivido al exterminio nazi: “Mi hijo Choura era piloto de caza. Murió en Stalingrado. Me he enterado de que en París hay una estación de metro que se llama Stalingrado. Te pido que, si por casualidad pasas por allí, tengas un recuerdo para Choura”.

            Mi madre nos leyó la carta. Se nos hizo un nudo en la garganta. Debo decir que mi hermana y yo pasábamos cuatro veces al día precisamente por Stalingrado. Para ir y venir del instituto. Durante los días siguientes adoptábamos un gesto grave dos estaciones antes de llegar a Stalingrado. Pero cuando el tren se detenía, era más fuerte que nosotros y el ataque de risa hacía que nos dobláramos por la mitad. Y eso que hacíamos esfuerzos desesperados por mantenernos serios. Nada que hacer. La risa acababa siempre por imponerse. Una risa formidable, inextinguible, que nos dejaba rotos, con el estómago dolorido y el rubor de la vergüenza en la cara.

-         ¡Eso no está bien, de verdad! –protestaba mi hermana- ¡El pobre Choura!
-         ¡Pero si has empezado tú!
-         ¡Ah, no! ¡Has sido tú!

Vano esfuerzo. Hasta el día de hoy, cada vez que pasamos por Stalingrado, ya sea solos o juntos, no podemos evitar reírnos. Pero ya no me da vergüenza. Mi tía se ha salido con la suya: pensamos en Choura.  





Relato de Roland Topor incluido en el libro Les Combles parisiens (Botanique/Librairie Séguier, 1989) y leído por el autor en “Topor intime”, programa emitido póstumamente en France Culture el 14 de febrero de 1998. Traducción de Diego Luis Sanromán.

viernes, 15 de septiembre de 2017

TEXTO de la presentación de Ladran los hombres en Madrid - Javier Sáez de Ibarra.







Diego Luis SANROMÁN, Ladran los hombres, Pepitas de calabaza, 2017.
Doce relatos en este libro como las campanadas que anuncian el advenimiento de un mundo que no creíamos posible.

Como una distopía que no necesita un cataclismo. El fracaso no es exterior, no es natural, no es tecnológico (si es que ya no son la misma cosa), ha sido emitido desde dentro.

Nuestros corazones se han vuelto fríos. Todo es frialdad.
Lo que llamamos amor parece haberse evaporado, las rutinas lo han sustituido.
Aquí ya nadie se besa, nadie se acaricia, nadie se ayuda, nadie se abre, nadie se quiere.

Una falta de amor que se acompaña de otras censuras: la rotundidez de esta sentencia de un personaje: “Mucho he vivido entre los hombres y no he visto nada que fue libre, bueno, franco, sincero”.

La mayoría no se ha dado cuenta, todavía.
La mayoría, que son los otros, no lo sabe.

El mundo guarda celosamente sus apariencias. Construye mascaradas. Se nos dice en un cuento: “La normalidad nos ciega”.

El mundo mantiene las jerarquías a la hora de comer. Mantiene cierto orden, las banderas, los ejércitos, no todos son tan listos como Ubú, mantiene la diferencia entre el teatro y la calle. Mantiene las familias.

En ese mundo ya ladran los hombres. Y los perros llevan calzoncillos. O es cuestión de tiempo. Porque, como se nos dice, “Hace falta tiempo para que pase el tiempo”.

martes, 11 de julio de 2017

Pierre Molinier / Raymond Borde (1966)




"Oscuridad absoluta. Se enciende un proyector. Ha sido manipulado para producir el efecto de la linterna de un ladrón, con un círculo de luz cruda. Este proyector va a explorar el cuarto de Molinier, sumergido en la penumbra, con la mirada del voyeur, y nos mostrará los muebles macizos […], el maniquí pequeño […], la cruz sobre el lecho, etc. Y finalmente: sobre la cama, las piernas de una mujer enfundadas en medias negras entrelazadas a las piernas del maniquí grande; un cuadro de Molinier, también descubierto por la linterna del ladrón […].

Planos de conjunto sucesivos de tres o cuatro cuadros del mismo tipo. Estos cuadros ocuparán toda la pantalla, sin que se vea el marco, y pasaremos de uno a otro mediante fundidos encadenados con el fin, si es posible, de enmarañar de nuevo las formas femeninas. En el último cuadro, rápido fundido a negro.

Sobre un pedestal cualquiera, una estatua de tipo porno, en escayola sulpiciana o en porcelana, representa a la mujer aborrecible: una madre con sus hijos o una Virgen con el niño. […] Molinier destroza la estatua a balazos disparados desde cerca.

Sobre la cama, Molinier ha dispuesto el “gran ceremonial”. Se trata del maniquí nº 2 (tamaño natural) formado por:
-         unas piernas enfundadas en medias negras,
-         seda negra arrugada en lugar del busto,
-         el rostro, con su crespón de viuda,
-         flores artificiales.