sábado, 14 de febrero de 2026

Aullido en el banquillo (I)




 “The wonder is that literature does have such power”

Allen Ginsberg (1956)

 

El 21 de julio de 1855 Ralph Waldo Emerson le escribe a Walt Whitman: “Le saludo al comienzo de una gran carrera”. A principios de ese mismo mes Whitman había autoeditado Hojas de hierba, “la más extraordinaria muestra de ingenio y sabiduría que haya aportado jamás América”, dice Emerson. Y añade: “Posee los mayores méritos, a saber, fortificar y alentar”. Exactamente cien años después, Lawrence Ferlinghetti, poeta él mismo, librero y editor de City Lights, le envía un telegrama a Allen Ginsberg que encabeza con las mismas palabras que había utilizado Emerson: “I greet you at the beginning of a great career”, y le pregunta: “¿Cuándo tendremos el manuscrito?”. Ferlinghetti había asistido la noche anterior al recital de la Six Gallery y la pregunta tenía un cariz perentorio: más que una pregunta era una conminación.

Décadas más tarde, un Ferlinghetti casi nonagenario recordaría que cierto día Ginsberg se había plantado en la librería para mostrarle un primer manuscrito de Howl. City Lights solo llevaba tres años abierta y la editorial solo había publicado tres pequeños volúmenes en su colección City Lights Pocket Poets, pero el San Francisco Chronicle ya había empezado a considerarla el “centro intelectual” de la ciudad. Allen, al parecer, no las tenía todas consigo, ni tampoco muy claro si Ferlinghetti podría sacar algo del material que le presentaba. La lectura en la Six Gallery fue una suerte de epifanía. Entonces, explica Ferlinghetti, “supe que el mundo había estado esperando aquel poema, que aquel mensaje apocalíptico fuera pronunciado”. Flotaba en el aire, solo necesitaba que alguien lo expresara con palabras.

En marzo de 1956, Ferlinghetti se puso en contacto con la American Civil Liberties Union (ACLU) de San Francisco para asegurarse de que contaría con su apoyo en caso de que el contenido sexual –y lo que es peor, abiertamente homosexual- del poemario pudiera acarrearle problemas con la justicia, y lo obtuvo. Después de todo, el propio Whitman había visto en 1881 cómo Hojas de hierba era prohibido en Boston por el lenguaje explícitamente sexual empleado en algunos de sus versos. Ese mismo mes, William Carlos Williams le hizo llegar unos pocos párrafos que debían servir como texto introductorio a Aullido. Más que con Whitman, el poeta veterano parecía relacionar implícitamente la obra del más joven con la estancia en los infiernos del adolescente Rimbaud. “Según toda evidencia -escribía-, [Ginsberg] ha estado, literalmente, en el infierno. […] Es el poeta el que ha pasado con su propio cuerpo a través de las horribles experiencias que describen la vida en estas páginas […], algo que no puede describirse más que con las palabras con las que él lo ha hecho”. Y concluía con una advertencia a la manera del Dante: “Remangaos las faldas, señoras mías, vamos a atravesar el infierno”.

A partir de ahí el proceso de edición fue más o menos rápido. En mayo, Ginsberg mimeografió veinticinco copias del libro para repartir entre sus amigos. En junio, Ferlinghetti, que había decidido imprimir el poemario al otro lado del Atlántico para abaratar costes, recibió las primeras pruebas de Howl and Other Poems de Viliers, su impresor británico. Y el día 1 de noviembre, Aullido salía a la calle con una tirada inicial de mil ejemplares. La obra estaba dedicada a Jack Kerouac, William Seward Burroughs y Neal Cassady y se abría con un llamamiento a modo de epígrafe: “Unscrew the locks from the doors!”. Pero a finales de marzo del año siguiente, la distribución del libro se topa con un primer escollo: el recaudador de aduanas Chester MacPhee incauta quinientas veinte copias de la segunda impresión del poemario debido a lo que él considera contenidos obscenos. MacPhee no ve la huella de Whitman o Rimbaud en los versos de Ginsberg, sino más bien la zarpa del Maligno. “A usted no le gustaría que su hijo diera con algo así”, declara.

Para sortear los controles aduaneros, Ferlinghetti manda imprimir dos mil quinientas copias en territorio estadounidense, aunque el celo censor del aduanero MacPhee finalmente queda en nada. Un mes después, el fiscal federal desestima la acusación y hace que se liberen los ejemplares incautados. El editor no se había equivocado, sin embargo, al buscar el amparo de la ACLU, pues la tarde del 5 de junio dos agentes del departamento de menores de la ciudad se personaban de incógnito en la librería City Lights para adquirir el último número de la revista The Miscellanous Man y algunos ejemplares de Aullido. Al poco tiempo regresaban para detener al encargado de la tienda, Shig Murao, que les había vendido los libros, y para presentar una orden de arresto contra el editor por publicar y distribuir material obsceno. Ferlinghetti, que no se encontraba en ese momento en la librería, enseguida se entregó voluntariamente, pero al poco tiempo fue puesto en libertad en espera de juicio.

En esas fechas, Ginsberg no está en Estados Unidos, sino en Tánger, ayudando a Burroughs a poner en orden la “word hoard” de la que luego saldrá El almuerzo desnudo. El 10 de junio le escribe a Ferlinghetti que sospecha que el aduanero resentido pueda estar detrás del asunto y añade: “Siento mucho no estar ahí para tomar parte en los últimos acontecimientos. Nunca pensé que quisiera volver a leer Aullido, pero sería un placer en las actuales circunstancias. Lo dotaría de realidad como “protesta social”, algo que siempre temí que le faltara sin la presencia de las bandas armadas de una Gestapo enfurecida. […] En fin, si al final te mandan a la cárcel, me apresuraré a regresar a San Francisco y librar la guerra en persona, me encontraré contigo en la celda vecina”. 


ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 408 DE



No hay comentarios: