“The wonder is that literature does have such power”
Allen
Ginsberg (1956)
El 21 de julio de 1855
Ralph Waldo Emerson le escribe a Walt Whitman: “Le saludo al comienzo de una
gran carrera”. A principios de ese mismo mes Whitman había autoeditado Hojas de hierba, “la más extraordinaria
muestra de ingenio y sabiduría que haya aportado jamás América”, dice Emerson.
Y añade: “Posee los mayores méritos, a saber, fortificar y alentar”.
Exactamente cien años después, Lawrence Ferlinghetti, poeta él mismo, librero y
editor de City Lights, le envía un telegrama a Allen Ginsberg que encabeza con
las mismas palabras que había utilizado Emerson: “I greet you at the beginning of a great career”, y le pregunta:
“¿Cuándo tendremos el manuscrito?”. Ferlinghetti había asistido la noche
anterior al recital de la Six Gallery y la pregunta tenía un cariz perentorio:
más que una pregunta era una conminación.
Décadas más tarde, un
Ferlinghetti casi nonagenario recordaría que cierto día Ginsberg se había
plantado en la librería para mostrarle un primer manuscrito de Howl.
City Lights solo llevaba tres años abierta y la editorial solo había publicado
tres pequeños volúmenes en su colección City Lights Pocket Poets, pero el San
Francisco Chronicle ya había empezado a considerarla el “centro
intelectual” de la ciudad. Allen, al parecer, no las tenía todas consigo, ni
tampoco muy claro si Ferlinghetti podría sacar algo del material que le
presentaba. La lectura en la Six Gallery fue una suerte de epifanía. Entonces,
explica Ferlinghetti, “supe que el mundo había estado esperando aquel poema,
que aquel mensaje apocalíptico fuera pronunciado”. Flotaba en el aire, solo
necesitaba que alguien lo expresara con palabras.
En marzo de 1956,
Ferlinghetti se puso en contacto con la American Civil Liberties Union (ACLU)
de San Francisco para asegurarse de que contaría con su apoyo en caso de que el
contenido sexual –y lo que es peor, abiertamente homosexual- del poemario
pudiera acarrearle problemas con la justicia, y lo obtuvo. Después de todo, el
propio Whitman había visto en 1881 cómo Hojas
de hierba era prohibido en Boston por el lenguaje explícitamente sexual empleado
en algunos de sus versos. Ese mismo mes, William Carlos Williams le hizo llegar
unos pocos párrafos que debían servir como texto introductorio a Aullido. Más que con Whitman, el poeta
veterano parecía relacionar implícitamente la obra del más joven con la
estancia en los infiernos del adolescente Rimbaud. “Según toda evidencia
-escribía-, [Ginsberg] ha estado, literalmente, en el infierno. […] Es el poeta
el que ha pasado con su propio cuerpo a través de las horribles experiencias
que describen la vida en estas páginas […], algo que no puede describirse más
que con las palabras con las que él lo ha hecho”. Y concluía con una
advertencia a la manera del Dante: “Remangaos las faldas, señoras mías, vamos a
atravesar el infierno”.
A partir de ahí el
proceso de edición fue más o menos rápido. En mayo, Ginsberg mimeografió
veinticinco copias del libro para repartir entre sus amigos. En junio,
Ferlinghetti, que había decidido imprimir el poemario al otro lado del
Atlántico para abaratar costes, recibió las primeras pruebas de Howl and Other
Poems de Viliers, su impresor británico. Y el día 1 de noviembre, Aullido
salía a la calle con una tirada inicial de mil ejemplares. La obra estaba
dedicada a Jack Kerouac, William Seward Burroughs y Neal Cassady y se abría con
un llamamiento a modo de epígrafe: “Unscrew the locks from the doors!”.
Pero a finales de marzo del año siguiente, la distribución del libro se topa
con un primer escollo: el recaudador de aduanas Chester MacPhee incauta
quinientas veinte copias de la segunda impresión del poemario debido a lo que
él considera contenidos obscenos. MacPhee no ve la huella de Whitman o Rimbaud
en los versos de Ginsberg, sino más bien la zarpa del Maligno. “A usted no le
gustaría que su hijo diera con algo así”, declara.
Para sortear los
controles aduaneros, Ferlinghetti manda imprimir dos mil quinientas copias en
territorio estadounidense, aunque el celo censor del aduanero MacPhee
finalmente queda en nada. Un mes después, el fiscal federal desestima la
acusación y hace que se liberen los ejemplares incautados. El editor no se
había equivocado, sin embargo, al buscar el amparo de la ACLU, pues la tarde
del 5 de junio dos agentes del departamento de menores de la ciudad se
personaban de incógnito en la librería City Lights para adquirir el último
número de la revista The Miscellanous Man y algunos ejemplares de Aullido. Al poco tiempo
regresaban para detener al encargado de la tienda, Shig Murao, que les había
vendido los libros, y para presentar una orden de arresto contra el editor por
publicar y distribuir material obsceno. Ferlinghetti, que no se encontraba en
ese momento en la librería, enseguida se entregó voluntariamente, pero al poco
tiempo fue puesto en libertad en espera de juicio.

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