miércoles, 14 de enero de 2026

Howl: un chute rabioso



America is having a nervous breakdown. San Francisco is one of many places where a few individuals, poets, have had the luck and courage and fate to glimpse something new through the crack in mass consciousness”

Allen Ginsberg (1959)

 

Sobre un tembloroso fondo de color granate destacaba el número 6, seguido de la palabra “poetas”. 6 poetas 6, el viernes 7 de octubre a las 8 de la tarde, en la 6 Gallery de la calle Fillmore, San Francisco. Entrada gratuita. Lamantia, McClure, Ginsberg, Snyder, Whalen. Kenneth Rexroth, veterano militante anarquista y eje principal sobre el que pivotaba el llamado Renacimiento Poético de la ciudad, oficiaría de maestro de ceremonias. Del cartel diseñado por el joven escultor Peter Forakis se había caído en el último momento el nombre de Jack Kerouac, que pretextó ser demasiado tímido para leer en público. 

La Six Gallery era un antiguo taller de reparaciones transformado en galería de arte situado a unos diez minutos a pie de la librería City Lights y a otros diez del puente Golden Gate. El local estaba atestado de gente aquella noche de principios de octubre de 1955. Unas ciento cincuenta personas, poetas, artistas, bohemios de todo pelaje y catadura, llenaban el escaso espacio que mediaba entre la entrada y el escenario dispuesto para la ocasión. Kerouac revoloteaba a duras penas por entre los asistentes, pasando la gorra como hacían los lazarillos de otros tiempos. Terminada la colecta, salió de la galería y al rato regresó con tres orondas damajuanas llenas de borgoña californiano, que hizo circular entre el público y entre el elenco de recitadores.

El recital había ido tomando forma al azar de los encuentros, un poco a la manera de los cuentos infantiles. Cierto día, un mes antes, Allen Ginsberg se tropezó en la calle con Michael McClure, que le contó que le habían pedido que organizara un recital de poesía en la Six Gallery, pero temía que no le daría tiempo. Ginsberg, que por su parte estaba contemplando la posibilidad de montar una lectura con sus amigos Jack Kerouac y Neal Cassady, de inmediato se ofreció como voluntario. Después fue corriendo a pedir consejo al viejo Rexroth, y Rexroth le recomendó que se pusiera en contacto con un joven poeta de Berkeley, un tal Gary Snyder.

Ginsberg se encontró a Snyder reparando su bicicleta bajo el almendro y junto al jardincillo zen que tenía en el patio de su casita en Berkeley, le dijo que lo enviaba el rey Rexroth y le explicó lo del recital de poesía. Gary le contó a Allen que era oriundo de Oregón, que había estudiado en el Reed College y que un antiguo compañero de estudios, también poeta, llegaba al día siguiente a la ciudad procedente de las montañas. Su amigo se llamaba Philip Whalen, le dijo, y ambos, como Ginsberg, habían recibido el impacto de la poesía de William Carlos Williams siendo aún muy jóvenes, cuando todavía vivían en Portland. Por lo demás, estaba seguro de que Whalen estaría encantado de leer alguno de sus poemas en el recital, y sugirió que estaría bien que fuera Rexroth quien se ocupara de presentar el evento.   

El sexto de los personajes del cuento se llamaba Philip Lamantia, al que Ginsberg había conocido algunos años antes en el Greenwich Village neoyorquino gracias a la mediación de Carl Solomon. En 1943, con solo dieciséis años, Lamantia había publicado sus primeros poemas en la revista surrealista The View, donde había recibido el reconocimiento del mismísimo André Breton, y poco después se había convertido en uno de los pupilos de Rexroth. Una vez completado el sexteto, Ginsberg diseñó una postal para anunciar lo que se avecinaba: “Excepcional colección de ángeles todos reunidos en el mismo lugar al mismo tiempo -decía-. Vino, música, bailarinas, poesía seria, satori libre. Pequeña colecta para vino y postales. Encantador acontecimiento”.    

Lamantia fue precisamente el encargado de inaugurar la velada poética tras una breve presentación de Rexroth. En lugar de leer obra propia, prefirió recitar algunos poemas de su amigo John Hoffman, fallecido tres años atrás en Guadalajara (México), según la leyenda a causa de una sobredosis de peyote. Le siguió en el escenario Michael McClure, con veintitrés años el más joven del grupo, que al igual que Ginsberg nunca antes había leído sus poemas en público. McClure se lanzó con su poema “Point Lobos: Animism”It is possible my friend / If I have had a fat belly…”, y remató con “For the Death of 100 Whales”, dos textos con una clara impronta ecologista. Después le tocó el turno a Whalen, que recitó un poema muy al estilo de Carlos Williams, “Plus ça change…”, una composición que se cerraba con un verso que parecía hecho a propósito para que Ginsberg tomara la alternativa: “Just what shall we tell the children?” (¿Y qué deberíamos decirles a los niños?).

A Ginsberg le correspondió actuar después del descanso de las diez y media. Para entonces el borgoña ya había circulado profusamente entre el público y los poetas. Kerouac, sentado con su propia botella en el borde del escenario, aguardaba la salida de su amigo. Al principio Allen se mostró algo envarado (se veía que estaba un poco nervioso y achispado por el vino), pero pronto se dejó arrastrar por el caudal emotivo de su poema. “I saw the best minds of my generation…”, empezó: “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, famélicos histéricos desnudos”. A sus pies, Kerouac empezó a dar palmas y a jalearle después de cada versículo, como solía hacer con el fraseo de Charlie Parker o de Lester Young en las actuaciones de los clubes de jazz de Nueva York: “Go, man, go!”, y enseguida todo el público se unió a él. Ginsberg, en efecto, se había transformado en un be-bopper (“un grito de saxofón que hizo estremecerse a las ciudades”, declamó en cierto momento), en un hazzan oficiando un ritual improvisado, en el profeta de un tiempo nuevo (“rodeado de cajas de naranja llenas de teología”). “Go, man, go!”. Cuando Allen concluyó su lectura, el público estaba exhausto, en éxtasis, y Kenneth Rexroth no podía contener las lágrimas. “Tío, este poema te hará famoso en San Francisco”, pronosticó Kerouac. “No –rectificó Rexroth-, este poema te hará famoso de puente a puente”, refiriéndose a los del Golden Gate y Brooklin.

Gary Snyder puso el broche a la velada con su “A Berry Feast”, un poema de inspiración budista sobre las ofrendas frutales de los indios de Oregón por el que desfilaban osos, lagartos y un coyote parlanchín con el pelo del color del fango. Aunque leyó bien y consiguió mantener la atención del público, todo el mundo tenía claro que el acontecimiento ya había tenido lugar antes.

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 407 DE


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