America is having a nervous breakdown. San Francisco is one of many places where a few individuals, poets, have had the luck and courage and fate to glimpse something new through the crack in mass consciousness”
Allen
Ginsberg (1959)
Sobre un tembloroso
fondo de color granate destacaba el número 6, seguido de la palabra “poetas”. 6
poetas 6, el viernes 7 de octubre a las 8 de la tarde, en la 6 Gallery de la
calle Fillmore, San Francisco. Entrada gratuita. Lamantia, McClure, Ginsberg,
Snyder, Whalen. Kenneth Rexroth, veterano militante anarquista y eje principal
sobre el que pivotaba el llamado Renacimiento Poético de la ciudad, oficiaría
de maestro de ceremonias. Del cartel diseñado por el joven escultor Peter
Forakis se había caído en el último momento el nombre de Jack Kerouac, que
pretextó ser demasiado tímido para leer en público.
La Six Gallery era un
antiguo taller de reparaciones transformado en galería de arte situado a unos
diez minutos a pie de la librería City Lights y a otros diez del puente Golden
Gate. El local estaba atestado de gente aquella noche de principios de octubre de
1955. Unas ciento cincuenta personas, poetas, artistas, bohemios de todo pelaje
y catadura, llenaban el escaso espacio que mediaba entre la entrada y el
escenario dispuesto para la ocasión. Kerouac revoloteaba a duras penas por entre
los asistentes, pasando la gorra como hacían los lazarillos de otros tiempos.
Terminada la colecta, salió de la galería y al rato regresó con tres orondas
damajuanas llenas de borgoña californiano, que hizo circular entre el público y
entre el elenco de recitadores.
El recital había ido
tomando forma al azar de los encuentros, un poco a la manera de los cuentos
infantiles. Cierto día, un mes antes, Allen Ginsberg se tropezó en la calle con
Michael McClure, que le contó que le habían pedido que organizara un recital de
poesía en la Six Gallery, pero temía que no le daría tiempo. Ginsberg, que por
su parte estaba contemplando la posibilidad de montar una lectura con sus
amigos Jack Kerouac y Neal Cassady, de inmediato se ofreció como voluntario. Después
fue corriendo a pedir consejo al viejo Rexroth, y Rexroth le recomendó que se
pusiera en contacto con un joven poeta de Berkeley, un tal Gary Snyder.
Ginsberg se encontró a
Snyder reparando su bicicleta bajo el almendro y junto al jardincillo zen que
tenía en el patio de su casita en Berkeley, le dijo que lo enviaba el rey
Rexroth y le explicó lo del recital de poesía. Gary le contó a Allen que era
oriundo de Oregón, que había estudiado en el Reed College y que un antiguo
compañero de estudios, también poeta, llegaba al día siguiente a la ciudad
procedente de las montañas. Su amigo se llamaba Philip Whalen, le dijo, y ambos,
como Ginsberg, habían recibido el impacto de la poesía de William Carlos
Williams siendo aún muy jóvenes, cuando todavía vivían en Portland. Por lo
demás, estaba seguro de que Whalen estaría encantado de leer alguno de sus
poemas en el recital, y sugirió que estaría bien que fuera Rexroth quien se
ocupara de presentar el evento.
El sexto de los
personajes del cuento se llamaba Philip Lamantia, al que Ginsberg había
conocido algunos años antes en el Greenwich Village neoyorquino gracias a la
mediación de Carl Solomon. En 1943, con solo dieciséis años, Lamantia había
publicado sus primeros poemas en la revista surrealista The View, donde
había recibido el reconocimiento del mismísimo André Breton, y poco después se
había convertido en uno de los pupilos de Rexroth. Una vez completado el
sexteto, Ginsberg diseñó una postal para anunciar lo que se avecinaba:
“Excepcional colección de ángeles todos reunidos en el mismo lugar al mismo
tiempo -decía-. Vino, música, bailarinas, poesía seria, satori libre.
Pequeña colecta para vino y postales. Encantador acontecimiento”.
Lamantia fue
precisamente el encargado de inaugurar la velada poética tras una breve
presentación de Rexroth. En lugar de leer obra propia, prefirió recitar algunos
poemas de su amigo John Hoffman, fallecido tres años atrás en Guadalajara
(México), según la leyenda a causa de una sobredosis de peyote. Le siguió en el
escenario Michael McClure, con veintitrés años el más joven del grupo, que al
igual que Ginsberg nunca antes había leído sus poemas en público. McClure se lanzó con su poema “Point Lobos:
Animism” “It is possible my friend / If I have had a fat belly…”,
y remató con “For the Death of 100 Whales”, dos textos con una clara
impronta ecologista. Después le tocó el turno a Whalen, que
recitó un poema muy al estilo de Carlos Williams, “Plus ça change…”, una
composición que se cerraba con un verso que parecía hecho a propósito para que
Ginsberg tomara la alternativa: “Just what shall we tell the
children?” (¿Y qué deberíamos decirles a los niños?).
A Ginsberg le correspondió actuar después del descanso de las diez y
media. Para entonces el borgoña ya había circulado profusamente entre el
público y los poetas. Kerouac, sentado con su propia botella en el borde del
escenario, aguardaba la salida de su amigo. Al principio Allen se mostró algo
envarado (se veía que estaba un poco nervioso y achispado por el vino), pero
pronto se dejó arrastrar por el caudal emotivo de su poema. “I saw the best
minds of my generation…”, empezó: “He visto a las mejores mentes de mi
generación destruidas por la locura, famélicos histéricos desnudos”. A sus
pies, Kerouac empezó a dar palmas y a jalearle después de cada versículo, como
solía hacer con el fraseo de Charlie Parker o de Lester Young en las
actuaciones de los clubes de jazz de Nueva York: “Go, man, go!”, y
enseguida todo el público se unió a él. Ginsberg, en efecto, se había
transformado en un be-bopper (“un grito de saxofón que
hizo estremecerse a las ciudades”,
declamó en cierto momento), en un hazzan oficiando un ritual
improvisado, en el profeta de un tiempo nuevo (“rodeado de cajas de naranja
llenas de teología”). “Go, man, go!”. Cuando Allen concluyó su lectura,
el público estaba exhausto, en éxtasis, y Kenneth Rexroth no podía contener las
lágrimas. “Tío, este poema te hará famoso en San Francisco”, pronosticó Kerouac.
“No –rectificó Rexroth-, este poema te hará famoso de puente a puente”,
refiriéndose a los del Golden Gate y Brooklin.

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