martes, 13 de octubre de 2026

La vida fluye, la vida se escapa. Raoul Vaneigem (1934-2026)


Me entero a través de las redes sociales de que Raoul Vaneigem murió hace un par de días (hoy es 30 de julio) en su casa de Sant Pol de Mar (Barcelona), y mi primera reacción es ir en busca de algunos libros. El primero se titula Contra los pastores, contra los rebaños, una selección de textos de Albert Libertad a la que le puse prólogo hace casi veinte años. Recuerdo que lo encabecé con una cita de Vaneigem a modo de epígrafe, pero ya no recuerdo cuál. Ahora leo: “Vivir intensamente, para sí, en el placer sin fin y la conciencia de que lo que vale radicalmente para sí vale para todos. Y por encima de todo, esta ley: «Actúa como si jamás tuviera que existir futuro»”. Y me digo que esa misma cita también podría servir como epígrafe para este obituario.

El segundo libro lo compré en el país natal de Vaneigem allá por 2014 o 2015. Lleva por título Rien n’est fini, tout commence y entonces acababa de publicarse en Francia. Se trata de una larga entrevista (casi cuatrocientas páginas) con Gérard Berréby, el editor de Ediciones Allia, en la que Vaneigem desgrana algunos de los hitos fundamentales de su existencia, desde su nacimiento en Lessines hasta la disolución de la Internacional Situacionista a comienzos de los años setenta. Me acuerdo entonces de algo que Vaneigem también decía en su Tratado del saber vivir y lo hojeo para encontrar la referencia. Ahí está, subrayada a lápiz: “Contienen más verdades las veinticuatro horas de la vida de un hombre que todas las filosofías”. Y más adelante otro pasaje que en otro tiempo se convirtió en lema: “Los que hablan de revolución y de lucha de clases sin referirse explícitamente a la vida cotidiana […] tienen un cadáver en la boca”. Vayamos a lo vivido, pues.  

Vaneigem nace en Lessines (Valonia) el 21 de marzo de 1934, y en Lessines conoce de primera mano el movimiento obrero tradicional, las organizaciones políticas del proletariado, los sindicatos. Las sirenas de las canteras marcan el ritmo de la jornada y la lucha de clases, lejos de ser un mero concepto, sirve de telón de fondo a todo un entramado de rituales sociales que dotan a la existencia cotidiana de su hechura particular. Su padre, ferroviario, es sindicalista y militante socialista, y también Raoul empieza a militar a una edad muy temprana. Entonces todavía existe una comunidad proletaria, con una cultura propia, concienciada y orgullosa de su condición de clase productiva. “La base –recuerda Vaneigem- era la propia vida cotidiana. Las tabernas, que eran lugares de grandes debates, lugares de vida, contribuían a nuestra formación”.  Es un mundo que pronto desaparecerá, arrasado por el avance de la sociedad de consumo. La región es además una de las cunas del surrealismo belga. Una región muy obrera, pero también vanguardista, como apostilla Barréby.

            Después de la guerra, con diecisiete años, Vaneigem ingresa en la Universidad Libre de Bruselas, la “universidad anticlerical”, y allí cursa estudios de lo que entonces se llama “filología románica”, una elección cuando menos desacostumbrada para el hijo de un obrero. Entonces entra en contacto con una figura cuya influencia no lo abandonará nunca: la de Isidore Ducasse, el conde de Lautréamont (1846-1870), que más adelante Vaneigem convertirá en el tema de su trabajo de licenciatura y en el motivo de un primer escándalo. Las tragaderas académicas de la época admiten difícilmente la obra del conde, y menos en la lectura subversiva que de él ofrece el joven filólogo.  En la defensa del plagio de Lautréamont (“el plagio es necesario, el progreso lo exige”) ya está implícita la técnica situacionista del détournement, y su llamamiento a la práctica colectiva de la poesía (“la poesía ha de ser hecha por todos, no por uno solo”) encierra lo esencial del futuro programa revolucionario. Pues la poesía no es, para Vaneigem, una simple forma de expresión literaria, sino el modo propiamente humano de habitar el mundo, su auténtica especificidad: la capacidad de crearse a sí mismo, recreando el mundo.

            En 1956 se licencia y en apenas una semana obtiene una plaza como profesor en la Escuela Normal de Nivelles, donde permanecerá hasta 1964. En principio, vive la enseñanza con auténtica pasión. “Como mis alumnos eran bastante mayores, a veces íbamos juntos de bares, para beber y continuar el debate”, le explica a Berréby. En el aula consigue cultivar la autoridad sin autoritarismo del buen docente, pero el aspecto burocrático del oficio lo exaspera. “Me sentía feliz con mis alumnos. En mis clases había conseguido establecer una relación en la que el poder se desvanecía”. A principios de 1961, tiene lugar un primer encontronazo con ese “lado burocrático” de la institución escolar. Bélgica está viviendo una ola de huelgas salvajes y un colega reconoce el rostro de Vaneigem entre los huelguistas que aparecen en una foto de la portada de La Libre Belgique del 6 de enero y lo delata ante el equipo directivo. Eran huelgas –recuerda- que habían surgido “de forma totalmente espontánea, al margen de los sindicatos e incluso en contra de su opinión”. 

            Un año antes, Vaneigem redacta un texto de unas noventa páginas al que da el título de Fragmentos para una poética (seguidos de cuatro poemas por completar) o Poesía y revolución, en el que de nuevo se inspira en Lautréamont, pero también en las propuestas de Isidore Isou (1925-2007) y los letristas. Vaneigem defiende lo que él llama una “poesía integral o totalitaria”, un arte de la rebelión que integre a la vez “pensamiento, sueño, fantasía, magia, conciencia y acción, al mismo tiempo una y múltiple, delimitada y sin límites”. Vaneigem ha leído con entusiasmo Crítica de la vida cotidiana y La suma y el resto, que acaba de publicarse, y decide enviar su texto a Henri Lefevbre (1901-1991) para pedirle su parecer. Al poco tiempo, Lefebvre responde: “Su ensayo ha llamado mi atención, pero no sé si es publicable. No obstante, se lo he enseñado a un amigo, al que le interesaría conocerlo”. El amigo en cuestión se hacía llamar Guy-Ernest Debord.




Así que el 24 de enero de 1961, Vaneigem envía una carta a ese tal Guy Debord. El puñado de páginas que le ha mostrado Lefebvre, le explica, no constituyen un texto que quiera ofrecer al público, sino un “mecanismo, una partitura en busca de intérpretes, algo que esté vivo más allá de sí mismo”. Al propio Lefebvre le había escrito antes que había preparado sus Fragmentos con la minuciosidad de un terrorista que prepara una bomba: la propia bomba no tiene ningún valor en sí, solo tiene valor en función de su fuerza expansiva y de la cantidad de gente a la que alcance. No se trata de una obra literaria, pues. En estas fechas, Vaneigem ya parece tener claro que, como el arte o la filosofía, la literatura también tiene que ser superada, es decir, incorporada a la vida cotidiana y puesta a su servicio.

            Debord le responde apenas una semana más tarde y le hace llegar todos los números de internationale situationniste publicados hasta entonces. Curiosamente, Vaneigem ya estaba al tanto de la existencia de la organización e incluso había leído los números 3 y 4 de la revista. Se los había prestado Attila Kotányi, le cuenta a vuelta de correo, “un amigo común” que se ha exiliado en Bélgica tras huir de su Hungría natal. Kotányi, además de servir de enlace con los situacionistas franceses, pone a Vaneigem sobre la pista de las herejías medievales y su potencial revolucionario y  le ilustra sobre los fundamentos del llamado “urbanismo unitario”. En su segunda misiva a Debord, Vaneigem reconoce que la Internacional Situacionista es el único movimiento revolucionario del tiempo presente. “Las únicas fuerzas vivas de las que podríamos disponer -añade- hay que buscarlas en la rebelión espontánea de los grupos que sienten más odiosamente la alienación: los trabajadores y los intelectuales”. 

            El primer encuentro entre ambos se produce, pues, en el contexto de la oleada huelguística que vive Bélgica a comienzos de la década de los sesenta, un contexto propicio para la confluencia de la crítica social y de lo que más tarde se llamará “crítica artista”. Contra una imagen muy difundida después, Vaneigem no encuentra en Debord a alguien “que intentara imponer una ideología, ideas ya hechas”, sino a un hombre inmerso en las mismas investigaciones que él. “Por fin tenía la sensación de poder discutir sobre mis problemas existenciales”. Enseguida Debord le propone unirse al movimiento y participar en el siguiente número, el seis, de la revista, y al poco tiempo Vaneigem se convierte en miembro del comité central de la IS y también del comité de redacción de la publicación. Aquí vuelve a encontrar en cierto modo “la coherencia entre el carácter festivo y la crítica radical del mundo” que ya había vivido en las tascas proletarias de su infancia y de su adolescencia. Como él mismo reconoce, los situacionistas le ofrecen la posibilidad de escapar de las mezquindades de la existencia cotidiana y satisfacer su deseo de vivir grandes pasiones.

            Por otro lado, entre Debord y Vaneigem se produce de forma espontánea una especie de “división social del trabajo teórico”. “El vínculo más apasionante residía, a pesar de nuestro lenguaje completamente diferente, en un consenso entre ambos –recuerda Vaneigem-. El lenguaje de Debord fue siempre objetivo, de un rigor filosófico. El mío estaba más ligado al análisis subjetivo: la noción de sacrificio, de vivido, de autenticidad” Los dos se complementaban a la perfección. Nunca hubo choques en la discusión, reconoce Vaneigem, solo enfoques diferentes que concordaban. Para Debord, las referencias principales eran Marx y Hegel. Para Vaneigem, Nietzsche, Bakunin o Max Stirner, algunas de las grandes figuras de la tradición libertaria.   

            Ese mismo verano del 61, Vaneigem aprovecha sus vacaciones estivales para retirarse a la finca que sus padres tienen en Palma de Mallorca y escribir lo que será Banalidades de base, un texto que se publicará en el número 7 de internationale situationniste en abril del año siguiente y que con el tiempo se convertirá en uno de los textos de referencia del grupo. El artículo, escrito en una suerte de trance etílico (“Me levantaba a las cuatro –recuerda Vaneigem- y, en lugar de poner agua para prepararme el café, ponía coñac. Luego pasaba a la absenta”), se convierte además en el primer borrador de lo que pronto sería su Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones.

            El Tratado aparece cinco años después nada menos que en Gallimard, pero en sus primeras líneas alienta el mismo espíritu que en sus textos primerizos. En realidad no se trata de un libro, sino de algo distinto, de algo más. “No tengo la intención de entregar lo que hay de vivido en este libro a lectores que no se esfuercen con toda su conciencia en revivirlo”, dice Vaneigem. Un libro no sirve de nada si no estalla como una bomba y alcanza con su onda expansiva al mayor número posible de individuos. “Lo que se expone es una simple contribución a la reedificación del movimiento revolucionario internacional”, añade. Conscientemente o no, en la redacción del Tratado Vaneigem parece haber respondido al imperativo brechtiano de la citabilidad del texto (“Es muss zietierbar sein”) y algunas de sus frases pronto se convierten en lemas para los insurrectos de las movidas del sesenta y ocho.  Como decía el otro, “la teoría se convierte en fuerza material desde que penetra en las masas”.

            El tiempo es huidizo, la vida se escapa, unas pocas personas atravesaron el breve lapso de una vida y, con todo, sin duda aquello mereció la pena. “Se olvida demasiado a menudo: ese grupo que iba a volverse contra cada uno de nosotros –recuerda Vaneigem, refiriéndose a la IS- al principio aportó una ayuda salvífica a los nuevos adherentes. Nos permitió liberarnos del lado oscuro, nocturno, de una existencia reducida a la servidumbre. ¿Y qué mejor que ese entusiasmo creativo? Pero ¿a qué agarrarse cuando el entusiasmo decae?”. A pesar de la decaída del entusiasmo y del fin de la IS, Vaneigem nunca abandonó la creencia situacionista en la “actualidad de la revolución”. Puede que la derrota del movimiento proletario y el triunfo de la sociedad de consumo tuvieran como consecuencia la transformación de la clase obrera en plebe, pero la lucha por la vida plena no decae jamás. Ahora, dirá el último Vaneigem, resurge un nuevo sujeto revolucionario al que podría llamarse “pueblo”, resultado de la confluencia de la dispersión de los viejos movimientos sociales y de individuos repolitizados en la lucha contra la precariedad y la supervivencia.

ARTÍCULO PUBLICADO EN LOS Nº 414 Y 415 DE




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