Me entero a través de las redes sociales de que Raoul Vaneigem murió hace un par de días (hoy es 30 de julio) en su casa de Sant Pol de Mar (Barcelona), y mi primera reacción es ir en busca de algunos libros. El primero se titula Contra los pastores, contra los rebaños, una selección de textos de Albert Libertad a la que le puse prólogo hace casi veinte años. Recuerdo que lo encabecé con una cita de Vaneigem a modo de epígrafe, pero ya no recuerdo cuál. Ahora leo: “Vivir intensamente, para sí, en el placer sin fin y la conciencia de que lo que vale radicalmente para sí vale para todos. Y por encima de todo, esta ley: «Actúa como si jamás tuviera que existir futuro»”. Y me digo que esa misma cita también podría servir como epígrafe para este obituario.
El segundo libro lo compré en el país natal de Vaneigem
allá por 2014 o 2015. Lleva por título Rien n’est fini, tout commence y
entonces acababa de publicarse en Francia. Se trata de una larga entrevista
(casi cuatrocientas páginas) con Gérard Berréby, el editor de Ediciones Allia,
en la que Vaneigem desgrana algunos de los hitos fundamentales de su
existencia, desde su nacimiento en Lessines hasta la disolución de la
Internacional Situacionista a comienzos de los años setenta. Me acuerdo
entonces de algo que Vaneigem también decía en su Tratado del saber vivir y
lo hojeo para encontrar la referencia. Ahí está, subrayada a lápiz: “Contienen
más verdades las veinticuatro horas de la vida de un hombre que todas las
filosofías”. Y más adelante otro pasaje que en otro tiempo se convirtió en
lema: “Los que hablan de revolución y de lucha de clases sin referirse
explícitamente a la vida cotidiana […] tienen un cadáver en la boca”. Vayamos a
lo vivido, pues.
Vaneigem nace en Lessines (Valonia) el 21 de marzo de 1934,
y en Lessines conoce de primera mano el movimiento obrero tradicional, las
organizaciones políticas del proletariado, los sindicatos. Las sirenas de las
canteras marcan el ritmo de la jornada y la lucha de clases, lejos de ser un
mero concepto, sirve de telón de fondo a todo un entramado de rituales sociales
que dotan a la existencia cotidiana de su hechura particular. Su padre,
ferroviario, es sindicalista y militante socialista, y también Raoul empieza a
militar a una edad muy temprana. Entonces todavía existe una comunidad
proletaria, con una cultura propia, concienciada y orgullosa de su condición de
clase productiva. “La base –recuerda Vaneigem- era la propia vida cotidiana.
Las tabernas, que eran lugares de grandes debates, lugares de vida, contribuían
a nuestra formación”. Es un mundo que
pronto desaparecerá, arrasado por el avance de la sociedad de consumo. La
región es además una de las cunas del surrealismo belga. Una región muy obrera,
pero también vanguardista, como apostilla Barréby.
Después de la guerra, con diecisiete
años, Vaneigem ingresa en la Universidad Libre de Bruselas, la “universidad
anticlerical”, y allí cursa estudios de lo que entonces se llama “filología
románica”, una elección cuando menos desacostumbrada para el hijo de un obrero.
Entonces entra en contacto con una figura cuya influencia no lo abandonará
nunca: la de Isidore Ducasse, el conde de Lautréamont (1846-1870), que más
adelante Vaneigem convertirá en el tema de su trabajo de licenciatura y en el
motivo de un primer escándalo. Las tragaderas académicas de la época admiten
difícilmente la obra del conde, y menos en la lectura subversiva que de él
ofrece el joven filólogo. En la defensa
del plagio de Lautréamont (“el plagio es necesario, el progreso lo exige”) ya
está implícita la técnica situacionista del détournement, y su
llamamiento a la práctica colectiva de la poesía (“la poesía ha de ser hecha
por todos, no por uno solo”) encierra lo esencial del futuro programa
revolucionario. Pues la poesía no es, para Vaneigem, una simple forma de
expresión literaria, sino el modo propiamente humano de habitar el mundo, su
auténtica especificidad: la capacidad de crearse a sí mismo, recreando el
mundo.
En 1956 se licencia y en apenas una
semana obtiene una plaza como profesor en la Escuela Normal de Nivelles, donde
permanecerá hasta 1964. En principio, vive la enseñanza con auténtica pasión.
“Como mis alumnos eran bastante mayores, a veces íbamos juntos de bares, para beber
y continuar el debate”, le explica a Berréby. En el aula consigue cultivar la
autoridad sin autoritarismo del buen docente, pero el aspecto burocrático del
oficio lo exaspera. “Me sentía feliz con mis alumnos. En mis clases había
conseguido establecer una relación en la que el poder se desvanecía”. A
principios de 1961, tiene lugar un primer encontronazo con ese “lado
burocrático” de la institución escolar. Bélgica está viviendo una ola de
huelgas salvajes y un colega reconoce el rostro de Vaneigem entre los
huelguistas que aparecen en una foto de la portada de La Libre Belgique del 6 de enero y lo delata ante el equipo
directivo. Eran huelgas –recuerda- que habían surgido “de forma totalmente
espontánea, al margen de los sindicatos e incluso en contra de su
opinión”.
Así que el 24 de enero de 1961,
Vaneigem envía una carta a ese tal Guy Debord. El puñado de páginas que le ha
mostrado Lefebvre, le explica, no constituyen un texto que quiera ofrecer al
público, sino un “mecanismo, una partitura en busca de intérpretes, algo que
esté vivo más allá de sí mismo”. Al propio Lefebvre le había escrito antes que
había preparado sus Fragmentos con la minuciosidad de un terrorista que
prepara una bomba: la propia bomba no tiene ningún valor en sí, solo tiene
valor en función de su fuerza expansiva y de la cantidad de gente a la que
alcance. No se trata de una obra literaria, pues. En estas fechas, Vaneigem ya
parece tener claro que, como el arte o la filosofía, la literatura también
tiene que ser superada, es decir, incorporada a la vida cotidiana y puesta a su
servicio.
Debord
le responde apenas una semana más tarde y le hace llegar todos los números de
internationale situationniste publicados hasta entonces. Curiosamente,
Vaneigem ya estaba al tanto de la existencia de la organización e incluso había
leído los números 3 y 4 de la revista. Se los había prestado Attila Kotányi, le
cuenta a vuelta de correo, “un amigo común” que se ha exiliado en Bélgica tras
huir de su Hungría natal. Kotányi, además de servir de enlace con los situacionistas
franceses, pone a Vaneigem sobre la pista de las herejías medievales y su
potencial revolucionario y le ilustra
sobre los fundamentos del llamado “urbanismo unitario”. En su segunda misiva a
Debord, Vaneigem reconoce que la Internacional Situacionista es el único
movimiento revolucionario del tiempo presente. “Las únicas fuerzas vivas de las
que podríamos disponer -añade- hay que buscarlas en la rebelión espontánea de
los grupos que sienten más odiosamente la alienación: los trabajadores y los intelectuales”.
El
primer encuentro entre ambos se produce, pues, en el contexto de la oleada
huelguística que vive Bélgica a comienzos de la década de los sesenta, un
contexto propicio para la confluencia de la crítica social y de lo que más
tarde se llamará “crítica artista”. Contra una imagen muy difundida después,
Vaneigem no encuentra en Debord a alguien “que intentara imponer una ideología,
ideas ya hechas”, sino a un hombre inmerso en las mismas investigaciones que
él. “Por fin tenía la sensación de poder discutir sobre mis problemas
existenciales”. Enseguida Debord le propone unirse al movimiento y participar
en el siguiente número, el seis, de la revista, y al poco tiempo Vaneigem se
convierte en miembro del comité central de la IS y también del comité de redacción
de la publicación. Aquí vuelve a encontrar en cierto modo “la coherencia entre
el carácter festivo y la crítica radical del mundo” que ya había vivido en las
tascas proletarias de su infancia y de su adolescencia. Como él mismo reconoce,
los situacionistas le ofrecen la posibilidad de escapar de las mezquindades de
la existencia cotidiana y satisfacer su deseo de vivir grandes pasiones.
Por
otro lado, entre Debord y Vaneigem se produce de forma espontánea una especie
de “división social del trabajo teórico”. “El vínculo más apasionante
residía, a pesar de nuestro lenguaje completamente diferente, en un consenso
entre ambos –recuerda Vaneigem-. El lenguaje de Debord fue siempre objetivo, de
un rigor filosófico. El mío estaba más ligado al análisis subjetivo: la noción
de sacrificio, de vivido, de autenticidad” Los dos se complementaban a la
perfección. Nunca hubo choques en la discusión, reconoce Vaneigem, solo
enfoques diferentes que concordaban. Para Debord, las referencias principales
eran Marx y Hegel. Para Vaneigem, Nietzsche, Bakunin o Max Stirner, algunas de
las grandes figuras de la tradición libertaria.
Ese
mismo verano del 61, Vaneigem aprovecha sus vacaciones estivales para retirarse
a la finca que sus padres tienen en Palma de Mallorca y escribir lo que será Banalidades de base, un texto que se
publicará en el número 7 de internationale situationniste en abril del
año siguiente y que con el tiempo se convertirá en uno de los textos de
referencia del grupo. El artículo, escrito en una suerte de trance etílico (“Me
levantaba a las cuatro –recuerda Vaneigem- y, en lugar de poner agua para
prepararme el café, ponía coñac. Luego pasaba a la absenta”), se convierte
además en el primer borrador de lo que pronto sería su Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones.
El
Tratado aparece cinco años después nada
menos que en Gallimard, pero en sus primeras líneas alienta el mismo espíritu
que en sus textos primerizos. En realidad no se trata de un libro, sino de algo
distinto, de algo más. “No tengo la intención de entregar lo que hay de vivido
en este libro a lectores que no se esfuercen con toda su conciencia en
revivirlo”, dice Vaneigem. Un libro no sirve de nada si no estalla como una
bomba y alcanza con su onda expansiva al mayor número posible de individuos.
“Lo que se expone es una simple contribución a la reedificación del movimiento revolucionario
internacional”, añade. Conscientemente o no, en la redacción del Tratado Vaneigem parece haber respondido
al imperativo brechtiano de la citabilidad del texto (“Es muss zietierbar sein”) y algunas de sus frases pronto se
convierten en lemas para los insurrectos de las movidas del sesenta y
ocho. Como decía el otro, “la teoría se
convierte en fuerza material desde que penetra en las masas”.


No hay comentarios:
Publicar un comentario