sábado, 20 de enero de 2007

AGITPROV. Informe Verídico sobre las Últimas Oportunidades de Salvar el Capitalismo en Italia (V) - G. Sanguinetti (1975)

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IV. Que nunca es bueno defenderse solamente, porque la victoria pertenece a la ofensiva.

“[…] Esta forma de ver era, antes de las guerras de la Revolución, sin duda la dominante en la esfera de la teoría. Pero, cuando dichas guerras, de un solo golpe, abrieron un mundo enteramente nuevo de fenómenos guerreros […] se dejaron de lado los viejos modelos y se llegó a la conclusión de que todo era consecuencia de descubrimientos nuevos, de ideas grandiosas, etc., pero también de las condiciones sociales transformadas. Y se estimó de esta manera que ya no había ninguna necesidad de aquello que pertenecía a los métodos de un tiempo […]
Pero puesto que, en tales transformaciones de la opinión, siempre surgen dos partidos en oposición, incluso en estas circunstancias las concepciones antiguas encontraron sus caballeros y defensores, los cuales consideraban los recientes fenómenos como choques de la fuerza bruta, que comportaban una decadencia general del arte, y sostenían que, precisamente, el juego de la guerra de equilibrio –desprovisto de cualquier resultado, vacío- debía ser el objetivo […] Esta última forma de ver carece hasta tal punto de base lógica y filosófica que no se puede definir más que como una desoladora confusión conceptual. Pero tampoco la opinión opuesta, conforme a la cual todo lo que acontecía antaño no volverá a producirse jamás, resulta en modo alguno bien ponderada. De los nuevos fenómenos en el campo del arte de la guerra, sólo una proporción mínima debe atribuirse a nuevos descubrimientos o a nuevos conceptos; la mayor parte, por el contrario, a las nuevas circunstancias y condiciones sociales […] Comenzar con la defensa y acabar con la ofensiva se corresponde plenamente con la marcha natural de la guerra.”

KARL VON CLAUSEWITZ - De la guerra.


SE SABE QUE la verdad es tanto más dura de escuchar cuanto más tiempo ha sido silenciada. Por otro lado, tenemos experiencia más que suficiente del juego de las fuerzas reales en el seno de las sociedades humanas, presentes y pasadas, como para que se nos cuente entre aquellos que pretenden, bien por ingenuidad bien por hipocresía, que se podría gobernar un Estado sin secretos y sin engaño. Pero si rechazamos tal utopía, no dejamos de rechazar con igual resolución la pretensión de gobernar un país democrático moderno basándose únicamente en la mentira y el bluff sistemático, como ha creído poder hacerlo impunemente el ex-presidente Nixon, que al final hubo de arrepentirse de ello. Bien al contrario, siempre hemos creído con firmeza que los pueblos, cuando dicen querer la verdad, a la cual las constituciones democráticas les otorgan el derecho, no desean realmente nada más que explicaciones. ¿Por qué no dárselas, pues? ¿Por qué extraviarse en le callejón sin salida de las más torpes mentiras, como ocurrió, por ejemplo, a propósito de la bomba de la Piazza Fontana? Nuestros gobernantes, nuestra magistratura, los responsables de la fuerzas del orden olvidan con demasiada facilidad que no existe nada más nocivo en el mundo para el poder que ellos detentan que hacer nacer, en el espíritu del ciudadano democrático, la sensación de que es continuamente tomado por imbécil; pues éste es, en el fondo, el resorte que pone inevitablemente en acción ese sutil engranaje de las pasiones y los resentimientos humanos en virtud del cual incluso el más timorato de los pequeño-burgueses puede llegar a rebelarse, a admitir y alimentar ideas radicales. Es entonces cuando el ciudadano se siente en el derecho de reclamar “justicia”, y menos por amor a la justicia que por el temor de poder sufrir, en las propias carnes, un trato injusto.

Nuestra clase política está hoy a punto de apercibirse de cuánto empiezan a costarle todas las tontas y embarazosas justificaciones que han ido acumulándose, y siempre a destiempo, sobre la cuestión crucial de las bombas de 1969. Si bien es cierto que nunca ha existido una buena política que se fundase principalmente en la verdad, siempre será la peor de las políticas aquella que se funda exclusivamente en lo inverosímil; y esto porque una política semejante incita al ciudadano a dudar de todo, a elevar conjeturas, a querer penetrar en todos los secretos del Estado con una gran prodigalidad de suposiciones atrevidas y de quiméricas fantasías. A partir de entonces, cualquier impostor tiene carta blanca y puede obrar con completa libertad; y, desde el momento en que todo adquiere el aspecto del artificio descarado, el elector, que habitualmente se contenta con lo verosímil, profiere a grandes gritos su pretensión de conocer toda la verdad sobre todas las cosas, transmitiendo así al poder político un amenazante hic Rhodus, hic salta. Llegados a este punto, todos se sienten audaces y llenos de coraje frente a la cobardía que reprochan al Estado, y éste se encuentra bloqueado en un círculo vicioso, en el que debe desmentir sucesivamente todas las anteriores versiones oficiales de los hechos. Y es así como un Estado se desgasta fatalmente hasta perder la capacidad, no diremos ya de corregir sus errores, sino tan sólo de admitirlos. Es necesario, pues, para recuperar esa capacidad, exponerse al riesgo de decir al fin la verdad, pues el poder en Italia se ha puesto en una de esas situaciones, siempre peligrosas para el Estado, en las que ya no es posible decir otra cosa.

Y la verdad, cuando llega al fin, después de que todas las mentiras se han desmentido por el contacto de las unas con las otras, esa misma verdad –decimos-, por muy inverosímil que pueda parecer, es lo bastante fuerte para afrontar toda suerte de sospechas y para prevalecer contra la desconfianza general:

Sempre a quel ver c’ha faccia di menzogna
de’ l’uom chiuder le labbra fin ch’el pote,
però che sanza colpa fa vergogna;



ma qui tacer nol posso; e per le note
di questa comedia, lettor, ti giuro…”

[“La verdad que parece una mentira / debe el hombre callarse mientras pueda, / porque sin tener culpa se avergüence: / pero callar no puedo; y por las notas, / lector, de esta Comedia, yo te juro…" Dante, La Divina Comedia.]




Goethe estaba convencido de que « escribir la historia es una forma de desembarazarnos del pasado », y nosotros añadimos que, en el presente, es preciso empezar por desembarazarse definitivamente del fantasma de la Piazza Fontana, cueste lo que cueste, porque ha llegado el momento en el que es infinitamente más costoso mantenerlo artificialmente en vida. Por lo demás, hemos querido, conforme a su título, que el presente Informe fuese verídico, y deseamos que las fuerzas sanas de Italia sepan sacar provecho de esta amarga lección que debemos infligirnos a nosotros mismos.









[Foto: Tina Modotti]



Hemos visto anteriormente cuál era la situación social en torno a finales de 1969: los obreros, sin jefes a los que obedecer, actuaban ahora libremente al margen de la legalidad democrática, y contra dicha legalidad; rechazaban el trabajo y a sus propios representantes sindicales, no querían, en una palabra, renovar ese tácito contrato social en el que se fundamenta todo Estado de derecho, y en especial nuestra República, que se declara “fundamentada en el trabajo” ya desde el primer artículo de su Constitución. Todos los días, en cualquier lugar, los obreros violaban de hecho y de cien maneras dicha Constitución. ¿Cuál era, entonces, la dramática alternativa ante la que se encontraba nuestra República? La alternativa no era ni más ni menos que la siguiente: restablecer la legalidad constitucional y el orden civil; o bien desaparecer.

¿Con quién podía contar el Estado para imponer el retorno al orden, habida cuenta de que las fuerzas de Seguridad Pública y los sindicatos eran poco menos que impotentes y de que formar un gobierno con participación comunista era una hipótesis rechazada como una blasfemia por todos los demás partidos? El Estado, tras los motines del 19 de noviembre, no podía ya contar más que con sus servicios secretos de seguridad y con el efecto que podían suscitar en la opinión pública sus medios de información y de propaganda, una vez que ésta hubiese estado suficientemente conmocionada por ese “hecho imprevisible y de naturaleza traumática” que fueron precisamente las bombas del 12 de diciembre.




El recurso a esas bombas, ¿fue un error, o bien la salvación? Fue a la vez lo uno y lo otro o, por decirlo mejor, la salvación provisional de las instituciones al mismo tiempo que una fuente perpetua de errores sucesivos. Por eso estamos persuadidos de que nunca se criticará lo bastante la operación del 12 de diciembre de 1969, pues la bomba de la Piazza Fontana, al mismo tiempo que se presentaba como la última salva de advertencia ante la amenaza de subversión proletaria, era ya de hecho el primer cañonazo de la guerra civil; y por el modo en que se disparó ese cañonazo se podía medir la incapacidad de nuestras fuerzas en una tal guerra civil. Las escenas burlescas de los sucesivos putschs fallidos de nuestra extrema derecha estaban ya contenidas en esta manifestación de incompetencia grandiosa.





No pensamos negar la utilidad, en cualquier país moderno, de semejantes iniciativas de urgencia, que la necesidad de un momento crítico particular puede imponer, así como no negamos que la bomba de la Piazza Fontana haya tenido, a su manera, un efecto salvífico evidente al desorientar completamente a los trabajadores y al país, y al permitir que el partido comunista recuperase a los trabajadores para la “vigilancia” democrática contra un peligro fascista fantasmal, mientras los sindicatos podían finalmente concluir rápido y bien las últimas y más laboriosas negociaciones contractuales. Lo que, por el contrario, negamos resueltamente es que ese efecto positivo haya sido afianzado, o al menos previsible, con un margen de seguridad conveniente; es decir, que no se haya recurrido a un remedio peor y más peligroso que la enfermedad al utilizar una acción semejante de una manera tan aproximativa. Y esto desde un doble punto de vista. Para empezar, había demasiada gente al corriente de una operación de este género incluso antes del 12 de diciembre. A este respecto, nos limitaremos a adelantar sólo una consideración: si uno solo de los representantes de la izquierda que estaban al corriente hubiese dicho públicamente, aunque sólo fuese a título personal, la verdad que hoy está en labios de todos inmediatamente después de la explosión de las bombas, e incluso después, por mucho que la televisión hubiera querido decir, la guerra civil habría estallado en ese mismo instante y nada habría podido impedirlo. Fue, podemos decirlo, un verdadero golpe de suerte que, en ese momento, la clase política se encerrase en una reserva recorrida por murmullos, pero rigurosamente observada. Por otro lado, debemos señalar que, tanto la peor de las elecciones posibles de los culpables –en ningún caso resultaba verosímil un Valpreda como autor del atentado, incluso si cien taxistas hubieran tenido que dejar, antes de morir, otros tantos testimonios para ser utilizados con posterioridad- cuanto el modo en que la policía y la magistratura se han comportado en este asunto han llevado a esta grotesca y lúgubre farsa de quiproquos, más digna de haber sido montada en una dictadura sudamericana que en una democracia europea.

¿En qué puede la operación del 12 de diciembre, a pesar de todo esto, ser considerada un logro? Las bombas consiguieron imponer el efecto deseado en la medida en que todos los medios de información pusieron por delante, en lugar de su auténtica significación, sus múltiples etiquetas –los partidarios y los activistas anarquistas o fascistas-; y, en un primer momento, se creyó a esos medios de información a pesar de las versiones contradictorias, o precisamente gracias a ellas. Por otra parte, el golpe fue igualmente un logro porque jamás se había visto, como en esta circunstancia, semejante apoyo recíproco entre todas las fuerzas institucionales, ni una solidaridad tan grande entre los partidos políticos y el gobierno, entre el gobierno y las fuerzas del orden, entre las fuerzas del orden y los sindicatos. De esto modo, lo que aparecía entonces ante la opinión pública como el parlamento “contra” el gobierno, el gobierno “contra” las bombas y las bombas “contra” la República no era, evidentemente, un conflicto entre un poder constitucional y otro, tal el que podía darse entre los poderes legislativo y ejecutivo, sino, y sin lugar a dudas, el Estado mismo que, en un peligro tan extremo, se veía obligado manipular, lo mejor que podía y contra sí mismo, ciertos elementos extremos necesarios a su propia conservación: para hacer ver a todos que todos, el Estado incluido, estaban en peligro.




Algunos años nos separan en la actualidad de aquellos acontecimientos peligrosos para todos, y tristes para algunos, que ahora criticamos incluso públicamente. No debemos, con todo, subestimar lo que hay de admirable en esta “expresión lírica de la historia en acción”, como la llamaba Don Raffaele, en la que el Estado, reducido a su papel de deus ex machina, supo poner en escena su propia negación terrorista para reafirmar su poder; pues la astucia de la razón que gobierna y hace progresar la historia universal está presente en cada uno de sus episodios contingentes y decisivos, incluso si los hombres no se aperciben de ello de manera inmediata porque están demasiado dominados por las pasiones particulares que sirven de pretexto al conflicto permanente que los enfrenta los unos a los otros. Alguien lo bastante valeroso como para no temer ser tachado de ingenuo se asombraría todavía hoy al considerar hasta qué punto el expediente de las bombas obtuvo entonces un buen efecto sobre las masas, pero ese hipotético naïf se equivocaría, porque –según dice Maquiavelo-, “la mayoría de los hombres se nutre tanto de lo que parece como de lo que es: a menudo incluso, son puestos en movimiento más por las cosas que parecen que por aquellas que son”. Pero he aquí el límite en negativo de semejantes expedientes formulado por el propio Maquiavelo: “[…] tales modos y recursos extraordinarios vuelven infeliz y poco seguro al príncipe mismo, pues cuanto más se hace uso de la crueldad, tanto más se debilita su gobierno”.





Por incomprensible y aterrador que pueda parecer a algunos, ya no es posible negar una realidad nueva: desde 1969, Italia tiene su “partido” revolucionario, informal pero, precisamente por eso, tanto más difícil de atacar. Desde luego, aquí no hacemos alusión a los grupúsculos estudiantiles extra-parlamentarios, que no asustan en realidad ni al más timorato de los empleados de provincias, sino a todos aquellos que, en las fábricas y en las calles, manifiestan individual o colectivamente un total rechazo de la organización actual del trabajo, y del trabajo mismo, lo que en el fondo es ya el rechazo de la sociedad que se fundamenta en esa organización. Desde 1969, todos los actos, todos los fracasos y todos los éxitos de nuestra política interior y de nuestra economía, no resultan siquiera comprensibles si no se ponen en relación con el conflicto, unas veces abierto y otras veces mudo, que enfrenta esa nueva realidad con todas las instituciones tradicionales.

Desprovistos de jefes tanto como de una política coherente, los trabajadores, los jóvenes, las mujeres, los homosexuales, los presos, los escolares, los enfermos mentales se han decidido de improviso a querer todo aquello que les estaba prohibido y, al mismo tiempo, a rechazar en bloque todos los fines que nuestra sociedad les permitía perseguir. Rechazan el trabajo, la familia, la escuela, la moral, el ejército, el Estado, la idea misma de una jerarquía cualquiera. Este “partido” heterogéneo y violento, inculto e inhábil, quiere imponerse en todo con brutalidad y se ha convertido, por decirlo así, en la medida de todas las cosas: de lo que acontece, puesto que nadie consigue ya impedir nada; y de lo que no acontece, puesto que nuestras instituciones ya no están en disposición de hacerse obedecer por nadie.




Decir que esta situación se ha producido por los errores en la gestión de la sociedad italiana sería aun más falso que injusto –y los comunistas lo saben bien-, pues tales situaciones se dan hoy en día en la totalidad de los países industriales, ya sean burgueses o socialistas como Polonia –y también esto lo saben bien los comunistas-. Una constatación semejante no puede, sin embargo, consolarnos. Pero es justo decir que, en nuestro caso, este virus de la rebelión ha encontrado, más que en otros lugares, un caldo de cultivo particularmente propicio para su desarrollo en ese síndrome de debilidades patológicas por el que nuestras instituciones estaban crónicamente afectadas y que ya hemos visto en el segundo capítulo de este Informe.




¿Cómo se ha reaccionado en Italia ante la nueva amenaza revolucionaria? En principio, nuestros políticos negaron simplemente su existencia, pues encontraban más cómodo contemplar los actos de los obreros en 1969 del mismo modo que los de los estudiantes en 1968: poco más que un fenómeno de costumbres, una suerte de “moda” contestaria, pasajera como todas las modas. No se tenía en consideración que un Estado, mientras puede pasarse momentáneamente sin las universidades, las cuales se puede decir que, en efecto, desde entonces han dejado de existir en cuanto universidades, no puede pasarse sin las fábricas. Más adelante, cuando la realidad cotidiana y mesurable de los daños provocados por el conflicto se ha vuelto resplandeciente, nuestra clase dirigente, arrancada de su confortable sueño, ha creído y determinado que se encontraba asediada por un enemigo que estaba en todas partes y que, por esa misma razón, era difícil de circunscribir y definir; y desde ese instante se ha atrincherado en una política de defensa absoluta.



[Animación: Rex Sutton]




Cuando, en nuestra juventud, tuvimos ocasión de seguir un curso de estrategia militar, el teniente coronel que estaba a cargo –su único defecto era, sin duda, ser demasiado experto en cuestiones militares y estar demasiado alejado de la política del régimen de aquel tiempo como para hacer carrera en el ejército italiano, y la prueba es que, desde entonces, no hemos vuelto nunca a oír hablar de él- nos obsequió con un hermoso libro que aún conservamos y que es completamente ignorado por los hombres actualmente en el poder: era el De la Guerra de Carl von Clausewitz. Ya en los años treinta, nuestro Benedetto Croce lamentaba esa negligencia muy italiana al respecto de esta obra, señalando que “es únicamente la cultura pobre y unilateral de los que estudian ordinariamente la filosofía, su celo de especialistas falto de inteligencia, el provincianismo, por decirlo así, de sus usos, el que les mantiene a distancia de libros como el de Clausewitz, al que consideran extranjero o inferior a su disciplina”. En cuanto a nosotros, que hemos juzgado, desde que este libro nos fue ofrecido, que para un hombre de poder no era menos importante que El Principe, queremos citar aquí un pasaje, con el fin de criticar la estrategia política de defensa absoluta que nuestros gobiernos han aplicado durante estos años.


« ¿Cuál es –se pregunta Clausewitz- la idea fundamental de la defensa? Detener un golpe. ¿Cuál sería su característica? Esperar el golpe que se ha de detener […] Pero una defensa absoluta estaría en completa contradicción con la idea de la guerra, puesto que llevaría a suponer que sólo uno de los adversarios realiza los actos de guerra; en consecuencia, la defensa no puede ser más que relativa […] La forma defensiva de la conducta de la guerra no se limita, pues, a detener los golpes, sino que comprende también el hábil empleo de las respuestas. ¿Cuál es el fin de la defensa? Conservar”. Y prosigue un poco más adelante diciendo que, por ese motivo, “el fin de la defensa es negativo, es la conservación; mientras que el del ataque, la conquista, es positivo; de ahí que la conquista tienda a aumentar los medios de guerra, la conservación, no […]; de lo que resulta que [la defensa] no ha de ser empleada más que cuando haya necesidad, porque se es demasiado débil, y que convenga por el contrario abandonarla en cuanto se es lo bastante fuerte para poder proponerse el fin positivo”.




Por el contrario, a quienquiera que observe con un mínimo de atención, toda la política interior italiana desde 1969 hasta el día de hoy se le presenta como una defensa absoluta, con la sola excepción, y ya hemos visto con que destreza, de la respuesta del 12 de diciembre. Queremos precisar aquí nuestro pensamiento a este respecto para alcanzar el fondo de nuestra crítica. Durante todo este año, hasta el último mes, hemos estado a la espera, y no hacíamos otra cosa que esperar ante la agravación de la crisis; sólo los dirigentes de la FIAT buscaron desde finales de junio, dando pruebas de previsión, una “solución global” en la negociación, lo que, no obstante, resultaba insuficiente porque no se puede esperar resolver una crisis así de generalizada mediante un acuerdo sectorial. ¿Qué significa, pues, esperar? Significaba, lo hemos visto rápidamente, dejar a los obreros, que habían lanzado la ofensiva, tiempo para coordinarse, para unirse, para reforzar y cerrar sus filas; significaba dejar que un aliado tan precioso como el sindicato se desgastase en los mil conflictos en los cuales era puesto a prueba cotidianamente por la clase obrera. No sabemos bien, y saberlo ahora es de poca importancia, si en la raíz de este quietismo a ultranza del gobierno hubo una elección consciente y errónea, o bien, como es más probable, un puro y simple rechazo a elegir. Sí sabemos, sin embargo, que este rechazo produjo casi todos los errores ulteriores de la conducta política, y que en su base había un grosero error de evaluación o, lo que es peor, una crasa ignorancia en materia de revoluciones. En realidad, ninguno de los hombres que estaban entonces en el gobierno, y aún están en él en estos momentos, creía posible que los trabajadores, sin jefes, sin medios y sin coordinación aparente, fuesen capaces de constituir un peligro real para la seguridad del Estado y para la propia supervivencia de nuestro orden social. Se inquietaban sencillamente por los daños económicos debidos a las huelgas, considerados enormes, mientras que todos juntos no constituían sino el menor de los daños, pues en ese momento nuestra situación económica, con relación a la de hoy en día, pintaba de color de rosa.




Nos encontrábamos, por el contrario, en una de esas circunstancias en las que el más grave error consistía precisamente en no temer a un “partido” adversario semejante por el hecho de que no tenía jefes; no se tenía en cuenta a tal partido porque era informal y el Estado disponía de las armas; y, sin embargo, nosotros hemos estado siempre persuadidos, y la historia no ha dejado de darnos buenos ejemplos, de que conviene tener muy en cuenta a las poblaciones cada vez que se toman a sí mismas por cualquier cosa, porque “le malheur est que leur force consiste dans leur imagination ; et l’on peut dire avec vérité qu’à la différence de toutes les autres sortes de puissance, ils peuvent, quand ils sont arrivés à un certain point, tout ce qu’ils croient pouvoir”, como dice el Cardenal de Retz refiriéndose a la Fronda. Por lo demás, todas las revoluciones de la historia han comenzado sin jefes y, cuando los han tenido, han terminado.




Esta defensa absoluta daba así por supuesto que sólo los trabajadores llevarían a cabo “actos de guerra”, por mantenernos en el esquema de Clausewitz; y esta actitud del gobierno les ofrecía el principal acicate. Se esperaba, casi con resignación, y no se hacía otra cosa que esperar. O, más precisamente, lo que se hacía para justificar esta actitud se reducía a esos pocos episodios irrisorios de una pseudo-ofensiva artificial e inútil que fueron los atentados desarrollados en abril y agosto. Admírese este monumento a la irracionalidad política: dichos atentados, según los cálculos o según las esperanzas, habrían debido ganar para el partido del orden al menos a una parte de la opinión pública, que en esos momentos era generalmente favorable a los huelguistas; se esperaba, de este modo, librar esta guerra con el arma de la opinión pública, olvidando alegremente esa sencilla verdad según la cual la opinión pública, cuando es hostil al poder, le perjudica, y cuando le es favorable, no cuenta nada como aliada.




Fue justamente porque, en principio, no se quiso comprender la naturaleza del conflicto y porque, a continuación, se subestimó su peligro, por lo que llegamos a los episodios insurreccionales del 19 de noviembre, de los que hemos hablado en el capítulo precedente. El gran miedo del 19 de noviembre fue, pues, necesario –y bastó- para que de golpe se produjese ese cambio de rumbo que debía llevar a la operación del 12 de diciembre, la cual por haber sido tan frenéticamente conducida, resultó aproximativa y precipitada. Se puede decir que, de hecho, todo el tiempo que transcurrió entre el 19 de noviembre y el 12 de diciembre estuvo dominado por la ansiedad que causaba al país el acercamiento de un acontecimiento inminente, que la mayoría imaginaba como un levantamiento de consecuencias mucho más graves que el de Milán. Cada día, nuevas alarmas, auténticas o artificiales, servían para hacer presión sobre éste o aquel sector del poder o de la opinión. Un amigo con escaño en Montecitorio nos informó de que el Parlamento en su conjunto estaba tan obsesionado con la idea de un conflicto social declarado, el cual parecía inevitable y para el que el Estado, según todas las apariencias, no estaba preparado, que se habría dicho que podían leerse las palabras ‘guerra civil’ escritas en las paredes de la sala. Conforme a los hábitos de las asambleas parlamentarias, lo que más turbaba el fondo de los espíritus era también aquello de lo que menos se hablaba; pero, en todo instante, se daban implícitamente pruebas de que no caía en el olvido. A esto se añadía el hecho de que la inquebrantable tranquilidad del jefe de gobierno era objeto de preocupación para aquellos que no conocían sus motivos y que la contemplaban como una especie de inconsciencia; y un objeto de preocupación aun más grande para aquellos que conocían su razón de ser. Pues es sabido que el Alto Mando de nuestro Ejército es incapaz de afrontar una guerra clásica, pero lo es más todavía ante la eventualidad de una guerra civil; y en cuanto al Ejército mismo, para servirnos de la expresión reciente y oportuna de un libro de “política-ficción” escrito por un anónimo, “aunque nadie hable nunca de ello, nuestras divisiones no están mejor organizadas que nuestros servicios postales”.

Como siempre hemos encontrado cuando menos desconcertante la personalidad del almirante Henke, nos creímos autorizados en aquella época a aconsejarle discretamente que fuese prudente y se mantuviera, en cuanto fuese posible, por encima de la trifulca que ciertos políticos gestaban desde hacía algún tiempo a su alrededor, con el fin de no comprometer sin provecho su persona y su reputación en el caos que veíamos venir; un consejo siempre bueno para un hombre tan apasionado por la acción, pero tan poco acostumbrado a actuar que siempre nos ha parecido dispuesto, antes que a proveer las cosas útiles e aun las más necesarias, a proponerse las más nocivas y peligrosas, antes incluso que no hacer nada en absoluto; ¡pero consejos cuán poco eficaces, como todos los que cogen a contrapié a la naturaleza humana! Lo que siguió después fue la confirmación.




Es precisamente porque no se supo prevenir la situación en la que la operación del 12 de diciembre se tornó necesaria y porque, a continuación, se dejó conducir en un estilo tan torpe, por lo que, más adelante, se adquirió en Italia, casi insensiblemente, la costumbre de afrontar todas las situaciones críticas de los años siguientes exhibiendo a cada instante la carta falsa del terrorismo artificial, desprovisto de verosimilitud, pero sobre todo de utilidad: puesto que el expediente de las bombas había obtenido buenos resultados la primera vez, sin plantearse más cuestiones, se hizo de esta táctica esa estrategia única que después ha sido conocida bajo el nombre de “estrategia de la tensión” o de “estrategia de los extremismos opuestos”. Nuestro Estado, que seguía perpetuamente defendiéndose de estos enemigos fantasma, tan pronto rojos como negros, según el humor del momento, enemigos mal fabricados por lo demás, no quiso nunca afrontar los problemas que habían sido planteados por el enemigo real de la sociedad que se basa en la propiedad y en el trabajo; y pierde su tiempo en combatir los fantasmas que él mismo crea, queriendo así construirse una coartada que lo absolvería de su deserción real. Y de este modo, este Estado nuestro no ha obtenido siquiera un apoyo de la población para su poco creíble lucha; por el contrario, ha cosechado el siguiente resultado: haber ridiculizado y, como suele decirse, “quemado” dichas prácticas para-estatales de urgencia y, al mismo tiempo, verse obligado, una vez que el juego estaba más que al descubierto, a meter en prisión al jefe de los servicios secretos. Nadie podía creerse que el general Miceli habría de estar en prisión más que el tiempo indispensable para hacerlo salir; la descarada hipocresía con la que se le acusó no hacía más que preludiar la hipocresía con la cual debíamos librarnos de un detenido semejante. ¡Hermoso resultado! El SID [Servizio Informazioni Difesa] se ha convertido en la piedra de escándalo de nuestra nación.



[Foto: Tina Modotti]




Lo diremos de una vez por todas y claramente: es tiempo de acabar con este empleo incontrolable de la acción paralela, que es brutal, inútil y peligroso para el mismo orden que debería, sin embargo, mostrarse capaz de salvaguardar por procedimientos más eficaces. Y, más en particular, quisiéramos preguntar ¿cuáles han sido los frutos efectivos y la utilidad práctica de cada uno de los actos de terrorismo que siguieron al del 12 de diciembre de 1969? ¿Cuál era la utilidad del atentado pre-electoral contra la persona del editor Feltrinelli, que era un inofensivo industrial de izquierdas? ¿Cuál la de la eliminación del comisario Calabresi, teniendo en cuenta que, hoy, el último de los ciudadanos sabe más de lo que él sabía con relación a los atentados de aquellos años?



La alternancia entre ineficacia e hipereficacia de que han dado muestras nuestros servicios secretos a lo largo de los años hace surgir un equívoco inquietante: quienes podrían interrumpirla, no quieren; y quienes quieren no pueden. De esta manera, tanto más conoce uno las turbias maniobras entre bastidores, tanto menos se toma el riesgo de denunciarlas, bien porque quien tiene pruebas está personalmente implicado en este círculo vicioso, bien porque teme morir como un buen número de esos testigos procesales a los que no se ha querido llamar en los últimos años. Es por lo demás notorio que todo servicio secreto moderno está en condiciones de abusar ampliamente de su carácter secreto y, en consecuencia, de su poder, pues disfruta de una arbitrariedad que va mucho más allá de lo que es necesario para la defensa de los intereses generales de una sociedad dada y constriñe al silencio, de un modo u otro, a cualquiera que anticipe una sospecha bien fundada sobre prácticas que no son, por cierto, insospechables; pero entonces, “y a-t-il quelque espérance de justice lorsque les malfaiteurs ont le pouvoir de condamner leurs censeurs ? [Cita ligeramente modificada de Saint-Just]”



La paradoja reside en el hecho de no son siquiera los medios por los cuales se ha mantenido el orden público los que se ven recubiertos por el secreto militar, sino el medio por el cual no se ha logrado mantenerlo, pues ahora todo el mundo ha visto hasta qué punto tales métodos han exacerbado generalmente el desorden, cuando no lo han creado de forma deliberada.



En todos los Estados de este mundo, el servicio secreto recibe sus órdenes del poder ejecutivo, pero, por fortuna, el poder ejecutivo no está gestionado en todos los demás Estados del mundo del mismo modo que en nuestro país; ¿no nos está permitido, en consecuencia, concluir que el servicio secreto se ha convertido en nuestro caso en ese gladium ancipitem in manu stulti [espada de doble filo en manos de un estúpido] de que hablaban los latinos? Pues a fuerza de golpes de mano y de golpes de timón, la mayoría de la población ha quedado como drogada y se ha vuelto tan acostumbrada a ellos al enterarse, al mismo tiempo que de la noticia de una nueva matanza, del recurso a Roma de la investigación sobre la precedente, o de la “recusación de oficio” de un magistrado que se aproximaba peligrosamente a la verdad, que ya no podemos esperar que las fuerzas sanas del país sean capaces de obligar al Estado a un saneamiento radical haciendo presión desde abajo.








La propia magistratura, donde sin embargo tienen su puesto hombres de gran valor, está gobernada de tal manera que, en el presente, se asemeja a una pobre compañía de cómicos ambulantes de antaño, los cuales, abucheados en un lugar, mantienen siempre la esperanza, y siempre vanamente, de tener éxito en otra ciudad; y si no osa representar en el Norte obras que el público encuentra obscenas, o que Roma considera atrevidas, se le encarga a Catanzaro constituir una Corte de Justicia para retomar la misma representación con el mismo libretto, la cual resulta infaliblemente suspendida poco después del habitual prólogo, porque la fama del precedente fracaso se había adelantado al espectáculo. Un humorista de otro siglo [Mark Twain] dijo que una de las principales diferencias entre un gato y una mentira es que el gato sólo tiene nueve vidas.




Después de una tontería, los hombres cometen ordinariamente cien otras para ocultar la primera; y nuestro Estado, dominado siempre por los mismos hombres, no se comporta como un Estado, sino como los hombres: procura limitar los estragos de un error cometiendo uno más grave, y llega finalmente a esa situación en la que ya no es posible cometer otra cosa que errores. La defensa de una mala causa –lo sabemos- ha sido siempre peor que la causa misma; pero la defensa de una causa justa –y nosotros tenemos la debilidad de creer que nuestro mundo merece ser defendido-, cuando es llevada sin dignidad y torpemente, es en todo caso un crimen que obtiene efectos de todo punto contrarios a lo que se hubiese deseado.




En cuanto a la cuestión de la “estrategia de la tensión” y de los servicios paralelos, es necesario y conviene ser de ahora en adelante bastante más radical que los propios comunistas; y nos complace resumir aquí nuestro pensamiento sobre la cuestión mediante frases que no son nuestras: “[…] Diría que hemos llegado al extremo de un gran peligro y que no hay partido que pueda tomarse entre la resolución de esclarecer al pueblo y la de prepararse para combatirlo […] Si los disturbios plebeyos son cosa que se ha de temer, no tengamos menos temor al hastío popular, y guardémonos de todos los pasos y procedimientos que puedan excitarlo. Esto último podría conducir a males mayores y no exentos de trastornos más serios y razonados.” (Así escribía, en 1792, Francesco-Maria Gianni, antiguo consejero de Estado del gran duque Pedro Leopoldo, en un opúsculo de título evocador: Los temores que siento y los desórdenes que temo de las circunstancias que actualmente conoce el país.)





Diremos, para concluir, que el golpe de timón, ese protagonista escénico de la decadencia –y de su crónica política en Italia-, ha demostrado sobradamente tanto la impotencia de los gobernantes como el deseo general de cambiar de escena, de intriga y de actores. Todos los muy graves problemas de 1969 están todavía ante nosotros y, si se habla menos de ellos, es solamente porque otros, no menos graves, han venido a añadirse entretanto, mientras que los hombres que no los resolvieron aún se encuentran en el poder y, en el mismo momento en que escribimos esto, están a punto de enredarse en largas disputas a propósito del aborto, cuando es nuestra propia República la que está a punto de abortar. Frailty, thy name is Italy! [Paráfrasis del Hamlet shakespeariano: Frailty, thy name is woman!]

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