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martes, 13 de octubre de 2026

La vida fluye, la vida se escapa. Raoul Vaneigem (1934-2026)


Me entero a través de las redes sociales de que Raoul Vaneigem murió hace un par de días (hoy es 30 de julio) en su casa de Sant Pol de Mar (Barcelona), y mi primera reacción es ir en busca de algunos libros. El primero se titula Contra los pastores, contra los rebaños, una selección de textos de Albert Libertad a la que le puse prólogo hace casi veinte años. Recuerdo que lo encabecé con una cita de Vaneigem a modo de epígrafe, pero ya no recuerdo cuál. Ahora leo: “Vivir intensamente, para sí, en el placer sin fin y la conciencia de que lo que vale radicalmente para sí vale para todos. Y por encima de todo, esta ley: «Actúa como si jamás tuviera que existir futuro»”. Y me digo que esa misma cita también podría servir como epígrafe para este obituario.

El segundo libro lo compré en el país natal de Vaneigem allá por 2014 o 2015. Lleva por título Rien n’est fini, tout commence y entonces acababa de publicarse en Francia. Se trata de una larga entrevista (casi cuatrocientas páginas) con Gérard Berréby, el editor de Ediciones Allia, en la que Vaneigem desgrana algunos de los hitos fundamentales de su existencia, desde su nacimiento en Lessines hasta la disolución de la Internacional Situacionista a comienzos de los años setenta. Me acuerdo entonces de algo que Vaneigem también decía en su Tratado del saber vivir y lo hojeo para encontrar la referencia. Ahí está, subrayada a lápiz: “Contienen más verdades las veinticuatro horas de la vida de un hombre que todas las filosofías”. Y más adelante otro pasaje que en otro tiempo se convirtió en lema: “Los que hablan de revolución y de lucha de clases sin referirse explícitamente a la vida cotidiana […] tienen un cadáver en la boca”. Vayamos a lo vivido, pues.  

Vaneigem nace en Lessines (Valonia) el 21 de marzo de 1934, y en Lessines conoce de primera mano el movimiento obrero tradicional, las organizaciones políticas del proletariado, los sindicatos. Las sirenas de las canteras marcan el ritmo de la jornada y la lucha de clases, lejos de ser un mero concepto, sirve de telón de fondo a todo un entramado de rituales sociales que dotan a la existencia cotidiana de su hechura particular. Su padre, ferroviario, es sindicalista y militante socialista, y también Raoul empieza a militar a una edad muy temprana. Entonces todavía existe una comunidad proletaria, con una cultura propia, concienciada y orgullosa de su condición de clase productiva. “La base –recuerda Vaneigem- era la propia vida cotidiana. Las tabernas, que eran lugares de grandes debates, lugares de vida, contribuían a nuestra formación”.  Es un mundo que pronto desaparecerá, arrasado por el avance de la sociedad de consumo. La región es además una de las cunas del surrealismo belga. Una región muy obrera, pero también vanguardista, como apostilla Barréby.

            Después de la guerra, con diecisiete años, Vaneigem ingresa en la Universidad Libre de Bruselas, la “universidad anticlerical”, y allí cursa estudios de lo que entonces se llama “filología románica”, una elección cuando menos desacostumbrada para el hijo de un obrero. Entonces entra en contacto con una figura cuya influencia no lo abandonará nunca: la de Isidore Ducasse, el conde de Lautréamont (1846-1870), que más adelante Vaneigem convertirá en el tema de su trabajo de licenciatura y en el motivo de un primer escándalo. Las tragaderas académicas de la época admiten difícilmente la obra del conde, y menos en la lectura subversiva que de él ofrece el joven filólogo.  En la defensa del plagio de Lautréamont (“el plagio es necesario, el progreso lo exige”) ya está implícita la técnica situacionista del détournement, y su llamamiento a la práctica colectiva de la poesía (“la poesía ha de ser hecha por todos, no por uno solo”) encierra lo esencial del futuro programa revolucionario. Pues la poesía no es, para Vaneigem, una simple forma de expresión literaria, sino el modo propiamente humano de habitar el mundo, su auténtica especificidad: la capacidad de crearse a sí mismo, recreando el mundo.

            En 1956 se licencia y en apenas una semana obtiene una plaza como profesor en la Escuela Normal de Nivelles, donde permanecerá hasta 1964. En principio, vive la enseñanza con auténtica pasión. “Como mis alumnos eran bastante mayores, a veces íbamos juntos de bares, para beber y continuar el debate”, le explica a Berréby. En el aula consigue cultivar la autoridad sin autoritarismo del buen docente, pero el aspecto burocrático del oficio lo exaspera. “Me sentía feliz con mis alumnos. En mis clases había conseguido establecer una relación en la que el poder se desvanecía”. A principios de 1961, tiene lugar un primer encontronazo con ese “lado burocrático” de la institución escolar. Bélgica está viviendo una ola de huelgas salvajes y un colega reconoce el rostro de Vaneigem entre los huelguistas que aparecen en una foto de la portada de La Libre Belgique del 6 de enero y lo delata ante el equipo directivo. Eran huelgas –recuerda- que habían surgido “de forma totalmente espontánea, al margen de los sindicatos e incluso en contra de su opinión”. 

            Un año antes, Vaneigem redacta un texto de unas noventa páginas al que da el título de Fragmentos para una poética (seguidos de cuatro poemas por completar) o Poesía y revolución, en el que de nuevo se inspira en Lautréamont, pero también en las propuestas de Isidore Isou (1925-2007) y los letristas. Vaneigem defiende lo que él llama una “poesía integral o totalitaria”, un arte de la rebelión que integre a la vez “pensamiento, sueño, fantasía, magia, conciencia y acción, al mismo tiempo una y múltiple, delimitada y sin límites”. Vaneigem ha leído con entusiasmo Crítica de la vida cotidiana y La suma y el resto, que acaba de publicarse, y decide enviar su texto a Henri Lefevbre (1901-1991) para pedirle su parecer. Al poco tiempo, Lefebvre responde: “Su ensayo ha llamado mi atención, pero no sé si es publicable. No obstante, se lo he enseñado a un amigo, al que le interesaría conocerlo”. El amigo en cuestión se hacía llamar Guy-Ernest Debord.




Así que el 24 de enero de 1961, Vaneigem envía una carta a ese tal Guy Debord. El puñado de páginas que le ha mostrado Lefebvre, le explica, no constituyen un texto que quiera ofrecer al público, sino un “mecanismo, una partitura en busca de intérpretes, algo que esté vivo más allá de sí mismo”. Al propio Lefebvre le había escrito antes que había preparado sus Fragmentos con la minuciosidad de un terrorista que prepara una bomba: la propia bomba no tiene ningún valor en sí, solo tiene valor en función de su fuerza expansiva y de la cantidad de gente a la que alcance. No se trata de una obra literaria, pues. En estas fechas, Vaneigem ya parece tener claro que, como el arte o la filosofía, la literatura también tiene que ser superada, es decir, incorporada a la vida cotidiana y puesta a su servicio.

            Debord le responde apenas una semana más tarde y le hace llegar todos los números de internationale situationniste publicados hasta entonces. Curiosamente, Vaneigem ya estaba al tanto de la existencia de la organización e incluso había leído los números 3 y 4 de la revista. Se los había prestado Attila Kotányi, le cuenta a vuelta de correo, “un amigo común” que se ha exiliado en Bélgica tras huir de su Hungría natal. Kotányi, además de servir de enlace con los situacionistas franceses, pone a Vaneigem sobre la pista de las herejías medievales y su potencial revolucionario y  le ilustra sobre los fundamentos del llamado “urbanismo unitario”. En su segunda misiva a Debord, Vaneigem reconoce que la Internacional Situacionista es el único movimiento revolucionario del tiempo presente. “Las únicas fuerzas vivas de las que podríamos disponer -añade- hay que buscarlas en la rebelión espontánea de los grupos que sienten más odiosamente la alienación: los trabajadores y los intelectuales”. 

            El primer encuentro entre ambos se produce, pues, en el contexto de la oleada huelguística que vive Bélgica a comienzos de la década de los sesenta, un contexto propicio para la confluencia de la crítica social y de lo que más tarde se llamará “crítica artista”. Contra una imagen muy difundida después, Vaneigem no encuentra en Debord a alguien “que intentara imponer una ideología, ideas ya hechas”, sino a un hombre inmerso en las mismas investigaciones que él. “Por fin tenía la sensación de poder discutir sobre mis problemas existenciales”. Enseguida Debord le propone unirse al movimiento y participar en el siguiente número, el seis, de la revista, y al poco tiempo Vaneigem se convierte en miembro del comité central de la IS y también del comité de redacción de la publicación. Aquí vuelve a encontrar en cierto modo “la coherencia entre el carácter festivo y la crítica radical del mundo” que ya había vivido en las tascas proletarias de su infancia y de su adolescencia. Como él mismo reconoce, los situacionistas le ofrecen la posibilidad de escapar de las mezquindades de la existencia cotidiana y satisfacer su deseo de vivir grandes pasiones.

            Por otro lado, entre Debord y Vaneigem se produce de forma espontánea una especie de “división social del trabajo teórico”. “El vínculo más apasionante residía, a pesar de nuestro lenguaje completamente diferente, en un consenso entre ambos –recuerda Vaneigem-. El lenguaje de Debord fue siempre objetivo, de un rigor filosófico. El mío estaba más ligado al análisis subjetivo: la noción de sacrificio, de vivido, de autenticidad” Los dos se complementaban a la perfección. Nunca hubo choques en la discusión, reconoce Vaneigem, solo enfoques diferentes que concordaban. Para Debord, las referencias principales eran Marx y Hegel. Para Vaneigem, Nietzsche, Bakunin o Max Stirner, algunas de las grandes figuras de la tradición libertaria.   

            Ese mismo verano del 61, Vaneigem aprovecha sus vacaciones estivales para retirarse a la finca que sus padres tienen en Palma de Mallorca y escribir lo que será Banalidades de base, un texto que se publicará en el número 7 de internationale situationniste en abril del año siguiente y que con el tiempo se convertirá en uno de los textos de referencia del grupo. El artículo, escrito en una suerte de trance etílico (“Me levantaba a las cuatro –recuerda Vaneigem- y, en lugar de poner agua para prepararme el café, ponía coñac. Luego pasaba a la absenta”), se convierte además en el primer borrador de lo que pronto sería su Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones.

            El Tratado aparece cinco años después nada menos que en Gallimard, pero en sus primeras líneas alienta el mismo espíritu que en sus textos primerizos. En realidad no se trata de un libro, sino de algo distinto, de algo más. “No tengo la intención de entregar lo que hay de vivido en este libro a lectores que no se esfuercen con toda su conciencia en revivirlo”, dice Vaneigem. Un libro no sirve de nada si no estalla como una bomba y alcanza con su onda expansiva al mayor número posible de individuos. “Lo que se expone es una simple contribución a la reedificación del movimiento revolucionario internacional”, añade. Conscientemente o no, en la redacción del Tratado Vaneigem parece haber respondido al imperativo brechtiano de la citabilidad del texto (“Es muss zietierbar sein”) y algunas de sus frases pronto se convierten en lemas para los insurrectos de las movidas del sesenta y ocho.  Como decía el otro, “la teoría se convierte en fuerza material desde que penetra en las masas”.

            El tiempo es huidizo, la vida se escapa, unas pocas personas atravesaron el breve lapso de una vida y, con todo, sin duda aquello mereció la pena. “Se olvida demasiado a menudo: ese grupo que iba a volverse contra cada uno de nosotros –recuerda Vaneigem, refiriéndose a la IS- al principio aportó una ayuda salvífica a los nuevos adherentes. Nos permitió liberarnos del lado oscuro, nocturno, de una existencia reducida a la servidumbre. ¿Y qué mejor que ese entusiasmo creativo? Pero ¿a qué agarrarse cuando el entusiasmo decae?”. A pesar de la decaída del entusiasmo y del fin de la IS, Vaneigem nunca abandonó la creencia situacionista en la “actualidad de la revolución”. Puede que la derrota del movimiento proletario y el triunfo de la sociedad de consumo tuvieran como consecuencia la transformación de la clase obrera en plebe, pero la lucha por la vida plena no decae jamás. Ahora, dirá el último Vaneigem, resurge un nuevo sujeto revolucionario al que podría llamarse “pueblo”, resultado de la confluencia de la dispersión de los viejos movimientos sociales y de individuos repolitizados en la lucha contra la precariedad y la supervivencia.

ARTÍCULO PUBLICADO EN LOS Nº 414 Y 415 DE




lunes, 20 de abril de 2026

¿Qué es el anarquismo? Una entrevista con Miguel Amorós

 


Miguel Amorós (Alcoy, 1949) es autor de una extensa obra como teórico e historiador del anarquismo. En la década de los setenta formó parte de distintos grupos ácratas de existencia efímera como Los Incontrolados o los Trabajadores por la autonomía proletaria y la revolución social y, entre 1984 y 1992, de la redacción de La Encyclopédie des Nuisances, impulsada entre otros por su amigo Jaime Semprun, una publicación que continuaba de forma crítica la línea abierta por la Internacional Situacionista y en la que llegaría a participar el propio Guy Debord. Hace unos meses, la editorial vallecana La Rosa Negra publicaba su último libro, un breve volumen titulado sencillamente ¿Qué es el anarquismo? De él, aunque no exclusivamente, hablamos en la siguiente entrevista.

 

DLS- ¿Qué es el anarquismo? Anarquismo individualista, colectivista, comunista, anarcosindicalismo, posanarquismo e incluso anarquismo de derechas, anarco-capitalismo o nacional-anarquismo… ¿No es un empeño imposible definir lo que parece, por definición, indefinible: un conjunto de tendencias dispares y, en algunos casos, abiertamente contradictorias, que parecen no tener en común entre sí más que aquello que niegan?


MA- Actualmente, en plena crisis del estado de cosas característico de la globalización capitalista e inmersos en un proceso de distorsión ideológica, todavía podemos considerar anarquismo el conjunto de enseñanzas y tareas que persiguen la implantación de la anarquía, un sistema sociopolítico que prescinde del Estado y de toda clase de autoridad. Sin embargo, con la palabra anarquismo ocurre como con todos los “ismos”: que su significado real depende de quién la pronuncie. Esta particular polisemia sirve al orden establecido, cuyas consignas y mensajes se divulgan mediante una provechosa colonización del lenguaje. El empleo unilateral de las palabras por parte de los dirigentes, o sea, su recuperación por el poder, tiene por objetivo la incomunicación, la base fundamental del dominio. Corresponde a los enemigos del statu quo clasista usarlas en su contra, dotarlas de nuevo contenido subversivo, reinventarlas, redefinirlas. Trabajo a la vez positivo y negativo, es decir, dialéctico. El situacionista Khayati dijo en la revista “I.S.” que “una definición es algo siempre abierto, jamás definitivo; las nuestras son válidas históricamente, durante un periodo dado ligado a una praxis histórica.” Cualquier determinación contemporánea del anarquismo ha de contar con eso.


DLS- “El anarquismo ya no es gran cosa” –dices-. “El panorama no es halagüeño”. ¿Crees, no obstante, que hay algún lugar en el que aún pueda reconocerse siquiera un chispazo de ese impulso emancipador que encendió las revueltas del pasado?


MA- Digamos que hoy en día, en la mayoría de países, el anarquismo es un movimiento social insignificante, sin influencia sensible entre los asalariados, incapaz de alterar mínimamente el sistema y de incidir en la mentalidad de quienes lo padecen. No obstante, en algunos “pueblos sin historia”, es decir, en sociedades que se han mantenido más o menos al margen del capitalismo, han persistido lazos comunitarios y modos auto-organizativos lo suficientemente sólidos como para resistir al Estado y administrarse por su cuenta. Tal podía ser el caso de pueblos campesinos indígenas de países como Chile, Ecuador, Bolivia o México, o el de los habitantes de las tierras altas del sudeste asiático como los karen, hmong y lahu. Estamos ante sociedades que se revuelven contra el desolador presente con rasgos inequívocamente anarquistas, a las que añadiríamos la más moderna sociedad kurda municipalista. En el mundo occidental apenas saltan chispazos libertarios en las luchas anti-desarrollistas, en la defensa del territorio y en movilizaciones espontáneas como la de los chalecos amarillos, pero sin conexión espiritual con las revueltas ejemplares del pasado. 


DLS- En el libro señalas que el único modo de superar la confusión de los anarquismos posmodernos, o de las lecturas del anarquismo como una tendencia transhistórica y connatural al ser humano, es la reactivación de la conciencia histórica. Es ella, por ejemplo, la que nos permite discernir el papel decisivo que el movimiento obrero desempeñó en la génesis de las ideas anarquistas. Destacas, creo, dos hitos: la fundación de la AIT y la función de Bakunin como teórico del anarquismo revolucionario, por un lado, y la Revolución Española de 1936, por otro. En ambos casos, se diría que la derrota trajo consigo el declive y la fragmentación del movimiento, así como la sustitución de la teoría revolucionaria por una ideología casi completamente separada de la práctica. ¿No sé si nos podrías contar algo más al respecto?


MA- Destacaría unos cuantos hitos más ricos en enseñanzas: el movimiento magonista mexicano, la insurrección makhnovista en Ucrania y la revolución asturiana de 1934. En verdad las derrotas comportan retrocesos que resultan desastrosos para la conciencia, puesto que al perderse la capacidad de respuesta a la dominación, desaparece el pensamiento crítico y su lugar queda ocupado por la ideología, el producto doctrinal propio de la conciencia alienada, la cristalización de una visión falsa y maniquea de la realidad. La verdad de este mundo queda sumergida en una nebulosa de ideas abstractas con las que los vencidos tratan de justificar su papel post festum y sus renuncias. En un contexto de decadencia del movimiento obrero, desmemoria, evaporación de las perspectivas revolucionarias y aburguesamiento, la ideología desciende un peldaño más en la degradación y tiende a seguir las indicaciones de las modas juveniles. Así contemplamos en el campo autodenominado anarquista el desfile sucesivo de fórmulas milagreras mesocráticas como la renta básica, el decrecimiento, el especifismo, lo woke, el procès o la payasada nacionalista de “revoltes de la terra”.   


DLS- En el segundo texto incluido en el libro, realizas un análisis de la situación actual, marcada por la parálisis –o la desaparición sin más- del movimiento obrero, la desintegración de las grandes ideas de la modernidad y el ascenso de las clases medias asalariadas. Comienzas afirmando: “la palabra «revolución» ha desaparecido del vocabulario de los oprimidos y explotados”, y más adelante señalas: “[sin democracia directa] no hay revolución”. ¿Podrías desarrollar un poco más esta última idea?


MA- Los cambios sociales desde abajo son muy difíciles, pues unas masas atomizadas, endeudadas y enclaustradas en el consumo no se sienten inclinadas a favorecerlos. Solamente en los momentos en los que pende sobre ellas la precariedad, la amenaza de exclusión, el embargo o el desahucio, en los momentos en que no tienen nada que perder, se ven obligadas a moverse y cuestionar su proletarización. La creciente capacidad represora del sistema dejará entonces de verse como un obstáculo insalvable. Cuanto más prolongado sea el conflicto, más probable será que abandonen el espíritu de clase media y adopten una visión más realista de la superación de sus condiciones de vida, es decir, antiestatal y anticapitalista. La democracia directa es el sistema que mejor responde al funcionamiento autónomo de la población rebelde y el que mejor puede desarrollar sus potencialidades revolucionarias. Las estructuras asamblearias cumplen con la dinámica de auto-organización de los movimientos de masas. El peligro reside en la pérdida de autonomía por la acción de los partidos políticos que persiguen una deriva institucional burocrática, ante lo cual no caben otras medidas que la expulsión de los representantes que actúen por su cuenta o la auto-disolución. 




DLS- El tercer texto incluido en el libro está dedicado al análisis de las causas probables del auge de la extrema derecha, “el fenómeno más llamativo de nuestra época reciente”, como afirmas al comienzo. Leyéndote me acordaba de algo que decía el Comité Invisible en las primeras líneas de su panfleto Ahora: “Todas las razones para hacer la revolución están ahí. Pero no son las razones las que hacen las revoluciones; son los cuerpos. Y los cuerpos están delante de las pantallas”. Tú también apuntas a las redes sociales como el “factor definitivo” en el auge de la extrema derecha. “Las redes –te cito- han desempeñado el mismo papel que jugó antaño la radio en el advenimiento del partido nazi”. Durante algún tiempo, y hasta hace no mucho, algunos albergaron la ilusión de que la WWW podía hacer realidad la democracia directa en las sociedades complejas y densamente pobladas. ¿Qué queda de esto, si algo queda? Cuestiones de orden ecológico al margen, ¿te parece que Internet es necesariamente una herramienta de control?


MA- Cualquier coincidencia mía con el Comité Invisible, forma vanguardista posmoderna del radicalismo infantil, es obra del azar. Aquí tenemos un producto ideológico de escuela primaria hecho con materiales diversos, desde el situacionismo al foucaultismo, hábilmente presentado. Hace ya un tiempo, Jacques Ellul respondía al tópico de “la máquina es neutra, el uso que le demos depende de nosotros”, con el argumento de que no se trataba de un objeto aislado sino de un completo sistema mecánico que no habíamos elegido y no podíamos dominar; bien al contrario, nuestra conducta y nuestra vida quedaba determinada por él. Teníamos libertad para aceptarlo, pero no para rechazarlo. Cuando apareció Internet, lo primero que me preocupó no fue la supresión de puestos de trabajo típica del avance capitalista, sino la virtualización de las relaciones sociales. El desplazamiento de la comunicación y el debate a un espacio imaginario, o sea, fuera del mundo real, banalizante y fácilmente controlable, donde cualquiera podía ejercer de extremista sin moverse de la silla. No faltaron informáticos progresistas que ponderaran las posibilidades ecológicas, democráticas y liberadoras de tal encarnación de la megamáquina de la que hablaba Mumford. A medida que avanzaba, la informatización del mundo terminó revelándose como una fuente inagotable de problemas. Con el advenimiento de las redes sociales, el debate se convertía en pelea de gallos, donde todo estaba permitido y las únicas reglas eran las fijadas por los algoritmos de las plataformas. La viralidad primaba sobre la verdad y la realidad terminaba por esfumarse en medio de una avalancha industrial de fake news, deyecciones y presentismo. El salto cualitativo en la incomunicación y desinformación de las redes dejaba atrás el carácter frívolo y baladí del comienzo y conformaba una temible arma para la dominación, la primera de alcance global. Las redes, refugio de una juventud super-alienada, fomentaban el caos, el medio idóneo de los depredadores político-mediáticos. Y precisamente, junto con el miedo, el caos es hoy, en la fase última del capitalismo, el elemento imprescindible del nuevo estilo de gobierno.  


DLS- Nos conocimos personalmente en el contexto de las movilizaciones del 15-M - ¡hace ya quince años! -. De tus respuestas se pueden derivar claves para el diagnóstico, pero me gustaría saber qué piensas al respecto y preguntarte directamente: ¿Qué falló entonces? Creo que fuimos muchos los que, en ciertos momentos, pensamos que el desbordamiento del orden era posible, y sin embargo no se produjo…


MA- Aquello no fue una movida importante, aunque sí sintomática, coetánea y digna de twitter y facebook. Tras la crisis económica de 2008 se produjo en los retoños de las clases medias, privados de futuro, un aparente despertar que por un instante pudo ilusionar a quienes quisieron ver en aquellas acampadas consentidas la realización de sus fantasías contestatarias. Sin embargo, a tal “indignación” pronto se le vio el plumero. Por activa y por pasiva la juventud indignada dejó claro que no permanecía en las plazas para cambiar el orden político, sino para mejorarlo y ¡ay de quienes quisieran subvertirlo! Con la excusa del pacifismo se despertaban vocaciones de policía; bajo una atmósfera lúdico-festiva y un animoso agitar de manos se alentaba el espíritu delator. Los tópicos ciudadanistas nutrían un lenguaje con el que se expresaba la voluntad de colaborar con el sistema parlamentario por poco que este se reformarse: “Democracia real ¡ya!”. Los indignados se sentían estafados por políticos que no les representaban, ya que no procuraban su bienestar, el del 99 %, y sí el de los banqueros, el 1 % restante. No falló nada; en realidad, el 15-M triunfó, aunque la crisis política no se solucionase con rapidez. La pérdida de credibilidad de los partidos habituales tuvo que conjurarse con la creación de nuevos partidos –Podemos, Ciudadanos, Comunes...- que, a pesar de sus iniciales proclamas regeneracionistas en sintonía con la indignación, supieron apoltronarse a velocidad de vértigo, permitiendo una estabilización tranquila del espectáculo social amparado por el Estado.


DLS- Cinco años antes ya habíamos colaborado en la edición de los textos de la sección italiana de la Internacional Situacionista, tú poniendo el prólogo y yo poniendo la traducción. Y volvimos a encontrarnos en 2018 en De la miseria en el medio estudiantil, con el mismo reparto de papeles. Para terminar, me gustaría preguntarte: ¿Qué queda del legado situacionista? ¿Sus análisis, sus propuestas estratégicas, siguen todavía vigentes en nuestros días?


MA- La crítica situacionista fue la que mejor supo explicar su tiempo y la que más coherentemente indicó la manera de superarlo. ¿Cuál es la parte no vencida de su legado? No ciertamente la corrección hegeliana del marxismo, la fórmula consejista o la fe ineluctable en el proletariado revolucionario. Sí, en cambio, el método dialéctico, la teoría del espectáculo, la crítica del urbanismo, la superación del arte, la práctica del escándalo y la apuesta por la vida. El capitalismo ha colonizado la vida cotidiana de la gente, su abrazo financiero abarca ya a todo el planeta, y en el momento actual se está militarizando a marchas forzadas. Las masas asalariadas van a la deriva y el deterioro mental de la población empieza a ser alarmante. Nunca antes una sociedad alcanzó tal grado de psicosis, indignidad y predación. Hoy, cuando la civilización se desmorona y no se vislumbra una revolución inminente por ninguna parte, ni los análisis de las crisis, ni las estrategias anticapitalistas pueden ser las mismas. Los puntos de ruptura son otros y los actores son distintos. La repetición de las viejas tesis no nos llevaría muy lejos, pero una revisitación transgresora de las teorías situacionistas nos proporcionará elementos críticos que creativamente empleados nos ayudarán a impulsar proyectos sediciosos.

 

6 de marzo de 2026.


ENTREVISTA PUBLICADA EN EL Nº 410 DE



miércoles, 12 de noviembre de 2025

Gianfranco Sanguinetti, in memoriam


 

El mensaje estaba fechado el 30 de noviembre de 2013, en el apartado del asunto podía leerse “Informe Verídico” y “g.sanguinetti@...” en el del remitente. Yo conocía bien la catadura de los situacionistas en general y la de los situacionistas italianos en particular, y en ese momento no pude evitar acordarme de la correspondencia cruzada entre la IS y los responsables de la editorial Feltrinelli a cuenta de la posible publicación del panfleto De la miseria estudiantil, uno de los textos esenciales de las movidas de mayo del 68. En la última de las misivas, al director editorial Gian Piero Brega no solo se le trataba de “pobre gilipollas”, “pedazo de mierda”, “cerdo” e “imbécil”, sino que además se le hacía una advertencia: si persistía en su empeño, los situacionistas se cobrarían la afrenta al precio de “su pellejo”. La carta, con fecha del día de San Valentín de 1972, estaba personalmente firmada por Gianfranco Sanguinetti. Gianfranco Feltrinelli, el fundador de la editorial, había pasado a la clandestinidad un par de años antes y moriría exactamente un mes después de esa carta mientras manipulaba explosivos para una acción de sabotaje. Algunos sectores de la prensa italiana de la época sugirieron que la IS y Sanguinetti podrían estar detrás de aquel “extraño accidente”.

Se comprenderá, pues, que abriese aquel mensaje con “temor y temblor” más que justificados. El texto, muy breve, estaba escrito en francés y encabezado con la fórmula de cortesía de rigor: “Cher Monsieur”. Il signor Sanguinetti, por su parte, me informaba de que, “por puro azar”, había encontrado en Internet mi edición digital de su libro publicado en 1975 bajo el seudónimo de Censor, y de que había leído mi estudio introductorio, que le parecía “muy logrado” (très bien faite). “Se puede decir -añadía- que su edición es la mejor que haya visto hasta el día de hoy”, y luego me preguntaba si también se había publicado en papel. Huelga decir que se me infló el pecho como a un pavo y que de inmediato añoré esos tiempos más felices en los que la gente escribía y recibía cartas. Ya llegaba con un mes de retraso, pero de haberme sonreído más la suerte esa pequeña nota y mi respuesta subsiguiente podrían haber figurado entre los archivos que Sanguinetti acababa de vender a la Universidad de Yale por un puñado nada despreciable de euros. Mi nombre figuraría así entre los de Debord, Vaneigem, Kayhati o entre los de los 520 notables de la sociedad italiana que recibieron el Informe Verídico de Censor en aquel lejano verano de 1975.

En efecto, en agosto de ese año más de medio millar de personalidades de los sectores dirigentes de la sociedad italiana fueron escogidas como destinatarias de un curioso panfleto firmado por ese tal Censor. Censor se presentaba a sí mismo como un miembro de la alta burguesía sin cargo político alguno, pero preocupado por la suerte que su clase social pudiera correr en una situación histórica tan inestable como la que Italia atravesaba a la sazón. El texto era, pues, una especie de Manual de uso para mejor mantenerse en el poder que recordaba bastante al Príncipe maquiavélico, tanto por el modo en que ponía al desnudo los mecanismos del dominio político y económico como, y sobre todo, por el brutal cinismo que teñía cada una de sus páginas. En el texto, que llevaba por explícito y dilatado título el de Rapporto veridico sulle ultime opportunità di salvare il capitalismo in Italia se reconocía, por ejemplo, que tras los atentados de la Piazza Fontana de Milán se encontraban en realidad los servicios secretos del Estado, y se proponía una alianza con los comunistas, que según Censor habían ofrecido “pruebas en varias ocasiones de su aptitud para colaborar en la gestión de una sociedad burguesa”, con el fin de neutralizar el mayor peligro que existía entonces en el mundo: “que los trabajadores llegasen a hablarse de su condición y de sus aspiraciones sin intermediarios”. La prensa en su conjunto recibió alborozada la propuesta: los análisis de Censor daban en el clavo, su diagnóstico era plenamente acertado, y también las medidas extremas y escasamente legales y/o democráticas que en el panfleto se propugnaban. En octubre del mismo año, las páginas que habían circulado de forma más o menos clandestina por entre las manos de los poderosos fueron publicadas en forma de libro por una editorial milanesa. Y un par de meses más tarde llegó el escándalo. Censor dejó caer la máscara y se descubrió que tras la careta se hallaba en realidad el rostro de Gianfranco Sanguinetti. El gran burgués, el camarada, se revelaba ahora como un revolucionario burlón que, con un solo gesto, había desenmascarado toda la podredumbre del poder capitalista en su país.

Cuando el mensaje de Sanguinetti apareció en mi correo-e aquel día de finales de noviembre de 2013, yo ya llevaba más o menos una década familiarizado con el Informe de Censor, que había ido publicando primero por entregas en el blog que puse en marcha en 2007 y más tarde en forma de libro digital en Agitprov, una microeditorial de textos en pdf detrás de cuyo nombre no había nadie salvo me y myself en la menguada compañía del señor I. Cuando Sanguinetti me preguntó, la versión castellana de su Informe no existía, pues, en forma de libro como Gutenberg manda, y aún tardaría tres años más en aparecer en el catálogo de la aguerrida editorial Melusina. Ya teníamos listas las galeradas para la última corrección y su autor nos escribió diciendo que pospusiéramos el lanzamiento, pues tenía pensado realizar una edición definitiva que incluyese las respuestas que había recibido del Presidente de la República, del Papa y del resto del patriciado italiano. Además nos ofrecía un librito que acababa de concluir: El coño, ayer y hoy, cuya publicación también tendría que esperar porque quería aderezarla con algunos ex libris eróticos de su colección privada. Ni las unas ni los otros llegaron nunca, y ahora ambos proyectos quedarán para siempre en el limbo de las obras inconclusas.

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 405 DE



lunes, 13 de octubre de 2025

Yolande du Luart, la aristócrata letrista


Una discreta esquela publicada en el diario Ouest-France anunciaba que la ceremonia religiosa se celebraría el 16 de noviembre de 2017, a las once de la mañana, en la Iglesia de Notre-Dame des Victoires de Trouville-sur-Mer, y que la cremación tendría lugar a primera hora de esa misma tarde en la calle de l’Abbaye d’Ardennes de Caen, la capital del departamento francés de Calvados. La señora Janette Johannsen Du Luart de Montsaulnin, su hija; el marqués y la marquesa de Luart, su hermano y cuñada; el conde y la condesa de Ribes, su cuñado y hermana; la señora Irène Brooks-Backer, hermana; así como sus sobrinos y sobrinas lamentaban comunicar que Dios había llamado a su lado a la señora Yolande Du Luart De Montsaulnin, de ochenta y siete años de edad. Una escueta y enigmática fórmula identificaba a la finada: la señora Yolande Du Luart, “cineasta comprometida”, podía leerse en el centro de la esquela. Una expresión que, entre los títulos aristocráticos y las invocaciones al Altísimo, podía sonar tan chocante y contradictoria como la de “banquero anarquista”.

 

            Pero retrocedamos medio siglo, o incluso algo más. Mayo de 1952, quinta edición del Festival Cinematográfico de Cannes. Los letristas, ese grupo creado por Isidore Isou que sigue la estela de surrealistas y dadaístas en la inmediata posguerra, continúa su asalto contra el cine oficial en lo que ya en esas fechas es, después de la ceremonia de los Oscars, el mayor escaparate de la producción cinematográfica mundial. El día 4 de mayo, en los márgenes del festival, los letristas presentan en el cine Alexandre III Tambores del juicio inicial, la película “imaginaria, sin pantalla ni celuloide” de François Dufrêne. La “acción” letrista responde a lo que promete: en la sala, sumida en una densa oscuridad, no se proyecta ninguna película. Cuatro “decidores” (Gil J Wolman, Marc,O., Guy-Ernest Debord y el propio Dufrêne) armados con sendas linternas, se limitan a leer los textos que se han repartido antes de entrar. Es un escándalo, pero a los letristas no les basta. Antes de volver a París, aún tienen ocasión de repartir octavillas e interrumpir algunas proyecciones, de emborronar los carteles del festival con pintadas en las que puede leerse “El cine ha muerto” e incluso de provocar algunos altercados que se saldan con una decena de detenidos.

 

            Una de las octavillas que los letristas reparten por la Croisette lleva por título “Se acabo el cine francés” y comienza con la siguiente frase: “Hombres insatisfechos de lo que se les ofrece superan el mundo de las expresiones oficiales y el festival de su pobreza”. Después sigue una lista de títulos: La estética del cine de Isou, Tambores del juicio inicial de Dufrêne, Aullidos a favor de Sade de Debord, El cine nuclear de Marc,O.. “En adelante el cine solo podrá ser nuclear”, afirman los letristas, cuya sola presencia supone la muerte de “esos pequeños comerciantes analfabetos” que se dedican a mercadear en los festivales de cine. Y finalmente se anuncia: “He aquí los hombres de un cine nuevo”, aunque entre ellos hay tres mujeres: Monique Geoffroy, Poucette y Yolande du Luart. Du Luart no ha realizado todavía ninguna película, pero para los letristas era un detalle sin importancia. Al fin y al cabo, el filme de Dufrêne también era una película “imaginaria”, una no-película.

 

            El tercer documento es una fotografía en blanco y negro, tomada también a principios de los años cincuenta,  que muestra a Du Luart al volante de un descapotable. Tiene la cara angulosa, la boca en un rictus circunflejo, el pelo muy corto. Lleva chaqueta, camisa blanca, corbata. Por su aspecto andrógino recuerda a la Sylvia von Harden retratada por Otto Dix. En el asiento de atrás hay otros tres jóvenes, dos chicos y una chica. Uno de ellos le ofrece un periódico a alguien que se encuentra fuera de cuadro, probablemente en la acera de alguna calle parisina. En la portada del periódico puede leerse “SOULEVEMENT de la JEUNESSE” (Sublevación de la Juventud). Poco después del escándalo en Cannes, los letristas se habían escindido en tres grupos de afinidad: los fieles a Isou, que serían conocidos como los “letristas-estetas”; la Internacional Letrista, fundada “arbitrariamente” en Bruselas por Wolman y Debord; y Le Soulèvement de la Jeunesse, en el que se integra Yolande du Luart junto a Marc,O. y Dufrêne. La facción del soulèvement es también conocida como la de los “externistas” y toma su nombre del título de una obra terminada por Isou en 1947 que Gallimard se negó a publicar. Para los externistas, la juventud es una masa no productiva, dependiente, externa al circuito económico, que lucha por transformarlo todo. Si un dispositivo tecnológico a lo Blade Runner nos permitiera ampliar y aclarar esa fotografía, veríamos que debajo de la palabra Soulèvement puede leerse: “Directora-Redactora Jefe: Yolande du LUART”.

 

            El último documento es un texto de apenas tres párrafos publicado también en el diario Ouest-France el 28 de noviembre de 2012. “Yolande du Luart, una vida fuera de lo común”, reza el titular. A finales de los noventa, cuenta la propia Du Luart, su hija y ella descubrieron por azar los encantos de Trouville, las callejuelas estrechas, las casitas de pescadores, su “atmósfera artística” (“la luz era fantástica”), y decidieron instalarse allí. De esa supuesta vida extraordinaria, sin embargo, apenas se vislumbra una sombra al comienzo del artículo. Tres décadas antes, recuerda Du Luart, se inscribió en la UCLA para cursar estudios de cine, la misma universidad en la que Angela Davis daba clases de filosofía. Du Luart le pidió permiso para filmarla y Davis accedió. “La filmé por todos lados, salvo en su intimidad. Acumulé kilómetros de película y, cuando supe que el FBI se interesaba por mi trabajo, me asusté, lo metí todo en una maleta y volví precipitadamente a Francia”. El resultado sería Angela Davis: Retrato de una revolucionaria, la única película en la que Yolande du Luart aparece acreditada como directora. 

ARTÍCULO PUBLICADO EN EL Nº 404 DE


martes, 29 de enero de 2013

AGITPROV. Clase media, partitocracia y fascismo - Miguel Amorós



El pasado viernes 25 de enero, Miguel Amorós estuvo presentando su último libro, Salida de Emergencia (Pepitas de Calabaza), en la librería La Malatesta de Madrid. Lo que podéis leer después de estas líneas es el texto preparado para la ocasión. Lo difundo aquí por deseo expreso de su autor. 

 
El tema de la partitocracia no ha sido seriamente estudiado ni por la sociología académica ni por la crítica “antifascista” del parlamentarismo moderno, y eso a pesar de que la crisis de los regímenes autoproclamados democráticos haya desvelado su realidad específica en tanto que sistema autoritario con apariencias liberales donde los partidos, y mucho más sus cúpulas, se abrogan la representación de la voluntad popular a fin de legitimar su acción y sus excesos en defensa de sus intereses particulares. No debe de extrañar el hecho, pues al igual que sucedió con la burocracia de partido único en los regímenes estalinistas y fascistas, la clase política conformada por la partitocracia existe en la medida que oculta su existencia como clase. Como apunta Debord, “la mentira ideológica de su origen jamás puede revelarse.” Su existencia como clase depende del monopolio de la ideología, leninista o fascista en un caso, democrática en el otro. Si la clase burocrática del capitalismo de Estado disimulaba su función de clase explotadora presentándose como “partido del proletariado” o “partido de la nación y la raza”, la clase partitocrática del capitalismo de Mercado lo hace exhibiéndose como “representante de millones de electores”, y por lo tanto, si la dictadura burocrática era el “socialismo real”, la suplantación partitocrática de la soberanía popular es la “democracia real”. La primera ha tratado de apuntalarse con la abundancia de espectáculos rituales y sacrificios; la segunda lo ha hecho con la abundancia de viviendas y de crédito para poseerlas. Sendas abundancias han fracasado. 

Para comprender el fenómeno de la partitocracia hay que remontarse a sus orígenes históricos, cuando el caciquismo deja de ser operativo debido a la pérdida de poder de las oligarquías locales en favor del Estado. En un momento determinado de desarrollo capitalista, aquél en el que la burocratización juega un rol central en la historia, la administración partidista sustituye al paternalismo de los terratenientes y de la alta burguesía. El susodicho fenómeno hay que enmarcarlo entre la degeneración extrema del parlamentarismo, la concentración del capital, la degradación de las organizaciones obreras, la expansión del Estado y la profesionalización total de la política, hechos intensificados en la posguerra mundial. Podíamos también aludir a los vaivenes imperialistas, a la guerra fría, al “eurocomunismo”, a los procesos de modernización tecnológica y a la crisis energética, como otros tantos condicionantes de la fusión de la política, el Estado y el capitalismo nacional. Pero la patrimonialización del Estado por una clase política no alcanza su cenit y, por lo tanto, no desempeña un papel crucial, más que cuando proclama como objetivo único el crecimiento de la economía autónoma, es decir, el abandono del nacionalismo económico en pro del desarrollo mundial del Mercado. Entonces la clase política, apoyada en una extensa clientela creada con fondos y empleos públicos, se convierte en parte de la clase dominante. En una nueva burguesía, si se quiere. No es una clase subalterna, ni es toda clase dirigente (salvo en China); tampoco se trata de una clase nacional. Precisamente, cuando se internacionaliza deviene un elemento fundamental en las relaciones de producción impuestas por la globalización financiera. La partitocracia suprime la contradicción entre intereses nacionales e intereses globales al recrear en todas partes las mismas condiciones políticas óptimas para la expansión de la economía; por un lado, forjando al mismo tiempo una extensa red clientelar; por el otro, desactivando las protestas que emanan de la sociedad civil y aportando la violencia institucional allí donde falla la violencia económica. La economía no funciona sin el orden, y la partitocracia es, si no exactamente el orden, es un desorden que funciona en beneficio de la economía. Es el desorden establecido.

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miércoles, 2 de enero de 2013

AGITPROV. ¿Qué les pasa a las mujeres?(1) - Nina Power.





¿Qué mejor manera de describir la colonización del cuerpo en esta particular coyuntura de la vida capitalista? Buena parte de la teorización reciente se ha centrado en esa forma de guerra de los afectos en la que la depresión, la euforia y otros estados del ser no son leídos meramente como signos o síntomas, sino como directamente producidos por (y productores de) relaciones económicas particulares. El concepto de ‘semio-capitalismo’, acuñado por Franco Berardi ‘Bifo’, constituye un intento de determinar los efectos del ciberespacio y el cibertiempo sobre la mente y el cuerpo, cada vez más deprimidos, del sujeto contemporáneo. En su reciente L'avènement du corps, Herve Juvin ha intentado describir, de forma similar, qué significa para la vida actual que el cuerpo se haya convertido en el ‘portador’ de todo significado, cuando cualquier aspecto de la existencia resulta intercambiable y nada queda oculto o es susceptible de ocultarse. Aunque la trayectoria de este tipo de análisis no sea exactamente nueva, pues recuerda incluso, ocasionalmente, a la abundante literatura feminista sobre encarnación, afectos y trabajo producida a partir de la década de los sesenta, sí hay algo novedoso en esa peculiar combinación de consumismo, desesperación, visibilidad e inmadurez que caracteriza a la vida de posguerra en sus últimas fases. Es precisamente esta “nueva fisonomía del Capital’, donde ‘el crédito generalizado que rige todo intercambio […] acuña a imagen de su vacío uniforme el ‘corazón de las tinieblas’ de toda ‘personalidad’ y de todo ‘carácter’” la que aborda Tiqqun en este breve texto, deliberadamente fragmentario, publicado en Francia en 1999. La cuestión del género emerge por todos lados: desde el título del libro a los extractos de revistas destinadas a mujeres con los que Tiqqun salpica todo el texto, pasando por algo mucho más nebuloso y perturbador que se encuentra en el núcleo mismo de su propuesta.

La Teoría de la Jovencita es un texto que parodia y a la vez refleja esa misoginia que subyace en el corazón mismo de una cultura que celebra la juventud y la belleza por encima de todo, mientras al mismo tiempo denigra a los portadores –mujeres jóvenes, fundamentalmente- de esas características supuestamente deseables. La poetisa Ariana Reines, traductora del texto, ha escrito sobre la reacción visceral que le produjo su tarea. La traducción, escribe en la revista digital Triple Canopy, “me provocó migrañas, me hizo vomitar; no podía dormir por las noches. Degeneró en una conducta sexual atípica”. Se trata, de hecho, de un libro que perturba por su implacable descripción de un mundo militarizado y consumista en el que “mientras que cualquiera presiente que su existencia tiende a convertirse en el campo de una batalla en el que las neurosis, las fobias, las somatizaciones, las depresiones y las angustias son otros tantos toques de retirada, nadie hay que logre captar ni su discurrir ni lo que está en juego”. El lenguaje de la colonización, la inmunización, la carne y los fluidos se filtra a través del marco abstracto del análisis de la imagen, la estructura económica y las reflexiones en torno a la modernidad. “La Jovencita no os besa, os babea entre los dientes. Materialismo de las secreciones”. Podemos dar por supuesto que, si ciertas partes del texto parecen un manual de venganza teórica para nerds de sexo masculino, se trata de un efecto –hasta cierto punto- intencionado. La cita de Hamlet que figura al comienzo del texto, “I did love you once” implica traiciones pasadas, del mismo modo que la afirmación: “el ‘sexo masculino’ es víctima y objeto de su propio deseo alienado”. Pero ¿quién es ese ‘sexo masculino’ cuando a todo el mundo se le exige que se “autovalorice permanentemente”, o lo que es lo mismo, que sea una Jovencita? ¿Qué queda del cuerpo, el amor, la personalidad, cuando toda vida se asemeja a un cruce entre una hoja de cálculo y un horóscopo? “La desgracia empuja a consumir”, dice uno de los aforismos. Y sin embargo, no parece haber otra cosa que desgracia, incluso cuando todo parece resplandecer de satisfacción y alegría.

miércoles, 25 de julio de 2012

VOCES. Los viajes, los libros, las ciudades: Queneau-Vian-Pessoa


Topographies! Itinéraires!
Dérives à travers la ville!



Tres libros vienen a juntarse en lo que –si fuera menos pudoroso- llamaría mi mesa de trabajo. Los libros son así: caprichosos e invasivos. A la que te descuidas, te dejan la casa como un parque en otoño: lleno de hojas amarillentas y de ancianos somnolientos sentados por todos lados. Y lo que es peor, si no andas listo, se te cagan en la alfombra sin el menor escrúpulo ni consideración –los libros, no los ancianos-. Anteayer, sin ir más lejos, me encontré con una deposición de erres, ques y eses aún humeantes en un rincón de la sala de estar, y todavía estoy buscando al infractor. Se va a enterar, cuando lo pille. Pero lo mejor es dejarse de mierdas y volver a lo que veníamos. Hablábamos de estos tres volúmenes que ahora tengo delante y que muestran la panza como tres felinos zalameros. ¡Incluso diría que ronronean, los muy cabrones!

Manual de Saint-Germain-des-Prés – Boris Vian, Connaissez-vous Paris? – Raymond Queneau y Lisboa. Lo que el turista debe ver – Fernando Pessoa: es lo que llevan escrito en la mismísima jeta. Contemplados así, uno diría que no es mucho lo que tienen en común. ¿O tal vez sí? Es cosa de indagar un poco. Veamos:

  1. Aunque separados por unos cuantos palmos de distancia, comparten vecindario en la misma biblioteca, y eso ya es algo. Se ve que han hecho buenas migas, cosa que no puede decirse de algunos que yo me sé (Aquí, ceño fruncido y balanceo admonitorio del dedo índice).
  2. Boris Vian, el último en llegar, y Raymond Queneau ya eran amigos desde antiguo. En ocasiones, el primero tenía al segundo por uno de sus maestros en el arte de la escritura. ¿Y Pessoa? Bueno, a Pessoa también le gustaban las tascas y los cafés, y en especial los brebajes violentos que se servían en las unas y los otros.
  3. Son tres libros frustrados y malnacidos, lo cual –he de confesarlo- me inspira la mayor y más pringosa de las ternuras. Al menudo Lisboa se lo encontraron cubierto de papeles y legajos, cuando nadie se lo esperaba, allá por el año 1992. Se cree que Pessoa lo concibió en torno a 1925, año arriba año abajo. Así que echen cuentas: ya estaba para entonces un tanto talludito. Por su parte y según me cuentan, el Manual de Vian es una guía inacabada, ¡pero cualquiera lo diría! ¿Y en cuanto a lo de Queneau? Se fue publicando en periódicos hace unos ¾ de siglo: todo lo contrario de un libro, en consecuencia.
  4. Los tres tratan a su modo de tres lugares fascinantes* y de lo más bonito –también a su modo-: París; Saint-Germain-des-Prés, que no es París, pero está en París; y Lisboa, que ni es París ni está en París, pero tampoco le hace puñetera falta. Por otro lado, reparen en lo cansado que resultaría para los lisboetas darse un baño en la playa de Estoril si se la pusiéramos tan lejos.
  5. Igualmente a su manera, son tres guías de viajes. Pero tres guías muy peculiares, que, más que orientar, deberían servir al viajero para perderse por entre las nieblas espectrales de lugares que ya no existen pero que siguen muy vivos. Precisamente, como los fantasmas. (A punto he estado de incorporar aquí una conocida cita de Walter Benjamin al respecto, pero me parece que el tono falsamente lírico de este quinto punto habrá sido más que suficiente para provocar la náusea del sufrido y paciente lector. Me doy por satisfecho, pues).
  6. Mmmm… Esto…. Ejem… La cosa se complica porque empieza a hacer calorcillo y flojean las ganas de escribir, y además uno ya tiene una edad y se le va mermando el ingenio como un pulpo demasiado cocido (seguro que los más espabilados enseguida harán alguna asociación impertinente con la excusa de este último adjetivo) y… y… y… ¡Ah, demonios! El caso es que no se me ocurren más semejanzas y coincidencias, así que invito a ese lector tan pupas del parágrafo anterior a que profundice en los tres libros y me envíe una redacción con letra clara y a doble espacio sobre el tema “Queneau-Vian-Pessoa. ¿Por qué os quiero tanto?”. Por cada falta de ortografía, le descontaré medio punto.

miércoles, 29 de febrero de 2012

NOVEDAD. Primeros Materiales para una Teoría de la Jovencita

 
Traducción de Diego Luis Sanromán.

Este es un libro de amor. Habla sobre la imposibilidad del amor en nuestra estructura económica. ¿Qué significa esto?

El capitalismo no está ahí fuera: en el FMI, la OMC o el BCE. El capitalismo es una promesa de paraíso en la tierra, una idea de éxito y realización, un poder de fascinación.

Tiqqun le pone nombre y le da figura: la Jovencita. La Jovencita no es mujer ni hombre, sino una imagen, un modelo, un ideal. Eterna juventud, seducción ilimitada, placer indiferente, amor asegurado contra todo riesgo, control de las apariencias, cero defectos.

Impersonal, implacable, impecable, impermeable e imposible, la Jovencita se apodera de nuestra mirada, de nuestro deseo y de nuestro imaginario. Es una máquina de guerra. No se deja tocar y nunca pierde.

Tiqqun dibuja el campo de batalla: nos lo hace ver. De qué modo un bolso, un culo, una sonrisa, un perfume, unas botas o unos bíceps pueden ser armas en una guerra. Librada entre nosotros y en el interior de cada uno. Una guerra contra el azar y los encuentros sin garantías, la belleza y la sensualidad singulares, el tiempo de toda duración, la violencia del abandono y la entrega. Contra el amor verdadero.

Fragmento a fragmento, Tiqqun disecciona a la Jovencita. Sin piedad, porque hay que conjurar su poder de fascinación. El hechizo que nos hace ver la realidad repleta de arrugas, fracasos, peligros, grasas y ataduras. Brutalmente, porque el objetivo es desvelar la verdad que esconde su promesa de paraíso: vulgaridad, angustia y soledad.

Y al trasluz de la crítica, nos propone una nueva educación sentimental.

Esta edición incluye el texto «Hombres-máquina: modo de empleo», donde Tiqqun desarrolla el análisis del biopoder contemporáneo: la reducción de la vida humana a simple carne que vigilar y gestionar según parámetros estandarizados de belleza, salud o placer.

* BLOG DE ACUARELA LIBROS.

lunes, 21 de noviembre de 2011

ESPECIAL 5º ANIVERSARIO. Historia de diez años - Encyclopédie des Nuisances




"A pesar de esa descomposición objetiva del soporte material de la ilusión, la inquietud que corroe a la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos, y ante todo a esos falsos ricos que son los verdaderos ‘nuevos pobres’ (los que la inversión de la mentira oficial denomina así son, en cambio, los pobres de siempre), a los empleados del sistema que acceden a su falsa riqueza, esa inquietud no les impulsa de ninguna manera a la rebelión. Parece que, al contrario, les hace aferrarse todavía más desesperadamente a las realidades sintéticas distribuidas por la producción mercantil, como el neurótico se aferra a los síntomas de su enfermedad, sustitutos de una satisfacción que no ha tenido lugar. Muy generalmente, desde hace diez años hemos visto reforzarse las ligaduras que mantienen a los hombres amarrados a su desgracia; las cuales, aunque no llegaron a romperse en ninguna parte, se habían aflojado por un momento. Y al mismo tiempo hemos visto esa desgracia, la desgracia histórica de la alienación social, universalizarse hasta el punto de no quedar fuera de su alcance nada de lo que constituía en otro tiempo la vida inmediata, con sus limitadas satisfacciones. […]"


jueves, 29 de abril de 2010

SALE A LA CALLE INTERNAZIONALE SITUAZIONISTA


Llega a las librerias internazionale situazionista, los textos completos de la Sección Italiana de la IS. La traducción es culpa mía; la introducción, muy jugosa, obra de Miguel Amorós.



«Creo que no se ha escrito en Italia nada tan fuerte desde Maquiavelo.»

Guy Debord (1969)




"Aunque la Internacional Situacionista (IS) se fundó en Italia en 1957, no hubo en este país una sección estable de la organización hasta 1969. Para entonces todas las veleidades artísticas en la IS ya habían sido conjuradas. Si bien las teorías situacionistas habían empezado a difundirse años atrás en Italia —malamente, por cierto—, no fue hasta después del Mayo famoso cuando se constituyó en Milán un grupo que demostró ser el más indicado para desarrollar la tarea revolucionaria de la IS, por su visión de conjunto, su idea organizativa y sus capacidades teóricas. En un momento en el que la crítica de la vida cotidiana ocupaba el centro de la crítica social, las ideas situacionistas desplegaron toda su fuerza en Italia ofreciendo una visión lúcida y total de la nueva época. Fue un periodo en el que el malestar en la sociedad italiana estuvo apunto de desembocar en una insurrección generalizada, insurrección que fue liquidada por el trabajo complementario de los servicios secretos del Estado y de las fuerzas de izquierda.


Entre muchas otras cuestiones —como se verá en el libro— la IS italiana se mostró muy acertada a la hora de evaluar in situ lo que estaba ocurriendo con el terrorismo, desvelando para qué estaba siendo utilizado. Así mismo denunció con claridad el trabajo contrarrevolucionario de los llamados partidos comunistas y saludó el retorno de la Revolución Social, no sin antes anunciar los problemas inmediatos que esta tendría que solucionar.


Este libro reúne los textos completos de la sección italiana de la IS (1969-1972), traducidos por Diego L. Sanromán e introducidos por un informativo texto —una breve historia de la IS italiana— escrito por Miguel Amorós".

EDITORIAL PEPITAS DE CALABAZA

viernes, 29 de mayo de 2009

VOCES. 1909-2009: El Futurismo ya es historia.


El oscurantismo de lo nuevo - Mario Perniola


Se sabe que el gran escritor japonés Mori Ogai tradujo al japonés el Manifiesto del Futurismo de Marinetti, publicado en el periódico francés Le Figaro el 20 de febrero de 1909, pocas semanas después de su aparición. Menos conocido es, sin embargo, que en su versión utilizó raros caracteres chinos ya entonces caídos en desuso. De forma más o menos inconsciente, Ogai se atuvo a la estrategia de modernización adoptada por Japón en 1868, conforme a la cual ésta debía producirse a través de una yuxtaposición entre lo nuevo y lo viejo, sin que los dos términos opuestos entraran jamás en conflicto. Paradójicamente, un texto extremadamente iconoclasta y subversivo, que anticipa el estilo espectacular y violento de la publicidad y de la comunicación massmediática actual, quedaba transformado en algo cuya comprensión requería el conocimiento del pasado.

Este curioso episodio es muy significativo para nosotros, pues nos induce a reflexionar sobre la tendencia autodestructiva y devastadora asumida por la mentalidad occidental cuando comenzó a creer que lo nuevo es, por definición, mejor que lo viejo. Tal convicción, que hunde sus raíces en el Barroco y en su exaltación de lo maravilloso como precepto estético primario, encontró su culminación en el siglo XX, que fue el siglo futurista por excelencia. En un momento en el que la mayor parte del mundo se encuentra frente a la necesidad de modernizarse para no ser colonizado una vez más por Occidente, merece la pena poner en duda el prejuicio futurista según el cual la novedad, sólo porque lo es, resulta a priori superior a lo ya conocido y experimentado. No se trata, desde luego, de propugnar el tradicionalismo y el pasatismo, sino tan sólo de preguntarse cómo la versión perversa de la modernidad y del progreso, defendida por Marinetti con “violencia arrolladora e incendiaria” (según las palabras de su Manifiesto) pudo convertirse en hegemónica, relegando al baúl de las antiguallas y las reliquias no sólo el saber, sino incluso la coherencia y la lógica.

Conviene subrayar que esta degeneración no es, en absoluto, una consecuencia del pensamiento moderno. El Renacimiento fue, en todas sus manifestaciones, un retorno a la cultura antigua y de su concepción del mundo. También la Reforma se configuró como un retorno a las fuentes de la religiosidad. En cuanto a las revoluciones político-sociales por excelencia, la americana y la francesa, se iniciaron como restauraciones del “antiguo orden de cosas” contra los abusos del gobierno colonial inglés y contra el despotismo de la monarquía francesa. Marx exhortaba a no considerar a Hegel como un “perro muerto” y el psicoanálisis se basaba en los mitos de la antigua Grecia. Incluso Guy Debord, que pasa por ser uno de los más radicales inspiradores de la rebelión estudiantil del sesenta y ocho, se empapó de cultura clásica y jamás, ni en su vida ni en sus escritos, renegó del “gran estilo” de los antiguos y del impulsor de la Fronda, el cardenal de Retz.

El futurismo fue una forma de oscurantismo en su más alto grado de agresividad, que contagió durante todo el siglo XX a todos los movimientos de masas y extravió a no pocos líderes políticos. Yo diría que su herencia se manifiesta hoy, sobre todo, en la anti-política del “¡Qué-os-jodan!”, que constituye un fenómeno muy diferente del populismo, el cualunquismo o el multitudinismo, y que conecta más con la burbuja futurista que deriva del uso aberrante de Internet que con cualquier tipo de ideología. Frente al neo-futurismo de los “cabreados en pijama”, todavía resulta preferible el no future del movimiento punk.