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jueves, 27 de diciembre de 2007

PEQUEÑA FILMOTECA PORTÁTIL. Ubiitsy: Hemingway en el País de los Soviets

Título: Ubiitsy (Los asesinos). Año de Producción: 1956. Dirección: Marika Beiku, Alexandr Gordon y Andrei Tarkovsky. Guión: Alexandr Gordon y Andrei Tarkovsky (basado en un cuento de Ernst Hemingway). Fotografía: Alfredo Álvarez y Alexandr Rybin. Reparto: Yuli Fait (Nick Adams), Alexandr Gordon (George), Valentin Vinogradov (Al), Vadim Novikov (Max), Yuri Dubrovin (Primer Cliente), Andrei Tarkovsky (Segundo Cliente) y Vasili Shukshin (Ole Andreson). Duración: 19 Min.


1956 es el año en que Khrushchev presenta su Informe Secreto ante el Congreso del PCUS. Se diría que la jerarquía del régimen quiere echar las últimas paladas de tierra sobre el cadáver del Padrecito Stalin y clausurar el Culto a la Personalidad que ha dirigido los destinos de Partido y del Estado Soviético hasta esos momentos. A poca distancia de donde Krhuschev salda cuentas con los horrores del pasado inmediato se encuentra el que, tiempo más tarde, será conocido como Instituto Gerasimov (el VGIK, en sus siglas vernáculas), el centro de educación cinematográfica más antiguo del mundo, y en el Instituto, algunos de los cineastas soviéticos que descollarán en las décadas venideras. Entre ellos, un joven de 24 años procedente de la región de Kostroma que lleva por nombre el de Andrei Arsenyevich Tarkovsky.

Pocas semanas después de que el Primer Secretario haya leído su ponencia ante los delegados del Partido, Mijail Romm, de quien Tarkovsky es pupilo durante el curso, propone un ejercicio práctico a sus alumnos. Se trata de rodar una historia basada en algún hecho dramático, con un puñado menudo de actores y en unos pocos escenarios de interior. La economía de medios es un reto para los estudiantes, pero antes que nada deriva de la escasez de recursos con los que cuenta el VGIK. No hay lugar para la proverbial egolatría del cineasta, y los trabajos de dirección han de repartirse entre dos o tres estudiantes. Takovsky se empareja con Alexander Gordon, un buen camarada que, poco después, habría de convertirse en su cuñado, y ambos completan el triángulo con Marika Beiku, al parecer por el sólo motivo de que era una muchacha agradable y de trato fácil.


Formado el triunvirato, sólo quedaba elegir una historia que se acomodase a las restricciones establecidas por Romm, y Tarkovsky recurre a un breve texto de un autor algo alejado de las tradiciones narrativas rusas, pero en modo alguno desconocido en la Unión Soviética. De hecho, Hemingway había disfrutado, durante la segunda mitad de la década de los treinta, de un amplio reconocimiento entre los lectores rusos que, poco a poco, como consecuencia de las dos Guerras -la Caliente del 39-45, y la Fría, que le seguiría después-, había ido diluyéndose. Se ve que el deshielo que sucedió a la muerte de Stalin afectó también a la cosa artística y Hem volvía a ser leído entre una juventud atraída por las novedades exóticas. El relato escogido fue, por cierto, una de las mejores piezas breves del escritor: The Killers, que la revista Scribner’s Magazine había publicado en el año 1927 y que después fue incluido en el volumen Men without Women.

El cuento, mil veces glosado, es uno de los ejemplos más conseguidos del estilo elíptico y antirretórico de Hemingway. Dos hombres entran en un café de un pueblecito de Wisconsin. Quedan pocos minutos para la hora de la cena y vienen a matar a un tal Ole Andreson ‘El Sueco’. El Sueco renuncia a huir. Period: eso es todo. Así que media docena de actores –la mayoría con escaso relieve y poco texto- y apenas un par de decorados bastaban para poner en escena el relato y para que las exigencias formales de Romm quedaran satisfechas. Además el texto original ya estaba en cierto modo estructurado como un guión cinematográfico; era suficiente con añadir Interior – Café – Noche en el encabezamiento de algunos párrafos y asunto arreglado.



Algunos comentarios sobre la película han querido, sin embargo, ver al Tarkovsky maduro agazapado entre los fotogramas de este corto primerizo. La elección de The Killers es, por ejemplo, para Ricardo Bedoya, “un modo de afirmación particular” de la personalidad del cineasta y Ubiitsy, algo así como un embrión de Nostalgia. Será que uno anda ya un tanto miope y que ha perdido finura de olfato, pero a mí me cuesta un tanto seguir el rastro que va de la una a la otra y reconocer en la primera la panoplia temática y los estilemas del Tarkovsky adulto. Esto son sólo carencias propias, claro está, aunque tengo la sospecha de que una lectura retrospectiva semejante se excede en su celo por salvar la genialidad del cineasta y descuida cuestiones fundamentales: verbigracia, que se trata de un trabajo escolar, que la dirección de las escenas se repartió entre Gordon, Beiku y Tarkovsky –por más que la figura de éste fuera la preponderante-, que el ‘equipo técnico’ contaba con una libertad de acción que no es propia de ‘trabajos profesionales’, etc. La propuesta de Romm y el texto de Hemingway eran, en todo caso, una ocasión ideal para tratar de controlar el espacio escénico y, en especial, el tiempo cinematográfico: veinte minutos son los que quedan para que llegue la hora de la cena y veinte minutos los que dura el metraje de la película; la pared del cuarto de El Sueco está decorada con las manchas de ceniza de los cigarrillos que va encadenando mientras espera su ejecución…
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NOTA: La película puede encontrarse en Youtube dividida en dos partes, pero la calidad de la versión es tan mala que os recomiendo que la descarguéis desde uno los muchos lugares en la Red en los que está disponible. Por ejemplo, AQUÍ.
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jueves, 25 de octubre de 2007

RESIDUA. WELLES, BRESSON, TARKOVSKY...

Lo reconozco. La palabra ‘genio’ me incomoda. Es un término tremebundo, imposible de aplicar con propiedad. No estoy seguro tampoco de que el viejo Borges no tuviese razón cuando afirmaba aquello de que las obras maestras son fruto de la casualidad o del error. Ni siquiera estoy cierto de acertar con la cita. Así que ahí va otra: ‘Deus quer / O homem sonha / A obra nasce’ (otra vez Pessoa). Elimine o sustitúyase el primero de los términos a conveniencia; los más posmodernos pueden incluso liberarse del segundo.

En fin, una breve ristra de bobadas pseudo-eruditas para presentar el retal fílmico que puede verse más abajo. El señor que filmó el travelling con grúa más enrevesado de la historia del cine, el caballero que depuró la imagen cinematográfica hasta hacerla tan densa que reventaba el plano y el jovencito que fue capaz de concentrar toda la desolación en una puerta que se agita sobre un páramo arrasado por la guerra juntos sobre un escenario en una ciudad del sur de Francia. Es todo.


- ANTES EN RESIDUA.