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jueves, 30 de octubre de 2014

EL HORROR de Neoamérica. Lovecraft político.






The oldest and strongest emotion of mankind is fear,
and the oldest and strongest kind of fear
is fear of the unknown.


Convendría empezar por preguntarse si debemos tomarnos en serio la “obra política” de Howard Phillips Lovecraft, o antes incluso si existe algo así como una obra política lovecraftiana. A nadie se le escapa que Lovecraft no es conocido como ensayista político, ni siquiera como un ensayista sin más adjetivos. Según se nos ha dicho, Lovecraft era un escritor de ficción, y lo que es más, un escritor especializado en un subgénero literario muy concreto: la fantaciencia y el terror. Sin embargo, me atrevo a afirmar que en efecto existe un pensamiento político en el autor de El horror de Dunwich y que además existen razones para dedicarle algo de tiempo y de interés. Se podría apelar, en primer lugar, a la simple curiosidad –por no decir voracidad- que empuja al fan a querer saberlo absolutamente todo del objeto de su veneración. Pero no es este el motivo más decoroso, ni más digno ni de mayor peso. Cabría, por otro lado, plantearse la pertinencia de la lectura en clave política de algunos de los relatos más conocidos del autor, y a este respecto basta con pensar en textos como El horror de Red Hook, Él, La sombra sobre Innsmouth, El color que cayó del cielo o algunos otros. Ya se ha hecho y tampoco estaría de más, pero no va a ser lo que aquí nos ocupe. Aquí vamos a centrarnos en el Lovecraft directa y conscientemente político, aquel que se interesa por la cosa pública sin protegerse tras el parapeto de la literatura de ficción.

A la manera de los estudiosos de Aristóteles, podríamos establecer una distinción entre un Lovecraft exotérico y otro esotérico, y sin duda nos llevaríamos una buena sorpresa. Primero, porque ese Lovecraft que se daba a un público desconocido –que jamás fue, no nos engañemos, el gran público- comenzó publicando ensayo y no ficción: según algunas estimaciones fiables, entre 1915 y 1925, Lovecraft dio a la imprenta alrededor de cien artículos sobre cuestiones relacionadas con la astronomía y también –cosa curiosa- con la política. En lo que respecta al Lovecraft esotérico, ese que escribió más de cien mil cartas, algunas tan extensas o más que el más extenso de sus relatos, llama en particular la atención el interés recurrente por los asuntos de orden político, lo muy elaborado de sus argumentos al respecto y lo bien informado que estaba sobre la situación de la política interna de su país o sobre la de las fuerzas en disputa en el damero internacional de la época. Por otro lado, esta distribución biblioteconómica dual se viene abajo si partimos de la concepción aristocrática que el propio Lovecraft tenía de la escritura. Desde su punto de vista, ha de escribirse por el simple placer estético que puede producir la escritura, y en todo caso para aquellos pocos amigos que están a nuestra misma altura espiritual. Lovecraft no fue nunca, según esto, un escritor, sino un caballero que escribía y que jamás se preocupó por las pequeñeces del mundo editorial o por lo que sus textos pudieran reportarle. Que su obra llegase al mercado era algo que le traía sin cuidado porque el mercantilismo le repugnaba.

Con lo anterior queremos señalar que tal vez debería borrarse esa frontera que separa la escritura destinada a la divulgación masiva de aquella otra que tiene como destinatario a una sola persona o a un grupo reducido de conocidos y que, en consecuencia, en el caso de Lovecraft habría que otorgar un valor similar a sus relatos de horror y a las opiniones, por lo general muy elaboradas, que vierte en sus artículos para la prensa aficionada del momento o bien en su abundantísima correspondencia. Tanto en un caso como en el otro, la audiencia estaba compuesta por una reducida comunidad de pequeños intelectuales continuamente interconectados y más o menos afines, o si se prefiere, por una red analógica de corresponsales que, salvando las distancias, recuerda mucho a las redes sociales digitales de nuestros días. Esto significa que, desde el punto de vista de Lovecraft, lo uno tenía tanta importancia como lo otro. Pero es que además existe un vínculo de raíz más profunda entre el Lovecraft autor de cuentos fantásticos y el Lovecraft ensayista político: la abyección y el miedo. El miedo es el sentimiento primigenio que el relato de horror trata de explotar, pero también constituye la fuente nutricia de la pasión política que mueve al reaccionario. Terror ante lo desconocido y asco provocado por la confusión ontológica y social, esa es la clave.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

NOVEDADES. Quimera Nº 371: octubre de 2014.



SUMARIO
El salón de los espejos
Entrevista a Alberto Olmos, por Daniel López García
Entrevista a Tim Powers, por Adrià Guxens
El cielo raso
Dossier: H. P. Lovecraft
(Coordinador: Iván Humanes
Ilustraciones: Miquel Rof ©)
Iván Humanes: Entrevista a José Antonio Molina Foix
Raúl Herrero: Vida y hazañas del caballero Lovecraft
Roger Ferrer Ventosa: El caos acecha en los abismos siderales
Manel Calderón: La geografía y el mundo de Lovecraft
Diego Luis Sanromán: El horror de Neoamérica. Lovecraft político
Salvador Alario Bataller: El Necronomicón
José Óscar López: Cthulhu, llamadas perdidas que insisten
La vida breve
Setenta días de lluvia, relato inédito de Marina Perezagua
Los pescadores de perlas
Microrrelatos inéditos de Mar Horno
El castillo de Barba Azul
Poemas inéditos de Aitor Francos
La voz humana
Entrevista a Carmen Resino, por Ana Gorría
Einstein on the Beach
Jesús Alacid: Agustín Gómez-Arcos: un escritor intercultural
El ambigú
Gemma Pellicer: Autopsia de Miguel Serrano Larraz
José Antonio Vila: Lento proceso de José Luis Cancho
Ana Prieto Nadal: Lolito de Ben Brooks
Rubén Castillo Gallego: Hablar durante las comidas de Pascual García
Ricardo Martínez Llorca: Voy de Gabi Martínez
Lola Nieto: Carcaj : Vislumbres de Mercedes Roffé
Almoraima González: Nocturno casi de Lorenzo Oliván
José Ángel Cilleruelo: Vomit. Antología de poesía joven norteamericana de
Luna Miguel (Ed.)
El pianista
Librería Black Mask
El tercer acto
Andrade a destiempo, de Martín López-Vega
Literatura en Lanzarote, de Eduardo Moga
Cuento español actual, de Julia Otxoa