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domingo, 1 de agosto de 2021

Clémenti: el placer de la fascinación. Entrevista con David Deu

 Hace algo más de cinco años traduje y prologué para la editorial Pepitas de Calabaza Algunos mensajes personales, la memorias carcelarias del actor y director francés Pierre Clémenti. En noviembre de 2019, David Deu se puso en contacto conmigo para poner en marcha una entrevista en la que hablásemos del libro y de su autor. La idea era publicar después el diálogo en El serrucho, una revista en papel cuyo contenido –según me dijo- eran “entrevistas que había ido haciendo por Europa y Estados Unidos”. El texto que puede leerse a continuación es el resultado de ese encuentro, que finalmente tuvo lugar a finales de ese mismo año. El serrucho será pronto un objeto tangible, pero entretanto para nosotros es un auténtico honor poder mostrar en Óxido lento lo que nos preguntamos y lo que intentamos respondernos sobre una figura que tanto a David como a mí nos resulta fascinante.





DAVID DEU CARULLA: Dime, ¿qué relación tienes con la familia Clémenti? ¿Cómo nace el contacto, la corrección y su posterior publicación en Pepitas?

DIEGO LUIS SANROMÁN: En realidad, no tengo ningún contacto con la familia Clémenti. O, en todo caso, no lo tenía antes de que nos decidiéramos a publicar Algunos mensajes personales en castellano. Después, durante el proceso de edición, el contacto se limitó a unos cuantos mensajes cruzados con Balthazar, el hijo de Pierre, a través de las redes o del correo electrónico, y poco más. En mayo de 2018, la Cineteca de Madrid homenajeó a Clémenti proyectando tres de sus películas como director. Estaba previsto que Balthazar y yo mantuviéramos un coloquio después de la proyección, pero él sufrió una lesión justo el día anterior y no pudo viajar desde París, así que la ocasión de conocernos personalmente quedó frustrada.


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martes, 12 de mayo de 2020

EL MIEDO: Postales para un álbum

Portada-El-miedo-XLIII.png


“O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
 que chega a fingir que é dor
 a dor que deveras sente”

RDF me invita a escribir algo para el  monográfico de Excodra dedicado al miedo y ya de entrada la propuesta me produce pánico. Me pasa siempre. Por un lado, es temor a la infertilidad, al “silencio eterno del espacio infinito” de la página en blanco y a que las voces que continuamente me rondan la cabeza callen justo en el momento en que comparezco ante el teclado. Luego está el pavor anticipatorio ante las indudables deformidades que aquejarán al texto en gestación,  la certeza de que una vez lo haya parido me producirá tanto asco como al protagonista de Eraserhead le producía el fruto de su propia semilla. Escribir es sin duda un juego insensato y, aunque no lo parezca, el tiempo es poco propicio para juegos y para insensateces.  

Mi primera intención, no obstante, es ceder a una inclinación natural en mí. Si la cosa va de miedo, lo suyo sería escribir un cuento de miedo, está claro. Lo he hecho otras veces. Quizá sea uno de los pocos palos literarios en los que pueda demostrar cierta soltura. Un relato de miedo que no lo parezca, oscuro, absurdo, atravesado por un humor cruel y delirante. Al fin y al cabo es lo mío, cuando lo intento y me sale. La situación está preñada de posibilidades, ¿no te das cuenta? –me digo-. El poeta es un fingidor, así que ¡finge, cabrón, finge! ¿No era Lobo Antunes, otro portugués, el que decía que para un escritor toda experiencia es material literario, y fundamental y casi exclusivamente eso? Tal vez, pero ahora se me antoja que la experiencia del miedo, si es algo, es paralizante y castradora, y que difícilmente puede convertirse en catalizadora inmediata del proceso de escritura. No invita a la locuacidad, el miedo.

El encierro, por cierto, me pilla en plena lectura de la biografía de Roland Barthes escrita por Tiphaine Samoyault[1]. Las últimas páginas del libro recogen, como es obvio, los últimos años de la vida de Barthes y hacen referencia a su proyecto, nunca llevado a cabo, de escribir una novela. Conforme al proyecto original, la novela debía ser una obra monumental al menos en un doble sentido: primero, porque Barthes entendía por novela una obra al estilo de En busca del tiempo perdido o de Guerra y paz, “a la vez cosmogonía, obra iniciática y suma de sabiduría”; y en segundo lugar, porque él la imaginaba ligada como por un cordón umbilical invisible a la figura de su madre, fallecida poco antes, y en cuya memoria deseaba construir una especie de monumento fúnebre literario. 

LEER COMPLETO EN
 Excodra Editorial (excodra) en Pinterest


[1] Recuerdo que compré el libro en el verano de 2015 en La Machine à Lire de Burdeos, una de mis librerías más queridas. En 2015 se cumplía el centenario de quien había decretado “la muerte del autor”, como otros antes habían levantado acta de la muerte de Dios o de la muerte del hombre. Ahora temo no poder volver a Burdeos o que La Machine à Lire desaparezca, o ambas cosas.

sábado, 18 de marzo de 2017

ENTREVISTA sobre la Filosofía para Entre Estudiantes.





Con la LOMCE, la Filosofía ha sido una de las titulaciones más perseguidas, ¿qué futuro crees que depara a estos estudios?
García Calvo decía que el Futuro es de Ellos, del Dinero: es la Muerte. Y en cierto modo, como la Muerte, ya está escrito. Pero por ceñirme a lo que me preguntas, el porvenir de la filosofía en los actuales planes de estudio, y no solo el suyo, se encuentra en una situación de indefinición e incertidumbre. Nadie tiene muy claro lo que ocurrirá tras la paralización de la LOMCE, aunque si tomamos como criterio la deriva que ha sufrido la materia en los últimos tiempos, cabe esperar que no salga muy bien parada. No obstante, más fácil que hacer pronósticos, es señalar lo que ya está ocurriendo. La Filosofía ha quedado muy demediada en el Bachillerato y prácticamente ha desaparecido de la ESO. Tras la implantación de la asignatura de Valores Éticos en esta etapa, los departamentos de Filosofía se han convertido en departamentos subsidiarios del de Religión. De esta suerte, la filosofía queda convertida una vez más en “sierva de la teología”. 

¿En qué medida pueden los filósofos ayudar a mejorar la sociedad?
Difícil decirlo. “Mejorar la sociedad” es una expresión que me produce casi tanto recelo como la palabra “futuro”. En cualquier caso, yo diría que el ejercicio de la filosofía –y no necesariamente los filósofos- puede y debe contribuir a volvernos más lúcidos, menos manipulables. Hasta qué punto algo así puede redundar en beneficio de una “sociedad bien ordenada”, depende en buena medida de qué concepto se tenga de “buen orden”. Acuérdate de la hormiguita aquella de la película Antz: un excesivo cuestionamiento de su condición de obrera acababa por poner patas arriba todo el hormiguero.  

jueves, 6 de noviembre de 2014

NOVEDADES. Zodaxa nº 2.




http://www.edicionesinnisfree.com/#!revista-zodaxa/c1q2r



ÍNDICE


-         Mi anarquismo individualista, por Raymond Román Maugé.
-         Declaraciones de Georges Étiévant (Introducción y traducción de Diego Luis Sanromán).
-         Encomio de la desnudez, por Gabi Romano.
-         LDF, entrevista a fondo, por Oliverio.
-         El Ángel Negro de Paterson, por Pedro Arturo Aguirre.
-         El Manifiesto de la Anarquía, por Anselme Bellegarrigue.
-         El falso principio de nuestra educación, por Max Stirner.
-         Oneida, por Émile Armand.
-         Desafío cinematográfico: el cine libertario, producción durante la guerra civil, por Reme M. Gisbert.

jueves, 30 de octubre de 2014

EL HORROR de Neoamérica. Lovecraft político.






The oldest and strongest emotion of mankind is fear,
and the oldest and strongest kind of fear
is fear of the unknown.


Convendría empezar por preguntarse si debemos tomarnos en serio la “obra política” de Howard Phillips Lovecraft, o antes incluso si existe algo así como una obra política lovecraftiana. A nadie se le escapa que Lovecraft no es conocido como ensayista político, ni siquiera como un ensayista sin más adjetivos. Según se nos ha dicho, Lovecraft era un escritor de ficción, y lo que es más, un escritor especializado en un subgénero literario muy concreto: la fantaciencia y el terror. Sin embargo, me atrevo a afirmar que en efecto existe un pensamiento político en el autor de El horror de Dunwich y que además existen razones para dedicarle algo de tiempo y de interés. Se podría apelar, en primer lugar, a la simple curiosidad –por no decir voracidad- que empuja al fan a querer saberlo absolutamente todo del objeto de su veneración. Pero no es este el motivo más decoroso, ni más digno ni de mayor peso. Cabría, por otro lado, plantearse la pertinencia de la lectura en clave política de algunos de los relatos más conocidos del autor, y a este respecto basta con pensar en textos como El horror de Red Hook, Él, La sombra sobre Innsmouth, El color que cayó del cielo o algunos otros. Ya se ha hecho y tampoco estaría de más, pero no va a ser lo que aquí nos ocupe. Aquí vamos a centrarnos en el Lovecraft directa y conscientemente político, aquel que se interesa por la cosa pública sin protegerse tras el parapeto de la literatura de ficción.

A la manera de los estudiosos de Aristóteles, podríamos establecer una distinción entre un Lovecraft exotérico y otro esotérico, y sin duda nos llevaríamos una buena sorpresa. Primero, porque ese Lovecraft que se daba a un público desconocido –que jamás fue, no nos engañemos, el gran público- comenzó publicando ensayo y no ficción: según algunas estimaciones fiables, entre 1915 y 1925, Lovecraft dio a la imprenta alrededor de cien artículos sobre cuestiones relacionadas con la astronomía y también –cosa curiosa- con la política. En lo que respecta al Lovecraft esotérico, ese que escribió más de cien mil cartas, algunas tan extensas o más que el más extenso de sus relatos, llama en particular la atención el interés recurrente por los asuntos de orden político, lo muy elaborado de sus argumentos al respecto y lo bien informado que estaba sobre la situación de la política interna de su país o sobre la de las fuerzas en disputa en el damero internacional de la época. Por otro lado, esta distribución biblioteconómica dual se viene abajo si partimos de la concepción aristocrática que el propio Lovecraft tenía de la escritura. Desde su punto de vista, ha de escribirse por el simple placer estético que puede producir la escritura, y en todo caso para aquellos pocos amigos que están a nuestra misma altura espiritual. Lovecraft no fue nunca, según esto, un escritor, sino un caballero que escribía y que jamás se preocupó por las pequeñeces del mundo editorial o por lo que sus textos pudieran reportarle. Que su obra llegase al mercado era algo que le traía sin cuidado porque el mercantilismo le repugnaba.

Con lo anterior queremos señalar que tal vez debería borrarse esa frontera que separa la escritura destinada a la divulgación masiva de aquella otra que tiene como destinatario a una sola persona o a un grupo reducido de conocidos y que, en consecuencia, en el caso de Lovecraft habría que otorgar un valor similar a sus relatos de horror y a las opiniones, por lo general muy elaboradas, que vierte en sus artículos para la prensa aficionada del momento o bien en su abundantísima correspondencia. Tanto en un caso como en el otro, la audiencia estaba compuesta por una reducida comunidad de pequeños intelectuales continuamente interconectados y más o menos afines, o si se prefiere, por una red analógica de corresponsales que, salvando las distancias, recuerda mucho a las redes sociales digitales de nuestros días. Esto significa que, desde el punto de vista de Lovecraft, lo uno tenía tanta importancia como lo otro. Pero es que además existe un vínculo de raíz más profunda entre el Lovecraft autor de cuentos fantásticos y el Lovecraft ensayista político: la abyección y el miedo. El miedo es el sentimiento primigenio que el relato de horror trata de explotar, pero también constituye la fuente nutricia de la pasión política que mueve al reaccionario. Terror ante lo desconocido y asco provocado por la confusión ontológica y social, esa es la clave.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

NOVEDADES. Quimera Nº 371: octubre de 2014.



SUMARIO
El salón de los espejos
Entrevista a Alberto Olmos, por Daniel López García
Entrevista a Tim Powers, por Adrià Guxens
El cielo raso
Dossier: H. P. Lovecraft
(Coordinador: Iván Humanes
Ilustraciones: Miquel Rof ©)
Iván Humanes: Entrevista a José Antonio Molina Foix
Raúl Herrero: Vida y hazañas del caballero Lovecraft
Roger Ferrer Ventosa: El caos acecha en los abismos siderales
Manel Calderón: La geografía y el mundo de Lovecraft
Diego Luis Sanromán: El horror de Neoamérica. Lovecraft político
Salvador Alario Bataller: El Necronomicón
José Óscar López: Cthulhu, llamadas perdidas que insisten
La vida breve
Setenta días de lluvia, relato inédito de Marina Perezagua
Los pescadores de perlas
Microrrelatos inéditos de Mar Horno
El castillo de Barba Azul
Poemas inéditos de Aitor Francos
La voz humana
Entrevista a Carmen Resino, por Ana Gorría
Einstein on the Beach
Jesús Alacid: Agustín Gómez-Arcos: un escritor intercultural
El ambigú
Gemma Pellicer: Autopsia de Miguel Serrano Larraz
José Antonio Vila: Lento proceso de José Luis Cancho
Ana Prieto Nadal: Lolito de Ben Brooks
Rubén Castillo Gallego: Hablar durante las comidas de Pascual García
Ricardo Martínez Llorca: Voy de Gabi Martínez
Lola Nieto: Carcaj : Vislumbres de Mercedes Roffé
Almoraima González: Nocturno casi de Lorenzo Oliván
José Ángel Cilleruelo: Vomit. Antología de poesía joven norteamericana de
Luna Miguel (Ed.)
El pianista
Librería Black Mask
El tercer acto
Andrade a destiempo, de Martín López-Vega
Literatura en Lanzarote, de Eduardo Moga
Cuento español actual, de Julia Otxoa





viernes, 28 de marzo de 2014

NOVEDADES. Zodaxa





¡ANARQUÍA AHORA!
En torno a la vida y el pensamiento de Albert Libertad



¡Para incitar a muchos a apartarse del rebaño,
para eso he venido! Pueblos y
rebaños se enfadarán conmigo, me gruñirán.

Friedrich Nietzsche, Así habló Zarathustra


Antes de caer en un prolongado olvido, Albert Libertad tuvo que sufrir aún en vida el calvario de la maledicencia. Su antiguo camarada Paraf-Javal habría de denunciarlo como un falso anarquista; el zapatero Jean Grave dirá de él que era un caso agudo de adicción al sexo y hará correr la voz de que se trataba en realidad de un soplón al servicio de la policía; y, en fin, el periodista Henri Rochefort sentenciará con rotundidad que “a nadie le cabía duda de su condición de agente provocador”[1]. Lo cierto es que Libertad se lo había ganado a pulso por bocazas y pisacallos, por mostrarse tan irrespetuoso con todo el mundo y, para empezar, con aquellos que sin demasiados escrúpulos habían decidido autoproclamarse representantes del movimiento revolucionario. Después de su muerte vendrá, sin embargo, algo peor: el silencio. A excepción de algunos folletitos publicados en exiguas tiradas, de Libertad apenas vuelve a saberse nada hasta que el anarco-situacionista Roger Langlois intente rescatarlo allá por el año 1976 para la entonces joven editorial Galilée. Luego otro fundido a negro, que durará casi hasta el día de hoy.



[1] Jean Grave, Quarante ans de propagande anarchiste, Flammarion, París, 1983, p. 387.

viernes, 10 de enero de 2014

"Ha llegado la hora", dijo la morsa






A Julián Lacalle, que propició el salto

De entrada confieso que me cuesta escribir sobre el oficio de traductor porque tengo la impresión de ser un traductor de tipo intuitivo, que traduce de oído, por decirlo de algún modo. No soy filólogo, apenas tengo formación académica en materia de traducción, buena parte de las lenguas que hablo, leo y/o traduzco las he aprendido siguiendo un programa pedagógico propio, caótico y caprichoso, más guiado e impulsado por el deseo que por la disciplina, e impuesto por mis propios ritmos y apetencias. Si la poco esclarecedora distinción entre el mainstream y el underground puede aplicarse también al ámbito de la traducción literaria, yo reivindico mi gozosa condición subterránea. Aun a riesgo de poner en peligro futuros contratos editoriales.

Si como dice el tópico, un editor es un escritor frustrado, me atrevería a afirmar que un traductor tiene algo de escritor asustado. O cuando menos este traductor que les habla tiene un tanto de escritor asustado. ¿Pero asustado de qué, por qué o por quién? La respuesta resultará una obviedad para quienes alguna vez hayan intentado juntar palabras sin pértiga ni red: asustado por el silencio y por la presencia fantasmal de la página en blanco. Lo cual me trae a la memoria la última escena de la última novela de mi adorado John Fante, Dreams from Bunker Hill. Su protagonista, aspirante a escritor, vuelve de enfrentarse al mundo. Quería ser como Sherwood Anderson, como Hemingway, como Dostoievsky. Aspiraba a la riqueza y a la fama, y a lo más que ha llegado es a corrector y guionista de cine, oficios sin lustre, de puta literaria. Ahora está de nuevo en su viejo cuartucho de hotel, frente a una máquina de escribir silenciosa, sin un pavo y aterrado. Invoca al Dios de sus padres y hasta al mismísimo Knut Hamsun: “por favor, por favor –implora-. No me abandonéis ahora”. La máquina emite al fin un dulce claclaclac y sobre el blanco del papel aparece como por ensalmo un puñado de caracteres en negro. Es una de las estrofas centrales de La Morsa y el Carpintero de Lewis Carroll. “No es mío –se dice el escritor- pero ¡qué demonios!, un hombre tiene que empezar por algún lado”. También Cortazar recomendaba la traducción como analgésico contra el bloqueo: si te atascas con lo tuyo –proponía-, traduce.

sábado, 7 de agosto de 2010

LIBROS CONTADOS. 'Documents': un laboratorio de Surrealismo Etnográfico


Documents, réédition intégrale de la revue, deux tomes, éd. Jean-Michel Place, Paris, 1991. Pueden descargarse los dos volúmenes íntegros desde AQUÍ.


La revista Documents nace a comienzos del año 1929 del encuentro más o menos casual entre Pierre d’Espezel y Georges Bataille, a la sazón empleados en el Cabinet des médailles de la Biblioteca Nacional de Francia, y gracias al apoyo económico del marchante de arte Georges Wildenstein, amigo y editor del primero. Por entonces, son muy pocos los que saben de la identidad real del enigmático Lord Auch que firma Historia del ojo [1], y Bataille es conocido sobre todo como un joven y prometedor numismático [2]. La publicación le servirá, sin embargo, como plataforma colectiva y como laboratorio en el que experimentar y dar forma literaria a las obsesiones que marcarán toda su obra posterior.

Más de treinta años después, Michel Leiris, amigo de Bataille y también colaborador habitual de la revista, rememorará el carácter ecléctico de su equipo de redacción: “sus colaboradores –señala- procedían de los horizontes más diversos”, aunque en su mayoría, “eran tránsfugas del surrealismo reunidos en torno a Bataille”. Unos –añade- estaban animados por un “espíritu abiertamente conservador, en tanto los otros se las ingeniaban para utilizar la revista como una máquina de guerra contra las ideas recibidas” [3]. Encuentro casual, pues, entre dos numismáticos, uno de ellos más que atípico, y encuentro insospechado también entre quienes aspiran a dar una nueva orientación a las nuevas ciencias del hombre y, más en concreto, a la investigación etnográfica (Schaeffner, Griaule, Rivière, Rivet) y quienes se alzan en franca rebelión contra las corrientes intelectuales y artísticas del momento, surrealismo incluido (Bataille, Leiris, Desnos, Queneau, etc.). La divergencia entre los intereses de unos y otros determinará finalmente la corta vida de Documents [4].

Con todo, también se daban convergencias, también existía un espacio compartido en el que la crítica podía hacerse en común, aunque desde distintas perspectivas. Uno de los puntos de encuentro lo señala James Clifford en su ensayo On Ethnographic Surrealism: la etnografía –afirma aquí- “tiene en común con el surrealismo el abandono de la distinción entre lo alto y lo bajo de la cultura”. Pero hay algo más, como apunta Hollier en la introducción a la colección completa de la revista: la crítica de la mercancía, que sirve de “marco al efímero frente común de los etnógrafos y los surrealistas disidentes” y constituye, “lo que dure su frágil existencia, la especificidad de Documents”. Si bien el nombre de Marx no aparece mencionado ni una sola vez en la revista, la reflexión sobre el museo que los etnólogos desarrollan en ella sigue bastante de cerca la oposición entre valor de uso y valor de cambio que aquél establece, al comienzo de El Capital, con ocasión del análisis de la mercancía. Y lo propio puede decirse de ese sector de las vanguardias artísticas radicalmente crítico con el formalismo e impulsado por cierto retorno al primitivismo del valor de uso.



¿Por qué, entonces, Documents? ¿Por qué un título tan aséptico y neutro para una revista que se quiere rupturista y combativa? En principio, es posible que se impusieran consideraciones de orden gremial: al fin y al cabo, Bataille se había licenciado en la École des chartes y d’Espezel era un museólogo preocupado por los pormenores de su especialidad. Pero el nombre tiene también sus connotaciones polémicas: un documento, después de todo, es un objeto desprovisto o despojado de valor artístico, y Documents tiene como plataforma compartida una oposición al punto de vista estético. Una cruzada, esta última, en la que etnógrafos como Georges Henri Rivière o Paul Rivel ocupan la primera línea. “De la misma manera –escribe Hollier- que el psicoanalista debe prestar igual atención a todo, de la misma manera que el surrealista que escribe bajo dictado automático debe permitir que todo pase, así también el recopilador antropológico debe retenerlo todo. No privilegiar jamás un objeto porque éste sea “bello”, no excluir otro porque parezca insignificante o repugnante, o informe”.

El phatos que anima el ‘bajo materialismo’ de Bataille y sus conjurados tiene un sentido en cierta medida idéntico. Entre los treinta y seis textos publicados en la revista que llevan su nombre, apenas hay alguno en el que Bataille no aproveche para poner en solfa lo que los ‘occidentales’, los ‘modernos’, tienen por ‘poético’. La estética y la ciencia –o cuando menos, las concepciones hegemónicas de lo estético y lo científico- reciben buena parte de sus andanadas. “Es evidente que en principio ya nadie observa lo que se le muestra como la revelación de un estado de cosas violento en el que se halla envuelto. Esa manera de ver infantil o salvaje ha sido sustituida por una manera de ver científica que permite considerar una chimenea de fábrica […] como una abstracción” [5]. Huelga decir que es, precisamente “esa manera de ver infantil o salvaje” la que de verdad atrae a Bataille. Una atracción que, por descontado, no es compartida por todos los miembros del equipo de redacción. D’Espezel, por ejemplo, enseguida le echa en cara que la revista se haya convertido en una serie de Documentos sobre su propio estado de ánimo. Y el sector de los etnólogos, el hecho de que Bataille privilegie lo irritante y heteróclito, lo monstruoso en suma, por considerarlo estéticamente feo; mientras que, para ellos, si tiene algún sentido descartar la belleza de la investigación antropológica es porque se la juzga rara, estadísticamente monstruosa (Griaule).

En apariencia, pues, la discordia deriva de una simple cuestión de método. Los etnólogos, después de todo, quieren hacer ciencia: poner orden, clasificar y, en último término, comprender y explicar el campo de fenómenos que les es propio. A Bataille, Leiris y los demás, sin embargo, les impulsa una fuerza de signo contrario. Si los primeros persiguen la ley para la cual no hay excepciones; los segundos aspiran a una excepción absoluta, -como dice Hollier- “de un único sin propiedades”. La etnología quiere reconstituir los contextos culturales para que todo aparezca en su lugar, para que domine la continuidad. El sector surrealista disidente, sin embargo, quiere la ruptura, desea que el documento exponga la incongruencia radical de lo concreto. O en palabras de Bataille: “afirmar que el universo no se asemeja a nada y que sólo es informe significa que el universo es algo así como una araña o un escupitajo” [6]. Pero tras las simples cuestiones de método, como bien se sabe al menos desde Descartes, se ocultan cuestiones de orden ontológico, apuestas esenciales que afectan a la concepción del mundo en la que cada autor se ubica, y en consecuencia, que afectan también, y de forma muy marcada, a su concepción de lo político.
*



[1] El libro se había lanzado el año anterior con una tirada de tan sólo 134 ejemplares. Hasta 1967 Historia del ojo no será publicada con el nombre auténtico de su autor, y esto sin que el propio Bataille hubiese reconocido jamás la paternidad de la obra.
[2] Su primer libro publicado es, de hecho, Les monnaies des grands Mogols (1927); y el primer artículo de Documents que lleva su firma no es, aparentemente, más que un breve ensayo de numismática que contrasta la representación del caballo en el mundo griego (el caballo académico) y su representación en las monedas galas a partir del siglo IV a. C.
[3] De Bataille l’Impossible à l’impossible Documents, Critique, núms. 195-196, 1963, p. 689.
[4] En origen estaba previsto que se publicasen 10 números por año. La revista se clausuró en enero de 1931 y, para entonces, sólo habían salido 15 entregas a la calle: 7, en 1929; y 8, en 1930. [5] Cheminée d’usine, Nº 6, Tomo I, P. 329-332.
[6] Informe, Nº 7 , Tomo I, P. 382.


[Fotografías de Jacques-André Boiffard publicadas en la revista]




domingo, 1 de agosto de 2010

TENGO UNA CITA. Georges Bataille y el Lenguaje de las Flores



“[...] cuando se dice que las flores son bellas es porque parecen conformes a lo que debe ser, es decir, porque representan, porque son el ideal humano.

Al menos a primera vista y en general: en efecto, la mayoría de las flores sólo tienen un desarrollo mediocre y apenas se distinguen del follaje, algunas incluso son desagradables cuando no repulsivas. Por otra parte, las flores más bellas se deslucen en el centro por la mácula velluda de los órganos sexuados. De modo que el interior de una rosa no se corresponde para nada con su belleza exterior, y si uno arranca hasta el último de los pétalos de la corola, no queda más que una mata de aspecto sórdido. Es cierto que otras flores presentan estambres muy desarrollados, de innegable elegancia, pero si una vez más apeláramos al sentido común, notaríamos que esa elegancia es demoníaca: como ciertas orquídeas carnosas, plantas tan ambiguas que se ha intentado atribuirles las más turbias perversiones humanas. Pero aun más que por la suciedad de los órganos, la flor es traicionada por la fragilidad de su corola: de modo que lejos de responder a las exigencias de las ideas humanas, es el signo de su fracaso. En efecto, tras un período de esplendor muy corto, la maravillosa corola se pudre impúdicamente al sol, convirtiéndose así para la planta en una escandalosa deshonra. Extraída de la pestilencia del estiércol, aunque haya parecido escapar de allí en un impulso de pureza angelical y lírica, la flor parece bruscamente retornar a su basura primitiva: la más ideal es rápidamente reducida a un andrajo de inmundicia aérea. Porque las flores no envejecen honestamente como las hojas, que no pierden nada de su belleza aun después de que han muerto: se marchitan como viejas remilgadas y demasiado maquilladas y revientan ridículamente sobre los tallos que parecían llevarlas a las nubes.”



*Georges Bataille, Le langage des fleurs, Documents Nº 3 (1929), pp. 160-164. La versión castellana es obra de Silvio Mattoni y procede de La conjuración sagrada. Ensayos 1929-1939, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2003.



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