Mostrando entradas con la etiqueta Miedo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Miedo. Mostrar todas las entradas

martes, 12 de mayo de 2020

EL MIEDO: Postales para un álbum

Portada-El-miedo-XLIII.png


“O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
 que chega a fingir que é dor
 a dor que deveras sente”

RDF me invita a escribir algo para el  monográfico de Excodra dedicado al miedo y ya de entrada la propuesta me produce pánico. Me pasa siempre. Por un lado, es temor a la infertilidad, al “silencio eterno del espacio infinito” de la página en blanco y a que las voces que continuamente me rondan la cabeza callen justo en el momento en que comparezco ante el teclado. Luego está el pavor anticipatorio ante las indudables deformidades que aquejarán al texto en gestación,  la certeza de que una vez lo haya parido me producirá tanto asco como al protagonista de Eraserhead le producía el fruto de su propia semilla. Escribir es sin duda un juego insensato y, aunque no lo parezca, el tiempo es poco propicio para juegos y para insensateces.  

Mi primera intención, no obstante, es ceder a una inclinación natural en mí. Si la cosa va de miedo, lo suyo sería escribir un cuento de miedo, está claro. Lo he hecho otras veces. Quizá sea uno de los pocos palos literarios en los que pueda demostrar cierta soltura. Un relato de miedo que no lo parezca, oscuro, absurdo, atravesado por un humor cruel y delirante. Al fin y al cabo es lo mío, cuando lo intento y me sale. La situación está preñada de posibilidades, ¿no te das cuenta? –me digo-. El poeta es un fingidor, así que ¡finge, cabrón, finge! ¿No era Lobo Antunes, otro portugués, el que decía que para un escritor toda experiencia es material literario, y fundamental y casi exclusivamente eso? Tal vez, pero ahora se me antoja que la experiencia del miedo, si es algo, es paralizante y castradora, y que difícilmente puede convertirse en catalizadora inmediata del proceso de escritura. No invita a la locuacidad, el miedo.

El encierro, por cierto, me pilla en plena lectura de la biografía de Roland Barthes escrita por Tiphaine Samoyault[1]. Las últimas páginas del libro recogen, como es obvio, los últimos años de la vida de Barthes y hacen referencia a su proyecto, nunca llevado a cabo, de escribir una novela. Conforme al proyecto original, la novela debía ser una obra monumental al menos en un doble sentido: primero, porque Barthes entendía por novela una obra al estilo de En busca del tiempo perdido o de Guerra y paz, “a la vez cosmogonía, obra iniciática y suma de sabiduría”; y en segundo lugar, porque él la imaginaba ligada como por un cordón umbilical invisible a la figura de su madre, fallecida poco antes, y en cuya memoria deseaba construir una especie de monumento fúnebre literario. 

LEER COMPLETO EN
 Excodra Editorial (excodra) en Pinterest


[1] Recuerdo que compré el libro en el verano de 2015 en La Machine à Lire de Burdeos, una de mis librerías más queridas. En 2015 se cumplía el centenario de quien había decretado “la muerte del autor”, como otros antes habían levantado acta de la muerte de Dios o de la muerte del hombre. Ahora temo no poder volver a Burdeos o que La Machine à Lire desaparezca, o ambas cosas.

viernes, 31 de octubre de 2014

FICCIONES. Diez Microminirrelatos de Miedo Diez.






1. Aquello repta allí sobre las rocas.

2. Aún aletargado, creyó que se trataba del crepitar desfalleciente de las últimas ascuas, pero pronto se dio cuenta de que algo le estaba royendo el hueso y sorbiéndole con delectación golosa el tuétano de la tibia.

3. Espejito, espejito… ¡Qué dientes tan grandes tienes!

4. Esa mirada. En ocasiones mi hermano me observa como si regresara del otro lado.

5. ¿Por qué todos esos pingüinos se han congregado alrededor del explorador herido?

6. Contemplaban estremecidos el rostro congestionado, las convulsiones de la tráquea, la angustia de la apnea. Después, al final, un estruendo gástrico: la niña disfrazada de Catwoman había expulsado una bola de pelo.

7. Una danza de sombras bajo la rendija de la puerta, el redoble de pasos apresurados y hostiles. El ladrido de los perros.

8. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve ¡y diez! No entiendo por qué mis pequeños amiguitos han dejado de ocultarse cuando jugamos al escondite.

9. A través de una sutilísima cánula, aquel artefacto inoculaba en el corazón de los ajusticiados un racimo de más de mil huevos de araña. Por lo general, reclusas pardas.

10. Quiroga: “Su luna de miel fue un largo escalofrío”. 




jueves, 6 de agosto de 2009

FICCIONES. Algo. Afuera. Acechándonos



Alguien le puso al esqueleto dos pelotas de ping pong en las cuencas oculares. Alguien ilustró las pelotas con dos gruesos puntos negros a modo de pupilas. Alguien le arrancó un premolar y un canino y le incrustó en el hueco un enorme habano confeccionado con las páginas centrales de un periódico financiero: 17 de marzo de 1969. El esqueleto encara los pupitres vacíos y con un dedo amarillento señala la pizarra desconchada. En la pizarra pueden verse aún las sombras entrecruzadas y desvaídas de viejas lecciones de matemáticas, de gramática, de francés, etcétera, etcétera. La mayoría de los países que aparecen en el mapamundi político que se encuentra junto a la entrada al aula ya no existen o bien han cambiado de nombre o de dueño. Sobre el lugar en el que debería situarse Lima (Perú) hay ahora una quemadura de cigarrillo. A través de los cristales rotos de los ventanales que dan al patio de recreo ha ido penetrando la hojarasca de muchos otoños, y en los alfeizares se amontona la mierda de paloma. En el patio hay una canasta de baloncesto, de la que ya sólo queda un mástil herrumbroso y medio podrido. Hace calor, se escucha el rasgueo monocorde de las chicharras, por entre las briznas de hierba agostada discurren hileras de hormigas disciplinadas de gruesa cabeza cárdena. Cerca de los restos de la tapia del colegio reposa el tronco agujereado de una olma muerta; sobre una rama exangüe agoniza un polluelo abandonado. A su madre la devoró un gato rabón y medio ciego que ahora deambula por los pasillos de la escuela. En los pasillos de la escuela habitan los fantasmas de los niños a los que mató la terrible epidemia de gripe de finales del año 1978, o al menos eso se decía cuando todavía había por aquí quienes pudieran tener miedo de los fantasmas. Ahora es muy probable que la mayoría haya muerto, o bien haya cambiado de nombre o de dueño. En cualquier caso, el gato no teme a los espectros, acaso ni siquiera sepa distinguirlos de los vivos, y en ocasiones incluso se deja acariciar por algún crío traslúcido, de ojos lácteos y rodillas costrosas. El niño dice misimisimisi y le pasa su mano fantasmal y gélida por el lomo grisáceo y lleno de calvas, y el gato responde con un rrrrrrrrrrrrrrrrr zalamero y después se va con pasos de dama melindrosa, enarbolando su cola huesuda. Si utilizásemos esa cola como guía, llegaríamos hasta los lavabos de las niñas que hay en el primer piso, y si aguzáramos el oído podríamos escuchar a una pequeña que llora y luego vomita, llora y vomita, llora y vomita, y así por toda la eternidad. Los expertos llaman a este fenómeno Transcomunicación o Transcomunicación Instrumental. Si decidimos, por el contrario, volver a nuestra aula y recorremos las filas de pupitres, tal vez vayamos a dar con uno, al fondo de la clase, bajo el retrato en blanco y negro de Albert Einstein, en el que alguien grabó con la punta de un compás TOM LOVES MARTA, y también una pequeña



[De Ars Combinatoria]

- ANTES EN FICCIONES.