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miércoles, 12 de noviembre de 2025

FICCIONES. Ascensor

 


Life’s an elevator

It goes up and down

Life’s an elevator

Can’t you dig the sound?

Marc Bolan (1976)


6


¿Cómo se titulaba aquella película en la que el asesino se queda atrapado en un ascensor? El tipo, un veterano de no sé qué guerra, está seguro de que ha ejecutado el crimen perfecto, pero al poco tiempo de abandonar la escena del asesinato se da cuenta de que ha tenido un descuido. Regresa para enmendar su error, toma el ascensor y de repente el ascensor se detiene y se queda a oscuras. El ascensor es el ascensor del edificio de oficinas en el que trabaja y la víctima, su jefe. Un magnate del petróleo o de la construcción. Algo así. Un bicho asqueroso. Cuando el edificio cesa su actividad, el bedel de la empresa corta el suministro eléctrico y eso es lo que explica que el ascensor se detenga entre dos pisos y que el asesino no pueda salir de la trampa en la que él mismo se ha encerrado. El veterano de guerra, por cierto, está liado con la mujer del magnate, mucho más viejo que ella.

    Desde que adaptamos el ascensor de la comunidad a la nueva normativa, el aparato ya ha sufrido tres o cuatro averías. Es como si el cambio no le hubiera sentado bien y le hubiera alterado el carácter. Cuando está enfurruñado, se niega sencillamente a moverse. Pero si le da la ventolera, te embarca en un viaje con parada en cada una de las siete plantas del edificio. Arriba y abajo, arriba y abajo, una y otra vez. Hasta que al final se cansa y le da por pararse en un piso que no es al que tú ibas en un principio. La nueva normativa, nos dijeron, debía significar una mejora en la seguridad y el bienestar de los usuarios del ascensor.

    En fin, son cosas que uno oye en conversaciones entre vecinos escuchadas a medias en el portal, porque lo cierto es que yo todavía no he sufrido ningún percance con el ascensor.

    Pero sí me he dado cuenta de algo. Antes el ascensor hacía sus viajes sin escalas. Salías del punto A y llegabas sin interrupciones al punto B. Si había algún vecino aguardando en el rellano, tenía que esperar a que hubieras llegado al final de tu trayecto para que el ascensor le obedeciera al pulsar el botón de llamada. Mientras no hubieras llegado a destino, el otro no podía subir a bordo. Ahora el ascensor obedece automáticamente a cualquiera que pulse el botón desde fuera, de modo que, queriendo subir, puede que alguien te haga bajar, o que, de camino al garaje, te lleven hasta el último piso del edificio y acabes dándote de bruces con el perrazo del vecino del séptimo, que por supuesto no esperaba encontrarse a nadie allí dentro. La nueva normativa ha introducido un elemento de azar en nuestras vidas que a mí no me gusta nada.

    Ayer oí, por ejemplo, que hace un par de días el hijo adolescente de una familia del quinto, ese chico tan amanerado, se había quedado atrapado durante varias horas dentro del ascensor. Cuando lo sacaron, su nivel de dióxido de carbono en sangre estaba por los suelos y presentaba todos los síntomas de la hiperventilación. Taquicardia, vértigo, sensación de ahogo. Al parecer, el ataque de pánico no fue a más porque el chico estuvo todo el tiempo en comunicación con su madre, que lo calmaba a través del teléfono móvil. Supongo que los móviles resultan útiles en situaciones así. Yo, sin embargo, sigo considerándolos una de las peores aberraciones de la tecnología moderna.

    “¿Qué te llevarías a una isla desierta?” es la pregunta típica. Pero creo que deberíamos cambiarla. Al fin y al cabo, no creo que quede ya ninguna isla desierta sobre la faz de la tierra. Lo que sí hay son ciudades cada vez más grandes. Y en las ciudades, edificios cada vez más altos. Y en todos los edificios, un ascensor o varios. Así que ahora la pregunta quizá debería ser “¿Qué te gustaría tener contigo si te quedaras atrapado en un ascensor?”. Imagina que, como el protagonista de aquella película, te pasaras encerrado toda una noche en la estrecha cabina de un ascensor. A solas. Sin teléfono móvil. ¿Qué harías? ¿Cómo llenarías el tiempo?

    No sé por qué, pero creo que en una situación así lo primero que yo haría sería quitarme los zapatos y los calcetines, meter los calcetines dentro de los zapatos, acomodarlos en un rincón y finalmente sentarme en el suelo. Después haría inventario del contenido de mis bolsillos. Y luego tal vez me dedicaría a poner orden en la cartera. Algo que nunca he hecho. Ya está vieja y raída, y con los años he ido engordándola con mil tarjetas y papelillos absurdos que guardaba con vistas a un uso futuro que jamás llegó. La verdad es que nunca los he sacado del lugar que les asigné en aquel primer momento y que nunca me han servido para nada. Ahora tal vez podrían servir como estímulo para el recuerdo. Como una especie de diario de viajes en miniatura. Estoy seguro de que tendría entretenimiento para muchas horas.


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lunes, 14 de octubre de 2024

AGORAFOBIA / TE AMARRAN. Un homenaje a José Óscar López


El cut-up es una técnica de composición literaria descubierta por Brion Gysin en 1958 y aplicada sistemáticamente por su amigo William S. Burroughs sobre todo en las tres obras que constituyen la llamada Trilogía Nova. La técnica es sencilla: consiste en recortar un texto o varios, propio o de otros, y recombinar de forma aleatoria los fragmentos así obtenidos. Por motivos que el público lector conocerá pronto, este último año ha sido para mí un año singularmente burroughsiano.
        Cuando Juan de Dios García me invitó a participar en este homenaje a José Óscar López, lo hizo apelando a la «admiración mutua» que José Óscar y yo nos profesábamos. Soy, sin duda, un rendido admirador de la obra de José Óscar y me consta, porque así me lo hizo saber y no tengo motivos para sospechar de su sinceridad, que a él también le gustaban algunas cosillas de las que yo había escrito. Colaboré con José Óscar en un par de libros de autoría colectiva: Extraño Oeste (Libros del Innombrable, 2015) y 8 x 11 Sueños. Un homenaje a Cirlot (Fantasma, 2023). En ellos nuestros relatos aparecían juntos pero no revueltos entre las tapas de un mismo volumen. En esta ocasión, sin embargo, me he permitido trenzar, utilizando la técnica del cut-up, ‘Agorafobia’, un texto suyo incluido en Fragmentos de un mundo acelerado, uno de mis libros preferidos de José Óscar, y el final de mi cuento ‘Cuffs or Coffins (o te amarran o te matan)’, que forma parte de Extraño Oeste y que José Óscar apreciaba particularmente. Conociendo su generosidad, pienso que se habría prestado de buen grado al experimento y creo que el resultado habría sido de su gusto.
*
          Plazas y jardines sobre los que pesa un cielo real, demasiado real por gigantesco. Millones de explosiones levantan un maremoto de arena que te pasa por encima, con la que concibiera los espacios inevitables. Primero es el conde Drácula rodeado por una bandada de bulliciosos, me recuerda cada día la amenaza constante que supone vivir aquí. ¡Qué intención pícara! Entonces echas a andar, o a correr, o a volar, y surcas los cielos. Energía modesta que me anima. Y caigo al suelo presa de convulsiones y espumarajos. Piel perdiéndose allá a lo lejos, atrás, muy atrás. Y sobrevuelas Taos. Ellos, los que se encierran detrás de la puerta que guarda el miedo. Una vaca arlequín sigue sosteniendo dos revólveres y apuntándote con ellos. Colma con mis latidos y mi aliento mi calor: es un lugar vivo, igual que un cuerpo de mil ochocientos cuarenta y siete. Indios Pueblo y mejicanos aplastados bajo la ira donde el miedo puede volver a adaptarse al tamaño del hombre que lo siente. Tal vez en Carlinville, Illinois. Al final se transforma en John Hart, el actor que puedo imaginar es una vida. Una vida que yo puedo vivir. Vuelas también sobre la sierra de la Sangre de Cristo cuyos picachos ya están cubiertos de ciudades. Y temo desaparecer lejos de casa, desvanecerme en medio de esta tarea. Ojos, porque ese blanco es tan intenso que te quema las pupilas, pero no sirve de nada. Una Tierra dispuesta a digerirme, debatiendo con mis clientes, cerrando mis negocios. Metamorfosis sucesivas que a ti se te antojan sin embargo de lo más normal, e incluso subterráneas. Cubiertos, sí, pero inmensos, tan inmensos como el vientre borracho.
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sábado, 19 de septiembre de 2020

FICCIONES. «Mi cabeza como el sol de la mañana»


Ya puedes leer el tercer número de la revista Cósmica Calavera, que incluye el relato que abre mi último libro de cuentos: Pornmutaciones.

 

Acariciar pelo muerto me tranquiliza, barrer me tranquiliza. Me calma. Me gusta el ruido del roce de los pelos del cepillo contra las baldosas. Los cepillos también tienen pelo, pero las fregonas tienen trenzas como los negros jamaicanos. A los pelos de los cepillos, e incluso de los cepillos para el pelo, me parece que les llaman cerdas. Cerda, guarra, más que guarra. Mientras barro me canto canciones dentro de la cabeza. Canciones de cuando era niña. Dentro de la cabeza nadie me oye, por eso prefiero vivir dentro de mi cabeza. Dentro de mi cabeza me canto: así barría, así, así, y otras cosas sobre una niña que no podía jugar porque siempre estaba muy muy atareada. Con las cerdas del cepillo voy marcando el ritmo. Con los pelos. Y es como si tocase la guitarra.

Es temprano. A primera hora, los días de diario, no suele venir mucha gente. Pero ya me he ocupado de una clienta madrugadora. Una señora mayor que viene cada dos semanas más o menos y de la que todavía no me he aprendido el nombre. Soy olvidadiza, me cuesta hacerme con los nombres, así que para no pasar vergüenza evito dirigirme a los clientes habituales por su nombre de pila. Digo señor o señora y ya está. Luego los invito a acomodarse. A-co-mo-dar-se. Es una palabra que me gusta, con empaque. Como de salón de belleza de la zona alta. Acomódese usted aquí, por favor.

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* ANTES EN FICCIONES.

martes, 12 de mayo de 2020

EL MIEDO: Postales para un álbum

Portada-El-miedo-XLIII.png


“O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
 que chega a fingir que é dor
 a dor que deveras sente”

RDF me invita a escribir algo para el  monográfico de Excodra dedicado al miedo y ya de entrada la propuesta me produce pánico. Me pasa siempre. Por un lado, es temor a la infertilidad, al “silencio eterno del espacio infinito” de la página en blanco y a que las voces que continuamente me rondan la cabeza callen justo en el momento en que comparezco ante el teclado. Luego está el pavor anticipatorio ante las indudables deformidades que aquejarán al texto en gestación,  la certeza de que una vez lo haya parido me producirá tanto asco como al protagonista de Eraserhead le producía el fruto de su propia semilla. Escribir es sin duda un juego insensato y, aunque no lo parezca, el tiempo es poco propicio para juegos y para insensateces.  

Mi primera intención, no obstante, es ceder a una inclinación natural en mí. Si la cosa va de miedo, lo suyo sería escribir un cuento de miedo, está claro. Lo he hecho otras veces. Quizá sea uno de los pocos palos literarios en los que pueda demostrar cierta soltura. Un relato de miedo que no lo parezca, oscuro, absurdo, atravesado por un humor cruel y delirante. Al fin y al cabo es lo mío, cuando lo intento y me sale. La situación está preñada de posibilidades, ¿no te das cuenta? –me digo-. El poeta es un fingidor, así que ¡finge, cabrón, finge! ¿No era Lobo Antunes, otro portugués, el que decía que para un escritor toda experiencia es material literario, y fundamental y casi exclusivamente eso? Tal vez, pero ahora se me antoja que la experiencia del miedo, si es algo, es paralizante y castradora, y que difícilmente puede convertirse en catalizadora inmediata del proceso de escritura. No invita a la locuacidad, el miedo.

El encierro, por cierto, me pilla en plena lectura de la biografía de Roland Barthes escrita por Tiphaine Samoyault[1]. Las últimas páginas del libro recogen, como es obvio, los últimos años de la vida de Barthes y hacen referencia a su proyecto, nunca llevado a cabo, de escribir una novela. Conforme al proyecto original, la novela debía ser una obra monumental al menos en un doble sentido: primero, porque Barthes entendía por novela una obra al estilo de En busca del tiempo perdido o de Guerra y paz, “a la vez cosmogonía, obra iniciática y suma de sabiduría”; y en segundo lugar, porque él la imaginaba ligada como por un cordón umbilical invisible a la figura de su madre, fallecida poco antes, y en cuya memoria deseaba construir una especie de monumento fúnebre literario. 

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 Excodra Editorial (excodra) en Pinterest


[1] Recuerdo que compré el libro en el verano de 2015 en La Machine à Lire de Burdeos, una de mis librerías más queridas. En 2015 se cumplía el centenario de quien había decretado “la muerte del autor”, como otros antes habían levantado acta de la muerte de Dios o de la muerte del hombre. Ahora temo no poder volver a Burdeos o que La Machine à Lire desaparezca, o ambas cosas.

domingo, 3 de noviembre de 2019

"Ya solo SEXO" - Javier Sáez de Ibarra reseña Pornmutaciones.


“Mientras afuera arden las hogueras de la rebelión, yo me fotografío el culo” (pág. 56). El nuevo libro de relatos de Sanromán acaso no pretenda escandalizar, únicamente dar por superados idealismos e hipocresías mediante la argumentación estética de lo desagradable. Porque el sexo omnipresente es siempre abordado desde el ángulo de lo feo, del horror, de lo sucio y lo extremo. Y porque ese abordaje es la estrategia para sugerir que hemos quedado más allá de lo que decíamos querer. El sexo es así tomado como asunto, límite y testimonio de nuestra realidad [...].