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sábado, 5 de febrero de 2022

A Stanislav Lem (1921-2021), conquistador del vacío cósmico

I’ve seen the future, brother:
It is murder

(Leonard Cohen)




A Stanisław Lem le gustaban los aparatos mecánicos, montarlos, desmontarlos y volverlos a montar, sacarles las entrañas y hurgar en ellas en busca de su misterio. En El castillo alto (1966), una obra en la que levanta acta de sus recuerdos infantiles, cita a su admirado Norbert Wiener, uno de los padres fundadores de la cibernética: “Yo fui un niño prodigio”, dice Wiener. “Yo fui un monstruo”, replica Lem: un asesino de artefactos. El castillo alto es como Les choses de Perec, pero a la manera de Lem. En el libro no se habla exactamente de las relaciones con otros sujetos, sino más bien de los lazos establecidos con ciertos objetos singulares: de su fragilidad, de su magia, de su “aura”. Por eso, de Los viajes de Gulliver a Lem no le interesan tanto sus quiméricas aventuras como el inventario de cosas que los liliputienses encuentran en los bolsillos del descomunal cirujano (y más tarde capitán de diversos barcos). Incluso las relaciones familiares del pequeño Lem están mediadas por los objetos: el padre, por ejemplo, está simbolizado por la biblioteca paterna, una biblioteca marcada además por el interdicto y gracias a la cual el niño entra por primera vez en contacto con la medicina y el erotismo, y también con las heridas y secuelas de la Grande Guerre.


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domingo, 23 de agosto de 2020

FICCIONES. Delantales pareados #3


 

 

[Música extradiegética: Krzysztof Penderecki, Polymorphia na 48 instrumentów smyczkowych. (Muy queda, casi imperceptible)]

 

ELLA: ¡Quédate aquí! ¡No salgas del coche!

Él: Creo que lo has reventado…

ELLA: Por eso. No salgas. Ya voy yo. Seguro que está todo lleno de sangre.

ÉL: Ya no me impresiona tanto la sangre… Bueno, eso creo… Antes sí. Antes, de chaval, de adolescente, bastaba con que me sangrara un poco la nariz para que me desplomara. Pero ahora…

ELLA: Ahora igual, así que mejor no salgas.

[…]

ÉL (alzando la voz): ¿Y bien? ¿Qué tal todo por ahí?

ELLA (alzando la voz): ¿De verdad quieres que te lo cuente? No es un espectáculo precisamente agradable, eso te lo aseguro.

ÉL: ¿Por qué no lo echas a la cuneta y continuamos viaje? Al coche no le ha pasado nada, ¿no?

ELLA: El coche parece que está bien. Tiene una abolladura, pequeñita, sin importancia, en el lado del conductor. Y el cristal del faro del mismo lado se ha roto un poco, pero la luz sigue funcionando.

ÉL: Ya lo veo. Ya te veo. Pareces la chica de la curva con esa luz. Estás guapa y fantasmal…

ELLA: Tú, sin embargo, eres solo tiniebla… Eso sí. Todo el morro del coche está hecho un cristo de sangre. Todo chorreando…

ÉL: ¿Y entonces?

ELLA: ¿Y entonces qué?

ÉL: ¿Qué pasa por ahí afuera? ¿Seguimos? Al final nos van a dar las luces del alba. (Canturrea:) “Mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada”.

ELLA: No seas gilipollas. Esto es serio.

ÉL: ¿Tan serio?

ELLA: ¿Quieres que te cuente? No me gustaría que te me desmayaras ahora. Necesito que me sigas cantando para que no me duerma durante el viaje, mientras conduzco.

ÉL: ¿Quién se hace la graciosilla ahora?

ELLA: No va a ser tan fácil…

ÉL: ¿Eh?

ELLA: Es grande, no sé lo que es… Tú entiendes más de perros que yo. Puede que sea un mastín o algo así…

ÉL: ¿Quieres que te ayude?

ELLA: ¡No seas bobo! ¡He dicho que te quedes en el coche! ¡No salgas! Es grande y tiene toda la cabeza reventada, hecha puré…

ÉL: ¡Joder! El golpe no parecía para tanto…

ELLA: Pues sí… La cabeza hecha pulpa… Todos los sesos están desparramados por el asfalto… Si no eres muy escrupuloso, hasta resulta bonito… Está convulsionando, tiembla… No sé si todavía estará vivo… ¿Se pueden tener convulsiones cuando ya estás muerto?

ÉL: ¡Mecago’n la puta! ¡Me estás asustando! ¿Quieres que salga?

ELLA: ¡Quieto ahí! Tranquilo… Cántame otra canción, anda… Lo difícil va a ser desengancharlo del coche… Tiene los intestinos enredados entre el parachoques y la rejilla del ventilador… No sé si se llama así: “rejilla del ventilador”…

ÉL: […]

ELLA: Voy a tardar un poquito…

[…]

ÉL: Me estaba acordando de nuestra conversación sobre el porno del otro día… Pero sigue mirando al frente, no vayamos a tener otro percance… ¿Te acuerdas de mi amigo Andrés?

ELLA: Creo que no conozco a ningún Andrés. Por lo menos, a ningún Andrés que sea amigo tuyo.

ÉL: Has hablado un par de veces con él, pero es igual…

ELLA: Vale, ¿qué pasa con tu amigo Andrés?

ÉL: Que no puede ver una peli porno sin ponerse a llorar, te lo juro. Bueno, al menos el me jura que es así…

ELLA: […]

ÉL: Dice que las encuentra insoportablemente tiernas.

ELLA: Pero ¿le ponen cachondo?

ÉL: Bueno, sí. Parece que ahí no está el problema. Se pajea como cualquier hijo de vecino, pero mientras le está dando al fuelle se le caen unos lagrimones como globos aerostáticos. Dice que cuando se corre le entra un llorera que despierta a todo el vecindario. ¿Te lo imaginas? Berreando de gusto y deshaciéndose en lágrimas a la vez…

ELLA: No me extraña que sea colega tuyo. Sois tal para cual.

[La música se va desvaneciendo lentamente]

ELLA: ¿Sabes una cosa?

ÉL: ¿Qué?

ELLA: Era mentira. Lo del mastín… Era mentira.

ÉL: […]

ELLA: Era un zorro. Y estaba muerto, pero entero. Reventado, pero íntegro. Un crimen muy pulcro, como a ti te gusta.

(De Microfilms.Cinematógrafo portátil. Demo)

 

* ANTES EN FICCIONES.

 

jueves, 8 de marzo de 2018

NOVEDADES. Organismos (relatos).



“En las páginas de esta antología habitan cuerpos femeninos y masculinos en movimiento, organismos posibles que son también cuerpos inverosímiles, degradados y maravillosos, enfermos y a la vez dotados de hermosura: distintas formas de la materia buscando sobrevivir más allá de la imagen cosmética mediática y de los sistemas filosóficos, gubernamentales y disciplinarios que regulan nuestra armonía y desarmonía, así como nuestra felicidad y congoja. Este es un libro sobre el dilema del otro y las fuerzas del biopoder, y sobre la lucha de los cuerpos extraordinarios en un mundo bello y feroz”.


sábado, 18 de marzo de 2017

ENTREVISTA sobre la Filosofía para Entre Estudiantes.





Con la LOMCE, la Filosofía ha sido una de las titulaciones más perseguidas, ¿qué futuro crees que depara a estos estudios?
García Calvo decía que el Futuro es de Ellos, del Dinero: es la Muerte. Y en cierto modo, como la Muerte, ya está escrito. Pero por ceñirme a lo que me preguntas, el porvenir de la filosofía en los actuales planes de estudio, y no solo el suyo, se encuentra en una situación de indefinición e incertidumbre. Nadie tiene muy claro lo que ocurrirá tras la paralización de la LOMCE, aunque si tomamos como criterio la deriva que ha sufrido la materia en los últimos tiempos, cabe esperar que no salga muy bien parada. No obstante, más fácil que hacer pronósticos, es señalar lo que ya está ocurriendo. La Filosofía ha quedado muy demediada en el Bachillerato y prácticamente ha desaparecido de la ESO. Tras la implantación de la asignatura de Valores Éticos en esta etapa, los departamentos de Filosofía se han convertido en departamentos subsidiarios del de Religión. De esta suerte, la filosofía queda convertida una vez más en “sierva de la teología”. 

¿En qué medida pueden los filósofos ayudar a mejorar la sociedad?
Difícil decirlo. “Mejorar la sociedad” es una expresión que me produce casi tanto recelo como la palabra “futuro”. En cualquier caso, yo diría que el ejercicio de la filosofía –y no necesariamente los filósofos- puede y debe contribuir a volvernos más lúcidos, menos manipulables. Hasta qué punto algo así puede redundar en beneficio de una “sociedad bien ordenada”, depende en buena medida de qué concepto se tenga de “buen orden”. Acuérdate de la hormiguita aquella de la película Antz: un excesivo cuestionamiento de su condición de obrera acababa por poner patas arriba todo el hormiguero.  

jueves, 29 de enero de 2015

VOCES. El ojo exterminador del filósofo: seis salpicaduras sadianas.








El dos de diciembre se cumplió el segundo centenario de la muerte del marqués de Sade. Tal vez nos queden muy lejos los arrobos místicos que su obra despertaba en los surrealistas o en los estructuralistas, pero Sade aún da que pensar. A pesar de todo, su presencia todavía se percibe en los textos de algunos autores contemporáneos como Pierre Guyotat o Dennis Cooper. Incluso el museo de Orsay le ha dedicado una gran exposición: Sade. Atacar el sol.


“No es contrario a la razón preferir
la destrucción del mundo entero
a tener un rasguño en el dedo”
David Hume, Tratado de la naturaleza humana



 
1. Donatien Alphonse François de Sade murió un dos de diciembre. Un solo dígito lo aleja, pues, de la fecha que la Iglesia Católica reserva desde el siglo XI al recuerdo de los fieles difuntos. Se trata de conmemorar a Sade. Con-memorar: es decir, ligar al ritual gregario de la efeméride la historia íntima de mi primer encuentro con el marqués. Un propósito que enseguida se revela irrealizable. De entrada porque la figura anfibia y monstruosa de Sade rehuye cualquier celebración oficial, para-oficial o anti-oficial. Sade puso todo su empeño en destruir el vínculo social a través de la escritura, de ahí que sea impensable que una comunidad cualquiera pueda verse reflejada en su imagen. Las comunidades humanas no pueden levantar monumentos a semejantes seres. De hecho, si quieren evitar una corrosión fatal, no tienen más remedio que eliminarlos o expulsarlos para siempre de su seno. Y esto incluye también a aquellas comunidades en las que podríamos reconocer al partido de la subversión y que tienen como principal objetivo desbaratar el orden de cosas existente. Parafraseando al Nietzsche del Anticristo cabría afirmar: “En el fondo no ha habido más que un sadiano, y ese murió en Charenton”.

http://detour.es/cosas/diego-luis-sanroman-sade.htm



viernes, 31 de octubre de 2014

FICCIONES. Diez Microminirrelatos de Miedo Diez.






1. Aquello repta allí sobre las rocas.

2. Aún aletargado, creyó que se trataba del crepitar desfalleciente de las últimas ascuas, pero pronto se dio cuenta de que algo le estaba royendo el hueso y sorbiéndole con delectación golosa el tuétano de la tibia.

3. Espejito, espejito… ¡Qué dientes tan grandes tienes!

4. Esa mirada. En ocasiones mi hermano me observa como si regresara del otro lado.

5. ¿Por qué todos esos pingüinos se han congregado alrededor del explorador herido?

6. Contemplaban estremecidos el rostro congestionado, las convulsiones de la tráquea, la angustia de la apnea. Después, al final, un estruendo gástrico: la niña disfrazada de Catwoman había expulsado una bola de pelo.

7. Una danza de sombras bajo la rendija de la puerta, el redoble de pasos apresurados y hostiles. El ladrido de los perros.

8. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve ¡y diez! No entiendo por qué mis pequeños amiguitos han dejado de ocultarse cuando jugamos al escondite.

9. A través de una sutilísima cánula, aquel artefacto inoculaba en el corazón de los ajusticiados un racimo de más de mil huevos de araña. Por lo general, reclusas pardas.

10. Quiroga: “Su luna de miel fue un largo escalofrío”. 




domingo, 9 de febrero de 2014

NOVEDADES. "Asesinos y víctimas": entrevista en torno a 'Convertiré a los niños en asesinos'.




"Es probable que todas las catástrofes comiencen así: mediante la acumulación de pequeñas brechas en el sucederse natural de los acontecimientos que nadie da en interpretar entonces como síntomas de los desastres que se avecinan". Audio de la entrevista en Radio Euskadi acerca del libro Convertiré a los niños en asesinos.



viernes, 22 de noviembre de 2013

NOVEDADES. Convertiré a los niños en asesinos - Diego Luis Sanromán




En noviembre de 1975, David Richard Berkowitz se encerró en su pequeño piso de Yonkers. Cubrió las ventanas con sábanas e inició una extraña vida ascética. Enseguida empezó a escribir mensajes en las paredes, dictados por los que él creía demonios: «En este agujero vive el Rey Malvado» o «Convertiré a los niños en asesinos», entre otros. Tras dos meses de reclusión, emergió transformado en el Hijo de Sam, uno de los asesinos en serie más ilustres de los últimos tiempos. En cierto modo, el escritor también actúa siguiendo las órdenes de sus particulares demonios; por fortuna, los productos de su arte gozan de una mayor aceptación social que los del asesino. ¿O tal vez no?

Convertiré a los niños en asesinos recoge un puñado de relatos que coquetean con ciertos géneros que hace mucho tiempo dejaron de ser considerados menores: el género negro, el fantástico, el terror… El lector encontrará en ellos asesinos y víctimas, figuras a veces indiscernibles de las del propio narrador.

jueves, 22 de julio de 2010

DI-VERSOS. CROWLEY



Árboles suicidas a 15 kilómetros de G.
Tierras tristes
Molinos de viento muriéndose de frío

Somos ya tan viejos

Sobre el remolque de un camión
La palabra CROWLEY
A ratos atraviesan serpientes

El gris de las escamas fundiéndose en el
Gris oscuro
De la carretera

Después la mar
Y vapores de calma amniótica
Bajo el más severo de los soles

El cielo es insensatamente azul
Esta mañana
En la lejanía flamean las olas y aúllan las aves

Me dejo acariciar por la sal
Con el descuido inconsciente de un cadáver al pairo
Con la mansedumbre de los ahogados

Hay en esta geometría de tierra
Mar y cielo
Una tranquila violencia que desgarra

Desde la orilla alguien llama



domingo, 11 de julio de 2010

FICCIONES. Blood Red Roses



[Fragmento]


Es probable que la figura del doctor Salisbury haya perdido hoy su brillo de antaño, pero a comienzos de siglo era la más importante estrella en la constelación de la medicina forense de todo el Reino Unido, y acaso de toda Europa. Sus investigaciones habían llevado a la horca al doctor Trippen, que tenía enterrada a su propia esposa bajo los rosales del jardín; al procurador Rowen, que había aliñado el té de la suya con unas gotitas de arsénico; a George Joseph Smith, que había adquirido la fea costumbre de ahogar en la bañera a sus sucesivas mujeres cuando éstas le pedían que les enjabonase la espalda; y a otros muchos maridos al parecer disconformes con su suerte y que habían tenido la mala fortuna de caer bajo su implacable microscopio. Por primera vez en su ya dilatada carrera –y gracias a los contactos y hábiles manejos de mi abogado-, el señor Salisbury no estaba del lado de la acusación, sino del mío, y su mediación serviría, en fin, para que saliera yo entero del lance y sin que mi cuello se viera en la desagradable necesidad de saber lo que pesaba mi trasero. Con una argumentación alambicada e infestada de tecnicismos que despertaban continuas exclamaciones de admiración entre los asistentes, fue desmontando una por una las tesis de la acusación y, finalmente, invalidó aquella en la que ésta había cargado todo el peso de sus razonamientos. El lugar en el que se hallaba la herida y la trayectoria de la bala –dijo- eran consistentes tanto con la idea de suicidio como con la de accidente; en cuanto a la ausencia de una zona oscurecida en torno a dicha herida, podía haber desaparecido como consecuencia de la sangre vertida y de que, después, se hubiese limpiado la sangre coagulada. Punto.

Hubo unanimidad en el jurado en cuanto a la acusación de falsificación. Por lo que respecta a la de asesinato, una mayoría de diez contra cinco votó a favor de ‘No probado’, por lo que fui absuelto. Mis torpezas de novato en el negocio de los cheques adulterados supusieron, pues, 12 de meses de cárcel, de los cuales, en último término, sólo pasaría 8 en la prisión de Saughton, al oeste de Edimburgo. Mis primeros días de vida carcelaria me resultaron algo ásperos; me sentía extranjero entre gentes sin educación ni gusto, acostumbradas a transitar siempre por el lado amargo de la existencia, y el hecho de que enseguida me impusieran la absurda tarea de remendar sacos de correos tampoco ayudó a elevar mi moral, pues –como bien saben a estas alturas del relato- yo estaba acostumbrado a casi todo, menos a realizar trabajos que exigieran algún esfuerzo físico. Pronto me adapté, sin embargo. Cuando contaba a mis compañeros de infortunio que había sido condenado por pasar cheques falsos y añadía “pero también se me acusaba de asesinato”, notaba en sus miradas ciertos signos de solidaridad y –por qué no decirlo- indicios de admiración y respeto. Que fuera yo un caballero viajado y educado también despertaba en ellos cierta extrañeza reverencial, y no hubo de pasar mucho tiempo antes de que tal condición llamase también la atención de los guardianes y de las autoridades penitenciarias. Que pudiera leer y escribir ya era algo que me distinguía del resto de los presidiarios y, poco a poco, me sirvió para ir alivianando los trabajos que se me encomendaban e ir escalando posiciones en la rígida jerarquía de la Saughton.

Durante mi estancia en la cárcel no recibí visitas ni tuve contacto alguno con gente del mundo exterior, si exceptuamos los amorosos desvelos de la señora Mary Isgoen, una vieja amiga de mi madre que, sin que yo supiese nunca muy bien por qué motivo, creyó siempre en mi inocencia y en todo momento estuvo dispuesta a ocuparse –como ella misma decía- de aquel “pobre muchacho huérfano”. Y tal fue su insistencia y tan pocas las alternativas que se me brindaban por entonces que, en cuanto me vi fuera de la jaula, decidí aceptar el ofrecimiento que me había hecho en tantas ocasiones y tomar el tren con destino a la ciudad costera de Hastings, donde la buena mujer vivía a la sazón junto a su hija Vera. Mary me acogió en su hogar como una segunda madre, pero me resultaría difícil afirmar que Vera y yo nos mirásemos nunca con ojos fraternales. Los suyos, por cierto, eran de un refulgente color esmeralda, alegres y despiertos, y encajaban a las mil maravillas en una deliciosa carita redonda e infantil, en irresistible contraste con las sinuosidades de un cuerpo de mujer pleno y perfectamente desarrollado. En aquella época, Vera no pasaba de los diecisiete años, pero ya era considerada una de las más descollantes bellezas locales y contaba con una pequeña cohorte de barbilucios y pisaverdes que no paraban de olisquearle entre las faldas como perrillos en celo. Hasta que yo me impuse, claro es.

Me las arreglé para seducir a la madre y burlar sus naturales prevenciones contra el joven macho que se le había colado en la madriguera, y también a la hija, de manera tal que, poco más de una semana después de mi llegada, ya la tenía ronroneándome a los pies como una gatita y engullendo con delectación golosa mis galanterías de enamorado y cada una de las promesas de futuro, la última aún más sonrosada y fantasiosa que la anterior, con que le regalaba sus tiernos oiditos pubescentes. Aunque debo decepcionar una vez más la benevolencia de mis fantasmales lectores y señalar de inmediato que, a pesar de los pesares, mis viejos hábitos apenas se habían modificado tras purgar parte de mis penas y que, en cuanto me acomodé y empecé a sentirme seguro en el nuevo escenario, también volví a las andadas; es decir, a las noches de güisqui, ginebra y mujeres livianas, y al juego y a la farra, que han sido durante toda mi vida –hélas!- la auténtica pasión de este noctívago enfermizo. Procuraba, con todo, no descuidar mis atenciones para con la joven señorita Isgoen, pues bien sabía que satisfacer sin estorbos la pasión antedicha exigía llevar una existencia de mínimo decoro y eso, en aquellos tiempos y mucho me temo que también en éstos, equivalía al inexcusable engorro del matrimonio, de la muelle vida hogareña, etcétera, etcétera, etcétera. Así que, previendo la negativa de la señora Isgoen, le propuse a la hija huir hacia al norte sin advertir a nadie –ni siquiera a su adorada madre- de nuestros propósitos, lo cual, como ya sospechaba, llenó de contento y emoción el romántico corazoncito de Vera. Poco tiempo después, ya estábamos casados y en Escocia.


viernes, 23 de abril de 2010

AGITPROV. MARX: 11 Tesis (Diego Fusaro) y 6 Escolios (Diego L. Sanromán)


Hace algunos días o semanas, José Luis Redón llamaba la atención del grupo que Multitud mantiene en Facebook sobre la publicación del último libro de Diego Fusaro, Bentornato Marx! Rinascita di un pensiero rivoluzionario. Según señalaba en su comentario, el texto venía apadrinado por Gianni Vattimo y estaba dando algo que hablar en Italia. A mí me entró la curiosidad, decidí indagar en la Red y me topé con las 11 tesis que vienen a continuación en el blog del autor. He de advertir, desde el principio, que aún no he leído Bentornato Marx! y que, en consecuencia, violo con total descaro la recomendación hecha por Fusaro al comienzo del texto que se puede leer aquí; sin embargo, las tesis me resultaron lo suficientemente interesantes como para verterlas al castellano y someterlas a un breve comentario. Propongo ahora a vuestra consideración tanto sus tesis como mis escolios.

11 Tesis sobre Marx

El Marx que encontraréis en mi libro Bentornato Marx! Rinascita di un pensiero rivoluzionario (Bompiani, 2009, http://www.filosofico.net/bentornatomarx.htm) es del todo incompatible con cualquiera de las formas tradicionales de entender a Marx. Mi Marx es filósofo, libertario, discípulo de Fichte y de Hegel; no marxista, sino idealista; pensador no de lo colectivo, sino de las individualidades particulares liberadas de la alienación, y así sucesivamente. Todos los paradigmas aceptados por inercia quedan patas arriba. Lo que yo propongo es, en definitiva, una “reorientación gestáltica” de Marx: donde hasta ahora habíamos visto un ganso, intentemos ver un conejo. En 1845, Marx escribe las famosas 11 Tesis sobre Feuerbach. Me permito enunciar aquí mis once tesis sobre Marx, que encontraréis desarrolladas (y argumentadas) en el libro. Precisamente porque se trata de “tesis” apresuradas y no argumentadas, pido al lector que tenga paciencia para leer el libro antes de “señalarme con el dedo” y acusarme.

1) Marx no fue en absoluto el fundador del Marxismo, pues el Marxismo fue fundado por Engels y Kautsky bajo la forma de una dogmatización doctrinal del pensamiento de Marx, pensador de la crítica y, por esta misma razón, incompatible con cualquier dogmatización. La Kritik marxiana queda transformada (y, en consecuencia, transfigurada) por Engels y Kautsky en una Weltanschauung granítica. El marxismo fue, pues, en realidad, un “engelsismo”.

2) Marx tomó distancias con respecto al marxismo, es decir con respecto a la sistematización dogmática de su pensamiento emprendida cuando aún estaba en vida: “Todo lo que sé es que yo no soy marxista”, dijo una vez, y criticó punto por punto al nuevo movimiento marxista (Crítica del Programa de Gotha, que concluye con la expresión sintomática: “dixi et salvavi animam meam”).





viernes, 6 de noviembre de 2009

FICCIONES. Gaston, el librero



Torpemente, en un francés trastabillante, le expuse el tema de mi investigación: “Hace casi sesenta años, durante la guerra, aconteció un extraño suceso. La isla de Madagascar perdió su asidero en el fondo marino y se echó a navegar como un barco de piedra. Dobló el Cabo de Buena Esperanza, ascendió por el Atlántico siguiendo la costa occidental del continente africano y, al llegar a las Galias, se internó por el río Garona. Finalmente quedó varada aquí, en Burdeos, exactamente en la Esplanade Quinconces, donde se transformó en un refugio para exiliados extranjeros. Los exiliados confiaban en que la isla recorrería el camino inverso y los sacaría de aquella Europa podrida, pero esperaron en vano”. “Ah, bon?”, se limitó a decir y me observó como si yo estuviese loco o borracho. Y en ambos caso acertaba.


Gaston era menudo, moreno y de ojos vivos. En cierto modo, el estereotipo del francés meridional: un pequeño francés de tebeo o tira cómica. Siempre cordial, siempre afable y siempre de una corrección perfecta. Me decía a mí mismo que los libreros de antaño, cuando la lectura era un vicio o un privilegio de unos pocos elegidos, debían de ser todos como Gaston. Una especie en peligro, este Gaston que, a pesar del tiempo que yo llevaba frecuentando la librería y de que ya habíamos conversado en diversas ocasiones sobre los más diversos asuntos, seguía dirigiéndose a mí con un desusado monsieur Pemartín. O tal como el lo pronunciaba: pö-mag-tan.


Me sorprendió, de hecho, que la segunda vez que visité el establecimiento ya me llamase por mi nombre. Eso sí, siempre precedido de la fórmula de cortesía –algo anticuada para oídos españoles- y empleando mi primer apellido, jamás mi nombre de pila. Mi extrañeza y el enigma vino a resolverlos entonces el propio Gaston, que me recordó que, durante mi primera visita, había encargado un par de obras de las que no disponían en aquel momento y que mi nombre había quedado registrado en la base de datos de sus ordenadores. “Aún así –dije-, resulta chocante que sean capaces de acordarse de cómo me llamo”. “Cuidamos a nuestros clientes –se limitó a contestar Gaston-; ya lo verá”.


Y ciertamente así era. La Machine à Lire –que tal era el nombre de la librería de que os habló- era algo más que una simple tienda de libros y sus dependientes algo más que simples vendedores. A decir verdad, estos últimos se encontraban más cercanos a aquellos camareros, mitad confesores mitad psicoanalistas que aparecen en las novelas y en las películas de género negro, y en los que los atribulados protagonistas vienen a descargar sus dudas y sus cuitas, que a los libreros de hoy, por lo general tan poco celosos de su oficio. De ahí que la vieja Machine se hubiera transformado en poco tiempo, y junto con ciertos bares y cafés a los que ya tendré ocasión de referirme, en uno de mis refugios predilectos cuando el deambular por la ciudad empezaba a hacerse tedioso o el mal tiempo me obligaba a buscar un lugar donde guarecerme. Lo que, en todo caso, significaba que apenas había día que no pasase por la librería y que, en más de una ocasión, olvidado de que era domingo o lunes por la mañana –únicos momentos en los que el establecimiento permanecía cerrado-, al encontrarme frente a su cierre metálico bajado, había sentido la angustia del enfermo que no consigue ponerse en contacto con su psiquiatra o del yonqui que no logra encontrar a su camello habitual.


- Ah, bon? – el tono de Gaston no resultaba en modo alguno ofensivo, sino una invitación a que el cliente se entregase abiertamente a la confesión. A Gaston le sobraba oficio, de eso no cabía ninguna duda.
- Sí, tal cual. Pero ya continuaré contándole la historia en otra ocasión. Así mantenemos un poco el suspense, ¿no le parece? Ahora me gustaría echar un vistazo a las novedades.


De El último verano en Madagascar.