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miércoles, 12 de noviembre de 2025

FICCIONES. Ascensor

 


Life’s an elevator

It goes up and down

Life’s an elevator

Can’t you dig the sound?

Marc Bolan (1976)


6


¿Cómo se titulaba aquella película en la que el asesino se queda atrapado en un ascensor? El tipo, un veterano de no sé qué guerra, está seguro de que ha ejecutado el crimen perfecto, pero al poco tiempo de abandonar la escena del asesinato se da cuenta de que ha tenido un descuido. Regresa para enmendar su error, toma el ascensor y de repente el ascensor se detiene y se queda a oscuras. El ascensor es el ascensor del edificio de oficinas en el que trabaja y la víctima, su jefe. Un magnate del petróleo o de la construcción. Algo así. Un bicho asqueroso. Cuando el edificio cesa su actividad, el bedel de la empresa corta el suministro eléctrico y eso es lo que explica que el ascensor se detenga entre dos pisos y que el asesino no pueda salir de la trampa en la que él mismo se ha encerrado. El veterano de guerra, por cierto, está liado con la mujer del magnate, mucho más viejo que ella.

    Desde que adaptamos el ascensor de la comunidad a la nueva normativa, el aparato ya ha sufrido tres o cuatro averías. Es como si el cambio no le hubiera sentado bien y le hubiera alterado el carácter. Cuando está enfurruñado, se niega sencillamente a moverse. Pero si le da la ventolera, te embarca en un viaje con parada en cada una de las siete plantas del edificio. Arriba y abajo, arriba y abajo, una y otra vez. Hasta que al final se cansa y le da por pararse en un piso que no es al que tú ibas en un principio. La nueva normativa, nos dijeron, debía significar una mejora en la seguridad y el bienestar de los usuarios del ascensor.

    En fin, son cosas que uno oye en conversaciones entre vecinos escuchadas a medias en el portal, porque lo cierto es que yo todavía no he sufrido ningún percance con el ascensor.

    Pero sí me he dado cuenta de algo. Antes el ascensor hacía sus viajes sin escalas. Salías del punto A y llegabas sin interrupciones al punto B. Si había algún vecino aguardando en el rellano, tenía que esperar a que hubieras llegado al final de tu trayecto para que el ascensor le obedeciera al pulsar el botón de llamada. Mientras no hubieras llegado a destino, el otro no podía subir a bordo. Ahora el ascensor obedece automáticamente a cualquiera que pulse el botón desde fuera, de modo que, queriendo subir, puede que alguien te haga bajar, o que, de camino al garaje, te lleven hasta el último piso del edificio y acabes dándote de bruces con el perrazo del vecino del séptimo, que por supuesto no esperaba encontrarse a nadie allí dentro. La nueva normativa ha introducido un elemento de azar en nuestras vidas que a mí no me gusta nada.

    Ayer oí, por ejemplo, que hace un par de días el hijo adolescente de una familia del quinto, ese chico tan amanerado, se había quedado atrapado durante varias horas dentro del ascensor. Cuando lo sacaron, su nivel de dióxido de carbono en sangre estaba por los suelos y presentaba todos los síntomas de la hiperventilación. Taquicardia, vértigo, sensación de ahogo. Al parecer, el ataque de pánico no fue a más porque el chico estuvo todo el tiempo en comunicación con su madre, que lo calmaba a través del teléfono móvil. Supongo que los móviles resultan útiles en situaciones así. Yo, sin embargo, sigo considerándolos una de las peores aberraciones de la tecnología moderna.

    “¿Qué te llevarías a una isla desierta?” es la pregunta típica. Pero creo que deberíamos cambiarla. Al fin y al cabo, no creo que quede ya ninguna isla desierta sobre la faz de la tierra. Lo que sí hay son ciudades cada vez más grandes. Y en las ciudades, edificios cada vez más altos. Y en todos los edificios, un ascensor o varios. Así que ahora la pregunta quizá debería ser “¿Qué te gustaría tener contigo si te quedaras atrapado en un ascensor?”. Imagina que, como el protagonista de aquella película, te pasaras encerrado toda una noche en la estrecha cabina de un ascensor. A solas. Sin teléfono móvil. ¿Qué harías? ¿Cómo llenarías el tiempo?

    No sé por qué, pero creo que en una situación así lo primero que yo haría sería quitarme los zapatos y los calcetines, meter los calcetines dentro de los zapatos, acomodarlos en un rincón y finalmente sentarme en el suelo. Después haría inventario del contenido de mis bolsillos. Y luego tal vez me dedicaría a poner orden en la cartera. Algo que nunca he hecho. Ya está vieja y raída, y con los años he ido engordándola con mil tarjetas y papelillos absurdos que guardaba con vistas a un uso futuro que jamás llegó. La verdad es que nunca los he sacado del lugar que les asigné en aquel primer momento y que nunca me han servido para nada. Ahora tal vez podrían servir como estímulo para el recuerdo. Como una especie de diario de viajes en miniatura. Estoy seguro de que tendría entretenimiento para muchas horas.


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sábado, 19 de septiembre de 2020

FICCIONES. «Mi cabeza como el sol de la mañana»


Ya puedes leer el tercer número de la revista Cósmica Calavera, que incluye el relato que abre mi último libro de cuentos: Pornmutaciones.

 

Acariciar pelo muerto me tranquiliza, barrer me tranquiliza. Me calma. Me gusta el ruido del roce de los pelos del cepillo contra las baldosas. Los cepillos también tienen pelo, pero las fregonas tienen trenzas como los negros jamaicanos. A los pelos de los cepillos, e incluso de los cepillos para el pelo, me parece que les llaman cerdas. Cerda, guarra, más que guarra. Mientras barro me canto canciones dentro de la cabeza. Canciones de cuando era niña. Dentro de la cabeza nadie me oye, por eso prefiero vivir dentro de mi cabeza. Dentro de mi cabeza me canto: así barría, así, así, y otras cosas sobre una niña que no podía jugar porque siempre estaba muy muy atareada. Con las cerdas del cepillo voy marcando el ritmo. Con los pelos. Y es como si tocase la guitarra.

Es temprano. A primera hora, los días de diario, no suele venir mucha gente. Pero ya me he ocupado de una clienta madrugadora. Una señora mayor que viene cada dos semanas más o menos y de la que todavía no me he aprendido el nombre. Soy olvidadiza, me cuesta hacerme con los nombres, así que para no pasar vergüenza evito dirigirme a los clientes habituales por su nombre de pila. Digo señor o señora y ya está. Luego los invito a acomodarse. A-co-mo-dar-se. Es una palabra que me gusta, con empaque. Como de salón de belleza de la zona alta. Acomódese usted aquí, por favor.

LEE EL RELATO COMPLETO EN 



 

* ANTES EN FICCIONES.

domingo, 23 de agosto de 2020

FICCIONES. Delantales pareados #3


 

 

[Música extradiegética: Krzysztof Penderecki, Polymorphia na 48 instrumentów smyczkowych. (Muy queda, casi imperceptible)]

 

ELLA: ¡Quédate aquí! ¡No salgas del coche!

Él: Creo que lo has reventado…

ELLA: Por eso. No salgas. Ya voy yo. Seguro que está todo lleno de sangre.

ÉL: Ya no me impresiona tanto la sangre… Bueno, eso creo… Antes sí. Antes, de chaval, de adolescente, bastaba con que me sangrara un poco la nariz para que me desplomara. Pero ahora…

ELLA: Ahora igual, así que mejor no salgas.

[…]

ÉL (alzando la voz): ¿Y bien? ¿Qué tal todo por ahí?

ELLA (alzando la voz): ¿De verdad quieres que te lo cuente? No es un espectáculo precisamente agradable, eso te lo aseguro.

ÉL: ¿Por qué no lo echas a la cuneta y continuamos viaje? Al coche no le ha pasado nada, ¿no?

ELLA: El coche parece que está bien. Tiene una abolladura, pequeñita, sin importancia, en el lado del conductor. Y el cristal del faro del mismo lado se ha roto un poco, pero la luz sigue funcionando.

ÉL: Ya lo veo. Ya te veo. Pareces la chica de la curva con esa luz. Estás guapa y fantasmal…

ELLA: Tú, sin embargo, eres solo tiniebla… Eso sí. Todo el morro del coche está hecho un cristo de sangre. Todo chorreando…

ÉL: ¿Y entonces?

ELLA: ¿Y entonces qué?

ÉL: ¿Qué pasa por ahí afuera? ¿Seguimos? Al final nos van a dar las luces del alba. (Canturrea:) “Mi alma, mi cuerpo, mi voz, no sirven de nada”.

ELLA: No seas gilipollas. Esto es serio.

ÉL: ¿Tan serio?

ELLA: ¿Quieres que te cuente? No me gustaría que te me desmayaras ahora. Necesito que me sigas cantando para que no me duerma durante el viaje, mientras conduzco.

ÉL: ¿Quién se hace la graciosilla ahora?

ELLA: No va a ser tan fácil…

ÉL: ¿Eh?

ELLA: Es grande, no sé lo que es… Tú entiendes más de perros que yo. Puede que sea un mastín o algo así…

ÉL: ¿Quieres que te ayude?

ELLA: ¡No seas bobo! ¡He dicho que te quedes en el coche! ¡No salgas! Es grande y tiene toda la cabeza reventada, hecha puré…

ÉL: ¡Joder! El golpe no parecía para tanto…

ELLA: Pues sí… La cabeza hecha pulpa… Todos los sesos están desparramados por el asfalto… Si no eres muy escrupuloso, hasta resulta bonito… Está convulsionando, tiembla… No sé si todavía estará vivo… ¿Se pueden tener convulsiones cuando ya estás muerto?

ÉL: ¡Mecago’n la puta! ¡Me estás asustando! ¿Quieres que salga?

ELLA: ¡Quieto ahí! Tranquilo… Cántame otra canción, anda… Lo difícil va a ser desengancharlo del coche… Tiene los intestinos enredados entre el parachoques y la rejilla del ventilador… No sé si se llama así: “rejilla del ventilador”…

ÉL: […]

ELLA: Voy a tardar un poquito…

[…]

ÉL: Me estaba acordando de nuestra conversación sobre el porno del otro día… Pero sigue mirando al frente, no vayamos a tener otro percance… ¿Te acuerdas de mi amigo Andrés?

ELLA: Creo que no conozco a ningún Andrés. Por lo menos, a ningún Andrés que sea amigo tuyo.

ÉL: Has hablado un par de veces con él, pero es igual…

ELLA: Vale, ¿qué pasa con tu amigo Andrés?

ÉL: Que no puede ver una peli porno sin ponerse a llorar, te lo juro. Bueno, al menos el me jura que es así…

ELLA: […]

ÉL: Dice que las encuentra insoportablemente tiernas.

ELLA: Pero ¿le ponen cachondo?

ÉL: Bueno, sí. Parece que ahí no está el problema. Se pajea como cualquier hijo de vecino, pero mientras le está dando al fuelle se le caen unos lagrimones como globos aerostáticos. Dice que cuando se corre le entra un llorera que despierta a todo el vecindario. ¿Te lo imaginas? Berreando de gusto y deshaciéndose en lágrimas a la vez…

ELLA: No me extraña que sea colega tuyo. Sois tal para cual.

[La música se va desvaneciendo lentamente]

ELLA: ¿Sabes una cosa?

ÉL: ¿Qué?

ELLA: Era mentira. Lo del mastín… Era mentira.

ÉL: […]

ELLA: Era un zorro. Y estaba muerto, pero entero. Reventado, pero íntegro. Un crimen muy pulcro, como a ti te gusta.

(De Microfilms.Cinematógrafo portátil. Demo)

 

* ANTES EN FICCIONES.

 

sábado, 21 de abril de 2018

FICCIONES. Soliloquio del asesino



"Un círculo iluminado: un islote de un blanco refulgente rodeado por un mar de densa oscuridad. En el centro del círculo hay algo. Se distinguen algunas manchas de color rojizo, tal vez azulado, pero nada más. El plano es tan lejano que por ahora el espectador es incapaz de determinar qué es lo que ocupa el centro de la escena. Poco a poco, muy lentamente y en un acusado picado, la cámara va aproximándose al círculo de luz. Una voz en off acompaña el desplazamiento de la cámara; es apenas un susurro que se repite varias veces:

VOZ EN OFF: Esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia de una brutalidad inocente, esta nostalgia…"

Puedes leer el relato completo en el nº 11 de Triadæ Magazine, pp. 32-34:


https://issuu.com/triadamagazine/docs/triad__magazine_-_n.11_-_abril_2018
*Antes en FICCIONES.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Stalingrado - Roland Topor (1989)





Poco después de la guerra mi madre recibió una carta desde Moscú de su hermana, uno de los pocos miembros de la familia que había sobrevivido al exterminio nazi: “Mi hijo Choura era piloto de caza. Murió en Stalingrado. Me he enterado de que en París hay una estación de metro que se llama Stalingrado. Te pido que, si por casualidad pasas por allí, tengas un recuerdo para Choura”.

            Mi madre nos leyó la carta. Se nos hizo un nudo en la garganta. Debo decir que mi hermana y yo pasábamos cuatro veces al día precisamente por Stalingrado. Para ir y venir del instituto. Durante los días siguientes adoptábamos un gesto grave dos estaciones antes de llegar a Stalingrado. Pero cuando el tren se detenía, era más fuerte que nosotros y el ataque de risa hacía que nos dobláramos por la mitad. Y eso que hacíamos esfuerzos desesperados por mantenernos serios. Nada que hacer. La risa acababa siempre por imponerse. Una risa formidable, inextinguible, que nos dejaba rotos, con el estómago dolorido y el rubor de la vergüenza en la cara.

-         ¡Eso no está bien, de verdad! –protestaba mi hermana- ¡El pobre Choura!
-         ¡Pero si has empezado tú!
-         ¡Ah, no! ¡Has sido tú!

Vano esfuerzo. Hasta el día de hoy, cada vez que pasamos por Stalingrado, ya sea solos o juntos, no podemos evitar reírnos. Pero ya no me da vergüenza. Mi tía se ha salido con la suya: pensamos en Choura.  





Relato de Roland Topor incluido en el libro Les Combles parisiens (Botanique/Librairie Séguier, 1989) y leído por el autor en “Topor intime”, programa emitido póstumamente en France Culture el 14 de febrero de 1998. Traducción de Diego Luis Sanromán.

sábado, 27 de mayo de 2017

FICCIONES. Micropornmutaciones #1



 
Dijiste que me dejarías seco.
Que me lo comerías todo.
Que me sorberías hasta los tuétanos.
Y se ve que tú no eres de las que echan la lengua al aire.
Así que aquí estoy ahora.
Media cáscara de nuez balanceándose tristemente sobre su panza arrugada.


viernes, 2 de septiembre de 2016

FICCIONES. Glas.






TRATAMIENTO #1



EXT. DESCAMPADO – CAÍDA DE LA TARDE

Un descampado en las afueras. Viejos montones de basura que por efecto del paso del tiempo han quedado transformados en túmulos irregulares. Nuestro personaje decapita espigas con una rama pelada, patea latas herrumbrosas, escala montículos: pasa de los cuarenta, pero aquí se siente de nuevo un niño explorador.

Durante un instante queda oculto por una de las elevaciones del terreno. Cuando vuelve a aparecer en imagen, lleva en la mano lo que parece una bolsa de viaje. [De alguna manera debe quedar claro que se trata de un hallazgo casual]. Desconfiado, mira a uno y otro lado para comprobar que nadie lo está observando, que no se trata de una broma o de una trampa. Abre la cremallera de la bolsa, mira en el interior, vuelve a cerrar la cremallera. Apretando la bolsa contra el pecho, sale de cuadro.

viernes, 31 de octubre de 2014

FICCIONES. Diez Microminirrelatos de Miedo Diez.






1. Aquello repta allí sobre las rocas.

2. Aún aletargado, creyó que se trataba del crepitar desfalleciente de las últimas ascuas, pero pronto se dio cuenta de que algo le estaba royendo el hueso y sorbiéndole con delectación golosa el tuétano de la tibia.

3. Espejito, espejito… ¡Qué dientes tan grandes tienes!

4. Esa mirada. En ocasiones mi hermano me observa como si regresara del otro lado.

5. ¿Por qué todos esos pingüinos se han congregado alrededor del explorador herido?

6. Contemplaban estremecidos el rostro congestionado, las convulsiones de la tráquea, la angustia de la apnea. Después, al final, un estruendo gástrico: la niña disfrazada de Catwoman había expulsado una bola de pelo.

7. Una danza de sombras bajo la rendija de la puerta, el redoble de pasos apresurados y hostiles. El ladrido de los perros.

8. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve ¡y diez! No entiendo por qué mis pequeños amiguitos han dejado de ocultarse cuando jugamos al escondite.

9. A través de una sutilísima cánula, aquel artefacto inoculaba en el corazón de los ajusticiados un racimo de más de mil huevos de araña. Por lo general, reclusas pardas.

10. Quiroga: “Su luna de miel fue un largo escalofrío”. 




jueves, 27 de marzo de 2014

FICCIONES. Necesidad gratuidad narcisismo



Decía que era su vocación, la misión de toda una vida, la única obsesión a la que merecía la pena consagrarse. Un buen día, sin motivo aparente, había decidido que deseaba escuchar y registrar los ruiditos, arrullos y gemidos que emiten las mujeres cuando están a punto de correrse. Y con “las mujeres”, él se refería no a algunas mujeres, sino a todas las mujeres del mundo, o cuando menos a aquellas que, de un modo u otro, pudieran ponerse a su alcance. Así, durante años se le vio acechar a las parejas que lo hacían en los coches, en descampados desolados y cubiertos por la primera escarcha, bajo una luna ósea y expectante. En otras ocasiones, su mano furtiva depositaba la grabadora en el alféizar de la ventana del dormitorio matrimonial, en una de esas noches de verano en las que la canícula del día aún persiste pero concede una pequeña tregua a las bestias de sangre caliente. Otras, en fin, conseguía deslizar el aparato bajo la almohada de sus escasas amantes, mientras él se entregaba a un cunnilingus en el que alternaba la ferocidad con la ternura más desoladora. Fue el ruido lo que alertó finalmente a los vecinos, y los vecinos los que alertaron a la policía: hacía días que, a través de los tabiques de su apartamento, podían oírse los gritos y lamentos de decenas de mujeres a las que no se sabía muy bien si estaban torturando o conduciendo hasta la cima de un placer inconcebible. A él lo encontraron tumbado en la cama, vestido con su mejor traje y con una sonrisa de imbécil adornándole la palidez del rostro. Muerto. Sobre la mesilla de noche, su pequeña grabadora emitía en auto-reverse un ulular continuo de más de dos horas de duración. Según los cálculos de la policía, cada hora de aquella extraña sinfonía incluía los preludios de unos seiscientos quince orgasmos de otras tantas mujeres diferentes. Así que nuestro amigo debía de haber asistido a la pequeña muerte de unas mil quinientas hembras humanas. Corrida arriba, corrida abajo. 
[...]


lunes, 3 de febrero de 2014

FICCIONES. Candy Barr ya no escribirá más poemas


https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiNBv7WgRRQK-8Ay5oc_3bXTbdj-Ie5onpjVE6ptjimtMJUBqpCVKnWQMlCfpZFcGbzl_mhpxRDu5JX0aJ5xdblxLTJIEGPIx1CH5hwuM04-8BXPtqo5HkEf27V3VrkQH-pxunL4ZThIU4/s1600/barr01.jpg


La luz nos da calor, ese foco nos da calor. Afuera también hace un calor infernal. Según dicen, el calor de California es así. El sol de Call'n'Fornicate, como dice Franco. No entiendo muy bien por qué han colocado el foco tan bajo. Se lo he preguntado al chico que se ocupa de la cámara, pero él me ha escupido a la cara: “tú ocúpate de lo tuyo y deja que yo me encargué de lo mío. Pon el coño a funcionar y cállate la boca, ¿vale?”, o algo parecido. El calor, el foco, la bebida: me siento un poco mareada. Tengo la impresión de que han debido de echarme algo en la copa, porque después de todo tampoco he bebido tanto. Dos o tres vasos, a lo sumo. Afuera, en la piscina, se estaba algo mejor. Allí al menos se puede contrarrestar el castigo del sol con la frescura del agua clorada –con demasiado cloro, de hecho-, pero aquí… Antes, cuando Franco me ha agarrado por detrás y me ha lanzado a la piscina, me ha dado un susto de muerte. Entonces he empezado a sospechar que algo ocurría, aunque ni siquiera me he dado cuenta de que ya habían puesto la cámara en marcha. Él, sentado en la orilla, me salpicaba con el pie. Ahora pasea desnudo de un lado a otro en la habitación del motel, estirándose la polla para mantener la erección. El cuarto es demasiado pequeño para tanta gente, las persianas están bajadas hasta el final y no hay otra luz que la de ese foco que nos está consumiendo poco a poco como si fuéramos figuritas de chocolate. La luz proyecta nuestras sombras desde abajo contra la pared del fondo y parecemos seres extraños, monstruos venidos del espacio exterior, personajes de una película de miedo de las malas. Más que una peli porno, esto es una peli de terror –pienso para mí-. La sombra de la polla de Franco, por ejemplo, tienen cinco veces el tamaño de la polla de Franco. Visto así recuerda a un vampiro al que hubieran clavado una enorme estaca. Eso sí: el puto Van Helsing debía de estar borracho como una cuba cuando lo hizo, ¿sabes lo que quiero decir? El director tuerce un poco el gesto cuando me ve sonreír abstraída, así que me acerco a Franco y continuamos la función. También yo me siento un poco mareada. Mientras nos besamos, me viene a la mente la siguiente imagen: una sala de cine vacía y sobre la pantalla dos cabezas gigantescas, en un blanco y negro muy sucio y con mucho contraste, que intentan devorarse la una a la otra. En el cine todo es silencio, porque la película no tiene sonido, pero aquí la habitación se ha llenado de un ruido como de chapoteo, como de cosas pringosas que chocaran entre sí. Me imagino que Franco y yo somos dos babosas que se retuercen mientras se van cociendo al calor de ese foco maldito. Ahora el director dice que nos echemos sobre la cama, que nos enzarcemos en una pelea fingida, y nosotros forcejeamos, nos buscamos los labios, nos lamemos, nos chupeteamos el uno al otro, y al final Franco improvisa y me la mete sin avisar. Pasados un par de minutos, el director nos ordena: “cambiad de puesto”, y yo me pongo sobre Franco y empiezo a cabalgarlo al trote lento hasta que el director dice basta. Franco, sin embargo, parece no haber tenido suficiente, así que se sienta a horcajadas sobre mi pecho e intenta meterme su fea polla en la boca. Yo me resisto, corcoveo como una yegua sin domar, pateó con furia el colchón, que despide una nube de polvo gris sobre el haz de luz cruda que nos ilumina, y el director sentencia al fin: “¡Llamad a Felicia la Felatriz!”. 

[Fragmento inspirado en la película Smart Alec, de 1951]



jueves, 25 de abril de 2013

FICCIONES. She’s an angel, I am the monster.





El Comisario está estribado contra el escaparate de una tienda cerrada, en una calle sin tráfico ni gente. Un viento leve le va arrancando la ceniza del cigarrillo que se le consume entre los labios agrietados. Transcurren algunos minutos. Cuando siente que la toba está a punto de quemarle los labios, la arroja sobre el polvo y la apaga de un escupitajo. Después se queda observando el esputo de color gris hasta que oye el ruido de unos pasos que se aproximan desde el otro extremo de la calle. Piensa: “si fuera alguien con ánimo de matarme, ya estaría muerto. Quiero decir: YO estaría muerto”. Piensa: “en otro tiempo, aquí debían de proliferar los seres, las cosas vivas. Pero ya no”. Piensa: “¿cuántas son tres por veintisiete? ¿Y por veintinueve?”. Y también: “siento retortijones. Tal vez sean los nervios, la excitación. Pero ¿nervios de qué? ¿Nervios por qué?”. La seca percusión de los pasos del extraño se hace sentir ahora muy cerca y su eco llena por completo cada rincón de la calle vacía. El Comisario piensa: “el crotoreo de las cigüeñas” y vuelve la cabeza hacia el lugar del que procede el sonido. Una figura difuminada por el sol que le queda a la espalda se acerca por la otra acera. El Comisario aprieta los párpados y, haciendo visera con la mano derecha, trata de determinar la identidad del caminante. Cuando casi lo tiene enfrente, repara en que es un hombre que porta un maletín de cuero raído y calza unas botas desgastadas de lo que parece piel de serpiente. Del interior del maletín sale un clic, clic, clic de hierros que chocan entre sí. El hombre se detiene al llegar a la altura del Comisario e imita su gesto: frunce los párpados y se cubre los ojos con la mano que tiene libre. Luego le saluda alzando ligeramente el mentón. Al Comisario le vienen vislumbres de recuerdo a la mente, retazos de descripciones, fotografías desvaídas que le dicen que conoce a ese tipo, que ya lo ha visto en algún lugar. Y entonces cae en la cuenta: esa figura espigada que lo observa desde el otro lado podría ser Tom. Cierto es que tiene un aspecto más avejentado de lo que él pensaba, que tiene el rostro afeitado y el cabello cortado casi al rape, que parece algo más magro que el Tom que él recuerda o imagina, pero con todo… El Comisario le devuelve el saludo y se diría que el otro lo interpreta como una invitación a aproximarse, de forma que, antes de que pueda darse cuenta, ya lo tiene apenas a un palmo de distancia. Durante unos instantes ambos se miran sin hablar, pero enseguida el hombre deja el maletín a sus pies y comienza a palparse los pantalones y la chaqueta de cuero en busca de no sé sabe muy bien qué. Por fin, extrae un arrugado paquete de cigarrillos de uno de los bolsillos de la camisa y le ofrece de fumar al Comisario. El Comisario lo rechaza con un gesto de la mano. “Acabo de tirar uno”, dice señalando la colilla circundada por un menudo halo de humedad, y el otro le replica con una media sonrisa esquinada. “¿Y fuego? ¿Tendría usted fuego?”. El Comisario se saca un chisquero plateado del bolsillo interior de la americana y le brinda la llama al extraño. Este la protege del viento con ambas manos y deja escapar un “gracias” por la comisura de la boca. Después echa hacia atrás la cabeza y expulsa el humo hacia lo alto. “Es como si aullase”, dice para sí el Comisario, mientras se guarda el encendedor y se queda observando la prominente manzana de Adán del hombre, los esternocleidomastoideos en tensión, la silueta de la carótida.  

lunes, 5 de noviembre de 2012

FICCIONES. Hans Christian Andersen


A woman’s voice close to my ear
Said, “Why don’t you come in here?”
“You looked soaked to the skin”
Soaked to the skin
- Nick Cave.


Era un ruido lejano, difuso, que recordaba a un leve chapoteo. Marcel recorrió el breve trecho que separaba el dormitorio del salón y asomó la cabeza a través del vano de la puerta. En el centro de la estancia, un viejo ataviado con un impermeable de marino aplicaba un desatascador al suelo de parqué. Plop y plop y plop. Una y otra vez se afanaba por liberar una cañería fantasmal del obstáculo que bloqueaba el natural curso del agua. Marcel reparó entonces en algo que se le había escapado al principio: el salón estaba inundado, y pensó: “esto no puede ser bueno para la madera”. El viejo pareció oír sus pensamientos y se giró hacia él. Pero antes de que pudiera verle el rostro, se había volatilizado y, en su lugar, un decena de medusas traslúcidas saltaban de un lado a otro de la sala. Cuando despertó, la lluvia repiqueteaba sobre los cristales de las ventanas como dedos impacientes y el viento soplaba en rachas bruscas y desiguales.

Aún le llevó unos minutos salir de su ofuscación y volver a ubicarse en la familiaridad del cuarto en penumbra. En el despertador electrónico de la mesilla de noche constató que eran las 6:15 de la mañana: demasiado temprano para levantarse y demasiado tarde para reanudar el sueño. Finalmente, optó por lo primero. De una patada se quitó de encima el cobertor y enseguida se sentó al borde de la cama. Se quedó así durante unos minutos más, como si necesitase un tiempo para volver a acostumbrarse a la posición vertical. Bostezó, carraspeó, dejó escapar un pedo sibilante, se rascó la nariz con la palma de la mano y, a tientas, buscó con el pie el refugio de las zapatillas de paño. Lo que encontró, sin embargo, le hizo dudar de que en efecto hubiese regresado a este lado de la realidad.

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