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miércoles, 27 de agosto de 2008

FICCIONES. Les Petites Mouches de la Mort.


Desde la ventana de la Habitación de los Suicidios pueden contemplarse las evoluciones de Pierre el Gusano en su piscina y a Lady Blanche columpiándose en uno de los trampolines pequeños como si fuese un balancín y a Faón que mea contra un seto bajo la mirada inquisitorial del doctor Huet. La Habitación de los Suicidios ocupa el piso más alto de la cara norte de la vieja mansión en la que Anne y Lady Blanche elaboran las tramas de sus perversos jueguecitos y repasan los trajes de sus marionetas y guiñoles. En la Habitación de los Suicidios hay una colección de guillotinas gemelas en miniatura especialmente diseñadas para la siega de arterias radiales, una cámara de asfixia de paredes transparentes, áspides genéticamente modificados al gusto de los usuarios (desde los más letales y fulminantes hasta aquellos cuyo veneno induce un estado alucinatorio que facilita la calma transición hacia el estertor final), pistolas de doble cañón para el disfrute de amantes trágicos (“Una rareza –apostilla Lady Blanche- en esta época de pasiones blandas y resorts turísticos. Creo, de hecho, que sólo ha sido disparada en una ocasión”), manzanas emponzoñadas y cápsulas de cianuro de distintos sabores y colores, alfileres de sombrero dotados de detectores cardíacos, pastillas explosivas, dispositivos de descarga de alto voltaje, jaulas repletas de pirañas anfibias y cuervos vampiro, horcas testiculares, cucharas vaciacráneos y menguadores pulmonares y otros cien recursos e instrumentos capaces de satisfacer al más exigente de los odiator-sui. La Habitación de los Suicidios está situada a dos mil quinientos metros sobre el nivel del mar y tiene sus cuatro paredes pintadas de un verde-agua-estancada, adornado aquí y allá con salpicaduras de sangre e hilachas de masa encefálica de los usuarios menos cuidadosos. Para alcanzar la Habitación de los Suicidios es necesario trepar por una voluta de escaleras de hierro compuesta exactamente por diez mil quinientos veintisiete escalones. Y como suele decir Anne: “Uno tiene que estar muy bien asentado en su nihilismo para que el esfuerzo le salga realmente rentable”. La mayoría, en efecto, abandona mediado el trayecto y pocos son los que vuelven a intentarlo. Sólo se conoce un caso, el de un tal Arnoldo Hundschwein, que consiguió coronar la cima tras cinco intentonas fracasadas y acabó sus días en una bañera de obsidiana estrangulado por las dos serpientes de sangre que se le escapaban de las muñecas sajadas. Hay que señalar que los suicidas abortados aprenden a partir de entonces a saborear las dulzuras de la existencia con mayor fruición e intensidad. En cuanto a los que consiguen llegar a lo más alto, sólo puede decirse que ya no les queda lugar para el arrepentimiento ni vuelta atrás. Una vez dentro de la Habitación de los Suicidios, la puerta de entrada se clausura herméticamente y no queda sino una salida: esa ventana desde la que ahora puede verse a Pierre el Gusano brincar como un delfín aerofágico para alcanzar la comida que Faón sostiene entre los dedos índice y pulgar de la mano derecha. No se sabe de nadie, por cierto, que haya sobrevivido a la caída.


[De Ars Combinatoria]


sábado, 12 de julio de 2008

FICCIONES. Epiménides



Tom ensaya una media sonrisa pícara debajo de un bigotillo estrecho y oscuro como una procesión de hormigas. A Lady Blanche le gusta así porque le cosquillea el clítoris cuando Tom le hunde la lengua en el coño. Una lengua larga, sabia y húmeda, como ella dice siempre. Tom se acoda en la barra y ajusta el trasero en el taburete. Frente a sí tiene tres vasos de distinto tamaño y con distintos contenidos. Cerveza, bourbon y absenta, en ese orden y de mayor a menor. Si alza un poco la vista puede ver su reflejo, perdido entre las botellas de licor y los banderines del equipo de fútbol local, en el espejo que hay detrás del camarero. El pelo negro, largo, lacio, peinado hacia atrás; los ojos menudos y vivaces; la mandíbula sólida, maciza, cubierta con barba de cinco días. El camarero se cruza de brazos y también lo observa. Tiene la mirada desconfiada de alguien que ha vivido mucho y se ha topado con cabrones de todos los tamaños y condiciones. “Ninguno como yo, chaval”, dice para sí Tom, de repente dotado para leer pensamientos ajenos. El camarero se aproxima, apoya un brazo sobre la barra y a punto está de derribar las bebidas de Tom. En el bíceps lleva tatuada la cabeza de un dragón al que le falta un colmillo y el aliento le huele a cebollas podridas. Su frente casi roza la frente de Tom. “¿Cómo has dicho?”, le pregunta. “Tu tatuaje… me recuerda a algo o a alguien. No sé”. Tom completa su sonrisa y le da una palmadita amistosa al dragón desdentado. “Ponme otra ronda”.

Tom hace girar el taburete 180 grados. A esta hora de la tarde, el bar está repleto de obreros que acaban de salir del trabajo. Son trabajadores de una refinería cercana que llenan el aire del local con risas y gritos y con un hedor pesado de aceites industriales y sudor rancio. “De verdad que el trabajo apesta”, susurra Tom. A través de los ventanales sucios puede ver el poderoso hocico de su camión, las fauces amarillas moteadas de mosquitos reventados, el parabrisas reflejando un cielo sin nubes. Sentado a una mesa junto a los cristales, hay un enano que mordisquea un enorme habano sin encender. La O del anuncio de mollejas que tiene justo encima le circunda la calva como un halo de santo. El enano se vuelve y hace una señal a Tom para que se acerque. Tom se pulsa el plexo solar con el índice y pregunta “¿Es a mí?”. El enano asiente con su cabeza de cacahuete demasiado tostado. “Sí, sí. Tú. Acércate”.

Visto de cerca, el enano se asemeja más bien a un tubérculo. A Tom le recuerda de hecho a uno de esos muñecos que los niños hacen con patatas y palitos. Dos ramitas para los brazos, dos ramitas para las piernas y media cáscara de nuez a modo de sombrerito. El enano se levanta y retira una silla agarrándola por las patas traseras. “Siéntate. Hazme el favor”. Tom se recoloca la polla dentro de los vaqueros ajustados y obedece. Sobre la mesa hay un maletín de cuero raído, de esos que antaño utilizaban los médicos de pueblo. El enano mordisquea el puro, lo mueve arriba y abajo, arriba y abajo, una y otra vez. Al final, se lo quita de la boca y abre el maletín. “Echa un vistazo”. Tom alarga el cuello y mira dentro. “Es tuyo si te cargas ahora mismo a todos los que hay en el bar”. Tom hace un barrido con la mirada. Ve al camarero suspicaz que lo observa desde detrás de la barra, a un viejo bebedor solitario que ocupa el taburete que él acaba de dejar libre, media docena de obreros que alborota en torno a la máquina de dardos, otros grupos que hablan del trabajo, de fútbol, de mujeres o de lo que sea. “De acuerdo”, dice.

Tom sale del bar. Se oye el chirrido que emite la puerta del camión al abrirse y, al rato, el ruido seco que produce al cerrarse. Cuando regresa lleva un subfusil en cada mano. Un Ingram M11 en la izquierda y un UZI en la derecha. Silba para llamar la atención de los presentes y después grita: “¡La última la pago yo!”. El primero en caer hecho trizas es el enano del puro.

[De Ars Combinatoria]

jueves, 14 de junio de 2007

FICCIONES. FULMINANTE (por Diego L. Sanromán)


Desde que fui alcanzado por el rayo no he dejado de escribir. Poemas, relatos, novelas y algún ensayo. No hay género que no haya cultivado. En total, más de 30 libros publicados en cuatro años y otros tantos éxitos editoriales. Se dice pronto. Y cuando digo que fui alcanzado por el rayo no hablo en sentido figurado. Fui realmente alcanzado por un rayo durante una tormenta de verano. Un rayo buscón y traicionero que acabó revelándose, sin embargo, benefactor. Si Céline transfería la responsabilidad del Viaje a su compañero de Facultad X, yo puedo, con justicia, culpar de mi verborrea y de mi éxito literarios a aquel dichoso rayo. María desconfía de mi versión y afirma que siempre tuve talento para las letras y que sólo era cuestión de tiempo que el reconocimiento acabase por llegarme. Pero María me quiere y, a pesar de todo, es prosaica. No cree que las explicaciones fantasiosas se sostengan en la realidad y, mucho menos, en la ficción. ‘Por fortuna –me dice seria durante una conversación poscoital-, no has utilizado esa historia del rayo en ninguno de tus textos. Habría sido un fracaso’. María es de la escuela realista. ‘En literatura –replico no menos serio- la realidad no pinta nada; se trata de verosimilitud o, en los casos más logrados, incluso de La Verdad’. Y ella: ‘Luego me das la razón: tu historia del rayo iluminador, del rayo portador de la palabra, no se aguanta’. Lo cierto y verdadero es que antes de aquella noche de tormenta mi producción literaria era escasa y –he de confesarlo- de menguado valor. Escribir una sola página exigía varias horas de búsqueda fatigosa del término preciso y el adjetivo adecuado, de tachaduras y borrones para encontrar el tono y el ritmo necesarios a la narración o a la estrofa, e incluso días enteros de encierro, ayuno y castidad, que terminaban por descomponerme los nervios, las tripas y algunas glándulas cuyo nombre prefiero omitir. Después llegaban las desalentadoras correcciones y, al final, las más de las veces, la papelera justiciera. Si no me rendí antes fue, sin duda, por la solicitud y entrega de María, que siempre creyó –o, al menos, es lo que suele aseverar en las entrevistas- que yo estaba llamado a ser un ESCRITOR. ‘Así, todo con mayúsculas’ –añade-. Lo que no sabe, ni sepa tal vez nunca, es que yo estaba decidido a tirar la toalla y dedicarme en exclusiva a mi profesión de asesor fiscal aquella misma noche en la que salí al jardín acompañado de un vodka-tonic, con poco tónic, mucha vodka y hielo picado en pedacitos menudos. En esta parte del país las tormentas son imprevisibles. En apenas segundos se amontonan miríadas de nubarrones negros que enseguida descargan sobre la tierra con una rabia más propia de dioses enfurecidos. Yo apenas había terciado mi bebida y comenzado un discurso mental de despedida a mi triste vida de literato fracasado cuando quedé atrapado bajo una de esas tormentas de las que les habló. Y lo único que recuerdo es que el jardín se lleno de luz, pero yo me vacié, y que cuando me desperté tenía pegado al hocico el hocico de Ripley, nuestro mastín, que trataba de reanimarme con lenguetazos pringosos, y que de repente la cabeza me bullía de ideas, argumentos y versos tan brillantes como el rayo que me había fulminado. Desde entonces no he parado de escribir. Van ya para cerca de cuarenta libros y otros tantos –lo presiento- vienen en camino. Desde aquella noche no he parado… o ¿debería decir más bien que no puedo parar?

sábado, 19 de mayo de 2007

FICCIONES. El desmemoriado Geige (por Diego L. Sanromán)




[Fragmento]

Me llamo Max-Ernst Geige y soy un ser humano. Necesito dejar constancia escrita de esta verdad primordial antes de que la arena del tiempo lo haya engullido y sepultado todo. Necesito dejar constancia de esta verdad primera porque estoy seguro –y, créanme, son ya muy pocas las cosas de las que estoy seguro- de que dentro de poco ya no habrá ni un solo rastro de mí. Llegará un momento en que mire a los alimentos con una extrañeza total y definitiva y en que mis pulmones ya no sepan para qué demonios sirve el oxígeno. Doblaré entonces las piernas y me moriré en un rincón como una bestia abandonada.

Necesito dejar constancia –les digo- de que alguien alguna vez me dio por nombre el de Max-Ernst Geige y de que todavía soy un ser humano. Y ello aunque soy consciente de que este discurrir de la pluma sobre la página es un gesto inútil –otro gesto inútil más- y de que mi escritura habrá de tener la misma consistencia y perduración que un retrato hecho en el viento. Pero no me queda sino esto. Confiar con ceguera fingida en la capacidad de las palabras para enfrentarse a la corrosión del tiempo y en que el papel tardará más que mi cerebro en transformarse en polvo de cenizas. Una confianza de todo punto demente, les prevengo.

Últimamente he tenido ocasión –aunque también empujado por una necesidad por así decir vital- de pensar en una cuestión de cierta hondura; yo, que soy poco o nada dado a las profundidades y las filosoferías. ¿En qué lugares habita mi recuerdo?, he aquí la pregunta que no puedo dejar de plantearme una y otra vez desde que empezaron ha sucederse los extraños acontecimientos que, si nada ni nadie lo impide, trataré de narrarles. ¿Qué certifica lo que soy? Por lo que se refiere a la primera de las cuestiones, que en cierto modo encierra e implica esta última, la respuesta parece simple. Hay fotografías e incluso alguna película familiar en la que mi imagen quedó impresa; documentos escritos en los que figuran mi nombre, mi descripción, mis títulos, méritos e historia, e incluso algunos –muy escasos y de menguado valor, bien es cierto- que son obra de mi propia mano y en los que quise dejar apresados pensamientos y emociones de suyo huidizos; están además los trazos que dejamos en la memoria ajena, en la de los amigos y familiares, en las personas con las que tenemos contacto cotidiano o esporádico, y aun en la de aquellas con las que no nos hemos cruzado más que una vez en la vida; hasta el código genético es un modo de asentar nuestra memoria en el mundo. Sin embargo, yo no tengo hijos, mi recuerdo se ha borrado de la cabeza de los otros y hay indicios que me llevan a pensar que otro tanto habrá de ocurrir pronto con mi propia cabeza. Si nada cambia, en breve no seré ni la sombra de un espectro.

Todo comenzó con algunos sucesos de los cuales, en un principio, no supe determinar su auténtica trascendencia. De hecho es probable que todas las catástrofes comiencen así: mediante la acumulación de pequeñas brechas en el sucederse natural de los acontecimientos que nadie da en interpretar entonces como síntomas de los desastres que se avecinan.



Vivo en el centro de la ciudad, en uno de esos edificios antiguos que aún conserva un viejo ascensor con puertas de madera acristaladas y una de esas viejas porteras que se pasan los días encerradas en su pequeño tabuco del portal y, que a pesar de su aire despistado, no hay nada que se les escape y lo saben absolutamente todo de todos. He de confesar que soy de carácter reservado y un tanto tímido, y es corriente que mi relación con las gentes que no me son muy cercanas se limite a las consabidas y usadas normas de cortesía. Así había sido siempre con la vieja portera del edificio –cuyo nombre ya ni siquiera recuerdo- en los muchos años que llevo viviendo en mi apartamento del tercer piso, y así fue también el día en que empezaron a amontonarse las grietas de mi derrumbe.

No sabría, a estas alturas, establecer la fecha ni fijar los detalles de lo que sucedió, pero guardo aún –sólo los dioses saben por cuánto tiempo- un recuerdo difuso de lo esencial del asunto. Volvía, si no me equivoco, de uno de mis habituales paseos por el parque que ocupa el corazón de nuestra ciudad y, al atravesar el portal del inmueble, debí saludar a la portera con un acostumbrado “buenas tardes”. Creo, sin embargo, que del otro lado del ventanuco de la portería no hubo respuesta alguna. Mientras esperaba el ascensor, que por su tardanza debía encontrarse en los pisos más altos de la casa, noté como un picoteo entre los omóplatos. Me volví, bajé la mirada y me encontré con el rostro arrugado y el moño gris y esférico de la portera, que me observaba con ojos estrábicos y suspicaces.

- ¿Sí? –le pregunté tal vez.
- ¿Podría usted decirme a qué piso va? –debió de ser más o menos la respuesta.
- No la comprendo… A mi piso, naturalmente.
- Tengo orden de no dejar pasar a nadie que no se haya identificado previamente y como es debido.
- Desde luego, lo sé –confirmé extrañado-. Yo mismo fui uno de los promotores de esa medida dentro de la comunidad de vecinos.
- Le agradecería –añadió endureciendo el tono- que se dejase de burlas y me dijese quién es usted y a qué piso se dirige.
- ¡Pero cómo! Sabe usted perfectamente que me llamo Geige, Max-Ernst Geige, y que vivo en el tercero b desde hace más de quince años.

La llegada del ascensor puso el punto final al sorprendente interrogatorio, que yo en aquel momento achaque a los primeros compases de la demencia senil que empezaba a nublar la razón y la memoria de nuestra pobre portera. “Es normal –pienso ahora que pensé-; la mujer tiene tantos o más años que este ascensor y los engranajes de su cabeza han de estar tan oxidados como los del aparato”. La escena, sin embargo, no concluyó ahí, pues no bien hube llegado a mi apartamento y cambiado mi ropa de calle por algo más ligero, se oyó un prolongado timbrazo en la puerta de entrada que me hizo pegar un brinco en la butaca en la que ya me había acomodado. Abrí y allí estaban, enormes y uniformados.

- Disculpe –dijo uno de los dos policías-. Hemos recibido una llamada algo confusa de la portera del edificio. Según parece, un tal señor Neigel o Gaigen…
- Geige –interrumpí.
- Eso es: un tal señor Geige se ha colado en el edificio sin su permiso…
Expliqué a los agentes lo chusco de la situación, que en efecto al tal señor Geige lo tenían delante y que, contra las informaciones de la portera, yo era el dueño del apartamento en el que nos encontrábamos.
- Me permitiría ver su documentación. Sólo para estar seguros…
- Sin duda. Un segundo.

Volé, como quien dice, hasta al armario del dormitorio en el que guardaba la americana donde se encontraba mi cartera y volví igual de presuroso al recibidor, donde aguardaban los dos policías. La precipitación y los nervios hicieron que la cartera se me escurriese de las manos y que todos mis documentos se desperdigaran por el suelo. Fue el agente que hasta entonces había permanecido en silencio el que recogió mi identificación y se la pasó a su compañero. Ahora puedo asegurar que fue ese pequeño accidente el que evitó que me viese comprometido en mayores complicaciones.

- Max-Ernst Geige. En efecto, la dirección coincide. Todo parece estar en orden…


ANTES EN FICCIONES.

viernes, 27 de abril de 2007

FICCIONES. CRASH TEST DUMMIES (por Diego L. Sanromán)

Tenía entendido que el inconsciente es indestructible. En algún lugar había leído que en lo más hondo somos inmortales y que, por ejemplo, resulta imposible soñar con la propia muerte. Es decir, uno puede, sin duda, imaginar toda la dramaturgia del acto final, el último rictus torcido, los relojes que se paran, el placer dulzón de saberse rodeado de plañideras, pero no hay modo alguno de experimentar lo que hay del otro lado, o si se quiere, de morirse realmente en sueños. Y se le antojaba que ésta era una desventaja cruel –otra más- para el ser humano. Haberse muerto, no digamos cada noche, pero sí de vez en cuando, en la constancia algo caótica de eso que llaman sueños recurrentes, habría tenido –pensaba- el valor de un entrenamiento en el salto a la tumba o de una suerte de memento mori que ayudaría a perderle el respeto a la calavera. Y a lo mejor, quién sabe –se decía en momentos de suave melancolía-, en uno de ésos ya no se despertaba y resultaba que estaba muerto y bien muerto. Ahora sí, para siempre y sin mayores contemplaciones. Se dice también que las noches de cena ligera no son propicias a las pesadillas y que facilitan un descanso vacío de imágenes inquietantes. Y es el caso que él siempre cenaba poco o nada y, aun así, dormía siempre agitado y con la cabeza repleta de ensoñaciones tan turbias como turbadoras. Aquella noche se vio encerrado en un compartimento de paredes metálicas y oscuras; poco a poco se fue dando cuenta de que no estaba solo: a su alrededor había media docena de seres ataviados con el uniforme de lo que pronto reconoció como propio de las fuerzas aerotransportadas del ejército. De un ejército cualquiera. O mejor: del Ejército de los Estados Unidos de Norteamérica. Eso es, en el sueño era un paracaidista USA que sobrevolaba en helicóptero una selva camboyana o vietnamita, no estaba seguro. Reconocía el sonido de las hélices sobre su cabeza, aunque nunca había volado en helicóptero, y percibía con nitidez los olores de la guerra que venían de abajo. Gasolina, árboles incendiados, reses en llamas, cadáveres carbonizados o en putrefacción. Observó a sus camaradas de armas y advirtió que, en lugar de cabezas y rostros humanos, bajo los cascos guerreros no había más que las caras de goma de seis crash test dummies. Les ofreció, a pesar de todo, un cigarrillo, como recordaba se hacía en las películas en situaciones semejantes. Ninguno se movió. Hubo de repente destellos en el cielo. Al retirar la mirada de sus compañeros descubrió que las paredes del aparato se interrumpían un poco más allá, a su izquierda, y que a través de dos puertas grandes y enfrentadas era posible distinguir las copas de los árboles, el cielo que comenzaba a nublarse y el fulgor de los disparos de las baterías antiaéreas. Se sentó en el borde de una de las aberturas, con los pies colgando sobre la selva, para admirar los fuegos de artificio. Fuck, this is REALLY beautiful!, exclamó con cierto deje tejano. Dio una calada fuerte y el humo del cigarrillo se fundió con el de la selva en llamas. Al rato arreciaron los disparos. Lenguas de fuego alargadas pasaban rozando los flancos del helicóptero, el rotor, las aspas. Uno de los proyectiles atravesó la máquina de parte a parte, muy cerca de su oreja derecha, pero sin causar daño alguno. Apagó el cigarrillo y esperó. Por fin algo golpeó lo que él suponía debía ser la cabina del aparato, que zozobró primero y después comenzó a precipitarse hacia los árboles. Sentía trepidar el helicóptero, oía como las ramas arañaban su pellejo de hierro. Poco antes de que se estrellase, alzó el pulgar en señal de aprobación a los demás tripulantes. Lo último fue el leve crujido de su cráneo partiéndose en dos.

martes, 10 de abril de 2007

FICCIONES. UNA PASIÓN SILENCIOSA COMO LA TUMBA (por Diego L. Sanromán)


[Fragmento]



[...] mi hijo, mi pequeño, no entiendo cómo pudo gritarme aquello, yo lo traje al mundo, sabe usté, no debió gritarme aquello, a una madre se le debe respeto aunque se haya convertido en un ser monstruoso al que todos repudian, los años fueron transcurriendo sin que nos diéramos apenas cuenta, al principio todavía manteníamos el contacto con la familia de mi difunto marido en Santander, pero poco a poco las relaciones fueron enfriándose y llegó un día en el que, sin saber cómo, ya no volvimos a vernos ni hablarnos nunca más, es curioso el modo en que la gente entra y sale de la vida de una, no hay catástrofes ni enfrentamientos ni grandes crisis, de repente aquellos a los que tanto habíamos querido y frecuentado dejan de estar ahí y ya no los echamos de menos, los encuentros se van espaciando, recurrimos a las excusas más fáciles y bobas para posponer las citas y finalmente acaban por evaporarse en el aire como fantasmas, años después, qué ironía, nos enteramos de que aún seguían vivos porque nos notifican su fallecimiento, pero para entonces los muertos no son tan ajenos como los que aparecen en los noticiarios de la televisión, es doloroso, inaguantable, ser una superviviente, ¿no le parece?, Dios o quien sea no debería permitir que asistiésemos a la desaparición de nuestro propio mundo, de lo que daba –como suele decirse- sentido a nuestra existencia, flash, un pase con la varita mágica y todo se volatiliza, y ya no queda nada ni nadie, conque los años fueron transcurriendo sin que apenas nos enterásemos, pasaron veranos sin Santander e inviernos sin cine, porque a mi pequeño vino poco a poco a suplantarlo un adolescente, un desconocido al que molestaba la simple presencia de su madre, el calor del cuarto en penumbras, el olor a mentol, entonces le gustaba que lo arropase y le diese un beso de buenas noches, tan pequeño, tan frágil y todo cariño, era lo único que en ocasiones me ayudaba a olvidar la ausencia del Padre y del Marido, pero aquel pequeño se fue, se murió también en cierto modo, alguien dejó a la puerta de mi casa a un joven macho insolente y extraviado, y en lugar de aquellos ojillos que me observaban con una ternura que era casi devoción ya no encontraba más que las miradas desafiantes de un extraño, odio y un asco insufrible, las mandíbulas bien apretadas, los adolescentes son así, durante unos pocos años es como si llevasen un demonio bajo el pellejo, después se pasa o no, porque los hay –sépalo usté- que no se recuperan de la herida de la adolescencia y la herida los mata o los deja tarados para los restos, en nuestro barrio había una mujer elegante y afable que también había enviudado joven, como yo, y que como yo tenía un hijo más o menos de la edad de mi pequeño, cuando el crío cumplió los quince o los dieciséis empezó a frecuentar a gente infrecuentable, drogas, pequeños robos, la cárcel y al final acabó con él una de esas plagas que son como la peste de nuestros días, la pobre mujer tuvo la mala fortuna de aguantar, de aguantarlo todo sin que una acierte muy bien a saber por qué o para qué, y ahora anda por ahí, apestosa, vieja y cubierta de harapos, deambulando por las calles del barrio como una sombra, mascullando palabras que sólo ella entiende, hablando tal vez con su hijo y su esposo muertos después de tanto tiempo, mi hijo, sin embargo, logró medio enderezar el rumbo y aunque no fue capaz de deshacerse del todo del demonio de la adolescencia, consiguió calmarlo y someterlo, sacar los estudios adelante mal que bien y convertirse en el hombre de provecho que hoy es, tan alto, tan apuesto, tan parecido a su padre, por eso no entiendo cómo pudo decirme lo que me dijo, llamarle una cosa así a su propia madre es una abominación, no soy buena, no he sido buena, lo reconozco, pero a una madre siempre se le debe un respeto, ¿no cree usté?, el deseo como una tempestad y los nervios como cuerdas que tirasen de nosotros y nos arrastrasen a la perdición, somos animales tan sucios, yo aún era una mujer joven y estaba sola y alguien había metido en mi propia casa a un macho adolescente lleno de vigor y de rabia, la vida nos somete a pruebas imposibles, corríjame si me equivoco, y rara vez salimos bien parados, primero son jugueteos inocentes, prolongación ingenua de las caricias infantiles, luego es como un estallido, como un latigazo de fuego en los costados, y se nos va la cabeza, se nos nublan los sentidos, como cantaban las coplistas de antes, en los pasillos de nuestra casa había una tensión eléctrica, cables candentes que sorteábamos a duras penas, la soledad, la tristeza y el deseo, agrios como leche podrida, entre tantos huecos, tengo un hueco negro en la memoria, la cabeza –como le dije al principio- ya no me funciona como antes, pero estoy segura de que algo indigno y sucio y terrible tuvo que ocurrir en aquella época, soy la mayor de las pecadoras, lo sé, pero también soy la que más sufre, no debió decirme lo que me dijo [...]

lunes, 5 de marzo de 2007

FICCIONES. El Mirón Tuerto (por Diego L. Sanromán)




[Fragmento]




Jueves, 21 de febrero


Del otro lado de la mirilla alguien me observa. Hace unos segundos la mirilla era un punto de luz en la penumbra del descansillo y ahora ha desaparecido. Me incomoda ser escrutado así, estar en el otro extremo del microscopio: los insectos son los otros –me digo-, no yo. En cuanto recupero algo el aliento me identifico. No se inquieten, tranquilizo a mi observador. Sólo soy su vecino de abajo. Les traigo un pequeño regalo. La puerta se entreabre con suspicacia, dejando vislumbrar apenas medio rostro de mujer, ajado y pringoso de afeites baratos. Ah, es usté, dice una voz que me hace pensar en una oca, un ganso o algún ave semejante. Reconozco en su entonación el asco y la desconfianza, pero a pesar de todo termina por abrir la puerta de par en par. Me he permitido subirles un pequeño obsequio. Espero que no le importe. Y entonces le muestro la bolsa de plástico blanca, húmeda y pesada. Hace algunos días me encontré con su hijo en el portal. Con su hijo y con el perro de su hijo, aclaro. La mujer de la voz de pato continúa mirándome de arriba abajo y de abajo arriba, como si no tuviese claro en que reino biológico debería clasificar al ser que tiene delante. Le prometí entonces que le proporcionaría alguna golosina para el animal, y aquí me tiene. Con un graznido, la mujer me hace saber que sigue mi discurso. Le prometí a su hijo…Bien, el caso es que recientemente he recibido la visita de mi hermana, que aún vive en nuestro pueblo natal…Es un tanto despistada y no siempre recuerda que el de su hermano es un estómago harto delicado…Lo olvida, ¿sabe usted? y siempre viene cargada con toneladas de comida que después se echa desgraciada pero inevitablemente a perder…Esta vez se trata -¿ve usted?- de una deliciosa y generosa ración de casquería. Vuelvo a alzar la bolsa a la altura de las narices arrugadas de la vecina del quinto. A través del plástico se adivina el color cárdeno de un hígado de considerable tamaño y las formas retorcidas y grises de una porción de intestino. Son entresijos de cerdo.

Sentado en mi salón, junto a la planta de aloe que cada vez luce más lozana y jugosa, converso con el fantasma de Marta. ¿Quién, en su sano juicio, no está loco?, la interrogo y ella calla. La vida no me ha enseñado nada salvo una cosa –le digo filosófico y sentencioso-: todos somos monstruos y eso que las personas seguras de sí mismas llaman normalidad no es más que la más abyecta de las aberraciones. ¿Quién no guarda cadáveres en el armario? ¿O en el congelador? Marta adivina el poso de despedida que hay en mis palabras y menea comprensiva la cabeza en señal de aprobación. Luego no es más que una fotografía en negativo y después nada: ya ni siquiera una sombra en el rojo de la atardecida. De repente he olvidado hasta el aroma de su coño.

“Lo más penoso ha sido el trabajo preparatorio: desnudarlo, arrastrar el cuerpo hasta la cocina y después izarlo. Ahora Alberto cuelga de los tobillos cabeza abajo, con las piernas ligeramente entreabiertas y las puntas de los dedos de las manos rozando el suelo de la cocina. Es algo semejante a una crucifixión inversa. En el centro de todo, el bulto pesado de los genitales se destaca sobre la mancha oscura del vello púbico. Apuntan hacia la palangana desportillada que tiene debajo como un dardo de carne. Reprimo la náusea y pienso que al drenaje habrá de seguirle inmediatamente la castración. Se diría que Alberto se burla de mí con esa falsa erección inducida por la ley de la gravedad; si no me libro de ella en primer lugar, no me veo capaz de continuar con el despiece. El cuerpo se entrega al degüello con la mansedumbre de lo ya muerto. Cuando una de las palanganas se ha llenado, la sustituyo por la otra. Tengan en cuenta que un individuo adulto puede contener hasta seis litros de sangre y que las palanganas no son demasiado profundas. En cuanto se ha vaciado, lo emasculo con un tajo limpio y certero”.

Son las pocas líneas que he encontrado en una nota perlada de gotitas de sangre reseca que data de hace un par de días y que ahora incorporo a este diario caótico. Apuntes tomados al natural, por decirlo de alguna manera. Es curioso que obviase en mi descripción los siguientes pasos del proceso, como si la decapitación, el destripe y el despiece propiamente dicho del cuerpo de Alberto no tuviesen la misma relevancia simbólica que el desangramiento o la amputación de sus cojones. Después del tiempo transcurrido, sólo se me ocurre decir que había algo de insultante en aquel colgajo: como si Alberto aún se permitiera reírse en mi cara o retarme al último duelo de dos machos que se disputan la mejor hembra de la manada. Tan sólo espero que no le haya causado una indigestión al chucho de los vecinos del quinto. El resto de sus restos, si me permiten el juego de palabras algo bobo, colma el interior de mi frigorífico nuevo a la espera de que les asigne un destino a la altura de lo que el bueno de Alberto se merecía.
Fotografía: Joel-Peter Witkin (1999).

lunes, 29 de enero de 2007

FICCIONES. Vino del Rhin en Copas Verdes (por Diego L. Sanromán)


[FRAGMENTO]

Todas las razones tienen el mismo peso: son livianas como una ventosidad. E igual de apestosas. Las razones: es decir, los motivos por los que reventé a puñaladas a P. se me escapan. O para ser claros: ni me interesan ni me preocupan. Probablemente porque, como todos, el asesinato de P. no puede ser santificado por motivos racionales de ningún tipo. Pasó, eso es todo. No puede decirse que lo odiase. Ni lo amaba tampoco: su compañía podía ser una fastidiosa carga o un ameno complemento dependiendo del estado de mis tripas –soy un dispéptico incurable- o de la benevolencia del clima. (Mientras reflexiono, admiro la flexibilidad de M. orinando. En cuclillas, es un animal inocente. “Apuesto a que no serías capaz de alcanzarme”, la reto. Y ella ni siquiera se vuelve: sigue mirándose la entrepierna chorreante como si estuviese empeñada en licuar hasta la última partícula de su ser). Tampoco podría apelar al socorrido recurso de los celos –el sólo hecho de pensarlo hace que una carcajada me revolotee entre los dientes- ni a esa curiosidad malsana en desentrañar –literalmente- las honduras y el misterio último de la carne humana que los sabios de ahí afuera asimilan con ciertas psicopatologías. Disecar a P. como a un sapo muerto jamás estuvo entre mis propósitos; sé muy bien que no hay misterios. Cuán consolador resultaría igualmente considerar el acto como el eslabón de una cadena de acontecimientos ineluctables y mi mano asesina como el instrumento pasivo de una fuerza que escapase a mi control; reniego de mi responsabilidad, desde luego, pero no quiero consuelos. Estoy solo y me contradigo. (M. se levanta al fin. Un hilillo dorado se escurre todavía por la tersura de su muslo izquierdo). Pasó, ya digo, sin más: P. estaba ante mí y yo tenía un objeto en la mano cuya punta afilada resplandecía. Así que lo maté.


[Fotografía: Brassaï (1933)]

miércoles, 3 de enero de 2007

FICCIONES. Fracaso escolar (por Diego L. Sanromán)

La primera fue la profesora de música. Se encontró de frente, en medio de la clase inicial, con Marta que le decía ‘Vamos, repítelo’. ‘Di ahora lo del “fíjese” y ríete si te atreves’. La de música no dijo nada, temblaba apenas, los chicos echaron a correr y Marta disparó una de sus pistolas. Dos charquitos, uno de orina y el otro de sangre, se fundieron entre los muslos de Ana, profesora de música en el Instituto de Enseñanza Secundaria X desde hacía una docena de años. El miedo le había aflojado la vejiga. Aquel debía ser, sin embargo, un día tranquilo. Los viernes generalmente lo son, a pesar de la excitación de los chavales por la proximidad del fin de semana. Pero en el mundo de la enseñanza no valen las previsiones. Se lo digo yo, que llevo unos cuantos años en esto. Al parecer, Marta llegó un poco antes de lo normal, saludó a los bedeles –sonreía, cosa rara en ella- y se mantuvo con el abrigo puesto en la sala de profesores hasta que sonó el primer timbre. A cada ‘buenos días’ somnoliento respondía con un ‘buenos días’ consabido y una sonrisa desacostumbrada. Escuchó algunos chistes sin gracia mientras esperaba. Después se levantó, fue detrás de Ana y, cuando llegó a su clase, se desabotonó el abrigo. En estas fechas del año los muchachos acostumbran a explotar petardos, así que los tiros no alarmaron a nadie. Marta fue pasando por todas las aulas del primer piso, vaciando las clases de alumnos y el cargador en el cuerpo de sus queridos compañeros. Adriana, Jesús y Alfonso fueron los siguientes en la lista. Luego desde la cabina del conserje convocó urgentemente a todo el profesorado. Enviamos a los alumnos al patio y nos dirigimos al lugar de la convocatoria. Se formaron corros, había comentarios inquietos, nadie sabía a qué atenerse. Oímos tacones, el ruido de un peso que se deslizaba sobre las baldosas del pasillo que conduce a la sala de profesores. Al rato apareció Marta, profesora de Cultura Clásica del Instituto de Enseñanza Secundaria X desde hace más de quince años. Arrastraba por los cabellos lo que parecía el cadáver de Adriana y en la cintura de la falda plisada llevaba dos enormes pistolas negras. Otra en la mano. Nadie acertaría a decir de dónde las había sacado. Nada más llegar soltó la cabellera de Adriana –la cabeza cayó al suelo con un sonido de fruta podrida- y disparó contra Paco, el director. Nunca habría imaginado algo así. Su cráneo estalló como si portase una carga explosiva en el interior. Entonces fue todo confusión. La gente gritaba, se agitaba descontrolada, algunos –yo misma- nos quedamos congelados en nuestra incredulidad. Un tiro en el pecho de Andrés calmó a la concurrencia. ‘Callaos, coño’-aulló Marta. ‘Basta ya de teatro’. ‘No va a haber discursos ni justificaciones. Que cada cual se cuente el cuento que más le plazca’. Mirábamos extasiados lo que había sido la cabeza de Paco, ahora sin ojos, sin nariz, sin nada. Tan sólo una mandíbula riéndose estúpida de una broma incomprensible. ‘No se cuántas balas tengo, pero sí sé que tengo buena puntería. He entrenado. Así que no habrá fallos’. Tatiana, Alfonso, después Mauro. Esperábamos, como corderos en el degolladero, nuestro turno. Al final se oyó en un susurro ‘A mi señal, nos echamos sobre ella’. Dicho y hecho, Luis alzó la mano y nos arrojamos sobre Marta con una fiereza unánime y suicida. Aún cayeron dos más de los nuestros. Entre el desbarajuste de miembros agitados, una mano arrebató de la falda de Marta un arma, hundió el cañón en uno de sus pabellones auditivos y apretó el gatillo.
[Ilustración de Ángel Jové]

viernes, 15 de diciembre de 2006

FICCIONES. Rebeldía (por Diego L. Sanromán)

Máximo tiene la cabeza y la cara grandes y los ojos diminutos. De hecho, todos sus rasgos faciales se agolpan en un pequeño cuadrado imaginario de apenas cinco centímetros de lado. A veces pienso que esa nariz y esos ojos minúsculos estuviesen a punto de perderse por el sumidero de la boca. Si lo miro durante demasiado tiempo, experimento algo así como un vértigo angustiado: tengo miedo de que su rostro de repente desaparezca y quedé reducido a una superficie de piel lustrosa, enigmática y pálida. Cuando se emborracha, los ojillos se le achican hasta que no quedan sino dos grietas de carne semejantes a dos meatos melancólicos. Cuando nos emborrachamos, Máximo tiene ojos de polla y, en honor a la verdad, nos emborrachamos muy a menudo. Mi amistad con Máximo es una amistad heredada. Conozco a Máximo porque nuestros padres, ambos prestigiosos miembros de la comunidad médica de la ciudad, ya se conocían cuando niños y siguieron cultivando su camaradería siendo adultos. Y aunque nunca me he interesado por indagar en el asunto, es harto probable que nuestros padres a su vez recogiesen el legado de la amistad del abuelo de Máximo y de mi abuelo, y así sucesivamente y hasta remontarse saben los dioses cuándo. Ésta es una ciudad pequeña y parcelada en un rígido sistema de castas que, para bien y sobre todo para mal, aísla a unos grupos sociales de los demás y favorece su reproducción endogámica. Máximo y yo estábamos, pues, predestinados a encontrarnos. Sin embargo, tengo la sensación de que con nosotros habrá de romperse esa secular cadena de amistades y puede que incluso el estricto orden jerárquico que, según afirman nuestros próceres y nuestros manuales de historia, ha sido el soporte de la paz social en nuestra ciudad durante acaso milenios. Porque lo cierto es que tanto Máximo como yo mismo abandonamos la Facultad de Medicina antes de que concluyésemos el primer año, somos solteros convencidos y estamos empeñados en serlo hasta que dejemos de ser fértiles o hasta que la muerte se nos lleve y además nos emborrachamos –como ya dije- a menudo y, en la confusión de la borrachera, termina por nublársenos el sentido del decoro y desdibujársenos la conciencia de clase y acabamos por compartir la botella con el primer vagabundo que se nos cruza por la calle o con el primer obrero con el que entablamos conversación en cualquier tasca de los barrios populares. Para colmo de males, ambos tenemos muy mal vino. Así que cuando veo esos ojillos minúsculos hacerse aún más pequeños, cuando sus rasgos faciales empiezan a antojárseme los torpes trazos de una caricatura infantil, cuando a Máximo se le pone cara de polla y comienzo a temer que se me escape por el sumidero de su propia boca, entonces sé que la tormenta se aproxima.

lunes, 4 de diciembre de 2006

FICCIONES. Domingo (por Diego L. Sanromán)


Salieron de la casa con sigilo para no despertar a los que sesteaban después de una comida copiosa. Ella dijo ‘Yo conduzco’ y atravesaron el pueblo en la tarde desierta del domingo. Tomaron la primera carretera comarcal con la que fueron a toparse. Él la observaba conducir, concentrada con los ojos fijos en la línea del horizonte, y le pasaba el dedo índice de la mano izquierda por entre la pelusilla arremolinada de la nuca. ‘Deja, me haces cosquillas’, y él obedeció. Husmeó en la guantera: los mapas de carreteras, la documentación del coche, las guías de viaje del marido. Después tomó la mano de ella, que descansaba floja sobre el cambio de marchas, y la atrajo hasta su bragueta para que notase los latidos en la rigidez de su pene. Ella esbozó una sonrisa esquinada pero mantuvo la vista al frente, clavada en el punto de mira de las líneas discontinuas. Había reverberos de espejismo sobre el asfalto negro, el sol de octubre se filtraba por entre las pámpanas dormidas de las viñas que discurrían a ambos lados de la carretera. Llevaban las ventanillas bajadas porque aún hacía calor. ‘No hay una sola nube’, dijo ella. ‘Ni un solo coche’, completó él. A unos cuarenta kilómetros del pueblo encontraron un camino de tierra que se adentraba en los campos. Detuvieron el coche y caminaron sobre la tierra blanda y ocre. ‘Espera –dijo ella-. Creo que hay una manta en el maletero’. La vio correr torpemente y se entretuvo reventando terrones mientras ella regresaba con una manta de cuadros escoceses. Avanzaron algunos metros y ella se quitó los zapatos porque temía torcerse un tobillo. ‘Aquí está bien’, dijo. El asintió y entre ambos desplegaron la manta en el suelo. Ella se la chupó en primer lugar y después él se lo comió a ella, luego follaron hasta que no pudieron más. Ella tuvo tres orgasmos, él sólo dos. ‘Me debes la revancha’, le dijo mientras yacían entre las viñas recién vendimiadas mirando al cielo claro del otoño. Permanecieron así varios minutos, sin decir nada, dejando que se les fuera enfriando el sudor. De vez en cuando pasaban aves menudas y oscuras que enseguida desaparecían en el azul brillante de la tarde. Volvieron al coche agarrados de la mano, él con la manta doblada sobre el hombro izquierdo. Ya había empezado a refrescar. Regresaron al pueblo por la misma carretera, que poco a poco iba quedando reducida al breve cono amarillo que iluminaban los faros. Ya no se distinguían los viñedos ni las tierras labradas. Él dijo ‘Te amo’. Y ella preguntó ‘¿Lo dices en serio?’.Y él, ‘desde luego que no’. Las calles del pueblo estaban desiertas, los bares cerrados. ‘Los domingos en provincias deberían estar prohibidos’, sentenció él. La figura escuálida de un galgo surgió repentinamente de la nada, pero ella frenó a tiempo. ‘Jesús’. El animal se les quedó mirando en mitad de la calzada, un garabato altanero y ridículo con los ojos encendidos por la luz hiriente de los faros. ‘Tengo que llenar el depósito’, recordó ella. ‘No te importa, ¿verdad?’
IMAGEN DE JUAN RULFO

viernes, 24 de noviembre de 2006

FICCIONES. Un monstruo (por Diego L. Sanromán)

Nichts verdraengen!
Otto Gross.

Se desprendió del cobertor de una patada y se levantó con rapidez. Después se sentó sobre el pecho de la mujer e hizo presión con los muslos para que ella no pudiese mover los brazos. Total, eran 85 kilos contra apenas 53. Le sorprendió que no se despertarse porque ella siempre había tenido el sueño ligero. A continuación descargó sobre la cabeza de la dormida un redoble de puñetazos secos, precisos y contundentes. No sabría decir cuántos: tal vez veinte, tal vez un millar. Lo cierto es que cuando hubo terminado casi flotaba en un charco oscuro y pegajoso y los brazos le dolían como si hubiese estado estrangulando reses. Con la mano derecha agarró la base del cráneo de la mujer y empujó con toda la fuerza de la que era capaz. La esquina de la mesilla de noche penetró en su sien con una facilidad que no se esperaba.









Salió del dormitorio descalzo y a oscuras. Recorrió a tientas el pasillo que conducía hasta la cocina. Notó en los pies cómo la moderada frialdad del parqué se trasformaba en la gelidez hostil de las baldosas. Con la mano buscó el interruptor, que estaba en el mismo lugar en el que había estado en los últimos quince años. Cuando se acostumbró al cambio de luz, buscó en los cajones algo de lo que pudiera servirse y abandonó la estancia. Volvió sobre sus pasos, dejó atrás la puerta del dormitorio y se adentró en el pasillo que llevaba hasta el cuarto de las niñas. La casa siempre le había parecido excesivamente grande, laberíntica, pero su mujer se había empeñado en comprarla y allí estaban. Abrió la puerta con mimo y aguzó el oído para asegurarse de que las crías seguían durmiendo. Después se aproximó a la cama de la mayor de las dos. El cuchillo penetró en el cuerpecillo de la niña con tanta suavidad que pensó que debía tener una hendidura dispuesta para acogerlo. La cría emitió un suspiro breve y lejano, como si ya se encontrase del otro lado, y luego nada. A la pequeña le asestó dos cuchilladas rabiosas porque nunca le había gustado. Había sido caprichosa e impertinente desde el mismo día en que vino al mundo.





Al regresar al dormitorio conyugal notó un olor dulce y desacostumbrado y concluyó que aquel debía ser el aroma de la sangre de los muertos recientes. Abrió la ventana y el frío de la madrugada se le coló por entre los huesos como un animal asustadizo. Pero le hizo bien porque le ayudó a arrancarse del pellejo los últimos restos del sueño. Inspiró con fuerza. La pobre luz de la amanecida le permitió observar lo que había quedado de la cabeza de su mujer. Había pedacitos de masa encefálica y sangre por todos lados. Al teléfono que dormitaba sobre la mesilla de noche parecía que le hubiesen dado un par de manos de pintura bermellón. Apartó el cobertor empapado en sangre y cargó con el cuerpo de la mujer. Nunca le había parecido tan liviano como en aquel momento. El cadáver se estrelló contra los setos del jardín que se encontraba cinco pisos más abajo y se oyó tan sólo un murmullo de ramas alborotadas.



Se dio una ducha lenta y caliente para quitarse de encima las manchas del crimen. Se afeitó y eligió un traje sobrio pero actual, de aquellos que anunciaban su condición de triunfador temprano a un paso de la madurez cronológica y profesional. Se permitió un pequeño atrevimiento con la corbata: sobre un fondo de vivos tonos rojos destacaba un par de manchas, una blanca y otra amarilla, lejanamente inspiradas en algún cuadro de Miró. Remató la obra con un par de zapatos Gucci, negros y brillantes como la coraza de un insecto, y se acuclilló junto al teléfono con cuidado de no mancharse. Con un pañuelo de papel limpió las dos únicas teclas que necesitaba pulsar para ponerse en contacto con la policía.



Se sentó en una esquina del cuarto y permaneció escrutando las punteras de sus zapatos de quinientos euros y escuchando el tictac cansino del reloj de la mesilla de noche. Así durante los veinte minutos que tardó en llegar la policía. Luego se dejó llevar hasta el coche patrulla con la docilidad de un sonámbulo. Tenía la sensación de que todo transcurría con una lasitud onírica y le gustaba. Si le hubiesen preguntado en aquel instante, no le hubiese costado reconocer que era feliz. Acaso por primera y única vez en su vida. De camino a la comisaría se entretuvo observando cómo la ciudad empezaba a desperezarse y pensó que hubiese hecho mejor en dar aviso en el trabajo antes de haber llamado a los polis.



Nunca antes había puesto los pies en una comisaría, y mucho menos en un calabozo. Las dependencias a las que lo condujeron estaban muy lejos de la sordidez de las ficciones cinematográficas. Tenían más bien el aire oficial, aséptico y geométrico de las oficinas de empleo o las delegaciones de Hacienda. Tampoco los agentes de policía o los detectives o lo que fueran tenían nada que ver con los siniestros esbirros que suelen aparecer en las películas. Eran seres amables y distantes que parecían habituados a tratar con la muerte desde la familiaridad de lo cotidiano. Le ofrecieron café, un teléfono, y él los rehusó con un gesto de la mano.



-Podrían traerme, por favor, alguna revista. El último número de The Economist, si es posible…

La imáganes que ilustran el relato son obra de Alberto Giacometti y Robert Flynt.