
"Ese juego insensato de escribir..." (El blog de Diego Luis Sanromán)
miércoles, 27 de agosto de 2008
FICCIONES. Les Petites Mouches de la Mort.

sábado, 12 de julio de 2008
FICCIONES. Epiménides

Tom hace girar el taburete 180 grados. A esta hora de la tarde, el bar está repleto de obreros que acaban de salir del trabajo. Son trabajadores de una refinería cercana que llenan el aire del local con risas y gritos y con un hedor pesado de aceites industriales y sudor rancio. “De verdad que el trabajo apesta”, susurra Tom. A través de los ventanales sucios puede ver el poderoso hocico de su camión, las fauces amarillas moteadas de mosquitos reventados, el parabrisas reflejando un cielo sin nubes. Sentado a una mesa junto a los cristales, hay un enano que mordisquea un enorme habano sin encender. La O del anuncio de mollejas que tiene justo encima le circunda la calva como un halo de santo. El enano se vuelve y hace una señal a Tom para que se acerque. Tom se pulsa el plexo solar con el índice y pregunta “¿Es a mí?”. El enano asiente con su cabeza de cacahuete demasiado tostado. “Sí, sí. Tú. Acércate”.
Visto de cerca, el enano se asemeja más bien a un tubérculo. A Tom le recuerda de hecho a uno de esos muñecos que los niños hacen con patatas y palitos. Dos ramitas para los brazos, dos ramitas para las piernas y media cáscara de nuez a modo de sombrerito. El enano se levanta y retira una silla agarrándola por las patas traseras. “Siéntate. Hazme el favor”. Tom se recoloca la polla dentro de los vaqueros ajustados y obedece. Sobre la mesa hay un maletín de cuero raído, de esos que antaño utilizaban los médicos de pueblo. El enano mordisquea el puro, lo mueve arriba y abajo, arriba y abajo, una y otra vez. Al final, se lo quita de la boca y abre el maletín. “Echa un vistazo”. Tom alarga el cuello y mira dentro. “Es tuyo si te cargas ahora mismo a todos los que hay en el bar”. Tom hace un barrido con la mirada. Ve al camarero suspicaz que lo observa desde detrás de la barra, a un viejo bebedor solitario que ocupa el taburete que él acaba de dejar libre, media docena de obreros que alborota en torno a la máquina de dardos, otros grupos que hablan del trabajo, de fútbol, de mujeres o de lo que sea. “De acuerdo”, dice.
jueves, 14 de junio de 2007
FICCIONES. FULMINANTE (por Diego L. Sanromán)
sábado, 19 de mayo de 2007
FICCIONES. El desmemoriado Geige (por Diego L. Sanromán)

Necesito dejar constancia –les digo- de que alguien alguna vez me dio por nombre el de Max-Ernst Geige y de que todavía soy un ser humano. Y ello aunque soy consciente de que este discurrir de la pluma sobre la página es un gesto inútil –otro gesto inútil más- y de que mi escritura habrá de tener la misma consistencia y perduración que un retrato hecho en el viento. Pero no me queda sino esto. Confiar con ceguera fingida en la capacidad de las palabras para enfrentarse a la corrosión del tiempo y en que el papel tardará más que mi cerebro en transformarse en polvo de cenizas. Una confianza de todo punto demente, les prevengo.
Últimamente he tenido ocasión –aunque también empujado por una necesidad por así decir vital- de pensar en una cuestión de cierta hondura; yo, que soy poco o nada dado a las profundidades y las filosoferías. ¿En qué lugares habita mi recuerdo?, he aquí la pregunta que no puedo dejar de plantearme una y otra vez desde que empezaron ha sucederse los extraños acontecimientos que, si nada ni nadie lo impide, trataré de narrarles. ¿Qué certifica lo que soy? Por lo que se refiere a la primera de las cuestiones, que en cierto modo encierra e implica esta última, la respuesta parece simple. Hay fotografías e incluso alguna película familiar en la que mi imagen quedó impresa; documentos escritos en los que figuran mi nombre, mi descripción, mis títulos, méritos e historia, e incluso algunos –muy escasos y de menguado valor, bien es cierto- que son obra de mi propia mano y en los que quise dejar apresados pensamientos y emociones de suyo huidizos; están además los trazos que dejamos en la memoria ajena, en la de los amigos y familiares, en las personas con las que tenemos contacto cotidiano o esporádico, y aun en la de aquellas con las que no nos hemos cruzado más que una vez en la vida; hasta el código genético es un modo de asentar nuestra memoria en el mundo. Sin embargo, yo no tengo hijos, mi recuerdo se ha borrado de la cabeza de los otros y hay indicios que me llevan a pensar que otro tanto habrá de ocurrir pronto con mi propia cabeza. Si nada cambia, en breve no seré ni la sombra de un espectro.
Todo comenzó con algunos sucesos de los cuales, en un principio, no supe determinar su auténtica trascendencia. De hecho es probable que todas las catástrofes comiencen así: mediante la acumulación de pequeñas brechas en el sucederse natural de los acontecimientos que nadie da en interpretar entonces como síntomas de los desastres que se avecinan.
Vivo en el centro de la ciudad, en uno de esos edificios antiguos que aún conserva un viejo ascensor con puertas de madera acristaladas y una de esas viejas porteras que se pasan los días encerradas en su pequeño tabuco del portal y, que a pesar de su aire despistado, no hay nada que se les escape y lo saben absolutamente todo de todos. He de confesar que soy de carácter reservado y un tanto tímido, y es corriente que mi relación con las gentes que no me son muy cercanas se limite a las consabidas y usadas normas de cortesía. Así había sido siempre con la vieja portera del edificio –cuyo nombre ya ni siquiera recuerdo- en los muchos años que llevo viviendo en mi apartamento del tercer piso, y así fue también el día en que empezaron a amontonarse las grietas de mi derrumbe.
No sabría, a estas alturas, establecer la fecha ni fijar los detalles de lo que sucedió, pero guardo aún –sólo los dioses saben por cuánto tiempo- un recuerdo difuso de lo esencial del asunto. Volvía, si no me equivoco, de uno de mis habituales paseos por el parque que ocupa el corazón de nuestra ciudad y, al atravesar el portal del inmueble, debí saludar a la portera con un acostumbrado “buenas tardes”. Creo, sin embargo, que del otro lado del ventanuco de la portería no hubo respuesta alguna. Mientras esperaba el ascensor, que por su tardanza debía encontrarse en los pisos más altos de la casa, noté como un picoteo entre los omóplatos. Me volví, bajé la mirada y me encontré con el rostro arrugado y el moño gris y esférico de la portera, que me observaba con ojos estrábicos y suspicaces.
- ¿Sí? –le pregunté tal vez.
- ¿Podría usted decirme a qué piso va? –debió de ser más o menos la respuesta.
- No la comprendo… A mi piso, naturalmente.
- Tengo orden de no dejar pasar a nadie que no se haya identificado previamente y como es debido.
- Desde luego, lo sé –confirmé extrañado-. Yo mismo fui uno de los promotores de esa medida dentro de la comunidad de vecinos.
- Le agradecería –añadió endureciendo el tono- que se dejase de burlas y me dijese quién es usted y a qué piso se dirige.
- ¡Pero cómo! Sabe usted perfectamente que me llamo Geige, Max-Ernst Geige, y que vivo en el tercero b desde hace más de quince años.
La llegada del ascensor puso el punto final al sorprendente interrogatorio, que yo en aquel momento achaque a los primeros compases de la demencia senil que empezaba a nublar la razón y la memoria de nuestra pobre portera. “Es normal –pienso ahora que pensé-; la mujer tiene tantos o más años que este ascensor y los engranajes de su cabeza han de estar tan oxidados como los del aparato”. La escena, sin embargo, no concluyó ahí, pues no bien hube llegado a mi apartamento y cambiado mi ropa de calle por algo más ligero, se oyó un prolongado timbrazo en la puerta de entrada que me hizo pegar un brinco en la butaca en la que ya me había acomodado. Abrí y allí estaban, enormes y uniformados.
- Disculpe –dijo uno de los dos policías-. Hemos recibido una llamada algo confusa de la portera del edificio. Según parece, un tal señor Neigel o Gaigen…
- Geige –interrumpí.
- Eso es: un tal señor Geige se ha colado en el edificio sin su permiso…
Expliqué a los agentes lo chusco de la situación, que en efecto al tal señor Geige lo tenían delante y que, contra las informaciones de la portera, yo era el dueño del apartamento en el que nos encontrábamos.
- Me permitiría ver su documentación. Sólo para estar seguros…
- Sin duda. Un segundo.
Volé, como quien dice, hasta al armario del dormitorio en el que guardaba la americana donde se encontraba mi cartera y volví igual de presuroso al recibidor, donde aguardaban los dos policías. La precipitación y los nervios hicieron que la cartera se me escurriese de las manos y que todos mis documentos se desperdigaran por el suelo. Fue el agente que hasta entonces había permanecido en silencio el que recogió mi identificación y se la pasó a su compañero. Ahora puedo asegurar que fue ese pequeño accidente el que evitó que me viese comprometido en mayores complicaciones.
- Max-Ernst Geige. En efecto, la dirección coincide. Todo parece estar en orden…
ANTES EN FICCIONES.
viernes, 27 de abril de 2007
FICCIONES. CRASH TEST DUMMIES (por Diego L. Sanromán)
Tenía entendido que el inconsciente es indestructible. En algún lugar había leído que en lo más hondo somos inmortales y que, por ejemplo, resulta imposible soñar con la propia muerte. Es decir, uno puede, sin duda, imaginar toda la dramaturgia del acto final, el último rictus torcido, los relojes que se paran, el placer dulzón de saberse rodeado de plañideras, pero no hay modo alguno de experimentar lo que hay del otro lado, o si se quiere, de morirse realmente en sueños. Y se le antojaba que ésta era una desventaja cruel –otra más- para el ser humano. Haberse muerto, no digamos cada noche, pero sí de vez en cuando, en la constancia algo caótica de eso que llaman sueños recurrentes, habría tenido –pensaba- el valor de un entrenamiento en el salto a la tumba o de una suerte de memento mori que ayudaría a perderle el respeto a la calavera. Y a lo mejor, quién sabe –se decía en momentos de suave melancolía-, en uno de ésos ya no se despertaba y resultaba que estaba muerto y bien muerto. Ahora sí, para siempre y sin mayores contemplaciones. Se dice también que las noches de cena ligera no son propicias a las pesadillas y que facilitan un descanso vacío de imágenes inquietantes. Y es el caso que él siempre cenaba poco o nada y, aun así, dormía siempre agitado y con la cabeza repleta de ensoñaciones tan turbias como turbadoras. Aquella noche se vio encerrado en un compartimento de paredes metálicas y oscuras; poco a poco se fue dando cuenta de que no estaba solo: a su alrededor había media docena de seres ataviados con el uniforme de lo que pronto reconoció como propio de las fuerzas aerotransportadas del ejército. De un ejército cualquiera. O mejor: del Ejército de los Estados Unidos de Norteamérica. Eso es, en el sueño era un paracaidista USA que sobrevolaba en helicóptero una selva camboyana o vietnamita, no estaba seguro. Reconocía el sonido de las hélices sobre su cabeza, aunque nunca había volado en helicóptero, y percibía con nitidez los olores de la guerra que venían de abajo. Gasolina, árboles incendiados, reses en llamas, cadáveres carbonizados o en putrefacción. Observó a sus camaradas de armas y advirtió que, en lugar de cabezas y rostros humanos, bajo los cascos guerreros no había más que las caras de goma de seis crash test dummies. Les ofreció, a pesar de todo, un cigarrillo, como recordaba se hacía en las películas en situaciones semejantes. Ninguno se movió. Hubo de repente destellos en el cielo. Al retirar la mirada de sus compañeros descubrió que las paredes del aparato se interrumpían un poco más allá, a su izquierda, y que a través de dos puertas grandes y enfrentadas era posible distinguir las copas de los árboles, el cielo que comenzaba a nublarse y el fulgor de los disparos de las baterías antiaéreas. Se sentó en el borde de una de las aberturas, con los pies colgando sobre la selva, para admirar los fuegos de artificio. Fuck, this is REALLY beautiful!, exclamó con cierto deje tejano. Dio una calada fuerte y el humo del cigarrillo se fundió con el de la selva en llamas. Al rato arreciaron los disparos. Lenguas de fuego alargadas pasaban rozando los flancos del helicóptero, el rotor, las aspas. Uno de los proyectiles atravesó la máquina de parte a parte, muy cerca de su oreja derecha, pero sin causar daño alguno. Apagó el cigarrillo y esperó. Por fin algo golpeó lo que él suponía debía ser la cabina del aparato, que zozobró primero y después comenzó a precipitarse hacia los árboles. Sentía trepidar el helicóptero, oía como las ramas arañaban su pellejo de hierro. Poco antes de que se estrellase, alzó el pulgar en señal de aprobación a los demás tripulantes. Lo último fue el leve crujido de su cráneo partiéndose en dos. 
martes, 10 de abril de 2007
FICCIONES. UNA PASIÓN SILENCIOSA COMO LA TUMBA (por Diego L. Sanromán)

lunes, 5 de marzo de 2007
FICCIONES. El Mirón Tuerto (por Diego L. Sanromán)

Sentado en mi salón, junto a la planta de aloe que cada vez luce más lozana y jugosa, converso con el fantasma de Marta. ¿Quién, en su sano juicio, no está loco?, la interrogo y ella calla. La vida no me ha enseñado nada salvo una cosa –le digo filosófico y sentencioso-: todos somos monstruos y eso que las personas seguras de sí mismas llaman normalidad no es más que la más abyecta de las aberraciones. ¿Quién no guarda cadáveres en el armario? ¿O en el congelador? Marta adivina el poso de despedida que hay en mis palabras y menea comprensiva la cabeza en señal de aprobación. Luego no es más que una fotografía en negativo y después nada: ya ni siquiera una sombra en el rojo de la atardecida. De repente he olvidado hasta el aroma de su coño.
“Lo más penoso ha sido el trabajo preparatorio: desnudarlo, arrastrar el cuerpo hasta la cocina y después izarlo. Ahora Alberto cuelga de los tobillos cabeza abajo, con las piernas ligeramente entreabiertas y las puntas de los dedos de las manos rozando el suelo de la cocina. Es algo semejante a una crucifixión inversa. En el centro de todo, el bulto pesado de los genitales se destaca sobre la mancha oscura del vello púbico. Apuntan hacia la palangana desportillada que tiene debajo como un dardo de carne. Reprimo la náusea y pienso que al drenaje habrá de seguirle inmediatamente la castración. Se diría que Alberto se burla de mí con esa falsa erección inducida por la ley de la gravedad; si no me libro de ella en primer lugar, no me veo capaz de continuar con el despiece. El cuerpo se entrega al degüello con la mansedumbre de lo ya muerto. Cuando una de las palanganas se ha llenado, la sustituyo por la otra. Tengan en cuenta que un individuo adulto puede contener hasta seis litros de sangre y que las palanganas no son demasiado profundas. En cuanto se ha vaciado, lo emasculo con un tajo limpio y certero”.
lunes, 29 de enero de 2007
FICCIONES. Vino del Rhin en Copas Verdes (por Diego L. Sanromán)

miércoles, 3 de enero de 2007
FICCIONES. Fracaso escolar (por Diego L. Sanromán)
La primera fue la profesora de música. Se encontró de frente, en medio de la clase inicial, con Marta que le decía ‘Vamos, repítelo’. ‘Di ahora lo del “fíjese” y ríete si te atreves’. La de música no dijo nada, temblaba apenas, los chicos echaron a correr y Marta disparó una de sus pistolas. Dos charquitos, uno de orina y el otro de sangre, se fundieron entre los muslos de Ana, profesora de música en el Instituto de Enseñanza Secundaria X desde hacía una docena de años. El miedo le había aflojado la vejiga. Aquel debía ser, sin embargo, un día tranquilo. Los viernes generalmente lo son, a pesar de la excitación de los chavales por la proximidad del fin de semana. Pero en el mundo de la enseñanza no valen las previsiones. Se lo digo yo, que llevo unos cuantos años en esto. Al parecer, Marta llegó un poco antes de lo normal, saludó a los bedeles –sonreía, cosa rara en ella- y se mantuvo con el abrigo puesto en la sala de profesores hasta que sonó el primer timbre. A cada ‘buenos días’ somnoliento respondía con un ‘buenos días’ consabido y una sonrisa desacostumbrada. Escuchó algunos chistes sin gracia mientras esperaba. Después se levantó, fue detrás de Ana y, cuando llegó a su clase, se desabotonó el abrigo. En estas fechas del año los muchachos acostumbran a explotar petardos, así que los tiros no alarmaron a nadie. Marta fue pasando por todas las aulas del primer piso, vaciando las clases de alumnos y el cargador en el cuerpo de sus queridos compañeros. Adriana, Jesús y Alfonso fueron los siguientes en la lista. Luego desde la cabina del conserje convocó urgentemente a todo el profesorado. Enviamos a los alumnos al patio y nos dirigimos al lugar de la convocatoria. Se formaron corros, había comentarios inquietos, nadie sabía a qué atenerse. Oímos tacones, el ruido de un peso que se deslizaba sobre las baldosas del pasillo que conduce a la sala de profesores. Al rato apareció Marta, profesora de Cultura Clásica del Instituto de Enseñanza Secundaria X desde hace más de quince años. Arrastraba por los cabellos lo que parecía el cadáver de Adriana y en la cintura de la falda plisada llevaba dos enormes pistolas negras. Otra en la mano. Nadie acertaría a decir de dónde las había sacado. Nada más llegar soltó la cabellera de Adriana –la cabeza cayó al suelo con un sonido de fruta podrida- y disparó contra Paco, el director. Nunca habría imaginado algo así. Su cráneo estalló como si portase una carga explosiva en el interior. Entonces fue todo confusión. La gente gritaba, se agitaba descontrolada, algunos –yo misma- nos quedamos congelados en nuestra incredulidad. Un tiro en el pecho de Andrés calmó a la concurrencia. ‘Callaos, coño’-aulló Marta. ‘Basta ya de teatro’. ‘No va a haber discursos ni justificaciones. Que cada cual se cuente el cuento que más le plazca’. Mirábamos extasiados lo que había sido la cabeza de Paco, ahora sin ojos, sin nariz, sin nada. Tan sólo una mandíbula riéndose estúpida de una broma incomprensible. ‘No se cuántas balas tengo, pero sí sé que tengo buena puntería. He entrenado. Así que no habrá fallos’. Tatiana, Alfonso, después Mauro. Esperábamos, como corderos en el degolladero, nuestro turno. Al final se oyó en un susurro ‘A mi señal, nos echamos sobre ella’. Dicho y hecho, Luis alzó la mano y nos arrojamos sobre Marta con una fiereza unánime y suicida. Aún cayeron dos más de los nuestros. Entre el desbarajuste de miembros agitados, una mano arrebató de la falda de Marta un arma, hundió el cañón en uno de sus pabellones auditivos y apretó el gatillo.viernes, 15 de diciembre de 2006
FICCIONES. Rebeldía (por Diego L. Sanromán)
Máximo tiene la cabeza y la cara grandes y los ojos diminutos. De hecho, todos sus rasgos faciales se agolpan en un pequeño cuadrado imaginario de apenas cinco centímetros de lado. A veces pienso que esa nariz y esos ojos minúsculos estuviesen a punto de perderse por el sumidero de la boca. Si lo miro durante demasiado tiempo, experimento algo así como un vértigo angustiado: tengo miedo de que su rostro de repente desaparezca y quedé reducido a una superficie de piel lustrosa, enigmática y pálida. Cuando se emborracha, los ojillos se le achican hasta que no quedan sino dos grietas de carne semejantes a dos meatos melancólicos. Cuando nos emborrachamos, Máximo tiene ojos de polla y, en honor a la verdad, nos emborrachamos muy a menudo. Mi amistad con Máximo es una amistad heredada. Conozco a Máximo porque nuestros padres, ambos prestigiosos miembros de la comunidad médica de la ciudad, ya se conocían cuando niños y siguieron cultivando su camaradería siendo adultos. Y aunque nunca me he interesado por indagar en el asunto, es harto probable que nuestros padres a su vez recogiesen el legado de la amistad del abuelo de Máximo y de mi abuelo, y así sucesivamente y hasta remontarse saben los dioses cuándo. Ésta es una ciudad pequeña y parcelada en un rígido sistema de castas que, para bien y sobre todo para mal, aísla a unos grupos sociales de los demás y favorece su reproducción endogámica. Máximo y yo estábamos, pues, predestinados a encontrarnos. Sin embargo, tengo la sensación de que con nosotros habrá de romperse esa secular cadena de amistades y puede que incluso el estricto orden jerárquico que, según afirman nuestros próceres y nuestros manuales de historia, ha sido el soporte de la paz social en nuestra ciudad durante acaso milenios. Porque lo cierto es que tanto Máximo como yo mismo abandonamos la Facultad de Medicina antes de que concluyésemos el primer año, somos solteros convencidos y estamos empeñados en serlo hasta que dejemos de ser fértiles o hasta que la muerte se nos lleve y además nos emborrachamos –como ya dije- a menudo y, en la confusión de la borrachera, termina por nublársenos el sentido del decoro y desdibujársenos la conciencia de clase y acabamos por compartir la botella con el primer vagabundo que se nos cruza por la calle o con el primer obrero con el que entablamos conversación en cualquier tasca de los barrios populares. Para colmo de males, ambos tenemos muy mal vino. Así que cuando veo esos ojillos minúsculos hacerse aún más pequeños, cuando sus rasgos faciales empiezan a antojárseme los torpes trazos de una caricatura infantil, cuando a Máximo se le pone cara de polla y comienzo a temer que se me escape por el sumidero de su propia boca, entonces sé que la tormenta se aproxima.lunes, 4 de diciembre de 2006
FICCIONES. Domingo (por Diego L. Sanromán)

viernes, 24 de noviembre de 2006
FICCIONES. Un monstruo (por Diego L. Sanromán)
Otto Gross.
Se desprendió del cobertor de una patada y se levantó con rapidez. Después se sentó sobre el pecho de la mujer e hizo presión con los muslos para que ella no pudiese mover los brazos. Total, eran 85 kilos contra apenas 53. Le sorprendió que no se despertarse porque ella siempre había tenido el sueño ligero. A continuación descargó sobre la cabeza de la dormida un redoble de puñetazos secos, precisos y contundentes. No sabría decir cuántos: tal vez veinte, tal vez un millar. Lo cierto es que cuando hubo terminado casi flotaba en un charco oscuro y pegajoso y los brazos le dolían como si hubiese estado estrangulando reses. Con la mano derecha agarró la base del cráneo de la mujer y empujó con toda la fuerza de la que era capaz. La esquina de la mesilla de noche penetró en su sien con una facilidad que no se esperaba.

Salió del dormitorio descalzo y a oscuras. Recorrió a tientas el pasillo que conducía hasta la cocina. Notó en los pies cómo la moderada frialdad del parqué se trasformaba en la gelidez hostil de las baldosas. Con la mano buscó el interruptor, que estaba en el mismo lugar en el que había estado en los últimos quince años. Cuando se acostumbró al cambio de luz, buscó en los cajones algo de lo que pudiera servirse y abandonó la estancia. Volvió sobre sus pasos, dejó atrás la puerta del dormitorio y se adentró en el pasillo que llevaba hasta el cuarto de las niñas. La casa siempre le había parecido excesivamente grande, laberíntica, pero su mujer se había empeñado en comprarla y allí estaban. Abrió la puerta con mimo y aguzó el oído para asegurarse de que las crías seguían durmiendo. Después se aproximó a la cama de la mayor de las dos. El cuchillo penetró en el cuerpecillo de la niña con tanta suavidad que pensó que debía tener una hendidura dispuesta para acogerlo. La cría emitió un suspiro breve y lejano, como si ya se encontrase del otro lado, y luego nada. A la pequeña le asestó dos cuchilladas rabiosas porque nunca le había gustado. Había sido caprichosa e impertinente desde el mismo día en que vino al mundo.

Al regresar al dormitorio conyugal notó un olor dulce y desacostumbrado y concluyó que aquel debía ser el aroma de la sangre de los muertos recientes. Abrió la ventana y el frío de la madrugada se le coló por entre los huesos como un animal asustadizo. Pero le hizo bien porque le ayudó a arrancarse del pellejo los últimos restos del sueño. Inspiró con fuerza. La pobre luz de la amanecida le permitió observar lo que había quedado de la cabeza de su mujer. Había pedacitos de masa encefálica y sangre por todos lados. Al teléfono que dormitaba sobre la mesilla de noche parecía que le hubiesen dado un par de manos de pintura bermellón. Apartó el cobertor empapado en sangre y cargó con el cuerpo de la mujer. Nunca le había parecido tan liviano como en aquel momento. El cadáver se estrelló contra los setos del jardín que se encontraba cinco pisos más abajo y se oyó tan sólo un murmullo de ramas alborotadas.
Se dio una ducha lenta y caliente para quitarse de encima las manchas del crimen. Se afeitó y eligió un traje sobrio pero actual, de aquellos que anunciaban su condición de triunfador temprano a un paso de la madurez cronológica y profesional. Se permitió un pequeño atrevimiento con la corbata: sobre un fondo de vivos tonos rojos destacaba un par de manchas, una blanca y otra amarilla, lejanamente inspiradas en algún cuadro de Miró. Remató la obra con un par de zapatos Gucci, negros y brillantes como la coraza de un insecto, y se acuclilló junto al teléfono con cuidado de no mancharse. Con un pañuelo de papel limpió las dos únicas teclas que necesitaba pulsar para ponerse en contacto con la policía.

Se sentó en una esquina del cuarto y permaneció escrutando las punteras de sus zapatos de quinientos euros y escuchando el tictac cansino del reloj de la mesilla de noche. Así durante los veinte minutos que tardó en llegar la policía. Luego se dejó llevar hasta el coche patrulla con la docilidad de un sonámbulo. Tenía la sensación de que todo transcurría con una lasitud onírica y le gustaba. Si le hubiesen preguntado en aquel instante, no le hubiese costado reconocer que era feliz. Acaso por primera y única vez en su vida. De camino a la comisaría se entretuvo observando cómo la ciudad empezaba a desperezarse y pensó que hubiese hecho mejor en dar aviso en el trabajo antes de haber llamado a los polis.
Nunca antes había puesto los pies en una comisaría, y mucho menos en un calabozo. Las dependencias a las que lo condujeron estaban muy lejos de la sordidez de las ficciones cinematográficas. Tenían más bien el aire oficial, aséptico y geométrico de las oficinas de empleo o las delegaciones de Hacienda. Tampoco los agentes de policía o los detectives o lo que fueran tenían nada que ver con los siniestros esbirros que suelen aparecer en las películas. Eran seres amables y distantes que parecían habituados a tratar con la muerte desde la familiaridad de lo cotidiano. Le ofrecieron café, un teléfono, y él los rehusó con un gesto de la mano.
-Podrían traerme, por favor, alguna revista. El último número de The Economist, si es posible…
La imáganes que ilustran el relato son obra de Alberto Giacometti y Robert Flynt.