jueves, 5 de febrero de 2009

VOCES. 2009, AÑO FANTE.

El día 8 de abril de 2009 se cumple el centenario del nacimiento del escritor italo-americano John Fante. El reconocimiento de Fante ha sido oscilante y, en cualquier caso, no todo lo amplio que él hubiera merecido. Disfrutó de una fama efímera a mediados de la década de los treinta y fue recuperado para el mundo, gracias a la mediación de su colega Charles Bukowski, a comienzos de los años ochenta, cuando Fante ya estaba muy viejo y enfermo. Tengo la sensación de que, después de este último boom –que supuso la edición de algunos trabajos inéditos, el rodaje de películas basadas en sus novelas, la celebración de simposios, etc.-, el creador de Arturo Bandini ha vuelto a caer en un relativo olvido. Tal vez el centenario pueda servir como ocasión para lanzar una tercera recuperación de Fante. Es uno de esos pocos escritores contemporáneos que, sin duda, lo merece.










I


Seventeen dollars and the fear of writing”… es una de las últimas frases del último de los libros de John Fante, Dreams from Bunker Hill. El asendereado escritor en agraz vuelve de enfrentarse al mundo. Salió en busca de fama y dinero. Quería ser Sherwood Anderson, Sinclair Lewis, Ernst Hemingway, ¡Dostoievsky!… y a lo más que ha llegado es a corrector y guionista de cine, oficios sin lustre, de puta literaria. Ahora está de nuevo en su viejo cuartucho de hotel, frente a una máquina de escribir silenciosa, sin un pavo y aterrado. Invoca al Dios de sus padres y hasta al mismísimo Knut Hamsun; “por favor, por favor” –implora- “no me abandonéis ahora”. La máquina emite al fin un dulce claclaclac y sobre el blanco del papel aparece como por ensalmo un puñado de caracteres en negro. Es una de las estrofas centrales de La Morsa y el Carpintero de Lewis Carroll. “No es mío –se dice el escritor- pero ¡qué demonios!, un hombre tiene que empezar por algún lado”.

“Diecisiete dólares y el miedo a escribir”. Es sorprendente lo que una frase tan depurada, de la que se han eliminado todos aquellos elementos gramaticales que estorbaban a la expresión de lo esencial, puede llegar a contener (1). Más que una simple sentencia es un lema literario: lo dice todo con media docena de palabras. Es la síntesis, la concentración máxima de la temática y la poética de un autor magistral. Diecisiete pavos en el bolsillo son el indicio de su condición de paria del sueño americano, la marca del dago miserable, del wop que jamás dejará de serlo; nombra la infancia del hijo del albañil italiano en el frío Colorado, el trabajo en las conserveras y en los bares de la soleada California, el espejismo del éxito como escritor, etc. Y del otro lado de la conjunción, otro de los temas recurrentes –por no decir el tema fundamental- de la narrativa de John Fante: la imposibilidad de la escritura. La mayoría de los textos de Fante están narrados desde la posición de un yo literato que, de forma paradójica, se dedica a levantar acta de su incapacidad para escribir. Recuerdan un tanto al Münchausen que se tiraba de la coleta o al juego metaliterario al que se entregaba Lope con Violante: el libro se va haciendo mientras se nos narra su propia imposibilidad.

Puedo comprender, por otro lado, el entusiasmo con el que Bukowski recibió el regalo de la obra de Fante. Entiendo a la perfección el placer que produce el reconocimiento de una voz hermana, de alguien que es capaz de hacer música con lo que uno siempre hubiera deseado decir o escribir e incluso la identificación casi paranoide con el otro. “¡No me llames hijo de puta! –escribe Hank en el conocido prólogo a Pregúntale al polvo- ¡Yo soy Bandini, Arturo Bandini!”. Lo comprendo –digo- porque a mí debió de pasarme algo semejante con Bukowski cuando yo no era más que un adolescente. Era joven y bebía –como recuerda de sí mismo el propio Buk- y, aunque no pasaba hambre en absoluto, también quería ser escritor. En una ocasión, un amigo y yo asistimos al entrenamiento de un tercer amigo, aficionado al fútbol, que jugaba en un equipo de su barrio. Ya había anochecido e íbamos cargados de botellas. Cerveza y güiski, si mal no recuerdo. Cuando llegamos, nuestro colega ya estaba trotando por el terreno de juego. Llamamos su atención. Se aproximó, le pasamos una de las botellas, él le dio un tiento y siguió con el trote. Estuvimos así un buen rato. Nosotros bebiendo en la grada y el otro, dando brincos y patadas al balón. De vez en cuando, aprovechando la oscuridad y el despiste del entrenador, se acercaba para echarse uno al coleto. Al poco tiempo ya no era capaz de correr en línea recta. Cuando nos despedimos de él, las botellas estaban vacías y nosotros tan cocidos que apenas podíamos mantenernos en pie. Entonces, no sé por qué, me dio por gritar: “¡Viva Bukowski! ¡Viva Bukowski, cabrones!”. También el viejo Buk se había convertido en una suerte de dios para nosotros.

Pero, ay, está visto que con los años uno se vuelve descreído e iconoclasta, o acaso son los dioses a los que venerábamos antaño los que van perdiendo brillo y mostrando su reverso miserable y demasiado humano. Sea como fuere, hay que reconocer que es mucho lo que le debemos al viejo indecente. Y entre otras cosas, el habernos descubierto un pequeño parnaso de escritores imprescindibles, desde Saroyan a Céline, de Carson McCullers a Henry Miller, que se alejaban un tanto de la literatura escolar que por entonces nos tocaba sufrir y nos acercaban a un gusto literario del que ni siquiera sospechábamos la existencia. Fante ocupaba un lugar prominente en ese heterodoxo parnaso. De hecho, podría decirse que Fante fue el padre literario de Bukowski; ni Hemingway ni ninguno de los citados más arriba: Fante. El propio Hank lo reconoce en un tono más dramático en el prólogo al que vengo refiriéndome: “Fante fue para mí como un dios, pero yo sabía que a los dioses hay que dejarles en paz […]”. Inalcanzable como cualquier deidad, Fante se convierte a ojos de Hank en un modelo de perfección literaria e incluso –como también confesará en diversas ocasiones- vital. Que alguien tan dado a las fanfarronadas histriónicas y que se jactaba de poder noquear a Hemingway mientras se fumaba un puro barato reconociese semejante deuda significaba mucho. Me atrevería incluso a afirmar que Fante es todo aquello que Bukowski hubiera deseado ser como escritor y que no es seguro consiguiese lograr. Con una diferencia algo paradójica: Bukowski alcanzó la fama que Bandini tanto ansiaba. Tarde y marginal, pero la alcanzó. Fante, por el contrario, acabó ciego, desmembrado y jodido.






II



Dreams from Bunker Hill fue parida en condiciones penosas. A Fante no le quedaba más que un par de años de vida, había perdido la vista y le habían rebanado las dos piernas a causa de un muy excesivo nivel de azúcar en la sangre. Incapacitado para aporrear él mismo la máquina de escribir, tuvo que dictar el texto completo a su esposa Joyce. Llama por eso la atención la agilidad, la tersura y, sobre todo, el tremendo sentido del humor que anima toda la narración. Y acaso sea éste uno de los mayores logros de Fante, una de esas virtudes divinas que Bukowski debía envidiar al maestro. Porque, a pesar de los continuos llamamientos de Hank a aliñar con altas dosis de humor la literatura y la vida, lo cierto es que en sus trabajos siempre hay un poso de dramatismo, de amargo resentimiento y de misantropía algo infantil. Un poso que, sin embargo, es difícil encontrar en los textos de Fante. El material con el que se construyen puede ser de suyo nada alentador. Hay pobreza, miseria, explotación, desamor y desencanto en las historias que se cuentan, pero la mirada del narrador se acerca a ellas con compasión y con un humor desopilante. Arturo Bandini se proclama a menudo “lover of men and beast alike” y, a pesar de que sufre y llora y maldice al universo entero en más de una ocasión, como narrador asume una distancia irónica que lo redime y que salva al mundo de ser un infierno invivible.

Entre la publicación de Dreams from Bunker Hill (1982) y la edición de Altar Boy (1932), su primer relato, en el American Mercury de Mecken pasaron exactamente cincuenta años. Cinco decenios en los que John Fante sólo dio a la estampa cinco novelas y un puñado de relatos breves, pues la otra mitad de sus textos literarios no llegaría a publicarse más que de manera póstuma. Ésta es la suerte que corrió precisamente The Road to Los Angeles, la primera novela de la tetralogía de Arturo Bandini, que Fante comenzó a escribir en 1932 y que no sería publicada hasta 1985, debido tal vez a que el argumento se consideraba demasiado atrevido para la época. En cualquier caso, habrá que estar eternamente agradecidos a Joyce Fante por haber encontrado esta pequeña joya entre los papeles de su marido. La novela es verdaderamente extraordinaria a pesar de –o quizás, gracias a- su aparente tosquedad. El ritmo narrativo es trepidante, marcado por las oscilaciones emocionales del narrador y con ciertas resonancias de la petite musique celiniana. Fante nos presenta aquí a un Arturo Bandini adolescente, pedante y redicho. Tan lleno de furia que Holden Caulfield parecería un candoroso gilipollas a su lado. Huérfano de padre, para contrarrestar la asfixiante beatería de las mujeres de la familia, lee a Nietzsche, a Schopenhauer, a Spengler, y se sirve de un lenguaje alambicado para marcar la diferencia con un medio que le resulta hostil. Proletario, vacila entre una orgullosa conciencia de clase y un desprecio visceral hacia los explotados y empobrecidos:

“De repente –reconoce Bandini- cambió la concepción que tenía de ellos. Qué idiotas eran. Se dejaban la piel trabajando. Con mujeres que alimentar, un enjambre de niños con la cara sucia, preocupaciones por la factura de la luz y la de la tienda de comestibles, qué lejos estaban ellos, qué distantes, desnudos bajo el sucio mono, con su necia cara mexicana picada de viruela, saturados de imbecilidad, viéndome volver, creyéndome loco, produciéndome escalofríos. Eran gargajos espesos y cachazudos, pegotes pringosos y abotargados, y en cierto modo como el pegamento, pegajosos, estancados, indefensos y sin esperanza, con los ojos tristes de los pobres y apaleados animales del campo”.

Bandini es, a pesar de todo, uno de ellos, y se ve obligado a trabajar cavando zanjas, de friegaplatos, como dependiente en un colmado y, finalmente, en una empresa conservera. Pero de todos los curros huye o lo echan. Como por casualidad se entera de la existencia del oficio de escritor. El posadero de una tasca le propone un día: “¿Por qué no escribes algo?” Y dicho y hecho: Arturo Bandini se convierte en escritor, en un obrero escritor, como anuncia con un punto de vanidad. Enseguida se arma de un lápiz y un cuaderno que exhibe ostentosamente ante sus compañeros de fatiga. El cuaderno se va llenando poco a poco de anotaciones, pero ¿cuántas son piezas originales producidas por el estro del joven autor? Ninguna, cero, niente; todo son citas de Nietzsche, de Shakespeare, de los realmente grandes. Comienza así la heroica singladura del escritor que no escribe.





Camino de Los Ángeles contiene ya la temática básica de la narrativa de John Fante. La pobreza, la familia, el catolicismo, el trabajo, la necesidad de escapar, la necesidad de refugiarse en el hogar, la literatura como actividad liberadora, las mujeres, el dinero –siempre escaso-, el éxito –siempre volátil-, etc. constituyen la panoplia de temas sobre la que se arma esta novela primeriza y que Fante desarrollará en sus cuentos y novelas posteriores. Pero no sólo. También hay episodios que serán retomados tal cual en otros trabajos, por más que las variaciones en el tono y su emplazamiento en contextos diferentes consigan, sin embargo, dotarlos de un sentido diverso. En cierto modo, es como si Fante quisiera extraer de ellos todas sus posibilidades narrativas haciendo leves modificaciones en el instrumental literario con el que los manipula. En los capítulos centrales de La hermandad de la uva (1977) se repite, por ejemplo, el episodio de la conservera Toyo. El personaje-narrador no es, en este caso, Arturo Bandini, sino Henry Molise, el otro alter ego de Fante. Hay pequeñas variaciones en los detalles del relato y además el tono también es parcialmente distinto; en esta ocasión se pierden el humor surreal y la auto-ironía que marcan el primer texto:

“Fui un desastre en la Conservera Toyo –cuenta Molise-. Una vergüenza. No podía con el trabajo. Era demasiado pesado para mí. A los dieciocho años, en el último curso del instituto, pesaba setenta y cinco kilos, no era un individuo corpulento, pero sí fornido, un sujeto chaparro con buenos músculos y piernas recias, un defensa potente, un beisbolista rápido. En la conservera era otra historia. Aquellos filipinos delgados y nervudos, aquellos incansables mexicanos me dejaban en ridículo, me moría de vergüenza y me agotaba inútilmente”.

También vuelve a aparecer aquí el incidente de los cangrejos. Pero si en Camino de Los Ángeles es Arturo Bandini el que resulta victorioso, en La hermandad es el bueno de Henry Molise el que sale escaldado: no sólo los cangrejos lo acribillan con sus pinzas, sino que además es detenido por la policía y está a punto de perder su trabajo en la conservera. En el primer caso, los crustáceos son representación de una naturaleza contra la que el joven aprendiz de literato mide su nietzscheana voluntad de poder; en el segundo, se convierten en recurso de una pieza de slapstick que acentúa el patetismo de un personaje que no puede bajar la guardia y abandonarse a un ingenuo optimismo. Otro tanto ocurre con el episodio de la hormigonera en Full of Life (1955) y en 1933 Was a Bad Year (1985), y en algunos otros ejemplos con los que no cansaré al paciente y sufrido lector.



III


Fante era bien consciente de esta presencia obsesiva en toda su obra literaria de los ambientes por los que había transitado y de los personajes con los que se había encontrado durante su infancia y primera juventud. En el prólogo a la reedición de 1983 de Espera a la primavera, Bandini así lo reconoce: “todas las personas de mi vida literaria –escribe-, todos mis personajes se encuentran en esta obra de juventud. En ella no queda ya nada de mí mismo, sólo un recuerdo de antiguos dormitorios y el rumor de las zapatillas de mi madre al dirigirse a la cocina”. Espera a la primavera debió de gestarse más o menos en las mismas fechas en las que Fante corregía el manuscrito de Camino de Los Ángeles. Por ejemplo, un primer tratamiento de lo que, más tarde, sería el capítulo cuarto de la novela ya había aparecido en el Scribner’s Magazine en el mes de abril de 1937. En esta ocasión, sin embargo, la suerte favoreció al escritor y el libro fue publicado y además elegido mejor novela del año 1938 en Los Ángeles. El Bandini del título no es sólo ni principalmente el Arturo Bandini al que ya nos hemos referido, sino también y sobre todo Svevo Bandini, padre del primero y albañil de profesión al que los fríos inviernos de Colorado condenan a una inactividad indeseada. Se diría que aquí Fante ha conseguido someter la histeria narrativa del Bandini primerizo a la disciplina del estilo literario; estructuralmente, la novela está más trabajada y es algo más compleja que Camino, y la primera persona ha sido sustituida por la tercera. La figura del padre, ausente en el primer texto, es aquí ubicua, hasta el punto de que ocupa en algunas ocasiones el lugar privilegiado que le corresponderá a Arturo en el resto de la saga.




Las relaciones paterno-filiales recorren también como un hilo rojo prácticamente toda la obra novelística de Fante. Se puede afirmar, de hecho, que es el tema principal de la saga protagonizada por Henry Molise y el asunto de fondo sobre el que se construye la trama de Full of Life. La posición del narrador varía, sin embargo, en cada caso y el acercamiento de Fante a la cuestión es, una vez más, contradictorio y poliédrico. En Espera a la primavera se da una suerte de identificación compasiva con el personaje de Svevo Bandini, como si Fante quisiera asimilar las pequeñas traiciones y mezquindades del albañil italo-americano cargado de hijos y de deudas; en Un año pésimo, el padre es una figura ambigua, a la vez despótica y temible, protectora y liberadora; en La hermandad de la uva, un viejo obstinado y una auténtica lección de vida; y en La orgía, en fin, un falso buscador de oro, borracho, violento y putero. La perspectiva es, en todas ellas, la del hijo, a ratos admirado, a ratos aterrado o asqueado, a ratos lleno de orgullo y amor. En Mi perro Idiota y en Llenos de vida el que habla de los hijos es, sin embargo, el Fante-padre, y no siempre en buenos términos. En la última de las novelas, por ejemplo, el niño que espera la joven pareja es un intruso, alguien que ha venido a violentar la vida amorosa del matrimonio. Cuando por fin llega al mundo, Fante lo describe así: “Parecía arrugado y feo, como un gnomo bañado en yema de huevo. Con bigote habría sido igual que su abuelo”.


IV


En 1939 –es decir, un año después de Espera a la primavera, Bandini-, sale a la calle la segunda entrega de la tetralogía Bandini: Pregúntale al polvo. La obra pasa, sin embargo, desapercibida; y según parece, por culpa de Adolf Hitler. Stackpole & Sons, la casa editorial de Fante, había publicado Mein Kampf sin autorización de aquél y el líder nazi los demandó por conculcar sus derechos intelectuales. El dinero para pagar la promoción de la novela de Fante sirvió para sufragar las costas del proceso, que la editorial, finalmente, perdió. Lo que podría no ser más que una anécdota algo chusca, tiene en realidad su importancia, porque lo efímero del éxito literario empujaría a Fante a buscar una salida más provechosa a su talento como narrador. El escritor, igual que sus sosias Arturo Bandini y Henry Molise, acabará, pues, transformado en guionista, un oficio que en el fondo desprecia y al que considera una perversión de la vocación literaria:

“Escribir guiones –puede leerse en Mi perro Idiota- era más fácil y daba más dinero, ya que aquella subliteratura unidimensional sólo exigía del escritor que tuviera a los personajes en movimiento. La fórmula era siempre la misma: pelear y copular. Al terminar se lo dabas a otros, que lo hacían trizas para hacer una película con los restos.

[…] Si un guión no tenía éxito, se le podía echar la culpa a mucha gente, desde el director para abajo. Pero si fracasaba una novela, sólo sufría el autor”.

En Pregúntale al polvo, Fante vuelve a emplear la primera persona. El narrador es aquí un Arturo Bandini veinteañero que ha cambiado las blancas tierras de Colorado por la dorada California. La familia está lejos y él está solo, pero ya dispone de una minúscula carrera literaria a sus espaldas: J. C. Hackmuth (2), faro de la intelectualidad y árbitro del gusto de las letras americanas, ha publicado su cuento El perrito rió. Sin embargo, la pobreza, la duda y la impotencia acechan por todas partes. Bandini, “amigo de los hombres y las bestias por igual”, es un pobre diablo, aterrado ante las mujeres y ante la página en blanco, sus dos grandes obsesiones. Pero si hay una de las dos que se impone sobre la otra, ésa es sin duda la literatura. En cierto modo, el fallido romance con Camila se salva por su posible valor literario. O como escribe el propio Bandini: “De modo que así había muerto Camila y así iba a morir Arturo Bandini: no obstante, incluso en aquellos momentos lo estaba escribiendo todo, lo veía escrito en un folio puesto en una máquina de escribir, y mientras lo escribía me dejaba arrastrar por la arena áspera, o sea que estaba convencido de no vivir para contarlo. De pronto me vi con el agua hasta la cintura, cojo y demasiado lejos para hacer nada, bregando con la mente en blanco, con desesperación, tratando de tomar nota de todo, preocupado por el exceso de adjetivos”. Esto es, para quienes no hayan leído o no recuerden el texto: Bandini y su amada Camila están a punto de morir ahogados y la mayor preocupación del primero es el número excesivo de epítetos en un relato inexistente.

Ya sea como simple aspirante a literato, ya sea como novelista en formación, ya como autor aburguesado para el que la pobreza es ya poco más que materia literaria, quien habla en los textos de John Fante es, en efecto, el escritor. La última figura es la dominante en obras como Llenos de vida, en la que aparece un Fante perfectamente instalado: en una casa grande en Holywood, en su profesión de guionista, en su matrimonio. O en la extraordinaria La hermandad de la uva, en cuyas páginas finales el duelo por el padre muerto se enreda con la reflexión en torno a la capacidad salvífica de los libros: “Saqué el ejemplar, encuadernado en piel, de Los Hermanos Karamazov –dice Molise-. Lo palpé, pasé las páginas, lo estreché entre mis brazos, mi vida, mi alegría, mi sublime Dostoievski. Puede que lo hubiera traicionado en mis obras, pero no en mi devoción. Mi padre había desaparecido, pero Fiódor Mijáilovich estaría conmigo hasta el fin de mis días”.



(1) En Camino a Los Ángeles, la primera novela de la saga Bandini, aparece una frase que está emparentada con la anterior; en este caso, con sujeto, verbo y todo lo demás. Dice más o menos: “Bandini dijo: ‘Soy un obrero escritor’”. Y es una afirmación orgullosa, la de Bandini. Bien es verdad que, entonces, el personaje era un joven cargado de vigor nietzscheano.
(2) El tal Hackmuth es, sin duda, trasunto de H. L. Mencken, el primer editor de Fante y uno de sus guías intelectuales. Fante le dedicó su novela Llenos de vida. A finales de los años ochenta, la editorial Black Sparrow publicó la correspondencia entre ambos escritores: John Fante and H.L. Mencken: A Personal Correspondence, 1930-1952 (Los Ángeles, 1989).


Bibliografía de John Fante

Los textos de Fante resultan, en general, muy accesibles en su lengua original. Pero además los lectores hispanohablantes cuentan con las inmejorables traducciones de Antonio-Prometeo Moya para la editorial Anagrama.

Wait Until Spring, Bandini (1938). Existe versión en castellano.
Ask the Dust (1939). Existe versión en castellano.
Dago Red (1940)
Full of Life (1952). Existe versión en castellano.
The Brotherhood of the Grape (1977). Existe versión en castellano.
Dreams from Bunker Hill (1982). Existe versión en castellano.
The Wine of Youth: Selected Stories (1985)
1933 Was a Bad Year (1985). Existe versión en castellano.
Road to Los Angeles (1985). Existe versión en castellano.
West of Rome (1986). Existe versión en castellano.
Fante/Mencken: John Fante & H.L. Mencken: A Personal Correspondence, 1932-1950 (1989)
John Fante: Selected Letters, 1932-1981 (1991).
The Big Hunger: Stories, 1932-1959 (2000).



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