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domingo, 28 de junio de 2015

RESIDUA. Lacan y el Origen del Mundo.






"Sin duda fue porque el sexo de la mujer resultaba a sus ojos imposible de representar, de decir y de nombrar por lo que Lacan, siguiendo el consejo de Bataille, adquirió en 1954 el famoso cuadro de Gustave Courbet L’Origine du monde, realizado en 1866 para Khalil-Bey, un diplomático otomano que residía en París.

En él se descubría, en toda su desnudez, el sexo abierto de una mujer después de las convulsiones del amor; es decir, eso que no se muestra y eso de lo que no se habla, si dejamos al margen los discursos y los lugares reservados a la pornografía. El lienzo había provocado el escándalo y causado la estupefacción tanto de los hermanos Goncourt, que lo consideraban bello “como la carne de un Correggio”, como de Maxime Du Camp, que veía en él una “basura” digna de ilustrar las obras del marqués de Sade. Tras la muerte del diplomático, el cuadro se perdió de vista, pasando de una colección privada a otra. Durante la Segunda Guerra Mundial se encontraba en Budapest, donde los nazis lo confiscaron, y a continuación pasó a manos de los vencedores soviéticos para finalmente ser revendido a unos coleccionistas. Durante estos peregrinajes, había sido recubierto por una tabla de madera sobre la que se había pintado un paisaje destinado a ocultar el erotismo -considerado demasiado espantoso- de aquel sexo en estado bruto.

jueves, 27 de marzo de 2014

FICCIONES. Necesidad gratuidad narcisismo



Decía que era su vocación, la misión de toda una vida, la única obsesión a la que merecía la pena consagrarse. Un buen día, sin motivo aparente, había decidido que deseaba escuchar y registrar los ruiditos, arrullos y gemidos que emiten las mujeres cuando están a punto de correrse. Y con “las mujeres”, él se refería no a algunas mujeres, sino a todas las mujeres del mundo, o cuando menos a aquellas que, de un modo u otro, pudieran ponerse a su alcance. Así, durante años se le vio acechar a las parejas que lo hacían en los coches, en descampados desolados y cubiertos por la primera escarcha, bajo una luna ósea y expectante. En otras ocasiones, su mano furtiva depositaba la grabadora en el alféizar de la ventana del dormitorio matrimonial, en una de esas noches de verano en las que la canícula del día aún persiste pero concede una pequeña tregua a las bestias de sangre caliente. Otras, en fin, conseguía deslizar el aparato bajo la almohada de sus escasas amantes, mientras él se entregaba a un cunnilingus en el que alternaba la ferocidad con la ternura más desoladora. Fue el ruido lo que alertó finalmente a los vecinos, y los vecinos los que alertaron a la policía: hacía días que, a través de los tabiques de su apartamento, podían oírse los gritos y lamentos de decenas de mujeres a las que no se sabía muy bien si estaban torturando o conduciendo hasta la cima de un placer inconcebible. A él lo encontraron tumbado en la cama, vestido con su mejor traje y con una sonrisa de imbécil adornándole la palidez del rostro. Muerto. Sobre la mesilla de noche, su pequeña grabadora emitía en auto-reverse un ulular continuo de más de dos horas de duración. Según los cálculos de la policía, cada hora de aquella extraña sinfonía incluía los preludios de unos seiscientos quince orgasmos de otras tantas mujeres diferentes. Así que nuestro amigo debía de haber asistido a la pequeña muerte de unas mil quinientas hembras humanas. Corrida arriba, corrida abajo. 
[...]


lunes, 3 de febrero de 2014

FICCIONES. Candy Barr ya no escribirá más poemas


https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEiNBv7WgRRQK-8Ay5oc_3bXTbdj-Ie5onpjVE6ptjimtMJUBqpCVKnWQMlCfpZFcGbzl_mhpxRDu5JX0aJ5xdblxLTJIEGPIx1CH5hwuM04-8BXPtqo5HkEf27V3VrkQH-pxunL4ZThIU4/s1600/barr01.jpg


La luz nos da calor, ese foco nos da calor. Afuera también hace un calor infernal. Según dicen, el calor de California es así. El sol de Call'n'Fornicate, como dice Franco. No entiendo muy bien por qué han colocado el foco tan bajo. Se lo he preguntado al chico que se ocupa de la cámara, pero él me ha escupido a la cara: “tú ocúpate de lo tuyo y deja que yo me encargué de lo mío. Pon el coño a funcionar y cállate la boca, ¿vale?”, o algo parecido. El calor, el foco, la bebida: me siento un poco mareada. Tengo la impresión de que han debido de echarme algo en la copa, porque después de todo tampoco he bebido tanto. Dos o tres vasos, a lo sumo. Afuera, en la piscina, se estaba algo mejor. Allí al menos se puede contrarrestar el castigo del sol con la frescura del agua clorada –con demasiado cloro, de hecho-, pero aquí… Antes, cuando Franco me ha agarrado por detrás y me ha lanzado a la piscina, me ha dado un susto de muerte. Entonces he empezado a sospechar que algo ocurría, aunque ni siquiera me he dado cuenta de que ya habían puesto la cámara en marcha. Él, sentado en la orilla, me salpicaba con el pie. Ahora pasea desnudo de un lado a otro en la habitación del motel, estirándose la polla para mantener la erección. El cuarto es demasiado pequeño para tanta gente, las persianas están bajadas hasta el final y no hay otra luz que la de ese foco que nos está consumiendo poco a poco como si fuéramos figuritas de chocolate. La luz proyecta nuestras sombras desde abajo contra la pared del fondo y parecemos seres extraños, monstruos venidos del espacio exterior, personajes de una película de miedo de las malas. Más que una peli porno, esto es una peli de terror –pienso para mí-. La sombra de la polla de Franco, por ejemplo, tienen cinco veces el tamaño de la polla de Franco. Visto así recuerda a un vampiro al que hubieran clavado una enorme estaca. Eso sí: el puto Van Helsing debía de estar borracho como una cuba cuando lo hizo, ¿sabes lo que quiero decir? El director tuerce un poco el gesto cuando me ve sonreír abstraída, así que me acerco a Franco y continuamos la función. También yo me siento un poco mareada. Mientras nos besamos, me viene a la mente la siguiente imagen: una sala de cine vacía y sobre la pantalla dos cabezas gigantescas, en un blanco y negro muy sucio y con mucho contraste, que intentan devorarse la una a la otra. En el cine todo es silencio, porque la película no tiene sonido, pero aquí la habitación se ha llenado de un ruido como de chapoteo, como de cosas pringosas que chocaran entre sí. Me imagino que Franco y yo somos dos babosas que se retuercen mientras se van cociendo al calor de ese foco maldito. Ahora el director dice que nos echemos sobre la cama, que nos enzarcemos en una pelea fingida, y nosotros forcejeamos, nos buscamos los labios, nos lamemos, nos chupeteamos el uno al otro, y al final Franco improvisa y me la mete sin avisar. Pasados un par de minutos, el director nos ordena: “cambiad de puesto”, y yo me pongo sobre Franco y empiezo a cabalgarlo al trote lento hasta que el director dice basta. Franco, sin embargo, parece no haber tenido suficiente, así que se sienta a horcajadas sobre mi pecho e intenta meterme su fea polla en la boca. Yo me resisto, corcoveo como una yegua sin domar, pateó con furia el colchón, que despide una nube de polvo gris sobre el haz de luz cruda que nos ilumina, y el director sentencia al fin: “¡Llamad a Felicia la Felatriz!”. 

[Fragmento inspirado en la película Smart Alec, de 1951]



sábado, 15 de septiembre de 2012

FICCIONES. Todos los espíritus que existen viven en mi desván



 
‘Blanche, Blanche’. Tom la llama en susurros, como si quisiera sacarla del sueño y al mismo tiempo temiera despertarla. Lady Blanche sigue dormida, boca abajo sobre las sábanas revueltas, como una muñeca descoyuntada, con el pelo cubriéndole el rostro. Por única respuesta, deja escapar un resuello de fastidio. Tom, ya vestido, la contempla por un instante, fascinado por las gotitas de sudor que se han acumulado en el vértice de las nalgas de la mujer dormida, y se dice: ‘Mierda, ¿por qué siempre tienen que estar en otro lado cuando uno las necesita?’. Y después: ‘Hablo en serio. No hay nada comparable a este culo’. Tom se agacha y vuelca su melena sobre el trasero de Lady Blanche, que se agita ligeramente por el cosquilleo. Con la punta de la lengua, Tom va recogiendo una por una las gotitas de sudor. ‘Nada como el olor de una mujer perdida en el sueño’, sentencia al volver a alzarse. ‘Nada como una hembra que apesta a sexo reciente’. El sol que se filtra por entre las venecianas dibuja franjas oscuras en el rostro del hombre y llena la habitación de un calor pringoso. De esa guisa, Tom parece un guerrero de alguna tribu antigua. ‘Siempre dispuesto para la batalla, amigo mío’. De la mesilla de noche, recoge su vieja Makarova y, a modo de despedida, pasa el cañón de la pistola por el arco del pie izquierdo de Lady Blanche. Con voz aletargada, la mujer pregunta: ‘¿Eso es tu polla o es que sales de caza?’.

Flash-back 1. A Max le costaba andar con la tibia rota. A cada paso, sentía una corriente de dentelladas que le atravesaban todo el cuerpo, desde la pierna fracturada hasta la nuca. Detrás de él, Tom luchaba contra el viento para encenderse un cigarrillo. De la cintura de sus vaqueros sobresalía la culata del arma. Cansado de la brega con el encendedor, escupió el pitillo y alzó la cara hacia el cielo vacío de nubes. Max le había jurado por lo más sagrado que no sabía nada. ‘Es cosa suya, tío. Créeme: ellos se la llevaron’. Temblaba y moqueaba frente a la sonrisa torcida de Tom.

Flash-forward.  Lady Blanche cabalga sobre la cabeza del hombre. Siente como se retuerce con los hocicos hundidos en su coño. Desconoce si el hombre busca darle placer o escapar de la trampa, pero no le importa. Ahí abajo todo está húmedo y caliente. A Lady Blanche se la pasa por la mente la palabra ‘chapoteo’. Enseguida el tipo deja de moverse.

Flash-back 2. El cono del ciclón se avistaba ya al fondo del valle. Tom jugueteaba con la Makarova y, de vez en cuando, probaba su puntería con algún blanco cercano: un seto, una serpiente, el parabrisas de un coche volcado, el lóbulo de la oreja derecha de Max. Max cayó de bruces y descargó una basca de bilis, y a Tom se le antojó un buey dispuesto para el sacrificio. ‘¿Por qué todos me tomáis por lo que no soy, por un malo de novela negra? No busco nada ni persigo a nadie. Solo quiero jugar’. Tom se puso en cuclillas frente al caído y le estampó un beso en la boca. ‘¡Joder! –dijo- Demasiado amargo para mi gusto’.

[De Ars Combinatoria]

domingo, 10 de mayo de 2009

FICCIONES. El divino muchacho, el celestial andrógino…




El Voyeur Ciego lleva gruesas gafas de soldador y el pelo negro y peinado hacia atrás en dos mitades idénticas y simétricas que recuerdan a los élitros de un escarabajo-rinoceronte. Camina a gatas sobre el suelo alfombrado de la estancia. Cada pocos pasos, alza la cabeza y olfatea el aire mohoso en busca de Faón. El andrógino, que se ha descalzado para hacer más divertido el juego, lo llama a voces desde una esquina del cuarto, tan enorme y vacío que casi se diría un galpón, y después, con brinquitos mullidos y silenciosos de gacela bípeda, se desplaza lejos de su alcance. ‘¡Oe, oe! ¡Aquí, perrito, aquí!’, grita Faón y el Voyeur Ciego se detiene unos instantes con las orejas erguidas. Después, babeando, se dirige hacia el lugar del que procedía el sonido, pero Faón ya no está allí. ‘Perrito ciego, no me cogerás’, canta el andrógino haciendo bocina con las manos, ‘y si te descuidas, la colita perderás’. La broma se repite una y otra vez. Faón cita al ciego y el Voyeur va de un lado a otro como un morlaco invidente. Bufa, rasca la moqueta con las pezuñas y después embiste al enemigo invisible. A Faón, sin embargo, el divertimento pronto comienza a resultarle aburrido, así que durante unos segundos se queda en silencio. El Voyeur Ciego ensancha las narinas, vuelve la cabeza a izquierda y derecha a la búsqueda de señales de Faón. Gira sobre sí mismo, aguza el oído, pero nada. Se diría que el andrógino se ha volatilizado. Pasan así uno, dos minutos, hasta que de repente un pie desnudo se apoya con fuerza en el trasero del ciego y lo envía de bruces contra la gruesa moqueta. El Voyeur Ciego se gira sobre la espalda, se reajusta los goggles y busca a tientas el pie traicionero. ‘¿Es esto lo que buscas?’. Faón le pisa las gafas con un pie enfundado en una fina media de rejilla y el ciego lanza lenguetazos desesperados. Faón se apiada por fin de su pobre víctima y le introduce el pie en la boca. El Voyeur lame, chupetea, rompe a dentelladas las medias del hermafrodita, y con la punta de la lengua va recorriendo la silueta de los dedos de Faón, la frontera entre las uñas pintadas de negro y la blanquísima piel, el minúsculo anillito en forma de serpiente enroscada que circunda el meñique, los menudos pliegues que forman las falanges, etc., etc. ‘Suficiente’, sentencia Faón. El Voyeur Ciego refunfuña un poco y se yergue sobre las rodillas. Luego, de sur a norte, empieza a trazar con las manos la cartografía sinuosa del cuerpo del andrógino. Las yemas de sus dedos se deslizan sobre las breves colinas de los tobillos, la curva planicie de las pantorrillas, la estrecha grieta que separa los muslos de las nalgas. Después rodean por ambos flancos el arco de las crestas iliacas, camino del frondoso monte de Venus. El hermafrodita se desprende de la minifalda con una revolera taurina y muestra su doble sexo. La verga en erección roza los labios del Voyeur y el sexo hembra desprende aromas de vegetación rara, mojada y caliente. Con la mano derecha, el ciego separa despacio los labios de la vulva de Faón, mientras con la izquierda se apodera del bálano palpitante y lo aproxima a su boca. Es seguro que no se espera el sonoro bofetón que le propina el andrógino ni esta orden perentoria: ‘¡Suficiente, he dicho!’



Reivindico simplemente los derechos del ginecólogo o, mejor, derechos mucho más modestos. Sería una muestra de extraña y perversa lubricidad suponer que tales conversaciones son un buen instrumento de excitación y satisfacción sexuales.



[De Ars Combinatoria]