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jueves, 22 de febrero de 2007

VOCES. Isidore Ducasse, conde de Lautréamont (1846 - 1870)

Lautréamont es una ausencia, un hueco, un agujero negro en el que se pierde la palabra literaria atraída por la densidad de su afrenta. Pero no lo es sólo por la condición fantasmal del autor, ese falso conde, ese l’autre inaprensible y huidizo, sino porque –según se dice una y otra vez- hasta su obra escaparía al decir razonable de la crítica y el comentario al uso. El único acercamiento posible a los Cantos – porque el resto de su escasa producción literaria es otro cantar- sería de tipo negativo, en el sentido en el que antaño otros se veían condenados a ejercitar la teología negativa habida cuenta del carácter inefable del Altísimo. Son muchos los que solemnemente han declarado lo inabarcable del texto de Lautréamont y han invitado, con la mayor de las coherencias, al silencio ante el enigma. Y, sin embargo, dicha declaración va seguida por lo general de unas cuantas decenas de páginas, sino más. Blanchot, por ejemplo, señala en su por otro lado delicioso estudio que la palabra crítica “cuanto más se realiza, se desarrolla y se afirma, más debe desaparecer; hasta que al final se rompe”. Pleynet se interroga: “¿Qué significa un libro que no se presta a interpretaciones? ¿Qué lectura podemos hacer de un texto que desalienta toda tentativa de extensión o reducción a uno cualquiera de sus significados?”. Manuel Serrat, parafraseando al Heidegger que se enfrentaba a la obra de Hölderlin, afirma en fin que “cualquier prosa, cualquier estudio tiene que considerarse superfluo ante la pura afirmación del poema”. Queda tan sólo, pues, dar vueltas en torno al vórtice, y siempre desde el exterior, sabedores de que aproximarnos a su centro equivaldría a perdernos.

Según esto, la obra de Lautréamont pertenecería al orden de lo sagrado, es decir, de ese mismo orden que nos convoca para aniquilarnos. De lo que no estoy del todo seguro es de si Ducasse no estallaría en una tronante carcajada de tiburón al saberse objeto de veneración tan elevada. Porque hay en Lautréamont un punto de subversión irónica y gamberra que todo lo corroe, incluso la bienintencionada pretensión de integrarlo en cualesquiera partidos subversivos. La obra del conde es también –y acaso sobre todo- un juego perverso, la intención lúdica de llevar el lenguaje hasta sus límites extremos y luego reventarlos a pedradas. Como hacen los chavales con las farolas. Por eso me gusta lo que dice Le Clézio en su prefacio a las obras completas de Lautréamont-Ducasse, aunque a ratos se ponga un poco -¿cómo decir?- ‘lacaniano’. Si los Cantos van contra la literatura –viene más o menos a afirmar- es porque son algo así como preterliteratura o literatura primordial, algo que precede a la palabra literaria, se le enfrenta y, en cierto modo, la invalida y descompone. Es “el poema de un colegial” –apunta-; “el orden establecido, el lenguaje adulto, la moral, todo eso está muy lejos, fuera del alcance de la mano. Y el libro, en cada uno de sus gritos, queda como un ideal que no ha podido cumplirse, que quizá ni siquiera ha sido contemplado”. Y al final: “la historia de la literatura debería ser la historia de la vida humana. Los Cantos de Maldoror serían entonces el primer texto, la cicatriz visible de ese pasaje desde el universo mudo al universo dotado de palabra”. De ahí que no puedan buscarse sus antecedentes en la tradición literaria occidental, sino como mucho –y caso de que queramos prestarnos al ejercicio- en las narraciones orales de ciertas culturas alejadas del espacio europeo. Le Clézio, por su parte, se refiere a los yoruba y a los ibo.

Pero acaso ya hemos escrito demasiado. Dejemos que nos cuenten otros. Y, después de todo, el propio Lautréamont.




BREVE SEMBLANZA BIOGRÁFICA DEL FANTASMAL SEÑOR DUCASSE


Je ne laisserais pas de mémoires


Isidore Ducasse, futuro conde de Lautréamont, nace el 4 de abril de 1846 en Montevideo, ciudad en la que su padre desempeña labores diplomáticas. A finales de la década siguiente cruza el Atlántico y se matricula en el Liceo Imperial de Tarbes. Allí pasa desde los trece hasta los dieciséis años. Entre 1864 y 1865 sigue los cursos de retórica y filosofía en el Liceo de Pau. Con 21 años se embarca en el Harrick, que parte de Burdeos con destino Montevideo. Un año después, el conde de Lautréamont recorre las calles de París. Aparece el primero de los Cantos de Maldoror con tan sólo tres asteriscos como firma. En la primavera del 69, Ducasse entrega al editor Lacroix el manuscrito completo de la obra, que nunca llegará a las librerías. “Sólo unos pocos ejemplares –recuerda Serrat- serán encuadernados y entregados al autor”. Lautréamont se evapora después del fiasco; Ducasse, su doble, aún tiene ocasión de publicar un par de volúmenes de poesía antes de su muerte el 24 de noviembre de 1870. En su acta de defunción se dice:

“Isidore Lucien Ducasse, hombre de letras, de 24 años de edad, nacido en Montevideo (América meridional), fallecido esta mañana, a las 8, en su domicilio de la calle del Faubourg-Montmartre, nº 7, sin más datos. El acta ha sido levantada en presencia del señor Jules François Dupuis, hotelero, calle del Faubourg-Montmartre, nº 7, y de Antoine Milleret, camarero, en idéntico domicilio, testigos que han firmado con nos, Louis Gustave Nast, adjunto del alcalde, tras haberlo leído y haber comprobado el fallecimiento ante la ley”.


Y a continuación:

- Lautréamont en boca de otros:

*Rubén Darío.

*André Breton.

*Julio Cortazar.

*Maurice Blanchot.

- Salvador Dalí: Maldoror ilustrado.

- Música: Maldoror según Current 93.

- Maldoror en el cine:

*CAROLINE KENNEDY – THE LAMP

*DUNCAN REEKIE – SHARK LUST

*KERRI SHARP - THE ERRORS OF EXISTENCE

*COLETTE ROUHIER - RELENTLES DREAM

*STEVEN EASTWOOD - THE SPECTATOR OF OUTRAGEOUS CONTORTION

- Textos de Ducasse-Lautréamont.


ANTES EN LA SECCIÓN VOCES.

VOCES. Lautréamont en boca de otros: Rubén Darío

En 1896, Rubén Darío publica en Buenos Aires Los raros, una colección de textos breves en la que el nicaragüense esboza el retrato de algunos escritores en los que reconocía cierta afinidad: Poe, Jean Richepin, Rachilde, Ibsen, Martí y…







EL CONDE DE LAUTREAMONT


Su nombre verdadero se ignora. El conde de Lautréamont es pseudónimo. Él se dice montevideano; pero ¿quién sabe nada de la verdad de esa vida sombría, pesadilla tal vez de algún triste ángel a quien martiriza en el empireo el recuerdo del celeste Lucifer? Vivió desventurado y murió loco. Escribió un libro que sería único si no existiesen las prosas de Rimbaud; un libro diabólico y extraño, burlón y aullante, cruel y penoso; un libro en que se oyen a un tiempo mismo los gemidos del Dolor y los siniestros cascabeles de la Locura.



León Bloy fué el verdadero descubridor del conde de Lautréamont. E1 furioso San Juan de Dios hizo ver como llenas de luz las llagas del alma del Job blasfemo. Mas hoy mismo, en Francia y Bélgica, fuera de un reducidísimo grupo de iniciados, nadie conoce ese poema que se llama Cantos de Maldoror, en el qual está vaciada la pavorosa angustia del infeliz y sublime montevideano, cuya obra me tocó hacer conocer a América en Montevideo. No aconsejaré yo a la juventud que se abreve en esas negras aguas, por más que en ellas se refleje la maravilla de las constelaciones. No sería prudente a los espíritus jóvenes conversar mucho con ese hombre espectral, siquiera fuese por bizarría literaria, o gusto de un manjar nuevo.



SI QUIERES LEER EL TEXTO COMPLETO, PULSA AQUÍ.

VOCES. Lautréamont en boca de otros: André Breton

Fueron los surrealistas los que descubrieron a Ducasse-Lautréamont para el siglo. Breton además lo consideró un soberbio humorista.



Habría que encontrar los colores de que se sirvió Lewis en El Monje para pintar la aparición del espíritu infernal bajo los rasgos de un admirable joven desnudo con las alas carmesíes, los miembros entrelazados en el orbe de los diamantes bajo un aliento antiguo de rosas, la estrella en la frente y la mirada teñida de una feroz melancolía, y de aquellos mediante los cuales Swinburne consiguió delimitar el verdadero aspecto del marqués de Sade: “En medio de toda esta ruidosa epopeya imperial, aparece llameante esa cabeza abatida, ese vasto pecho surcado de relámpagos, el hombre-falo, perfil augusto y cínico, mueca de titán terrorífico y sublime; se siente circular en esas páginas malditas como un estremecimiento infinito, y vibrar sobre esos labios quemados como un aliento de ideal tormentoso. Acercaos y oiréis palpitar en esta carroña enfangada y sangrienta las arterias del alma universal, venas henchidas de sangre divina. Esa cloaca está empedrada de azur…” Es preciso, decimos, reencontrar estos colores para situar en la atmósfera extra-literaria que le conviene y esto es poco decir, la figura deslumbrante de luz negra del conde de Lautréamont. A los ojos de algunos poetas de hoy, los Chants de Maldoror y Poésies brillan con un resplandor incomparable; son la expresión de una revelación total que parece ir más allá de las posibilidades humanas. Cuanto tiene de específico toda la vida moderna se encuentra repentinamente sublimado. Su escenario se desliza sobre los marcos de los antiguos soles que dejan ver pavimentos de zafiro, la lámpara con boca de plata, alada y sonriente, que se cierne sobre el Sena, las membranas verdes del espacio y los almacenes de rue Viviente, frente a la irradiación cristalina del centro de la tierra. Un ojo absolutamente virgen se mantiene al acecho del perfeccionamiento científico del mundo, va más allá del carácter conscientemente utilitario de este perfeccionamiento, le sitúa con todo el resto en la misma luz del apocalipsis. Apocalipsis definitivo esta obra en la que se pierden y se exaltan las grandes pulsiones instintivas al contacto con una caja de amianto que encierra un corazón al rojo vivo. Todo lo más audaz que, durante siglos, se piense y se emprenda, ha encontrado aquí una formulación anticipada en su ley mágica. El verbo, no ya el estilo, sufre con Lautréamont una crisis fundamental, marca un recomienzo. Acabaron los límites en los cuales las palabras podían relacionarse con las palabras, las cosas con las cosas. Un principio de mutación perpetua se ha apoderado tanto de objetos como de ideas, y tiende a su liberación total, lo que implica la del hombre. A este respecto, el lenguaje de Lautréamont es a la vez un disolvente y un plasma germinativo sin equivalentes.

Las palabras de locura, de prueba por lo absurdo, de máquina infernal que han sido empleadas exasperadamente a propósito de esta obra, demuestran perfectamente que la crítica no se ha acercado nunca a ella sin tener que firmar más tarde o más temprano su renuncia. Y es porque, llevada a escala humana, esta obra, que es la cita exacta de todas las interferencias mentales, inflinge un clima tropical a la sensibilidad. Leon Pierre-Quint, en su lucidísimo ensayo: Le Comte de Lautréamont et Dieu, ha descubierto, sin embargo, algunas de las más imperiosas características de aquel mensaje que sólo puede ser recibido con guantes de fuego: 1) siendo el “mal”, para Lautréamont (como para Hegel), la forma bajo la cual se presenta la fuerza motriz del desarrollo histórico, importa fortificarlo en su razón de ser, lo que no se puede hacer de mejor manera que basándolo en los deseos prohibidos, inherentes a la primitiva actividad sexual tal y como los manifiesta particularmente el sadismo; 2) la inspiración poética, en Lautréamont, se caracteriza por el producto de la ruptura entre el sentido común y la imaginación, ruptura consumada frecuentemente en favor de esta última y obtenida por una aceleración voluntaria y vertiginosa de la prestación verbal (Lautréamont habla del “desarrollo extremadamente rápido” de sus frases. Es sabido que el surrealismo parte de la sistematización de este medio de expresión); 3) la rebelión de Maldoror no sería por entero la Rebelión si tuviera que favorecer una forma de pensamiento en detrimento de otra; es necesario, pues, que con Poésies se destroce en su propio juego dialéctico.


El contraste flagrante que, desde el punto de vista moral, ofrecen ambas obras, carece de toda explicación. Pero, si se la busca más allá de lo que puede constituir su unidad, su identidad desde un punto de vista psicológico, se descubrirá que ésta descansa ante todo en el humor: las diversas operaciones que representan aquí la dimisión del pensamiento lógico, del pensamiento moral, posteriormente de dos nuevos pensamientos definidos por oposición a estos últimos, no se distinguen en definitiva de otro factor común: insistencia sobre la evidencia, llamamiento al caos de las comparaciones más osadas, torpedeo de lo solemne, remontaje al revés, o de través, de “pensamientos” o máximas celebres, etc.; todo aquello que el análisis revela sobre esos procedimientos en juego cede en interés a la representación infalible que Lautréamont nos ha llevado a forjarnos del humor tal como él lo considera, del humor llevado con él a su suprema fuerza y que nos somete físicamente, de la manera más total, a su ley.


*Texto extraído de la Antología del Humor Negro. Traducción de Joaquín Jordá (Editorial Anagrama).

VOCES. Lautréamont en boca de otros: Julio Cortazar

Lo que viene a continuación es un cuento incluido en Todos los fuegos, el fuego (1966). ¿Sabría alguien decir quién se oculta tras la figura del Sudamericano?




EL OTRO CIELO


Ces yeux ne t'apparticnnent pas... tró les as-tu pris?
..................., IV, 5.


Me ocurría a veces que todo se dejaba andar, se ablandaba y cedía terreno, aceptando sin resistencia que se pudiera ir así de una cosa a otra. Digo que me ocurría, aunque una estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme todavía. Y por eso, si echarse a caminar una y otra vez por la ciudad parece un escándalo cuando se tiene una familia y un trabajo, hay ratos en que vuelvo a decirme que ya sería tiempo de retornar a mi barrio preferido, olvidarme de mis ocupaciones (soy corredor de bolsa) y con un poco de suerte encontrar a Josiane y quedarme con ella hasta la mañana siguiente.


Quién sabe cuánto hace que me repito todo esto, y es penoso porque hubo una época en que las cosas me sucedían cuando menos pensaba en ellas, empujando apenas con el hombro cualquier rincón del aire. En todo caso bastaba ingresar en la deriva placentera del ciudadano que se deja llevar por sus preferencias callejeras, y casi siempre mi paseo terminaba en el barrio de las galerías cubiertas, quizá porque los pasajes y las galerías han sido mi patria secreta desde siempre. Aquí, por ejemplo, el Pasaje Güemes, territorio ambiguo donde ya hace tanto tiempo fui a quitarme la infancia como un traje usado. Hacia el año veintiocho, el Pasaje Güemes era la caverna del tesoro en que deliciosamente se mezclaban la entrevisión del pecado y las pastillas de menta, donde se voceaban las ediciones vespertinas con crímenes a toda página y ardían las luces de la sala del subsuelo donde pasaban inalcanzables películas realistas. Las Josiane de aquellos días debían mirarme con un gesto entre maternal y divertido, yo con unos miserables centavos en el bolsillo pero andando como un hombre, el chambergo requintado y las manos en los bolsillos, fumando un Commander precisamente porque mi padrastro me había profetizado que acabaría ciego por culpa del tabaco rubio. Recuerdo sobre todo olores y sonidos, algo como una expectativa y una ansiedad, el kiosco donde se podían comprar revistas con mujeres desnudas y anuncios de falsas manicuras, y ya entonces era sensible a ese falso cielo de estucos y claraboyas sucias, a esa noche artificial que ignoraba la estupidez del día y del sol ahí afuera. Me asomaba con falsa indiferencia a las puertas del pasaje donde empezaba el último misterio, los vagos ascensores que llevarían a los consultorios de enfermedades venéreas y también a los presuntos paraísos en lo más alto, con mujeres de la vida y amorales, como les llamaban en los diarios, con bebidas preferentemente verdes en copas biseladas, con batas de seda y kimonos violeta, y los departamentos tendrían el mismo perfume que salía de las tiendas que yo creía elegantes y que chisporroteaban sobre la penumbra del pasaje un bazar inalcanzable de frascos y cajas de cristal y cisnes rosa y polvos rachel y cepillos con mangos transparentes.


Todavía hoy me cuesta cruzar el Pasaje Güemes sin enternecerme irónicamente con el recuerdo de la adolescencia al borde de la caída; la antigua fascinación perdura siempre, y por eso me gustaba echar a andar sin rumbo fijo, sabiendo que en cualquier momento entraría en la zona de las galerías cubiertas, donde cualquier sórdida botica polvorienta me atraía más que los escaparates tendidos a la insolencia de las calles abiertas. La Galerie Vivienne, por ejemplo, o el Passage des Panoramas con sus ramificaciones, sus cortadas que rematan en una librería de viejo o una inexplicable agencia de viajes donde quizá nadie compró nunca un billete de ferrocarril, ese mundo que ha optado por un cielo más próximo, de vidrios sucios y estucos con figuras alegóricas que tienden las manos para ofrecer una guirnalda, esa Galerie Vivienne a un paso de la ignominia diurna de la rué Réau—mur y de la Bolsa (yo trabajo en la Bolsa), cuánto de ese barrio ha sido mío desde siempre, desde mucho antes de sospecharlo ya era mío cuando apostado en un rincón del Pasaje Güemes, contando mis pocas monedas de estudiante, debatía el problema de gastarlas en un bar automático o comprar una novela y un surtido de caramelos ácidos en su bolsa de papel transparente, con un cigarrillo que me nublaba los ojos y en el fondo del bolsillo, donde los dedos lo rozaban a veces, el sobrecito del preservativo comprado con falsa desenvoltura en una farmacia atendida solamente por hombres, y que no tendría la menor oportunidad de utilizar con tan poco dinero y tanta infancia en la cara.


SI QUIERES LEER EL CUENTO COMPLETO, PULSA AQUÍ.

VOCES. Lautréamont en boca de otros: Maurice Blanchot



LA EXPERIENCIA GENERAL DE MALDOROR


Durante un cierto número de años, los críticos en apariencia mejor informados sobre lo que puede ser el funcionamiento de una lucidez en el trabajo, como Rémy de Gourmont, han reconocido en Duchase una ausencia completa de lucidez. Actualmente, unos escritores, menos informados sobre las características de un espíritu lúcido, admiran en él para empezar la “clarividencia”, la “perspicacia”, la fuerza rara de un autor que no sólo sabe lo que dice, sino que al tiempo que lo dice se juzga, se comenta y se corrige: Roger Caillois. Pero otros, de acuerdo ciertamente con esta admiración, la justifican por razones totalmente opuestas, ven en Los Cantos el desquite de lo irracional, la afirmación fulgurante de fuerzas oscuras, la explosión volcánica de capas subterráneas incandescentes: Julien Gracq. Posiblemente sea necesario asombrarse de una obra en la cual un lector lúcido reconoce a la vez una despreciable, una admirable ausencia de lucidez y una creación admirablemente consciente y admirablemente ajena a la conciencia.

Los signos de escritura consciente abundan en Maldoror. No hay una sola frase, por larga y enredada que sea, que no esté dirigida por un sentido visiblemente razonable. No hay una estrofa en que la unión de las frases no esté lógicamente justificada. El lector más amigo de la simple razón encuentra todo lo que es necesario para seguir un texto que tiene todos los acuerdos de la sintaxis, sin falta, a los cuales hace corresponder con un pensamiento perfectamente seguro de sus sentimientos. Debemos creer, además, que si la burla introduce bien en el orden “supuesto” del lenguaje una discordancia desconcertante, hay sin embargo en esta ironía –e incluso cuando se convierte en un poder realmente fabuloso- una garantía de lucidez, pues burla que tacha y reniega de la frase en curso, es porque tiene conciencia de esta frase, de la cual ha apreciado todos los matices, pues los corrige y si esta corrección, al dislocar el pensamiento inicial, trae consigo un peligroso desequilibrio, la ironía, perfectamente consciente de esta desviación, capta las digresiones, las motiva profundamente y las reintroduce en el conjunto a título de sobresaltos intencionalmente irrazonables. Sí, la razón es sorprendentemente firme en Lautréamont y ningún lector razonable puede dudarlo. Pero justamente esta razón es tan fuerte, es de tal extensión que parece también abarcar todos los movimientos de la sinrazón y poder comprender las más extrañas fuerzas aberrantes, esas constelaciones subterráneas sobre las cuales se guía y que arrastra sin embargo con ella sin perderse y sin perderlas.


Si vemos en Lautréamont a un escritor cegado o iluminado únicamente por las fuerzas oscuras, es necesario entonces atribuir a esas fuerzas ignorantes la misma capacidad de escribir que al arte más reflexivo. No sólo quien avanza en la lectura de Maldoror encuentra siempre para apoyarse una intención significativa, el movimiento que lo arrastra coordinado por un sentido que, si no aparece todavía, está prometido, y se encuentra en medio de los escombros de las reglas tradicionales, las precauciones, las previsiones cuidadosas del lenguaje que sin duda sabe adónde va, si dice siempre lo que hace, si realiza siempre lo que promete, si totalmente desdeñoso de desconcertar demasiado fácilmente al lector, no deja enigma sin solución. La composición de Maldoror está a menudo envuelta en el misterio. No es raro que dicho desarrollo se interrumpa bruscamente –pero sin que sea interrumpida la continuidad del discurso- dejando lugar a otra escena, privada de todo vínculo con ese desarrollo. Sobre el tema: “Buscaba un alma que se me pareciera y no podía encontrarla”, semejante estrofa lanza una larga investigación metódica, que abandona de golpe para emprender un relato del naufragio, del océano, de la tempestad, y ese relato, totalmente ajeno al primer movimiento, nos conduce tan lejos que olvidamos hace tiempo de dónde veníamos, cuando en las últimas líneas, el escritor, reanudando el fin con el principio, deja aparecer el hilo conductor que jamás ha dejado. “Finalmente, había encontrado alguien que se me parecía.” Un gran número de estrofas detrás de su apariencia de desorden tienen la misma composición vigilante. No sabemos adónde vamos, nos perdemos en triste dédalos, pero el laberinto que nos pierde se revela exactamente construido para perdernos y para perdernos más aún, haciéndonos creer que nos hemos encontrado.

En un buen número de casos, visiblemente, Lautréamont transporta al estilo los procedimientos del misterio propios de las intrigas de las novelas populares y de las obras negras. Incluso su lenguaje se convierte en una misteriosa intriga, una acción maravillosamente combinada de novela policíaca, en la cual las oscuridades más fuertes son, en el momento preciso, puestas en claro, en donde los golpes de teatro son remplazados por las imágenes, los homicidios insólitos por las violencias del sarcasmo y en donde el culpable se confunde con el lector siempre tomado en falta. Esas intenciones estallan en el sexto libro, cuando Lautréamont desgrana, a la manera de Nerval, un rosario de bellas frases herméticas, que dilucida a continuación una por una, pero con una extraña desenvoltura que parece querer hacer planear una duda sobre el carácter de estos ejercicios, pues no vuelve a tomar sino al vuelo y apenas un equilibrio cuyo porvenir no le pertenece.


Extraído de Lautréamont y Sade (1963), FCE, México, 1990, traducción de Enrique Lombera, P. 110-114.

VOCES. Dalí: Maldoror ilustrado

Como hemos visto, los surrealistas, con Breton a la cabeza, reconocieron en el conde de Lautréamont a un hermano mayor y a un adelantado de la revolución que ellos mismos propugnaban. La máquina de coser y el paraguas que podían compartir mesa –de disección, eso sí- en la nueva estética, según Ducasse, fueron incluidos entre las figuras emblemáticas del movimiento. Y al movimiento se debió en buena parte el redescubrimiento del desgraciado Maldoror, que se convirtió en una obra de culto y en un arcano cuyo secreto debía alejarse de ojos profanos.

En 1930, Salvador Dalí recibió el encargo de ilustrar el libro, por el que decía sentirse obsesionado y cuya forma de composición guardaba ciertas analogías con su método paranoico-crítico.
Podéis contemplar las ilustraciones AQUÍ.


VOCES. Música: Maldoror según Current 93

[Para escuchar los temas sin salir de amputacioneS,
abre los vínculos con el botón derecho del ratón
en pestaña o ventana aparte]

VOCES. Lautréamont en el cine

A finales de la década de los noventa del pasado siglo, el británico Duncan Reekie, fundador y miembro durante nueve años del Exploding Cinema Collective tiene la idea no sé si llamar feliz de traducir a lenguaje cinematográfico Los Cantos de Maldoror. Con este fin, asigna quince fragmentos de la obra de Lautréamont a otros tantos cineastas y se pone en contacto con el Filmgruppe Chaos alemán para que lo ayude en tal empresa. Sólo doce de los quince directores –entre ellos, Caroline Bouvier Kennedy, la hija de JFK y Jacqueline Onassis- responden afirmativamente. El resultado es Maldoror (2000), una película en Super 8 de la que a continuación podéis ver unos cuantos episodios.
THE LAMP - CAROLINE KENNEDY



VOCES. Lautréamont en el cine

SHARK LUST - DUNCAN REEKIE



VOCES. Lautréamont en el cine

THE ERRORS OF EXISTENCE - KERRI SHARP



VOCES. Lautréamont en el cine

RELENTLESS DREAM - COLETTE ROUHIER



VOCES. Lautréamont en el cine

THE SPECTATOR OF OUTRAGEOUS CONTORTION – STEVEN EASTWOOD


WEB DE LA PELÍCULA.

VOCES. Textos del conde de Lautréamont.

Siguen algunos fragmentos de los Cantos en bilingüe y una carta -que creo inédita en castellano- en la que el bueno de Isidore Ducasse firma el acta de defunción del conde maldito. No tardarían otros en rubricar la suya propia.


“PLEGUE al cielo que el lector, enardecido y momentáneamente feroz como lo que lee, halle, sin desorientarse, su abrupto y salvaje sendero por entre las desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y llenas de veneno; pues, a menos que ponga en su lectura una lógica rigurosa y una tensión de espíritu igual, como mínimo, a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro embeberán su alma como azúcar en agua. No es bueno que todo el mundo lea las páginas que siguen; sólo algunos saborearán sin peligro ese fruto amargo. Por lo tanto, alma tímida, antes de adentrarte más por semejantes landas inexploradas, dirige hacia atrás tus pasos y no hacia delante. Escucha bien lo que te digo: dirige hacia atrás tus pasos y no hacia delante, como la mirada de un hijo se aparta, respetuosamente, de la contemplación augusta de la faz materna; o, mejor, como el ángulo perdiéndose en el horizonte de las friolentas grullas tan meditabundas que, durante el invierno, vuela poderosamente a través del silencio, con todas las velas tendidas, hacia un punto preciso del horizonte de donde, súbitamente, brota un viento extraño y fuerte, precursor de la tormenta […]”

“Plût au ciel que le lecteur, enhardi et devenu momentanément féroce comme ce qu’il lit, trouve, sans se désorienter, son chemin abrupt et sauvage, à travers les marécages désolés de ces pages sombres et pleines de poison ; car, à moins qu’il n’apporte dans sa lecture une logique rigoureuse et une tension d’esprit égale au moins à sa défiance, les émanations mortelles de ce livre imbiberont son âme comme l’eau le sucre. Il n’est pas bon que tout le monde lise les pages qui vont suivre : quelques-uns seuls savoureront ce fruit amer sans danger. Par conséquent, âme timide, avant de pénétrer plus loin dans de pareilles landes inexplorées, dirige tes talons en arrière et non en avant. Ecoute bien ce que je te dis : dirige tes talons en arrière et non en avant, comme les yeux d’un fils qui se détourne respectueusement de la contemplation auguste de la face maternelle ; ou, plutôt, comme un angle à perte de vue de grues frileuses méditant beaucoup, qui, pendant l’hiver, vole puissamment à travers le silence, toutes voiles tendues, vers un point déterminé de l’horizon, d’où tout à coup part un vent étrange et fort, précurseur de la tempête [...]"

“Como los perros, siento necesidad de infinito… ¡Y no puedo, no puedo satisfacer esta necesidad! Soy hijo del hombre y de la mujer, según me han dicho. Me sorprende… ¡creía ser más! Por lo demás, ¿qué importa de dónde vengo? Si hubiera dependido de mi voluntad, habría preferido ser el hijo de la hembra del tiburón, cuyo apetito es amigo de las tempestades, y del tigre de reconocida crueldad: no seré tan malvado.”

“Moi, comme les chiens, j’éprouve le besoin de l’infini... Je suis fils de l’homme et de la femme, d’après ce qu’on m’a dit. Ça m’étonne... je croyais être davantage ! Au reste, que m’importe d’où je viens ? Moi, si cela avait pu dépendre de ma volonté, j’aurais voulu être plutôt le fils de la femelle du requin, dont la faim est amie des tempêtes, et du tigre, à la cruauté reconnue : je ne serais pas si méchant."

“Mi poesía consistirá, sólo, en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no hubiera debido engendrar semejante basura.”

“Ma poésie ne consistera qu’à attaquer, par tous les moyens, l’homme, cette bête fauve, et le Créateur, qui n’aurait pas dû engendrer une pareille vermine."

“Recibí la vida como una herida y no he permitido que el suicidio curara la cicatriz. Quiero que el Creador contemple, a cualquier hora de su eternidad, su abierta grieta.”

“J’ai reçu la vie comme un blessure, et j’ai défendu au suicide de guérir la cicatrice. Je veux que le Créateur en contemple, à chaque heure de son éternité, la crevasse béante."

“Obtenga una victoria desastrosa o sucumba, el combate será hermoso: yo solo contra la humanidad”

“Que je drive remporter une victoire, désastreuse ou succomber, le combat sera beau : moi, seul, contre l’humanité."

“Si existo, no soy otro. No admito en mí esta equívoca pluralidad. Quiero morar solo en mi íntimo razonamiento.”

“Si j’existe, je ne suis pas un autre. Je n’admets pas en moi cette équivoque pluralité. Je veux résider seul dans mon intime raisonnement."

*Los Cantos de Maldoror (fragmentos). La versión española es responsabilidad de Manuel Serrat (Ediciones Cátedra, 1988).




París, febrero de 1870

Señor,

¿Tendría la bondad de enviarme El suplemento a las poesías de Baudelaire? Incluyo 2 francos, el precio, en sellos de correos. Ojalá sea lo antes posible, porque lo necesitaría para una obra de la que habló más abajo.

Tengo el honor, etc.

I. Duchase,
Faubourg Montmartre, 32.

¿Lacroix ha consentido en la edición o qué ha hecho? ¿O es que la ha rechazado usted? Él no me ha dicho nada al respecto, y yo no lo he visto desde entonces.
¿Sabe?, he renegado de mi pasado. Ya no cantó más que a la esperanza; pero, para ello, es preciso primero atacar contra la duda de este siglo (melancolías, tristezas, dolores, desesperos, lúgubres relinchos, maldades artificiales, orgullos pueriles, cómicas maldiciones, etc., etc.). En una obra que llevaré a Lacroix a primeros de marzo, tomo en consideración las más bellas poesías de Lamartine, de Victor Hugo, de Alfred de Musset, de Byron et de Baudelaire, y las corrijo en el sentido de la esperanza; señalo qué habría hecho falta hacer. Al mismo tiempo corrijo 6 de piezas de las peores de mi santo libro.


Paris, 21 février 1870

Monsieur,

Auriez-vous la bonté de m’envoyer Le supplément aux poésies de Baudelaire. Je vous envoie ci-inclus 2 f., le prix, en timbres de la poste. Pourvu que ce soit le plus tôt possible, parce que j’en aurais besoin pour un ouvrage dont je parle plus bas.

J’ai l’honneur etc.

I. Ducasse,
Faubourg Montmartre, 32.

Lacroix a-t-il cédé l’édition ou qu’en a-t-il fait ? Ou, l’avez-vous refusée ? Il ne m’en a rien dit. Je ne l’ai pas vu depuis lors. – Vous savez, j’ai renié mon passé. Je ne chante plus que l’espoir ; mais, pour cela, il faut attaquer le doute de ce siècle (mélancolies, tristesses, douleurs, désespoirs, hennissements lugubres, méchancetés artificielles, orgueils puérils, malédictions cocasses etc., etc.). Dans un ouvrage que je porterai à Lacroix aux 1ers jours de Mars, je prends à part les plus belles poésies de Lamartine, de Victo Hugo, d’Alfred de Musset, de Byron y de Baudelaire, et je les corrige dans le sens de l’espoir ; j’indique comment il aurait fallu faire. J’y corrige en même temps 6 pièces des plus mauvaises de mon sacré bouquin.