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miércoles, 16 de enero de 2013

VOCES. Sobre la publicación de un libro - Dalton Trumbo (1941)

Estimados, sufridos ciberlectores (y ciberlectoras): me complace comunicarles que nos hemos metido a editores. "Lo que nos faltaba", exclamará tal vez alguno (o alguna). Y no se equivoca: es exactamente lo que nos faltaba para ser gente de letras plenas, cabales y comilfó. Ahora ya está. La cosa se llama Artefakte y es como sigue:

"Artefakte es un entramado de complicidades pensado para provocar esos pequeños cataclismos del pensamiento. Nos interesa el libro más allá de sus límites convencionales, como un bien común que genera riqueza. Publicamos todo tipo de útiles (libros, vídeos, blogs...) que contribuyan a subvertir la gramática cultural de nuestro tiempo. Mucho más que libros, artefaktes".

No está mal, ¿eh? El caso es que, tras un largo periodo de gestación, Artefakte por fin ha lanzado al mundo a sus dos primeros retoños. El uno nos ha salido un tanto díscolo y protestón y con mostachos de bucanero; y el otro una pizca hirsuto y asilvestrado. Pero ambos se hacen querer -se lo prometo- y están deseosos de que los acojan en la confortable calidez de sus hogares. Afuera hace frío: apiádense.


* * *

Como complemento e incentivo a la lectura de El tiempo del sapo, les ofrecemos la traducción de una carta de Dalton Trumbo inédita hasta ahora en castellano. Vean, vean cómo se las gastaba el pavo.

[Traducción del inglés: Diego Luis Sanromán]


NOTA DEL EDITOR: En las épocas en las que la guerra se aproxima, siempre se habla mucho de hacer “sacrificios”. Tales sacrificios, como se ha demostrado en el pasado y también en controversias más recientes, normalmente se traducen en bajadas de salarios, ampliación de la jornada, subida arbitraria de los precios y restricción de la libertad de expresión. Pero no en la limitación de los beneficios. Los pensadores y escritores de mentalidad liberal encuentran cada vez más obstáculos para expresarse. Los dirigentes japoneses suelen hablar de “pensamiento peligroso”. Existen pruebas de que en la América de hoy hay muchos autores sometidos a una censura no oficial y otros que, por temor a perder su medio de vida, se censuran a sí mismos. Por eso nos complace presentar aquí una reciente controversia amistosa entre Dalton Trumbo y sus editores con referencia a ciertos pasajes de su nueva novela. Este decoroso intercambio de opiniones tuvo, en este caso, como resultado la victoria del autor, que logró que se incluyeran los pasajes a los que en principio se habían opuesto los editores.

Querido Dalton: En lo que se refiere al propio manuscrito, tenemos algunas observaciones que hacer y le agradecería que nos diera una pronta respuesta, ya que el proceso de producción del libro está muy avanzado. En primer lugar, todos los que lo hemos leído creemos firmemente que la conversación entre Andrew Long y el general Jackson sobre el tema de la ayuda estadounidense a Gran Bretaña en la guerra en curso supone una distracción dentro de la historia. No me malinterprete: no planteamos esta cuestión porque estemos personalmente en desacuerdo con lo que suponemos es su opinión al respecto. De hecho, es una escena muy bien escrita y en otro contexto resultaría de lo más efectiva. Aquí, sin embargo, se diría que el pasaje se ha añadido con posterioridad. No tiene nada que ver con la historia de la corrupción en Shale City (salvo de forma bastante remota). En nuestra opinión, llamará poderosamente la atención de los críticos y probablemente haga que algunos de ellos valoren el libro solo por ese pasaje y no por el resto de sus méritos. Que esto podría tener un efecto adverso sobre el éxito del libro es algo que nos parece incuestionable. Por otro lado, la inclusión de dicho pasaje parece ponerle una fecha demasiado específica a la historia. Para cuando salga el libro, solo Dios sabe qué nuevos acontecimientos habrán ensombrecido el traslado de los cincuenta destructores. Por favor, no malinterprete el espíritu de esta sugerencia. Sé bien lo que trata de comunicar. Creo que es importante y defendería con mi vida su derecho a decirlo. Solo pienso que este no es el lugar adecuado por las razones que acabo de exponer. El libro ha sido enviado al impresor con esa sección incluida, pero espero que nos envíe un telegrama autorizándonos para retirarlo de las galeradas…

Atentamente,
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LOS EDITORES.

* * *

Querido ----------: […] Ahora, en lo que respecta a los dos capítulos en cuestión: estoy de acuerdo en que muchos críticos los atacarán y que su reprobación afectará a la venta del libro. Por eso debo conciliar mi natural deseo de vender montones de libros con la filosofía personal que me impulsa a escribir este tipo de libro en particular. Quiero explicar dicha filosofía tan claramente como sea capaz, para que entiendan que no soy arbitrario en este asunto. 

jueves, 16 de septiembre de 2010

AGITPROV. RESOLUCIÓN Y POSICIONES de Contre-Attaque - Unión de Lucha de los Intelectuales Revolucionarios (1935)

* Como todos los proyectos que emprendió Bataille en la década de los treinta para construir una organización política al margen de las grandes corrientes ideológicas dominantes, Contre-Attaque tuvo una existencia efímera pero intensa. La fundación de Contre-Attaque y de la ‘Union de lutte des intellectuels révolutionnaires’, que le sirve de soporte, llama la atención al menos por dos características: 1) por su pretensión de incorporar los nombres de Sade, Fourier y Nietzsche a la gran tradición revolucionaria inaugurada por Marx y Engels; y 2) por haber servido como lugar de encuentro a quienes habían estado cultivando una enemistad sin resquicios desde cinco años antes: André Breton y Georges Bataille.




I. RESOLUCIÓN


1. Violentamente hostiles a toda tendencia, sea cual sea la forma que adopte, que capte la Revolución en beneficio de las ideas de nación o de patria, nos dirigimos a todos aquellos que, por todos los medios y sin reservas, se han resuelto a derribar la autoridad capitalista y sus instituciones políticas.

2. Decididos a obtener resultados y no a discutir, consideramos eliminado a cualquiera que sea incapaz de pasar a consideraciones realistas, al margen de toda fraseología política sin salida.

3. Afirmamos que el régimen actual debe ser atacado con una táctica renovada. La táctica tradicional de los movimientos revolucionarios no ha servido nunca más que aplicada a la liquidación de las autocracias. Aplicada a la lucha contra los regímenes democráticos, en dos ocasiones ha conducido al movimiento obrero al desastre. Nuestra tarea esencial, urgente, es la constitución de una doctrina que derive de las experiencias inmediatas. En las circunstancias históricas en las que vivimos, la incapacidad de extraer enseñanzas de la experiencia debe ser considerada como criminal.

4. Somos conscientes de que las condiciones actuales de la lucha exigirán de aquellos que han resuelto hacerse con el poder una violencia imperativa que no cederá ante ninguna otra; mas, por muy grande que pueda ser nuestra aversión por las diversas formas de la autoridad social, no retrocederemos ante esta ineluctable necesidad, del mismo modo que no retrocederemos ante todas aquellas que puedan imponernos las circunstancias de la acción que ahora emprendemos.

5. Decimos que, en la actualidad, el programa del Frente Popular, cuyos dirigentes accederán probablemente al poder en el marco de las instituciones burguesas, está condenado al fracaso. La constitución de un gobierno del pueblo, de una dirección de salud pública exige UNA INFLEXIBLE DICTADURA DEL PUEBLO ARMADO.

6. No es una insurrección informe la que se hará con el poder. Lo que hoy determina el destino social es la creación orgánica de una composición de fuerzas, disciplinada, fanática, capaz de ejercer, llegado el día, una autoridad inmisericorde. Dicha composición de fuerzas debe agrupar al conjunto de quienes no acepten la carrera hacia el abismo –hacia la ruina y la guerra- de una sociedad capitalista sin cerebro ni ojos; debe dirigirse a todos aquellos que no se sienten hechos para ser dirigidos por siervos y esclavos (1), que exigen vivir conforme a la violencia inmediata del ser humano, que se niegan a dejarse arrebatar cobardemente la riqueza material, creada por la colectividad, y la exaltación moral sin la cual la vida no será devuelta a la auténtica libertad.


¡MUERTE A TODOS LOS ESCLAVOS DEL CAPITALISMO!


[CONTINUAR LEYENDO EN EL PROYECTO BATAILLE]

sábado, 3 de abril de 2010

OBSCENIDADES TURÍSTICAS. Paseo por Praga: Kafka y el Comunismo

OBSCENIDAD. De 'obsceno'. Probablemente, de ob + scenus: Lo que no aparece o no debe aparecer en la escena, por sucio (caenum) e irrepresentable. La paradoja está en que, para adquirir condición de tal, lo obsceno ha de exhibirse.

TURÍSTICO/A. De 'turista', 'turismo', y éste a su vez de tornus (vuelta, giro). El turista es la degradación post-lo-que-sea del viajero. Propiamente, no viaja; se desplaza: da vueltas para quedarse siempre en el mismo sitio. El turismo es así la negación del viaje: se prepara el desplazamiento y después se muestra su registro gráfico (en diversos soportes) a otros turistas ocasionales, pero entre ambos momentos no hay nada.


01. Entrada-postal del Museo Kafka



02. Marionetas en Nerudova


03. Kampa



"Caminé durante dos horas por las calles, sin peso, sin huesos, sin cuerpo, pensando en lo que superé durante la tarde mientras escribía".



04. El Caballero


05. Tarde en San Wenceslao


06. Sic transit...



"Por el muelle, el puente de Piedra, un breve trecho por la Kleinseite, el puente nuevo, a casa. Inquietantes estatuas de santos en el puente de Carlos. La maravillosa luz vespertina del verano y el puente vacío por la noche".



07. Orientales en Malá Strana


08. Jan Hus


09. Cechuv most


"Por casualidad fui por el camino contrario al de siempre, por la pasarela de cadenas, el Hradschin y el puente de Carlos. Por este camino suelo quedar como abatido, viniendo hoy del lado contrario me he animado un poco".*




10. Mein Posten ist mir unerträglich (Museo Kafka)


11. Los Horrores del Infierno


12. Sombra en la Ciudad Vieja.


*DEL DIARIO DE FRANZ KAFKA.

jueves, 5 de marzo de 2009

AGITPROV. Proletariado Juvenil / Poder como Autonomía - A/traverso (1975)

A falta de algo mejor, recupero un viejo proyecto y, al propio tiempo, un texto primerizo del grupo boloñés A/traverso, vinculado a la mítica Radio Alice, a la que también se ha hecho referencia aquí en alguna otra ocasión. La versión original en italiano puede leerse AQUÍ.




Proletariado juvenil

Eliminar la autonomía, destruir sus contenidos, ése es el objetivo político de esta etapa con la que debe terminarse la crisis. Pero dicha etapa exige además la expulsión de fuerza de trabajo de las fábricas, y, más precisamente, la expulsión del estrato social más radical y conscientemente renuente al trabajo asalariado. A esto ha conducido el ataque emprendido por el capital, durante este último año, contra la ocupación obrera. El proyecto no consiste simplemente en expulsar del espacio productivo a una vanguardia política, sino a un estrato social completo, no consiste simplemente en echar de la fábrica a los niveles organizados de la autonomía, sino en echar a centenares de millares de jóvenes escolarizados, absentistas, igualitarios; echar, en suma, a los conscientes. Contra dicho estrato social se ha puesto en marcha el fondo de desempleo, la desocupación, el trabajo eventual, el subempleo. Sin embargo, de este modo se crea un estrato vastísimo de proletariado juvenil móvil que vagabundea por las metrópolis del área europea. El fondo de desempleo en torno al 93 % del salario en Italia, el despido con el 100 % del último salario percibido en Alemania, el trabajo eventual, la colectivización. Movimiento es el estrato social que se mueve. Y el ataque capitalista contra la fuerza organizada de la clase obrera apunta a una reorganización del trabajo que reduce en conjunto el tiempo de trabajo necesario y transforma radicalmente la relación entre trabajo vivo y trabajo maquínico. Pero, desde el punto de vista capitalista, lo que cuenta es el signo, la cualidad política con la que se determina tal modificación: como reducción de los márgenes de autonomía del trabajo vivo y reactivación de los mecanismos de dominio de la valorización. Un ejército de jóvenes que vive sin trabajar. Y es esta nueva realidad –la formación de ese ejército proletario escolarizado, irreductible a la categoría de ejército industrial de reserva- la que se permite poner en el orden del día cuestiones teórico-políticas relacionadas con la formación de la existencia, con la necesidad de liberación de la vida cotidiana, con la colectivización de la escritura como intervención formativa sobre la realidad, no como temáticas colaterales, sino como elementos de redefinición general de la línea de clase. A este respecto, ya no es suficiente con identificar la vanguardia sólo en la fábrica; el movimiento produce una vanguardia socialmente móvil, que es clase obrera no por su posición en el proceso productivo, sino por la forma de su existencia política, social, cultural.


Poder como autonomía


Hoy, la emergencia de un estrato que se consolidó políticamente a finales de los años sesenta y que después se disgregó políticamente, pero se masifico socialmente, vuelve a poner en cuestión el problema del poder de un modo que es de nuevo irreductible al subjetivismo organizativo y socialista. El poder capitalista es mucho más que la simple máquina de control y coordinación estatal: se configura como sistema de dominio articulado sobre todo el terreno de las relaciones sociales; es el sistema completo de los instrumentos de control que garantiza la reproducción del dominio capitalista sobre el trabajo. Poder obrero no puede significar la transferencia a la maquinaria estatal de la representación política del proletariado; la clase obrera no tiene interés en una identificación con el funcionamiento social y productivo global. El interés obrero se encuentra, por el contrario, en la disgregación del aparato de control sobre la maquinaria y en el reforzamiento de la autonomía como dislocación en otro lugar, como transformación de sí, de la propia figura, por parte de las masas. Todavía, durante una fase histórica completa, la función del capitalismo –como sistema de valorización y de acumulación, aumento de la capacidad productiva de la maquinaria, reducción del trabajo necesario- no se ha agotado y el desarrollo de las potencialidades que el sistema contiene redunda en interés de los obreros. La sociedad capitalista intenta someter continuamente a los movimientos obreros al dominio político de la valorización; poder obrero es capacidad de disociación del desarrollo con respecto al poder político. Obligar al capital a renovarse, a reducir el trabajo necesario, pero impedir la soldadura de las estructuras productivas como mecanismo de dominio. Poder obrero es autonomía del desarrollo dentro del desarrollo. Pero, para que esta dialéctica funcione, es preciso reconocer no sólo que la clase obrera es la fuerza propulsiva del desarrollo, objetivamente hegemónica en la relación productiva, sino también que es, subjetivamente, extrañación respecto al desarrollo, autosustracción a la producción de valor, autoemplazamiento en otro lugar, con respecto al espacio de la producción, en el espacio del movimiento. El poder ha de entenderse, pues, como instrumento de esta necesidad y de esta posibilidad de autonomía respecto a la sociedad del trabajo y del desarrollo, como instrumento de una extrañación que es separación, en un espacio en el que es posible la transformación de la propia existencia en movimiento.


martes, 16 de octubre de 2007

AGITPROV. BOLOGNA 1977.


Ahí va un segundo adelanto del libro sobre Obrerismo y Autonomía mientras acabo de cocinarlo:


El trabajo nos hace libres y hermosos

Millones y millones de jóvenes, en las condiciones económicas actuales, se arriesgan a no poder gozar durante un largo período de ese formidable derecho / deber que la Constitución garantiza a todos los ciudadanos que no poseen otra cosa que sus cadenas; esto es, el trabajo asalariado.

Viene a faltar así, para generaciones enteras, el estímulo al despertar de amanecida, una de las más vivas y saludables tradiciones de nuestro sistema de vida; en segundo lugar, la regularidad y el buen humor que caracterizan la existencia del trabajador honesto ceden el paso a la confusión, a la angustia, a las desviaciones. El trabajo, de hecho, como subrayan los psicólogos, los sexólogos, los criminólogos, es un óptimo remedio contra las drogas, la pederastia, el bestialismo…

Para los trabajadores ya ocupados se abren, sin embargo, perspectivas inesperadas de incentivación y de desarrollo de la propia capacidad laboral: la creatividad y la exuberancia de los trabajadores adultos podrá expandirse también ahora, a través de las horas extraordinarias, hasta límites que en el pasado parecían inalcanzables.

Pero no es justo dejarse llevar por el entusiasmo ante tales resultados: mientras la planta sana de los trabajadores ocupados se expande lozana, se esteriliza cada vez más el arbusto seco de la juventud perezosa, marginal y vandálica.

En consecuencia, las fuerzas sindicales y las fuerzas democráticas, junto con la asociación de padres-hijos-fugados, proponen las siguientes ocupaciones para los jóvenes desocupados:

a) borrado de pintadas (escuelas fábricas universidad urinarios)
b) incremento de las vocaciones sacerdotales y monacales, además de policiales
c) reforestación de las montañas calvas de los Apeninos y de las islas
d) limpieza de los volúmenes en deposito de las bibliotecas públicas, página por página, conforme a las indicaciones de Amendola[1]
e) tabicado de las guaridas de las subversión y del caos
f) constitución de grupos de animación edificante para jóvenes marginales
g) distribución entre los estudiantes a distancia de media hectárea de tierra vírgenes en Irpinia, Aspramonte y Las Madonias
h) recuperación definitiva de restos bélicos de la primera guerra mundial
i) constitución de centros de reeducación moral para obreros absentistas

SACRIFICARSE NO BASTA, ES PRECISO INMOLARSE


[1] Giorgio AMENDOLA (1907-1980). Se adhirió al PCI en el año 1929, tras conocer el asesinato de su padre a manos de escuadristas fascistas. Participó en la Resistencia desde 1943 no sólo dentro de las filas del Partido, sino también como Inspector de las Brigadas Garibaldi en la Italia ocupada por los nazis. Entre 1945 y 1946 fue Subsecretario de la Presidencia del Consejo bajo los gobiernos de Parri y de De Gasperi. A partir del 48 y hasta su muerte fue diputado del PCI, en cuyo seno representaba las tesis reformistas y moderadas enfrentadas a la izquierda encarnada por Pietro Ingrao. En la década de los sesenta se dedica además a la literatura: Comunismo, antifascismo e Resistenza (1967), Lettere a Milano (1973), Intervista sull'antifascismo (1976), Una scelta di vita (1978) o Un'isola (1980) están entre sus textos más destacados.

domingo, 9 de septiembre de 2007

AGITPROV. CÓMO LEER 'EL CAPITAL' - LOUIS ALTHUSSER.

En septiembre de 1867 –es decir, hace ahora 140 años- se publicaba en la ciudad de Hamburgo un extraño libro de título engañosamente esclarecedor: Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie. Para su autor, Herr Karl Marx, que a la sazón contaba cincuenta y un años, se trataba de la culminación de un trabajo titánico, producido además en unas condiciones de penuria extrema. Para colmo de males, una insidiosa plaga de forúnculos lo había obligado a realizar de pie la última fase de su redacción. “Espero que la burguesía se acuerde mis forúnculos hasta que le llegue su hora”, exclamaría algo más tarde.

En marzo de 1969, Louis Althusser, profesor de filosofía conocido por sus seminarios en torno a la obra de Marx en la ENS y militante del Partido Comunista Francés, publicaba en L’Huma una breve guía de lectura de El Capital en la que condensaba parcialmente sus propuestas hermenéuticas para acercarse al texto marxista. Su destinatario principal era el proletariado galo. Lo que viene a continuación es una traducción al castellano de dicho artículo.



El Capital apareció hace un siglo (1867). Todavía es joven, más actual que nunca y además de una actualidad candente.

Los ideólogos burgueses, por más que sean ‘economistas’, ‘historiadores’ o ‘filósofos’, han ocupado su tiempo, desde hace un siglo, en intentar ‘refutarlo’. Han declarado que las teorías del valor-trabajo, de la plusvalía y de la ley del valor son tesis ‘metafísicas’ que no tienen nada que ver con la ‘economía política’. Y efectivamente, nada tienen que ver con su ‘economía política’. El último en llegar, entre estos ideólogos, es el señor Aron. Repite antiguallas al pie de la letra cuando cree inventar novedades.

Los proletarios que leen El Capital pueden entenderlo más fácilmente que todos los especialistas burgueses, por muy ‘eruditos’ que sean. ¿Por qué? Porque El Capital habla sencillamente de la explotación de la que ellos son las víctimas. El Capital desmonta y demuestra [démonte et démontre] los mecanismos de esa explotación que los proletarios sufren todos los días, bajo todas las formas que la burguesía pone en funcionamiento: aumento de la duración del trabajo, intensificación de la productividad, de los ritmos, disminución del salario, desempleo, etc. El Capital es, sin duda, su libro de clase.

Aparte de los proletarios, hay otros lectores que se toman El Capital en serio: los trabajadores asalariados, empleados, cuadros y, de manera general, algunos de aquellos a los que se llama ‘trabajadores intelectuales’ (enseñantes, investigadores, ingenieros, técnicos, médicos, arquitectos, etc.), por no hablar de los jóvenes estudiantes de secundaria y universitarios. Todos estos lectores, ávidos de saber, quieren comprender los mecanismos de la sociedad capitalista para orientarse en la lucha de clases. Leen El Capital, que es la obra científica y revolucionaria que explica el mundo capitalista; leen a Lenin, que prolonga a Marx y explica que el capitalismo ha llegado a su estadio supremo y último: el imperialismo.



Dos dificultades

Dicho esto, no resulta fácil para todo el mundo leer y comprender El Capital.

Es preciso saber, en efecto, que dicha lectura presenta dos grandes dificultades: una primera dificultad, política, que es determinante; y una segunda, teórica, que le está subordinada.

La dificultad nº 1 es política. Para ‘comprender’ El Capital, es necesario o bien (como los obreros) tener la experiencia directa de la explotación capitalista, o bien (como los militantes revolucionarios, ya sean obreros o intelectuales) haber hecho el esfuerzo necesario para acercarse a ‘las posiciones de la clase obrera’. Quienes no son ni obreros ni militantes revolucionarios, incluso si son muy ‘eruditos’ (como los ‘economistas’, ‘historiadores’ y ‘filósofos’), deben saber que el precio que hay que pagar por tal comprensión es una revolución en sus consciencias, masivamente dominada por los prejuicios de la ideología burguesa.

La dificultad nº 2 es teórica. Es secundaria con respecto a la dificultad nº 1, pero es real. Quienes tienen la costumbre de trabajar en la teoría, ante todo los científicos, al menos los científicos de las verdaderas ciencias (las ciencias humanas son, en su 80%, falsas ciencias, construcciones de la ideología burguesa), pueden superar las dificultades provenientes del hecho de que El Capital es un libro de teoría pura. Los demás -por ejemplo, los obreros-, que no están acostumbrados a la teoría pura, deben realizar un esfuerzo sostenido, atento y paciente para avanzar en la teoría. Nosotros les ayudaremos, y verán que esa dificultad no está en absoluto por encima de sus fuerzas.

Que, por el momento, sepan lo siguiente:

1. Que El Capital es un libro de teoría pura: que desarrolla la teoría del “modo de producción capitalista, de las relaciones de intercambio que le son propias” (Marx); que El Capital tiene, pues, un objeto ‘abstracto’ (que no se puede ‘tocar con las manos’); que no es, pues, un libro de historia concreta o de economía empírica, como imaginan los ‘historiadores’ y los ‘economistas’.

2. Que toda teoría se caracteriza por la abstracción y por el sistema riguroso de sus conceptos; que es preciso, pues, aprender a practicar la abstracción y el rigor; conceptos abstractos y sistema riguroso no son fantasías de lujo, sino los instrumentos mismos de la producción de los conocimientos científicos, exactamente igual que los útiles, las máquinas y su reglaje de precisión son los instrumentos de la producción de los productos materiales (automóviles, aparatos transistores, etc.).

Tomadas estas precauciones, aquí van algunos consejos prácticos elementales para la lectura del Libro I de El Capital.

Las más grandes dificultades teóricas y de otro tipo que obstaculizan una lectura fácil del Libro I de El Capital están desgraciada (o felizmente) concentradas en el comienzo mismo del Libro I, y aún más precisamente, en su Sección I, que trata de La mercancía y el dinero.




Plusvalía y horas extraordinarias…

Para empezar, doy el siguiente consejo práctico: comenzar la lectura del Libro I por la Sección II, La transformación del dinero en capital.

No se puede, a mi entender, comenzar (y solamente comenzar) a comprender la Sección I salvo después de haber leído y releído todo el Libro I a partir de la Sección II.

Este consejo es más que un consejo: es una recomendación que me permito presentar como una recomendación imperativa.

Cualquiera puede hacer la prueba práctica.

Si se comienza a leer el Libro I por su inicio, es decir, por la Sección I, o bien se encenaga uno y abandona; o bien se cree comprender, lo que es incluso más grave, pues existen muchas posibilidades de haber comprendido algo completamente distinto de lo que hay que comprender.

A partir de la Sección II (La transformación del dinero en capital), las cosas resultan luminosas. Entonces penetra uno directamente en el corazón mismo del Libro I.

Ese corazón es la teoría de la plusvalía, que los proletarios pueden comprender sin ninguna dificultad porque se trata, simplemente, de la teoría científica de algo de lo que tienen experiencia cotidiana: la explotación de clase.

Vienen enseguida dos secciones muy densas, pero muy claras, y decisivas para la lucha de clases, incluso a día de hoy: la Sección III y la Sección IV. Dichas secciones tratan de las dos formas fundamentales de la plusvalía de las que dispone la clase capitalista para llevar al máximo la explotación de la clase obrera: lo que Marx llama la plusvalía absoluta y la plusvalía relativa.

La plusvalía absoluta (Sección III) se refiere a la duración de la jornada de trabajo. Marx explica que la clase capitalista impulsa inexorablemente el aumento de la duración de la jornada de trabajo y que la lucha de la clase obrera, más que centenaria, tiene como objetivo arrancar una disminución de la duración de la jornada de trabajo, luchando contra dicho aumento.

Conocemos, históricamente, las etapas de esta lucha encarnizada: jornada de 12 horas, de 10 horas, luego de 8 horas y, finalmente, bajo el Frente Popular, las 40 horas. Desgraciadamente también sabemos que la clase capitalista utiliza todas sus fuerzas y todos sus medios, legales y para-legales, para prolongar la jornada de trabajo real, incluso cuando está obligada a limitarla en el plano legal como consecuencia de leyes sociales conquistadas en dura lucha por la clase obrera (ejemplo: 1936).

Actualmente, la duración de la semana laboral varía entre 45 y 54 horas… y la patronal ha encontrado el truco de las ‘horas extra’. También está el ‘trabajo negro’, además del trabajo ‘regular’.

Unas palabras sobre las ‘horas extra’. Según los horarios, las ‘horas extra’ se pagan el 25%, el 50% e incluso el 100% por encima de la tarifa de las ‘horas normales’. Aparentemente se diría que ‘cuestan caras’ a la patronal. En realidad, le resultan ventajosas. Porque permiten a los capitalistas mantener en funcionamiento, 24 horas de cada 24, máquinas muy costosas que es preciso amortizar lo más rápidamente posible, antes de que sean superadas por nuevas máquinas, aun más eficaces, que la tecnología moderna arroja sin descanso al mercado. Para el proletariado, las ‘horas extra’ son todo lo contrario de un ‘regalo’ que le haría la patronal. Ofrecen, sin duda, un ingreso suplementario a los obreros que lo necesitan, pero arruinan su salud. Bajo su apariencia engañosa, las ‘horas extra’ no son más que una explotación extra de los obreros.

Pasemos ahora a la Sección IV (La producción de la plusvalía relativa). Es una cuestión candente.

La plusvalía relativa (Sección IV) es la forma nº 1 de la explotación contemporánea, y es mucho más sutil. Se refiere al incremento del equipamiento mecánico de la industria (y de la agricultura) y, en consecuencia, a la productividad que resulta de él. El crecimiento de la productividad (espectacular desde hace 10-15 años) se ejerce no sólo mediante la introducción de máquinas cada vez más perfeccionadas, que permiten producir la misma cantidad de productos en tiempos dos, tres o cuatro veces inferiores, sino también mediante la intensificación del ritmo de trabajo.

De todo esto se ocupa Marx en la Sección IV. Demuestra los mecanismos de explotación por el desarrollo de la productividad en sus formas concretas; y demuestra también que el desarrollo de la productividad nunca puede beneficiar espontáneamente a la clase obrera, puesto que está precisamente hecho para aumentar su explotación.

Lo que puede hacer la clase obrera, como en el caso de la duración del trabajo, es luchar contra las formas propias de la explotación mediante el desarrollo de la productividad, para limitar los efectos de tales formas (lucha contra los ritmos, contra su intensificación, contra la supresión de ciertos puestos de trabajo y, en consecuencia, contra el ‘paro de productividad’, etc.). Marx demuestra de manera absolutamente irrefutable que los trabajadores no pueden esperar beneficios duraderos del desarrollo de la productividad antes de la toma del poder por la clase obrera y sus aliados; que, hasta entonces, sólo pueden luchar por limitar sus efectos, y en consecuencia contra la explotación que es su fin, en una lucha de clase encarnizada.

El lector puede entonces, en última instancia, omitir provisionalmente la Sección V (La producción de la plusvalía absoluta y relativa), que es bastante técnica, y pasar directamente a la Sección VI sobre el salario.




Productividad y lucha de clases

También aquí, los obreros están literalmente en su propia casa, puesto que Marx examina, aparte de la mistificación burguesa que declara que el ‘trabajo’ del obrero se ‘paga conforme a su valor’, las diferentes formas del salario, el salario por tiempo, para empezar, y después, el salario a destajo; es decir, las diferentes trampas en las que la burguesía intenta atrapar a la clase obrera para destruir en ella toda voluntad de lucha de clases.

Aquí los proletarios reconocerán que la cuestión del salario o, como dicen los ideólogos de la burguesía, la cuestión del ‘nivel de vida’, es en última instancia una cuestión de lucha de clases (y no una cuestión de desarrollo de la ‘productividad’ de la que los obreros ‘deberían’ beneficiarse ‘naturalmente’).

Como conclusión de las Secciones II-VI, los proletarios reconocerán que su lucha de clase en el terreno económico no puede ser más que una lucha de clase contra las dos formas principales de la explotación, que son la tendencia ineluctable del sistema capitalista a:

Aumentar la duración de la jornada de trabajo;

Disminuir el salario.

Los dos objetivos (y consignas) fundamentales de la lucha económica de la clase proletaria contra la explotación capitalista son, pues, directamente antagonistas de los objetivos de la lucha de la clase capitalista:

1º Contra el aumento de la duración del trabajo;

2º Contra la disminución del salario.

Si hemos subrayado que la lucha de clases económica era una lucha contra el aumento de la jornada de trabajo y contra la disminución del salario, es para señalar con claridad estos tres principios fundamentales:

1. Es una ilusión mantenida por los reformistas el hacer creer que el salario puede aumentar bajo el régimen capitalista por el simple hecho de que aumente la productividad. Es enmascarar la tendencia ineluctable del capitalismo hacia la disminución del salario. Los comunistas deben recordar tal tendencia a sus camaradas de trabajo. Bajo el régimen capitalista, toda lucha en torno a los salarios es una lucha contra esa tendencia a la disminución. Desde luego, toda lucha contra la disminución del salario es, también y al mismo tiempo, una lucha por el aumento del salario.

2. Si los reformistas escamotean este hecho es porque escamotean la lucha de clases. La cuestión de la lucha contra el aumento de la duración de la jornada de trabajo y contra la disminución del salario es, no una cuestión de desarrollo de la productividad, sino una cuestión de lucha de clases: más precisamente, de lucha de clases económica.

3. La lucha de clases económica está limitada en sus efectos porque es una lucha defensiva contra la tendencia a la agravación de la explotación económica, que es la tendencia ineluctable del capitalismo. La única lucha de clases que puede transformar la lucha económica defensiva (contra los ritmos, contra la eliminación de puestos de trabajo, contra la disminución de los salarios, contra la arbitrariedad de las primas) en lucha ofensiva es la lucha de clases política. La lucha de clases política establece como su objetivo último la revolución socialista. La lucha de los comunistas es una lucha política que engloba la lucha económica, la lucha por la revolución socialista.

Todo esto está perfectamente claro en El Capital mismo, aunque la distinción entre la lucha de clases económica y la lucha de clases política no se encuentre desarrollada por sí misma. Se encuentra expuesta muy claramente en los continuadores de Marx, sobre todo en Lenin (¿Qué hacer?) y en todos los dirigentes revolucionarios (Maurice Thorez insistió mucho en ella).

Ninguna perspectiva revolucionaria es posible sin el primado de la lucha política sobre la simple lucha económica. La simple lucha económica ‘apolítica’ conduce al economismo, es decir, a la colaboración de clase. En cambio, el primado de una lucha política que despreciase la lucha económica y la descuidase conduciría al voluntarismo, es decir, al aventurerismo.

Tal lucha de clases debe llevarse a cabo en el ámbito nacional, teniendo en cuenta las particularidades de la situación nacional, pero como una parte de la lucha de clases internacional. No hay que olvidar que en 1864 –en consecuencia, tres años antes de El Capital-, Marx y los militantes revolucionarios de la época fundaron la Primera Internacional, réplica proletaria de la Internacional Capitalista de hecho, que dominaba el ‘mercado mundial’.




‘Bola de nieve’ y masacres

Después de la Sección VI sobre el salario, los lectores podrán pasar a la Sección VII (El proceso de acumulación del capital), que es muy clara. Marx explica aquí que la tendencia del capitalismo consiste en transformar sin cesar en capital la plusvalía arrebatada a los proletarios, en consecuencia, que el capital no deja de ‘hacer bola de nieve’ o, lo que es lo mismo, de reproducirse sobre una base cada vez más ampliada, con el fin de arrebatar cada vez más sobretrabajo (plusvalía) a los proletarios. Esta tesis queda ilustrada por el magnífico ejemplo concreto de la Inglaterra de 1846 a 1866. Sabemos, después de Lenin, que dicha reproducción del capitalismo ha adoptado, desde finales del siglo XIX, la forma del imperialismo: interpenetración del capital bancario y del capital industrial, formación del capital financiero y sobreexplotación directa del ‘resto del mundo’ bajo la forma de colonialismo, que acarrea las guerras coloniales, primero, y después las guerras inter-imperialistas, que mostraron a todos de manera explosiva que el imperialismo ha entrado ya en la fase de su agonía, puesto que las dos grandes guerras mundiales han traído, entre otras ‘consecuencias’, la Revolución rusa (1917), la instauración de las democracias populares y, más tarde, la Revolución china (1949).

En cuanto a la Sección VIII (La acumulación primitiva), que cierra el Libro I de El Capital, contiene un descubrimiento de muy grande importancia. Marx denuncia aquí la mistificación burguesa que explica tranquilamente el nacimiento capitalista por… ¡el ahorro del primer capitalista, que habría trabajado y puesto al margen su dinero para constituir el primer capital! Marx demuestra que, en realidad, el capitalismo no ha podido nacer en las sociedades occidentales más que después de una enorme ‘acumulación’ de dinero entre las manos de algunos ‘hombres con escudos’ y que tal acumulación fue el resultado brutal de siglos de bandolerismo, de expediciones, de robos, de rapiñas y de masacres de pueblos enteros (por ejemplo, de los descendientes de los incas y de otros habitantes del fabuloso Perú, rico en minas de oro).

Ahora bien, esta tesis marxista sobre los orígenes históricos del capitalismo sigue siendo de una candente actualidad. Pues si el capitalismo funciona hoy relativamente sin masacres en los países ‘metropolitanos’, practica todavía los mismos métodos de robo, de bandolerismo, de violencia y de masacres en lo que se llama sus ‘márgenes’, que son los países del ‘Tercer Mundo’: América Latina, África, Asia. Las masacres estadounidenses en Vietnam son hoy mismo la prueba de la verdad que Marx expone en la Sección VIII a propósito de los lejanos orígenes del capitalismo.

Pero la situación ha cambiado del todo. Los pueblos ya no se dejan masacrar: han aprendido a organizarse y a defenderse, entre otras cosas, porque Marx, Lenin y sus sucesores han educado a los militantes revolucionarios de la lucha de clases. Y ésta es la razón por la que el pueblo vietnamita está a punto de conseguir sobre el terreno la victoria contra la agresión de la más grande potencia militar del mundo, gracias a la guerra popular que lleva a cabo bajo la dirección de las organizaciones que se ha dado a sí mismo.

Si queremos leer El Capital, leer a Lenin (y, en particular, las ‘pocas conclusiones’ que cierran La enfermedad infantil, las cuales hablan directamente de las condiciones de la revolución socialista en los países capitalistas occidentales), sabremos sacar la lección y concluir que muchos entre nosotros verán triunfar, durante nuestra propia existencia, la Revolución en nuestro propio país.



Esa regla de oro…

Resumo, pues, mis consejos prácticos para leer El Capital de la siguiente manera:

1º Dejar a un lado sistemáticamente la Sección I;

2º Comenzar por la Sección II;

3º Leer muy atentamente las Secciones II, III, IV, VIII (dejar, pues, de lado la Sección V);

4º Tratar de leer, sólo después, la Sección I, sabiendo de todos modos que es extremadamente difícil y requiere explicaciones de detalle[1].

Dicho todo esto, puedo aconsejar también a los lectores de El Capital anteceder su estudio de la obra maestra de Marx con la lectura de los dos textos siguientes, que pueden servirles de excelente introducción:

Trabajo asalariado y Capital (1847) de Marx.

El Capital, artículo de Engels de 1868, reproducido en el Tomo III de El Capital de las Éditions Sociales (p. 219-225), admirable exposición de las tesis esenciales del Libro I.

Si quieren percibir, en un texto sencillo y claro, ciertas consecuencias importantes del Libro I, los lectores pueden, tras haber estudiado el Libro I, leer detenidamente Salario, Precio y Ganancia de Marx (1865), publicado por las Éditions Sociales en el mismo volumen que Trabajo asalariado y Capital. Debo señalar que estos dos textos son conferencias que fueron pronunciadas, unas muy pronto y otras más tarde, por Marx ante un público obrero (en el primer caso) y (en el segundo) ante el Consejo General de la Primera Internacional.

Durante su lectura, se podrá tomar la medida del lenguaje que Marx estimaba conveniente mantener ante los obreros y los militantes del movimiento obrero. Marx sabía utilizar un lenguaje sencillo, claro y directo, pero al mismo tiempo no hacía ninguna concesión en cuanto al contenido científico de sus teorías. Estimaba que los obreros tenían derecho a la ciencia y que podían superar perfectamente las dificultades propias de toda exposición verdaderamente científica. Esta regla de oro es y sigue siendo más que nunca una lección para nosotros.

Marzo de 1969.


[1] No puedo consagrar más que una breve nota a las dificultades teóricas que obstaculizan una lectura rápida del Libro I de El Capital (Marx, por otro lado, lo retomó una decena de veces antes de darle su forma definitiva; y no sólo por cuestiones de exposición).
Doy, en pocas palabras, un principio de solución:
1º La teoría del valor-trabajo no es inteligible más que como un caso particular de lo que Marx y Engels llamaron la ley del valor. Y esta denominación (ley del valor) supone en sí misma una dificultad en cuanto denominación.
2º La teoría de la plusvalía no es en sí misma más que un caso particular de una teoría más vasta: la teoría del sobretrabajo, que existe en todas las sociedades, pero que es arrebatado en las sociedades de clase. En su generalidad, esta teoría del sobretrabajo no es tratada por sí misma en el Libro I.
El Libro I presenta, pues, la particularidad específica de que contiene ciertas soluciones a problemas que no se plantean en los Libros II, III y IV y ciertos problemas cuyas soluciones no se ofrecen más que en los libros siguientes.
En lo esencial, es en este carácter de ‘suspense’ o de ‘anticipación’ en lo que consisten las dificultades objetivas del Libro I. Es preciso saberlo y sacar las consecuencias pertinentes, es decir, leer el Libro I teniendo en cuenta los Libros II, III y IV.
Secundariamente, y no es éste un asunto en absoluto despreciable, ciertas dificultades del Libro I, en particular, las que presenta el Capítulo I de la Sección I y la teoría del ‘fetichismo’, derivan de la terminología heredada de Hegel, con la cual, según su propia confesión, Marx tuvo la debilidad de ‘flirtear’ (kokettieren).



- UNA GUÍA ALTHUSSERIANA AÚN MÁS COMPLETA DE LECTURA DE EL CAPITAL PUEDE DESCARGARSE DESE AQUÍ.

-ANTES EN AGITPROV.







miércoles, 22 de agosto de 2007

AGITPROV. LOTTA CONTINUA (1972)

Lo que sigue no es más que un pequeño adelanto de un librito sobre la Autonomia operaia italiana que en breve publicaremos a través de Agitprov editorial.






HACIA LA LUCHA GENERAL:
LUCHEMOS PARA VIVIR.



Introducción.

A finales de año concluye el contrato para tres millones de trabajadores. Pero ya en los meses próximos habrá de producirse un gran desarrollo de las luchas en las fábricas, en las plazas, en el campo, en la escuela. La crisis unifica las condiciones de vida de todos los proletarios, y la represión que el patrón desencadena contra éstos hace necesario responder con una lucha cada vez más general. Por otro lado, ya hoy en las luchas en curso, los trabajadores y los proletarios ven claro que los problemas con que nos encontramos no pueden ser resueltos, ni siquiera afrontados, con una lucha particular, de una sola fábrica, de un solo barrio, de una sola escuela, aunque tal lucha sea muy dura. La respuesta justa al ataque del patrón es siempre la extensión y la generalización de la lucha, y hoy esto resulta tanto más urgente cuanto más duras y generales son la crisis y la represión. Prepararse para los contratos quiere decir organizarse con vistas a una lucha general que implica a todo el proletariado: los trabajadores, los desocupados, los jornaleros, los estudiantes y las mujeres proletarias, la masa explotada del norte y del sur. En las luchas particulares de hoy y en las de los próximos meses, debemos saber individuar y proponer objetivos de carácter general, que ya desde ahora deben orientar todo nuestro trabajo de propaganda, de agitación y de organización de las masas. Dichos objetivos no deben caer desde las alturas, como una hermosa plataforma lista ya para servir, sino que deben demostrar que son, en todo momento, la respuesta justa a los problemas que las masas se encuentran de frente y por los cuales luchan ya hoy en día. Dichos objetivos, pues, no tienen sentido sin la perspectiva de una lucha general, pero deben orientar todas las luchas particulares que existen hoy. Una vez más, nuestro punto de referencia son las grandes fábricas del norte, los obreros que durante estos años han estado a la cabeza de la rebelión proletaria. Porque el modo en el cual los problemas (es decir, la crisis y el ataque de los patrones y del Estado) se presentan en tales situaciones nos indica ya el camino para afrontarlas de manera general: contando con las fuerzas de todo el proletariado, pero utilizando a fondo la fuerza y la experiencia que los trabajadores han conquistado en los tres últimos años.




Con o sin trabajo, salario garantizado.

En otoño del 69, incapaz ya de mantener bajo control la lucha obrera, Agnelli comenzó a suspender de empleo y mandar a casa a millares de obreros: prefería que no trabajasen antes que correr el riesgo de que fuesen a la fábrica sólo para luchar y organizarse en su contra. Los sindicatos vinieron en su auxilio firmando un acuerdo sobre las “horas de deslizamiento” conforme al cual, después de que una línea quedase detenida durante una hora a causa de la huelga en cualquier otro lugar de la fábrica, el patrón podía mandar a casa a los trabajadores “inactivos” sin pagarles. Tal acuerdo se convirtió en la más formidable arma del patrón contra las huelgas autónomas de los trabajadores (esto es, decididas sin los sindicatos) y contra las formas más incisivas de lucha, aquellas precisamente que cuestan poco a los trabajadores y bloquean toda la producción. Desde entonces, no pasa una semana en la FIAT sin que millares de trabajadores sean mandados a casa por Agnelli, sin ser pagados, para impedir que una lucha que parte de un equipo o de una sección se generalice a toda la fábrica. Los demás patrones han aprendido de Agnelli: el año pasado, Pirelli intentó castigar a los obreros que luchaban autónomamente recortando el salario a aquellos que “bajaban los puntos”, o lo que es lo mismo, autolimitaban su producción; pero le salió mal: los trabajadores emprendieron un proceso contra el patrón, lo ganaron e hicieron que les restituyesen todo el dinero que el patrón quería robarles. Ahora Pirelli ha adoptado los mismos métodos que Agnelli: cuando hay una sección en lucha, el patrón manda a casa a los trabajadores de otra sección sin pagarles, o mejor dicho, no les deja siquiera entrar en la fábrica. Lo mismo empiezan a hacer los de la Alfa y pronto lo harán todos los patrones. Esta auténtica maniobra anti-huelga, que patrones y sindicatos, en su lenguaje de bribones, llaman “puesta en libertad”, no es muy diferente de lo que millares de patrones y patroncillos están haciendo en toda Italia con el “fondo de desempleo”. Las horas del fondo de desempleo aumentan vertiginosamente, pero las estadísticas nos dicen poco al respecto: los patrones reducen el horario de los trabajadores muy a menudo, pero no siempre el fondo de desempleo interviene para “reintegrar” el salario de los obreros que trabajan en horario reducido. La caja paga además con mucho retraso y muy a menudo los trabajadores incluidos en su bolsa, cada vez más ligera y cada vez más llena de cálculos y “recálculos” incompresibles, no consiguen saber si tales horas les han sido pagadas o no. Los patrones utilizan el fondo de desempleo, como utilizan en general toda la crisis: se desembarazan de unos pocos trabajadores para poder explotar más y mejor a los que quedan, y esperan que los trabajadores bajen la cabeza para volver a producir a todo ritmo. Los patrones quieren transformar las fábricas en lo que son las plazas del sur: un lugar en el que, por la mañana, los trabajadores van para saber si el patrón los quiere, si hay o no trabajo para ellos; si no lo hay, se marchan sin más a casa, y si lo hay, tienen que aceptar las condiciones del patrón. Para esto les sirve la crisis, el fondo de desempleo, el “deslizamiento”. Pero los trabajadores no se han quedado mirando. Si en las fábricas pequeñas es por ahora difícil luchar contra los licenciamientos, contra el fondo de desempleo, contra los robos en el salario, porque las fuerzas son pocas y están divididas, en las grandes fábricas, la respuesta ha sido y es durísima. En la FIAT ya hace más de un año que los trabajadores luchan para que se les paguen las horas de deslizamiento y Agnelli, con su “puesta en libertad” no ha conseguido impedir que dejen de parar y continúen luchando. Para que se les paguen esas horas, los trabajadores deben estar organizados de tal modo que, cuando el patrón pretenda mandar a casa a los trabajadores de una línea, paren también los trabajadores de todas las demás; así Agnelli se lo pensará dos veces antes de mandar a alguien a casa. Para conseguir esto se precisan vínculos muy sólidos entre los trabajadores de todas las líneas, que son millares, decenas de millares: se trata de un trabajo inmenso, pero en la lucha contra el “deslizamiento” crece una organización interna que, cuando tenga fuerza para imponerse, pondrá a los trabajadores en condiciones de dirigir completamente sus luchas dentro y fuera de la fábrica. En la Pirelli de Settimo, los trabajadores, a través de una lucha durísima y completamente autónoma, han vencido, han conseguido que les pagasen el salario entero, aun cuando se mantuvieran “inactivos”. También en la Alfa Romeo de Milán los trabajadores entraron en los despachos y dijeron a los dirigentes: o nos pagáis las horas de “deslizamiento” u os tiramos por la ventana. Y les pagaron. Los sindicalistas, y también muchos delegados con un pie en cada lado, pretenden colarse en estas luchas para engañar a los trabajadores: no piden que se pague lo mismo a todos, sino que todos puedan trabajar lo mismo; de este modo pretenden poner a los trabajadores “inactivos” a causa de una huelga arriba o abajo contra los trabajadores que, con su lucha, lo han bloqueado todo. Es ésta una línea fracasada y derrotada desde el principio: si los trabajadores consiguen “trabajar todos lo mismo”, significa que el orden del patrón ha vuelto a la fábrica, que ya no están permitidas las huelgas autónomas, y que deberán impedirlas precisamente aquellos trabajadores a los que el patrón quiere mandar a casa. El objetivo justo es hacerse pagar el salario completo de todos modos y llegar a una lucha general para imponer la “abrogación” de ese acuerdo-estafa sobre el “impago de las horas de deslizamiento” que firmaron los sindicatos. Porque dicho objetivo, el salario garantizado, no afecta sólo a las grandes fábricas: es el mismo objetivo por el que lucha, o están dispuestos a luchar, los millares y millares de trabajadores a los que el patrón, por un motivo o por otro, ha reducido el horario o sometido al fondo de desempleo; es el objetivo de todos los trabajadores, los obreros de la construcción, los jornaleros, que han sido licenciados en los últimos tiempos y que están preparados para batirse, desde luego no para que los exploten como antes, sino para poder vivir, para tener un salario como los trabajadores que todavía tienen un empleo sometido al patrón. Es el objetivo por el que ya hoy luchan los desocupados y los proletarios, que la crisis ha reducido al hambre en las plazas de pueblos del sur como Castellammare; los proletarios que hacen cola ante las oficinas de empleo o que malgastan su vida en los “talleres escuela” y otros timos del mismo tipo a cambio de una miseria. Es el objetivo de millares de jóvenes –y no sólo de jóvenes proletarios- que ya no quieren emigrar, o que están obligados a estudiar a cambio de un diploma inútil porque no hay trabajo para ellos. Son éstos los proletarios a los que los trabajadores de las grandes fábricas deben saber decir con palabras claras: CON O SIN TRABAJO, QUEREMOS COMER, QUEREMOS VIVIR, QUEREMOS QUE SE NOS PAGUE.




Queremos trabajar menos, no queremos quitar el trabajo a otros proletarios.

Para qué sirve la desocupación es algo que hemos comprendido en estos años: para hacer trabajar más a aquellos que siguen sometidos al patrón con la amenaza de perder su puesto de trabajo. En las grandes fábricas la amenaza de verse despedido ya comienza a hacerse sentir, pero hace tres años no era así: los trabajadores decían “A mí, si la FIAT me despide, me hace un favor”. Ahora, sin embargo, encontrar otro trabajo resulta cada vez más difícil, sobre todo porque la FIAT, y todas las otras fábricas, en cuanto despiden a alguien envían su nombre a la comisaría y, en pocos días, todos los patrones están enterados. Luego, en las fábricas pequeñas, cuando se monta jaleo, el patrón amenaza incluso con echar el cierre al garito. Porque vemos claro lo que la crisis significa para los patrones: licencian a un buen puñado de trabajadores, pero luego no se produce mucho menos; de la producción tiene que encargarse la parte de los trabajadores que se han quedado: recortan los tiempos, te imponen horas extraordinarias, te quitan el tiempo para ir a mear y hasta te timan en la nómina. Y si protestas, te contestan que también puedes largarte. Trabajar menos redunda en interés del trabajador: antes que nada, porque cada hora que se pasa bajo el patrón es un poco de salud que se va, y cuanto más trabajas, peor te sientes. En segundo lugar, porque la producción es la fuerza del patrón, pues de la explotación de la clase obrera los patrones extraen toda la riqueza que les permite dominar al proletariado por medio del Estado. Si hoy los patrones están en crisis es porque los trabajadores les han golpeado en la producción. En tercer lugar, porque cuanto más trabaja el obrero, más puede permitirse el patrón reducir el personal, licenciando a los trabajadores y no contratando a otros nuevos, y continuar así usando a los desocupados para chantajear a los que están en la fábrica. De esta manera, la crisis, en lugar de suponer un perjuicio para el patrón, empieza a convertirse en un elemento de debilidad para la clase obrera. Sólo con las horas extraordinarias que se hacen cada día en Milán se lleva a cabo el trabajo que, de otra manera, requeriría 100000 ocupados más. Por este motivo, la lucha contra la producción, contra la intensificación de la explotación, contra el recorte de los tiempos, contra las horas extraordinarias, por una reducción efectiva de la jornada de trabajo, continúa siendo la principal arma en manos de la clase obrera para combatir al patrón, incluso en los períodos de crisis. Por eso, la manera en que acabe esta crisis, ya sea que los patrones salgan de ella reforzados, tras haber hecho hincar la rodilla a la clase obrera, o que, por el contrario, sea precisamente el inicio del fin para todos los patrones y para su sistema de explotación, depende en gran parte de cómo los trabajadores sepan continuar su lucha contra la producción. Hasta con la mutualidad nos han engañado patrones y sindicatos. Los trabajadores han luchado para tener la mutua igual que los empleados, es decir, para poder quedarse en casa cuando no se encuentran en condiciones de trabajar y que se les pague el cien por cien del salario. Durante el otoño caliente, los sindicatos nos dijeron que lo habíamos conseguido, y ahora resulta que el cien por cien de la mutua lo tenemos sólo los primeros dos meses y después nos pagan sólo la mitad, o lo que es lo mismo, menos que antes. Se trata, pues, de una medida patronal contra el absentismo, de manera que también la mutua se convierte un enredo para hacernos trabajar más y recortar nuestra libertad. Por eso, la lucha contra la producción, contra la intensificación de la explotación, contra la tentativa de hacer trabajar más a los que se quedan en la fábrica para despedir a los otros, debe tener objetivos precisos: NO AL AUMENTO DE LA PRODUCCIÓN, NO A LAS HORAS EXTRAORDINARIAS, REDUCCIÓN DEL HORARIO Y PARIDAD DE SALARIOS PARA TODOS (Y, SOBRE TODO, EN LAS FÁBRICAS EN LAS QUE LOS TRABAJADORES QUEDAN SOMETIDOS AL FONDO DE DESEMPLEO), EL CIEN POR CIEN DE LA MUTUA PAGADO TODO EL AÑO. Despiden a la gente y la meten en el fondo de desempleo porque dicen que no hay trabajo para todos: muchos padres de familia tienen que quedarse en casa mientras mandan a sus mujeres, a sus hijos, a currar por una miseria porque, para quienes no reclaman ningún derecho, los patrones siempre encuentran algún trabajo. En Italia hay más de un millón de desocupados, más de un millón de niños de menos de 14 años que trabajan y más de un millón de mujeres que trabajan a domicilio, y ningún proletario anciano consigue sobrevivir sin trabajar si tiene que contar sólo con su pensión. A partir de ahora, ningún patrón debe explotar a los niños o a los ancianos y utilizarlos para crear desempleo entre los proletarios que tienen familia.




Queremos un aumento salarial para todos, y que sea grande.



El costo de la vida aumenta continuamente. No nos liberaremos de la esclavitud del salario -esto es, del trabajo bajo el patrón- mientras luchemos tan sólo por aumentar nuestra paga. Pues apenas se ven obligados por nuestras luchas a concedernos alguna cosa con una mano, los patrones lo recuperan enseguida con la otra. Nos aumentan un poco la paga y ya lo han recuperado con intereses, subiendo los precios. Esto no quiere decir, sin embargo, que debamos renunciar a los aumentos salariales, porque los precios aumentan continuamente; y si no suben las pagas, ¡acabaremos por trabajar gratis! Cuando los trabajadores comenzaron esta oleada de luchas autónomas que ha hecho temblar el sistema de los patrones en los últimos años, lo que más pedíamos era dinero, porque el dinero es lo que sirve para continuar viviendo en esta sociedad de mierda. Después los patrones comenzaron a cerrar la bolsa: continuaban las luchas, pero los patrones ya no aflojaban; es decir que liberados, comités y engañifas del mismo tipo seguían concediéndolos, pero dinero, cada vez menos. Los trabajadores se dieron cuenta de que para conseguir un aumento, un aumento que de verdad sirva para mantener a raya el costo de la vida, se requiere fuerza: una fuerza que los trabajadores de una sola fábrica, por muy grande que sea, incluso de la FIAT, no pueden tener; que sólo pueden tener los trabajadores de todas las fábricas cuando luchan juntos; es decir, toda la clase obrera unida en la dura lucha. Los sindicatos son los siervos de los patrones. Cuando los patrones celebran su banquete porque “florece la economía”, o lo que es lo mismo, cuando la explotación va a toda vela, los sindicatos se ocupan de que alguna migaja del festín vaya a parar a los trabajadores. Pero cuando la economía va mal, cuando los patrones están “en crisis”, lo primero que piensan los sindicatos es que, para apretarse el cinturón, los trabajadores van delante. Es esto exactamente lo que los sindicatos hicieron en el 66/67. También entonces había “coyuntura” y los patrones lloraban desconsolados. A los sindicatos entonces no se les ocurrió nada mejor que renunciar a pedir aumentos salariales, y de hecho los contratos del 66/67 fueron un auténtico timo, en el que no se obtuvo nada y se perdió mucho. Este año los sindicatos se han inventado un nuevo truco para que no se pidan aumentos de salario. “Hagamos que los patrones ganen un poco de dinero –vienen a decir- y luego obliguémoslos a emplearlo para industrializar el área meridional”. Con tales argumentos ya justificaron hace un año y medio la derogación del horario de trabajo en la FIAT, a cambio de la promesa de construir fabricas en el sur. Como si el dinero que los patrones rapiñan con la explotación de la clase obrera acabase en los bolsillos de los proletarios del meridiano. En realidad, el dinero lo usan los patrones para una sola cosa: organizar mejor la explotación de la clase obrera en el norte y deportar nuevos proletarios del sur a sus fábricas y a sus asquerosas ciudades; es decir, para una mayor explotación de los proletarios tanto en el norte como en el sur. No tenemos intención alguna de dejar carta blanca a los patrones. A nosotros no nos causa tristeza arruinar a los patrones: su muerte es nuestra vida. Queremos aumentos salariales, y que sean grandes. No sólo las cinco o diez mil liras que nos devuelven de lo que han robado a lo largo de estos años. Queremos treinta, cuarenta mil liras para coger de nuevo aliento. Así que está claro que, si continuamos luchando sólo fábrica por fábrica, jamás tendremos fuerza suficiente para arrancar un auténtico aumento salarial. Pero si la clase obrera lucha toda junta, entonces sí que tendremos fuerza para conseguirlo. ¡Y cómo!





Queremos la categoría única.



En la primavera del 69, los trabajadores de la FIAT dieron inicio a una serie de luchas autónomas que dura todavía hoy. La segunda categoría para todos fue el objetivo principal por el que se lanzaron a la lucha. De entonces para acá y en cada nueva lucha, no sólo en la FIAT, sino en todas las fábricas, los trabajadores no han renunciado a dicho objetivo, que es fundamental porque representa el principio según el cual, frente al patrón, los trabajadores son todos iguales, que tienen todos las mismas necesidades, que no quieren hacerse dividir por el patrón por las diferencias en la paga, que no están dispuestos a lamer culos para ganar más o hacer carrera. Los trabajadores no quieren que se les pague por el trabajo que hacen, tanto más cuanto que el trabajo bajo el patrón es igualmente asqueroso y fatigoso en todas partes; quieren que se les pague en función de las necesidades que tienen y de la fuerza que poseen para arrancar más dinero al patrón. Muchos de los objetivos que los trabajadores eligieron autónomamente, como los aumentos salariales iguales para todos, fueron impuestos después a los sindicatos, que, aun contra su voluntad, y solamente para “enjaular” la lucha obrera, han tenido que incluirlos en su plataforma. La segunda categoría para todos, esto es, la igualdad salarial para todos los trabajadores, no. Los sindicatos ni la han aceptado ni la aceptarán jamás. Desde entonces, los sindicatos se las han ingeniado de todas las maneras imaginables para intentar eliminar este objetivo de la cabeza de los trabajadores, para distorsionarlo y transformarlo en el objetivo, tan querido por el patrón, de introducir, también entre los trabajadores, una “carrera” con sus escalafones y promociones como la que existe para los empleados. Si patrones y sindicatos tuviesen las manos libres, hoy en las fábricas ya no habría ningún trabajador que cobrase lo mismo que el otro, como sucedió durante tantos años en la Intersind, donde había 26000 niveles salariales distintos gracias al sistema de las “pagas de puesto”, que durante muchos años los sindicatos han exaltado como una gran conquista de la clase obrera. En la FIAT y mientras han podido, los sindicatos han fingido que el objetivo de la segunda para todos ni siquiera existía. Cuando esto ya no les fue posible, concluyeron un acuerdo con Agnelli para distribuir 16000 segundas categorías entre todos los trabajadores de la FIAT, que son 140000, de modo que los trabajadores tendrían que degollarse para obtenerla. Para engañar mejor a los trabajadores, formaron “comités” con la tarea de distribuir dichas categorías, de modo que un cierto número de trabajadores deberían especializarse en hacer la “selección” entre sus compañeros con el fin de escoger a aquellos que el patrón quisiera promocionar. El acuerdo que acaba apenas de firmarse en la Ansaldo es aún peor: trata de establecer una auténtica “carrera” obrera, con seis niveles de paga, de manera que el trabajador se tiene que pasar toda la vida peloteando al patrón –o a los sindicatos, que son la misma cosa- para pasar de un nivel a otro y recorrer todas las escalas de retribución. Es lo mismo que piden los sindicatos en la Alfa Romeo. Podemos prever que, en los próximos contratos, la parte más importante de la plataforma sindical estará dedicada a pedir tal “carrera”. Pero si vemos las cosas como son, nos daremos cuenta de que los operarios no la quieren y no están dispuestos a perder ni siquiera un minuto de huelga para conseguirla. En la FIAT, un equipo tras otro sigue parando para obtener la segunda para todos. En la Alfa Romeo, los trabajadores no luchan ciertamente por la “carrera”, sino para golpear al patrón y organizarse con vistas a las próximas luchas generales. Y lo mismo en la Ansaldo y todas las otras fábricas. El objetivo de la categoría única, de la paridad salarial para todos los trabajadores, es fundamental no sólo para truncar las tentativas que patrones y sindicatos, en comandita, están poniendo en marcha. Es también un objetivo fundamental porque hace saltar todos los enredos que hay tras el problema de los “contratos”. Y éste consiste en que, para los sindicatos, los metalmecánicos deben tener un contrato, los trabajadores de la construcción otro, los de la industria química otro distinto y así sucesivamente. Un contrato quiere decir una paga, y así sucede que cada trabajador recibe una paga distinta del otro, como si no comiésemos todos igual, no tuviésemos todos mujer e hijos que mantener, alquiler que pagar, como si los precios no subiesen para todos del mismo modo. Así éste es un objetivo fundamental de las próximas luchas: categoría única, contrato único, todos los trabajadores unidos para luchar por las mismas cosas.






Queremos casa para todos.



Los patrones se han quedado con las casas. Nos han hecho abandonar a millares las nuestras para venir a trabajar a sus fábricas. Han destruido las casas, las ciudades, los pueblos en los que vivimos con la especulación, con el tráfico, con el humo y la porquería de las fábricas. A nosotros nos mandan a vivir amontonados en las buhardillas de las pensiones, en colmenas sin zonas verdes ni comodidades. El objetivo de vivienda para todos quiere decir, pues, muchas cosas: antes que nada, tener una casa sana, limpia, habitable, sin vivir como las sardinas. Después, no perder la mitad del salario o tener que hacer dos trabajos para pagarla. Tener zonas verdes, tiendas, escuelas, guarderías y entretenimientos cercanos. Tener transportes cómodos para llevarnos al trabajo. Tener una vida que vivir que no esté solamente hecha de trabajo. Luchar por la vivienda quiere decir revolucionar completamente nuestro modo de vivir. Por eso, de las luchas por la vivienda que se han llevado a cabo hasta ahora, podemos decir que no están más que en sus inicios. Con la vivienda especulan todos nuestros enemigos: los patrones, que nos rapiñan el salario con el alquiler. El gobierno, que se hace pagar dos veces el alquiler con las retenciones. Los especuladores inmobiliarios, que hacen las ciudades inhabitables y explotan a los trabajadores durante dieciséis horas en las obras en los periodos de boom para después echarlos a la calle cuando llega la crisis. Los partidos y los diputados, que compran votos con la promesa de viviendas de protección oficial. Los sindicatos, que nos han hecho hacer jornadas de huelga por una reforma de la vivienda que deja las cosas como están. No debemos esperar viviendas de nuestros explotadores, como no debemos esperar tampoco la salud y el bienestar. Esto es algo que los trabajadores y los proletarios han comprendido siempre y, dondequiera que han tenido fuerza y organización, las viviendas las han tomado. Hay barrios enteros en los que han rebajado los costes por su cuenta, o donde ya no se paga la calefacción o los gastos, y la policía no tiene fuerza para desahuciarlos porque están todos unidos. Las ocupaciones de casas vacías, sobre todo de casas de protección, tanto en las ciudades del norte como en la zona meridional, son luchas cada vez más comunes. Pero, de momento, es algo reducido, porque tales luchas comienzan aisladas y todavía no ha habido la capacidad de unir bajo el mismo objetivo a todos los proletarios que están verdaderamente dispuestos a ocupar viviendas. Cuando la lucha por la vivienda sea organizada directamente por la clase obrera, por los trabajadores que hoy se encuentran unidos en la lucha contra el patrón dentro de las fábricas, la vivienda podrá convertirse en el objetivo de una lucha verdaderamente general. Un objetivo al alcance de todos los trabajadores y de todos los proletarios, como, durante el otoño caliente, estaba al alcance de todos los trabajadores la posibilidad de cazar esquiroles o de echar a patadas de las oficinas a un jefe o a un empleado. “Ocupar casas no resuelve el problema, porque significa quitárselas a otros proletarios que también las necesitan”, dicen los sindicatos y los siervos de los patrones para convencer a los trabajadores de que deben tener confianza en las reformas patronales en lugar de en sus propias fuerzas. Esto por el momento es falso, pues para las casas de protección oficial quienes tienen preferencia son los pelotas. Pero, sobre todo, porque cuando los proletarios sientan que de verdad tienen fuerza para tomar casas, no se detendrán ciertamente en las de protección. En cada ciudad hay millares de apartamentos privados desocupados, y luego están los hoteles, las oficinas, las villas y los apartamentos de los patrones que tienen tantas habitaciones inutilizadas y hasta doble o triple servicio. ¡Es hora de que los patrones se aprieten un poco, porque los proletarios no pueden esperar más!








Queremos una reducción en los precios de todos los productos de primera necesidad: alimentos, alquileres, ropa.



El costo de la vida aumenta continuamente y la crisis no hace más que acelerar dicho aumento. El salario de los trabajadores no consigue siquiera mantener a raya las subidas: ¡esto sí que es “bienestar”! Porque para los desocupados, para los trabajadores despedidos, para los proletarios que se las apañan con mil oficios, por no hablar de los pensionistas, el aumento de los precios significa el hambre. Lo cual, sobre todo en el área meridional, es como una lenta condena a muerte. Los trabajadores dicen: “pedir aumentos de salario no basta, así no se da un paso adelante. Aquello por lo que debemos luchar verdaderamente es por la reducción general de los precios”. ¡Y es verdad! Para imponer un objetivo de este tipo no bastan, sin duda, las fuerzas de los trabajadores de una fábrica, ni tampoco las de todos los metalmecánicos puestos juntos (que, sin embargo, son más de un millón). Por eso, los sindicatos nos hacen luchar siempre divididos, fábrica por fábrica, y han dividido a toda la clase obrera en tantos sectores (metalurgia, química, textil, construcción), para que no nos juntemos todos y luchemos por las mismas cosas. Pero esto es exactamente servir a los intereses de los patrones, y no a los nuestros. Aquello por lo que nosotros trabajamos, sin embargo, aquello que quieren los trabajadores de todas las fábricas en lucha, aquello que es preciso lograr entre los desocupados y los proletarios del sur, que se ven obligados a rebelarse para sobrevivir, es conectar todas estas luchas, prepararnos para una lucha general, poner a todos los proletarios en condiciones de contar hasta el fondo con las propias fuerzas. De ahí que un objetivo como la reducción de los precios no sea ya un sueño, sino algo real, o mejor dicho, el objetivo más justo, más concreto, más realista, porque es lo que verdaderamente quieren las masas explotadas en cualquier lugar. En otros tiempos, sobre todo en periodos de crisis como los años de la posguerra, las masas lucharon por este objetivo y, en muchos casos, obtuvieron victorias. Porque era un período en el que, cuando la clase obrera luchaba, arrastraba a toda la ciudad. Y no para quedarse en casa haciendo las huelgas-vacaciones que nos han enseñado a hacer los sindicatos en favor de las “reformas”, sino para echarse a la calle, para hacer temblar a las “autoridades”, para decir a las claras que o se le daban las cosas o las tomaría por su cuenta. Se han necesitado más de veinte años de traiciones de los sindicatos y de los dirigentes del Partido Comunista para acostumbrar a la clase obrera a luchar dividida, ahora en una fábrica, ahora en la otra, hoy los de la metalurgia y mañana los de la química, y siempre por objetivos que ni siquiera resarcen de los costos de la huelga. Pero ahora esta historia debe terminar, y está terminando. La mayor conquista de los últimos tres años de lucha que los trabajadores y todos los proletarios deben saber aprovechar es haber comprendido que la lucha es necesario hacerla todos juntos, que nuestra fuerza es la unidad y la voluntad de organizarse para llegar a una lucha general, porque éste es el único modo para alcanzar aquello por lo que hemos luchado durante todos estos años. Algunos compañeros dicen: “Este objetivo, la reducción general de los precios, es algo demasiado gordo. Los patrones no pueden dárnoslo, así que no querrán dárnoslo jamás”. Esto no es una objeción, sino una tontería. Pues es un objetivo que los proletarios quieren y estarán dispuestos a luchar por él cuando sientan que tienen la fuerza para hacerlo. Y el motivo por el cual luchamos contra los patrones es que, aquello que los proletarios quieren, los patrones no pueden ni quieren dárselo. Y si se ven obligados a concederlo, enseguida intentarán desdecirse, como han hecho y siguen haciendo con todos los demás objetivos. Por eso, ninguna de las conquistas de los proletarios será jamás segura hasta que nosotros seamos los patrones. Pero es también por eso por lo que cada una de tales conquistas puede ser un paso adelante hacia la destrucción del poder de los patrones y de la explotación, si continuamos luchando por defenderlas y por seguir avanzando. Otros compañeros hacen la objeción opuesta: “Se trata de un objetivo reformista. Los proletarios deben tomar las cosas, no pedirlas”. También éste es un discurso equivocado. Lo que los proletarios quieren –y quieren, desde luego, la reducción general de precios- no es ni “reformista” ni “revolucionario”. Reformista o revolucionario es el modo en el que dichos objetivos se llevan adelante y el modo conforme al cual se organiza la lucha para obtenerlos. Nosotros no iremos al parlamento a pedir la reducción general de los precios, pero trabajaremos para organizar la lucha en las fábricas, en los barrios y en las plazas. Y mucho menos nos preocuparemos por explicar a los patrones cómo nadar y guardar la ropa: es decir, cómo conceder la reducción de precios sin arruinarse ni renunciar a explotar a los proletarios, como hacen, por su parte, los sindicatos cuando proponen sus “reformas”. En fin, hay compañeros que dicen: “Ya se han dado casos en los que las masas han luchado por una reducción de precios y han obtenido la victoria. Sobre el papel. Pero después no ha habido un solo comerciante dispuesto a aplicar los nuevos precios y todo ha seguido como antes. También ahora existe una ley que impone vender el pan a 100 liras el kilo, pero ¿quién la aplica?” Éste es un discurso más serio, porque finalmente centra el problema. Lo que hay que dejar claro es que no hay objetivo de lucha que tenga sentido, o que tenga valor, sin organización. Un objetivo general como la reducción de los precios es importante porque une a todos los proletarios, porque hace comprender la importancia de llegar a una lucha general, porque explica muy bien cómo se utilizan aquellas fuerzas que los sindicatos intentan continuamente derrochar en luchas erradas por objetivos errados. Pero un objetivo semejante no tiene ningún sentido si no comenzamos a organizarnos desde ahora mismo para alcanzarlo. Y esto quiere decir trabajar para unir las luchas. Para conectar entre sí las distintas fábricas, las fábricas con los barrios, los obreros con los estudiantes, los ocupados con los desocupados, el norte con el sur. Pero, sobre todo, quiere decir trabajar para que en los barrios y en los pueblos, en toda la ciudad, los trabajadores y los proletarios dispuestos a luchar sepan reconocer a los propios amigos y a los propios enemigos, tengan no sólo la fuerza, sino también la capacidad y la organización para hacerse con las cosas por las cuales están luchando. Y esto en el caso de los precios, como en el caso de todos otros objetivos por los que luchan los proletarios, responde a un discurso muy preciso: Hay millares de tenderos y pequeños comerciantes que son explotados como nosotros, que están listos para luchar, y que tienen necesidad de hacerlo, por las mismas cosas por las que luchan los proletarios: por la vivienda, contra el alquiler, por la seguridad de la vida, contra las tasas, contra los abusos de las autoridades, contra los tiburones y los especuladores. A todos ellos hay que ofrecerles discursos claros: que la lucha podemos y debemos hacerla juntos, por los mismos objetivos. Hay otros miles que están hasta demasiado bien y van subidos en el carro de la explotación porque viven de la explotación. Contra éstos debemos luchar desde ahora mismo, comenzando a desenmascararlos, porque son patrones y siempre estarán al lado de los patrones. “Tomemos la ciudad” quiere decir sobre todo esto: que, en los barrios y en los pueblos en los que vivimos, no debemos ser extranjeros, debemos conocernos todos, separar a los amigos de los enemigos y saber cómo tratar a cada uno. Y entonces sí que tendremos verdaderamente la fuerza para imponer la reducción general de precios. Siempre hay revueltas de ciudades enteras como Avola, Battipaglia, Caserta, por no hablar de Reggio, y también en el norte, como Porto Marghera o Turín, donde tuvo lugar lo de Corso Traiano y donde los proletarios demostraron tener una fuerza inmensa. Pero al final no quedó nada; es más, los enemigos del pueblo, los patrones, los politicastros, los especuladores e incluso los fascistas se aprovecharon de la agitación. ¿Por qué? Porque faltaban objetivos claros, pero, sobre todo, faltaba la organización, la capacidad de usar toda la fuerza de que se disponía, para tomar nuestros derechos y golpear a nuestros enemigos. La próxima vez no debe suceder.




Queremos escuela, transportes y asistencia gratuitos.



Por lo que se refiere a autobuses y trenes, los proletarios empezaron a luchar ya hace algunos años: no queremos solamente viajar gratis o que dejen de robarnos con la subida del billete, queremos viajar más cómodos y, sobre todo, no perder la mitad de nuestra jornada en medios lentos y ruinosos, cuando los patrones disponen de todas las comodidades para viajar. Y no es casualidad que la lucha contra el alto coste de la vida y contra la rapiña de los salarios haya comenzado precisamente por los transportes. Porque, en este caso, es más fácil, para los trabajadores de una fábrica, para los estudiantes de una escuela, para los proletarios de un barrio o de un pueblo, usar la organización y la unidad que tienen en la fábrica y en la escuela para llevar también la lucha fuera de ellas. La lucha es una cuestión de organización. Mientras en las fábricas y en las escuelas hay unidad, y tres años de lucha nos han enseñado a conocernos y a confiar los unos en los otros, en los barrios todavía estamos muy divididos, nos conocemos poco y, entre nosotros, todavía hay demasiadas personas de las que no te puedes fiar y, sin embargo, aún no han sido desenmascaradas. Pero, a medida que la lucha y la organización crecen en las fábricas, en las obras, en las escuelas e incluso en las plazas, los proletarios adquieren confianza en las propias fuerzas y aprenden a reconocer a los enemigos también fuera, en todos los campos de su vida. La lucha por el transporte es precisamente la señal de que dicha organización está creciendo y extendiéndose. Pero está claro que no nos conformamos con los transportes: nuestra vida está llena de cosas que no tenemos, que tenemos que pagar a un alto precio, pero que podemos tomar con facilidad si estamos todos unidos y luchamos todos juntos: las tasas y los libros escolares, las guarderías, la asistencia médica y todo lo demás…




Queremos que la policía y los fascistas se mantengan bien lejos de las fábricas, de las escuelas, de nuestros barrios.



Queremos nuestros derechos: ninguna de las cosas por las que luchamos está fuera de la ley. Pues no hay constitución alguna en el mundo que niegue a los hombres el derecho a la vida. Pero apenas nos movemos para hacernos con nuestros derechos, los patrones lanzan todas sus armas contra nosotros, desde las multas en la fábrica hasta el chantaje del despido, desde la policía a los tribunales, desde las cárceles hasta los escuadrones fascistas, e incluso hasta llegar a exterminar a un pueblo entero, como están intentando hacer en Vietnam. Porque, para los patrones, fuera de la ley no están las cosas que queremos (ellos las tienen todas y además muchas otras); fuera de la ley estamos nosotros, los proletarios. De hecho, han organizado nuestra vida como una prisión. Lo que queremos debemos tomarlo, y si no tenemos fuerza para defendernos por nuestra cuenta, siempre habrá alguien dispuesto a hacérnoslo pagar caro. Es ésta una verdad que los proletarios la pagan de sus propios bolsillos desde la cuna y que continúan aprendiendo a lo largo de toda la vida, pues sabemos mejor que bien que, basta con dar un paso en falso, en la escuela o en la fábrica, en la familia o en el cuartel, para que los patrones no te lo perdonen. Los patrones se perdonan sólo entre sí. Lo hacen todos los días, muchas veces al día: en esto consiste su solidaridad de clase. En cada fase de la lucha de clases, los patrones tienen medios para hacernos recordar que debemos mantenernos “en nuestro puesto”, el puesto que ellos nos han asignado. Hace algunos años, se veía poca policía por ahí y con algún poli hasta se podía trabar amistad. Aún había pocas luchas en marcha. Ahora tenemos la crisis: las luchas son cada vez más duras y continuas. La policía está por todos lados ante las fábricas, en las escuelas, en nuestros barrios, en nuestras manifestaciones. Y estos polis no vienen a “hacer amigos”. Vienen vestidos de marcianos y dispuestos a disparar. Y no es sólo la policía. Los fascistas vuelven a corretear por toda Italia. Y también ellos disparan. Las cárceles se llenan de proletarios. Mañana, si la lucha de masas continúa como en los últimos años, será aún peor: los patrones pasarán a la ocupación militar de las ciudades y de los pueblos; ya comienzan a hacerlo. Y los fascistas nos esperarán a la puerta de casa, como ya están empezando a hacer. En la Italia de hace cincuenta años era lo mismo. Había una crisis aún más grave que la de ahora; la clase obrera y las masas explotadas luchaban aún más que hoy. Después, los fascistas y la policía, los patrones y el Estado, tomaron sus “medidas”: llegó el fascismo, es decir, la contrarrevolución de los patrones. Los trabajadores y los explotados no se habían organizado con tiempo para pararles el golpe. No debemos cometer el mismo error. No debemos esperar de los patrones y de su estado que nos protejan de la violencia que ellos mismos desencadenan contra nosotros. No debemos esperar a que la policía, los jueces, nuestros gobernantes se declaren abiertamente fascistas para comprender que lo son de verdad. En 1922, cuando los auténticos fascistas, aquellos que, en los tres años precedentes, habían financiado, protegido y abierto la calle a los fascistas en camisa negra, y eso llevando todavía la camisa blanca, el uniforme y la toga, se quitaron la máscara, ya era demasiado tarde. Defendernos es nuestro derecho y debemos aprender a ejercitarlo desde ahora mismo. Nada de lo que queremos nos va a ser regalado, ni siquiera el derecho de no acabar en prisión, o de no palmarla bajo los golpes de algún fascista o de algún policía. También este derecho debemos saber tomarlo con nuestras propias fuerzas. Por eso, la policía y los fascistas deben mantenerse lejos de nosotros. Y debemos tener la fuerza de imponerlo. Liquidar el fascismo quiere decir liquidar a los fascistas y prepararnos para liquidar a todos los patrones.



Lotta Continua, Año IV, Número 2, 2 febrero de 1972.

Fotografías 1, 2, 4 y 5: Uliano Lucas.

Fotografía 6: Ugo Mulas.


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