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viernes, 15 de enero de 2016

¡ENCERRADLOS a todos! Pierre Clémenti en las cárceles italianas.


 

I


            D’où vient la prison? Je répondrai : « D’un peu partout ».
Michel Foucault



           

El veinticuatro de julio de 1971 Roma amanece bajo un calor asfixiante. En pleno corazón del verano, Italia bulle todavía sobre los rescoldos del autunno caldo. Aún no se han enfriado los diecisiete cadáveres de Piazza Fontana, Valpreda está en el trullo y a Pinelli la pasma le ha enseñado en qué consiste practicar el vuelo sin motor. Una vez más el Estado italiano le ha declarado la guerra abierta a su sociedad civil, y de momento parece ir ganando. Gladio hace de las suyas y se encarga de aplastar a esas fuerzas subversivas que la burocracia sindical y estalinista no consigue encauzar de manera eficaz. La mafia, la extrema derecha y las fuerzas del orden oscilante, bajo la protección de la CIA, llegan a donde no alcanzan los esfuerzos recuperadores de las viejas organizaciones de la clase obrera. Las cárceles de toda la península empiezan a llenarse de rebeldes, pero la ola represiva barre también con todo aquello que pueda identificarse de lejos o de cerca con estas nuevas clases peligrosas. Puede que los hippies, los fumetas, los capelloni no constituyan más que la periferia lúdica del movimiento, pero su rechazo del trabajo y de las instituciones tradicionales del viejo orden burgués los convierte cuando menos en enemigos potenciales del Estado asediado. Carne de talego, pues.

            Así que situémonos. Veinticuatro de julio de 1971, primera hora de la mañana, Roma, número cuarenta y cuatro de la via di Banchi Nuovi, el comienzo de lo que en otra época se conocía como “via papalis”, un punto más o menos equidistante entre el lugar en el que el puente del Príncipe Amadeo cruza el Tíber y la famosa Piazza Navona. El centro del centro de un país que está viviendo los efectos de una contraofensiva contrarrevolucionaria. Un coche se detiene ante el portal de este viejo edificio renacentista ubicado entre los palacios Taverna y Farnèse: la guardia di finanza, los estupas italianos, han recibido información de que en uno de los apartamentos del inmueble se consumen sustancias estupefacientes ilegales de forma regular. El piso en cuestión está a nombre de una tal Anna Maria Lauricella, una joven a la que en las calles del Trastévere se conoce como la Medusa, tal vez por esas guedejas de color escarlata que la mujer acostumbra recoger en un moño vertical en lo alto de la cabeza. El teniente Betti hace sonar el timbre y un chavalín de unos cinco o seis años abre la puerta. El crío se llama Balthazar, como el burrito de la película de Bresson, Balthazar Clémenti.     
 

http://detour.es/tiempo/diego-luis-sanroman-pierre-clementi.htm



[Este prólogo corresponde al libro de próxima aparición de Pierre Clémenti, que publicará Pepitas de Calabaza].

jueves, 15 de octubre de 2009

LIBROS CONTADOS. Beigbeder & Cooper - un par de novedades



Un roman français, Frédéric Beigbeder, Grasset, París, 2009. “Uno no evoluciona, la infancia nos define para siempre porque la sociedad nos ha infantilizado de por vida”. Beigbeder se quita los disfraces de Marronier o Parango para ponerse la máscara de Beigbeder en este texto explícitamente autobiográfico. Una breve estancia en prisión –por consumir sustancias estupefacientes en la vía pública- le sirve al autor, a modo de magdalena proustiana, para recuperar el tiempo huidizo de la infancia y recomponer el rompecabezas familiar: el pasado remoto y glorioso de una Francia aristocrática (o burguesa), la complicada relación con un hermano en el que encarnan todos los brillos y virtudes de ese pasado, los efectos traumáticos de la revolución sexual de los sesenta en los viejos hábitos heredados, el divorcio de los padres como una especie de escena primordial, etc. Un roman français es, a mi parecer, un texto algo irregular, pero con destellos del mejor Beigbeder.

Si quieres, puedes leer un pequeño fragmento en Multitud (la Red Social).





Ugly Man, Dennis Cooper, HarperCollins, New York, 2009. Primera entrega de nuestro amigo Dennis para la editorial Harper Collins en la que se recoge casi una veintena de textos breves. Se trata de relatos en los que Cooper sigue ahondando en sus obsesiones y turbiedades, pero en los que también se echa de ver un mayor interés por indagar en las posibilidades de la composición teatral (a la que ha dedicado buena parte de sus energías en los últimos tiempos) y por explorar el lado cómico (terrible pero cómico) de las situaciones narradas. Desternillante, por ejemplo, el relato The Anal-Retentive Line Editor, en el que Cooper da otra vuelta de tuerca a los hallazgos estructurales ya explotados en The Sluts (Chaperos).

Puedes leer la traducción de uno de los cuentos, The Worst (1960-1971), en el especial que le dediqué a Cooper en diciembre de 2006.

Dos breves notas:

1. La versión teatral de Jerk, texto con el que se abre este Ugly Man, podrá verse en el Festival de Otoño de Madrid durante los días 17, 18, 19 y 20 de noviembre (Teatro Pradillo).

2. Según me comenta el propio Cooper, de momento no hay prevista edición en castellano del libro y conseguirlo en librerías españolas es tarea casi imposible. Así que los interesad@s tendréis que adquirirlo fuera o pedirlo a través de la Red.





sábado, 6 de junio de 2009

VOCES. 1909-2009: El Futurismo ya es historia. Valentine de Saint-Point (1912)




Manifiesto de la Mujer Futurista
Valentine de Saint-Point (1912)



Queremos glorificar la guerra –única higiene del mundo– el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los libertarios, las bellas ideas por las cuales se muere y el desprecio de la mujer.
F. T. Marinetti – Manifiesto futurista


La humanidad es mediocre. La mayoría de las mujeres no son ni superiores ni inferiores a la mayoría de los hombres. Son iguales. Todos merecen el mismo desprecio.

El conjunto de la humanidad no ha sido nunca otra cosa que el terreno de la cultura, fuente de genios y héroes de ambos sexos. Pero para la humanidad, como para la naturaleza, hay momentos que resultan más propicios al florecimiento. En los veranos de la humanidad, cuando el terreno arde bajo el sol, los genios y los héroes abundan.

Nos encontramos en el comienzo de una primavera; echamos en falta la profusión solar o, lo que es lo mismo, una buena cantidad de sangre derramada.

Las mujeres no son más responsables que los hombres del modo en que los verdaderamente jóvenes, ricos en savia y sangre, están siendo arrastrados por el fango.

Es absurdo dividir a la humanidad en hombres y mujeres. Se compone sólo de feminidad y masculinidad. Todo superhombre, todo héroe, no importa lo épico, genial o poderoso que sea, es la expresión prodigiosa de una raza y de una época sólo porque está compuesto, al mismo tiempo, de elementos masculinos y femeninos, de feminidad y masculinidad: es, en consecuencia, un ser completo.






*


Valentine de Saint-Point: figura futurista, femenina y precursora del art-performance
Adrien Sina (2009)





Poetisa, novelista, autora de tragedias, especialista en Sófocles, teórica de la danza y del teatro, modelo y musa de Rodin y de Mucha, tataranieta de Lamartine, Valentine de Saint-Point es una de las escasas figuras femeninas del futurismo francés. Rodin la llamaba “la diosa de carne para mi inspiración de mármol”; tenían el proyecto común de un libro íntimo que jamás vio la luz, pero del cual pueden encontrarse fragmentos en textos como La doble personalidad de Auguste Rodin o El Pensador de Rodin. Esta época estará también marcada por los Salones Literarios o Poéticos que ella misma organiza en torno a sus propios textos o los de cómplices literarias como Rachilde, la condesa Anna de Noailles o Louise Labé (siglo XVI).

Sus primeras publicaciones poéticas a partir de 1905, Poemas de la mar y el sol, Poemas de Orgullo, La sed y los espejismos, que inauguran una voluntad de superación de sí, en la soledad y frente al destino y los elementos, se centran poco a poco en la exploración de la psicología femenina y su deseo (Una mujer y el deseo, 1910, y El orbe pálido, 1911). Al mismo tiempo, prepara un importante corpus de reflexión sobre el elemento trágico en sus componentes originales: el Eros, el Poder, la Muerte, la Guerra y la Política. El Discurso sobre la tragedia y el verso trágico, seguido de El alma imperial, o La agonía de Mesalina, escrito en 1907, serán publicados en 1929. Tales elementos serán también experimentados en la Trilogía del amor y de la muerte (1906-1909) y El teatro de la mujer, una trilogía dramática inconclusa de la misma época.

Desde los primeros años del futurismo, F. T. Marinetti la invita a unirse al movimiento para ofrecer una imagen más intensa y provocadora de la mujer que la que había idealizado D’Annunzio o la que habían sublimado los fetichismos estéticos de la historia del arte o los romanticismos en literatura. El 27 de junio de 1912, Marinetti dirige un debate en la Sala Gaveau en el que Valentine presenta su primer Manifiesto de la mujer futurista, que continuará con su Manifiesto futurista de la lujuria el día 11 de enero de 1913. Miembro de la Dirección del Movimiento Futurista desde 1912, encargada única de la Acción Femenina, entra por la puerta de la disidencia y de la crítica de los excesos y sale, en torno a 1915, por la puerta de la divergencia teórica.

Fue la única futurista invitada a aparecer sobre un escenario neoyorquino, el de la Metropolitan Opera (Festival de la Métachoire, 1917), en el que bailó casi desnuda, cubierta con recortes de seda transparente, en una actuación en la que la danza se mezclaba con proyecciones luminosas de fórmulas matemáticas, con la música de sus amigos Claude Debussy, Erik Satie y Dan Rudyar Chennevière, así como con las efusiones subliminales de mensajes olfativos y perfumados. Se trataba igualmente de la primera interpretación de música disonante y polifónica en los Estados Unidos.

En un periodo de exaltación de la máquina, de la velocidad y de la urbe, ella fue la única que se interrogó sobre el cuerpo carnal y el cuerpo colectivo que corresponderían a la nueva época que se anunciaba, que propuso un punto de vista no-ideológicamente-feminista sobre la identidad femenina y que impuso una imagen de la mujer arraigada en lo que ésta tiene de específico.

Sin embargo, su visión del mundo está impregnada de desilusión y hastío. La referencia marcial que Saint-Point manipula es una reminiscencia de la utopía extrema y abortada que Platón describe en el Critias y que, erróneamente, pasa por ser una descripción de la ciudad ideal. La historia no habría sido consciente así del peso de los sinsabores y las desilusiones, ni en Platón, encerrado en prisión para evitar su actividad política, ni en Valentine, en su ruptura con el materialismo occidental.

Después de haber elaborado, como artista, varios proyectos políticos desde Córcega –entre otros, los Estados Unidos del Mediterráneo- parte definitivamente para Egipto –tierra natal de Marinetti, patria espiritual de Lamartine- en diciembre de 1924, poco después de la muerte de su compañero, Ricciotto Canudo, fundador del Movimiento Cerebrista. Se comprometerá también en una acción política por la emancipación de la mujer musulmana, tanto contra la hegemonía colonialista occidental, y sus derivas destructoras e incontroladas, como contra los oscurantismos o integrismos locales. Y consagrará la segunda mitad de su vida a sus compromisos éticos, actuando, desde Egipto, por el acercamiento cultural entre Oriente y Occidente, por la ética y por la paz. Fundó y dirigió la revista mensual El Fénix (Revista del Renacimiento Oriental), editada en El Cairo de noviembre de 1925 a junio de 1927. Este espacio de reflexión y de propuestas políticas estará igualmente marcado por la publicación de La verdad sobre Siria por un testigo (1929, Cahiers de France).

Una dimensión anticipadora y premonitoria caracteriza su pensamiento y sus textos. Siempre estuvo fascinada por la idea de ser la voz que sintetizase a un pueblo. La guerra, poema heroico (1912), redactada en forma de un diálogo contradictorio casi socrático, explora la psicología de un pueblo que parte para la guerra, ese momento de deslumbramiento y ofuscación que, subrepticiamente, apoyándose en una idea heroica de la guerra, necesaria para todo sacrificio voluntario y consentido, abre el camino hacia la sangre y el horror, desconocidos e ignorados.

Otro texto, premonitorio de su propio destino, fue publicado en la Nouvelle Revue, en enero de 1905: Lamartine desconocido (cartas inéditas). Podría considerarse a posteriori un texto cuasi-autobiográfico sobre la autora y sus deseos, y sobre Lamartine, su ancestro, a la vez poeta y hombre de Estado, en las primeras filas de los promotores de la Revolución de 1848, uno de los principales fundadores de la República, ministro de Asuntos Exteriores. Su vida como diplomático en Oriente estuvo determinada por la instauración de una ética de respeto entre los pueblos y la resolución pacífica de los conflictos coloniales, lo mismo que Valentine intentará llevar a cabo un siglo después.

Ningún destino es, en su tristeza y belleza, comparable al de los hombres que, en la vida multiforme y tumultuosa de los pueblos, aparecen como una síntesis de voluntades y esfuerzos… Su suerte presenta siempre los caracteres de gracia y desgracia que, a lo largo de toda la historia, ha marcado la vida de los tribunos: tribunos intelectuales, hombres de genio, que fijan a través de una obra maestra las tendencias oscuras de una generación, o tribunos políticos, que por un momento personifican a todo un pueblo. Aquellos que, por una extraña complejidad de sus organismos, son a la vez lo uno y lo otro duplican la alegría y la amargura de la vida.

En Oriente, sobre un decorado divino, la vida de los pueblos, bárbaros o adormecidos sobre los dogmas cristalizados de viejas civilizaciones, le permitió saborear esa condición de guía del pueblo que debía llevarlo hasta la embriaguez del poder supremo y hasta la tristeza de todas las desilusiones.


Entre las mujeres con destinos paralelos y trágicos que transformaron la concepción del cuerpo durante el siglo XX a través del material coreográfico, como Isadora Duncan, a la que conoció entre 1912 y 1915, en casa de Rodin, o algo más tarde, Josephine Baker, Valentine de Saint-Point, pensadora de los equilibrios extremos, es la única que parte de una teoría y una dramaturgia trágicas para acercarse a una danza de las ideas, a una danza del pensamiento más allá de las expresiones codificadas. Tenía en gran aprecio una disciplina conceptual y geométrica de la danza en tanto que sólido basamento teórico de una expresión no arbitraria de la carne, el instinto y la intuición.

Los principios teóricos que la empujan a rechazar las convenciones de la danza y el teatro de la época en beneficio de la Métachorie son similares a los que llevaron a Yvonne Rainer y el Judson Dance Teather, en los años 60, a avanzar el término Performance. Su concepción de la autonomía de la música y de la danza no encontró continuación hasta años después, gracias a la complicidad entre Merce Cunningham y John Cage. Tal como subraya Giovanni Lista, “por su exaltación del deseo y su poder hipnótico, Valentine de Saint-Point anuncia igualmente el surrealismo, su búsqueda del andrógino y su visión de la mujer revolucionaria como liberadora del Eros”.




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viernes, 10 de agosto de 2007

VOCES. BORIS VIAN - ÉL ÚLTIMO DE LOS OFICIOS.

Le dernier des Métiers es un breve sainete satírico que Vian escribió en la primavera del año del señor de 1950 con el fin de completar la representación de L'équarrissage pour tous que André Reybaz estaba preparando en las mismas fechas. El director de la sala Noctambules, donde debía tener lugar el estreno se negó a admitir la pieza por juzgarla excesivamente irreverente. De modo que la primera puesta en escena de El último de los oficios no tuvo lugar hasta octubre de 1964, cuando su autor ya llevaba cinco años criando malvas.








DECORADOS



Camerino del Padre Saureilles, como el camerino de un gran actor, con un espejo ante una mesa para maquillarse al fondo. A la derecha, un ropero lleno de casullas y tejidos de colores vivos. En el centro-izquierda, un sillón confesionario-especial con orejas y repisa, y con reja para el despacho y palmeta para las penitencias; con flores un poco por todos lados, fotos dedicadas, tarjetas de visita, carteles teatrales. Atmósfera íntima y sórdida.




PERSONAJES



JONÁS (Sacristán, 65 años)
JEANNOT, VICTOR, TOTOLE (Boy-scouts, de 10 a 15 años)
EL REPORTERO DE LA RADIO (52 años)
EL REVERENDO PADRE SAUREILLES (50 años)
EL AGENTE (25 años)





ESCENA PRIMERA

JONÁS, JEANNOT.




El sacristán, sentado a la derecha, teje un inmenso calcetín. Tal como está instalado, se le podría tomar por una amable viejecita. Un pequeño boy-scout, Jeannot, arregla las cestas de flores. Ruido de aplausos procedente de la izquierda. Ambos aguzan el oído con el mismo gesto y sonríen. El pequeño Jeannot se dirige hacia la derecha llevando una última cesta de flores. El sacristán le sigue con la mirada y con una hermosa sonrisa.

JEANNOT. Es la última…
JONÁS. Ah, has trabajado bien, chatín mío. ¡Cuántas flores, Dios mío! ¡Cuántas flores!... ¡Qué éxito!... Pero también, ¡qué talento extraordinario!...
JEANNOT. Nunca ha habido tanta gente… ¡Tienen potra, Totole y Víctor!
JONÁS (gratificante). ¡Qué talento!... ¡Qué incomparable talento!...

(Ola de aplausos procedente de la izquierda. Los dos prestan oído.)

JEANNOT. Es un gran éxito, ¿no es verdad, Sr. Jonás? Pero dígame, ¿para quién es ese gran calcetín?
JONÁS (Levanta el calcetín ante sí). Para los pobres, mi pequeño Jeannot. A qué es bonito mi calcetín, ¿eh?
JEANNOT. Ah, claro. Entonces… ahí podría hacerse entrar un V. P. ¿Lo teje usted para hacer su B. A. (buena acción)?
JONÁS. Pues claro, pues claro…
JEANNOT. ¿Así que también usted hace B. As?
JONÁS. Pues claro, pues claro…
JEANNOT. ¿Y se levanta usted en el metro para dejar el asiento a las señoras mayores?
JONÁS. Pues claro… Y estoy seguro de que tú te precipitas para coger todos los sitios libres y poder cedérselos después a las señoras mayores.
JEANNOT (bajando la cabeza). Sí, señor Jonás… ¿Es que está mal?
JONÁS (vocifera). Está pero que muy bien… pero que muy bien… todos lo hemos hecho. He sido scout, también yo… Castor, alza la…
JEANNOT. ¡Cola!...

(Los dos ríen.)

JONÁS. Je, je, je… Eso es… ¡Ah, la juventud! Ves, yo he hecho mis B. As todos los días desde los tiempos en que era lobato como tú…
JEANNOT (admirativo). ¿Todos los días? Eso tiene que ser un montón de B. As.
JONÁS (halagado). Bueno… Eso hace….
(Cuenta con los dedos, luego se detiene.)
Hace muchas B. As. Pero, sabes, ahora soy muy viejo, así que
(Muestra el calcetín.)
Hago punto para que dure varios días…
JEANNOT (convencido). Y además no puede haber nada demasiado grande para un pobre. ¿Verdad, Sr. Jonás?
JONÁS. Pues sí… Sí, sin duda… Los pobres son hermanos en Cristo.
JEANNOT (se santigua). Así sea.

(Aplausos. Prestan oído de forma sincrónica. Después, golpes en la puerta de la derecha. Prestan oído a la derecha en dos movimientos simétricos.)









ESCENA II

JONÁS, JEANNOT, EL REPORTERO DE LA RADIO (que entra cargado de cables, de aparatos, de micro, etc.).




REPORTERO (dirigiéndose al sacristán). Buenos días, señora… Vengo por la entrevista del Reverendo Padre…
JEANNOT (lleno de buena voluntad). Deje que le ayude, señor.

(Lo ayuda, pero, torpe, tira todo al suelo.)

JONÁS. ¡Pero bueno, Jeannot! ¡Pon cuidado!
REPORTERO (aterrado). ¡Oh! ¡Es un desastre! ¡Debe de haberse roto todo!
JEANNOT. Que no… Que no… No es nada, señor… Yo lo arreglo todo…
JONÁS. Saureilles todavía está hablando. Espere unos minutos.
REPORTERO (comienza a montar su material después de haberlo examinado). Espero que no sea nada grave… ¿Hay alguna toma de corriente por aquí?
JEANNOT. Sí, sí. Yo se la muestro… Por aquí.

(Se dirige hacía el fondo izquierdo, donde está la mesa para maquillarse. El reportero lo sigue y se detiene ante un cartel.)

REPORTERO. Ah, ésta… Lo recuerdo… ¡Qué éxito!
JONÁS. Sí, sí… ¡Qué éxito! ¡Una de las mejores creaciones, señor!...
REPORTERO (gentil). ¿Verdad que sí, señora? ¡Qué inolvidable composición!
JONÁS. ¡Inolvidable! Pero ¿por qué me llama usted señora?
REPORTERO. Eeeh… Yo creía… ¿No es usted la modista?
JONÁS (haciendo punto enrabietado). En fin… ¿Es que tengo acaso pinta de mujer?
REPORTERO. Sí.
JONÁS (vejado). Ah, bueno… Esto…. No es la primera vez que me lo dicen.
JEANNOT (al reportero). Señor, ¿no tendrá usted un destornillador?
REPORTERO (inquieto). ¿Un destornillador? ¿Y qué quieres hacer con un destornillador?
JEANNOT (agita el enchufe). Su conexión se ha soltado. Mire, ya no aguanta nada de nada…
REPORTERO (afligido). ¡Oh! ¡Ahora esto!...
(Mira su reloj.)
¿Ya es esta hora? ¡Y yo que tengo que estar en antena en diez minutos!
¿Estás seguro de que vas a saber arreglar eso?
(Busca un destornillador.)
JEANNOT (muy capaz). ¡Claro, señor!
¿Ve usted? Ya tengo mis insignias de manitas, de conductor de locomotora, de enterrador, de nudos, de código Morse…
REPORTERO (interesado). ¿Anda, todavía se hace eso con los scouts? ¿Los nudos y el Morse también? Vaya, vaya… ¿No sabrás hacer el doble nudo de los marinos suecos?
JEANNOT. Por supuesto… ¿Y usted? ¿Conoce usted el nudo peruano para atar las llamas a los pastos?
REPORTERO (apasionado). Pues no… ¿Cómo es? ¿Es nuevo? ¡Las cosas que se aprenden en los scouts, eh! ¿Me lo enseñas?
JEANNOT (dándoselas de importante). Desde luego. Pero, ¿sabe?, es difícil de hacer… ¿Tiene usted un cordel?
REPORTERO (ofreciéndole el cable eléctrico). Toma, enséñame con esto…
JEANNOT (deja el enchufe y coge el cable). Es así, mire… Para empezar, se coge el primer hilo… y después se pone sobre el segundo… y se hace un doble giro cruzado, así…
(Se contorsiona horriblemente.)
Ay, no es cómodo… su cable es demasiado largo…
REPORTERO (saca unas tenazas de su bolsillo y lo corta.) Toma, no hay más que cortar un trozo así…

(Ruido de aplausos. Los tres prestan oído.)

JONÁS (radiante). ¡Ah, qué triunfo! ¡Es mejor todavía que el pasado domingo en la Madeleine!
REPORTER (Recuerda que está allí para trabajar).

(Durante todo este tiempo, Jeannot corta todo y más o menos se enreda en lo que lleva a rastras.)

¿La Madeleine?
¡La leche! ¡Mi programa!... Pero… ¿Qué estás liando?
JEANNOT (penoso). Ya no me acuerdo muy bien… Creo que lo he confundido con el nudo chino para zurcir juncos…
REPORTERO (enloquecido). Hijo mío… Hijo mío… ¡Ay, jamás conseguiré entrar a la hora!

(Corre por todos lados.)

JEANNOT. Yo le ayudo, señor… Ésta va a ser una B. A. más.
REPORTERO. Sí, sí… Un destornillador… Mientras tanto, tú vas empalmando los hilos.
JEANNOT. No se inquiete, señor… Tengo también mi insignia de electricista.

(Inmenso rumor a la izquierda. Trueno de aplausos.)

JONÁS. Eso debe de ser el fin de la primera parte…

(En un tiempo récord, el reportero consigue, a pesar de Jeannot, recomponer todo como es debido. Después llega en tromba el Reverendo Padre Saureilles seguido de dos monaguillos, Víctor y Totole, que van a cambiarse y reaparecen como scouts.)

VÍCTOR Y TOTOLE. Las golondrinas no quieren sino…
JEANNOT. ¡Jolín!

(Jonás deja su labor y se levanta.)









ESCENA III

JONÁS, JEANNOT, EL REPORTERO, EL R. P. SAUREILLES, VÍCTOR, TOTOLE.




SAUREILLES (petulante, sotana al viento, manguitos, etc. Se sienta, se abanica, se levanta, etc.) ¡Buenos días! ¡Buenos días a todos! ¡Qué mundo! ¡Es una locura!...
JONÁS (apresurado, lo desviste en marcha). ¡Qué gloria, sacerdote mío!
SAUREILLES. Hoy los tenía… ¡Jamás los he tenido así! ¡Sentía la sala entera vibrar entre mis manos!... ¡Ah, qué sensación ver a esa multitud comulgar en la admiración, en el respeto a Dios, a través de ese sublime texto de Roger Vailland!...
(A Jonás.)
¡Cuidado, Jonás! ¡Me haces daño!... Pero ¿quién es este joven?
REPORTERO (dando un paso adelante). Señor… Disculpe… Mi Reverendo Padre… Vengo de la Radiodifusión Francesa para la interviú a la que vuecencia ha consentido someterse…
SAUREILLES (pilluelo). Ah, ya me había olvidado. Sea usted gentil… Deje que me recupere un minuto… Estoy roto… ¡Esta vida de predicador es tan emocionante! ¡Tan plena!

(Se extiende en su sillón. Jonás le lleva un espejo, Saureilles se mira. Después Víctor y Totole le presentan la esponja, la palangana, y Jeannot, la toalla. Escupe como un boxeador, enjuaga su protector, etc.)

REPORTERO. Ciertamente, Reverendo Padre, ciertamente… Tómese su tiempo, se lo ruego…
SAUREILLES (a Víctor). Víctor, monín, ofrece un vaso de vino a este señor.
(Hace melindres una vez más ante el espejo antes de devolvérselo a Jonás.)
Toma, Jonás… Recoge esto… Envejezco… Estoy horrible… Unos pocos polvos, te lo ruego…
VÍCTOR (saluda). ¿Qué vino, señor cura?
SAUREILLES. Del bueno… Del vino de Cuaresma… El de la botella grande. Y coge los vasos que hay al pie… Ponme también a mí un dedito.
(Se abanica con el bonete.)
¡Pero Dios mío, Dios mío! ¿Qué son todas estas bonitas flores?
(Se ha levantado y junta las manos.)
¡Otra vez mi grey ha hecho una locura!
(Las olfatea.)
Pero qué bien huelen… Es exquisito… ¡Ah, las flores!
JONÁS (vuelve). Levante los brazos, señor cura. No tiene usted más que diez minutos antes de la segunda parte.

(Víctor lleva el vino al reportero y espera con el otro vaso mientras Jeannot y Totole juegan a hacer nudos imposibles con un alzapaño de cortina tan grueso como un cable.)

SAUREILLES (a Jonás). Pero ¿quién me las envía? Oh, esperarán en caso de necesidad…
(Lee la carta.)
Petit-Escourole… ¡Oh, es la baronesa! ¡Jonás, qué éxito!... Esta dama no viene sino muy rara vez… Es la gloria… ¡Y las flores!...
(Hace una genuflexión.)
¡Gracias, Dios mío!... Víctor, llena el vaso al señor.
(Saureilles bebe.)
Y el mío…
VÍCTOR. Sí, señor cura.
SAUREILLES (a Jeannot y Totole). Pero ¿qué hacéis todavía vosotros dos?
TOTOLE. Nudos de pata de perro australiano, señor.
SAUREILLES. Vamos, vamos, pequeños míos, sed útiles… Ayudad a este señor.
(Levanta los brazos. Jonás, subido al sillón, le quita la sotana y Saureilles aparece en calzoncillos de lunares.)
¡Jonás!... ¡Me haces cosquillas, pedazo de bestia!...
JONÁS. Perdón, señor cura… Os pido perdón… Es que me hago viejo…
SAUREILLES. Pero no, hombre, no… ¿Usted cree?... Qué locura… Jonás tiene la manía de creer que envejece… Pero está como en el día en que cumplió veinte años… Es más joven que yo… Es inaudito… ¿Y qué es lo que quiere preguntarme usted, hijo mío?
REPORTER. Mi Reverendo Padre…
(Mira su reloj.)
Es que… Debería ser en directo…y ya es casi la hora.
SAUREILLES. Pues muy bien, es perfecto… Soy todo suyo.
(Ríe.)
¡Dios mío, Dios mío!... ¡Qué tonterías va usted a hacerme decir!... Adoro la radio, se puede contar cualquier cosa… Es tan maravilloso… Y pensar en todas esas gentes invisibles que nos escuchan… ¡Es sublime!
(Jonás le alcanza una sotana roja.)
¡Ah, no, Jonás! ¡Ésa no! Ésa va terriblemente mal con mi color de piel… Y tú lo sabes… Veamos… Oh…
(Se desmorona de nuevo.)
Estoy roto… Dame la amarilla… ¡Qué oficio!
JONÁS (vuelve con la amarilla y lo levanta). ¡Qué arte, sacerdote mío!... ¡Queréis decir qué arte!...
SAUREILLES (se pone la sotana; complaciente). Como quieras, Jonás, como quieras… quizá sea un arte.
REPORTERO. Señor cura, me veo obligado a comenzar.
SAUREILLES (se sienta en el sillón quitándose el polvo de la sotana. Cruza las piernas). Se lo ruego…
REPORTERO (tomando el micro). Hola, ¿central? ¿Dudognon? Qué pasa, compadre… ¿Estás listo? Cinco… cuatro… tres… dos…
SAUREILLES (lo detiene, con la mano en el corazón). ¡Un instante!... Un instante…
REPORTERO (al micro). No te retires… espera…
(A Saureilles.)
Reverendo, Dudognon espera.
SAUREILLES (melindroso). ¿Qué va usted a preguntarme, pequeño mío?
REPORTERO. Bueno… Yo pensaba… Algunas preguntas sobre su infancia… El despertar de su vocación…
SAUREILLES. ¡Oh, qué encantador! ¡Es tan joven! En suma, ¿va usted a pedirme que me confiese?
REPORTERO. Justamente eso.
SAUREILLES (dando palmas). ¡Qué divertido! Pues bien…
(Se levanta.)
Póngase de este lado… Yo me pongo al otro… ¡Ay, qué gracioso!... ¡Una confesión!
REPORTERO. ¿Puedo comenzar?
SAUREILLES (se instala de rodillas sobre la tablilla). Así, ya estoy listo.

(Los pequeños scouts han dejado la cuerda y ahora juegan al código Morse en sordina con sus silbatos.)

REPORTERO (al micro). ¿Estás ahí, Dudognon?... Vale… Cinco, cuatro, tres, dos…
SAUREILLES (saltando). Espere un segundo… Se lo ruego… ¡Creo que tengo miedo escénico!... Pues claro, es eso… Un miedo loco… ¡Me he quedado ronco!
(Tose.)
No es nada… Sólo un pollo… Es curioso… Puedo hablar delante de miles de personas… Y, sin embargo, esta bolita negra… ¡Resulta tan emocionante!... ¡Víctor!...
VÍCTOR. ¿Sí, señor cura?
SAUREILLES. Sírvenos más vino.
(Víctor se abalanza; beben.)
¡Aaaah! Ya estoy con usted.
REPORTERO. ¿Dudognon? ¿Estás ahí? Cinco, cuatro, tres, dos…
(Su voz cambia, se vuelve muy baja y respetuosa.)
Bien, queridos oyentes, hemos llevado hoy nuestro micrófono hasta el camerino del Reverendo Padre Saureilles, que triunfa todos los domingos, como todos ustedes saben, en la interpretación de sermones de nuestros mejores autores religiosos contemporáneos: Henri Pichenette, Ghelderode, André Flique, Jean Genêt, Jean-Jacques Gauthier, Gabriel Pommerand, etc. Reverendo Padre, ¿quiere saludar a nuestros oyentes?

(Acerca el micrófono a la reja.)

SAUREILLES (sofocado). Buenos días, buenos días… hijos míos… Mmm… Me alegra poder desearos a todos un buen domingo.
REPORTERO (locuaz). Gracias, padre, gracias. Bien, creo que a nuestros oyentes les interesaría mucho que nos dijese algunas palabras sobre lo que lo determinó para abrazar la carrera religiosa… Díganos, Reverendo Padre…
SAUREILLES (recita). Escuché por primera vez la llamada del púlpito en condiciones extremadamente peculiares…
(Melindroso.)
Pero, amigo mío… ¿cree usted que pueda interesar… de verdad…
(El reportero le hace una señal para que hable más cerca del micro)
…a nuestros queridos oyentes?
REPORTERO. Reverendo Padre… Es un tema apasionante… Se lo ruego… Queridos oyentes, es la modestia lo que impide hablar al Padre Saureilles… Yo, que lo tengo delante, puedo asegurarles que está muy, muy emocionado…

(Pega la cabeza de Saureilles al micrófono.)

SAUREILLES (forcejeando). En aquella época, yo era un pequeño lobato, como éstos que están ahora a mi alrededor.
REPORTERO. Pues hay que decir, queridos oyentes, que en el camerino del Padre se encuentran tres encantadores y pequeños boy-scouts, que además son monaguillos. ¿No es así, Padre?
SAUREILLES. Sí, sí… Y estoy seguro de que están deseando saludar a sus familias, que sin duda están a la escucha…
VÍCTOR Y TOTOLE (juntos). ¡Los jaguares con casco…
JEANNOT….preparados…
VÍCTOR….para…
TOTOLE Y JEANNOT (juntos)….papearse las lentejas!
REPORTERO. Gracias, niños. Bien, queridos oyentes, lo que han oído ha sido el saludo de estos tres encantadores lobatillos que… eeeh… acaban de saludarles a ustedes… Y ahora, Padre, si quiere continuar…
SAUREILLES. Debo decir, con toda modestia, que siempre tuve los mejores resultados…
(Jonás se aproxima para cambiarle los zapatos.)
¡Por Dios bendito!
REPORTERO (alarmado). Queridos oyentes… eeeh… ¿se acuerdan ustedes de esa vieja canción francesa?

(Saureilles se levanta y hace trastabillar a Jonás de una patada.)

SAUREILLES (vuelve a su sitio) Y tantas otras melodías religiosas… El Padre Dupanloup… Era encantador… Ya había cosechado, lo digo sin falsa modestia, un cierto reconocimiento en mi patrulla…
REPORTERO. Nuestros oyentes no lo han dudado ni un segundo, Reverendo Padre… eeeh… eeeh… Y su actual talento está ahí para confirmarlo…
SAUREILLES. Sí… Me llamaban Cuervo Espabilado… mi tótem. Y así me decidí a continuar y a tratar de llevar alivio espiritual a mis hermanos en Cristo, y poco a poco, como un camello, según las palabras del Evangelio, he llegado a interpretar…
REPORTERO. Con la perfección que todos conocemos…
SAUREILLES. Los éxitos de nuestros autores modernos más conocidos.
(Llaman a la puerta. Los scouts se abalanzan y vuelven con una enorme corona mortuoria de perlas artificiales y con una cinta violeta: A Saureilles, de su colega Paul Quelaudel (en letras muy grandes), de la Academie Française.)
¡Oh! Pero ¿qué es esto?... ¡Quelaudel [i.e., Paul Claudel] aquí!... ¡Oh, es de un gusto exquisito!
REPORTERO. Queridos oyentes, lo que motiva las exclamaciones de nuestro Reverendo Padre es el envío por parte de un autor que todos ustedes conocen bien, el autor de Traje de Pino [i. e., Le Soulier de Satin], de El Padre Achatado [i. e., Le Père humilié] y de la Repartición Meridiana [i. e., Partage de Midi], ¡de una maravillosa cesta de flores! El propio Paul Quelaudel, que asistía a la primera parte del sermón, no ha podido reprimir, a pesar de su bien conocida avaricia, el deseo de enviar este testimonio de su admiración por el Reverendo Padre, y se trata en efecto de una hermosa cesta; no creo traicionar a mis oyentes si me erijo en su portavoz para darle, en resumidas cuentas, mi enhorabuena, Reverendo Padre, y también la de nuestros oyentes, por esta nueva prueba de su maravilloso y muy gran talento. ¿Dudognon? Terminamos.

(Mira su reloj y, con un gesto imperativo, impone silencio a todos. Silencio de muerte. Chasquea los dedos.)

SAUREILLES. ¡Gracias, amigo mío!... Ha estado usted muy bien… ¡Qué deliciosas flores!... ¡Ay, este Quelaudel, qué alma delicada!
REPORTERO (levantándose, comienza a recoger). Padre, soy yo el que debo darle las gracias… Ha estado usted sobresaliente…
SAUREILLES. Pero qué va, qué va… ¡Jonás, Jonás, rápido, un ajuste!...
(Golpes en la puerta.)
¡Entre, entre!... ¡Dios mío, qué vida!... ¡Qué vorágine!...







ESCENA IV



LOS MISMOS Y ADEMÁS UN AGENTE, QUE ENTRA Y SALUD A LOS SCOUTS




JEANNOT, TOTOLE Y VÍCTOR. ¡A las vacas en patines sólo les gusta…
AGENTE. …la hierba!
SAUREILLES. Entre, amigo mío, entre…
AGENTE (se quita su quepis). Señor Abad…
SAUREILLES. ¿Qué puedo hacer por usted? Entre, no tenga miedo.
(A Jonás.)
¡Qué encanto!... ¡Está emocionado!... Entre, pequeño mío.
AGENTE (tartamudeando). Padre… eeeh… Estoy de servicio aquí… y hubiese querido… Pero tengo miedo de abusar…
SAUREILLES (encantador y lleno de bondad). Vamos, vamos… Dígame… Jeannot… O mejor, Víctor… ofrece un vaso de vino a este joven…
VÍCTOR. ¿De la botella grande?
SAUREILLES (rápido). Que no, de la otra.
JONÁS. Señor cura, daos prisa… La hora se aproxima… La segunda parte va a comenzar…
SAUREILLES. Que sí, que sí… Jonás no me empujes así, intimidas a este joven. Venga, pequeño mío…
AGENTE. Señor Abad, he pecado y quisiera confesarme…
SAUREILLES. Vamos, vamos, no puede ser tan grave…
AGENTE. No me atrevo… Esas flores, esos carteles… me intimidan…
(Baja los ojos.)
¡Toda esta gloria!
SAUREILLES. Pero si somos iguales, pequeño mío… ¿No es usted acaso el guardián de los cuerpos como yo lo soy de las almas?
AGENTE (radiante). Toma, pues es verdad… El guardián de los cuerpos… San Pedro de los Cuerpos… Bueno, señor cura… Yo me confieso… Yo me confieso.

(Los tres lobatos se pegan un trago y se ponen a silbar en Morse…El poli aúlla.)

JONÁS. Silencio, mis angelitos… ¡Así no hay quien se entienda!
SAUREILLES (al agente). No, no… Venga por aquí…

(Lo sienta en la silla de las confesiones y levanta la trampilla.)

AGENTE (interesado). ¡Toma! ¡Es ingenioso, el cacharro!
SAUREILLES (halagado). Lo he ideado yo mismo. Lo llevo conmigo en todas mis giras. Me permite consagrar algunos minutos más al alivio de las almas turbadas.
AGENTE. Ah, es usted un manitas. Eso mola. Yo me he construido un palomar en casa.
SAUREILLES (suavemente divertido). ¿Un palomar? ¡Anda, qué idea tan curiosa!... ¿Para las gallinas?

(Durante todo este tiempo se van acomodando, signos de la cruz, etc.)

AGENTE. No, padre, para las palomas… Bueno, padre, he pecado de orgullo.
SAUREILLES (digno). Le sigo…
AGENTE. He desobedecido a mis jefes al salir a escondidas para tomar clases de dicción en la Escuela Simón.
SAUREILLES (conmocionado). ¡Qué horror!... Tonia Navar, después de todo… Y encima… Pero continúe…
AGENTE. No me atrevo a decírselo.

(Jonás y los otros escuchan ávidamente.)

SAUREILLES. Dígalo, hijo mío. Tenga confianza. Nada de lo que diga saldrá de aquí.

(El reportero, que desembala solapadamente sus aparatos, conecta el micrófono y se lo acerca al poli.)

AGENTE. Padre, sueño sólo con una cosa… Subirme a un escenario…

(Pesado silencio. Saureilles piensa durante un instante, con la cabeza entre las manos.)

SAUREILLES. Hijo mío, el oficio que ha decidido usted ejercer es noble; pues es noble consagrar la propia existencia al mantenimiento de un orden que place a Nuestro Padre. Por otro lado, su tarea es digna; viste usted un uniforme que es garantía de una vida disciplinada y sin tacha; es humilde, puesto que cumple usted oscuramente con su deber, sin otra recompensa que la estima de sus jefes, algunos chatos de vino y la satisfacción de hacer triunfar la justicia sobre este mundo.
(Se levanta.)
¿Y usted quisiera abandonar una vida modesta, ciertamente, pero también henchida de virtudes olorosas como la violeta, en beneficio de un exhibicionismo de baja estofa…
(Comprueba su peinado al pasar ante el espejo.)
…por no se sabe qué satisfacciones del amor propio tan vanas y tan estériles como lo son las satisfacciones que produce el profano oficio del histrión? ¡No y no, hijo mío!... ¡Es una locura y yo digo que no! ¡Continúe usted llevando ese traje modesto pero eficaz, y que le sienta a usted tan bien, sosteniendo entre sus manos…
(El poli coge su porra con aire arrepentido.)
…esa porra blanca que es como la candela romana que ilumina el camino de las envolturas carnales extraviadas, que es como el cirio consagrado que le ponen a uno entre los dedos el día de la primera comunión, que es, mi queridísimo hijo, su bastón de mariscal!
LOS TRES SCOUTS (a coro y pleno pulmón). ¡Mariscal, aquí estamos! [Comienzo de un conocido himno petainista].
JONÁS. Vamos, vamos, pequeños míos.
SAUREILLES. Y en verdad le pido, hijo mío, que rechace la tentación de lúbrico rostro que se alza ante usted para seducirlo y llevarlo al pecado. Huya de esas lamentables caricias que no se dirigen más que a su amor propio; y conténtese, disimulado tras su oscura esclavina, con sancionar las infracciones de las indignas ovejas de su rebaño. Y más tarde, al mirar atrás para contemplar de un solo vistazo la extensión de una carrera bien plena, recordará usted, con el orgullo modesto de los primeros cristianos, que eligió la más divina de las vías, la vía de la pureza y de la humildad, y alejó de sí esa indignante labor de farandulero, que en realidad es el último de los oficios…
JONÁS. Señor cura, señor cura… ¡Va a ser la hora!
SAUREILLES. Sí, sí, su penitencia, hijo mío, será menuda. Cinco golpes con la máquina de las indulgencias. Arrodíllese… Así… Incline la cabeza…
(Tira de la cuerda. Los scouts cuentan al unísono con sus silbatos.)
Uno, dos, tres, cuatro, cinco… ¡y ya está! Levántese, hijo mío, y vaya a salvaguardar la paz…
(Cambia de tono.)
Y consuélese, joven alocado…
(El poli se dirige a la salida y sale.)
Desempeña usted el más bello papel que existe… Jonás… ¡Rápido, mis guantes!... ¡Mi bonete!
REPORTERO. ¡Bravo, padre!... ¡Estoy entusiasmado! ¡Qué reportaje!
SAUREILLES (halagado). Ah, ¿así que ha grabado usted todo eso? ¡La confesión de un gendarme!... Es algo tan fresco, tan encantador… ¿Me hará usted llegar una copia? Creo que he estado bastante bien…
REPORTERO. Claro… Claro… ¡Qué reportaje!

(Se oyen los tres golpes.)

JONÁS. ¡Es la hora!
SAUREILLES. Ya voy, ya voy.
(Al reportero.)
Vuelva a verme alguna vez, mi joven amigo… Mis puertas están abiertas para usted… Víctor, Totole… ¡mi bata!

(Los dos scouts cogen la bata. Parada. Después Saureilles se lanza con paso vivo. Estrépito de aplausos.)

REPORTERO. ¡Qué hombre!
JONÁS. ¡Ahí está! ¡El más hermoso de los oficios!





TELÓN



[IMÁGENES EXTRAIDAS DEL FORO ATEO.]