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martes, 11 de julio de 2017

Pierre Molinier / Raymond Borde (1966)




"Oscuridad absoluta. Se enciende un proyector. Ha sido manipulado para producir el efecto de la linterna de un ladrón, con un círculo de luz cruda. Este proyector va a explorar el cuarto de Molinier, sumergido en la penumbra, con la mirada del voyeur, y nos mostrará los muebles macizos […], el maniquí pequeño […], la cruz sobre el lecho, etc. Y finalmente: sobre la cama, las piernas de una mujer enfundadas en medias negras entrelazadas a las piernas del maniquí grande; un cuadro de Molinier, también descubierto por la linterna del ladrón […].

Planos de conjunto sucesivos de tres o cuatro cuadros del mismo tipo. Estos cuadros ocuparán toda la pantalla, sin que se vea el marco, y pasaremos de uno a otro mediante fundidos encadenados con el fin, si es posible, de enmarañar de nuevo las formas femeninas. En el último cuadro, rápido fundido a negro.

Sobre un pedestal cualquiera, una estatua de tipo porno, en escayola sulpiciana o en porcelana, representa a la mujer aborrecible: una madre con sus hijos o una Virgen con el niño. […] Molinier destroza la estatua a balazos disparados desde cerca.

Sobre la cama, Molinier ha dispuesto el “gran ceremonial”. Se trata del maniquí nº 2 (tamaño natural) formado por:
-         unas piernas enfundadas en medias negras,
-         seda negra arrugada en lugar del busto,
-         el rostro, con su crespón de viuda,
-         flores artificiales.

viernes, 19 de septiembre de 2008

RAROS. Ernest de Gengenbach (1903-1973) o el Vampiro Surrealista

Je n’ai trouvé aucune solution, aucun détour, aucun pragmatisme acceptable. Il me reste la foi au Christ, les cigarettes, et les disques de jazz qui me passionnent – Tea for two, Yearning-, il me reste surtout le surréalisme.






Se llamaba Ernest de Gengenbach o Jen Genbach, o incluso, ocasionalmente, Jehan Sylvius, y era un cura enardecido y de fe oscilante. Había nacido en los Vosgos, una zona geográfica de identidad también incierta, con el siglo veinte recién estrenado. Muy joven se había aupado a la condición de abad de los jesuitas de la ciudad de París y también a edad muy temprana se vio arrastrado por la pasión de un amor prohibido, que además tuvo un final desgraciado y algo chusco. La cosa fue más o menos así: Gengenbach, que había caído rendido por los encantos de una actriz del Odéon, solicitó la indulgencia de sus superiores eclesiásticos. No hubo tal, como es lógico, y el abad se vio obligado a elegir entre los hábitos y su amada. Se quedó con esta última, claro está, y aquí viene el lado cómico del asunto: su amiguita resultó ser una fetichista, que no lo encontraba atractivo más que embutido en sus oscuras ropas de clérigo. El lado trágico está en que Gengenbach no supo ver la faceta irónica de la situación y decidió suicidarse. Si Dios no lo remediaba, acabaría sus días enredado entre las plantas subacuáticas del lago de Gérardmer.

No está claro si hubo finalmente mediación divina o no, pero lo cierto es que el antiguo abad fue rescatado de las aguas por la más insospechada de las intervenciones. Rechazado por la Iglesia, en cuyo seno se había educado, y por la actriz del Odéon, cuyos senos también se le negaban, Gengenbach dio por casualidad con un número de la Révolution surréaliste. Y tuvo lugar entonces una segunda iluminación. De inmediato escribe a Breton, Sumo Pontífice de la Iglesia suprarrealista, para comunicarle su entusiasmo y la intención de dedicarse en cuerpo y alma a la nueva fe. La fascinación resulta ser mutua. A Breton le encanta el espíritu de blasfema provocación que muestra el ex abad y, en abril de 1927, lo presenta en la sala Adyar ante la sociedad parisina. A partir de entonces y hasta comienzos de la década siguiente, Jen Genbach se convierte en uno de los ejemplares más chocantes de la grey surrealista. Y eso que no faltaban allí los bichos raros.

Durante los últimos compases de los felices años veinte a Gengenbach puede, en efecto, encontrársele en los cafés y bistrós que frecuentan los surrealistas. En el Dôme o en la Rotonde, por ejemplo, el cura repudiado está siempre rodeado de mujeres de reputación más que dudosa. Para lo ocasión y por ganas de provocar ha recuperado su sotana, cuyo ojal adorna ahora con un clavel perennemente fresco. En una carta a Breton se justifica: lleva el uniforme eclesiástico “por capricho, porque tengo roto mi traje de chaqueta”. Pero parece que además ha aprendido la lección y añade: “también encuentro en él una cierta comodidad para emprender aventuras amorosas sádicas con las americanas que, por las noches, me llevan al Bois [de Boulogne]”. Así que el antiguo jesuita bebe, folla y se entrega a todos los excesos; en poco tiempo, se ha convertido en un surrealista pleno. Y sin embargo, no ha abandonado su fe en Cristo. Lleva una vida escabrosa, es cierto, e incluso convive con una artista rusa, pero a la vez y regularmente, busca el reposo espiritual en la Abadía de Solesmes, a la que va varias veces por año para “mudar las plumas”, como él mismo dice.

Este extraño maridaje entre catolicismo y surrealismo dura tres o cuatro años. En ese tiempo, Gengenbach no sólo representa su papel de perverso sacerdote escapado de una novela de Bataille, sino que él mismo produce algunos textos construidos conforme a los patrones establecidos por Breton en su conocido Manifiesto. Satan à Paris, Judas ou le vampire surréaliste o La Papesse du diable, que escribe a cuatro manos con Pierre Renaud y publica bajo el seudónimo de Jehan Sylvius, son todos ellos trabajos realizados en su época de militancia surrealista. Pero también este compromiso va a terminar pronto y mal. Con el cambio de década cambia también el sentido de las pasiones del jesuita, que donde antes había encontrado salvadores e iluminados, ahora no halla sino endemoniados y energúmenos. Breton –afirma Gengenbach- es la última encarnación de Lucifer y su cohorte surrealista no es más que una avanzada de demonios encarnados. El exorcismo –se lamenta, por otro lado- es un lejano recuerdo de la Edad Media y, en cualquier caso, de nada serviría contra el surrealismo. “Ningún argumento de teólogo –concluye en Surréalisme et Christianisme- convencerá a un surrealista; sólo el amor de una santa, apasionadamente deseado, podría transformar su alma”.




La Papisa del Diablo (1931)

Fragmento


“Pío XIII se había sentado de nuevo en su butaca. Con los codos apoyados en la mesa, la cabeza erguida reposando entre las manos, parecía observar con atención algo que se destacaba sobre la pared del fondo.

- Ahí, ahí –dijo-. Veo el desarrollo de acontecimientos muy cercanos. El Viejo Mundo se derrumba, brota la sangre, se acumulan las ruinas. La desolación reina por doquier y Ella aparece montando un caballo blanco. Una estrella caída marca su frente; en su mano derecha sostiene un gran sable de color rojo y, en su mano izquierda, una antorcha que despide pálidos resplandores. Va vestida de verde, con la cabeza ornada con una diadema de oro en la que despuntan dos grandes cuernos. Con los pies enfilados en estribos hechos de tibias humanas, se mantiene erguida sobre su caballo blanco, que pisotea con sus rojos cascos cadáveres destripados. El Espíritu del Maldito planea sobre ella y la cubre de sombríos rayos. Las hordas la siguen aullando. Los caballeros alzan picas en las cuales se ensartan cabezas cortadas empapadas en sangre. La antorcha quema todo a su paso, en tanto su espada abre, en las masas de carne, una brecha sangrienta. Y, finalmente, las poblaciones se prosternan ante ella.

Pío XIII, con los ojos en blanco, tendió los brazos hacia la visión.

- Mirad, mirad –dijo- ¿No la veis? Tras ella, a su paso, reina su maestro, sarcástico y odioso.

El cardenal Secretario de Estado, inmóvil, miraba ora al Soberano Pontífice ora el muro, que para él permanecía en blanco.

El Papa se había dejado caer sobre la mesa ante el pequeño crucifijo. Gritó:

- Señor, Señor… ¿Acaso no vendrá tu reino?

Fue entonces cuando resonó en la estancia una risa ronca que también el cardenal pudo oír.

Pío XIII se levantó y, asiendo el brazo del Secretario de Estado, dijo con voz suave y repentinamente resignada:

- ¡La Papisa del Diablo! Es ella, ya viene…”


-ANTES EN RAROS.

miércoles, 4 de julio de 2007

RAROS. OTTO GROSS (1877-1920)


“Era médico nietzscheano, psicoanalista freudiano, anarquista, sacerdote de la liberación sexual, maestro de orgías, enemigo del patriarcado, cocainómano y morfinómano disoluto.”
Richard Noll.


“Los mejores espíritus revolucionarios alemanes han sido educados y directamente inspirados por él. En muchas de las creaciones poderosas de la joven generación, uno encuentra esa específica agudeza de sus ideas y las consecuencias de largo alcance que fue capaz de inspirar.”
Otto Kaus.


Schwabing, al norte de la ciudad de Munich, bullía de agitación intelectual ya desde finales de la centuria anterior. Allí vivían o habían vivido y trabajado algunos de los más destacados escritores y artistas del ámbito germanoparlante europeo: desde los hermanos Mann o Rainer Maria Rilke hasta Oskar Panizza o los jóvenes vates que orbitaban en torno al poeta / profeta Stefan George. En los cafés de la zona se proyectaban las revoluciones artísticas y políticas del siglo que echaba a andar. En el Simplicissimus de la Türkenstrasse reinaba el escritor, cabaretista y pintor Joachim Ringelnatz; el régimen parecía ser algo más democrático, sin embargo, en el Café Stefanie emplazado en la Amalienstrasse, y al que muchos llamaban Café Grössenwahn (Café Megalomanía) por la densidad de genios que concentraba en espacio tan reducido. Se sabe que un exiliado ruso de nombre Vladimir Ilich Ulianov frecuentaba el barrio antes de que estallase la guerra, y con el tiempo se llegaría a decir que la revolución consejista de Baviera se había gestado en las madrugadas del Stefanie. No era nada fácil, pues, destacar en un ambiente en el que los futuros dadá Emmy Hennings y Hugo Ball comenzaban a tramar la destrucción del arte o en el que anarquistas como Erich Mühsam o socialistas como Leonhard Frank pergeñaban la del orden burgués. Y, aun así, había una mesa que debía de llamar particularmente la atención del visitante desinformado. La presidía un joven de pelo crespo y barba de fauno, con el chaleco siempre condecorado de motas blancas de cocaína, que recitaba a Nietzsche de corrido, predicaba la liberación libidinal y ofrecía improvisadas sesiones de psicoanálisis a quien quisiera probar la eficacia de los nuevos métodos del doctor vienés Sigmund Freud. Se llamaba Otto Gross y, en aquellos tiempos –pongamos entre 1906 y 1913-, rondaba los treinta años de edad. Su amigo Leo Frank recordaría algo más tarde: “El Café Stefanie era su universidad […] y [Gross] era un Profesor con una Cátedra situada en una mesa cerca de la estufa”.

Otto Hans Adolf Gross había nacido un 17 de marzo de 1877 en la ciudad austriaca de Gniebing. Recibió la esmerada educación que era propia de la burguesía centroeuropea finisecular y, después de sufrir a numerosos tutores y pasar por diversos colegios privados, se doctoró en medicina y empezó a interesarse por la disciplina psiquiátrica. Como su padre. De hecho, antes de que Otto Gross fuese Otto Gross, ya era conocido como el hijo del insigne doctor Hans Gross, una eminencia cuyo talento era reconocido en toda Europa, y aun fuera de ella. Gross padre era nada más y nada menos que el fundador de la criminología científica moderna. Era abogado de formación, pero el hecho de haber ejercido como magistrado de investigación le obligó a recorrer toda Austria analizando pruebas criminales. Así comprendió la necesidad de un acercamiento multidisciplinar al estudio del crimen que tuviese en cuenta, entre otras, las dimensiones químicas, biológicas y clínicas de la conducta desviada, pero sin descuidar, por ejemplo, las aportaciones de las novedosas técnicas de asociación psicológica que jóvenes científicos como el doctor Carl Gustav Jung estaban poniendo en marcha a la sazón. Según afirma Richard Noll, “en su famoso Instituto de Criminología reunió una colección de objetos didácticos para la formación del moderno criminólogo entre los que se incluía una inolvidable exhibición de cráneos de hombres asesinados. También había vitrinas con venenos mortales, armas de fuego, balas, bastones-espada, cañones de fusil, así como libros maravillosos, filtros de amor, cartas astrológicas y versos mágicos que aportaban pistas sobre la mente criminal supersticiosa”. Hans Gross era además un ferviente católico romano, ultraconservador en lo político, antisemita y tan racista como permitían el decoro y las buenas costumbres de alta burguesía germana, que era –por cierto- mucho. A su ver, la razón científica era un instrumento de orden que debía servir a las necesidades del Estado.


Hans Gross


Los primeros pasos de la carrera profesional de Otto Gross se producen a la sombra del padre. En sus textos primerizos hay de hecho un punto de lombrosismo evolutivo que, en todas las ocasiones, sirve para apuntalar las convenciones burguesas y que, sin duda, debe mucho al influjo del viejo Hans. Sin embargo, Otto elige pronto la senda torcida. En poco tiempo se convierte en un negador radical de esas mismas convenciones, en un bohemio que predica el desarreglo de todos los sentidos y se caga en las instituciones sobre las que asienta su régimen de terror el decadente orden capitalista y en un luchador por la causa del comunismo matriarcal. El uso de sustancias psicoactivas desde los veintipocos y el descubrimiento del psicoanálisis freudiano algo después contribuirán en forma notable a dicha transformación. Por lo que se refiere a las drogas, se sabe que Gross había empezado a consumir allá por el año 1898. En un viaje a tierras sudamericanas que realiza entre 1900 y 1901 alivia el aburrimiento con los fármacos que contiene su botiquín de médico del barco; las dosis que entonces se suministra no son muy grandes, pero un año después ya es un adicto a la morfina que necesita inyectarse al menos un par de veces al día si quiere cumplir con sus funciones como médico en el hospital psiquiátrico de Graz. Enseguida ya ni siquiera es capaz de trabajar y se pasa la vida en los cafés de la bohemia, donde piensa, charla y escribe. Alarmado, su padre lo envía a la clínica Burghölzli, en Zúrich, para que lo sometan a una cura de desintoxicación. Es la misma clínica en la que, por cierto, ejerce el doctor C. G. Jung, aunque no hay constancia de que tratase a Gross durante esta primera estancia. Otto Gross es ingresado en abril de 1902 y, tras unos meses bajo observación, un miembro de la plantilla médica emite su diagnóstico final: el joven doctor padece una “psicopatía grave”. Con todo, recibirá el alta médica en el mes de julio de ese mismo año.

El interés de Gross por la obra de Freud data más o menos de las mismas fechas. En 1907, después de pasar una corta temporada en la conocida clínica muniquesa del psiquiatra Emil Kraepelin, publica un libro en el que contrasta la propuesta biologicista de este último con el psicoanálisis freudiano y cuyo saldo resulta favorable para Freud. La obra llama pronto la atención del círculo psicoanalítico de Viena, que busca prosélitos ilustres y preferiblemente arios, pues el origen judío de su padre fundador y de muchos de sus miembros despertaba la suspicacia de unos medios intelectuales mayoritariamente antisemitas. Jung era ario, y también Otto Gross; de ahí que resultasen tan valiosos para la causa. En una carta enviada al primero de ellos, Freud reconocerá: “Usted es el único capaz de hacer una contribución original; con la excepción, tal vez de O. Gross, pero por desgracia éste no goza de buena salud”. Y Freud no se equivocaba, la aportación de Gross a la teoría y la práctica del psicoanálisis sería de lo más peculiar, pero implicaba de pasada un segundo atentado contra la figura del Padre: si Gross ya había matado simbólicamente a su padre biológico, no tardaría en hacer otro tanto con Freud como progenitor y guía espiritual. En Gross, en efecto, el psicoanálisis se convierte, junto con la obra de Nietzsche, en un arma revolucionaria que se desvía del tratamiento individual de las dolencias psíquicas para apuntar a la liberación de los instintos primordiales – como fuente de creatividad- frente a las constricciones castradoras de la civilización patriarcal. Además –y como señala de nuevo Richard Noll-, gracias a Gross, el psicoanálisis deja de ser un objeto de consumo de la burguesía más o menos neurotizada para integrarse en la contracultura bohemia, iniciando una fascinación que habrá de prolongarse durante decenios. Sin saberlo y acaso sin pretenderlo, Otto Gross se estaba adelantando de esta manera a las propuestas del apóstata Wilhelm Reich y de los surrealistas.



El Café Stefanie



Pero lo cierto es que Freud y Nietzsche no bastan. Las trayectorias teóricas de estos dos maestros de la sospecha se entrecruzan de hecho en la vida de Gross con las de Kropotkin y los pensadores anarquistas, pero también con las del ‘antropólogo’ Johann Jakob Bachofen, en una síntesis de elementos aparentemente contradictorios a la que sería difícil asignarle una etiqueta de clasificación académica. La obra de Bachofen en general y en particular Das Mutterrecht [El derecho matriarcal, 1861] va a ocupar un lugar central y a desempeñar la función de un pivote organizador de esa ecléctica amalgama por cuanto provee a Gross de una suerte de marco explicativo global y de un soporte histórico-etnológico para su proyecto de emancipación erótico-política. Por resumirlo mucho, lo que Bachofen ofrecía en su libro de comienzos de los sesenta era un “modelo por etapas” de la evolución cultural del homo sapiens sapiens que permitía reducir el “ruido y la furia” de la historia de la especie a unos cuantos elementos de comprensión racional. Según parece, la obra de Bachofen había llegado hasta los medios de la bohemia muniquesa a través de Ludwig Klages, que la había dado a conocer a sus camaradas del Círculo Cósmico de Stefan George ya a comienzos de siglo. Es más que probable que a Gross se le despertase el interés por las tesis del antropólogo suizo gracias a que mantenía contacto cotidiano con varios miembros del grupo. Dicho sea en una aparte, Das Mutterrecht será también un recurso bibliográfico de primer orden para el Engels de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Pero ésta es otra historia.

En El derecho matriarcal, Bachofen defendía que la humanidad había pasado al menos por tres estadios de evolución cultural. En el origen se encontraba lo que el autor llamaba ‘hetairismo’ o periodo ‘telúrico’; una etapa que, en su opinión, estaba marcada por el simbolismo de la tierra y en la que no existían ni la agricultura, ni el matrimonio ni otras instituciones sociales que ahora tenemos por naturales. Los seres humanos se organizaban entonces en pequeñas agrupaciones nómadas en las que dominaba un comunismo tanto económico como libidinal. A ésta le seguiría la etapa del matriarcado propiamente dicho (Mutterrecht). En este momento comienza la agricultura y la domesticación de los animales y, aunque aparecen las primeras instituciones sociales en su forma más rudimentaria, siguen primando los valores igualitarios. Según Bachofen, en este segundo período domina el culto a la Madre Tierra y se glorifica el cuerpo humano. El tercer y último estadio corresponde al patriarcado, caracterizado por el culto al sol, por la exaltación del intelecto y por el control de la sociedad mediante leyes. La originalidad de Otto Gross a la que hacía alusión Freud en la carta citada destella aquí con intensidad, porque lo que Gross va a hacer básicamente es corregir y completar las teorías de la evolución ontogenética de la psique provistas por el psicoanálisis con las tesis de Bachofen sobre el desarrollo filogenético de la especie humana con vistas a desarrollar un método eficaz de terapia no individual, sino social y revolucionaria. Si es cierto –pensaba Gross- que los seres humanos han vivido en pequeñas comunidades nómadas y polígamas durante decenas de miles de años, entonces es harto probable que sus descendientes no hayan sido capaces de desarrollar todas las adaptaciones que resultarían funcionales a un régimen sometido al imperio del Nombre del Padre. El origen de las enfermedades mentales, del malestar en la civilización, se halla justamente aquí, y por eso es necesario acabar con el patriarcado –y su última figura, la sociedad burguesa- y restaurar la poligamia, la igualdad social y el predominio de la simbología femenina.





Así que a la altura de 1906, cuando Gross hijo comienza a frecuentar los cenáculos de la cultura disidente del área de Schwabing, ya está pertrechado con una muy particular visión del mundo y con un arsenal conceptual que le va a permitir atacar con fiereza las convenciones del medio social del que proviene. A pesar de todo, la ruptura con tales medios nunca va a ser definitiva; no podía serlo. Gross padre vigila siempre desde las alturas y, una y otra vez, trata de someter al hijo díscolo. Por otra parte, el credo poligámico de Otto arrastra la rémora de su temprano matrimonio con Frieda Schloffer –temprano, no por la juventud de ambos, sino porque entonces Gross todavía no se había independizado intelectualmente-, con la que tendrá un par de hijos a los que se bautizará con el nombre de Peter. En cualquier caso, ni la vida familiar ni los cantos de sirena del mundo clínico y académico logran embridar la naturaleza nómada e inquieta de Gross. En la misma época entra como un ciclón en el círculo de intelectuales burgueses que Max Weber y esposa animaban en la ciudad de Heidelberg. Desde 1907 se aloja en el hogar de Edgar Jaffe, el más cercano de los colegas del padre de la sociología alemana. En poco tiempo Otto deja embarazada a Else, la esposa de Jaffe, y establece relaciones sexuales con la hermana de ésta, Frieda Weekly. Y el efecto es similar por donde quiera que pasa. Son éstos también los años en los que su existencia fluctúa entre los ambientes canallescos de Munich, la relativa calma de Zurich y la utopía encarnada en Ascona.

Ascona es un pueblecito del cantón de Ticino situado en una ensenada del Lago Maggiore, en plenos Alpes suizos. Hoy en día, con su campo de golf de 18 hoyos, sus tiendas chic y sus restaurantes para gourmets, es destino turístico del pijerío europeo. Pero su clientela era muy diferente antes de que estallase la Primera Guerra Mundial. Ya desde la década de los años setenta del siglo anterior el enclave había llamado la atención de muchos perseguidos en una Europa agitada tras los acontecimientos de París. Pronto la zona se llenó de anarquistas rusos refugiados, entre los que destacaba la figura imponente de Mijail Bakunin. A comienzos del siglo XX, dos curiosos personajes, Ida Hoffmann, profesora de piano, y Henri Oedenkoven, hijo de un conocido industrial, se mudaron a un monte situado sobre la ciudad que llevaba –y lleva- un oportuno nombre en italiano: Monte Verità. Allí emplazaron una suerte de comuna naturalista que habría de satisfacer su hambre de naturaleza salvaje y su aversión por el mundo civilizado. En poco tiempo, la noticia se difundió entre la bohemia centroeuropea y Ascona se repobló con heterodoxos de todo pelaje: naturistas neorrománticos, seguidores de los círculos teosóficos, aspirantes a artista, ácratas, pacifistas, escritores y pintores inclasificables y algún que otro miembro de la familia psicoanalítica. La lista es larga y difícil ser exhaustivos, pero digamos que por allí pasaron gentes como el ya citado Erich Mühsam, Ernst Frick, Otto Braun, los hermanos Gräser, Alexej Jawlensky, Marianne von Werefkin, Paul Klee, Hans Arp, Hugo Ball o Hermann Hesse. Y también, por supuesto, Carl Gustav Jung y Otto Gross, que encontró en Monte Verità terreno fértil en el que hacer fructificar sus ideas. No es extraño, pues, que en Das grosse Wagnis, una novela que Max Brod publica en 1918, Gross se transmute en la figura del dictatorial ‘Doctor Askonas’.

Sigmund Freud


En 1908, una nueva intervención de Hans Gross lleva a su hijo al hospital psiquiátrico. Como paciente, no como facultativo. El lugar elegido es, una vez más, el feudo suizo de Jung: la clínica Burghölzli, de la que ya se habló más arriba. Parece que Jung pospuso su aceptación, pues había conocido a Gross hijo en el Congreso de Neuropsiquiatría que se había celebrado en Ámsterdam el año anterior y, sencillamente, no le había caído nada bien. Pero la insistencia del padre y la intervención de Freud vencieron las reticencias del descubridor del ‘inconsciente colectivo’. La idea de Freud era que Jung aceptase a Gross para deshabituarlo del consumo de opio y de cocaína, que cada vez afectaba más a su vida cotidiana, comenzar el análisis y después trasladarlo a Viena, donde podría llevarse a cabo un tratamiento más profundo. Lo curioso del asunto es que el más afectado por la relación psicoanalítica, el que realmente salió transformado, no fue Gross sino Jung. El transfert que suele producirse en la sesión tiene estas cosas, sobre todo si uno ha de enfrentarse a una naturaleza tan fuerte como la de Otto Gross. Sea como fuere, el analista suizo fue convirtiéndose paulatinamente a la fe poligámica de Gross e incorporando no pocas ideas de éste a su propia doctrina (la díada extraversión / introversión pueden, por ejemplo, anotarse en el ‘debe’ de Jung). Sin embargo, los derroteros que ambos seguirían en el futuro serían divergentes. Mientras Gross profundizó en su intento de síntesis entre las propuestas del psicoanálisis y el proyecto igualitario del anarquismo o del comunismo, en los últimos años de su vida; Jung fundó “un culto mistérico espiritista de renovación y renacimiento” (Noll), que debía mucho al neopaganismo de los medios nacional-revolucionarios alemanes de la época y que, con el tiempo, lo conduciría a simpatizar con el nazismo.

Lo cierto y verdadero es que Gross jamás abandonó el consumo de estupefacientes y hubo de ser ingresado en diversas ocasiones en los años que le quedaban de vida. Siempre, todo hay que decirlo, contra su voluntad y a instancias de su padre y, en alguna ocasión, incluso por mediación de su santa esposa. En 1911 es internado de nuevo, y el tiempo de encierro le sirve para proyectar la fundación de una escuela para anarquistas en su amada Ascona. Dos años más tarde puede vérsele en Berlín, donde entra en contacto con algunos representantes del movimiento dadaísta de la ciudad como Raoul Hausmann, Hannah Höch o Franz Jung, en el que dejaría una honda huella. Precisamente en Berlín y a finales de ese mismo año de 1913, Hans Gross hace detener a su retoño y lo envía a un manicomio austriaco para que sea liberado de sus adicciones y de sus poco adecuados comportamientos. Inmediatamente se pone en marcha una campaña de apoyo al hijo perseguido y encerrado: diez mil folletos, impresos por una sociedad cultural vienesa, en los que se pide la puesta en libertad de Otto Gross se distribuyen en Munich, Berlín, Viena, Zurich y algunas otras ciudades. Finalmente, recibe el alta en 1914, justo cuando la guerra comienza a extenderse por todo el continente. Durante la contienda Gross ejerce como médico del ejército austro-húngaro en diferentes destinos, y al final se le ve deambular por las calles de Budapest y Praga, donde conoce al ya mencionado Max Brod y a Franz Kafka, que –casualidades de la vida- había sido alumno del viejo Hans Gross en la Facultad de Derecho de la ciudad checa. Se dice que El Proceso debe mucho a la inspiración de la oveja negra del psicoanálisis. De regreso en Berlín, pone en marcha, junto a Franz Jung y al pintor Georg Schrimpf, una revista llamada Die freie Strasse, que debía ser un trabajo preparatorio para la Revolución que ya se anuncia en Alemania, y se ve envuelto en otro rocambolesco lío de faldas. Moriría en el sanatorio berlinés de Pankow el día 13 de marzo de 1920 a causa de una neumonía. Lo habían encontrado poco antes en un almacén abandonado al borde de la inanición.


C. G. Jung

* * *

- SITIO DE LA INTERNATIONAL OTTO GROSS SOCIETY.


- ANTES EN RAROS.

viernes, 25 de mayo de 2007

RAROS. NICOLAS CAMILLE FLAMMARION, EL POSITIVISTA QUE CREÍA EN FANTASMAS

Creo que podemos estar autorizados a concluir de todo esto que existen seres invisibles.
Nicolas Camille Flammarion (1923).


Flammarion habría sido una figura típica de la ciencia decimonónica francesa de no haber concurrido una terna de condiciones que hicieron de él un bicho singular: era pobre, superdotado y creía en la telepatía, los fantasmas y las casas encantadas.

Había nacido el 26 de febrero de 1842 –el sábado, a la una de la mañana, detalla en sus Memorias- en Montigny-le-Roi, un pueblecillo del departamento del Haute-Marne que apenas llegaba a los trescientos habitantes. Era el mayor de cuatro hermanos, el segundo de los cuales, Ernest, se convertirá con el tiempo en el fundador de la conocida editorial que lleva por nombre el apellido paterno. A pesar de la escasez de medios, la familia confía la educación de Camille al cura de la villa. A los cinco años contempla un eclipse anular de sol y, con tan sólo once, dibuja el cometa de 1853. El pequeño campesino comenzaba a interesarse por las cosas del cielo.

Un mal negocio empuja a la familia a mudarse a París. Para entonces, Camille ya ha cumplido los catorce y se ve obligado a trabajar. Se coloca como aprendiz en el taller de un cincelador de cristales, mientras su padre consigue empleo a las órdenes de Félix Nadar, aquel que fotografiaba París montado en globo y cuyo estudio, de colorada fachada, servirá como galería a las primeras exposiciones de los impresionistas. En el taller, Camille adquiere una destreza con el dibujo que habrá de revelarse muy útil en su posterior carrera de astrónomo. El poco tiempo que le deja libre la faena lo emplea en continuar sus estudios y, en breve, el esfuerzo merma su salud.



Lo visita finalmente el doctor Fournier, conocido como el médico de los pobres. Junto a la cama del enfermo, el doctor se encuentra con un grueso manuscrito de quinientas páginas que luce en su portada un título no menos descomunal: Cosmogonía Universal: estudio del mundo primitivo, historia física del globo desde los tiempos más remotos de su formación hasta el reino del género humano. El libro incluye además unas ciento cincuenta ilustraciones perfectamente ejecutadas. Interrogado por el médico, Camille confiesa que él es el autor tanto del texto como de los dibujos. Fournier se queda estupefacto; Flammarion tiene por esas fechas dieciséis años.

Como consecuencia del encuentro con Fournier, Nicolas Camille es admitido un mes más tarde en condición de alumno-astrónomo en el Observatorio de París, que dirige a la sazón Urbain Jean Joseph Le Verrier, famoso, entre otros logros, por haber descubierto el planeta Mercurio. Le Verrier lo destina a la oficina de cálculos, pero a Camille no le basta. Cuando concluye su jornada, asiste a Jean Chacornac en sus observaciones nocturnas. Resultado de sus investigaciones será La pluralidad de los mundos, que, publicado en el año sesenta y dos, se revelará como un éxito editorial. La notoriedad alcanzada en poco tiempo por el joven astrónomo no gusta, sin embargo, a Le Verrier y Flammarion abandona el Observatorio para ingresar como calculista en la Oficina de Longitudes.

El libro, por otro lado, no sólo le permitirá ser eximido del servicio militar, sino que además le valdrá el reconocimiento de alguno de los más prestigiosos intelectuales del momento. El mismísimo Víctor Hugo le escribe el 17 de noviembre de ese mismo año: “Los temas que usted trata son la perpetua obsesión de mi pensamiento, y el exilio que sufro no ha hecho otra cosa que aumentar esta meditación, que me coloca entre dos infinitos, el Océano y el Cielo […] Siento inmediata afinidad con espíritus como el suyo. Sus estudios son mis estudios. Sí, crucemos el infinito: ésa es la verdadera labor de las alas del alma.”


Después, y a pesar del parón que supone la guerra de 1870, la carrera de Flammarion continúa con una intensidad inusitada. A partir de 1863 edita la revista Cosmos y, desde 1882, L’Astronomie. En el 87 participa en la creación de la Sociedad Astronómica Francesa. Renueva el experimento del péndulo de Foucault en el año 1902 y, entre 1904 y 1914, organiza la fiesta del solsticio de verano en torno a la Torre Eiffel. No deja de investigar ni de publicar en ningún momento, y su trabajo como continuo divulgador de la astronomía le hace merecedor, en 1912, de la Legión de Honor. En 1914 intenta transformar la Plaza de la Concordia en un inmenso cuadrante solar; la guerra abortará su proyecto. En 1883 había fundado además el observatorio particular de Juvisy-sur-Orge, que aún sigue en pie y funcionando.

El encuentro con Fournier y Le Verrier fue, desde luego, providencial. Pero hay un tercer personaje que hemos descuidado hasta ahora y que también había impresionado hondamente a un Flammarion que apenas acababa de salir de la adolescencia. En 1861, cuando todavía no se ha publicado La pluralidad de los mundos, cae en sus manos un curioso volumen que lleva por título el de Libro de los Espíritus y que firma un tal Allan Kardec. Kardec era, en realidad, el pseudónimo de Hyppolyte Léon Denizard Rivail, un antiguo discípulo de Pestalozzi que había decidido recuperar el nombre que, como sacerdote druida, había portado en una vida anterior. El libro citado lo había publicado Rivail-Kardec a sus expensas en el año 1857 y, además de un considerable éxito, supuso el comienzo de una sólida amistad con Flammarion, que no concluirá sino con la muerte del primero. Con el Libro de los Espíritus nacía también el espiritismo.

Así que a Camille no sólo le interesa la inmensidad sideral, sino también las profundidades de la psique y lo que la ciencia ha expulsado fuera de sus dominios, al menos de momento. Inmediatamente empieza a colaborar con Kardec. Con Jean-Martin Charcot realiza, en la Salpêtriere, algunas de las primeras experiencias hipnóticas. Desconozco la fecha exacta, pero es probable que coincidiese en la clínica nada menos que con Sigmund Freud, que también estuvo a las órdenes de Charcot desde el año 1885. En la Escuela Politécnica, asiste a los experimentos en torno al magnetismo y el espiritismo que lleva a cabo el coronel Albert de Rochas entre los años 1892 y 1895. Y destaca finalmente como médium dotado del don de la profecía. En la ilustración que aparece en la página 273 de su Fin del mundo, Flammarion reproduce una de esas visiones futurizas: lo que en ella puede verse no es otra cosa que un televisor. La obra fue publicada en 1893.



Por si esto fuera poco, Nicolas Camille recibe mensajes de Galileo Galilei durante una sesión espiritista en la que también están presentes el dramaturgo Victorien Sardou y, una vez más, Allan Kardec. Éste último registra la experiencia en su libro de 1868 La génesis. Kardec fallece un año después, pero Flammarion rehúsa suplirlo en la presidencia de la Société Spirite de París. A su ver, la Sociedad está adquiriendo una tonalidad pseudo-religiosa que se encuentra muy alejada de la concepción que él tiene del espiritismo y que deja clara en el panegírico a Kardec: “El espiritismo no es una religión sino una ciencia, una ciencia de la que conocemos apenas el ABC. La Naturaleza abraza a lo Humano; y Dios mismo no puede ser considerado más que como un espíritu de la Naturaleza. Lo sobrenatural no existe. Las manifestaciones obtenidas por intermedio de médiums, así como las del magnetismo y el sonambulismo son de orden natural […] Los milagros no existen. La Ciencia rige el mundo.” En cambio, sí acepta, en 1923, la dirección de la Society for Psychical Research, fundada en 1882 por un grupo de estudiosos de Cambridge y más cercana a su propia orientación.

La mañana del 5 de junio de 1925, Nicolas Camille Flammarion muere en su casa de Juvisy.

“Las investigaciones acerca de la naturaleza del alma y su existencia después de la muerte deben ser realizadas con el mismo método que las demás investigaciones científicas, sin ninguna idea preconcebida, fuera de toda influencia sentimental o religiosa. ¿Hay o no hay manifestaciones de muertos? Ésta es la cuestión. Por mi parte, yo declaró que sí las hay.”
(Le Journal, 16 de junio de 1922)



“El pensamiento puede actuar sobre el de otra persona sin el concurso de los sentidos.
Es posible ver en sueños un país que no se ha visitado jamás y verse en ese sitio tal como uno estará allí diez años más tarde.
El futuro es tan perceptible como el pasado. El presente solo no existe, teniendo en cuenta que se reduce, en el análisis científico, a menos de una centésima de segundo.
El espacio y el tiempo no existen tal como nos los presentan nuestro concepto de las medidas. Son el infinito. Son la eternidad. La distancia de aquí a Sirio es una parte tan mínima del infinito como la que separa la mano derecha de la mano izquierda. La electricidad ya nos ha acostumbrado a las rápidas transmisiones entre las distancias. La luz y la electricidad no tardan ni dos segundos en franquear el intervalo existente de la Tierra a la Luna.
La materia no es como creemos.
En resumen: la ciencia de todas las Academias del globo representa una ignorancia inmensa”.(Las casas encantadas, 1923. Traducción de Mario Montalbán para Ediciones Abraxas, BCN, 2004, p. 51)

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jueves, 19 de abril de 2007

RAROS / AGITPROV. Pierre Clémenti (1942-1999): Enfermez-les tous!

Il y a le manque… et il y a le manque de Pierre. Le beau, le ténébreux, mi-ange mi-démon, si obscur et si lumineux à la fois.
Visionnaire, anticonformiste et sans concession.
Tu étais un Pur. Tu l’étais jusqu’à en mourir, « ANGE », tu l’es pour toujours.

Balthazar Clémenti (2005).


Recuerdo siempre a Clémenti envuelto en un largo abrigo de cuero negro y apoyado en un bastón absurdo y aristocrático. Ladrón, libertario y canalla. Tenía los incisivos de plata porque alguien se los había partido de una hostia en una de esas peleas de mal vino o en algún encontronazo entre matones. Arrogante, acababa sin embargo enamorándose de una burguesa de pelo inverosímilmente dorado transformada en puta de media jornada, y muriendo por ella. Lo recuerdo como el colega de Hipólito el murciano en la Belle de Jour de don Luis Buñuel, y también –pero menos- como el Giacobbe de Partner. Giacobbe, encerrado en su biblioteca-útero; Giacobbe duplicado; Giacobbe, ensayando en fin una revolución que no tendrá lugar…

Pierre Clémenti era parisino. Había nacido en el año 1942, en plena guerra, como quien dice, y fue eso que antes se llamaba un hijo natural. A su padre no lo conoció jamás y ese apellido tan corso lo tomó de su madre. Como actor, se adiestra en los cursos de Charles Dullin y, después, en la École d’art dramatique del Vieux Colombier y en el Centre de la rue Blanche. Más tarde llega el encuentro con Marc-Gilbert Guillaumin, llamado Marc’O, y con las gentes que frecuentan los cursos teatrales del American Center. Por allí andan también Jean-Pierre Kalfon, Bulle Orgier o Jacques Higelin. La Bande de la Coupole, si se prefiere: un panda de artistas flipados que se encuentra en el origen del underground parisien de los años sesenta y setenta.



Clémenti y los demás forman parte de una especie ya extinta. Contemplan el trabajo del cómico como una forma de militancia, de intervención política. Algo serio. “Pienso –escribirá tiempo después- que el arte debe estar al servicio del pueblo […]. Veo al artista como un obrero entre otros”. Por eso Clémenti será tan cuidadoso en la elección de sus personajes cinematográficos. Nada de papeles alimenticios: si un travelling –como dirá Godard en algún momento- es una cuestión moral de primer orden, con mayor razón ha de serlo la interpretación de un personaje. La interpretación exige verdad y entraña; el actor vuelca su vida en cada papel. Como prueba, basta echar un vistazo a la nómina de cineastas con los que trabaja Clémenti: Visconti, el ya citado Buñuel, Costa-Gavras, el propio Marc’O, Deville, Bertolucci, Garrel, Cavani, Pasolini, Rocha… Todos directores más o menos comprometidos y difíciles.

Pero está visto que las elecciones arriesgadas se pagan. Nadie pone en cuestión las formas hegemónicas de representación y del discurso sin pasar tarde o temprano por caja. Aunque uno tenga una profesión de apariencia tan inocente como la de actor. En 1971 Clémenti se encuentra en Roma participando en el rodaje de una película. Supongo que La vittima designata de Maurizio Lucidi, pero no estoy seguro. El día 24 de julio, la policía irrumpe en el piso de la amiga romana en el que el actor-cineasta reside temporalmente con su hijo Balthazar. Registran el domicilio. Encuentran algunas migajas de hachís, que al parecer la policía completa con unos cuantos gramos de farlopa. Después de todo, si uno no tiene pruebas incriminatorias, se fabrican y santas pascuas. Clémenti era culpable de antemano: un subversivo, ergo un drogota, ergo un degenerado, ergo un peligro potencial o real para el buen orden de las cosas, ergo un delincuente. Carne de manicomio o de prisión, a elegir.



Además se trata de alguien bien conocido e Italia bulle todavía sobre los rescoldos del autunno caldo. Las cárceles de la península han empezado a llenarse de rebeldes, pero nunca está de más contar con una víctima popular y ejemplificante.

El registro será el comienzo de una larga temporadita en el infierno para Clémenti. Se le mete de cabeza y sin mayores contemplaciones en el mako de Regina Coeli. Pasan los meses: un, dos, tres… hasta ocho, que se dice pronto…, antes de que el actor sea llevado ante un juez. La sentencia movería a risa si no estuviese implicada la vida de un hombre: dos años de prisión por posesión de narcóticos. Clémenti no se queda quieto, desde luego, y consigue que su caso sea revisado. Al final, después de muchas luchas, llegará el sobreseimiento de su causa. Sólo hay un pequeño problema: para entonces, Pierre Clémenti, actor y director de cine de reconocido prestigio en toda Europa, había pasado 18 meses en el trullo.



“Pierre Clémenti –sentencia su hijo Balthazar- saldrá de allí marcado de por vida”. Y, sin embargo, el paso por la prisión tendrá –si se puede decir así- su vertiente positiva. La experiencia sirve a Clémenti para redactar Quelques messages personnels, que la editorial de Philippe Daudy publica en el año 1973. Es un libro hermoso y combativo, imprescindible, dedicado al poeta surreal-comunista Louis Aragon, en el que Clémenti habla de sí y de las responsabilidades de su oficio y, también y sobre todo, contra las instituciones de encierro y aniquilación sobre las que se asienta el orden burgués: la escuela, el cuartel, el asilo, la cárcel. Algo tal vez muy años sesenta, pero perfectamente actual.

Por supuesto, la obra no está traducida al castellano. Lo que os ofrecemos a continuación son algunos de sus pasajes más suculentos:





“El régimen penitenciario es la negación del ser humano.
Es negarle la vida al hombre. Hacerle volver al estado de feto en el vientre de su madre para reconvertirlo en máquina bienpensante.”

“Estar en prisión es estar en la vanguardia del combate contra los propietarios del poder, del dinero, de la cultura. En sus celdas, en su miseria, los prisioneros dan testimonio. Van en el sentido de la vida.”

“He pasado un poco por todos los sistemas represivos de la sociedad, ya sean los correccionales, los colegios del Estado, los asilos psiquiátricos o los asilos para criminales y ahora, para terminar, las prisiones. Todas esas voces ahogadas que he escuchado durante años dicen lo que se ha hecho de la verdad y de la justicia en este mundo. Exigen que se le de al hombre encerrado la posibilidad de crear, de reinventarse, de reencarnarse, al llegar su “liberación”, en un universo de amor y fraternidad. Pues hoy el hombre que sale de prisión ha sido minuciosamente fabricado para volver a ella.”

“Los condenados me han enseñado la inocencia.”

“La armonía en una prisión es el equilibrio del miedo. Temes a los matones y ellos te temen a ti.”




“A veces basta con decir la verdad a quien tienes enfrente, incluso si lleva uniforme, para que esa verdad se abra camino y mine todo el andamiaje de falsos valores que le han metido en la cabeza.”

“Pienso que el arte debe estar al servicio del pueblo y es por ese motivo por el que me parece irreconciliable con el estatus de ídolo, que se encuentra por encima del pueblo, que lo domina y humilla, y que se hace servir por él. Veo al artista como un obrero entre otros. Debe cumplir su tarea cotidiana, representar las alegrías y sufrimientos con seriedad y humildad. No debe tampoco cesar de buscar, de desarrollar su experiencia y sus conocimientos y, sobre todo, no debe detenerse en los fines y en los medios que le ofrece el sistema. Detenerse es morir.”

“¿Quién es inocente? ¿Quién no es culpable frente a una sociedad basada en la represión? No importa hacia que lado te vuelvas, no oyes más que un grito: ¡encerradlos a todos! Encerradlos para empezar en los asilos, los cuarteles, las prisiones, las escuelas. Encerradlos y sólo después examinaremos el caso de cada cual; todos podrán hacer valer sus derechos, nosotros juzgaremos. Es la sociedad del canguelo y de la porra: primero se golpea, después se discute. Todo lo que se sale del límite de las “normas”: cabellos, ideas, costumbres, hay que hacerlo entrar de nuevo a trancazos; y si algo así se revela imposible, entonces hay que encerrar [a los desobedientes] a toda prisa, emplear las esposas, las camisas de fuerza, los grilletes, el alambre de espino.”

“Se trata de abrir las puertas de la prisión a toda la sociedad: mostrar que la primera es la consecuencia lógica del estado en que se encuentra la segunda. Que las prisiones son el retrato fiel y verídico de los regímenes que las instituyen y las hacen funcionar. Que desenmascaren su hipocresía: juzgad por sus prisiones a esos defensores de la “libertad individual”, a esos “liberales”, a esos “demócratas” que tienen la jeta de llamarse misioneros del “mundo libre”. Su libertad vale lo que valen sus prisiones. Opresiva, injusta, podrida como ellas.”

“Se mejora el infierno, se adecenta la institución, pero no se cambia su función, no se llega a plantear la cuestión de su destino social, que es al final la única cuestión importante para los tíos que están aquí encerrados.”


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Y, para terminar, une petite surprise: